La araucana tercera parte: 098

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CANTO XXXIV
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La araucana tercera parte

Quién sin duda publica que ya entraban
destruyendo ganados y comidas;
quién que la tierra y pueblos saqueaban
privando a los caciques de las vidas;
quién que a las nobles dueñas deshonraban
y forzaban las hijas recogidas,
haciendo otros insultos y maldades
sin reservar lugar, sexo ni edades.

Crece el desorden, crece el desconcierto
con cada cosa que la fama aumenta,
teniendo y afirmando por muy cierto
cuanto el triste temor les representa.
Sólo el salvarse les parece incierto
y esto los atribula y atormenta;
allá corren gritando, acá revuelven,
todo lo creen y en nada se resuelven.

Mas luego que el temor desatinado
que la gente llevaba derramada
dejó en ella lugar desocupado
por donde la razón hallase entrada,
el atónito pueblo reportado,
su total perdición considerada,
se junta a consultar en este medio
las cosas importantes al remedio.

Hallóse en este vario ayuntamiento
Tunconabala, plático soldado,
persona de valor y entendimiento,
en la araucana escuela dotrinado,
que por cierta quistión y acaecimiento
de su tierra y parientes desterrados,
se redujo a doméstico ejercicio,
huyendo el trato bélico y bullicio.

El cual, viendo en el pueblo diferente
el miedo grande y confusión que había,
pues sin oír trompeta ni ver gente
le espantaba su misma vocería,
en un lugar capaz y conveniente
junta toda la noble compañía.
Sosegado el rumor y alteraciones,
les comenzó a decir estas razones:



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