La araucana tercera parte: 062

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CANTO XXXII
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La araucana tercera parte

Éste es aquel Siqueo ya nombrado,
a quien Dido guardó la fe inviolable,
varón sabio en sus ritos y abastado
de bienes y tesoro inestimable.
Mas lo que para alivio había allegado
fue causa de su muerte miserable;
que, en fin, lo que codicia mucha gente
ninguno lo posee seguramente.

Dejó Belo dos hijos herederos,
uno Pigmaleón y el otro Dido,
a quien en los consejos postrimeros
encargó la hermandad y amor unido;
lo cual, aunque duró los días primeros,
de cudicia el hermano corrompido
por haber los tesoros del cuñado,
le dio la muerte envuelta en un bocado.

Sintió, pues, la mujer su muerte tanto
que no bastando a resistir la pena,
soltó con doloroso y fiero llanto
de lágrimas un flujo en larga vena,
y cubriendo de triste y negro manto
los bellos miembros y la faz serena,
con pompa funeral cerimoniosa
dio al cuerpo sepultura sumptuosa.

Y aunque del casto amor notable indicio
fue el soberbio sepulcro y monumento,
no igualó en la grandeza el edificio
al dolor de la Reina y sentimiento;
que siempre con devoto sacrificio
y continuos sollozos y lamento
llamando al sordo espíritu, hacía
a las frías cenizas compañía,

diciendo: «¿Es justo, dioses, que yo quede
en este solitario apartamiento?
¡ Ay!, que de tibia fe y amor procede
no acabar de matarme el sentimiento;
el mal no es grande que sufrir se puede
y corto al que no basta sufrimiento;
mas quiere el cielo dilatar mi muerte
porque dure el dolor, más que ella fuerte».



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