La araucana tercera parte: 052

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

CANTO XXXII
Pág. 052 de 138
La araucana tercera parte



Y aunque ésta en mi opinión dellas es una,
la voz común en contra me convence
que al fin en ley de mundo y de fortuna
todo le es justo y lícito al que vence.
Mas dejada esta plática importuna,
me parece ya tiempo que comience
el crudo estrago y excesivo modo,
en parte justo, y lastimoso en todo.

Dejé el bárbaro campo sobre el fuerte
en medio del furor y arremetida,
y la callada y encubierta muerte
de mil géneros de armas prevenida.
Llevado, pues, del hado y dura suerte
con presto paso y con fatal corrida,
emboca por la puerta y falsa entrada
el gran tropel de gente amontonada.

¡Dios sempiterno, qué fracaso estraño,
qué riza, qué destrozo y batería
hubo en la triste gente, que al engaño
ciega, pensando de engañar, venía!
¿Quién podrá referir el grave daño,
la espantosa y tremenda artillería,
el ñublado de tiros turbulento
que descargó de golpe en un momento?

Unos vieran de claro atravesados,
otros llevados la cabeza y brazos,
otros sin forma alguna machucados,
y muchos barrenados de picazos;
miembros sin cuerpos, cuerpos desmembrados,
lloviendo lejos trozos y pedazos,
hígados, intestinos, rotos huesos,
entrañas vivas y bullentes sesos.

Como la estrecha bien cebada mina
cuando con grande estrépito revienta,
que la furia del fuego repentina,
las torres vuela y máquinas avienta,
con más estruendo y con mayor ruina
la fuerza de la pólvora violenta
voló y hizo pedazos en un punto
cuanto del escuadrón alcanzó junto.