La araucana tercera parte: 058

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte

Pero su esfuerzo raro y valentía,
que della por estremo era dotado,
le trujo a la temprana muerte el día
que fue nuestro escuadrón despedazado,
donde cerca de mí, que le seguía,
un tiro le pasó por el costado,
que fuera menos crudo y más derecho
si abriera antes el paso por mi pecho.

Cayó muerto, quedando yo con vida,
vida más enojosa que la muerte;
mas viéndome un soldado así afligida
(en parte condolido de mi suerte)
me dio, por acabarme, esta herida
con brazo aunque piadoso no tan fuerte
que mi espíritu suelto le siguiese
y un bien tras tanto mal me sucediese.

Dio conmigo en el suelo fácilmente
aunque no me privó de mi sentido,
pasando el golpe y furia de la gente
en confuso tropel con gran ruido.
Pero luego un cacique mi pariente,
que en un hoyo al pasar quedó escondido,
en brazos me sacó del gran tumulto
trayéndome a este bosque y sitio oculto

«donde espero morir cada momento;
mas ya como esperado bien se tarda,
que es costumbre ordinaria del contento,
no acabar de llegar a quien le aguarda.
Y aunque ya de mi vida al fin me siento,
conmigo el cielo término no guarda,
ni la llamada muerte y tiempo viene,
que mi deseo la impide y la detiene.

La vida así me cansa y aborrece,
viendo muerto a mi esposo y dulce amigo,
que cada hora que vivo me parece
que cometo maldad, pues no le sigo;
y pues el tiempo esta ocasión me ofrece,
usa tú de piedad, señor, conmigo,
acabando hoy aquí lo que el soldado
dejó por flojo brazo comenzado».



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