La araucana tercera parte: 113

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CANTO XXXVI
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La araucana tercera parte



Sale el cacique de la barca a tierra, ofrece a los españoles todo lo
necesario para su viaje y prosiguiendo ellos su derrota, les ataja
el camino el desaguadero del arcipiélago; atraviésale don Alonso
en una piragua con diez soldados; vuelven al alojamiento y de
allí por otro camino a la Ciudad Imperial


Quien muchas tierras vee, vee muchas cosas
que las juzga por fábulas la gente;
y tanto cuanto son maravillosas,
el que menos las cuenta es más prudente;
y aunque es bien que se callen las dudosas
y no ponerme en riesgo así evidente,
digo que la verdad hallé en el suelo
por más que afirmen que es subida al cielo.

Estaba retirada en esta parte
de todas nuestras tierras escluida,
que la falsa cautela, engaño y arte
aun nunca habían hallado aquí acogida;
pero dejada esta materia aparte,
volveré con la priesa prometida
a la barca de chusma y gente llena
que bogando embistió recio en la arena

donde un gracioso mozo bien dispuesto
con hasta quince en número venía:
crespo, de pelo negro y blanco gesto,
que el principal de todos parecía,
el cual con grave término modesto
junta nuestra esparcida compañía,
nos saludó cortés y alegremente,
diciendo en lengua estraña lo siguiente:

Hombres o dioses rústicos, nacidos
en estos sacros bosques y montañas,
por celeste influencia producidos
de sus cerradas y ásperas entrañas:
¿por cuál caso o fortuna sois venidos
por caminos y sendas tan estrañas
a nuestros pobres y últimos rincones,
libres de confusión y alteraciones?



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