La araucana tercera parte: 124

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CANTO XXXVII
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La araucana tercera parte



que así como tenemos profesada
una hermandad en Dios y ayuntamiento,
tanto del mismo Christo encomendada
en el último eterno Testamento,
no puede ser de alguno desatada
esta paz general y ligamiento,
si no es por causa pública o querella
y autoridad del rey defensor della.

Entonces como un ángel sin pecado,
puesta en la causa universal la mira,
puede tomar las armas el soldado
y en su enemigo esecutar la ira;
y cuando algún respeto o fin privado
le templa el brazo, encoge y le retira,
demás de que en peligro pone el hecho,
peca y ofende al público derecho.

Por donde en justa guerra permitida
puede la airada vencedora gente
herir, prender, matar en la rendida
y hacer al libre, esclavo y obediente:
que el que es señor y dueño de la vida,
lo es ya de la persona y justamente
hará lo que quisiere del vencido,
que todo al vencedor le es concedido.

Y pues en todos tiempos y ocasiones
por la causa común, sin cargo alguno,
en batallas formadas y escuadrones
puede usar de las armas cada uno,
por las mismas legítimas razones
es lícito el combate de uno a uno,
a pie, a caballo, armado, desarmado,
ora sea campo abierto, ora estacado.

En guerra justa es justo el desafío,
la autoridad del príncipe interpuesta,
bajo de cuya mano y señorío
la ordenada república está puesta;
mas si por caso propio o albedrío
se denuncia el combate y se protesta,
o sea provocador o provocado
es ilícito, injusto y condenado,



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