La araucana tercera parte: 106

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CANTO XXXV
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La araucana tercera parte

En esto, de un fardel de ovas marinas
a la manera de una red tejidas,
sacó diversas frutas montesinas,
duras, verdes, agrestes, desabridas,
carne seca de fieras salvajinas
y otras silvestres rústicas comidas;
langosta al sol curada y lagartijas,
con mil varias inmundas sabandijas.

Admirónos la forma y la estrañeza
de aquella gente bárbara notable,
la gran selvatiquez y rustiqueza,
el fiero aspecto y término intratable.
La espesura de montes y aspereza,
y el fruto de aquel suelo miserable,
tierra yerma, desierta y despoblada,
de trato y vecindad tan apartada.

Preguntámosle allí, si prosiguiendo
la tierra, era delante montuosa;
respondiónos el viejo sonriendo
ser más áspera, dura y más fragosa,
y que si así la montaña iba creciendo
que era imposible y temeraria cosa
romper tanta maleza y espesura
puesta allí por secreto de natura.

Pero visto nuestro ánimo ambicioso,
que era de proseguir siempre adelante,
y que el fingido aviso malicioso
a volvernos atrás no era bastante,
con un afecto tierno y amoroso,
mostrando en lo esterior triste semblante,
puesto un rato a pensar, afirmó cierto
haber cerca otro paso más abierto;

que por la banda diestra del poniente
dejando el monte del siniestro lado,
había un rastro, cursado antiguamente,
de la nacida yerba ya borrado,
por do podía pasar salva la gente
aunque era el trecho largo y despoblado,
para lo cual él mismo nos daría
una prática lengua y fida guía.