La araucana tercera parte: 079

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CANTO XXXIII
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La araucana tercera parte

Tres meses pido, amigos, solamente
para acordar lo que se debe en esto,
y dar satisfación de mí a la gente
en no determinarme así tan presto;
que el libertado vulgo maldiciente
aun quiere calumniar lo que es honesto;
y como instituidores de las leyes,
tienen más ojos sobre sí los reyes.

Yarbas no se dará por enemigo
en cuanto el fin de los tres meses llega,
y pasado este término me obligo
de responderle grata a lo que ruega.
Tomar, pues, menos plazo del que digo
mi honestidad y estimación lo niega
y no conviene a Dido dar disculpa,
que es indicio de error y arguye culpa».

Cerróse aquí la Reina, y fue forzado
hacer con los de Yarbas nuevo asiento,
que aguardasen el tiempo señalado
para determinar el casamiento;
los cuales, por el ruego del Senado
y el gracioso hospedaje y tratamiento,
quedaron en Cartago aquellos días
con grandes regocijos y alegrías.

Y aunque el Senado en la demanda instaba
por el provecho y general sosiego,
la Reina la respuesta dilataba
dando gratos oídos a su ruego;
y entre tanto en secreto aparejaba
lo que tenía pensado desde luego,
que era acabar la vida miserable,
primero que mudar la fe inmudable.

Llegado aquel funesto último día,
el pueblo en la ancha plaza congregado,
ricamente la Reina se vestía,
subiendo en un esento y alto estrado,
al pie del cual una hoguera había
para la inmola y sacrificio usado,
de donde a los atentos circunstantes
les dijo las palabras semejantes:



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