La araucana tercera parte: 108

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CANTO XXXV
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La araucana tercera parte

El mal indicio, la sospecha cierta
los ánimos turbó más esforzados
viendo la falsa trama descubierta
y los trabajos ásperos doblados;
mas, aunque sin camino y en desierta
tierra, del gran peligro amenazados
y la hambre y fatiga todo junto,
no pudo detenernos solo un punto.

Pasamos adelante, descubriendo
siempre más arcabucos y breñales,
la cerrada espesura y paso abriendo
con hachas, con machetes y destrales;
otros con pico y azadón rompiendo
las peñas y arraigados matorrales,
do el caballo hostigado y receloso
afirmase seguro el pie medroso.

Nunca con tanto estorbo a los humanos
quiso impedir el paso la natura
y que así de los cielos soberanos,
los árboles midiesen el altura,
ni entre tantos peñascos y pantanos
mezcló tanta maleza y espesura,
como en este camino defendido,
de zarzas, breñas y árboles tejido.

También el cielo en contra conjurado,
la escasa y turbia luz nos encubría
de espesas nubes lóbregas cerrado,
volviendo en tenebrosa noche el día,
y de granizo y tempestad cargado
con tal furor el paso defendía,
que era mayor del cielo ya la guerra
que el trabajo y peligro de la tierra.

Unos presto socorro demandaban
en las hondas malezas sepultados;
otros, «¡ayuda!, ¡ayuda!», voceaban,
en húmidos pantanos atascados;
otros iban trepando, otros rodaban
los pies, manos y rostros desollados,
oyendo aquí y allí voces en vano,
sin poderse ayudar ni dar la mano.