La araucana tercera parte: 084

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CANTO XXXIII
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La araucana tercera parte

Salió fuera sin armas, requiriendo
que entrasen en la estancia asegurados,
que eran pobres soldados, que huyendo
andaban de la guerra amedrentados;
y así con priesa y turbación, temiendo
ser de los forajidos salteados,
a la ocupada puerta había salido,
de las usadas armas prevenido.

Entraron de tropel, donde hallaron
ocho o nueve soldados de importancia
que, rendidas las armas, se entregaron
con muestras aparentes de inorancia.
Todos atrás las manos los ataron
repartiendo el despojo y la ganancia,
guardando al capitán disimulado
con dobladas prisiones y cuidado,

que aseguraba con sereno gesto
ser un bajo soldado de linaje,
pero en su talle y cuerpo bien dispuesto,
daba muestra de ser gran personaje.
Gastóse algún espacio y tiempo en esto,
tomando de los otros más lenguaje,
que todos contestaban que era un hombre
de estimación común y poco nombre.

Ya entre los nuestros a gran furia andaba
el permitido robo y grita usada,
que rancho, casa y choza no quedaba
que no fuese deshecha y saqueada,
cuando de un toldo, que vecino estaba
sobre la punta de la gran quebrada,
se arroja una mujer, huyendo apriesa
por lo más agrio de la breña espesa.

Pero alcanzóla un negro a poco trecho
que tras ella se echó por la ladera,
que era intricado el paso y muy estrecho,
y ella no bien usada en la carrera.
Llevaba un mal envuelto niño al pecho
de edad de quince meses, el cual era
prenda del preso padre desdichado,
con grande estremo dél y della amado.



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