La araucana tercera parte: 071

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CANTO XXXIII
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La araucana tercera parte

Torció el curso a la diestra bordeando
de las vadosas Sirtes recelosa,
y a vista de Licudia, atravesando,
corrió la costa de África arenosa;
y siempre tierra a tierra navegando,
pasó por entre el Ciervo y Lampadosa,
llegando en salvo a Túnez con la armada,
por el fatal decreto allí guiada.

Donde viendo el capaz y fértil suelo
de frutíferas plantas adornado
y el aire claro y el sereno cielo
clemente al perecer y muy templado,
perdido del hermano ya el recelo
por verle tan distante y apartado,
quiso fundar un pueblo de cimiento,
haciendo en él su habitación y asiento;

para lo cual trató luego de hecho
con los vecinos que en el sitio había
le vendiesen de tierra tanto trecho
cuanto un cuero de buey circundaría.
Los moradores, viendo que provecho
de su contratación se les seguía,
con la Reina en el precio convenidos,
hicieron sus asientos y partidos.

Hecha la paga, el sitio señalado,
mandó Dido buscar con diligencia
un grande y grueso buey que, desollado,
hizo estirar el cuero en su presencia;
y en tiras sutilísimas cortado,
tanto trecho tomó, que a la prudencia
de la Reina sagaz y aviso estraño,
le quisieron poner nombre de engaño.

Pero recompensó la demasía
dejándolos contentos y pagados,
descubriendo a los suyos que traía
los ocultos tesoros escapados;
que usado del ardid y astucia había
de los cofres de arena al mar lanzados
porque, cuando el hermano lo supiese,
faltando la ocasión, no la siguiese.



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