La boba para los otros (Versión para imprimir)

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Elenco
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La boba para los otros Félix Lope de Vega y Carpio


La boba para los otros

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



Diana
Alejandro
Julio


Camilo
Fabio
Liseno


Marcelo
Teodora
Laura


Fenisa
Albano
Criados
Riselo




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Acto I
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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Sale Diana, de labradora
Diana:

Pues, ¿tú de amores conmigo,
ignorante labrador?
Dirás (que yo no lo digo)
que el amor, en cuanto amor,
nunca mereció castigo.
No porque es mi rustiqueza
tanta, que ignore el grosero
estilo de mi rudeza,
que amor fue el hijo primero
que tuvo naturaleza.
De este amor han procedido,
cuantos son, cuantos han sido;
pero no me persuado,
a tenerle en bajo estado
a ningún hombre nacido.
Aquí, de estas peñas vivas
quisiera romper las hiedras,
no porque trepan altivas;
mas porque abrazan sus piedras
amorosas y lascivas.
Y aquí, con violentos brazos,
los enredos de estas parras
los embustes de sus lazos,
que, de pámpanos bizarras,
dan a los olmos abrazos.


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Diana:

Si de celos o de antojos
canta a la primera luz
algún ave sus enojos,
quisiera ser arcabuz
y matalla con los ojos.
Y tú, grosero villano,
vienes a decir amores
a quien, por el aire vano,
un nido de ruiseñores
derribó con diestra mano.
Tú, ni el de más brío, y talle,
no me hableis, que si en el valle
donde más lejos se esconde,
solo el eco me responde,
le suelo decir que calle.
No os fiéis en que esta aldea
me dio padre labrador,
que el alma que se pasea
por mi pecho, y el valor
me dice que no lo crea.
Tengo tan altos intentos
que, si pudieran con arte
subir trepando elementos,
pasaran de la otra parte
del cielo mis pensamientos.


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Diana:

¿Es posible que yo fui
parto de un monte y nací
de un rudo y tosco villano?
¿Un alma tan grande en vano
deposita el cielo en mí?
Son tales mis presunciones
y discursos naturales,
que en todas las ocasiones
aborrezco mis iguales
y aspiro a ilustres acciones.
Ayer (aunque no es fiel
intérprete la osadía)
tuve un sueño, y vi que en él
un águila me ponía
sobre la frente un laurel.
Con esto, tan vana estoy,
que pienso, por más que voy
reprendiendo mi bajeza,
que se erró naturaleza
o soy más de lo que soy.
Aires, corred más a prisa,
no bulliciosos peinéis
la hierba que el alba pisa;
fuentes, no me murmuréis;
tened un poco la risa.
Y si un alto pensamiento
en bajo sujeto os calma,
parad con advertimiento,
que son narcisos del alma
los locos de entendimiento.
Porque si posible fuera
que el autor del cielo diera
al entendimiento cara,
loca de verla quedara,
si en vuestro cristal la viera.


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Sale Fabio
Fabio:

Por las señas que me ha dado
un villano en esta aldea,
que la vio bajar al prado,
no es posible que otra sea.

Diana:

¿Qué buscáis con tal cuidado?

Fabio:

Busco una bella aldeana,
que se ha de llamar Diana,
aunque es de almas cazadora,
desde que salió el aurora
a producir la mañana.
¿Sois vos acaso?

Diana:

Yo soy.

Fabio:

¿Cierto?

Diana:

Y muy cierto.

Fabio:

La mano
me dad.

Diana:

Los brazos os doy.

Fabio:

En vuestro semblante humano
mirando mi dueño estoy.


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Diana:

Sosegaos.

Fabio:

Estoy sin mí
desde el instante que os vi.

Diana:

¿Pues qué queréis?

Fabio:

Que me oigáis,
sin que un acento perdáis
de cuanto os dijere aquí.
Ilustrísima Diana,
hasta ahora, de estas selvas
humilde honor, aunque grave,
como está el oro en la tierra:
Octavio, duque de Urbino,
señor, como sabes, de esta,
por falta de sucesión,
trujo, de su hermano César,
a su sobrina Teodora,
hermosa como discreta,
a su Estado y a su casa,
(Estadme, por Dios, atenta,
que no entender los principios
hace obscuras las materias).
Siempre se pensó en Urbino,
que fuera Teodora bella
su heredera (claro estaba),
pues le tocaba tan cerca.


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Fabio:

Así Teodora vivía,
y de estos estados era
señora, y espejo al duque:
se estaba mirando en ella.
Servíanla pretendientes,
príncipes, Parma, y Plasencia,
Ferrara, Mantua y Milán;
pero con menores fuerzas
y mayores esperanzas
(como quien sirve en presencia),
dos caballeros de Urbino:
Julio y Camilo, a quien ella
cortésmente entretenía,
con inclinación secreta:
a Julio; o por más galán,
o por más conforme estrella.
En estos medios, Diana,
la inexorable tijera
de la Parca cortó el hilo
al duque, en años cincuenta.
Lo que la muerte descubre,
lo que muda, lo que trueca
en cualquier Estado o casa,
bien lo muestra la experiencia.
Así fue en esta ocasión;
que en su testamento deja
declarado el duque Octavio,
que tiene en aquesta aldea
una hija natural,
que nombra por heredera.


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Fabio:

Abriéndose el testamento,
Teodora sin alma queda;
Julio, sin vida, y Camilo,
con esperanza más cierta,
que será señor de Urbino,
si viene por quien le hereda,
pues Teodora no le amaba,
y aunque recatadas muestras
al fin, le amaba, que Julio
estaba más en su idea.
Con esto, hermosa Diana,
toda la corte se altera,
y en dos bandos se divide
con tal porfía, que llegan
a escribir leyes las armas,
y hacer derecho la fuerza.
Pero entrando de por medio
las canas de la nobleza,
vencen la furia a Teodora
y la juventud se sosiegan.
La legítima señora
buscar, alegres decretan,
y dan el cargo a Camilo,
que ya se llama, o lo sueña,
duque de Urbino contigo;
porque hasta esperar sentencia
de algunas dificultades,
quiere Julio que pretenda
su Teodora, aunque entre tanto,


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Fabio:

Diana, a la corte vengas.
Yo, que en servicio del duque,
con poca nobleza y renta,
nací en humilde fortuna,
tanto, que me ha sido fuerza
valerme del buen humor,
para los señores, puerta;
aunque no falto, Diana,
de alguna virtud y letras,
respetando aquella sangre,
que del duque muerto heredas,
vine, no a pedirte albricias
del parabién de que seas
duquesa de Urbino, cuando
eco de estos montes eras,
sino para que el peligro
a que te llevan, adviertas
entre tantos enemigos,
sin que nadie te defienda.
Porque Camilo no es justo
que tu persona merezca,
donde príncipes tan grandes
estos Estados desean.
Teodora y Julio, ¿quién duda
que, al paso que te aborrezcan,
han de pretender tu fin
con injustas diligencias?
Mira el peligro en que estás
y si es menester que tengas
en tantas dificultades
entendimiento y prudencia.


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Fabio:

Perdóname que te diga
que examinarte quisiera,
puesto que el buen natural
tales imposibles venza.
Pero ya con los caballos
el estruendo de las selvas
me avisó que, los que vienen
en tropa, a buscarte llegan.
No me puedo detener,
que no quiero que me vean
por ver si puedo después
servirte allá sin sospecha.
Dios te libre de traidores;
tu justicia favorezca,
tu buena dicha asegure
y tu inocencia defienda.
Vase. Salen Camilo y acompañamiento, Riselo, villano, y Liseno, criado.

Riselo:

Esta, señores, es la que buscando
venís por este monte, hija de Alcino,
de esta aldea vecino,
que ahora está en los montes repastando.

Diana:

(Aparte)
(¡Oh, ingenio, aquí me ayuda!
Fingirme quiero simplememente ruda;
que es el mejor camino a un grande intento.)


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Camilo:

Caballeros, mirando estoy atento
en esta labradora
lo que pueden la muerte y la fortuna.

Liseno:

¡Qué sin sospecha alguna,
del estado que espera, está suspensa!

Diana:

(Aparte)
(Este es Camilo. Atentamente piensa
cómo ha de hablarme, y mi persona mira.
Quiere llegar, y el traje le retira.)

Camilo:

¿Qué sirve suspender a lo que vengo,
cuando presente, gran señora, os tengo?
Dadme los pies, duquesa generosa,
y tanta novedad no os cause espanto.

Diana:

¡No faltaba otra cosa!
¿Son que ellos vengan a burlarse tanto?
¿Qué duquesa decís o calabaza?
Si andáis acaso por el monte a caza,
no me tengáis por fiera.

Camilo:

(Aparte)
(Pensé que en lo exterior fuera villana,
y que la buena sangre le infundiera
un alma, por lo menos, cortesana.)


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Liseno:

¿Si acaso no es Diana?

Camilo:

¿Es Diana, pastor?

Riselo:

En esta aldea
no hay otra que de aqueste nombre sea,
ni, como preguntáis, hija de Alcino.

Camilo:

¿Que esta ha de ser de Urbino
duquesa?

Riselo:

¿No os agrada?

Camilo:

¿Cómo me ha de agradar?

Riselo:

¿Pues qué os enfada?

Camilo:

El semblante risueño y los efetos,
que no son tan discretos
como su nacimiento prometía.

Riselo:

¡Qué mal la conocéis! Porque podría
venderos más retórica, si hablase,
que cuantos la profesan en Bolonia.

Camilo:

Señora, el duque es muerto.

Diana:

¿Pues qué se me da a mí? Pero, si es cierto,
enterradle, señores,
que yo no soy el cura.


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Camilo:

Mirad que es vuestro padre.

Diana:

¡Qué locura,
siendo Alcino mi padre!

Camilo:

(Aparte)
(Los temores
que tuve de su poco entendimiento
no me salieron vanos.)

Liseno:

¿Qué te espanta,
si se ha criado en rustiqueza tanta?

Camilo:

También fuera milagro que no fuera,
criada en estos montes como fiera,
de esta ruda aspereza;
mas presto mudará naturaleza,
en dándole los aires cortesanos.
Dad a todos las manos.
Venid, señora, a Urbino,
y seréis su duquesa.

Diana:

¡Desatino!

Camilo:

Señora, el duque os heredó en su muerte.
Gozad tan alta suerte,
y tan dichosa empresa.

Diana:

¿Pues soy yo buena para ser duquesa?


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Camilo:

Sí, pues lo quiso el cielo.

Diana:

Pues voy por mis camisas y un sayuelo
verde que tengo con azules vivos.

Camilo:

¡Extraños disparates!

Liseno:

¡Excesivos!

Camilo:

Allá tendréis las galas que os convienen
a las que vuestro estado y nombre tienen.
Venid, señora, al coche,
porque entréis esta noche,
si es posible, en Urbino.

Diana:

Que no, señor; yo tengo mi pollino.

Riselo:

Mira, Diana, que eres ya duquesa.

Diana:

Pues selo tú por mí, que a mí me pesa.

Camilo:

Vamos, señora. ¡Extraño desconsuelo!

Liseno:

(Aparte)
(¡Buena duquesa llevas!)

Diana:

Di, Riselo,
si al monte fueres, a mi padre Alcino,
que aquí me llego a Urbino
a ser duquesa, aunque de mala gana,
y que luego vendré por la mañana.
Vanse. Salen Teodora y Julio


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Teodora:

¡Que porfiase Camilo
en traer esta Diana!

Julio:

En tu condición villana,
Teodora, de aquel estilo.

Teodora:

Julio, aunque el duque dejase
cláusula en su testamento
de este nuevo pensamiento,
y esta villana heredase,
una cosa tan dudosa,
¿cómo Senado tan sabio
se la permite, en agravio
de la heredera forzosa?
Lo que disponen las leyes
no lo sé; pero sospecho
que es diferente el derecho
entre príncipes y reyes.
Que aunque es la justicia igual,
es justo que haya excepción
cuando las personas son
de nacimiento real.
Que el duque me aborrecía
podemos probar también,
si, porque te quise bien,
injustos celos tenía.
Que el querer por sucesor
dejar al duque de Parma,
sobre fundamentos arma
pleito su injusto rigor.


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Julio:

Cuando no hubiera razón,
más que probar al que muere
que estaba loco, se infiere
que ha sido violenta acción.
Veamos cómo nos va
de justicia llanamente,
pues que tendremos presente
a quien la causa nos da.
Que aunque más favorecida
de Camilo y del Senado,
no ha de poder su cuidado
defender su injusta vida.
Si hasta el día de su muerte
a la sucesión te llama,
y de esta constante fama,
que tu acción, Teodora, advierte,
nacieron las pretensiones
de Mantua, Parma y Milán,
¿qué leyes darles podrán
contra tí justas acciones?
En fin, tú has de ser duquesa
de Urbino, o yo he de perder
la vida.

Teodora:

Y yo tu mujer.
Julio, si a la envidia pesa.


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Sale Fabio
Fabio:

Ya, señora, viene aquí
la duquesa, mi señora.

Teodora:

¿Quién?

Fabio:

Aquella labradora.
No te vuelvas contra mí.

Teodora:

¿Qué mujer es?

Fabio:

Es mujer,
que en un monte se ha criado.

Julio:

No te dé, por Dios, cuidado;
que no le ha de suceder
al duque, por invención,
mujer de esa calidad.

Fabio:

Hasta probar la verdad,
tú tienes la posesión;
mas por la gente vulgar,
y por Camilo, señora,
recíbela bien ahora;
que no te podrá quitar
la posesión, por lo menos.
Vanse.


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Salen Camilo, Liseno y gente con Diana, en hábito de dama.
Camilo:

¿No le agrada a vuestra alteza
la ciudad?

Diana:

Es linda pieza,
mas… ¡recebirme con truenos!

Camilo:

Aquella es la artillería,
que os hacen la salva así.

Diana:

Con los relámpagos vi
estrellas a mediodía.
En tocando las campanas
en mi tierra el sacristán,
como los nublos se van
vuelven a cantar las ranas.

Camilo:

A propósito.

Liseno:

(Aparte)
(En mi vida
vi cosa tan ignorante.)

Diana:

Esta casa relumbrante,
de blanco mármol vestida,
¿qué contiene?

Camilo:

Es el palacio
de vuestra alteza.


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Diana:

El lugar
puede todo aposentar
su grande y vistoso espacio
con ovejas y borricos.

Camilo:

Veréis aposentos llenos
de pinturas, en que es lo menos
telas y brocados ricos.

Diana:

¿Qué es aquello que está allí?

Camilo:

El reloj.

Diana:

¡Válame Dios!

Camilo:

Allí señala las dos.

Diana:

¡Bueno! A Teodora y a mí.

Camilo:

Brava respuesta.

Liseno:

Gallarda.

Diana:

¿Y quién es, Camilo, aquel
que está en aquel chapitel?

Camilo:

Es el ángel de la guarda.


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Diana:

Bien le habemos menester;
pero es grave desvarío
tenerle al calor y al frío,
si nos ha de defender.

Camilo:

No la entiendo.

Liseno:

Yo tampoco.
Sale Fabio

Fabio:

A recibiros, señora,
sale la ilustre Teodora.

Camilo:

 (Aparte)
(De verla me vuelvo loco.)

Liseno:

En viendo su rustiqueza,
se venga de ti Teodora.
Salen Teodora y Julio

Teodora:

Mil veces venga en buena hora
a su casa vuestra alteza.

Diana:

Señora, ya yo decía
que en mi borrico andador,
pudiera venir mejor,
y llegar a mediodía.
Pero por esas veredas,
con mucho polvo y ruido,
arrastrando me han traído
en una casa con ruedas.
Echad acá vuesa mano,
que vos la quiero besar.


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Teodora:

 (Aparte)
(¿Qué es esto, Camilo?)

Camilo:

Hablar
en el estilo aldeano.
No os espantéis, que ninguno
nace enseñado.

Teodora:

Es ansí.
¿Qué dices, Julio?

Julio:

Que aquí
alma y cuerpo todo es uno,
y que no hay que tener pena
del tratado pensamiento,
pues su mismo entendimiento
en el pleito la condena;
o, a lo menos, será eterno,
pues no es justicia, Teodora,
que den a Urbino señora
inhábil para el gobierno.

Teodora:

Hoy mi esperanza nació.

Diana:

Muy linda está su mercé.
Y, dígame: ¿no tendré
uno como aqueste yo?


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Teodora:

Ahora, señora mía,
vuestras damas os darán
galas y joyas.

Diana:

No harán.

Teodora:

(Aparte)
(¡Qué notable bobería!)
Ahora bien; venid, Diana,
a tomar la posesión
(Aparte)
de vuestra casa. (El mesón
le diera de mejor gana.

Julio:

Y yo, la caballeriza.)

Camilo:

Corrido estoy.

Fabio:

Yo, turbado.
Laura y Fenisa han llegado.
Salen

Teodora:

Laura, aquel cabello enriza
a su alteza; y tú, después,
Fenisa, con el decoro
que sabes, diamantes y oro
siembra del cuello a los pies.

Laura:

Las dos tendremos cuidado
de vestir y de adornar
a su alteza.


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Diana:

Estoy, de andar
con los gansos por el prado,
ducha a la crencha o la trenza.

Teodora:

(Aparte)
(¡Buena duquesa has traído,
Camilo!)

Camilo:

Si estoy corrido,
bien lo dice mi vergüenza.

Teodora:

Quedaos vosotras aquí.
Ven, Julio, que ya la risa,
aun por los ojos te avisa
del placer que llevo en mí.
Vanse

Camilo:

Ya vuestra alteza ha llegado
a su casa. Justo es
que descanse; que, después,
de las cosas de su Estado
más despacio trataremos.

Diana:

¿Luego no me he de volver
a mi lugar?

Camilo:

No; hasta ver
la sentencia que tenemos.
Vanse


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Diana:

¡Ah, gentilhombre!

Fabio:

¿Es a mí?

Diana:

Un poco tengo que hablaros.
Vosotras, señoras damas,
id a prevenir mi cuarto;
que hablo ya como señora.

Laura:

Solo el aire de palacio,
que le ha dado a vuestra alteza,
hará mayores milagros.
Vanse las criadas

Diana:

¿Quién eres, hombre, que fuiste
cometa, que en breves rayos
fuiste carrera de luz
desde tu oriente a tu ocaso;
de los libros de mi historia
pintura, que como en cuadros,
representaste a los ojos
sucesos de tantos años?
¿Quién eres, que despertaste
a pensamientos tan altos
mi dormida fantasía
entre selvas y peñascos?
¿Quién te dijo que me dieses
aquel aviso que tanto
me ha valido para hacer
a Teodora aqueste engaño?


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Diana:

Que, si no fuera por ti,
el entendimiento claro
que me dio el cielo aumentara
la envidia de mis contrarios.
Hablara con él de suerte
que la vida y el Estado
fueran fímera de un día
en el rigor de sus manos.
Y advierte que esta ignorancia
tengo de usar, entre tanto
que aseguro Estado y vida;
que después hablaré claro,
y, tan claro, que se admiren
que pueda un inculto campo
producir tan raro ingenio.
Pero no hay ingenio humano,
que esto pueda por sí solo.
Tú, pues, con ligeros pasos,
embajador de mi vida,
impulso del cielo santo,
en el peligro en que estoy,
has de ser mi secretario;
que, fuera de no tener
otro favor, me declaro
contigo, porque te he visto
a mi remedio inclinado.
No te pregunto quién eres,
que ya me dijiste, Fabio,
la condición de tu vida;
pero, porque estoy pensando
que dónde tanta piedad
halló lugar tan hidalgo,
has de ser norte que guíe
la nave de mis cuidados.


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Fabio:

Señora, el mar proceloso,
adonde, pequeño barco,
entráis a correr fortuna,
injurioso y destemplado
con los vientos de ambiciones,
toca del cielo los arcos.
Menester habéis piloto
(mirad qué claro que os hablo)
de más valor y experiencia
para no correr naufragio.
Si os queréis fiar de mí,
viviréis, y si no, en vano,
con haceros inocentes,
venceréis a tantos sabios.

Diana:

Fabio, cuando yo contigo
mi entendimiento declaro,
bien sabes que me sujeto;
pensemos ahora entrambos
qué consejo tomaremos.

Fabio:

Señora, aunque gobernaron
mujeres reinos e imperios,
fue con inmensos trabajos,
trágicos fines y medios
sangrientos, que no dejaron
ejemplo de imitación.
Si algún hombre no buscamos
de valor, que con secreto
os pueda servir de amparo,
vos no podéis ser Cleopatra,
ni Semíramis.


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Diana:

Reparo
en que Camilo es indigno.

Fabio:

¿Camilo? ¡Gentil caballo,
para lo que yo pretendo!

Diana:

Pues, ¿qué pretendes?

Fabio:

Casaros
con hombre de tal valor
que no le iguale Alejandro.

Diana:

Pues hagamos un concierto:
que busques el hombre, Fabio,
y le traigas de secreto;
que si del talle me agrado,
como tú de su valor,
iremos los tres tratando
vencer estos enemigos.
Pero advierte que quedamos
en que este marido sea,
pues ha de durarme tanto,
repartido entre los dos,
de manera que escojamos
tú el valor, yo la persona.


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Fabio:

Tu ingenio y tu gusto alabo:
no como algunas mujeres
que apenas padre o hermano
les nombraron casamiento,
cuando, con el desenfado
que si fuese para un día
lo que es para tantos años,
cierran con él, sin mirar
si es azul o colorado:
de que nace que el oficio,
de marido, o carga, o cargo,
le sustituyan tenientes.

Diana:

Parte, que me están mirando,
y el cielo tus pasos guíe.

Fabio:

Tú verás cómo te traigo
un hombre.

Diana:

¿Quién, por tu vida?
En las dos puertas digan esto, como que se entran

Fabio:

No lo sé; vete despacio,
que ahora le voy a hacer.

Diana:

Sea valiente.

Fabio:

Un Orlando.


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Diana:

Sea ilustre.

Fabio:

Será un rey.

Diana:

Liberal.

Fabio:

Un Alejandro.

Diana:

Famoso.

Fabio:

César o Aquiles.

Diana:

Airoso, sabio...

Fabio:

Y gallardo.

Diana:

¿Mancebo?

Fabio:

Lo principal.

Diana:

Yo te aguardo.

Fabio:

Ya me parto
a buscar este marido,
como si fuera de barro.
Vanse.


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Salen Alejandro, hermano del duque de Florencia, Albano y criados.
Alejandro:

¡Gran deleite la caza!

Albano:

En ti se prueba,
pues a los montes del confín de Urbino,
desde Florencia, sin parar, te lleva.

Alejandro:

Llamarle puedes dulce desatino,
que hermosa fuente de esta oscura cueva
remite al valle el paso cristalino,
el rubio lirio y la azucena cana
parece que es el baño de Diana.
Campos, yo pienso que del cielo fuistes
al hombre los mayores beneficios;
que, fuera del sustento que le distes,
templáis la gravedad de los oficios;
¿qué pensamientos no se alegran, tristes,
entre estos naturales edificios,
arquitectura que formó el diluvio,
mejor que los diseños de Vitrubio?
Allí un peñasco empina la alta frente,
que parece que el cielo desafía;
allí se humilla, y más profundamente
su firme fundamento hallar porfía.
¿Qué puerta más pomposa y eminente
coronan, entre dórica armonía,
más reales trofeos que a estos riscos,
guirnaldas de tarayes y lentiscos?
En esta soledad parece el cielo
prado de flores, cándidas y bellas,
y en tanto luz, el esmaltado suelo,
con licencia del Sol, prado de estrellas.
¡Qué cosa es ver un músico arroyuelo
sirviendo de instrumento a las querellas
de un ruiseñor, que cuando más suspira,
canta la solfa que en su arena mira!


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Albano:

Pienso que quiere ya vuestra excelencia
ser ermitaño de este monte.

Alejandro:

Albano,
tal vez olvidarse de Florencia,
hace después mayor el gusto.

Albano:

Es llano.

Alejandro:

Si Nápoles admite competencia,
donde naturaleza abrió la mano,
no dudes que es Florencia; pero importa,
para estimarla, alguna ausencia corta.
Sale Fabio
Yo pienso que voy fuera de camino;
que no es el de Florencia el que he tomado.

Albano:

Un hombre, al parecer, viene de Urbino.

Fabio:

Gente desciende de este monte al prado.

Albano:

Buen hombre, ¿qué buscáis?

Fabio:

Perdido el tino,
por este laberinto voy errado.

Alejandro:

Fabio, tu voz conozco.


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Fabio:

¡Señor mío!

Alejandro:

En tu pasado amor los brazos fío.

Fabio:

¡Bien haya el yerro que tan bien acierta!

Alejandro:

Desde que de Florencia te partiste,
ingrato, me olvidaste.

Fabio:

Desconcierta
toda razón una fortuna triste.
Resucitaste mi esperanza muerta
cuando, señor, en salvo me pusiste
de la justicia de tu heroico hermano;
que no pudo, sin ti, remedio humano.
Víneme a Urbino, siempre receloso,
donde al duque serví, que muerto yace:
no ingrato a tu valor, mas temeroso;
que siempre el miedo de la culpa nace.
Bien sabes que un contrario poderoso
nunca sin sangre agravios satisface.

Alejandro:

Disculpa tienes, Fabio que el agravio
siempre le ha de tener presente el sabio.
¿Dónde vas por aquí?

Fabio:

Voy, atrevido,
a buscar un marido a cierta dama,
aunque buscarle en monte no haya sido
feliz agüero de su incierta fama.


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Alejandro:

¿Es mujer principal?

Fabio:

De esclarecido
nombre y sangre real.

Alejandro:

¿Cómo se llama?

Fabio:

Es cosa de grandísimo secreto.

Alejandro:

¿Secreto?

Fabio:

Sí.

Alejandro:

Pues búscale discreto.

Fabio:

Esta es mujer que serlo de un hermano
pudiera del gran duque de Florencia.

Alejandro:

Yo soy; llévame a mí.

Fabio:

No hablaste en vano,
aunque burlando estás mi diligencia.
Pero salgamos al camino llano,
que te importa escucharme.

Alejandro:

Doy licencia
para veras o burlas.


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Fabio:

Pues advierte…

Alejandro:

Comienza.

Fabio:

Escucha tu dichosa suerte.
Vanse. Salen Teodora y Julio

Teodora:

No pude yo desear
más venturoso suceso.

Julio:

La ventura te confieso,
como el saberla gozar.

Teodora:

Camilo no acierta a hablar,
de corrido y de turbado;
pero dirá que, casado,
 (que es fácil de persuadir),
Diana no ha de regir,
sino Camilo, su Estado.
Temo que ella ha de querer
cualquier propuesto marido.

Julio:

Lo mismo me ha parecido,
de una inocente mujer,
y que, si lo viene a ser,
el mismo daño nos viene;
luego remedio conviene.


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Teodora:

En aquel simple sujeto,
si el alma es causa, el efeto
de ella producir se tiene;
si con gran entendimiento
tantas se casaron mal,
¿qué hará quien le tiene igual?

Julio:

Lo mismo, Teodora, siento;
pero escucha un pensamiento.

Teodora:

¿Cómo?

Julio:

Tú le has de decir
mal de los hombres; que oír
cosas que la den temor,
cuando Camilo su amor
la pretenda persuadir,
harán en su entendimiento,
si alguno puede tener
tan simple y necia mujer,
que aborrezca el casamiento.

Teodora:

Es discreto pensamiento;
mas si, lo que es general,
por condición natural,
y por flaqueza también,
la fuerza a quererlos bien,
¿qué importa decirla mal?


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Julio:

¿Y qué importa que lo intentes?

Teodora:

Yo lo haré, que puede ser
que aproveche; aunque el querer
tiene muchos accidentes.

Julio:

¿Por qué lo contrario sientes?

Teodora:

Porque es amor un furor
que obliga a amar con rigor
a los de sentido ajenos,
que un animal sabe menos,
y sabe tener amor.
Sale Diana, muy bizarra, y Laura y Fenisa.

Diana:

¿No vengo buena?

Teodora:

¡Extremada!

Diana:

¿No ve cuál traigo el cabello?
Laura me ha puesto ansí,
devanado en unos hierros;
mas cuando oí que Fenisa
los ensartaba en el fuego,
desde el estrado salí
hasta el corredor huyendo.
¡Mire qué de baratijas
me han puesto por todo el pecho!


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Julio:

¡Por Dios, que está vuestra alteza
como un ángel!

Diana:

Yo lo creo.
A ver, vuélvalo a decir
como dicen en el pueblo.

Julio:

Que está vuestra alteza hermosa.

Diana:

Pues, ¿queréis que nos casemos?

Teodora:

Señora, no habléis ansí;
tened a los hombres miedo.

Diana:

Pues, ¿por qué?

Teodora:

Porque son malos.

Diana:

Yo pensaba que eran buenos.
Mi padre, el duque, ¿fue hombre?

Teodora:

Sí, señora.

Diana:

Pues yo pienso
que, pues le quiso mi madre,
no era malo, sino bueno.
¿Qué mujeres han parido
sin hombres?


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Teodora:

Ninguna

Diana:

Luego
para algo deben de ser
en el mundo de provecho.

Teodora:

Las mujeres principales
de ellos han de salir huyendo.

Diana:

¿Y qué importa que ellas huyan,
si las han de alcanzar ellos?

Fenisa:

 (Aparte)
(¡Qué maliciosa villana!

Laura:

Sí, pero boba en extremo.

Diana:

¡Hola, Fenisa!

Fenisa:

¿Señora?

Diana:

Cuando os miráis al espejo,
cuando os vestís tantas galas,
cuando os rizáis los cabellos,
cuando llamáis dando manos,
cuando descubrís manteos,
cuando enjaezáis los chapines,
que solo falta ponellos
pretrales de cascabeles,
¿es para salir corriendo
porque no os topen los hombres?


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Laura:

Señora, no pretendemos
desagradarlos: que es todo
materia de casamiento.

Diana:

Cuando noche de san Juan
esperáis con tal silencio
lo que dicen los que pasan,
¿es por san Juan o por ellos?

Fenisa:

Por ellos, señora mía.

Diana:

Y cuando salís haciendo
la pava con anchas naguas,
imitando en rueda y ruedo
diciplinante galán,
¿es todo aquel embeleco
por mujeres, o por hombres?

Laura:

Para venir de un desierto
campo, mucho sabes.

Diana:

Yo,
Laura, a los hombres me atengo.

Teodora:

 (Aparte)
(Camilo le ha dicho amores.

Julio:

Eso, señora, sospecho.


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Teodora:

Él viene.

Julio:

Será a burlarse;
que con otros caballeros
de rebozo a verla...)
Salen Camilo, Liseno, Albano, Alejandro y Fabio

Alejandro:

Fabio,
que no me conozcan temo;
aunque haber estado en Roma,
como sabes, tanto tiempo,
con el cardenal mi hermano
asegura mi deseo.

Fabio:

Ponte la capa en el rostro,
demás de tener por cierto
que no te ha visto ninguno;
porque todos, presumiendo
que Diana es mujer simple,
en sus acciones suspensos,
solo reparan en darle
más aplauso que respeto.

Alejandro:

Sin que me digas quién es,
sus fingidos movimientos
me lo han dicho.


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Fabio:

Dices bien;
que fácil es conocerlos.
¿Qué te parece?

Alejandro:

Que inclina
a amor y lástima.

Fabio:

Llego,
con tu licencia, a decirle
que te traigo.

Alejandro:

Advierte…

Fabio:

Advierto.

Alejandro:

Que no le digan quién soy;
que esto ha de ser a su tiempo.

Fabio:

¿No tiene gentil persona?

Alejandro:

Fabio de amigos, de ingenios,
de mujeres y pinturas
no se ha de juzgar tan presto.
De amigos, porque son falsos;
de ingenios, porque son nuevos;
de pinturas, porque tienen
difícil conocimiento;
de mujeres, porque muchas…

Fabio:

No lo digas; ya te entiendo.


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Alejandro:

Son hermosura sin alma.

Fabio:

Pero en este gran sujeto
todo está junto. Yo voy.

Alejandro:

Y yo aguardo, satisfecho
de tu entendimiento, Fabio.

Fabio:

Ponte de buen aire; llego,
y repare vuestra alteza…

Camilo:

Admirado estoy, Liseno,
de que estuviese sin alma
la belleza de aquel cuerpo.

Liseno:

Son árboles que, sin fruto,
altos y floridos vemos.

Diana:

Mi secretario ha venido.
(Aparte
(Hablarle por cifras quiero,
que ya por señas me dice
lo que sin ellas sospecho.)
Si tengo de estar acá,
y tantos señores veo,
es imposible que pueda
tratarlos sin conocerlos.
Aprendiendo voy los nombres;
Camilo, Julio, Liseno,
Teodora, Laura, Fenisa…
¿Vos quién sois, que no me acuerdo
de haberos visto otra vez?


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Fabio:

Soy, señora, un escudero
de vuestra alteza.

Diana:

¿Qué nombre?

Fabio:

De canto de órgano tengo
la entrada: Fabio me llamo.

Diana:

¿Sois hombre?

Fabio:

Pudiera serlo,
honrándome vuestra alteza;
porque, a imitación del cielo,
los príncipes hacen hombres.

Diana:

Dice Teodora que de ellos
huya, porque son traidores.

Fabio:

Pues yo de leal me precio.

Diana:

¿Qué hay de aquello?

Fabio:

Ya lo truje.

Diana:

¿Cuál de ellos es?

Fabio:

El que, atento
a que le mires, se quita,
de aquella capa cubierto,
de cuando en cuando el rebozo.
Mírale bien.


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Diana:

Ya le veo.

Fabio:

¿Es bueno?

Diana:

Después de hablado,
te diré de él lo que siento.

Fabio:

Lo mismo de ti me dijo.

Diana:

Pues debe de ser discreto.

Fabio:

Cuando a buscarle partí,
hicimos los dos concierto
que tú escogieses el talle,
y yo, señora, el ingenio.
¿Qué hay de tu parte?

Diana:

Así, así.
Mas dime si lo compuesto
de mi talle le agradó.

Fabio:

Así, así.

Diana:

¿Venganzas? ¡Bueno!
¿Qué nombre?

Fabio:

No me lo ha dicho.

Diana:

Pues, ¿adónde hallaste, necio,
este marido sin nombre
para tan grave sujeto?


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Fabio:

Él te lo dirá, que yo
lealtad a entrambos profeso.

Diana:

Voyme, y pasaré más cerca.

Fabio:

Es un gallardo mancebo.

Diana:

Teodora.

Teodora:

¿Señora mía?

Diana:

Mucho me enfada el concierto
de palacio. Allá en mi casa
(…)
comía yo a todas horas.
¡Ir a la cocina quiero
como en mi aldea solía!

Teodora:

¡Qué notable desconcierto!
¡Deténgase vuestra alteza!

Diana:

Ya, Teodora, me detengo
para mirar estos hombres,
que ver más cerca deseo.
¿Qué falta o qué gracia tienen
que obligue a tenerlos miedo?


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Vaya Diana mirando a Alejandro al salir, y todos la acompañen, quedando él y Fabio
Fabio:

Ya que se fueron, señor,
dime lo que sientes de esto,
porque en todos los principios
tienen las cosas remedio.
Aquí no estás empeñado,
porque, con discreto acuerdo,
negué tu nombre, aunque fuera
despertar su pensamiento
decirle: Este es Alejandro
de Médicis, por lo menos;
del gran duque de Florencia
hermano, de Francia deudo,
y persona que en las armas…

Alejandro:

Detente, Fabio, y tratemos
cómo solicite yo
a Diana con secreto
para ser duque de Urbino;
que están a la mira puestos
mil príncipes confinantes.

Fabio:

Quien agradecido ha puesto
su persona en este punto,
dará para todo el medio
que nos dé glorioso fin.
Y tú, enamorando tierno,
y yo haciendo el dulce oficio…


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La boba para los otros Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Alejandro:

¿De qué?

Fabio:

De tercero diestro;
en el palacio de Urbino
habemos de poner presto
de los Médicis las armas.

Alejandro:

Yo te daré…

Fabio:

No lo quiero;
porque quien a buenos sirve,
eso le basta por premio.


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Acto II
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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Sale Diana, con sombrero y capotillo, Alejandro, de noche, Fabio y Laura
Diana:

¿Tan presto quieres irte?

Alejandro:

Fabio, señora, dice que amanece.

Fabio:

Bien puedes despedirte,
que el crepúsculo crece
y la tumba del Sol se desvanece.

Laura:

Un poquito de culto, por tu vida.

Fabio:

Digo que el alba ostenta luz mentida.

Diana:

Esta, Alejandro, es la tercera noche
que en aqueste jardín hablo contigo,
Fabio solo testigo,
y Laura, de quien fío este secreto,
hasta que tenga venturoso efeto.

Laura:

¿Entiendes, Fabio, tú, del carro o coche
donde van las estrellas?

Fabio:

Vendrá muy a propósito por ellas
sacar, Laura, la hora,
después que el sumiller del Sol, la aurora,
le corre la cortina,
esparciendo la niebla matutina.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Laura:

Habla cristiano o en hora mala vete.

Fabio:

¿Y eso no es culto?

Laura:

No.

Fabio:

¿Pues qué?

Laura:

Cultete.

Alejandro:

Diana hermosa, Fabio me ha contado
que te daba cuidado,
no mi persona ya: mi entendimiento.
¿Parécete que digo lo que siento
y siento lo que digo?
¿Soy bueno para dueño o para amigo,
que de cualquier suerte, en tu servicio,
la vida, el alma, es corto sacrificio?
Si estoy examinado,
dame, señora, el grado
de galán o marido.

Diana:

Con el mismo temor, lo mismo pido;
que como la primera vez me viste
(que es fundamento en que el amor consiste)
con tan simples afectos y señales,
y aquella aprehensión tarde se olvida,
la memoria, ofendida,
puede ser que conserve acciones tales.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Y en tres noches, Diana,
que hablando nos divide la mañana,
¿no quieres que tu raro entendimiento
me dé conocimiento,
de que tal exterior sirve de muro
a la perla del alma, en nácar puro?
Tal es tu ingenio y tu real decoro,
como licor precioso en vaso de oro,
y admírame que sea,
de tanta ciencia, cátedra una aldea.

Diana:

Si yo, gallardo Médicis, te agrado,
tu ingenio en tu persona a mi cuidado
es al círculo de oro semejante,
que esmalta y ciñe brillador diamante.

Laura:

Si estáis ya concertados,
mirad que del jardín los acopados
árboles hacen sombras,
y se ven de las flores las alfombras,
en cuyos cuadros cultos
repite luz el alba.

Fabio:

Pintados pajarillos hacen salva,
entre los verdes árboles ocultos,
con la dudosa luz del nuevo día,
¿y no tenéis temor, que ser podría
que os viesen tantos necios pretensores?


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Mal sabes tú qué es comenzar amores,
que hasta ganar el alma que desea,
no hay amante que tema ni que vea.

Diana:

Hablar siempre discreto
ya no será posible; que, en efeto,
donde hay amor hay celos, linces tales,
que penetran los orbes celestiales
y los oscuros limbos de la tierra.

Alejandro:

Para excusar la guerra
de la envidia curiosa,
la industria, solamente provechosa,
puede hallar algún medio,
de ella desvelo y de los dos remedio.
¿Qué te parece que Alejandro intente?

Laura:

¡Huye presto, señor, que viene gente!

Diana:

¿Tan presto gente aquí?

Fabio:

¡Gentil olvido!

Laura:

¡Qué ciego es el amor entretenido!

Diana:

Con el gusto no vía
que nos miraba el día.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Y yo, no viendo estrellas en su velo,
pensé que pasaron a tu cielo.
¡Adiós, señora mía!
Huyan Alejandro y Fabio, y salen Teodora y Fenisa

Teodora:

¿Hombres dices que viste?

Fenisa:

¿Pues no los ves huir, porque sintieron
que su amorosa plática rompiste?

Teodora:

Siento la llave, y que la puerta abrieron
que sale al muro.

Fenisa:

¡Qué furioso escapa,
dejándonos el oro de la capa
en los ojos el uno,
por testigo de que es amante alguno
de tantos pretendientes!

Teodora:

Fenisa, no será de los ausentes,
aunque pueden servirla de secreto;
y que he tenido celos, te prometo,
de que la mire Julio.

Fenisa:

No lo creas,
que aunque es gallarda, son acciones feas
las de su entendimiento;
porque fuera, sin alma, amor violento.


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Teodora:

Eso no me asegura;
que el ingenio, la gracia y la hermosura
que a muchas les negó naturaleza,
discretas hizo, y lindas la riqueza;
y yo he notado en Julio tal mudanza,
que no debe de ser sin esperanza
de ser duque de Urbino.

Fenisa:

Antes de la sentencia es desatino.
Teodora
Bellísima Diana, entre las flores
tan de mañana, efetos son de amores;
las plumas y el vestido
muestran que aquí la noche habéis tenido.
Yo vi por las espaldas
el oro entre las verdes esmeraldas,
de estos árboles hojas. ¿Qué es aquesto?
¿Hombres con vos? ¿Cómo olvidáis tan presto
lo que os tengo advertido?

Diana:

Señora, como boba soy, me olvido
fácilmente de todo.

Teodora:

¿No veis que de ese modo
ofendéis la grandeza en que nacistes?

Diana:

Que huyese de los hombres me dijistes,
pero como yo sé los Mandamientos,
que es más obligación que vuestros cuentos,
y “amarás a tu prójimo —decían—
como a ti mismo”, vi que no tenían
vuestras lecciones buenos fundamentos.


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Teodora:

Amadme a mí para cumplir con ellos.

Diana:

No debéis de sabellos.
¿No veis que dice “prójimo” y, si fuera
para mujer, que “prójima” dijera?
¿Veis como vais, Teodora,
contra los Mandamientos?

Teodora:

Yo, señora,
deseo, cuanto puedo,
que no os engañe alguno.

Diana:

No hayáis miedo.

Teodora:

Engañan las discretas y avisadas,
¿qué harán de vos?

Diana:

Por muchas engañadas,
en todos los estados,
siempre son más los hombres engañados.

Fenisa:

(Aparte)
(Esto no sabe a mucha bobería.)

Diana:

Pero, decidme vos, por vida mía:
¿Por qué los queréis mal? ¡Que es buena gente!
¿Quién hay que nos defienda y nos sustente,
pues desde que nos paren nuestras madres,
todo es cuidado y ansia de los padres
para darnos remedio?


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Fenisa:

 (Aparte)
(La corte se vistió de medio a medio.)

Diana:

Joyas, vestidos, galas y placeres,
¿debémoslas acaso a las mujeres?
Y fuera de esto, aunque de mí te asombres,
¿no ves que las tres partes de los hombres
han muerto por nosotras? Luego es justo
querer a quien nos quiere, y con tal gusto
nos cría, nos regala y nos sustenta,
y con su amparo defender intenta
con el amor, la vida, y con las manos.

Teodora:

Antes, Diana, son unos tiranos,
que no nos quieren más que mientras dura
la verde edad, la gracia y la hermosura,
matándonos a celos; y es de modo
que ellos lo quieren todo,
y no nos dejan ver el sol apenas.

Diana:

Pienso que quieres bien lo que condenas.
Ven, Laura amiga, y mudaré vestido.

Laura:

Mucho te has declarado.

Diana:

No he podido
reprimir esta vez mi entendimiento,
que es luz, en fin, y sigue su elemento.
Vanse Diana y Laura


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Teodora:

Quién pensara, Fenisa, que supiera
estas cosas Diana en cuatro días…

Fenisa:

Si su buen natural se considera,
¿no ha de vencer sus rudas fantasías
aquella sangre ilustre?
Sale Julio

Julio:

(Aparte)
(Haced, pensamiento mío,
lugar, aunque estéis de asiento,
a mi nuevo pensamiento,
pues tenéis libre albedrío.
Perdonadme, si os desvío
de la obligación de quien
lo mismo hiciera también,
que la razón natural
quiere que aborrezca el mal
y que solicite el bien.
Los ojos puse en Diana
desde el punto que llegó:
no porque me enamoró,
si honesta, hermosa villana,
mas porque tengo por llana
su justicia; y, siendo así,
ganaré lo que perdí,
si a quien la tiene me inclino,
porque ser duque de Urbino
es lo que me importa a mí.)


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Teodora:

¿Julio?

Julio:

¡Señora! No en vano
con más hermosos colores
se levantaban las flores
desde tus pies a tu mano.
Embajador del verano
suele ser el ruiseñor;
y ahora de flor en flor
vienes a ser filomena;
ríe el prado, el aire suena,
llora el agua y canta amor.
Ya ¿qué puede sucederme
que no sea dicha este día?

Teodora:

Segura estará la mía
con pagarme y con quererme.
Aquí vine a entretenerme,
y hallé a Diana, que ya
en ser bachillera da.

Julio:

Es lazo en que dan los necios
para mayores desprecios.

Teodora:

Algo reformada está.


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Julio:

Es un mármol que ha vestido
de rústica arquitectura
naturaleza, tan dura,
que Camilo arrepentido
está de haberla traído,
y tan confuso el Senado,
que le ha puesto en más cuidado
el volverle a deshacer,
que el pensar que ha de poner
tal señora en tal Estado.

Teodora:

Por ir a verla vestir
las galas de hoy, no me puedo
detener contigo.
Vase

Julio:

Quedo
sin ti; no hay más que decir.
Esto me importa fingir,
ya que con Diana intento
este nuevo pensamiento;
que luego que tenga amor,
sobre su mucho valor
lucirá su entendimiento.
Sale Camilo

Camilo:

Huélgome de hallarte a solas,
que tengo que hablar contigo.


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Julio:

Ya sabes mi inclinación
a tu amistad y servicio.

Camilo:

Si en ella puso Teodora,
cuando los dos la servimos,
alguna discordia, Julio,
siendo deudos, siendo amigos,
ya no causarán los celos
los pasados desatinos;
que del amor de Teodora
tomó venganza el olvido.
De hablar con Diana vengo,
y paréceme que he visto,
no el juicio concertado,
mas no alterado su jüicio.
Con su secretario estaba
escribiendo a los que han sido
pretendientes de Teodora,
que le han dado por escrito
el parabién del Estado.
Aquí, Julio, te suplico
que me escuches más atento.

Julio:

¿Qué más atento?


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Camilo:

Pues digo
que si este Estado ha de ser
de un extraño o de un vecino,
donde como en dueño ajeno
corran los propios peligros,
es mejor que yo lo sea,
que, por ser duque de Urbino,
no reparo en lo interior
de este rústico edificio.
Porque no la quiero yo
para que me escriba libros,
ni para tomar consejo,
que de mujer no le admito.
Tú, pues quieres a Teodora,
que nunca quien ama quiso
más interés que su gusto,
ayuda el intento mío,
pues que no puedes dejar,
por amante y bien nacido,
de quererla, a cuya causa,
a duque de Urbino aspiro.
Que, si me das tu favor,
y la posesión conquisto,
todos mis Estados quedan
a elección de tu albedrío.


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Julio:

Mucho me pesa que pienses,
¡oh, generoso Camilo!,
siendo discreto, que pueda
el gusto, y más si es fingido,
vencer tan grande interés
como ser duque de Urbino.
Cuando yo amaba a Teodora
era fundado designio
en ser forzosa heredera;
pero viendo, como has visto,
que es Diana, ¿quién, tan loco,
tomara tan necio arbitrio
como dejar la esperanza
de la pretensión que sigo
con el mismo pensamiento?
¿Quién se viera tan rendido
a la mayor hermosura
que naturaleza hizo,
al más raro entendimiento,
al cuerpo más cristalino
(cosas que siguen los hombres
con engañoso juicio),
que dejara un grande Estado
por un bien que siempre ha sido
imaginada victoria
y ejecutado delito;
breve cometa del gusto,
que suele traer consigo
el justo arrepentimiento
a espaldas del apetito?


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Julio:

Las cosas que son posibles
han de pedir los amigos;
que es locura, y no razón,
amistad contra sí mismo.
Los amores de Teodora
no fueron más de principios,
mudó Fortuna el semblante,
y mi amor mudó de sitio.
Más quiero boba a Diana,
con aquel simple sentido,
que bachillera a Teodora,
pues un filósofo dijo
que las mujeres casadas
eran el mayor castigo,
cuando, soberbias de ingenio,
gobernaban sus maridos.
Lo que han de saber es solo
parir y criar sus hijos.
Diana es hermosa, y basta
que sepa criar los míos.

Camilo:

No esperé de tu lealtad
respuesta tan descompuesta;
pero ha sido la respuesta
como ha sido la amistad.
Mas, ¿qué mejores razones
me pudiera responder
quien rompe de una mujer
tan nobles obligaciones?
Pero no se lograrán:
que en sabiéndolo Teodora,
a quien yo lo diré ahora,
 (pues tus agravios me dan
para bajezas licencia),
a entrambas las perderás,
y a mí, que te importa más.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Julio:

¿Y qué ha de hacer mi paciencia,
Camilo, en esa ocasión?

Camilo:

Remitir el desagravio,
el no pronunciar tu labio
las palabras que lo son.

Julio:

Pues quitándote la vida
podré solo pretender.

Camilo:

Quien la sabe defender
nunca de quien es se olvida.
Salen Diana, Teodora, Fabio y Marcelo, secretario

Teodora:

Ya se luce la cabeza
que por gobierno tenéis.

Diana:

¡Hola! ¿Qué es esto que hacéis?

Marcelo:

¿Ya no lo ve vuestra alteza?
Julio y Camilo reñían.

Diana:

Marcelo, ¿es esto mal hecho?

Marcelo:

Cuando hay enojo y despecho,
al campo se desafían
los caballeros, no aquí.

Diana:

¿Qué haré, Teodora?


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Teodora:

Prendellos.

Diana:

¿Prendellos? Pues, ¿querrán ellos?

Teodora:

Mandádselo vos.

Diana:

¿Yo?

Teodora:

Sí.

Diana:

Las espadas me desmayan.
Escribidles a los dos,
Marcelo, una carta vos,
en que a la cárcel se vayan.

Fabio:

Buena traza.

Marcelo:

La razón
de la pendencia, ¿qué fue?

Camilo:

Fue la duquesa.

Marcelo:

¿Por qué?

Camilo:

Casarla fue la ocasión;
mas no tan bien empleada,
aunque con mucha nobleza,
como merece su alteza.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

No, no, que ya estoy casada.

Teodora:

¿Casada? ¿Con quién?

Diana:

Con vos,
que, pues no he de querer
hombres, seréis mi mujer.

Teodora:

Poned en paz a los dos:
haced que se den las manos.

Diana:

Luego ¿queréislos casar?

Teodora:

Y los dos pueden dejar
esos pensamientos vanos.

Diana:

Casénse Julio y Camilo,
pues ya lo estamos las dos;
dad fe, secretario; vos
entendéis por buen estilo
de que quedamos casados.
 (A Laura)
(Sin duda que la cuestión
nació de la pretensión,
Laura, de aquestos Estados.)
Sale Alejandro, de camino

Alejandro:

Si deslumbrado, por dicha,
entré, señores, aquí,
que tanto ha podido en mí
la fuerza de una desdicha,
suplícoos me perdonéis.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

¿Qué es esto, Fabio?

Fabio:

Señora,
como tú lo entiendo ahora.

Diana:

Caballero, ¿qué queréis?

Alejandro:

¿Cuál es su alteza?

Diana:

Yo soy
su alteza, si me buscáis.
Pues bien, ¿qué es lo que mandáis
que os entráis adonde estoy
con las espuelas calzadas?
¿Sois, por ventura, francés,
que las tienen en los pies
para siempre vinculadas?
Que como entre las naciones
son los mejores caballos,
de galos se han vuelto gallos,
y gallos con espolones.

Alejandro:

Tanto mi peligro ha sido,
que dejo el caballo muerto
a esa puerta.

Diana:

Desconcierto;
que mejor hubiera sido
haberle metido acá
y que se muriera aquí.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Teodora:

Caballero, oídme a mí:
Esta gran señora está,
de enfermedad que ha tenido,
divertida, como veis.
¿A qué venís? ¿Qué queréis?

Diana:

Mentís, porque ya ha venido
mi salud, y estoy tan buena,
que cierta temeridad
es sola mi enfermedad,
hasta quitarme la pena.
(Aparte)
¡Que se entrase, Fabio, aquí
Alejandro de este modo!

Fabio:

Si él no sale bien de todo,
pasos y tiempo perdí.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Hermosa Diana,
retrato de aquella
que con las tres formas
por deidad celebran:
que luna en el cielo,
Diana en la tierra,
en el centro oscuro
Proserpina reina;
pues fuistes, señora,
Diana en las selvas,
luna en el Estado
donde sois duquesa,
y mientras os tuvo
sayal encubierta,
Proserpina, clara
reina de tinieblas.
Octavio Farnesio
a vos se presenta;
del príncipe hermano
de Parma y Plasencia.
Amor que en las almas
tiene tanta fuerza,
mayormente cuando
verde primavera
tiernos años gozan
faltos de experiencias,
en la luz hermosa,
bañando las flechas
de unos ojos negros
de una dama bella,
dio luto a los míos,
pues en esta ausencia
en el alma misma
le traigo por ella.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

No por lo presente
hago competencia;
pero si el amor
las flachas perdiera,
los ojos que digo
sirvieran por ellas.
Pagóme dos años
amorosas deudas,
no éramos iguales
en sangre y nobleza;
con que mi esperanza
que, casado, fuera
posesión dichosa,
fue desdicha cierta.
Solo merecía,
por alguna reja,
manos recatadas
y palabras tiernas.
Como mariposa
que nunca se quema,
solo daba tornos
a la blanca vela.
Trataron casalla
sus padres, por fuerza,
y fuele forzoso
darles obediencia.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Yo, que la adoraba,
y me vi perdella,
no perdí la vida,
perdí la paciencia;
y viéndome Porcia
con alma resuelta
de matar su esposo,
mis locuras templa
con darme palabras,
que salieron ciertas;
tierna a mis suspiros,
fácil a mis quejas.
De las bodas tristes
pasaron apenas
los alegres días,
cuando verme intenta
una oscura noche,
tan lluviosa y negra,
que solo se hizo
para ser secreta.
A su huerta pongo
escalas de cuerda,
mas que cuerdo, loco
subiendo por ella.
Dormía su esposo,
y Porcia, despierta,
de la cama sale,
durmiendo le deja.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Cuando vi su bulto
por la blanca senda,
que era de los cuadros
guarnición de arena;
cuyos pies hermosos
en breves chinelas,
con airosos pasos
la volvieron perla.
Si hay aquí quien ame,
lo que sentí sienta,
tras tantos deseos,
con el bien tan cerca.
Naguas de Cambray
con randas flamencas,
partían el campo
de su imagen bella;
porque la camisa,
de mangas abiertas,
mostraba dos brazos
de cándida cera.
Y, al uso de Italia,
por el pecho suelta,
dos suspensos bultos,
pomo de azucenas.
Al marido entonces
el honor despierta;
porque quien le tiene
no es bien que se duerma.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

La jurisdicción
de la cama tienta;
lo frío le abrasa,
lo ardiente le hiela;
porque los que aman
este estado, sepan,
que aun allí no tienen
segura su prenda.
Salta de la cama
y toma en defensa
de su honor y vida
espada y rodela.
Presto halló el engaño,
y a nosotros llega;
porque las desdichas
siempre fueron prestas.
Conmigo se afirma;
la cólera ciega,
nunca por preceptos
gobernó las tretras.
Y como el agravio
no esgrime ni llega,
cuchillada tira
con poca destreza.
A pocas, turbado,
por mi espada se entra;
del jardín los cuadros
con la sangre riega.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Saco a Porcia en brazos,
sin herida, muerta,
y en un monasterio
defendida queda.
Apenas la aurora
sacó la cabeza
a llorar desdichas
en viendo la tierra,
cuando diez soldados
mi aposento cercan;
préndeme mi hermano,
y él mismo sentencia,
porque propia sangre
más ejemplo sea,
dando a la justicia
majestad severa.
Ya llegaba el día,
cuando una doncella,
hija del alcaide,
piadosa me entrega
llaves de la torre,
joyas y cadena.
Salgo en el caballo,
que, si vivo queda,
como el de Alejandro,
mármol se prometa.
Hoy a vuestros pies
mis fortunas llegan;
mostrad que sois ángel
por librarme de ellas.
Dadme vuestro amparo,
que mi historia es esta;
será vuestra gloria
remediar mi pena.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

Discreto debéis de ser;
mas no se os ha parecido,
¿Engañador habéis sido?
Guárdese toda mujer.
Hideputa, bellacón,
¡como pintó por la senda
la camisa de su prenda!
¿Aún no trajera jubón?
¡Qué linda vista tenéis!
Pues de aquellas naguas frescas
vistes las randas frandescas,
a fe que no me engañéis.
¿De esos sois? No más conmigo.
A buen tiempo os declaráis,
pues al de Parma me dais
por capital enemigo.
¿Andáis a engañar mujeres,
de noche, por los jardines?

Teodora:

No es justo que lo imagines
si de desdichas lo infieres.

Fabio:

Señora, este caballero
favorece.

Diana:

¿Vos habláis
por él? ¿Tan seguro estáis
de su culpa, majadero?


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Fabio:

 (Aparte)
(¿Qué has hecho?

Alejandro:

Aquesto fingí
por verla.)

Diana:

¡Oh, Ulises astuto!
Váyase Porcia con Bruto.
¿Qué es lo que me quiere a mí?

Fabio:

(Aparte)
(Señora, no es en tu agravio.
Invención debe de ser.)

Diana:

¡Vive Dios!, que le he de hacer
dar mil estocadas, Fabio.
Venid conmigo, Camilo
y Julio.

Julio:

¡Qué airada estás!

Diana:

¿Qué queréis? No puedo más
en viendo traidor estilo.
Vanse, y quedan Teodora, Alejandro y Fabio

Fabio:

Quisiere poder hablarte,
y quedose aquí Teodora…
Pero, ¿qué dirás ahora
con que puedas disculparte?


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Anda, Fabio, que es locura
la de Diana y no amor;
y si este ha de ser humor,
su Estado ni su hermosura
no me prestarán paciencia.
Entra a verla y dila, Fabio,
que sentido de este agravio,
daré la vuelta a Florencia;
que yo no quiero mujer
con lucidos intervalos.

Fabio:

¡Con qué gentiles regalos
la dispones a volver
a tu amistad! Mas yo voy,
por ver de qué se ha sentido.
Vase

Teodora:

Ahora que Fabio es ido
os quisiera decir quién soy,
generoso caballero.

Alejandro:

Ya, señora, lo he sabido,
y ahora perdón os pido
de no haber hecho primero
lo que era razón con vos.

Teodora:

De mí también estad cierto;
que de aqueste desconcierto
estoy corrida, por Dios.
Salga Diana a la puerta, a escuchar, y Fabio.
Perdonad la bobería
de la señora duquesa.
No sabe más.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

No me pesa
de ver su descortesía,
si ha pasado por su puerta
por la posta Salomón;
pésame de la ocasión,
neciamente descubierta
a quien me ha tratado así.

Teodora:

La relación que le hicistes
de vuestras fortunas tristes,
más impresión hizo en mí.
Mis joyas, casa y hacienda
tened por vuestras, Octavio.

Diana:

¿Qué sientes de aquello, Fabio?

Fabio:

Siento que el diablo lo entienda.

Alejandro:

A tantas obligaciones,
¿qué puedo yo responder?

Teodora:

La herencia de esta mujer
está ahora en opiniones.
Si sale el pleito por mí,
Farnesio ilustre, creed,
como vos me hagáis merced,
si habéis de asistir aquí,
de darme vuestro favor,
de premiaros de tal modo,
que venga a ser vuestro todo.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

¿Aquello es temor o amor?

Fabio:

Temor de verse en estado
que todo lo ha menester.

Diana:

Celos me dan; soy mujer.
Peligro corre el cuidado.

Alejandro:

Dadme, señora, licencia
para poner en razón
mis cosas.

Fabio:

Por tu ocasión
quiere volver a Florencia.

Diana:

¿A qué Florencia, ignorante,
siendo del de Parma hermano?

Fabio:

Todo aquello es cuento vano,
por estar gente delante.

Teodora:

Id con Dios, gallardo Octavio,
y en prendas de que seréis
de mi parte y vengaréis
de mi justicia el agravio,
este diamante traed
por divisa de una dama
que su defensor os llama.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Señora, ¡tanta merced!
Tomarele por prisión,
como fue antigua señal,
para ser grillo inmortal
del dedo del corazón.

Diana:

Si se detiene y porfía
(tanto, quien escucha, yerra),
presumo que doy en tierra
con toda la bobería.

Fabio:

Voy tras él.

Alejandro:

Fabio, ¿y Diana?

Fabio:

Calla, que está aquí y te oyó.

Alejandro:

¿Será bien hablarla?

Fabio:

No,
que es airada, tigre hircana.
Echa, señor, por aquí,
y finge que no la viste.
Vanse

Teodora:

Diana, ¿dónde, tan triste?

Diana:

Estoy desde hoy por ti.
Dísteme, amiga Teodora,
recién venida, un consejo
que no tomas para ti.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Teodora:

¿Cómo?

Diana:

Que, por no ser buenos,
siempre huyese de los hombres,
y siempre te hallo con ellos.
Esta mañana, también,
con mil razones y ejemplos,
me persuadiste lo mismo;
no entiendo tus pensamientos,
mas debe de ser engaño.
Dime si puedo quererlos,
que por tomar tu lición,
ha muchos días que tengo
el gusto con telarañas,
con polvo el entendimiento.
¿Qué es amor, por vida tuya?

Teodora:

Amor, Diana, es deseo.

Diana:

¿No más?

Teodora:

Lo demás, tener
las esperanzas efecto.
Es el amor, de dos almas
transformación.

Diana:

¿Cómo?

Teodora:

Un trueco;
que dejando cuerpos propios
pasan a cuerpos ajenos.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

¡Válame Dios!

Teodora:

¿Qué te admira?

Diana:

Que se pasen a otros cuerpos;
que es la mayor invención
que pudo hallar el ingenio.
Pero entre dos que se aman,
¿qué suele descomponellos?

Teodora:

Celos.

Diana:

¿Qué es celos?

Teodora:

Sospechas
de que hay diferente dueño.

Diana:

¿Y si le hay?

Teodora:

Es agravio;
que los celos, solo celos,
son una sombra de noche
que del propio movimiento
de la persona se causa.
Son una pintura en lejos,
que finge montañas altas
lo que son rayos pequeños.
¿No has pasado alguna vez
por un espejo, de presto,
que eres tú y piensas que es otro?

Diana:

¿Que son celos tantas cosas?

Teodora:

Líbrete Dios de tenerlos.
Vase


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

Dulces empeños de amor,
¿quién os mandó ser empeños
de prendas no conocidas?
Fié de Fabio el secreto
de buscarme un defensor;
y cuando tenerle pienso,
hallo que todo es engaño,
traiciones y atrevimientos.
Determineme a querer
a tan noble caballero,
como Alejandro, y corrida
de mi engaño, me arrepiento.
¿Quién, sino yo, pudo hallar
la desdicha en el remedio?
¿Quién, sino yo, ser pudiera
dichosa para no serlo?
¡Ay, mi querida aldea! ¡Ay, campo ameno!
¡Quien me trujo a la corte, muera de celos!
¡Ay, mis dulces soledades,
donde escuchaba requiebros
de las aves en sus flores,
de las aguas en los hielos!
No aquí lisonjas, no engaños,
no traiciones, no desprecios,
adonde teme la vida,
si no la espada, el veneno.
Nunca yo supe en mi aldea
de qué color era el miedo;
ahora, a mi sombra misma,
por cualquier parte temo.
Allá todos eran simples;
aquí todos son discretos;
achaque es de la mentira
por ser más lo que son menos.
¡Ay, mi querida aldea! ¡Ay, campo ameno!
¡Quien me trujo a la corte, muera de celos!


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen Alejandro y Fabio
Fabio:

Con poca satisfacción
hacen paces los amantes.

Alejandro:

En sospechas semejantes
se agravia la estimación.
Fabio me ha dicho, señora
 (ya que mi desconfianza,
viendo en vos tanta mudanza
con el alma que os adora,
me obligaba justamente
a solicitar mi ausencia),
que no me vuelva a Florencia.

Diana:

Fabio es hombre diligente;
y si estuviera colgado
de una almena de ese muro,
mi honor viviera seguro,
y mi necio amor vengado.

Fabio:

Que lo merezco es muy cierto;
que así se debe pagar
quien te ha sacado del mar
y puesto en seguro puerto.
Pero si este movimiento
es condición de mujer,
que dejan presto vencer
su cobarde entendimiento,
de cualquiera sospecha vana,
dime si en haber traído
a Alejandro te he mentido.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Yo soy, hermosa Diana,
Médicis soy; que no soy
Farnesio, como fingí,
ni a Porcia en mi vida vi,
ni huyendo de nadie voy,
ni maté ni me prendieron;
porque aquella relación
fue solamente invención
de ajenar los que la oyeron.

Diana:

Si pretendiste encubrirte
de ser quien eres con arte,
¿por qué no me diste parte
para que pudiera oírte
con menos alteración?

Alejandro:

Porque no te pude hablar.

Diana:

¿Y aquel modo de pintar,
era también invención,
la bella Porcia en camisa?

Alejandro:

Laura una noche, señora,
para que viese la aurora,
como en la primera risa,
quiso que te viese así.
Como te vi, te pinté,
que en el jardín me quedé,
y por la reja te vi.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

Apenas creerte puedo.
Toda el alma me has turbado,
porque de haberte escuchado
no tengo seguro el miedo;
de quien con tal libertad
miente de buen aire y gusto,
que no le crean es justo
cuando dijere verdad.

Alejandro:

El día que llegué aquí,
en cuya noche te hablé,
lo que contigo traté
a mi hermano le escribí,
pidiéndole que me diese
alguna gente y favor
con que, a su tiempo, mejor
te sirviese y defendiese.
Esta carta me responde.

Diana:

Muestra.

Alejandro:

Por ella verás
que favor en él tendrás,
y que a quien es corresponde.
Ella lee, Fabio y Alejandro hablan
No puede haber desengaño,
Fabio, en el mundo mayor:
aunque es mujer de valor,
es sola, y teme su daño.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Fabio:

Y no es mucho, que la tienen
mil enemigos cercada.

Alejandro:

Fabio, mi amor y mi espada
solo a defenderla vienen.
Salen escuchando Julio, Camilo y Teodora

Teodora:

¿Juntos los tres?

Camilo:

¿No lo ves?
Una carta está leyendo,
y con grande gusto viendo
lo que dice.

Teodora:

Cierto es.

Julio:

Que está sosegada advierte.

Teodora:

¡Quién oyera desde aquí
lo que dicen!

Diana:

Ya leí;
y hoy llego, Alejandro, a verte
con diferente semblante,
porque he sabido quien eres.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Si de mi valor infieres
que puedo ser semejante
a los príncipes, de quien
tengo esta sangre, Diana,
no será esperanza vana
que presto a tus pies estén
los enemigos que tienes.

Diana:

Tu nombre te hará segundo
reconquistador del mundo,
cuyas hazañas previenes,
si el gran duque, como escribe,
me da su favor.

Alejandro:

Yo creo
que tiene mayor deseo
y con más cuidado vive.

Fabio:

Si pudiera deshacer,
sin que les diera sospecha,
alguna gente, entre tanto
que llegaba de Florencia,
todo quedara seguro.

Diana:

Pues yo la haré de manera
que me defienda de todos
y que ninguno lo entienda.

Alejandro:

¿Esto cómo puede ser?


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Fabio:

Paso, que en aquella puerta
tres enemigos del alma,
mundo, carne y diablo, acechan.

Julio:

Fabio nos ha descubierto.

Camilo:

Pues ya nos han visto, llega.

Teodora:

¿Señora mía?

Diana:

¿Teodora?

Teodora:

¿Qué carta y consulta es esta?

Diana:

Tengo tanta inclinación
a las cosas de la guerra,
después que en un libro vi
lo que las historias cuentan
de mujeres valerosas,
que, por serlo como ellas,
escribí una carta al Turco:
que luego como la vea
me entregue la casa santa;
y esta que ves es respuesta
en que dice que no quiere:
con que pienso hacer gran leva
de gente, y llevarla al Cairo
por el mar o por la tierra.
Esto consultaba a Octavio,
y muy necio me aconseja
no me meta con el Turco.


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La boba para los otros Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Julio:

(Aparte)
(No ha dicho cosa como esta
en todos sus desatinos.)

Diana:

¡Ea, salgan diez banderas
con tres mil o seis mil hombres!

Alejandro:

Señora, aunque tal empresa
es santa, y la hicieron reyes
de Francia e Inglaterra,
vos no sois tan poderosa.}}

Diana:

¡Qué donosa resistencia!
Vamos, Fabio.

Fabio:

¿Dónde vamos?

Diana:

Al Cairo.

Fabio:

¿Mejor no fuera
ir a comer, que es muy tarde?

Diana:

¿Comer? Lanzas y escopetas.
Toca alarma, alarma toca.

Julio:

Vamos, Teodora, con ella;
no intente algún disparate.

Fabio:

¿Qué dices?


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Alejandro:

Que fue discreta
la invención.

Teodora:

De boba a loca
hay muy poca la diferencia.

Camilo:

Seguilde el humor.

Julio:

¡Alarma!
¡Toca alarma!

Todos:

¡Guerra, guerra!


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Acto III
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Salen Alejandro, con bastón de general, bizarro, y Marcelo.
Alejandro:

¿Entró la gente toda?

Marcelo:

Entró toda la gente
que ya por las posadas se acomoda.

Alejandro:

Formarase un ejército valiente
de soldados bizarros.
¿Vino el bagaje?

Marcelo:

Van entrando en carros.

Alejandro:

¿Qué dicen en Urbino?

Marcelo:

Que ha sido poderoso desatino,
con pretexto de guerra
contra el Turco, soldados en su tierra.

Alejandro:

Deben de estar turbados.

Marcelo:

Sienten, sin causa, sustentar soldados
que Diana levanta
a título de ver la casa santa.


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Alejandro:

Mandome hacerlos y, como es mi amparo,
en servirla reparo,
puesto que me parece disparate
que un imposible trate,
pues a la santa guerra
fueron un tiempo Francia, Inglaterra,
y Alfonso, rey de España,
cubriendo de naciones la campaña.

Marcelo:

También dicen que cubren el camino
soldados de Florencia, contra Urbino,
y tanto ya su ejército se acerca,
que le han visto marchar desde la cerca.

Alejandro:

Hablaré la duquesa, mi señora.
Pero, ¿quién viene aquí?

Marcelo:

Viene Teodora.
Sale Teodora

Teodora:

En fin, Octavio ha llegado.
Generoso capitán,
si bien parecéis galán,
mejor parecéis soldado.
Que tan lucido este día
venís a quien os espera,
gran capitán, que quisiera
ser yo vuestra compañía.
Dadnos, Marcelo, lugar,
que quiero hablar con Octavio.


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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Marcelo:

Es en mi lealtad agravio,
que no le quiero formar;
que de haberme vos mandado
que os deje (como lo haré),
más sospechas llevaré
que de haberos escuchado.

Teodora:

Si la gente que traéis,
gallardo Farnesio, a Urbino,
para tan gran desatino,
emplear mejor queréis,
yo sé quién luego os hiciera
de estos estados señor.

Alejandro:

Y yo pagara su amor,
Teodora, si justo fuera.
Pero habiendo conducido,
por gusto de la duquesa,
(aunque para loca empresa,
pues todo es tiempo perdido),
la gente de que me ha hecho
capitán, fuera traición,
no solo a mi obligación,
pero a su inocente pecho.
Que si bien es desatino
el ir a Jerusalén,
al fin, es Diana quien
me ampra y tiene en Urbino.


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Teodora:

¿Y si yo el pleito venciese?

Alejandro:

Entonces, señora mía,
la gente vuestra sería;
pero si no lo fuese…
Sale Diana

Diana:

Basta, Teodora, que quien
a Octavio quisiere hallar,
donde estás le ha de buscar,
y a ti, Teodora, también
buscando a Octavio; más él
ya no debe de ser hombre,
porque atento ese nombre
huyeras, Teodora, de él.
Tus honestas altiveces
más saben decir que hacer.
¡Poco debes de correr,
pues te alcanzan tantas veces!

Teodora:

Cuando yo te persuadía
no pasases adelante,
eras, Diana, ignorante;
que te engañasen temía.
Ya que más discreta eres,
no hay precepto que te dar
de cómo se han de guardar
de los hombres las mujeres.
Y así, pues, no han de engañarte,
bien puedas hablar con ellos,
que dejallos o querellos
no cabe en términos de arte.


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Diana:

Disculpar quieres tu error
con darme licencia a mí.

Teodora:

Hablar con Octavio aquí,
¿puede ser contra mi honor?
Muy maliciosa te has hecho
después que en palacio estás.

Diana:

Como voy sabiendo más,
voy entendiendo tu pecho.
Perdone vueseñoría,
y muy bien venido sea.

Alejandro:

El que serviros desea
no tiene, señora mía,
mayor bien que desear.
En vuestro lugar estuve.

Diana:

¿Vístesle?

Alejandro:

Allí me detuve
con gusto de preguntar
cómo os criastes, y vi
que del monte a verme vino
vuestro viejo padre Alcino,
a quien vuestras cartas di,
y aquellos seis mil ducados.
Lloró conmigo el buen viejo,
y tomando su consejo,
hice quinientos soldados
de aquellas villas y aldeas,
con pregonar vuestro nombre,
porque no quedaba un hombre.


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Teodora:

Bienvenido, Octavio, seas;
que quiero ser más cortés
que Diana lo es conmigo.

Diana:

Yo lo que me dices digo.

Teodora:

Habladme, Octavio, después.
Vase

Alejandro:

Por Dios, que está vuestra alteza
terrible; que no repara
en que su ingenio declara.

Diana:

Es condición o flaqueza
de voluntad de mujer,
señor Alejandro, y yo
lo soy también, aunque no
lo acabo de conocer.

Alejandro:

Si llega a hablarme Teodora,
cuando de servirte vengo,
¿qué puedo hacer?

Diana:

No la hablar,
pues te doy el mismo ejemplo
con Julio y con Camilo yo,
ni respondo a los intentos
de príncipes que me escriben,
mas desde aquí me resuelvo
a dejar tus sinrazones
y tratar de mi remedio.


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Alejandro:

Escucha.

Diana:

¿Yo? ¿Para qué?

Alejandro:

Hasme de escuchar.

Diana:

No quiero.

Alejandro:

Teodora me habló.

Diana:

No hablalla.

Alejandro:

¿Por qué?

Diana:

Porque yo me ofendo.

Alejandro:

¿Y si me detuvo?

Diana:

Huir.

Alejandro:

¿Huir?

Diana:

Y fuera bien hecho.

Alejandro:

¿Cómo pude?

Diana:

Con los pies.


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Alejandro:

Loca estás.

Diana:

Como tú necio.

Alejandro:

¿Tanto rigor?

Diana:

Tengo amor.

Alejandro:

Yo mayor.

Diana:

Yo no lo creo.

Alejandro:

Mas, ¿qué te pesa?

Diana:

No hará.

Alejandro:

¿Eso es valor?

Diana:

Tengo celos.

Alejandro:

¿Morir me dejas?

Diana:

¡Qué gracia!

Alejandro:

Ya me enojo.

Diana:

Y yo me vengo.

Alejandro:

Diré quién soy.


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Diana:

Ya lo has dicho.

Alejandro:

¿A quién?

Diana:

A quien aborrezco.

Alejandro:

¡Fuerte mujer!

Diana:

Esto soy.
Sale Fabio

Fabio:

Metereme de por medio,
bravos del alma.

Diana:

No hay burlas,
Fabio, conmigo. Esto es hecho.

Fabio:

¿Anda por aquí Teodora?

Diana:

De sus agravios me quejo.

Fabio:

¡Ea! Que ya sale amor
por donde entraron los celos.
¿Para qué os estáis mirando?
¿Qué sirve, si los deseos
están pidiendo los brazos,
poner los ojos al sesgo?
En verdad que es tiempo ahora
para que se gaste el tiempo
en celos y en desatinos,
estándose Urbino ardiendo.


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Alejandro:

Bien dice Fabio, señora.
Prosigamos o dejemos
lo que habemos concertado;
que la alteración del pueblo
no permite dilaciones.

Diana:

¿Qué celos fueron discretos?
Parte, Fabio, a lo que hoy
te dije, viniendo a tiempo;
que todos mis enemigos
queden por ti satisfechos,
de que la gente que entró
no tiene más fundamento
que mi simple condición.

Fabio:

Voy; pero quedad primero
amigos.

Diana:

Yo le perdono,
para que se parta luego
a prevenir los soldados.

Alejandro:

Bien sabe, señora, el cielo
la intención con que te sirvo.

Fabio:

Que veréis muy presto, espero,
la venganza de Teodora
y el fin de vuestro deseo.


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Vanse Alejandro y Fabio, y sale Julio
Julio:

Hasta que Urbino, señora,
ha visto tantas banderas,
no ha pensado que es de veras
la guerra que teme ahora.
Está toda la ciudad
alborotada de ver,
 (…)
y con tanta brevedad,
hagas número de gente
tan grande, dando ocasión
que murmuren con razón
y extrañen el accidente.
Corre fama, y es verdad,
que es contra el Turco, que ha dado
risa al vulgo y al Senado,
y escándalo a la ciudad.
Yo, de quien puede fiarse
vuestra alteza, le prometo
fidelidad y secreto,
si permite a declararse
con quien la sirve y adora.


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Diana:

Julio, presto verá Urbino
si es valor u desatino,
como publica Teodora.
Está ya el Turco embarcado
para venir contra mí,
y ¿que traiga gente aquí
tiene por burla el Senado?
Pero la culpa he tenido,
porque si yo me casara
en Milán, Parma y Ferrara,
entre el Turco y mi marido
se pudiera averiguar,
y no andar con mis banderas,
si es de burlas, si es de veras,
alborotando el lugar.

Julio:

Señora, hablando verdades,
como a veces dices cosas
discretas y sentenciosas,
no siempre nos persüades
que nacen de tu inocencia
cosas que nos dan temor,
porque ignorancia y valor
y desatino y prudencia
no caben en un sujeto.

Diana:

Sí caben, cuando se crea
que aquello me dio una aldea
y estotro un padre discreto.


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Salen Teodora y Camilo
Teodora:

¿A quién no pondrá temor
ver, Camilo, cada día
ir entrando tanta gente,
tantas armas y divisas,
tantas cajas y trompetas,
prevenir la artillería
del muro y guardar las puertas?

Camilo:

Teodora, quien imagina
a Diana como simple,
echa este negocio en risa.
Mas quien, por otras razones,
presume que ser podría
consejo de algún discreto,
que ocultamente codicia
hacerse señor de Urbino,
teme que todo es mentira.

Teodora:

Allí están Julio y Diana.

Camilo:

¡Brava amistad!

Teodora:

Es fingida.

Julio:

Yo te he dicho lo que siento.

Diana:

¿Por qué tienen por malicia
que traiga Octavio esa gente?


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Julio:

A todos, señora, admira,
que digas que es contra el Turco.

Diana:

¿Quieres que verdad te diga?

Julio:

Eso deseo.

Diana:

Pues, Julio,
¿tendrás secreto?

Julio:

Seré
leal a tu gusto.

Diana:

Temo
que Teodora, mi enemiga,
te quiere bien.

Julio:

Ya no quiere,
después que Octavio la mira.

Diana:

¿Él a ella, o ella a él?

Julio:

Todo en interés estriba
de que la dé su favor.

Diana:

Casarme, Julio, querría,
y proponiéndole a Octavio
mi intento, como él se inclina
a Teodora, me aconseja
que por mi dueño te elija.


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Julio:

¿Quién, sino Octavio, pudiera,
siendo la nobleza misma,
favorecer mi esperanza?
¡Qué término, qué hidalguía!
Bien me lo debe en amor.

Diana:

Allí, Julio, te retira;
que quiere Camilo hablarme.

Camilo:

Con Teodora confería,
ilustrísima señora,
que la ocasión que te obliga
a las banderas que has hecho,
por otros pasos camina.
Si merezco tu favor,
pues aventuré la vida
por traerte de la aldea,
¿qué intentas, qué solicitas
con tantas armas? Que ya,
como sabes, cada día
más nos pones en cuidado.

Diana:

Algo estoy más entendida.

Camilo:

Temo, que son tus enigmas
como la esfinge de Tebas.


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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Diana:

No entiendo filosofías.
Bien sé que sola y mujer,
y no Artesa ni Artemisa,
mal me podré gobernar;
Octavio me persuadía
que hiciese elección de ti.

Camilo:

Tiene muy bien conocida
mi gran voluntad Octavio.
¡Con qué ilustre bizarría
hoy entraba con la gente!
Ni en la paz ni en la milicia
ha visto tal hombre Italia.
¿Pero tú, señora mía,
qué le respondiste a Octavio?

Diana:

Que para que te reciba
Urbino con más aplauso,
al Senado le diría
tus méritos y mi amor.

Camilo:

Teodora y Julio nos miran,
que, si no, a tus pies…

Diana:

Detente,
y silencio, si me estimas.

Camilo:

Voy a engañar a los dos,
y tú tantos años vivas,
que de nuestros hijos veas
copia de inmortal familia.


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La boba para los otros:107

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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Teodora:

Oye aparte
¿qué es esto que el Turco envía?

Laura:

Un embajador.

Teodora:

¿Qué dices?

Laura:

Que me remito a la vista.

Julio:

Para confirmar Diana
la necedad que imagina
del ejército que forma,
se ha persuadido a sí misma
fingir un embajador.

Camilo:

Ya viene.

Diana:

Y yo estoy corrida.
Acompañamiento, y detrás, Fabio, de turco vestido graciosamente

Fabio:

Alá guarde a vuestra alteza.

Diana:

Venga vuestra turquería
con salud.

Fabio:

Deme las plantas.

Diana:

Están a los pies asidas.


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Fabio:

Las manos.

Diana:

Si se las doy,
¿con qué quiere que me vista?

Laura:

Dele silla vuestra alteza.

Diana:

¿Por qué no se la traía
de su tierra?

Laura:

Esto conviene.
Siéntese vusiñoría.

Julio:

¿Este no es Fabio, Teodora?

Teodora:

En forma tan peregrina
viene, por darla contento,
que apenas le conocía.

Julio:

Ya no es duda su ignorancia;
que solo esta acción confirma
la simplicidad mayor
que ha sido vista ni escrita.


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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Fabio:

(Aparte)
(Ya queda, hermosa Diana,
sacando la infantería
Alejandro y, en palacio,
de arcabuces y de picas
forma un escuadrón que rige
en un caballo que pisa
fuego por tierra y, a saltos,
sobre los aires empina
el cuerpo, tan arrogante,
que apenas cabe en las cinchas.)

Diana:

Proseguid, embajador.

Fabio:

Pues me mandáis que prosiga:
el gran Mahometo, sultán,
emperador de la China,
de Tartaria y de Dalmacia,
de Arabia y Fuenterrabía,
señor de todo el Oriente,
y desde Persia a Galicia,
con Mostafá, que soy yo,
salud, duquesa, te envía.

Diana:

De que en tan largo camino
no se os perdiese, me admira,
esa salud que decís,
y viniendo tan aprisa.


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Fabio:

¡Cuál están estos borrachos
escuchándome!

Diana:

No digas
algo que me eche a perder.

Fabio:

¡Oh, si le vieras cuál iba
Alejandro, todo sol
y toda sombra la envidia!

Diana:

Proseguid, embajador.

Fabio:

Pasando por la cocina,
me dio un olor de torreznos,
que el alma se me salía.

Diana:

¿Comen los moros tocino?

Fabio:

Y se beben una pipa
donde no lo ve Mahoma.

Diana:

¿Tocino?

Fabio:

No; sino guindas.

Diana:

Proseguid, embajador.


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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Fabio:

Al salir de la mezquita,
sultán recibió tu carta
en presencia de Jarifa,
donde dices que es tu intento
conquistar a Palestina,
tierra santa, de tu ley,
para cuya acción le avisas
que haces gente en tus Estados,
y que tus banderas cifras
con una “C” y una “T”,
que dicen “contra Turquía”;
que derriba luego a Meca,
adonde cuelga en cecina
un pernil de su profeta.
Y que por parias te rinda
todos los años cien moras:
las cincuenta bien vestidas
de grana y tela de Persia,
y las cincuenta en camisa,
seis elefantes azules
y diez hacas amarillas,
aquellos cargados de ámbar,
y estas de bayeta y frisa;
o, que si no, desde luego
rompes la paz y publicas
la guerra, y para señal
un guante de malla envías.
(Aparte)
(Díjome que te dijese
Alejandro, que vendría,
en haciendo el escuadrón,
a verte.)


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Diana:

Es mi propia vida.
Proseguid, embajador.

Fabio:

Sultán, por las cosas dichas,
y viendo arrogancias tales,
de los bigotes se tira
y de la cólera adusta
de tal manera se hinca,
que de una calzas de grana
se le quebraron las cintas.
Finalmente, me mandó
que partiese el mismo días,
y donde no hallase postas
tomase mulas a prisa
para que llegando a Italia
ninguna cosa te diga.
Yo cumplo con mi embajada
y me vuelvo a Natolía,
a Caramania y Bruselas,
Sierra Morena y Sicilia,
donde está con tanto enojo,
que me dijo a la partida
que le trujese un barril
de aceitunas de Sevilla;
y, porque allá no las hay,
seis varas de longaniza.
Con esto, el cielo te guarde,
y advierte que me permitas,
que pueda tener despensa,
donde, vendiendo salchichas,
perdices, vino y conejos,
vuelva rico a Berbería;
que por la mitad que a otros
te daré cuanto me pidas.
Vase


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Diana:

¿Marcelo?

Marcelo:

¿Señora?

Diana:

Dime,
¿sería descortesía
matar a este embajador
por las que me tiene dichas,
o darle algunas valonas
para el camino?

Marcelo:

Sería
contra tu salvoconducto.

Diana:

¿Luto este moro traía?

Teodora:

Yo quedo ya sin sospecha,
segura de mi justicia.

Julio:

Y yo, Teodora, templando
con la lástima la risa.

Camilo:

Las cajas suenan. No temas;
porque quien se persuadía
que era turco su criado,
no pecará de malicia.
Vamos a ver cómo ordena
Octavio la infantería.


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Julio:

Él, por lo menos, bien sabe
la militar disciplina.
Vanse, y Diana llama a Teodora

Diana:

¿Teodora?

Teodora:

¿Señora?

Diana:

Advierte,
¿será bien dar un pregón
de estas trompetas al son?

Teodora:

¿Pregón? ¿Cómo?

Diana:

De esta suerte:
que todas, desde este día,
o solteras o casadas,
traigan calzas atacadas.

Teodora:

Muy buena invención sería.

Diana:

Con esto se ahorrarán
de naguas y de manteos,
que es gran costa, y los deseos
menos, Teodora, serán;
que lo que siempre se ve
a menos codicia obliga.

Teodora:

¡Qué ingenio! Dios te bendiga.
Vase


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Diana:

Pues ya Teodora se fue
y Alejandro está ordenando
el escuadrón que ha de entrar
en Urbino, para dar
lugar al que está esperando,
bien será partirme luego
a volver por mi opinión.
Volved, mi libre razón
a vuestro antiguo sosiego.
Conozca mi entendimiento,
y salga de la prisión
de esta vil transformación
mi cautivo pensamiento.
Que el ser boba son tan fieras
burlas en una mujer,
que el hábito puede hacer
que lo venga a ser de veras.
Y si tanto desconsuela
ser boba un hora fingida,
quien lo fue toda la vida,
¿de qué suerte se consuela?
Que si del mayor amigo,
si es necio, se hace desprecio,
¿cómo no se cansa un necio,
pues ha de tratar consigo?
Vase. Salen Alejandro y Fabio

Alejandro:

Apenas puedo creer,
Fabio, lo que me has contado.


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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Fabio:

Todo queda asegurado.

Alejandro:

¡Qué peregrina mujer!
¿Qué dirán cuando la vean
con su entendimiento claro?

Fabio:

Que ha sido el caso tan raro
que habrá pocos que le crean.
¿Habrase alguno fingido
bobo de aquesta manera?

Alejandro:

Cuando esto jamás hubiera
en el mundo sucedido,
habiendo tantas memorias,
que alguna vez te diré,
cual ejemplo de más fe,
que en las divinas historias
un rey de tanto valor,
a quien Saúl persiguía,
que como siempre vivía
fugitivo a su rigor…

Fabio:

¡Con qué discreción ha sido
boba hasta tener defensa!

Alejandro:

Vengárase de su ofensa,
si no la pone en olvido.


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Fabio:

Confesábase una dama
de estar de bonico aseo;
preguntola el confesor,
como suelen, lo primero,
el estado que tenía,
y ella, con rostro modesto,
respondió que era doncella.
Fuese el caso prosiguiendo
y confesó en el discurso
ciertos casos poco honestos.
Díjole el padre: “Al principio
dijiste, si bien me acuerdo,
que érades doncella; ¿pues…?”
Y ella respondió de presto:
“Sí, padre, de una señora”.

Alejandro:

Y yo tu discurso entiendo,
de manera que Diana,
mientras sale con su intento,
es boba para los otros.

Fabio:

Y más que es sacado el cuento
de mi propia biblioteca.
Ella viene.
Sale Diana

Diana:

Doy al cielo
gracias, valiente Alejandro,
que libre a tus ojos llego.


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La boba para los otros Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Alejandro:

Segura, hermosa Diana,
de mi valor, por lo menos;
que antes perderé mil vidas,
que venga a poder ajeno
Estado que, a no ser tuyo,
te sobran merecimientos
para mayores laureles.

Diana:

Aunque pasé con secreto
hasta llegar a tu tienda,
he visto, en hileras puesto,
ya no lucido escuadrón,
mas todo un monte de acero.

Alejandro:

Ya, pues, señora, que has visto
las banderas, los pertrechos,
y todo el orden del campo,
en tu servicio dispuesto,
mientras se junta del todo,
te ruego con vivo afecto,
para que de tu justicia
quede yo más satisfecho,
y porque muchos también
tienen el mismo deseo,
que me digas el principio
de tu noble nacimiento.


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Diana:

El duque Octavio, ¡oh, Médicis famoso!,
muerto en la guerra su menor hermano,
que tuvo el rey de Francia victorioso
contra el valiente príncipe britano,
trujo a su casa el ángel más hermoso
que su deidad vistió de velo humano,
en la condesa Hortensia, su sobrina,
a petición de su mujer Delfina.
Criábase en palacio la condesa,
de no pocos señores pretendida,
pero difícil, por el duque, empresa,
negaba a todos, y por él querida;
murió de pocos años la duquesa,
de quien era guardada y defendida,
y declarose el duque libremente,
tal es de amor el bárbaro accidente.
Andando a caza con Hortensia un día,
con despecho de verse desdeñado,
y que ni por marido le quería,
ni dar remedio a su mortal cuidado,
en una selva tímida y sombría,
cubriose el cielo de un telliz bordado,
de oscuras nieblas, como un tiempo a Dido,
Amor, de sus desdenes ofendido.
Comenzaron con esto las señales
de oscura tempestad, que el miedo aumentan,
sonando de las ruedas celestiales
los quicios que la máquina sustentan.


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Diana:

Ocultos los terrestres animales,
las aves que en el aire se alimentan,
revolando entre negros torbellinos,
bajaban a los árboles vecinos.
Pegaba a la celeste artillería
la cuerda el seco humor, y de los senos
de las oscuras nubes escupía
relámpagos de luz, de miedo truenos;
piramidal el fuego resolvía
las copas de los árboles amenos
y las sagradas torres, cuyo muro
no está, por ser más alto, más seguro.
Hay una cueva solitaria y fiera,
bostezo oscuro de una parda roca,
que porque el eco se quedase afuera,
forma, de espinos, dientes a su boca;
de salobres carámbanos, esfera;
de riscos altos la melena toca,
sudando charcos los abiertos poros,
de roncas ranas, desabridos coros.
Aquí principio dio naturaleza
a mi vida, Alejandro; aquí forzada
de la condesa Hortensia la belleza,
fue prima y madre, y se sintió preñada;
el duque, por cubrir, no la flaqueza,
sino la culpa, sin dejarle espada,
como Eneas a Dido, fue más necio:
pues no hay mayor espada que el desprecio.


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Diana:

Cuando nací, murió: propia fortuna
de una mujer que nace desdichada;
pues tuve a un tiempo sepultura y cuna,
viviendo entre dos montes sepultada.
Crieme sin tener noticia alguna,
en pobre labradora transformada,
de mi padre y mi noble nacimiento,
sin esperanzas que llevase el viento.
Bien que la sangre, a diferente estilo
de cosas altas, me sirvió de norte,
y cuando vino, como ves, Camilo,
troqué el sayal en tela; el campo, en corte.
Tú, ya de mi temor sagrado asilo,
como a esta vida a tu valor importe,
aunque no añada a tus grandezas lustre,
defiende esta mujer, por hombre ilustre.

Alejandro:

El trágico principio de tu historia,
tan peregrina y de sucesos llena,
parece que lastima la memoria;
mas hoy en gloria volverá la pena;
la justicia promete la vitoria,
contra la parte de la envidia ajena:
hoy quedarás pacífica señora.


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Diana:

Y tú, Alejandro, de quien más te adora.
¡Oh, pues, gallardo Médicis!, desnuda
la espada con alegre confianza
contra esta gente, que del peso en duda
de mi justicia pone la balanza;
que yo, si tu valor mi empresa ayuda,
prometo profesión a mi esperanza;
porque es pedir a un Médicis consuelo,
tener, en tanto mal, médico al cielo.

Alejandro:

Dime, señora: ¿de qué suerte quieres
ponerte en posesión?

Diana:

Dejando aparte
este fingido engaño.

Alejandro:

Pues no esperes;
que ya la gente de Florencia parte.
Tú serás el valor de las mujeres.

Diana:

Tú, César florentín, toscano Marte.

Fabio:

¿Y yo, no seré nada?

Diana:

No te agravio,
mientras no soy lo que pretendo, Fabio.
Armar quiero, Alejandro, mi persona,
y vean los soldados mi presencia,
mientras vienen a darme la corona
los que vienen marchando de Florencia.


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Alejandro:

Ármate, pues, ¡oh, itálica Belona!,
muéstrate a Urbino con igual prudencia;
véante cuerda, que, al tomar la espada,
temblará la opinión desengañada.

Diana:

¡Armas, Fabio! ¡Hola, criados!
Dadme un espadar y un peto.
Salen Marcelo y criados con armas; y, desnudándose la ropa y basquiña, Diana quede en jubón rico de faldillas o alguna almilla bizarra, y naguas o manteo.

Marcelo:

Aquí tienes ya las armas.

Diana:

Dame esa gola, Marcelo.

Marcelo:

Mejor estaba ahora
para parecer a Venus.
¿Para qué quieres armarte?

Fabio:

Sal, ¡por tus ojos!, en cuerpo,
y todo el linaje humano
doy por siete veces muerto.

Diana:

Aprieta la gola bien.

Alejandro:

Yo lo veo, y no lo creo.
¿Dónde aprendiste, señora,
entre castaños y enebros,
entre asperezas de montes,
que visten hayas y tejos,
a vestir lucidas armas,
juntando acerados petos,
las hebillas y correas
sobre grabados trofeos?


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Diana:

No importa a quien altamente
nace, Alejandro, saberlo;
que basta que lo haya visto
quien tiene valor e ingenio.
Cuando el rey le dice a un grande
que se ha criado mancebo
en la corte, lleno de ámbar
y de telas de oro lleno:
“Id a la guerra, y sé parte”;
y en llegando al campo y viendo
al enemigo, parece,
entre el plomo ardiente, un Héctor,
¿quién lo causa?, ¿quién le enseña?
Claro está que su maestro
fue allí la sangre heredada:
alma segunda, en los buenos.
El brío nace en las almas;
la ejecución, en los pechos;
lo gallardo, en el valor;
lo altivo, en los pensamientos;
lo animoso, en la esperanza;
lo alentado, en el deseo;
lo bravo, en el corazón;
lo valiente, en el despecho;
lo cortés, en la prudencia;
lo arrojado, en el desprecio;
lo generoso, en la sangre;
lo amoroso, en el empleo;
lo temerario, en la causa;
lo apacible, en el despejo;
lo piadoso, en el amor,
y lo terrible, en los celos.


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Fabio:

¿Qué dices de esto, Alejandro?

Alejandro:

Que como habiéndose puesto
la mano a una fuente un rato,
luego que la quitan vemos
correr tan furiosa el agua,
que, para salir más presto,
parece que la que viene
fuerza a la que va corriendo.
Así la bella Diana,
que estuvo en tanto silencio,
desata con mayor furia
su divino entendimiento;
de suerte que al disponer
las razones el ingenio,
entre la lengua y la voz
se atropellan los conceptos.

Diana:

Dadme un espejo.

Alejandro:

Bien dice
mírese en él, aunque pienso
que no le hallará mejor
que ser de sí misma espejo.

Fabio:

¡Qué bien se ciñó la espada!
¿Qué dirán los que la vieron
ayer simple, hoy valerosa?


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Alejandro:

Que supo engañar, fingiendo
una mujer incapaz,
a muchos hombres discretos.

Diana:

¿Estoy bien?

Fabio:

De oro y azul.

Diana:

Pues ven conmigo; que llevo,
para que me tiemble el mundo,
un Alejandro en el pecho.
Vanse. Salen Julio y Camilo

Camilo:

Hoy ha de ser el día
que la ciudad desengañada quede.

Julio:

Seguramente puede
vencer la pena que tener podía,
viendo tan gran locura y desatino.

Camilo:

(Aparte)
(Este se juzga ya duque de Urbino.)

Julio:

(Aparte)
(Este piensa que ya tiene el estado.)

Camilo:

(Aparte)
(¡Qué necio, qué engañado
presume Julio que el laurel merece.)


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Julio:

(Aparte)
(¡Qué soberbio Camilo desvanece
sus locos pensamiento!)

Camilo:

(Aparte)
(Ignora de Diana los intentos
Julio; ¡bien haya Octavio,
que me propuso duque libremente!)

Julio:

(Aparte)
(Octavio ha sido noble, cuerdo y sabio
en persuadir el ánimo inocente
de Diana a quererme por su esposo.)

Camilo:

(Aparte)
(Pensando estoy, Octavio generoso
qué pueda darte en premio de esta empresa.)

Julio:

(Aparte)
(¿Qué le daré, por darme a la duquesa,
a un hombre como Octavio? ¡Todo es poco!)
Teodora, Laura y Fenisa con vaqueros, espadas y sombreros de plumas.

Fenisa:

Desde aquí puedes ver pasar la gente.

Teodora:

Con el son de las armas me provoco.

Laura:

¡Qué bizarra es la guerra! ¡Qué valiente
esfuerzo ponen cajas y trompetas!


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Teodora:

Mis ansias, que hasta aquí fueron secretas,
por Octavio, Fenisa, se declaran.

Fenisa:

Con justa causa en su despejo paran.
 (Aparte)
(¡Qué necia y qué engañada está Teodora!)

Laura:

(Aparte)
(Piensa que la ha de dar Octavio ahora
por armas el Estado.)

Teodora:

¿Dónde aquella ignorante se ha quedado,
que a ver no viene tan lucida gente?
Mas ¿qué puede alegrar a quien no siente?
Soldados con arcabuces, cajas, banderas; Alejandro, de general, y Diana, a caballo; Fabio, a su lado.

Julio:

Siendo Octavio el general,
¿quién es el gallardo mozo
que en aquel caballo viene?

Camilo:

¡Qué bizarro talle!

Julio:

¡Airoso!
Toquen mientras sube al teatro Diana.


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Teodora:

Fenisa, confusa estoy;
que, con admirable asombro,
en aquel mancebo ilustre
pone la ciudad los ojos.

Diana:

Vasallos, yo soy Diana;
yo la señora me nombro
de Urbino, yo la duquesa,
a cuyo derecho solo
este Estado pertenece,
y la posesión que tomo;
no simple para el gobierno,
no incapaz para el decoro
de la dignidad, si fuera
el reino más poderoso.
Por el peligro en que estaba,
y que no me hiciese estorbo
la pretensión de Teodora,
cubrí de simples despojos
mi sutil entendimiento
hasta prevenir socorro,
como le veis en el campo,
sin el ejército propio.
Aquí pues, oíd, vasallos,
las armas serán los votos
de la justicia que tengo:
torres, puentes, puertas, fosos,
todo queda ya con guardas;
el que moviere alboroto,
por la que le han de sacar,
alma le darán de plomo.


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Diana:

Julio, Teodora y Camilo
salgan de mi Estado todo
para siempre: que las vidas,
por ser quien soy, les perdono.
La burla que de mí hicieron,
duplicada se la torno,
pues han de perder la patria,
corridos, como envidiosos.
a Fabio, que me ha servido,
doy a Laura…

Fabio:

Me conformo.

Diana:

Con seis mil…

Fabio:

¿De renta?

Diana:

Sí.

Fabio:

Laura, responde.

Laura:

Respondo
que soy tuya.

Diana:

Este gallardo
caballero generoso
es Alejandro de Médicis,
no, como pensáis vosotros,
Octavio Farnesio, y es
duque de Urbino, y mi esposo.


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Alejandro:

El alma responde aquí.

Diana:

De este laurel que me pongo,
parto la mitad contigo.

Alejandro:

Será de diamantes y oro.

Teodora:

¡Corrida estoy de mi engaño!

Julio:

¡La boba nos hizo bobos!

Fabio:

Aquí, senado, se acaba
La boba para los otros,
y discreta para sí;
y, pues sois discretos todos,
perdonando nuestras faltas,
quedaremos animosos.
Para escribir, el poeta;
para serviros, nosotros.
Fin01.jpg


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