La campaña del Maestrazgo : 20

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Sin ociosos preámbulos refirió que había pasado noches horribles de insomnio y terror, pues al llegar a Calig, después de haberse batido en guerrillas un día entero con las guerrillas de Oraa, le cogieron por su cuenta como media docena de espíritus, a quienes primero tuvo por ángeles, y luego hubo de reconocerlos por demonios efectivos, de la familia o casta de bellacos y maleantes, pues se le presentaron en un puesto de cantina, y convidándole a beber copas, invitáronle a dar un paseo. Vestían de paño colorado, como oficiales de un ejército extranjero; y cuando ya se hallaron solos con él en lugar apartado, trocáronse por ensalmo en clérigos, y le dijeron que le casarían al instante con la hermosa Marcela. Quiso huir Nelet; mas le cogieron, y de un vuelo rapidísimo fue llevado al castillo de San Mateo, entrando por la plataforma de la torre más alta.

«Nelet, si es sueño -dijo D. Beltrán bondadoso-, cuéntamelo como sueño, y con la importancia que a tales figuraciones de nuestro cerebro debemos dar.

-Lo cuento como me pasó y como lo sentí. Preste usted atención, y verá si es sueño o qué es. Pues, señor... El que parecía jefe de la infernal comparsa me cogió por el brazo y me dio un rápido paseo por el interior del castillo, arrastrados él y yo de un furioso ventarrón que por todos los huecos entraba y salía, llevando consigo alimañas mil volanderas y un polvo que cegaba. Y con las propias voces del aire y los chillidos de las alimañas, mi demonio me hablaba. De todo lo que me dijo, sólo saqué en limpio que el amor que Marcela tenía a las cosas divinas se le había trocado, por arte maléfica, en afición a hombre, a mí, en una palabra; que en aquel momento hallábase en el santuario de Traiguera engañando a la Virgen para que la relevara de la obligación de sus votos. Debí de manifestar al maldito diablo mi afán de trasladarme a Traiguera... no estoy seguro de ello... sólo sé que llevándome a un gran sótano que hay bajo la sala de armas del castillo, me mostró un agujero al modo de escotillón, de donde arrancan escalones hacia lo profundo... Como polvo, como humo se desvaneció mi acompañante, dejando tras sí un olor muy malo, y yo, precipitándome por aquella abertura, me vi dentro de un angosto callejón labrado en la roca, y por él me lancé, en la seguridad de salir a Traiguera. Una luz tristísima, que yo no sabía de dónde demonios podía venir, me alumbraba en tan feo camino. Seguí, seguí toda la noche andando; toda la noche, señor, y al ser de día, o cuando a mí me parecía que alumbraba el sol en la región externa de la tierra, oí ruido de aguas que manaban de aquellas peñas y corrían por grietas y sumideros, haciendo unas como gárgaras muy imponentes... Halléme por fin en una caverna, cuyo techo parecía la bóveda de una catedral; en el fondo de ella varios hombres cavaban la tierra... Acerqueme, y les vi sacar del suelo un objeto largo y pesado de color de tierra. '¿Es eso una momia, amigos?', les pregunté. Y ellos respondieron: 'Mojama es de un muerto de metales, que agora sacamos y resucitamos por orden de la sacra señora, para mayor grandeza de Dios e de su religión'. Sin parar mientes en lo que hacían, les pregunté por dónde saldría más pronto a Traiguera, y su respuesta fue señalarme uno de los conductos que desde allí partían, abiertos en la roca. Por él me metí, y a las seis horas de camino, por mi cuenta, salí a la luz, y me encontré, no en Traiguera, sino en el castillo de Cervera del Maestre.

-Para, querido Nelet, para -le dijo Don Beltrán-, y reconoce que todo eso es un desatinado sueño.

-Lo reconoceré si usted se empeña en ello. Pero hay algo aquí que no comprenderé si usted con su universal conocimiento de las cosas no me lo explica, y es que al salir a Cervera del Maestre, encontréme tan molido como si me hubieran dado carreras de baqueta; mis pies sangraban; en mi cuerpo no cabían ya más cardenales... Y otra duda: si ello fue sueño y me dormí en Calig, ¿cómo desperté en Cervera?

-¿Estás bien seguro de no haber ido a Cervera... por tu pie?

-Segurísimo. ¿Y cómo, sin creer en los poderes ocultos, se explica que al bajar yo del castillo al pueblo de Cervera me encontré a Malaena, que muy sentadita en una piedra me esperaba? ¿Cómo sabía ella que allí estaba yo, habiéndole advertido que fuera a buscarme a Calig?

-Pues será bruja, como dicen... Y en suma, ¿qué recado te traía la mensajera?

-Que había visto a Marcela en el castillo de San Jorge, más abajo de Traiguera, ocupada con dos viejos en apisonar la tierra de una sepultura recién abierta y cerrada. Apisonaban dando pataditas encima los tres, marcando el compás, como de baile, con una oración entre rezada y cantada. Luego que acabaron, Marcela dijo a mi embajadora que si yo quería verla pasase el jueves (por hoy) a Vallivana.

-Y por eso estamos aquí, y por eso vamos allá. Muy bien.

-La despaché en seguida con nuevo mensaje escrito, y hoy ha de traerme la contestación. Me espera en Salvasoria, que es aquella aldeíta que blanquea allá lejos, en el fondo de este valle, y que desde aquí parece un hato de ovejas sesteando entre los matorros verdes».

Siguieron; y como D. Beltrán intentara quitarle de la cabeza la pueril creencia de los caminos subterráneos, obra de la Edad feudal, dijo Nelet que a la tradición debía tal creencia y otras análogas, como la parte fundamental que toman en nuestra vida las potencias invisibles, ora sean ángeles, ora demonios. Replicó el anciano que la tradición era una vieja loca, que había sido poetisa; pero que ya con la edad chocheaba; y Santapau contó que su madre, natural de Ares del Maestre, el riñón del Maestrazgo, hablaba de las galerías secretas entre los castillos de la Orden de Montesa y los monasterios de frailes y monjas, como si las hubiera visto y reconocido de punta a punta. Tomó la palabra Urdaneta para denegar tales absurdos, asegurando que si había pasadizos bajo tierra, eran cortos, y sólo servían para unir los castillos con algún reducto cercano, caminos naturales del arte antiguo de la fortificación. Respecto a la Orden de Montesa, de quien fue propiedad aquel territorio que veían, y otros mayores en grandísima extensión por todo el reino alto de Valencia, dijo que él era caballero de dicho Hábito; pero que ya tales caballerías eran una ficción de vanidad, porque todo lo substancial de ellas se lo había tragado el tiempo insaciable, que va devorando, devorando, y no siempre crea cosas nuevas con que sustituir a las pasadas. En la antigua ciudad de Olite, patria de su madre, y en la casa solar de Urdaneta, en las Cinco Villas, subsistían no pocos retratos de esclarecidos caballeros de San Jorge de Alfama, Orden que se refundió en la de Montesa. Esta trocó su cruz negra flordelisada por la roja y sencilla de San Jorge, que es la que aún dura. Uno de sus remotos abuelos, según constaba en pergaminos de la casa, D. Gilaberto de Monsoria, fue Gran Maestre de Montesa, y con esta dignidad murió en la villa de San Mateo, donde seguramente se conservaría su sepulcro. «Otro ascendiente mío por la línea materna, frey D. Pedro Luis de Garcerán de Borja, fue Comendador mayor, y poseía por tal dignidad las villas y pueblos de Cuevas de Vinromá, Albocácer, Tirig, Torre den Dumenje, y otras más que no recuerdo ahora. Clavero fue el hermano del fundador de mi Señorío de Albalate; frey D. Guillén de Corbera, almirante... Pues si las mudanzas de los tiempos y las revoluciones no hubieran hecho escombros de todo aquel orden social, tu amigo D. Beltrán de Urdaneta sería hoy quizás Gran Maestre, y dueño, por tanto, de las villas y lugares de San Mateo, Traiguera, Chert, La Jana y algunos más. Figúrate... Nadie nos tosía en estos valles y montes; con mi gente armada y esta red de castillos y fortalezas, haríamos aquí lo que nos diera la gana: a ti te nombraría bailío para que me gobernaras todo mi territorio; elegiríamos prior a un clérigo sumiso que a nuestro gusto nos gobernara todo lo espiritual; a las monjas de nuestra jurisdicción las obligaríamos a proporcionarnos todos los milagros que fueran menester; haríamos excavaciones para sacar tesoros escondidos y... Pero despertemos a la realidad, y caigamos innoblemente en este lodazal de miseria, de esclavitud y vulgaridad. Veamos nuestros castillos en ruinas, poblados de lagartos y murciélagos; nuestro poder desvanecido como el humo; veámonos tan impotentes que sobre nadie tenemos autoridad, y a nosotros nos mandan cuatro canallas groseros y estúpidos. ¿Qué somos? Unos pobres peregrinos que van tras de una monja suelta, de quien esperamos, tú una limosna de amor, yo una limosna de pan... Ya ves... ¡qué triste despertar!... ¡Oh tiempos, oh fin de fines!...».

Callaron largo trecho: antes de llegar a Salvasoria, se les apareció Malaena saliendo de un matojo, y Nelet se detuvo un instante con ella para recibir razones de su embajada. D. Beltrán distinguía de la mensajera una figurilla delgada y ágil, brazos y manos ennegrecidos, con rostro muy semejante en color y arrugas a una pasa, con ojos ratoniles. No hablaba más que valenciano, dulce y lacónico, apoyando con sus flacas manos los dichos, cual si quisiera estamparlos en el aire. Pos hara -le dijo Nelet-, adelantat y espéranos en la font, al peu del mont. Allí pasarem la nit. Arreplega lleña y fes una bona fogata. Pren estas provisions, y si pots conseguir unes criailles, fetnos un bon guisado.

En breve desapareció delante de los peregrinos la diligente pájara, y ellos siguieron taciturnos: Nelet mirando al suelo, recitando entre dientes algo que no se sabía si era oración o algún conjuro contra diablos entrometidos y enredadores; D. Beltrán mirando al monte, recreándose en aquella plácida soledad de sagrado bosque propicio a los misterios. Sentíase el noble viejo a mil leguas de la sociedad y de sus afanes; diríase que ni la guerra, ni la política, ni ninguna lucha de humanos, habían de extender hasta allí su tumulto y vocerío. Por no ver seres vivos, ni aun cabras veían. Era la soledad de los lugares no estrenados aún por la historia y la leyenda... La imaginación del primer habitante los poblaba de seres invisibles, escondidos en el silencio.

Oyendo suspirar a Nelet, su maestro le dijo: «Muy caviloso te veo. ¿Eso que entre dientes hablas, es rezo o un ensayo de lo que quieres decir a tu amada en la entrevista de esta tarde?

-No la veré esta tarde, sino mañana al amanecer, que así acaba de anunciármelo Malaena; y en cuanto a lo que mascullo, sepa usted que es la contestación que debo dar a unos versos que hace días me envió Marcela... Mi plan es glosarlos estrofa por estrofa, devolviéndole el discurso y dándole un giro peregrino, que al propio tiempo que exprese mis afectos, sea muestra gallarda de un buen razonar... Compongo de memoria algunas de mis estrofas para que usted me las corrija, y en eso vengo trabajando con los sesos bien afinados y calientes.

-Ante todo, léeme o recita los versos de esa prodigiosa mujer, pues sin conocer la proposición poética, mal podré yo juzgar si en la conclusión rivaliza tu ingenio con el suyo.



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