La araucana tercera parte: 054

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte

Ya que libre dejó el súbito espanto
al embaucado Pran, que estaba fuera,
visto el destrozo cierto, y falso cuanto
el traidor de Andresillo le dijera,
la pena y sentimiento pudo tanto
que aunque escaparse el mísero pudiera,
en medio de las armas desarmado
a morir se arrojó desesperado.

Mas los últimos indios venturosos
a los cuales llegó sólo el estruendo,
volviendo las espaldas presurosos
muestran las plantas de los pies huyendo;
los nuestros, del alcance deseosos,
en carrera veloz los van siguiendo,
hiriendo y derribando en los postreros
los menos diligentes y ligeros.

Pero algunos valientes, que estimaban
la ganada opinión más que la vida,
volviendo el pecho y armas refrenaban
el ímpetu de muchos y corrida;
y aunque con grande esfuerzo peleaban,
era presto la guerra difinida,
que la furiosa muerte allí su espada
traía de entrambos cortes afilada.

Como en el ya revuelto cielo, cuando
se forman por mil partes los ñublados
que van unos creciendo, otros menguando,
otros luego de nuevo levantados;
mas el norueste frígido soplando
los impele y arroja amontonados
hasta buscar del ábrego el reparo,
dejando el cielo raso y aire claro,

así la gente atónita y turbada
en partes dividida se esparcía,
y a las veces juntándose, esforzada,
haciendo cuerpo y rostro revolvía.
Pero de la violencia arrebatada,
dejó el campo y banderas aquel día,
quedando de los rotos escuadrones
gran número de muertos y prisiones.



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