La araucana tercera parte: 057

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte

No amenaza, castigo ni tormento
pudo sacar noticia o rastro alguno,
ni caricia, interés ni ofrecimiento
jamás a corromper bastó a ninguno;
andábamos atónitos y a tiento,
según la variedad de cada uno,
de día, de noche, acá y allá perdidos,
del sueño y de las armas afligidos.

Saliendo yo a correr la tierra un día
por caminos y pasos desusados,
llevando por escolta y compañía
una escuadra de pláticos soldados
dimos en una oculta ranchería
de domésticos indios ausentados,
que por ser grande el bosque y la distancia
tomaron por segura aquella estancia.

Sobre un haz de arrancada yerba estaba
en la cabeza una mujer herida,
moza que de quince años no pasaba,
de noble traje y parecer, vestida.
Y en la color quebrada se mostraba
la falta de la sangre, que esparcida
por la delgada y blanca vestidura,
la lástima aumentaba y hermosura.

Pregunté qué ocasión la había traído
a lugar tan estraño y apartado,
cómo y por qué razón la habían herido
y de inhumana crueldad usado.
Ella, con rostro y ánimo caído
y el tono del hablar debilitado,
me dijo: «Es cosa cierta y prometida
la muerte triste tras la alegre vida.

Porque entiendas el dejo y desvarío
que el humano contento trae consigo,
aún no es cumplido un mes que el padre mío,
usando de privado amor conmigo,
me dio esposo elegido a mi albedrío,
esposo y juntamente grande amigo,
tal y de tantas partes, que yo creo
que en él hallara término el deseo.



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