La araucana tercera parte: 075

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CANTO XXXIII
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La araucana tercera parte

«Si a los peligros en la edad primera
por adquirir honor nos arrojamos,
es bien que en la cansada postrimera
gocemos del descanso que ganamos,
y a nuestra abandonada cabecera,
al tiempo incierto de morir, tengamos
quien nos cierre los ojos con ternura
y dé a nuestras cenizas sepultura.

«Y pues tiene de ser en tu presencia
esta perjudicial demanda puesta,
conviene que con maña y advertencia
te prevengas de medios y respuesta,
atajando tu seso y providencia
el mal que el mauritano Rey protesta,
de modo que la paz y amor conserves
y de nuevos trabajos nos reserves».

Estuvo atenta allí la reina Elisa
a la compuesta habla artificiosa,
y con alegre rostro y grave risa,
aunque sentía en el ánimo otra cosa,
a todos los trató y miró de guisa
tan agradable, blanda y amorosa,
que si en verdad la relación pasara,
de sus casas y quicios los sacara,

diciendo: «Amigos caros, que a los hados
jamás os vi tan rendidos vez alguna
y en los grandes peligros esforzados
hicistes siempre rostro a la fortuna:
¿cómo de tantas prendas olvidados
en tan justa ocasión, por sólo una
breve incomodidad de una jornada
queréis ver vuestra patria arruinada?

Es a todos común, a todos llano,
que debe (como miembro y parte unida)
poner por su ciudad el ciudadano
no sólo su descanso, mas la vida,
y por razón y por derecho humano
de justa deuda natural debida,
a posponer el hombre está obligado
por el sosiego público el privado.



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