La araucana tercera parte: 095

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CANTO XXXIV
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La araucana tercera parte

No la afrentosa muerte impertinente
para temor del pueblo esecutada
ni la falta de un hombre así eminente
(en que nuestra esperanza iba fundada)
amedrentó ni acobardó la gente;
antes de aquella injuria provocada
a la cruel satisfación aspira,
llena de nueva rabia y mayor ira.

Unos con sed rabiosa de venganza
por la afrenta y oprobio recebido,
otros con la codicia y esperanza
del oficio y bastón ya pretendido,
antes que sosegase la tardanza
el ánimo del pueblo removido,
daban calor y fuerzas a la guerra
incitando a furor toda la tierra.

Si hubiese de escribir la bravería
de Tucapel, de Rengo y Lepomande,
Orompello, Lincoya y Lebopía,
Purén, Cayocupil y Mareande,
en un espacio largo no podría
y fuera menester libro más grande,
que cada cual con hervoroso afecto
pretende allí y aspira a ser electo.

Pero el cacique Colocolo, viendo
el daño de los muchos pretendientes,
como prudente y sabio conociendo
pocos para el gran cargo suficientes,
su anciana gravedad interponiendo
les hizo mensajeros diligentes
para que se juntasen a consulta
en lugar apartado y parte oculta.

Los que abreviar el tiempo deseaban,
luego para la junta se aprestaron,
y muchos, recelando que tardaban,
la diligencia y paso apresuraron;
otros que a otro camino enderezaban,
por no se declarar no rehusaron,
siguiendo sin faltar un hombre solo
el sabio parecer de Colocolo.