La araucana tercera parte: 116

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CANTO XXXVI
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La araucana tercera parte

Pasada aquella noche, el día siguiente,
la nueva por las islas estendida,
llegados dos caciques juntamente
a dar el parabién de la venida
con un largo y espléndido presente
de refrescos y cosas de comida
y una lanuda oveja y dos vicuñas
cazadas en la sierra a puras uñas.

Quedábanse suspensos y admirados
de ver hombres así no conocidos,
blancos, rubios, espesos y barbados,
de lenguas diferentes y vestidos.
Miraban los caballos alentados
en medio de la furia corregidos
y más los espantaba el fiero estruendo
del tiro de la pólvora estupendo.

Llevábamos el rumbo al sur derecho
la torcida ribera costeando,
siguiendo la derrota del Estrecho
por los grados la tierra demarcando.
Pero cuanto ganábamos de trecho,
iba el gran arcipiélago ensanchado,
descubriendo a distancias desviadas
islas en grande número pobladas.

Salían muchos caciques al camino
a vernos como a cosa milagrosa,
pero ninguno tan escaso vino
que no trujese en don alguna cosa:
quién el vaso capaz de nácar fino,
quién la piel del carnero vedijosa,
quién el arco y carcaj, quién la bocina,
quién la pintada concha peregrina.

Yo, que fui siempre amigo e inclinado
a inquirir y saber lo no sabido,
que por tantos trabajos arrastrado
la fuerza de mi estrella me ha traído,
de alguna gente moza acompañado
en una presta góndola metido,
pasé a la principal isla cercana,
al parecer de tierra y gente llana.



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