La araucana tercera parte: 053

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte



La mudable sin ley cruda fortuna
despedazó el ejército araucano,
no habiendo un solo tiro ni arma alguna
que errase el golpe ni cayese en vano.
Nunca se vio morir tantos a una
y así, aunque yo apresure más la mano,
no puedo proseguir, que me divierte
tanto golpe, herida, tanta muerte.

Aún no eran bien los tiros disparados
cuando por verse fuera en campo raso,
los caballos a un tiempo espoleados
rompen la entrada y ocupado paso,
y en los segundos indios, que ovillados
estaban como atónitos del caso,
hacen riza y mayor carnicería
que pudiera hacer la artillería.

Quién aquéste y aquél alanceando
abre sangrienta y ancha la salida,
quién a diestro y siniestro golpeando
priva a aquéstos y a aquéllos de la vida;
no hay ánimo ni brazo allí tan blando
que no cale y ahonde la herida,
ni espada de tan gureso y boto filo
que no destile sangre hilo a hilo.

Quisiera aquí despacio figurallos,
y figurar las formas de los muertos:
unos atropellados de caballos,
otros los pechos y cabeza abiertos,
otros que era gran lástima mirallos,
las entrañas y sesos descubiertos,
vieran otros deshechos y hechos piezas,
otros cuerpos enteros sin cabezas.

Las voces, los lamentos, los gemidos,
el miserable y lastimoso duelo,
el rumor de las armas y alaridos
hinchen el aire y cóncavo del cielo;
luchando con la muerte los caídos
se tuercen y revuelcan por el suelo,
saliendo a un mismo tiempo tantas vidas
por diversos lugares y heridas.



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