La araucana tercera parte: 059

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte

Así la triste joven luego, luego
demandaba la muerte, de manera
que algún simple de lástima a su ruego
con bárbara piedad condecendiera.
Mas yo, que un tiempo aquel rabioso fuego
labró en mi inculto pecho, viendo que era
más cruel el amor que la herida,
corrí presto al remedio de la vida.

Y habiéndola algún tanto consolado,
y traído a que viese claramente
que era el morir remedio condenado
y para el muerto esposo impertinente,
con el zumo de yerbas aplicado
(medicina ordinaria desta gente)
le apreté la herida lastimosa,
no tanto cuanto grande, peligrosa.

Dejando pues un prático ladino
para que poco a poco la llevase,
y en los tomados pasos y camino
del peligro al pasar la asegurase,
partir a mi jornada me convino;
mas primero que della me apartase
supe que se llamaba Lauca y que era
hija de Millalauco y heredera.

La vuelta del presidio caminando
sin hallar otra cosa de importancia,
iba con los soldados platicando
de la fe de las indias y constancia
de muchas (aunque bárbaras) loando
el firme amor y gran perseverancia,
pues no guardó la casta Elisa Dido
la fe con más rigor a su marido.

Mas un soldado joven, que venía
escuchando la plática movida,
diciendo me atajó que no tenía
a Dido por tan casta y recogida,
pues en la Eneyda de Marón vería
que del amor libídino encendida,
siguiendo el torpe fin de su deseo
rompió la fe y promesa a su Sicheo.



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