La araucana tercera parte: 128

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CANTO XXXVII
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La araucana tercera parte



Quiérome declarar, que algún curioso
dirá que aquí y allí me contradigo:
virtud es castigar cuando es forzoso
y necesario el público castigo;
virtud es perdonar el poderoso
la ofensa del ingrato y enemigo
cuando es particular, o que se entienda
que puede sin castigo haber emienda.

Voime de punto en punto divirtiendo,
y el tiempo es corto y la materia larga,
en lugar de aliviarme, recibiendo
en mis cansados hombros mayor carga;
así de aquí adelante resumiendo
lo que menos importa y mas me carga,
quiero volver a Portugal la pluma,
haciendo aquí un compendio y breve suma.

¿Qué es esto, ¡oh lusitanos!, que engañados
contraponéis el obstinado pecho
y con armas y brazos condenados
queréis violar las leyes y el derecho?
¡Qué! ¿No mueve esos ánimos dañados
la paz común y público provecho,
el deudo, religión, naturaleza,
el poder de Felipe y la grandeza?

Mirad con qué largueza os ha ofrecido
hacienda, libertades y esenciones,
no a término forzoso reducido,
mas con formado campo y escuadrones;
y casi murmurando, ha detenido
las armas, convenciéndoos con razones,
cual padre que reduce por clemencia
al hijo inobediente a la obediencia.

¿Qué ciega pretensión, qué embaucamiento,
qué pasión pertinaz desatinada
saca así la razón tan de su asiento,
y tiene vuestra mente trastornada,
que una unida nación por sacramento
y con la cruz de Christo señalada,
envuelta en crueles armas homicidas,
dé en sus propias entrañas las heridas,