La araucana tercera parte: 104

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CANTO XXXV
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La araucana tercera parte

Caminamos sin rastro algunos días
de sólo el tino por el sol guiados,
abriendo pasos y cerradas vías
rematadas en riscos despeñados;
las mentirosas fugitivas guías
nos llevaron por partes engañados,
que parecía imposible al más gigante
poder volver atrás ni ir adelante.

Ya del móvil primero arrebatado
contra su curso el sol hacia el poniente,
al mundo cuatro vueltas había dado
calentando del pez la húmida frente,
cuando al bajar de un áspero collado
vimos salir diez indios de repente
por entre un arcabuco y breña espesa,
desnudos, en montón, trotando apriesa.

Del aire, de la lluvia y sol curtidos,
cubiertos de un espeso y largo vello,
pañetes cortos de cordel ceñidos,
altos de pecho y de fornido cuello,
la color y los ojos encendidos,
las uñas sin cortar, largo el cabello,
brutos campestres, rústicos salvajes,
de fieras cataduras y visajes.

Venía un robusto viejo el delantero,
al cual el medio cuerpo le cubría
un roto manto de sayal grosero
que mísera pobreza prometía.
Este, pues, como dije allá primero,
era Tunconabal, que pretendía
mudar nuestros designios y opiniones
con fingidos consejos y razones.

Fuimos luego sobre ellos, recelando
ser gente de montaña fugitiva;
mas ellos, nuestros pasos atajando,
venían a más andar la cuesta arriba,
y al pie de una alta peña reparando
por do un quebrado arroyo se derriba,
todos nos aguardaron sin recelo,
puestas sus flechas y arcos en el suelo.