La araucana tercera parte: 061

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte



Que el áspero sujeto desabrido,
tan seco, tan estéril y desierto,
y el estrecho camino que he seguido,
a puros brazos del trabajo abierto,
a término me tienen reducido
que busco anchura y campo descubierto
donde con libertad, sin fatigarme,
os pueda recrear y recrearme.

Viendo que os tiene sordo y atronado
el rumor de las armas inquieto,
siempre en un mismo ser continuado,
sin mudar són ni variar sujeto,
por espaciar el ánimo cansado
y ser el tiempo cómodo y quieto,
hago esta digresión, que a caso vino
cortada a la medida del camino.

Y pues una ficción impertinente
que destruye una honra es bien oída,
y a la reina de Tiro injustamente
infama y culpa su inculpable vida,
la verdad, que es la ley de toda gente,
por quien es en su honor restituida,
¿por qué no debe ser, siendo cantada,
en cualquiera sazón bien escuchada?

Que la causa mayor que me ha movido
(demás de ser cual veis importunado)
es el honor de la constante Dido,
inadvertidamente condenado.
Preste, pues, atención y grato oído
quien a oír la verdad es inclinado,
que el mal ofende (aun dicho en pasatiempo)
y para decir bien siempre es buen tiempo.

Cartago antes que Roma fue fundada
setenta años contados comúnmente
por Dido, ilustre reina, venerada
por diosa un tiempo de la tiria gente.
Del rey Belo su padre fue casada
con el sumo Pontífice asistente
del gran templo de Alcides, el cual era
después del Rey la dignidad primera.



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