La araucana tercera parte: 083

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CANTO XXXIII
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La araucana tercera parte



No por caricia, oferta ni promesa
quiso el indio mover el pie adelante,
ni amenaza de muerte o vida o presa
a sacarle del tema fue bastante;
y viendo el tiempo corto y que la priesa
les era a la sazón tan importante,
dejándole amarrado a un grueso pino,
la relación siguieron y camino.

Al cabo de una milla y a la entrada
de un arcabuco lóbrego y sombrío,
sobre una espesa y áspera quebrada
dieron en un pajizo y gran bohío;
la plaza en derredor fortificada
con un despeñadero sobre un río,
y cerca dél, cubiertas de espadañas,
chozas, casillas, ranchos y cabañas.

La centinela en esto, descubriendo
de la punta de un cerro nuestra gente,
dio la voz y señal, apercibiendo
al descuidado general valiente;
pero los nuestros en tropel corriendo
le cercaron la casa de repente,
saltando el fiero bárbaro a la puerta,
que ya a aquella sazón estaba abierta.

Mas viendo el paso en torno embarazado
y el presente peligro de la vida,
con un martillo fuerte y acerado
quiso abrir a su modo la salida;
y alzándole a dos manos, empinado,
por dalle mayor fuerza a la caída,
topó una viga arriba atravesada
do la punta encarnó y quedó trabada;

pero un soldado a tiempo atravesando
por delante, acercándose a la puerta,
le dio un golpe en el brazo, penetrando
los músculos y carne descubierta;
en esto el paso el indio retirando,
visto el remedio y la defensa incierta,
amonestó a los suyos que se diesen,
y en ninguna manera resistiesen.



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