La araucana tercera parte: 080

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CANTO XXXIII
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La araucana tercera parte

No lamentéis mi muerte anticipada
pues el cielo la aprueba y soleniza,
que una breve fatiga y muerte honrada,
asegura la vida y la eterniza.
Que si el cuchillo de la Parca airada
al que quiere vivir le atemoriza,
no os debe de pesar si Dido muere,
pues vive el que se mata cuanto quiere.

A Dios, a Dios, amigos, que ya os veo
libres y a mi marido satisfecho...»
Y no les dijo más con el deseo
que tenía de acabar el fiero hecho.
Así, llamando el nombre de Sicheo,
se abrió con un puñal el casto pecho,
dejándose caer de golpe luego
sobre las llamas del ardiente fuego.

Fue su muerte sentida en tanto grado
que gran tiempo en Cartago la lloraron,
y en memoria del caso señalado,
un sumptuoso templo le fundaron,
donde con sacrificio y culto usado
mientras las cosas prósperas duraron
de aquella su ciudad ennoblecida,
por diosa de la patria fue tenida.

Y aborreciendo el nombre de señores
muerta la memorable reina Dido,
por cien sabios ancianos senadores
de allí adelante el pueblo fue regido;
y creciendo el concurso y moradores
vino a ser poderoso y tan temido
que un tiempo a Roma en su mayor grandeza
le puso en gran trabajo y estrecheza.

Éste es el cierto y verdadero cuento
de la famosa Dido disfamada,
que Virgilio Marón sin miramiento,
falsó su historia y castidad preciada
por dar a sus ficiones ornamento;
pues vemos que esta reina importunada,
pudiéndose casar y no quemarse,
antes quemarse quiso que casarse.



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