La campana de Huesca (Versión para imprimir)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta es la versión para imprimir de La campana de Huesca.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada



Prólogo
Pág. 01 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Cortado al uso y ajustado por mano amiga al cuerpo de la obra


C’est mieux que de l’Histoire, dijo el más encumbrado de los críticos y literatos de Francia, al leer una de las más agradables ficciones que escribió el famoso novelador escocés Walter Scott, en la que se trataba y describía la época interesante, aunque turbulenta, de María Estuardo. Nosotros no iremos tan allá como monsieur de Villemain en nuestros encomios, ni respecto del género, ni respecto de los escritores que lo cultivan. Pero sin rebozo o vacilación alguna podremos asegurar que si la novela histórica alcanza ciertos quilates de bondad y perfección, quedando siempre la fábula muy por bajo de los fueros de la verdad, adquiere esta mayor realce y mayor ascendiente en el ánimo de los lectores por los atractivos y adornos que ha de saber prestarle el autor, y por los estudios e investigaciones que por fuerza ha de hacer sobre el período o punto histórico que quiere recorrer, supuesto que haya de dar a su obra novedad en los caracteres, fidelidad en la pintura de los países y de las costumbres, proporcionándose medios naturales, aunque maravillosos, para cebar y entretener el ánimo del lector, sin romper por ello ni para ello, ni con la verdad de los sucesos, ni con el hilo de la tradición y de las historias. No es esto solicitar o hacer valer un título de prioridad o de primogenitura en favor de la histórica que posponga y perjudique las aspiraciones y derechos de los otros géneros de la novela. Para medrar en cualquiera de ellos, es forzoso señorear el idioma, estar ciertos de sus misterios y poseer todos sus tesoros y recursos. Las situaciones en que el autor ha de poner a los personajes, si han de inspirar interés, los pensamientos que les ha de sugerir de diversa laya y aun de encontrada condición, pero siempre con felicidad en la expresión y con frase genuina y castiza; y, en una palabra, el hacer que obren y hablen tan lejos de la trivialidad cuanto de la exageración, guardando el difícil medio de lo propio, natural y adecuado, colocando cada cosa en su lugar y término, obliga indudablemente al autor de esta clase de ficciones a ser maestro en el idioma que maneja, a conocer todos sus registros y secretos, familiarizándose de tal modo con ellos, que pueda recorrerlos, sacarlos, recogerlos, combinarlos de cien maneras diversas con gradaciones y entonación más alta o más baja; y que todo se ajuste convenientemente a la manifestación de los diversos afectos del alma, a los sentimientos variados del corazón, desde lo más tierno a lo más terrible, y a las concepciones múltiples de la inteligencia, desde el desenfado del chiste y de la sátira, hasta las abstracciones del filósofo, los razonamientos del estadista y las pláticas variadas y diálogos diversos de todos los estados y edades de la vida, de todas las clases y condiciones de la sociedad. Pero si la novela filosófica, la picaresca, la de sentimiento lastimoso o la pastoral, y aun también todo el inmenso séquito de cuentos, leyendas y aventuras deben vencer tamañas dificultades, todavía la novela histórica ha de luchar con un imposible casi, que no dificultad, cual lo es, en asunto y tarea de amenidad y de florida recreación, habérselas con los libros en folio, con los rancios mamotretos y con los pergaminos mohosos y carcomidos. En esta lucha corren riesgo la laboriosidad y las vigilias del novelista de adquirir los arcanos de la Historia, perdiendo el ardor vivo de la primera inspiración, la flor de los primeros pensamientos y la variada ternura de los afectos, marchitándose y enmoheciéndose todo con las indigestas rapsodias de los comentarios, con la descarnada esterilidad de las crónicas o con la insulsez de los protocolos. Si por rehuir tamaño mal descuida el beneficio de tan indispensables mineros, entonces, condenando acaso algo de la primera gentileza y bizarría, sin duda alguna deja de adquirir las prendas y, cualidades que más han de realzar su obra y el propósito de sus tareas, porque por fértil y creador que sea en imaginación, no ha de encontrar recursos para dar originalidad a sus personajes, no hallará colores ni cambiantes para dar toques que distingan y aparten los términos de su cuadro; echará sólo mano de esas generalidades de caracteres y sentimientos que son la muerte afrentosa de las obras de imaginación. Y si en su despacho pugna y quiere salir de tales vulgaridades, sin dudar en ello que ha de caer en lo inverosímil y exagerado, que es el peor de todos los ridículos. Para la creación del Zadig o del Micromega, para los cuadros risueños de la Galatea y de la Estela, suponiendo los primores de la dicción y la magia del estilo, podrá bastar una inspiración feliz, el aspecto y contemplación de una escena o cuadro campestre, así como una intriga bien urdida y llevada a feliz desenlace, o las maravillas de un viaje fantástico, o los aforismos de la educación y de la moral, engalanados con los atavíos de la ficción. Pero esto no es bastante para crear composiciones que entretengan, que arrebaten, que despierten los nobles sentimientos del patriotismo, del amor, de la raza; que conviden a rendir un culto ardiente y noble a la virtud, a la lealtad; que evoquen las sombras de los héroes, que resuciten de nuevo las escenas gloriosas de la historia patria, y que con la memoria de las pasadas estimulen la ejecución de otras acciones nobles, esforzadas, manteniendo viva siempre la llama del entusiasmo; ni para aficionar a los lectores a todas las inspiraciones de lo sublime y de lo bello, como sucede con leerse las páginas del Monasterio, del Ivanhoe, del Vaverley y de otras producciones del novelista escocés. Para ello es forzoso (sin necesidad de volver a encarecer su importancia) el estudio, no somero, sino profundo e investigador, de la Historia. Y si los ensayos y tentativas en nuestra literatura, singularmente en las composiciones de amenidad, han sido infelices y de ruin éxito en los últimos tiempos, no había razón para esperar mejor fortuna en aquellos ramos en que son mayores las dificultades, como sucede en la novela histórica. Las muestras que en este género dio la imprenta de Valencia años ha, los esfuerzos que en el mismo camino hizo por el propio tiempo la imprenta de Barcelona y otras tentativas hechas en la misma corte, han probado, o que las dificultades son insuperables o que el ingenio español, a lo menos en los tiempos que alcanzamos, es insuficiente para semejantes empeños literarios. Pero como ambas suposiciones, si por una parte son exageradas, por otra rebajarían en mucho las prendas de inventiva y de imaginación que todo el mundo reconoce en los españoles, es necesario achacar semejante esterilidad no a otra causa que al criminal olvido en que se encuentra la lectura de nuestros anales y de nuestras crónicas. En cuanto el ingenio español, dando de mano a su idolatría por la literatura francesa, y como por curiosidad o desahogo excepcional ha fijado sus estudios en alguna época de nuestra Historia y ha dejado correr la pluma, han asomado frutos sazonados que por su buen sabor pudieran dar esperanzas de más exquisitas cualidades, si el cultivo hubiera coadyuvado a la índole y buena naturaleza de la planta. El doncel de don Enrique el Doliente, El conde de Candespina, El golpe en vago, Doña Blanca de Navarra, sin excluir esta o la otra de merecidos quilates, y que no sabemos recordar ahora, son una prueba de tal verdad. Y es que mientras los ingenios españoles no se resuelvan a romper el yugo de la literatura extraña, no cesando en esta noble porfía hasta que recobre la propia y nacional su antigua independencia y originalidad, quedaremos indefinidamente en esta humilde inferioridad que literaria y políticamente ejerce mayor influencia de lo que se cree, así en nuestra condición presente como en la futura. El autor de La campana de Huesca es, sin duda, uno de los que con bríos en el corazón, con altas miras y de trascendencia en literatura, y con muchos estudios históricos en su memoria, ha querido alistarse en esta bandera de verdaderos ingenios españoles. Aparte de otras buenas circunstancias que asisten a Cánovas del Castillo para este empeño literario, es necesario darle el parabién por el feliz acierto que ha logrado en la elección de su asunto. No hay región, ciudad, comarca o rincón alguno en nuestra Península, por apartado o desconocido que parezca, que no ofrezca en sus tradiciones, crónicas o anales esos sucesos interesantes, esas hazañas maravillosas, esas anécdotas curiosas, que son como el saborete apetitoso de la Historia, propio y adecuado todo para dar pie y urdimbre a narraciones, agradables, ofreciendo ancho campo a la novela histórica; pero el período en que en nuestras crónicas aparecen los reyes héroes de Aragón, con el séquito de sus barones y ricoshombres, de aquellos gigantes de esfuerzo llamados almogávares, es sin igual sobre todo encarecimiento, no sólo para la novela, sino para la misma epopeya. Hablando en verdad y sin que nos ciegue el amor propio de españoles, pues en ella están de acuerdo todos los hombres entendidos de Europa, los hechos de los almogávares y personajes como el infante don Fernando, Berenguer de Entenza, Rocafort, Garcerán y otros ciento, pudieran merecer los mismos honores que los argonautas, los héroes de Troya y los compañeros de Godofredo de Bouillón. Cánovas del Castillo, si ha hecho un gran servicio a la Historia, resucitando y poniendo de bulto ante los ojos de los lectores un período de aquella historia y algunas de las fisonomías terribles de los almogávares, todavía debe alcanzar mayor merecimiento de los aficionados al drama, al poema, a la novela y a la leyenda, señalándoles con su propio ejemplo los tesoros, las regiones riquísimas, el Dorado verdadero de donde el ingenio español y la invención creadora de nuestra juventud estudiosa pueden sacar larga copia de asuntos, de caracteres, de pormenores inestimables y de accesorios abundantísimos de poesía, para enriquecer a un tiempo nuestra literatura en muchos ramos y ganar fama con originalidad y dotes propias.

Tres han sido, según nuestro entender, los intentos que ha llevado el novel novelista en la ejecución de su trabajo: el ofrecer un cuadro verídico de la historia de Aragón en el siglo XII, poniendo en contraste las diversas clases que formaban entonces el cuerpo de la nación; el bosquejar la condición singular y en oposición siempre consigo mismo del rey monje, y el tejer una narración por estilo tal, que ajustándose muchas veces a la razón histórica, consienta, sin embargo, la diversidad de entonaciones que trae consigo la variedad de situaciones y personajes que exigen las condiciones de la novela.

En el desempeño del primer intento fija mucho la atención del lector la descripción y aquilatamiento que hace del hombre almogávar, personificado en Aznar Garcés, no sólo leal servidor y escudero de don Ramiro, sino su velador incesante, y en todos los peligros el ángel de su guarda. Esta laya de hombres, llamada de los almogávares, fue por mucho tiempo en España, y singularmente en Aragón, la parte más terrible de los ejércitos de nuestros reyes contra propios y extraños. No viviendo más que del botín, de poca costa eran para el Erario del rey; y como obedeciendo por natural inclinación y respeto sus mandatos, aunque siempre por la feroz independencia de su condición, era la gente más a propósito con los gremios y burgueses de las ciudades para poner a raya en un principio, combatir después y contrarrestar al fin las demasías e insolencias de los barones y ricoshombres, árbitros de la soberanía real y tiranos de las comarcas y provincias. Y llegado este punto, no parece fuera del caso apuntar algo sobre la etimología y significación de esta palabra almogávar, bosquejando al propio tiempo su traza, armadura y modo de combatir, y recordando últimamente alguna de sus expediciones y hazañas.

No entra en nuestro propósito apuntar una por una todas las opiniones que sobre el origen de los almogávares se han asentado por antiguos y modernos escritores. De todos ellos, lo que se deduce es que los almogávares no formaban un cuerpo de nación distinto de los españoles, como Paquimerio y Moncada, que en este punto le siguió inadvertidamente, lo sintieron, haciéndolos venir de los abaros, uno de los pueblos que tomaron parte en la destrucción del Imperio romano. A ser los almogávares un cuerpo de nación diversa, era regular que tuviesen su asiento en pueblos, comarcas o distritos determinados, y que sus nombres y apellidos guardasen consonancia con la lengua de sus antepasados. Ninguna de estas señales convienen con los llamados almogávares. En los copiosos nombres que de estas gentes nos conservan Muntaner, Desclot y otros autores, y en los apuntes interesantes que de la naturaleza, vida y hechos de muchos de ellos nos han comunicado por sus escritos, aparece todo lo contrario. El capitán almogávar, que en la sorpresa que dieron a los de Alensón, en Calabria, no pudo recobrarse en nuestras galeras para morir exánime después de haber rematado a cuatro caballeros franceses, era de Tárrega; y además de otros muchos hechos que pudieran aducirse, Muntaner cita a cierto propósito veinte almogávares que eran de Segorbe, y otros autores a cien más, todos con nombres españoles y de diverso solar y patria. Es más que creíble, sin embargo, que en aquella milicia se alistasen muchos mozárabes y otros hombres de frontera que fuesen hijos de las comarcas lindantes a los enemigos, de revuelto linaje, y que, si en fe se preciaban de cristianos, pudieran confundirse con los moros en costumbres y trajes.

Sabido es que don Alonso el Batallador, en la expedición que llevó a los últimos confines del reino de Granada, se trajo a su regreso más de doce mil cristianos mozárabes, que hasta allí habían vivido bajo el yugo sarraceno y que abandonaron el suelo natal por vivir libremente en la religión de sus antepasados, huyendo al paso del castigo que temían por parte de los moros por haber dado ayuda a la invasión. También se sabe que esas gentes las derramó el monarca aragonés por varias ciudades, como en Calatayud, Borja y otras, y en diversos puertos de la frontera, para que pudiesen vivir; y que como prácticos en la guerra con moros, les fueran más dañosos enemigos. De estas gentes y sus hijos, y de los demás soldados que vivían en la frontera, como ya se ha señalado arriba, se formó en gran parte aquella famosa milicia, reclutándose también con los aventureros y voluntarios de las grandes ciudades que querían tomar tal género de vida dura, libre, llena de peligros y privaciones, pero próxima acaso a ganar mucho botín y riqueza. Algunos árabes, por origen o por nacimiento, pudieron, pues, andar juntos en empresas militares con los cristianos de la época, que el vivir en un mismo suelo los dos pueblos daba sobrada ocasión para semejantes alianzas y conciertos; pero sería llevar las cosas a una exageración absurda y no comprobada con la Historia el atribuirles, como nación en cuerpo, participación en estos sucesos. Los almogávares eran tropas de frontera, compuestos por la mayor parte de gente endurecida, feroz y desalmada, siendo, no abaros ni árabes, sino más bien cristianos, y aun hidalgos, que por sus malas andanzas o por afición a la vida de los campos se daban a aquel ejercicio. Puede considerárselos como unas tropas ligeras con todas las condiciones del legionario o falangista más firme; tropas, en fin, no inferiores a las antiguas legiones, y de una superioridad indisputable, si se los compara con los soldados de tiempos más modernos. La palabra almogávar quedó después por apellido ilustre de familia, y nuestro famoso Boscán lo llevaba como apellido materno. Ni se crea tampoco que las provincias y ciudades del reino de Castilla fuesen ajenas al reclutamiento de esta milicia. En las partes de Asturias, en las montañas de Galicia, se reclutaban compañías de estas gentes, que iban a tener frontera, en los puertos del Muradal, que era como entonces se apellidaba la Sierra Morena. Los llamaban Golfines, y según Desclot eran por la mayor parte hidalgos, que por no tener bastante hacienda para vivir según su estado, o por haberla jugado o gastado, o bien por algún delito que los ausentaba de sus tierras, tomaban las armas, y por no saber otro modo de vivir, allí se iban a tener frontera con los moros de Andalucía. Por lo tocante a la etimología de la palabra almogávar, diremos que no es más que el participio de cierta forma de un verbo árabe, que significa entrar impetuosamente talando y haciendo correrías en país enemigo; y como para hacer frontera, ya defendiendo las propias, ya invadiendo las enemigas, era necesario tener hombres armados que se dedicasen a tal menester, de aquí el que así los aragoneses y castellanos, como los mismos árabes, diesen igual denominación a tales tropas.

El título XXII de la II partida, que en su epígrafe se propuso hablar de los almogávares, aunque después en el cuerpo de él no vuelve a nombrarlos, define cumplidamente así la traza de sus personas como su natural feroz y calidades. Por la lectura de estas leyes, de cuyo tenor se desprende que en Castilla se trocaba a veces la voz peón con la de almogávar, como se confunde con frecuencia el género con la especie si se habla sin gran distinción en otras materias, y los recuerdos que se encuentran en Muntaner, Desclot, Bagaz, Zurita y otros historiadores, se representa a la imaginación el tipo de aquellos soldados terribles. De estatura aventajada, alcanzando grandes fuerzas, bien conformado de miembros, sin más carnes que las convenientes para trabar y dar juego a aquella máquina colosal, y por lo mismo ágil y ligero por extremo, curtido a todo trabajo y fatiga, rápido en la marcha, firme en la pelea, despreciador de la vida propia, y así señor despiadado de las ajenas, confiado en su esfuerzo personal y en su valor, y por lo mismo queriendo combatir al enemigo de cerca y brazo a brazo para satisfacer más fácilmente su venganza, complaciéndose en herir y matar, el soldado almogávar ofrece a la mente un tipo de ferocidad guerrera que hace olvidar la idea del falangista griego y del legionario romano. Su gesto feroz parecía más horrible con el cabello copioso y revuelto que oscurecía sus sienes; los músculos desiguales y túrgidos se enroscaban por aquellos brazos y pechos como si las sierpes de Laocoonte hubieran querido venir a dar más poder y ferocidad a aquellos atletas despiadados. Su traje era la horrible mezcla de la rusticidad goda y de la dureza de los siglos medios; abarcas envolvían sus pies, y pieles de las fieras matadas en el bosque le servían de antiparas en las piernas; una red de hierro, cubriéndole la cabeza y bajándole en forma de sayo, como las antiguas capellinas, le prestaba la defensa que a la demás tropa ofrecían el casco, la coraza y las grevas; el escudo y la adarga jamás la usaron, como si en su ímpetu sangriento buscasen más la herida y muerte del enemigo que la defensa propia: no llevaban más armas que la espada, que, o bajaba del hombro de una rústica correa, o se ajustaba al talle con un ancho talabarte y un chuzo pequeño a manera del que después usaron los alféreces de nuestra infantería en los tercios del siglo XVI: la mayor parte llevaba en la mano dos o tres dardos arrojadizos a azconas, que por la descripción que de ellos se hace, se recuerda al punto el terrible pillum de los romanos; ni los desembrazaban y arrojaban con menos acierto ni menos pujanza; bardas, escudos y armaduras, todo lo traspasaban hasta salir la punta por la parte opuesta. En el zurrón o esquero que llevaban a la espalda ponían el pan, único menester que llevaban en sus expediciones, pues el campo les prestaba hierbas y agua si no llegaban al término de ellas, o en las ciudades y reales enemigos encontraban después largamente todo género de manjares. La crónica manuscrita de Corbera, ocupándose del soldado almogávar, dice, entre otras cosas, que su vestido en invierno y verano era de una camisa corta, una ropilla de pieles y unas calzas y antiparas de cuero, abarcas en los pies y un zurrón, en que llevaban algún pan para su sustento cuando entraban por tierra de enemigos, que moraban más en las soledades y desiertos que en lo poblado; que comían hierbas del campo, dormían en el suelo, padecían grandes incomodidades y miserias; estaban curtidos de los trabajos; tenían increíble ligereza y gallardía; hacían continua guerra a los moros; se enriquecían con los robos y cautivos, y tal era su profesión y sus servicios. Todavía puede añadirse que para tales soldados nada era imposible o dificultoso. El río más caudaloso lo pasaban a nado; ni el rigor de la escarcha o el hielo, ni el ardor del sol más riguroso, hacían mella en sus cuerpos endurecidos; la jornada más dilatada y áspera era obra de pocas horas para ellos, y destrísimos en la lid, cautos cuando convenía, silenciosos a veces para ser más horribles en su alarido, llegado el caso, excesivos en sus saltos, muy ágiles en sus movimientos, y, por consiguiente, certísimos en los saltos e interpresas, al grito de ¡Hierro, hierro, despiértate!, azotando el hierro contra el hierro, o contra el suelo, toda misericordia estaba ya por demás. Tal fue la milicia de los almogávares, y tales los soldados que apareciendo en Italia para defender los derechos de la casa de Aragón a la corona de las Dos Sicilias, llenaron primero de extrañeza y luego de espanto a todas aquellas comarcas y a los capitanes y tropas que allí combatían. Si estas singulares prendas militares; si estas esforzadas prendas del cuerpo y ánimo de los almogávares, se representan tan viva y verazmente en la persona de Aznar Garcés, todavía el que busque mayor alimento para su curiosidad y mayor satisfacción a su altivez nacional en la ejecución de hazañas inauditas, no tiene más que consultar los escritos y crónicas antiguas citadas, y entre los modernos las obras de Amori, de Buchoz y de otros, refiriendo todos los hechos casi increíbles de los almogávares en Cataluña, en Sicilia, en Italia y en Oriente.

Los barones y ricoshombres son figuras de grande efecto en el cuadro, y la sobrada soberbia con que aparecen frente a frente con su rey y señor natural tienen cierta explicación, si no disculpa, porque después de la catástrofe del rey batallador, la noble altivez de ellos había salvado la integridad y la independencia de la Corona de Aragón. Sabido es que el rey don Alonso por su testamento había llamado a la herencia de sus señoríos, territorios y dominios a las cuatro órdenes del Sepulcro, del Hospital, del Temple y de San Juan de Jerusalén. Los barones y ricoshombres, sin embargo del entusiasmo con que idolatraban al rey héroe, estimaron como nula e írrita aquella disposición, y como excesiva del poder real, y considerando que la cogulla y mitra que cobijaba las sienes de don Ramiro no le invalidaba para la Corona en trance de tanto apuro, le sacaron del claustro, haciéndole subir desde el pavés al trono. No es extraño, pues, que por tal servicio, y como forzosa consecuencia de un acto casi omnímodo de soberanía, se creyesen aquellos próceres y magnates exentos de los miramientos debidos a la potestad real, teniendo más en cuenta lo excesivo de su autoridad y facultades, que la majestad del mismo rey. Puesto que Cánovas del Castillo ha escogido para asunto de su novela la tradición de la catástrofe de Huesca, fuerza era que recogiese, no sólo con sus pormenores, más o menos fabulosos, sino que apuntase con naturalidad, y como por incidentes nacidos de la propia narración, los sucesos y particularidades que pueden explicar aquella insolente arrogancia de los quince ricoshombres. Por otra parte, el carácter vacilante de don Ramiro, en continuo combate, en réplicas consigo mismo entre el deber ficticio y la obligación de estado; el hombre de iglesia luchando con el soldado, con el caballero y con el rey, el monje con el esposo, el padre con el asceta cubierto de cilicio; y la lucha, en fin, del que se considera precito y condenado con el amante que se siente lleno de voluptuosas inspiraciones al lado de la hermosa doña Inés, era situación ni la más propia para inspirar aquel respeto que derramaban en pos de si el valor heroico de don Alonso el Batallador, de don Pedro el primero, de don Sancho Ramírez y de los otros héroes coronados, fundadores de la Monarquía de Sobrarbe. Aquellos ricoshombres y próceres necesitaban en verdad un soberano que los excediese en muchos codos de altura, en virilidad, fortaleza y altas prendas de gobierno para que le rindiesen en sus ánimos el feudo de autoridad que por vana fórmula le tributaban, acaso con desdén, en las coronaciones y otros públicos ceremoniales. Y no por ello en el carácter de don Ramiro deja de encontrarse la elevación y la nobleza propias de un rey. El triunfo de Cánovas del Castillo en la pintura de la condición del rey nos parece completo, y que puede servir de dechado a los que en el drama o la novela tengan que retratar a esos personajes indefinibles que tan comunes son en la Historia, y que, consecuentes con la pasión o el principio que los hace obrar, pasan, sin embargo, de un instante a otro a las resoluciones más opuestas, a las ejecuciones y actos más contrarios. Queremos, al llegar aquí, apuntar un toque delicado del autor, que no puede deslizarse oculto para el lector que, en su afición por lo bello y lo sublime, sepa apreciar estas calidades del sentimiento aunque no se haga alarde de ello en la narración. Hay también delicadeza en dejar tales descubrimientos a la sagacidad de sentimientos del lector antes que a las razones preventivas del escritor novelista. Aludimos en esto a la maestría con que resaltan y asoman en las acciones del rey monje, casi llenas de delirio y de insania, los alientos y bríos de su alcurnia y de su raza. Cánovas del Castillo ha querido indicar así que «Al noble su sangre avisa», y que antes que tal sentimiento sirviese de título de comedia para Calderón, servía de oculto estímulo y de poderoso resorte en aquel rey desgraciado, para resucitar de cuando en cuando en medio de sus demencias, las altas cualidades de su linaje. El amor propio nacional y la dignidad de hombre encuentran una satisfacción cumplida al ver que por el medio y al través del remordimiento pueril y de las nimiedades y escrúpulos del fraile, se hacen lugar, aparecen y crecen en altura los nobles pensamientos del rey y los sentimientos encumbrados de la casa de Aragón. Repetimos que en este punto ha conseguido un triunfo cumplido nuestro novelador; y la Historia está de acuerdo en reconocer tales intercadencias de grandeza en el ánimo del rey monje. La mansedumbre del claustro no le quitó los bríos para hacer reconocer su superioridad en Navarra, y para hacer soltar al rey de Castilla la posesión de Zaragoza, de Daroca, de Calatayud y de otras ciudades de Aragón, de que se había apoderado a título de emperador de España; de modo que tales circunstancias vienen a dar todo el valor que en sí tiene el asunto casi principal de la novela que es el afianzamiento de la corona de Aragón en las sienes de doña Petronila y su unión con el conde de Barcelona.

La intervención en el nudo de la novela de doña Inés de Poitiers o doña Matilde de Aquitania, según otros la llaman, como esposa de don Ramiro, es otra creación no menos interesante de nuestro novelista. Si bien la Historia sospecha que esta señora murió antes del suceso de la campana de Huesca, haciéndose así más fácil la segunda entrada de don Ramiro en el claustro y la cesión de sus reinos en doña Petronila, su hija, no puede negarse que el seguirse otra opinión contraria en la acción de esta novela es un medio dramático de darle mayor movimiento y un recurso de ingenio para encontrar situaciones más apuradas, derramando por todas partes las amargas dulzuras del sentimiento. Y sin sentimiento no puede haber drama, novela, no puede existir obra alguna de imaginación y de ingenio.

Si por no aguar el placer de la sorpresa a nuestros lectores sólo hemos apuntado, sin entrar en citas ni ejemplos, los aciertos que ha alcanzado Cánovas del Castillo en esta linda muestra de su ingenio como novelador, con mayor motivo hemos de excusarnos el hablar por el menor de las cualidades de su estilo y de las prendas de su dicción. En entrambos primores del difícil arte de escribir raya muy alto nuestro novelista, sin que baje de punto en la viveza del diálogo, en el artificio de las réplicas de los interlocutores y en la destreza con que se lleva la curiosidad del lector en estas conversaciones y pláticas; de modo que, como por la mano, le conduce a conocer el propósito y los intentos de los personajes, siempre con recreación y entretenimiento. Aquí se demuestra la aplicación de lo que dijimos en el principio de este discurso, a saber: que en esta clase de escritos y narraciones es necesario entrar muy familiarizados con todos los recursos que ofrece idioma tan rico y variado cuanto lo es el nuestro, por la diversidad de sus orígenes y la abundancia de sus términos, giros e idiotismos, para recorrer hábil y diestramente por todos, sus registros, combinándolos, recogiéndolos y desplegándolos al hábil discernimiento del artista, ni más ni menos que como el famoso Liszt recorre con los dedos el variado teclado de un armónico y copioso piano. En este punto no podrán menos de ser tenidos en mucho los servicios que a la lengua ha prestado Cánovas del Castillo, y que puestos al lado de los que de algunos años a esta parte han prestado también otros laboriosos hablistas, han traído al acervo común de nuestro riquísimo insondable idioma las creces de palabras, frases y términos, casi olvidados, o ya por la incuria y pereza de los escritores, o ya por la mala lección de traducciones incorrectas, o ya, en fin, por la mala dirección que dan nuestros planes de estudios al cultivo de las humanidades, de la lengua patria y de todo género de elocuencia. Cánovas del Castillo, por la lección y estudio que ha hecho de su idioma nativo, será indudablemente leído y aun estudiado sabrosamente por cuantos sean amantes de las galas del castellano; este es el solo, pero el más subido premio que de sus vigilias puede esperar un hablista.

No creemos que este juicio, dictado con el propósito más firme de imparcialidad y de justicia, vaya mucho más allá de los términos de una sana crítica hasta tropezar con los términos de la inconsiderada alabanza. Si alguien se subleva ahora contra él, sin duda que al concluir la lectura de La campana de Huesca, o ha de estar en cabal acuerdo con nosotros o no ha de hallarse muy distante de los nuestros en sus apreciaciones y juicios. Pero aun en este último caso, le podríamos dar por excusa que cuando es llegado el trance de las manipulaciones y tratamientos, sin excluir la misma escuela fustigadora de Cristo, nadie trata mal adrede a sus propias carnes.


El Solitario


Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo I
Pág. 02 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


En que se habla, a manera de prólogo, con el lector


El mentir de las estrellas
es muy seguro mentir,
porque ninguno ha de ir
a preguntárselo a ellas.

(Quevedo)


A orillas de la Isuela hallé esta crónica: en una de aquellas huertas de suelo verde, y pobladas de árboles frutales, cuyas bardas y setos se sustentaban en las piedras robadas a los muros de Huesca.

Y en verdad que es triste crónica para hallada en lugar tan apacible. Mas si de él quitamos los ojos y los ponemos en la ciudad, harto se ve que allí debieron de vivir doña Inés y don Ramiro: el rey monje, y la reina ni esposa, ni viuda, ni doncella.

Aún quedan en pie algunas de sus noventa y nueve torres, oscuras unas y fatídicas risueñas otras y esbeltas, con el disfraz de miradores o azoteas cuidadosamente blanqueadas, a lo largo del Coso. La puerta Desircata está allí arrimada a un gótico convento de monjas. Allí está también el torreón ochavado, cuya ancha bóveda sostuvo ha siete siglos la famosa campana de Huesca. Menos alto está que entonces, pero no menos firme y oscuro. Las bizantinas columnas de San Pedro, viejas ya en el siglo XI, dan sombra aún al peregrino y piadoso recogimiento al penitente. Y amenazan el llano todavía las lejanas torres de Mont-Aragón, no menores en fortaleza que las vecinas montañas, donde fue el Salto de Roldán. Ciudad lóbrega y triste para quien sólo busque el placer de los ojos: agradable para los que prefieren la meditación y el silencio; para los que gustan de ver las tumbas de los héroes y de visitar los lugares donde acontecieron las altas hazañas; para los que se apacientan en la memoria, y sienten el amor de lo antiguo.

Sin duda esta crónica se compuso dentro de la melancólica Huesca, y mano descuidada la dejó perdida en las alamedas de la Isuela. Y, a no dudarlo, fue hombre de verdad quien la compuso: porque, si bien se registran otras historias viejas, y los romanceros, y los pergaminos de los archivos, y los discursos de los doctos, sobre personas y cosas oscuras, no se hallará hecho o dicho muy opuesto a lo que aquí sucede, o a lo que dice aquí y hace el rey monje.

Ni está menos ajustado que el de este a las crónicas y otros papeles antiguos el carácter del conde de Barcelona don Ramón Berenguer IV, que tan notable parte tuvo en los sucesos que relata el presente libro.

Sólo de doña Inés y Castana dan los documentos escasa noticia; mas, tales como ellas, se hallan todavía mujeres en Huesca, de modo que es también de creer cuanto de ellas dice este cronista. Muchas pasean aún los días festivos por el campo glorioso del Alcoraz, lánguidas y sensibles como doña Inés, alegres y bulliciosas como Castana.

Aznar fue, con efecto, muy servidor de aquellos reyes; y a andar entre almogávares, como cuenta la crónica, bien pudo ser como en ella parece: que nadie tendrá por sobrados sus hechos, si ha registrado las páginas de Muntaner, Desclot o Moncada.

Y recorriendo asimismo de uno en uno cuantos monumentos derruidos cubren las silenciosas calles y la verde campiña de Huesca y cuantos sucesos ha hecho famosos la historia de aquella época turbulenta, el ánimo se inclina a dar bastante crédito al cronista porque ni se halla en su relación mentira que parezca dicha a sabiendas, ni en nombre o cosa se advierte error craso o digno de fundar en él desconfianza. Lejos de eso, no se habla aquí de nombre o, cosa cuyo ser no justifiquen papeles antiguos.

No quiere esto decir ciertamente que de todo cuanto al fin cuenta bajo fe ajena pueda afirmar o defender la verdad, como hombre honrado, el autor o más bien compendiador y editor de este libro. Más relata quizá que cree, como otros historiadores de mucha fama, que han vivido antes que él; y que gozan crédito y nombre de verídicos y graves. Así son de suyo estas historias y crónicas antiguas; y hay que creerlas o dar con ellas al traste, privándose de saber muchas cosas verdaderas y buenas, por temor de conservar en la memoria, algunas de dudosa o flaca certidumbre. Porque, en suma, la memoria de los hombres es grande y capaz de contener más números de sucesos singulares y extraños que los que han acontecido de veras desde el principio del mundo, por lo cual no parece que sea muy censurable el dedicar alguna parte de aquella facultad preciosa de la mente humana a recoger también y conservar otras cosas, que, al no sucedieron tales como se dicen, no hay duda que pudieron suceder, y lo mismo deleitan y enseñan, o poco menos, que las que se tienen por más indubitables y claras.

Lo que bien puede creerse es que tan falaces o más que la presente son todas las crónicas o cronicones antiguos, que tratan de los reinos pirenaicos, principalmente de Aragón y Cataluña, y que si en esta aparece bastante confusión de años, sucesos y lugares, trocándose unos por otros con frecuencia, eso mismo cabalmente sucede en todas cuantas pueden consultarse con fruto para poner en claro la historia patria. Ni se tengan fácilmente tampoco por fabulosas muchas de las aventuras de reyes, condes, señores, sacerdotes o gente común que aquí se relatan; que expuestas están, y aun defendidas lo propio que en este en los más estimados libros de Historia de los siglos que tenemos por ingenuos, verídicos, eruditos y doctos. Hartos sucesos menos probados, y aun probables, que los que aquí ofendan la crítica, creemos, o tenemos que hacer como que creemos, muchos de los que gustamos de saber las cosas pasadas. Y ni el propio fray Gauberto Fabricio de Vagad, ni Pero Antón Beuter, ni Briz Martínez, ni Diago, ni Ainsa mismo, ni otros ciento que sería fácil nombrar, de los historiadores de Aragón y Castilla, con ser bastante más modernos y sabios, mostraron ser mucho más severos en su crítica que el pobre mozárabe que originalmente compuso esta crónica parece serlo. Pero él hablaba ya de oídas, como todos hablamos de tantas cosas pasadas; ¿qué tiene de extraño, pues, que de buena fe errara en no pocas ocasiones? Y si él era hombre, por lo que se ve, sencillo y honrado, ¿cómo no había de creer, sin meterse en más honduras, la mayor parte de las cosas que sus vecinos y conocidos, o sus mismos venerables padres le contaron?

¡Filósofos, y sabios, y repúblicos son o parecen muchos que no se enteran con más profundidad ni exactitud de los propios sucesos actuales!

Justo y oportuno era, pues, el conservar y dar a luz este libro, supuesto que otros y otros semejantes se han dado a la estampa ya, y algunos no muy diversos se dan y se darán aún a luz cada día, sin omitir en él nada de lo que, verdadero o no, ha merecido crédito de tal en los tiempos antiguos.

Por lo mismo la tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles. No era fácil lo primero, porque los pergaminos son de los que hoy llamamos palimpsestos, y no deja de notarse todavía en ellos el viso y señal de las letras primeras, como que acaso tengan en sí embebidos algunos de aquellos libros que tanto echamos de menos en Tácito, Salustio, Livio y otros que parece que fueron sabios, aunque idólatras; y no fue otra la causa de que saliese incompleta y oscura la primitiva copia, y de que haya sido forzoso publicar otras más extensas y claras, y ajustadas al verdadero texto. Ni lo segundo era hacedero, como acaso muchos imaginan, que no suelen acomodarse hechos tan viejos a los novísimos giros y palabras, y las opiniones y discursos de tales cronistas como el que nos ocupa, se resisten a entrar hartas veces en la pobre y afrancesada lengua que hoy habla España. Mucho son de antigüedad ha perdido en la copia el estilo; pero alguno queda y había de quedar, so pena de desnaturalizar y corromper totalmente la índole de la obra.

Quizá no fuera ocioso dar alguna cuenta del autor de ella, apuntando principalmente su origen, patria y nombre, y el motivo que tuvo para escribirla. Pero sólo se sabe que fue de los muzárabes o mozárabes, porque en diversos capítulos y lugares se da por cristiano y residente en Huesca, antes de la reconquista, cuando sólo en San Pedro el Viejo oraban y eran enterrados los hijos de los cristianos vencidos, y el obispo de la diócesis andaba quizá fugitivo por los húmedos riscos que forman el verde valle de Tena, y las selvosas vertientes de la peña de Oroel, la cual se alza con el propio perfil y apariencia que tendría un león inconmensurable, recostado por detrás, y como en guarda de las viejas y rotas almenas de Jaca. Y con ser mozárabe podía venir de padres españoles como de padres romanos, y proceder de algún duumviro o magistrado de municipio, lo mismo que de aquel Filimer, que, al decir de Jornandes, gobernaba a los godos cuando salieron de la Escancia. Que es como decir que nada consta acerca de su persona.

Algo más sabemos ciertamente de la época en que vivió y sucesos a que se refiere en su libro; por lo cual no sería perdida para muchos la ocasión que aquí se ofrece de ostentarse filósofo y político alargando este primer capítulo, puesto que es de los añadidos por el impresor moderno, con noticias y reflexiones extensas acerca de aquella nación, fundada con las salvajes tribus del Pirineo, por unos cuantos monjes y guerreros fugitivos, al pie del monte Pano, que aún hoy coronan melancólicas las reliquias de los sepulcros y celdas de San Juan de la Peña.

Tal vez no pareciera inútil recordar en estas páginas, con algún mayor detenimiento que en las del mozárabe, cómo creciendo y dilatándose de día en día, con estos o los otros caudillos, primero por los riscos y montañas, luego por los valles y llanuras, había llegado a ser reina y señora aquella gente del anchuroso Ebro, cuando poco antes se contentaba con dominar el cauce del humilde río Francés o Gallicum en la lengua de entonces y Gállego ahora, que ofreció a sus rebaños macilentos una fuentecilla escondida en las entrañas del Pirineo; y cómo recibió al fin, con orgullo del Aragón, menos río siempre que torrente, un nombre eterno. Ni estaría de más decir cómo los fundadores del nuevo reino, recelosos de los principios, por aquel quizá que tan mala cuenta dio de sí en Guadalete, trocaron a la postre en un género de república su gobierno, donde poco más de nada era el rey, algo el pueblo, todo los seniores, o grandes, o ricoshombres. Ni se tendría por importuna mayor memoria de las dichas y desdichas a que dieron ocasión tales recelos en los vasallos, y el deseo natural en los príncipes de vivir y obrar a su voluntad y albedrío. Pero de esto, y de las cosas de Cataluña, que también se mezclan en el relato, dirán lo indispensable las pláticas y sucesos que el mozárabe narra, y si por más anhelase alguno, gruesos volúmenes in folio han de instruirle, que no tan diminuta crónica como la que hoy sale al público.

Baste, pues, con decir que ella comienza, a lo que se deduce de los pergaminos del mozárabe, en el año 1134 de Cristo, cuarenta y tantos de la era de Mont-Aragón, pues lo último no puede claramente deletrearse: primero del glorioso reinado del buen don Ramiro I y de la honestísima reina doña Inés de Poitiers. Y habla ya de por sí, como es razón, desde el capítulo que sigue, el autor verdadero de esta cierta y curiosa historia que es lo que debe apetecer el lector en adelante.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo II
Pág. 03 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que largamente trata ya de una famosa fiesta y ceremonia que tuvo lugar en la grande ciudad de Huesca


... Et que se levante Rey en sedieylla de Roma o de Arzobispo o de Obispo; et que sea areido la noche en su vigilia: et oya su missa en la eglesia... etc.


(Fuero que dicen de Sobrarbe)


De no mentir desde las primeras letras el dicho mozárabe, el día era de los mejores de diciembre, y grande, grandísimo el júbilo con que los honrados burgueses de Huesca inundaban calles y plazas, a la hora en que él cortó su pluma y comenzó a escribir esta crónica.

Quemaba el sol como en lo riguroso de estío, dejando entender que no andaban lejos las nubes; y en tanto, su luz vivísima embellecía el más maravilloso de los espectáculos.

Que fuera toda júbilo Huesca aquel día, cosa es que bien pudo equivocarse el mozárabe que lo afirma, porque no siempre dan de ello señales ciertas las galas en la persona y la algazara en los labios; el correr de los unos y el gritar de los otros; los rumores y ecos de una muchedumbre que anda y siente y clama a su albedrío.

Más veces son estas muestras de curiosidad que no de júbilo; que lo propio se nota el día de la coronación de un rey que aquel en que se ejecuta una sentencia de muerte, si es famoso el reo por la enormidad de su crimen.

Pero en cuanto a lo maravilloso del espectáculo, no es posible que errara el cronista, como que cuenta lo que vio, aunque viejo, por sus propios ojos, y tocó con sus trémulas manos.

No hay duda, por lo mismo, que aquel día todas las casas de Huesca estaban engalanadas con cortinas de colores varios y ramas de ciprés recién cortadas; y alfombradas las calles con juncias y siemprevivas, y con arcos a mucha altura levantados, y compuestos con hojas de álamos y castaños, arrancadas en los sotos de la Isuela.

Los villanos (rustici) de la famosa hoya de Huesca acudían a las puertas de la muralla de tierra, que a la sazón cercaba los arrabales; y, reuniéndose en ella con los cultos oscenses, que al propio tiempo desocupaban sus casas, agolpábanse todos en tumulto a los robustos arcos, flanqueados por altas y fortísimas torres redondas que a lo interior de la ciudad daban entrada.

Oíanse allí palabras y frases de muy distinto origen y sonido. Quiénes hablaban entre sí a solas la extraña y solitaria lengua éuscara que conserva aún en alguna de sus vertientes el Pirineo; quiénes, y no eran los menos, se comunicaban con unos y otros en el latín corrupto de los hispanorromanos; quiénes parecía que pusieran particular cuidado en pronunciar ciertas voces germánicas, como para dar a entender origen godo; quiénes ostentaban su carácter de francos o extranjeros con su frecuente afirmación en oc, o su marcado acento bearnés. A algunos se les escapaba de cuando en cuando tal o cual exclamación en pura lengua árabe; otros se solían lamentar, entre dientes, de los percances ordinarios del bullicio, en el habla misma con que Isalas y Jeremías de mayores desdichas se lamentaron; muchos de la plebe corrían de acá para allá, procurando que todos entendiesen por igual una especie de jerga o jerigonza que algo sonaba ya al moderno romance castellano; no pocos, por último, de los hombres buenos y bien portados, que en sus maneras y trajes claramente parecían aragoneses, con cierta afectación de superioridad y buen gusto deletreaban un dialecto que tenía el propio dejo del lemosín, que todavía usan gentes españolas.

Poco menos que la del idioma era la diversidad de los trajes, que por aquí y por allá distinguía la curiosidad, sin duda insaciable, del cronista mozárabe.

Ocupaban las pequeñas y mal repartidas ventanas de las casas las damas principales; todo el señorío, podía decirse, de Huesca y de las vegas del Gállego, del Aragón y del Ebro. Y sería muy de ver seguramente aquella multitud de mujeres alegres con sus mantos de bruneta, que era tela de fina lana, y sus manteletas forradas de piel de conejo, con sus vestidos de cendat, donde ya campeaba la rica seda, y de escarlata; con sus ojos y sus rostros que acaso produciría no menos lindos que ahora el arte inagotable de la Naturaleza.

Mas el gentío y variedad mayor estaban, como era natural, en las estrechas plazas y calles. Allí revueltos y confundidos en aquella multitud, se miraban los caballeros (milites) con sus garnachas o balandranes, y sus capirones o gorras rematadas por la parte inferior en esclavinas que caían sobre los hombros. Allí los ciudadanos y gente común (burgueses) con sombreros y capas guarnecidas con pieles de cordero. Allí los moros mudéjares, todavía recién conquistados, con sus resplandecientes albornoces y turbantes. Allí el almogávar, que por primera vez bajaba acaso de la montaña, o vascón, o godo, o hispanorromano, que no era fácil, por cierto, averiguar el origen de ninguno de ellos; pero siempre y por igual cubierto con el ancho capuchón de malla que le caía de la cabeza hasta las rodillas, y la piel de toro o de lobo amarrada con una soga a la cintura; desnudo el pecho y los brazos y piernas; armado con su corta y ancha espada, sujeta entre la piel y la soga; provisto, además, de dos dardos, enganchados en esta, de menos que mediana labor, pues consistían en palos de encina o roble sin descortezar, y puntas de hierro de cuatro lados, agudísimas y limpias, como si sus dueños se ejercitasen continuamente en afilarlas contra las piedras. Gente esta última de mal ver y de poco cristiana catadura, que andaba con singular desembarazo, mirando, con más desprecio que asombro, las pintadas telas y el limpio metal que ostentaban otros del concurso.

-¿Adónde vamos, Fortuñón?

Así dijo uno de tales almogávares a otro, de harta más edad, con quien venía.

-A la Misleida -respondió este.

-¡Misleida! No he oído nunca mentar eso, Fortuñón.

-Ni es de extrañar, hijo Aznar, que tanto ignores. Tú no debías de ser nacido cuanto tu padre y yo peleamos uno contra veinte en aquella llanura que al frente miras, la llanura del Alcoraz. Pues sábete que de resultas de tal jornada, la más sangrienta que hayan visto los pecadores, se rindió esta ciudad, tan fuerte como la ves, con sus noventa y nueve torres, que son casi tan altas como los cerros que cierran el llano de Jaca.

-Pero, ¿y la Misleida, Fortuñón? -repuso el otro almogávar, que no debía de ser hombre de espera.

-Paso, hijo mío, paso -contestó Fortuñón-. A vosotros, los que sois mozos, debe de daros envidia que los viejos sepamos de tales hazañas. La Misleida era la iglesia principal de aquellos perros infieles que ocupaban esta ciudad hermosa. Mírala, Aznar, mira esta ciudad y considera cuánto dolor no sería que estuviese aún en poder de aquel perro de Ebn-Hud y de sus malditos vasallos.

-Eres prolijo, Fortuñón. Dime, si te place, por qué hemos de ir a esa condenada mezquita de moros, y no a la iglesia de los cristianos donde hoy se celebra la jura y coronación del buen rey don Ramiro; que eso y no otra cosa pregunto.

-¿Qué sabes tú de buenos reyes? -dijo Fortuñón con acento un tanto dolorido-. ¡Buenos reyes! Desde que una mala flecha quitó la vida a nuestro invicto rey y señor Sancho Ramírez, temiéndome he estado yo que no los viésemos tan buenos. Y aunque don Pedro y don Alfonso lo fueron y...

-Pero, ¿qué tiene que ver eso con la Misleida? Por la espada de San Miguel y la lanza de San Jorge, que, a no ser quien eres, no pudiera ya refrenar la cólera que me causan tus digresiones. Responde a lo que te pregunto o no respondas; pero no me atormentes con cosas que sé tan bien como tú a fuerza de oírlas a todas horas.

-Paso, paso te digo, Aznar -repuso con calma su compañero-. No envidies mi pericia y conocimiento en esto de buenos reyes. Cabalmente vamos allá, a la Misleida, a ver la jura y coronación de don Ramiro, porque has de saber que el rey don Pedro (aquel sí que era buen rey, Aznar) convirtió la mezquita de los moros en santa catedral de cristianos.

Y a tiempo dijo esto Fortuñón, que llegaban entrambos a la estrecha plaza en donde se levantaba la rica Misleida, templo querido y venerado de los moros a la par de las grandes mezquitas de Córdoba y de la Meca, y, a la sazón, tenido de los cristianos por uno de los mejores donde se adorase al Dios verdadero.

En la plaza era innumerable el gentío, y las puertas del templo estaban ocupadas de tal suerte, que no parecía posible hallar entrada.

Fortuñón y Aznar lograron, sin embargo, abrirse camino por en medio de todos hasta las numerosas columnas, de capiteles varios, del templo, que no parecía con ellas sino que era un bosque de mármol simétricamente plantado. Lo extraño de su continente y lo espantoso de sus armas y apostura, al propio tiempo que la fama de ásperos y violentos que alcanzaban los almogávares, eran parte a que los pacíficos burgueses abriesen a aquellos ancha calle, no bien intentaban el paso. De esta suerte lograron cosa que, a tales horas, no era fácil que otros lograsen.

La ceremonia andaba ya bien comenzada. El nuevo rey don Ramiro, después de haber velado las armas toda la noche, según ordenaba la ley del Fuero, había oído misa y comulgado, ofreciendo luego ante el altar púrpura y oro en monedas, las primeras batidas en su reinado.

En el momento de entrar los almogávares, la comitiva, compuesta de muchos prelados y caballeros, estaba plantada delante del altar mayor.

Ocho ricoshombres de los mejores del reino alzaron sobre un largo pavés a don Ramiro, gritando al propio tiempo muy esforzadamente:

-Real, Real, Real.

Y los circunstantes repitieron todas tres veces el grito. Entonces el rey, desde lo alto del pavés, arrojó a la muchedumbre copia de monedas nuevas, que podrían valer hasta cien sueldos de Jaca.

Luego pusieron el pavés en tierra los ricoshombres. Y acercándose el rey al altar, tomó de allí primero la corona, toda resplandeciente de piedras verdes y rojas, que debían de ser muy preciosas, sin duda, y la espada hecha a semblante de cruz, según el cronista; ciñéndose por sí mismo una y otra como en señal de que ningún otro rey terrenal tenía poder sobre él, ni a nadie en el mundo era en deber de su autoridad y soberanía.

Y aquí advierte el mozárabe que don Ramiro anduvo un tanto torpe en el ceñir de la espada, como si no estuviese acostumbrado a ello; verdad es que, a darle crédito, en toda la ceremonia se mostró el rey embarazado y con menos majestad que convenía.

Pero, bien o mal, ello es que se puso la espada y corona, y luego se encaminó a un tablado, dispuesto a la mano derecha del altar, y ricamente forrado de tela de seda, con las primitivas armas de Aragón aquí y allá bordadas. Encima del tablado había una silla de ébano, con primorosas labores de nácar y marfil, y una tal cual de plata, en la que el rey se sentó, aguardando que llegase el reino a tomarle juramento.

Subió primero el arzobispo de Zaragoza, acompañado de otros dos prelados, y, poniéndole delante la cruz y los Santos Evangelios, dijo:

-¿Juráis ser fiel a la Santa Iglesia Católica, y obediente a sus príncipes y prelados?

-Sí, juro -respondió el rey.

-¿Juráis respetar las decisiones de la Iglesia en sus Concilios, y las sentencias de los Santos Padres en todo lo que atañe al dogma y a la interna y externa disciplina?

-Sí, juro -volvió a responder el rey.

-Pues si tal hacéis -concluyó el prelado-, Dios os lo premie, y si no os lo demande, que si os lo demandaría, así en esta vida como en la otra.

Bajó el arzobispo del tablado, y subieron tres ricoshombres, que fueron Roldán, Gil de Atrosillo y García de Vidaura; y el primero de ellos, presentándole también la cruz y los Santos Evangelios, habló al rey de esta suerte:

-¿Juráis respetar los fueros y privilegios que nosotros los señores y ricoshombres del reino disfrutamos ab initio, por la gracia de Dios, es a saber, desde que en las montañas empezaron a repartirse los bienes a los más esforzados?

-Sí, juro -respondió el rey.

-¿Juráis devolver a todos y cada uno de los ricoshombres del reino los castillos y lugares de que injustamente los han desposeído vuestros predecesores?

-Sí, juro -dijo de nuevo el rey.

-Pues si todo ello lo cumplís -repuso Roldán-, conservaréis el reino hasta la muerte, y si no lo perderéis en justo castigo del perjurio y agravio.

Cuenta el cronista que, al sonar estas últimas palabras, se sintió gran rumor entre el pueblo, que, por lo confuso, no descubría claramente si era de aprobación o de extrañeza, aunque más indicaba esta que no aquella, pareciendo como si tal fórmula de juramento no se hubiese oído nunca bien que él de por sí no pudiera esto asentarlo de seguro, porque, como mozárabe que era, no andaba muy ducho en los fueros y usanzas de los conquistadores aragoneses.

No bien acabó el juramento del rey a los vasallos, comenzó el de los vasallos al rey, que fue de esta manera: subiendo al tablado unos tras otros todos los arzobispos, y obispos, y abades, y todos los barones y ricoshombres, y algunos luego del estado llano, y allí jurando de guardarle el cuerpo y de ayudarle a mantener la tierra, el pueblo y los fueros. Y jurándolo, iban besando todos su mano en señal de obediencia y vasallaje.

Pero es hora de cortar ya la relación difusa y compleja del cronista.

Sépase, en suma, que fielmente constan en el manuscrito que vamos siguiendo los nombres de todos los prelados, caballeros y diputados que allí se hallaron; las riquezas y pompa que cada uno traía; los colores y divisas, armas y jaeces de estos y aquellos, todo rico, todo relumbrante en oro y plata con otras tales menudencias que ni son para libro tan corto como este, ni mucho podrían importar a los lectores.

No es de olvidar, sin embargo, que en el punto de jurar los brazos del reino, cayó del techo una lluvia de dineros alialeros o de cobre y plata; y aun hubo quien asegurase que cierto judío disfrazado entre la muchedumbre supo divisar por el aire y recoger para sí una hermosa moneda de plata pura, y de bonísima ley, si nacional o extranjera nada se sabe, porque bien podía ser lo uno como lo otro entonces. Costumbre esta de echar y regalar buenas monedas al honrado público que suele tomar parte en las fiestas, no tan observada como sería de desear en nuestros días.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo III
Pág. 04 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Comienza a aguarse la fiesta


Por lo que no le respetan,
por lo que le desacatan.


(Romancero)


Así como acabó la coronación y jura, el rey y su comitiva, dejando el tablado y el altar, se encaminaron a la puerta principal del templo.

Allí fue cosa de ver los empujones, amenazas y carreras que hubo, y los gemidos y maldiciones en que los piadosos burgueses de Huesca prorrumpieron al sentirse magullados estos, pisoteados aquellos, traídos todos de acá para allá en las oleadas de su propia muchedumbre, anhelosa por ver a la luz del día al nuevo rey.

Pero, ¿a qué reparar en ello? En verdad que los bullicios y tumultos no son de este ni de aquel tiempo; y si el buen mozárabe resucitara, había de verlos tales en nuestros días, que olvidase aquellos antiquísimos en que él se encontró y puso pies y manos como cualquiera.

Lo que no ha de olvidarse es que aquellos dos almogávares, Fortuñón el uno, Aznar el otro, así como lograron entrar en la catedral y ponerse en buen lugar para verlo todo, cuando ya estaba la iglesia llena de gente, no bien echó a andar ahora la comitiva real, salieron y se colocaron, muy a su sabor, en sitio donde podían estar presentes a cuanto aconteciera.

En el atrio de la catedral, plantado de álamos blancos muy altos, paró la procesión; montaron a caballo el rey y sus caballeros, y luego tomaron todos juntos el camino del alcázar.

Iban primero diversos bailes y danzas de los oficios de la ciudad.

Detrás fueron pasando los bordonadores, y tablajeros, y justadores que habían de tomar parte en las fiestas de por la tarde, montados en soberbios caballos, con paramentos de oro y sedería.

A estos seguía el pendón real, que traía en las manos don Miguel de Azlor, señor de Monzón, de los principales del reino, y en pos de él asistían muchos caballeros y gentileshombres de su casa.

Luego venía un gran castillo de madera con cinco cirios ardiendo, el uno, mayor que todos, en medio, y los otros cuatro en las esquinas.

Seguíanse doce gentileshombres a pie, con sendos blandones de cera encendidos, en los cuales se miraban pintadas las armas reales.

Traía la espada del rey el almirante de Aragón, don Sancho de Fontova, a quien acompañaban, este a un lado, aquel al otro, dos ricoshombres de los mejores, como en custodia de su persona.

Y por fin, llegó el propio don Ramiro, vestido con la dalmática de seda y oro y el chapele real, montado en un fogosísimo caballo blanco, que bien podía ser, por la estampa, de Córdoba, con paramentos de oro y escarlata.

Cerraban la comitiva muchedumbre de barones y nobles, caballeros y escuderos, los síndicos y jurados de las ciudades, y otra más gente principal e hidalga, acompañando a los arzobispos, obispos, y abades del reino.

Y cuenta la minuciosa crónica que seguimos, que así como vio llegar la procesión Aznar el almogávar, comenzó a hablar con su compañero Fortuñón, el cual conocía como buen viejo a todos los señores de la Corte, demandándole el nombre, condición y empleo de cada uno de ellos.

-¿Quién es aquel viejo que va junto al que lleva la espada del rey?

Tal fue una de las preguntas.

-Aquel es -respondió Fortuñón- el buen Férriz de Lizana. ¡Qué decaído está! ¡Oh, si tú le hubieras conocido en sus buenos tiempos, allá cuando peleamos uno contra ciento en la llanura aquella que ahora está a nuestra espalda, en la llanura del Alcoraz!

-Más es su cara de mal vasallo que de buen soldado, Fortuñón. Lleva más soberbia que el rey. Mira con qué gesto clava sus ojos en los leales burgueses que se agolpan al paso: no puede reprimir la ira cuando oye las aclamaciones de la muchedumbre: parece como que quisiera que esas aclamaciones fueran para él.

-Siempre ha sido así Férriz de Lizana; siempre se las ha disputado con los reyes. Es mucha arrogancia la de don Férriz.

-Quitársela yo si rey fuera -dijo Aznar con mal ceño.

-Tente, Aznar, hijo mío, tente -repuso Fortuñón-. Eres ligero de cabeza, y eso ha de traerte alguna malaventura en esta vida.

-¡Malaventura! -replicó Aznar-. En tanto que yo tenga tales dardos en el cinto, y tal espada ande en mis manos, y haya montañas por donde correr, y hierbas con qué comer, y arroyos donde refrescar las fauces, daráseme una higa de todos los Lizanas y ricoshombres de la tierra.

Y al decir esto, el almogávar dio una patada en el suelo. Chocaron sus armas unas con otras, y dejaron oír un son siniestro, el cual espantó a los pacíficos ciudadanos que cerca estaban, de suerte que muchos se apartaron buen trecho.

-¡Menguados! -dijo Aznar sonriéndose.

Fortuñón, fijos los ojos en la espléndida comitiva, no reparó en esto, y hubo algunos momentos de silencio. Al cabo de ellos tornó a preguntar Aznar:

-¿Y cómo llaman a aquel otro infanzón que con tan poca reverencia viene al lado del rey hablando y riendo con los que le acompañan? Tiene el rostro mofador e insolente.

-¿No le conoces, Aznar? -respondió Fortuñón-. Pues no le hay más conocido en todo Aragón. Tú mismo le acabas de ver y oír en la catedral; que él fue quien tomó juramento al rey en nombre de los ricoshombres. Ese no es otro que Roldán, ricamente heredado en la sierra de Guara, hijo de un noble y gentil caballero que murió peleando valientemente al lado del buen rey don Ramiro, en la jornada de Graus: descendiente de aquel otro Roldán tan famoso, de quien hay cantares en la montaña, por ser de los grandes capitanes y soldados de un rey que dicen que se llamó Carlomagno. Témese que sea el último de los de su casa, pues no tiene sucesión hasta ahora.

-En buena hora lo sea, que también parece soberbio y mal vasallo; y, por último, pudiera contársele ya, si yo fuera el rey, o el rey se guiara de mis consejos, que en verdad fue insolente el juramento que le tomó, y mejor que prestarlo me pareciera a mí que hiciera volar su cabeza y las de todos sus iguales.

-No quieras mal a los nobles, Aznar, que ellos son la flor y amparo del reino, y los amigos del rey.

-¿Ellos dices? ¡Voto va! No hay otros amigos para el rey de Aragón sino sus fieles almogávares. Los ricoshombres no pelean sino para ganar oro y estados y vivir en soberbios castillos y alimentarse con buen venado y jabalí, mientras que nosotros damos de balde nuestra sangre y dormimos a la intemperie sobre las peñas, en la frontera de moros; y no tenemos qué comer sino alguna pieza escapada de sus nuevos cotos, y las insípidas hierbas que arrancamos de debajo de la escarcha o la nieve. Y aun ellos son los que asesinan a nuestros hermanos indefensos con sus malditos perros y escuderos. Mas, ¡vive Dios!, que en llegando a averiguar quién fue así el matador del mío, no ha de valerle ni...

Iba a proseguir Aznar en sus amenazas e improperios contra los ricoshombres, cuando se sintió una gritería inmensa, y gran movimiento en la muchedumbre.

-¿Qué será, qué no será?

Así se preguntaban unos a otros los circunstantes, y sin aguardar la respuesta, corrían estos por acá, por allá aquellos, y todo era confusión y algazara.

-¡Que se mata, que se mata! -gritaban unos con dolorido acento.

-¡El Cogulla, el Cogulla! -decían otros con risa.

Y a cada instante se acrecentaba el tumulto.

Fortuñón y Aznar miraban con más curiosidad que susto aquella escena, que no acertaban a explicarse. Al llegar cerca de ellos las oleadas de la muchedumbre, Aznar, como de menor aguante que su camarada, las repelía violentamente con sus robustos brazos, al paso que este le exhortaba un tanto a la paciencia. Pero en el ínterin la procesión parecía desbandada. Caballeros y prelados abandonaban sus puestos y corrían de acá para allá, antes aumentando que no calmando la ansiedad y el tumulto.

El rey no estaba en su lugar, ni podía atinarse al lejos qué había sido de su persona.

Y el eco de aquel extraordinario suceso, pasando de calle en calle y de lugar en lugar, haciéndose mayor y más temeroso al paso que se alejaba del punto de su partida, traía ya puesta a toda Huesca en asombro y miedo.

Un clamor más intenso y pavoroso que cuantos hubieran sonado hasta entonces se oyó de repente en la plaza del Alcázar.

Aznar y Fortuñón, movidos de curiosidad, habían llegado hasta allí, sin saber dónde iban, vagando al azar por entre el gentío, preguntando a todos, Fortuñón cortésmente, con razones ásperas Aznar, la ocasión del estrépito. Mas ni de uno ni de otro modo alcanzaban respuesta.

Al oír aquel último clamor, repetido por todas partes, alzaron entrambos los ojos y vieron que un soberbio caballo blanco corría desbocado hacia el muro, que por aquel lado caía encima del cauce de la Isuela, angosto y profundo siempre, crecidísimo ahora con las primeras lluvias del invierno. Pálido, descompuesto los cabellos, caído el chapelete, abierta y flotando al viento la dalmática real, apretaba en sus brazos don Ramiro el cuello del bruto indócil, que corría y corría, regando el suelo con la blanca espuma de sus quijadas.

A cada instante crecía, con el ardor de la carrera, la furia del caballo, y ora se levantaba sobre las manos, ora se ponía sobre los pies; ya se paraba temeroso, ya recobrado seguía de nuevo adelante. Y el rey, tendido en tanto sobre la silla, pegado al cuello del caballo, pedía angustiosamente socorro, aunque no parecía que pudiera venirle sino del cielo.

Ya el animal, ciego de rabia, distaba pocos pasos del borde del muro. A todo escape venían detrás varios caballeros; pero lejos de darle alcance, le estimulaban más a la carrera. Apartábanse los villanos a uno y otro lado sin osar detenerlo, y no faltaba sino un instante para que se despeñase con su jinete en las turbias aguas del río.

-Fortuñón -dijo en esto Aznar-, ¿no ves qué cobardes o qué torpes son todos estos ricoshombres?

-¡Dios le ampare! -exclamó Fortuñón santiguándose.

-No mereces ser de los almogávares -repuso Aznar con mayor aplomo que hasta entonces.

Y descolgando rápidamente de su cintura uno de los dardos de punta cuadrangular que traía, lo disparó contra el animal con tal acierto y fuerza tan poderosa, que, atravesado el vientre de parte a parte, cayó en el suelo, al borde mismo del muro, derramando a borbotones la sangre.

Y así como esto hizo el almogávar, cruzose tranquilamente de brazos.

Al ver a don Ramiro tendido cuan largo era sobre el agonizante caballo y abrazado aún a su cuello, el temor y la sorpresa de muchos y el escarnio de los demás, se reunieron en uno, estallando a la par en carcajadas e insultos. Los propios cortesanos, al ayudarle a levantar, dejaban escapar de sus labios la risa, y aun tan cual de ellos se atrevió a dirigir al asendereado monarca preguntas burlonas, o irónicas excusas de su desdicha.

-¡Que este hombre nos traigan por rey! -dijo en esto el buen caballero García de Vidaura a Roldán.

-¿Y por qué no, Vidaura amigo? -repuso Roldán-. ¿Porque es mal jinete? Destrísimos que lo fueron don Pedro y don Alonso, sus hermanos y aun por serlo, nos quitaron cuanto habíamos ganado con nuestra buena maña, y se gobernaron solos el reino, sin ayuda ni consejo de nadie.

-Ahora digo yo, buen Roldán, que lo acertáis, y tened por no hablado ni pensado lo que oísteis. Mas ¿no me dejaréis reír a mi sabor de la caída del desventurado jinete? ¿Quién, puso tan soberbio potro a su cuenta? ¡No sabe tener la brida en las manos!

-Reíos cuanto bien os plazca, Vidaura; que en eso no hacéis más que contentar el ánimo, y en nada estorbáis que vayan las cosas como es razón, sirviéndonos de estas y otras tales ignorancias del rey para lograr nuestros propósitos.

Y a la par que así discurrían los ricoshombres, no faltaban pecheros y villanos que aquí, allá y acullá exclamasen en coro:

-¡Es un cogulla! ¡Es un carnicol! No, pues atended y veréis cómo él defiende la frontera de moros y nos libra de las usurpaciones de navarros y castellanos. Bien se está Zaragoza en feudo de Castilla, que nadie irá a libertarla.

Poco a poco, como era natural, se fue calmando el tumulto y fijándose la atención de nuevo en lo que sucedía.

Ya el rey estaba en pie y rodeado de todos sus ricoshombres; mas no corto rato estuvo sin decir palabra, persignándose y rezando para sí sus oraciones.

-¿A quién debo la vida? -preguntó al cabo.

Y el cronista asegura, aunque no sabemos cómo cosas tan íntimas pudo averiguarlas, que muchos del concurso, dejada la burla aparte, sintieron en el alma no poder señalarse por tales. No respondiendo nadie a la primera pregunta, volvió a preguntar el rey:

-¿Quién, digo, disparó ese dardo tan en mi servicio?

-El dardo es de un almogávar -contestó al fin uno de los presentes-. Conócesele a la legua por lo rudamente labrado que está: un tronco y un hierro afilado.

Entonces todos los ojos se fijaron en dos almogávares que a poco trecho se mostraban descollando entre la gente de alrededor por lo alto y membrudo de sus personas.

Don Ramiro mandó que los trajesen a su presencia. Y los almogávares se acercaron a paso lento, bajos los ojos Fortuñón, Aznar sereno y frío, como si aquello le fuese indiferente.

-Almogávares -dijo el rey-, ¿cuál de vosotros dos me ha salvado la vida? ¿Tan poco estimáis mi gratitud, que no la reclamáis, mereciéndola?

-Ha sido mi camarada, señor, este mancebo que está conmigo -dijo Fortuñón, viendo que Aznar no respondía.

-¿Y cómo te llamas? -repuso el rey, dirigiéndose al joven almogávar.

-Se llama Aznar Garcés -volvió a decir Fortuñón-, y es hijo de García Aznar, que fue gran servidor del padre y hermanos de vuestra alteza, el cual se halló entre los que trajeron a cuestas los peñascos para labrar esa fortaleza de Mont-Aragón, y entre los que ganaron esta gran ciudad de Huesca; y estuvo también en la infausta jornada de Fraga, que Dios maldiga, y allí murió no lejos del glorioso don Alonso. Fue García Aznar de los mejores almogávares que hubo en la montaña, y ya no nos queda de él sino este hijo, que no le es desigual en prendas, al cual yo y otros almogávares vamos endoctrinando y adiestrando en el ejercicio de las armas.

-Paréceme -dijo el rey- que más necesita de tu buen hablar que no de tus lecciones en armas; y que él es tal, que pudiera darlas al más arriscado campeón de estos reinos. ¿Qué dices a esto, Aznar Garcés?

-Digo, señor, que no he hecho por vos sino lo que hiciera por cualquier otro jinete, puesto en peligro tamaño.

-¡Cómo! -replicó el rey sorprendido-. ¡Menosprecias, con efecto, mi gratitud! ¿No quieres que tenga en nada el servicio que me has hecho?

-No quiero -repuso el almogávar - sino que en adelante me ponga vuestra alteza en mayores ocasiones.

-Leal pareces -dijo don Ramiro-, y ojalá -añadió suspirando- que tuvieses en Aragón muchos iguales.

Un pensamiento confuso cruzó entonces por sus ojos y su frente; aparecieron a un tiempo mismo en su rostro recelo, amargura y acaso remordimiento. Pero recobrado antes de mucho continuó:

-Mira, Aznar, acude al alcázar cuando bien te plazca: di tu nombre, y no te faltarán santas reliquias, sueldos y aun armas, si las quieres; porque en verdad te digo que has hecho por mí lo que yo no esperaba de nadie.

-Con perdón vuestro, señor -dijo el almogávar-, iré cuando pueda serviros, no antes, que no gusto de pecar en importuno.

Y haciendo una reverencia, se apartó con su camarada largo trecho.

-Siempre pecarás en ello, miserable -murmuró Lizana-. No parece sino que este menguado de rey gusta de conversaciones con los villanos. He mandado ahorcar más de ciento como ese, y juro a Dios que...

No pudo acabar. El rey, seguido de toda su corte, entró luego en el alcázar que allí frontero levantaba sus macizos torreones redondos y ochavados, con altas almenas y matacanes, que a veces escondían entre sus peñascos verdinegros los lindos ajimeces y las caladas claraboyas de los moros. Y Lizana fue de los primeros que le siguieron.

El gentío se fue luego disipando, hasta que la gran plaza del Alcázar quedó completamente desocupada, y toda Huesca tranquila.

Y debe de ser cierto, como afirma el mozárabe, que el suceso del rey y la hazaña del almogávar sirvieron de tema por todo aquel día y no pocos de los siguientes a las conversaciones de los cultos oscenses y de los villanos de la comarca, sin que pudieran poner aquellos en olvido los lances del torneo y justas con que se ocupó luego la tarde.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo IV
Pág. 05 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que por ser todo esperanzas y temores entretiene y no satisface al curioso lector


Calandrias y ruiseñores
que cantáis a la alborada,
llevad nueva a mis amores
como espero aquí sentada:
La medianoche es pasada
y no viene,
sabedme si otra amada
lo detiene.


(La Celestina)


En una de las torres del alcázar había un salón como partido en dos mitades por un amplio cortinaje de seda suspendido del techo y recogido de ordinario de entrambos lados. Cada una de las dos partes del salón suntuoso tenía una decoración diferente; pero ambas de estilo románico o bizantino. Graciosas galerías de arquitos, formadas con delgadas columnas de mármol, interrumpían, lo mismo en una que en otra parte, la desnudez de los altos muros. Dos grandes ventanas, a la sazón cerradas, se abrían en los extremos del salón, que iluminaban sólo entonces tres grandes lámparas de plata. Allí se hallaban, en la noche del día que se acaba de historiar, departiendo dos mujeres, de muy diferente calidad, según mostraba el que la una, en pie, servía a la otra sobre un cojín oriental sentada.

-Asegúrote, Castana -decía la de más calidad-, que aún no he vuelto del grande asombro y pena que me causó el suceso del rey.

-Loado sea Dios, señora mía, que sano y salvo le sacó de tal peligro -respondió la otra, al tiempo que le clavaba en el cabello, para sujetárselo, uno de varios alfileres de oro con piedras rojas que tenía en la mano.

La dama, que entre tanto colocaba en uno de sus blanquísimos dedos una sortija también de oro, con un hermoso zafiro, dijo de nuevo:

-¿Hallástete presente, Castana?

-Hallábame a la sazón en la torre del Oriente, y desde allí alcancé a ver muy bien lo que acontecía.

-Dicen que fue un buen caballero quien salió al paso al caballo y supo detenerlo: así Dios le ayude a él y a todos los de su casa.

-Pues os engañaron, señora -replicó con notable calor Castana-; no fue sino un rústico, un villano, uno de esos que nombran almogávares.

-Gente fiera es, Castana; mas dígote por mi ánima que cuanto horror hube de ellos hasta ahora, he de convertirlo en amor para en adelante.

-¡Si a este hubierais visto, señora! Mozo es que no ha de contar, por mi cuenta, los veinticinco años; alto, membrudo y ágil a maravilla, ojizarzo, pelinegro, trigueño en la color, mas en labios y mejillas matizada con purísimos carmines. ¡Si le hubierais visto, señora! Él, con su tosco traje, oscurecía a los más apuestos galanes de la corte; y cierto que, a calzar espuela de oro, no se la hubiera aventajado uno sólo de los justadores que esta tarde han entrado en la liza.

-Muy bien le miraste, Castana; que hartas señas das para visto de paso.

Castana se sonrojó al oír estas palabras, y por breve rato guardó silencio; cosa fácil entonces que atendía a ajustar al cabello de su señora un aro de oro con primorosas labores bizantinas y algunas piedras incrustadas de diversos colores. Corona de reina, sin duda, probablemente conservada desde el tiempo de los godos en la montaña; al ponérsela ahora la dama de quien tratamos, bien a las claras mostraba cuál fuese su clase y categoría. Luego, variando de intento de conservación, habló de esta manera Castana:

-¿Pondreisos ahora el collar de piedras blancas y azules bendecido por el Padre Santo, que os dio en arras mi señor el rey el día de las bodas? Grande es el broche y todo de oro. ¿Es cierto, señora, que hay dentro de él madera de aquella en que clavaron a Nuestro Señor Jesucristo?

-Sin duda alguna, Castana; y perlas y zafiros finos con las piedras; mas tráele pronto sin más discursos, que el tiempo pasa y es hora de acudir al sarao.

-Aquí está, señora. Tomad también este luengo manto de hilos de seda y oro con figuras de pájaros y flores, que dicen que es de tierra de moros. ¿Llevaréis allá hoy también la manteleta de armiño?

-Qué pregunta, Castana; quizá a presentarme en el sarao sin ellos no me conocerían por quien soy -respondió sonriendo la reina.

-¡Qué hermosa estáis!

Así exclamó, por último, Castana al ver en pie a su señora; la cual, puesto ya el manto, se miró un momento con indiferencia en un pequeño espejo de plata, quizá romano, que mal y pálidamente podía contener y reflejar su rostro sólo. Luego, poniéndole en manos de Castana, echó a andar hacia la puerta de la sala.

Pero antes de traspasar su umbral volvió la cabeza un punto la hermosa, y teniendo un tanto el paso, le dijo a la doncella:

-Por tu vida, Castana, respóndeme sin lisonja alguna a lo que quiero preguntarte. ¿Cómo me hallas esta noche? ¿No se me reconoce el susto pasado en el rostro? ¿Me va bien el tocado que me has hecho?

Tiempos amargos para las mujeres aquellos pobres y desnudos, en que vivían sin el moderno confidente de sus deseos, el cómplice de sus flaquezas, el íntimo amigo de sus encantos, el grande y verídico espejo de estirpe veneciana de nuestros días; mal reemplazado allí por uno metálico, de escaso brillo y redondo, que no bastaba a copiar de cuerpo entero a mujer alguna. Por no tener suficiente espejo, aquella mujer tan ansiosa por brillar y agradar, como francesa que era, pero tan ilustre por su nacimiento, puesto que venía de la ya antiquísima casa de los condes de Poitiers; tan orgullosa con ser reina, y nada menos que reina de Aragón, aquella doña Inés, en fin, de todos admirada y servida de todos, se prestaba a pedir así una frase halagüeña a una de las pobres doncellas de su servidumbre.

¡Oh! ¿Qué sería hoy de la más modesta de nuestras damas si no tuviera un espejo, un verdadero espejo, y hubiera de ignorar los íntimos secretos de su belleza, y no pudiera medir y contrastar el poder misterioso de sus atractivos? Dolor da de pensarlo. Porque cuanto hay por el mundo cambiar suele, menos el deseo de parecer bien en las mujeres. Todo en tal punto era en ella, hace siete siglos, como es hoy, ni más ni menos. No hay más sino perdonarle su flaqueza a doña Inés, por tanto. Juntamente salió ella al fin de la cámara regia con Castana; pero no entró con ella, sino con otras muchas que ya la esperaban para eso en el soberbio salón donde tenía lugar el sarao a que, en final honra y solemnidad del día, asistía la corte.

Castana, en tanto, no bien fio el cuidado y compañía de doña Inés a aquellas otras altivas damas y cortesanas, harto menos fieles que ella, corrió a su aposento, situado no lejos de la regia cámara. Allí la aguardaba ya un pajecillo vivo y alegre y retozón como sus años, que apenas le dejaban llegar a la adolescencia.

-Buenas noches, señora Castana -dijo al verla-, buenas noches. A fe que me habéis hecho correr más que un ciervo de los que levantan los lebreles del rey en la sierra de Guara. ¿Ni qué ciervo o lebrel pudiera compararse con ese endiablado de almogávar? No le perdone Dios lo que me ha hecho andar tras él todo el día vagando de acá para allá y sin descansar en ninguna parte. Él no come ni bebe, a lo que parece, ni a mí me ha dado tiempo para hacerlo. Y a Dios gracias que he tropezado con unos barquillos y algunas suplicaciones y confites en vuestras alacenas escondidos; y que mosén Blas, el sacristán de San Pedro, me ofreció al pasar por su puerta un buen trago de agua, que de otro modo hasta me habría faltado saliva en la lengua para daros noticia de mi encargo. ¡Oh perro, y bergante, y bárbaro de almogávar!...

Llevaba trazas de ir adelante, cuando Castana, tomándole la diestra oreja en una mano, comenzó a hacerle unas a modo de caricias, que a él no debieron de parecerle tales, según el grito que se escapó de sus labios, impidiéndole acabar la oración. Mientras se llevaba las manos a la oreja maltratada, poniéndosela a guisa de escudo, dio tiempo a Castana para decirle:

-Silencio, Ruderico, no hables mal de los que sirven al rey como tú no sabrás servirle en la vida. Si corriste tanto tras él, culpa fue tuya; que para decirle que una doncella de la reina quería hablarle, y dónde y cómo, maldito el tiempo que se necesitaba. ¿Por qué no le paraste de buenas a primeras y le dijiste mi encargo, sin más andanzas ni requilorios?

-¡Qué es decir! -exclamó el pajecillo sin apartar las manos de la dolorida oreja, pero con el mismo buen humor y soltura que al principio...- ¡qué es decir! El bárbaro..., digo, señora Castana, ese honrado de almogávar, no es para tomado de buenas a primeras, ni para hablado de burlas, como pretendéis. He ido todo el día detrás de él a ver si se sonreía, para embestirle y ¡zas!, echarle encima todo vuestro recado, y no he podido lograrlo hasta poco ha, entre dos luces. Cogí la ocasión por los cabellos, y adelantándome a él valerosamente, sin reparar en su feo gesto y apostura..., le dije...

Un nuevo grito del rapaz, y el ver que rápidamente se tapaba con la mano izquierda la oreja sana, puso, tan claro como la luz que acababa de recibir ella caricias, no menos amargas que las que había disfrutado poco antes su compañera.

-Cuenta, cuenta -exclamó ya entre veras y burlas-; cuenta con impacientarme, que nada tengo de cobarde, y tal como me veis, sé medirme con cualquiera de mi edad y más grande. Queden en dos los tirones, que no soy perro para andar desorejado, ni son para tanto las golosinas y los sueldos con que acudís a contentarme. Y en verdad, que si ahora me dieseis diez sueldos, no vendrían de más para la carrera que he tomado y el miedo que he vencido, y estos tirones recibidos, que más que de mano de doncella, pudieran ser de mano de... almogávar.

-Eso te perdono yo, Ruderico, de buen grado -replicó Castana-. Y los sueldos no serán diez, sino quince, con tal que del almogávar no hables mal, que ha servido muy bien al rey.

-Al rey, al rey -dijo el muchacho-. No soy tonto, señora Castana, y apostaría los quince sueldos que me debéis a que no es el servicio del rey lo que os mueve a darle una cita...

-¡Rapaz! -exclamó Castana poniéndose como un ascua-. Di la respuesta y calla, y serán cinco más los sueldos prometidos.

-Que me place -dijo Ruderico alegremente-. Antes os ha de cansar a vos el dar, que a mí el tomar, que todo lo necesito para mi honrado apetito y comodidades. Pues la respuesta fue como suya; no vi hombre tan extraño en la vida, con ser tan extraños los de su laya, y andar poblado de ellos medio reino.

-Acaba, acaba -dijo confusa la doncella.

-Acabaré -continuó el pajecillo- diciéndoos que con mal talante y peor sonido de voz, me respondió, no sin vacilar por un momento:

-Dile a esa doncella de que me hablas que no conozco a ninguna de las de su linaje y alcurnia, ni me fío de ellas, ni de ellas quiero saber cosa alguna. Pero que si para algo necesita de mi brazo, bien sé yo lo que se debe a las mujeres, y que no es de valerosos ánimos desatender sus ruegos; de modo que no faltaré, aunque me pese, al sitio y hora que dices.

Castana, entre avergonzada y alegre, no acertó a responder palabra. Sacó del pecho algunas monedas de puro cobre, y dijo:

-Toma, rapaz, toma los sueldos ofrecidos y vete, que aún he de andar cerca de mi señora hasta la hora de la cita.

Y diciendo esto se alejó presurosamente.

Lleno estaba en tanto el anchuroso salón del sarao de cuantas damas de alta alcurnia y grandes caballeros había en Aragón y en los vecinos condados de Francia.

Hablábase aquí y allá de los juegos y justas en que los caballeros habían empleado la tarde, y celebrábase tal golpe, tal suerte, tal hecho de destreza, loando a los unos por rebajar a los otros, que es lo menos que dicta la humana malignidad en semejantes ocasiones. Ni faltaba quien, olvidando los respetos del lugar, hablase y riese del suceso del rey, aunque sólo en puridad y voz baja. Pero cuando entró la reina en el salón, ya no se pensó en otra cosa que en la danza.

Y es de ver cómo el cronista mozárabe, puesto que viejo y devoto, habla de las hermosas damas que allí se hallaron, y lo vistoso de sus tocados y prendidos, lo rico de sus trajes, lo amable de sus conversaciones, lo ardiente y provocativo de sus ademanes, ora al hablar, ora al danzar, ya cuando inclinaban la cabeza hacia los labios de algún doncel por traer mejor al oído los dulces requiebros, ya cuando ceñían con sus blancos y flexibles brazos de leche y sangre (que el cronista, aunque tan anterior a Góngora, como era de tierra española, sabía bien usar tales conceptos); cuando ceñían, digo, la cintura del galán amante, dejándose ir en pos de las fantasías que forjan los sentidos, al son de los músicos instrumentos, al reflejo de las antorchas, al contacto de un pecho palpitante, al aliento de una boca enamorada.

Mas el interés de esta historia verídica llama nuestra atención a otro objeto, y es fuerza que descarguemos aquí de tales incidentes el puntual relato del cronista, por más que nuestro corazón, no tan viejo como el suyo, se deleite con tales descripciones.

Ello es que había, entre tantos corazones como allí gozaban, uno que en silencio gemía; uno, el que por más feliz contaban todos sin duda, el de la reina doña Inés. Y ¿qué tiene de extraño que tal se hallase la reina? Era mujer y sensible, y estaba recién casada, y amaba mucho a su esposo. Y no le vio al entrar en el sarao, y pasaban horas y horas, y no venía, y por más que le buscaban por el alcázar y por toda Huesca, nadie daba razón de su persona, con ser tan conocida de todos. Y los fieles servidores, aquí y allá enviados, iban volviendo, uno por uno y diciendo a la par a su señora:

-¡No está! ¡No está el rey! ¡No se sabe qué ha sido de él!

Largas horas transcurrieron sin que la corte notase aquel extraño caso; los unos explicaban tal ausencia por lo extravagante del carácter de don Ramiro; los otros ni siquiera reparaban en ella, que tan poca cuenta tenían con su persona. Y aun por eso la falta del rey no disminuyó en lo más pequeño el general regocijo.

Mientras dentro del alcázar toda era música y danza y galanteo, tañían a vuelo todas sus campanas, así la nobilísima iglesia de San Pedro el Viejo (que a fuer de mozárabe y de los antiguos que en tiempo de moros allí asistían a misa, no acertó el cronista a contarla en otro lugar que el primero), como la catedral y los demás templos y ermitas que en el recinto de la ciudad y en las vecinas campiñas habían levantado, en los breves años transcurridos desde la conquista, los piadosos aragoneses.

Y si de día los mal disfrazados ajimeces o las nuevas rejas de los cristianos se miraron adornadas con telas y flores, de noche resplandecían con millares de luces puestas en vasos de muy diversos colores, que, ora formaban anillos de enroscadas serpientes, ora semejaban frondosos árboles de fuego y mágicas flores, ora encantados castillos, como aquellos que el vulgo de la época fabricaba en su fantasía, poblándolos de afligidas damas y de alados dragones y vestiglos. Regocijo con que los honrados oscenses gustosísimamente se prestaron a celebrar la coronación y jura de don Ramiro, no bien oyeron el bando de los jurados de la ciudad, donde eran amenazados con graves penas los que se mostrasen tristes en ocasión tan para risa y contento.

Pero unas tras otras las horas de aquella noche alegre fueron pasando, aun más de prisa que pasan ordinariamente; que eso quiere Dios para que no haya aquí abajo completos placeres. Comenzaron, a apagarse las luminarias, quedaron desiertas las calles, y dentro del alcázar la concurrencia fue disminuyendo insensiblemente, y callando la música, y muriendo las danzas.

En aquel punto fue cuando cundió la inopinada ausencia de don Ramiro y comenzaron a formarse sobre ella extraños comentarios, abriéndose fácil camino las más absurdas versiones.

Importunada de todos, unos porque le preguntaban y otros porque no, trémula y casi llorosa, retirose del salón doña Inés, marchitas ya sus galas, demudado el dulce color de sus mejillas.

Y la concurrencia, no sin vagar algún tiempo todavía por los anchos corredores y salas del alcázar, hablando y murmurando, desapareció para entregarse tranquilamente al sueño.

No fue antes, sin embargo, que el viejo Férriz de Lizana y el valeroso Roldán pudieran consultar uno con otro sus pensamientos.

Encaminábanse a paso corto a la puerta principal del salón, medio vacío ya de gente y lleno de calor, de aromas, de flores perdidas en la agitación de las danzas. Lizana venía por un lado, Roldán por otro; y al punto de cruzar la puerta, los dos se miraron, y reconociéndose, a un tiempo llegaron a hablarse. Roldán fue quien comenzó el diálogo, diciendo en voz baja:

-Loado sea Dios, mi docto amigo, que hallo quien pueda explicarme este suceso. ¿Dónde está? ¿A qué ha ido? ¿Qué pretende hacer el buen Cogulla? No calléis nada de cuanto se os alcance, que hombre tenéis en mí de quien se puede fiar cualquier secreto.

-El caso es que nada se me alcanza en eso - contestó gravemente Lizana.

-Pues juro a Dios, Lizana, que si vos no sabéis de ello, dudo ya que algo sepa el mismo rey don Ramiro.

-Dígoos que yo no sé nada; y él..., él sabe demasiado, a lo que pienso.

-Por las barbas de mi padre, y las de los doce pares, y las de Carlomagno mismo, y todas las barbas de este mundo y el otro, ¿nos habremos dejado sorprender de un fraile mentecato? ¿Sabéis que, según lo que os oigo de oscuro y siniestro, estoy por creer que es hora de poner a salvo nuestras cabezas, antes que de pensar en el gobierno del reino que teníamos en las manos? Voto al santo del Alcoraz, Lizana, que...

-No hay juramentos que valgan, Roldán amigo. Sospecho de enemigos harto más temibles que el rey, y aun más que todos los buenos caballeros por quien juráis, sin exceptuar el mismo Carlomagno. La clerecía y gente de iglesia comienza a ponérsenos de malas, y los hay en ella más agudos que vuestra buena lanza, más invulnerables que la armadura misma de vuestro abuelo, más diestros que los flecheros de Fez y los honderos mallorquines, que tantas veces os han abollado en vano el almete.

-Estaba en que teníamos de nuestra parte al buen abad de Mont-Aragón y al de...

-Pues no hay que precipitar los juicios, Roldán. También creíamos tener con nosotros a aquel condenado abad de San Pons, ya difunto, y aun por eso vos y yo, y otros caballeros, hicimos cuantiosos dones a su iglesia. Mas no le estorbaron nuestros dones para que procurase nuestra perdición muy santamente.

-¿Eso hizo, Lizana?

-Eso, y no hay más sino que yo he visto con mis propios ojos el documento que lo reza.

-Pero ¿qué tenía que ver con nosotros el vicio cogulla de Tomeras? Ni esta era su tierra, ni nosotros éramos sus feligreses, ni él desde Francia y nosotros desde Aragón podíamos hacer más que querernos o aborrecernos sin fruto; ni malo ni bueno, ni sabroso ni amargo.

-Os engañáis, Roldán. Cuando aconsejé a los ricoshombres del reino que procurasen tener contento al abad, dando de por mí el ejemplo de regalarle una hermosa lámpara de bronce...

-De plata era la mía -dijo a esto Roldán.

-Siempre fuisteis pródigo -repuso Lizana-, y tengo predicho que habéis de morir sin hacienda.

Iba a replicar Roldán, cuando Lizana, sin dejarle pronunciar palabra, continuó de este modo:

-Poco importa eso, valeroso amigo mío, y ojalá que mayores cosas no hubieran de ocuparnos. El caso es, digo, que cuando yo quería ganar con dádivas y sumisiones al abad de San Pons, sabía bien que desde Tomeras y todo podía hacernos alguna mala partida.

-Decís que habéis visto documentos.

-He visto un pergamino que, muy bien sellado, envió pocos días antes de su muerte al rey. Así como supe que había llegado un lego con él, me apresuré a derramar en las palmas de las manos de cierto pajecillo hábil suficiente número de monedas de plata, para que no tuviera inconveniente en robárselo a su señor por un momento y traerlo a que lo viese y estudiase sus letras.

-Bienaventurado vos, Lizana, que sabéis leer, y doblemente bienaventurados nosotros que tenemos en vos tal y tan sagaz adalid. Ya veo que no es posible que el Cogulla nos haya sorprendido.

-Amén -respondió Lizana, no sin menear la cabeza y los labios, como hombre que tiene más confianza en sí propio que en los sucesos.

-Bien recordaréis lo que decía el pergamino.

-Decía que era preciso cortar nuestras cabezas, como los tallos viciosos del huerto se cortan para que no impidan la fecundidad y lozanía de las plantas.

-¡Diablo! -exclamó Roldán-. ¿Cómo pudisteis leer todo eso con paciencia? A ser yo, habría deshecho con mi daga el pergamino y el consejo.

-Pues yo, que no gusto de obras inútiles, leí y callé; mas desde entonces, a pesar de la oportuna muerte del abad, no he perdido al rey de vista un momento. Y he aquí por qué hoy temo; temo, Roldán amigo, alguna cosa grave, por más que no acierte a dar con ella.

-Ahora veo yo que es más arduo el caso de lo que pensaba. Pero, en verdad, ¿creéis que el rey encuentre algún apoyo para ejecutar el consejo del difunto? ¿Pensáis que él ya lo recuerde siquiera? ¿Habrá en Aragón alguna lanza que ose medirse con la vuestra, Lizana? ¿Osaría el rey averiguarlo, si por acaso la hubiese?

-No discurráis así, Roldán; pensemos antes que en fieros, en el modo de vencer a nuestros enemigos, porque no hay que dudar que los tenemos. Es preciso poner de nuestra parte a los clérigos; atraernos, cueste lo que cueste, al abad de Mont-Aragón, que, por más cercano, es hoy el que más y más funesto influjo pudiera ejercer en el rey.

Y acabando de decir estas palabras, salieron ambos caballeros del alcázar, no sin haber cruzado los pasadizos y bajado las escaleras tan lentamente como se necesitaba para que llegasen hasta allí con este diálogo.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo V
Pág. 06 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Llegan las lástimas

Qui de mal fet es adolorit
es senyal cert, qu’en l’acte’s ignorant


(Ausiàs March: Obres de Amors)


De Francia vine a Castilla,
nunca dejara yo Francia...
Caseme en un día aciago,
martes fue, por la mañana,
y al miércoles enviudaron
el tálamo y la esperanza.


(Romancero general)


La reina acompañada en tanto de damas y servidumbre, se retiró a sus aposentos. No tardó en despedir a todos, deseando hallarse a solas con su fiel doncella Castana, a fin de compartir con ella sus temores y sus lágrimas; que tanto era el amor de aquella muchacha humilde a su poderosa señora. Pero aunque doña Inés la llamó dos tres veces, Castana no dio de sí alguna muestra; parecía cosa de encantamiento.

Ya había notado doña Inés la ausencia de Castana en las últimas horas del baile; pero ocupada en la de su esposo, no era posible que esta le infundiese extrañeza. No tardó ahora en juntarlas y relacionarlas dentro de su espíritu. Pensamientos de horrible absurdo, multiformes contradictorios, ardientes, cruzaron por su fantasía. La superstición de la época era harto a propósito para ello.

No sabiendo apenas qué hacía, echose a andar por un corredor angosto y oscuro, cuyo extremo daba a cierta torrecilla, donde solía habitar Castana. Su pie breve no levantaba ruido en el pavimento y así pudo llegar hasta la puerta de la torrecilla sin ser sentida de dos personas que claramente hablaban dentro, con poco recato a la verdad una de ellas, la cual debía de ser de robustos órganos, según lo que retumbaba su acento en las toscas piedras del muro.

La reina se detuvo primero asustada. Luego, oyendo la voz de Castana, se tranquilizó un poco, pero puso atención a lo que hablaban. Tal vez la movió a ello la esperanza de que tratasen de sus desdichas y de averiguar por tan extraña manera lo que no acertaban a explicar su razón ni sus recuerdos. Tal vez la curiosidad, pero..., ¡oh pecado que perdiste a Eva y has afligido a casi todas sus descendientes! ¿Será posible que quepas en corazones reales y que aun en aquellos momentos de duelo te albergues en el de doña Inés?

No por cierto. Pero el cronista, como viejo y marrullero, no dejó de sospecharlo, diciendo que la curiosidad es el alma de las mujeres y que, en próspera o adversa fortuna, impera en ellas del mismo modo, prefiriendo sus satisfacciones a todas las de la tierra.

Y el caso es que doña Inés se puso de manera que oyó claramente estas palabras:

-¿No te irás, Aznar? No puedo más estar aquí sin que la reina note mi ausencia; y en verdad que si supiera lo que he hecho contigo, quitaría de mí su cariño, y yo me moriría de dolor.

-Castana -respondió su interlocutor-, cabalmente lo que has hecho es lo que más ya me enamora de ti. Yo no podría querer a esas remilgadas doncellas que luchan de mentirillas para rendirse de verdad cada día. Por eso no he querido a ninguna mujer hasta ahora. A mí me place la franqueza, y que quien quiera a uno se lo diga, lo mismo que quien a uno le aborrece. Así soy yo, Castana, así me crio mi padre en la montaña.

-Y así te imaginaba yo, Aznar, y por eso te he tomado amor tan súbito y tan grande.

-El que yo te tengo ya es tal, que por nada lo cambiaría en este mundo si no es por el cumplimiento de la venganza que tengo jurada a los matadores de mi hermano.

-¿De verdad me quieres, Aznar?

-No sabía de ti, ni había visto tus negros ojuelos, y los ojos alegrísimos de tu cara; y, sin embargo, al oír al pajecillo ruin que me enviaste, me dio en el corazón que algo bueno iba a sucederme. Y eso que nada bueno esperaba de las mujeres, y más de vosotras las cortesanas, a quienes tenía muy aborrecidas en mi ánimo.

-De todas suertes, he hecho por ti una cosa que no debía, Aznar. Por acá soléis ser vosotros los que habláis primero de amor.

-Vive Dios, ¿qué importa, Castana? Quien llega primero a tiro de dardo del moro, ese comienza la pelea; el que espera a que el enemigo le ataque bellaco es y cobarde a luz y a sombra: yo no sé más que esto, que es lo único de que hablamos en la montaña. Por los huesos de mi padre, que, en cuanto encuentre al matador de mi hermano, y le mate yo en justa venganza, he de casarme contigo.

-Me asustan tus propósitos, Aznar... Pero vete, vete ahora, que tu dilación puede traerme alguna pena.

-No ha de ser, hermosa Castana, sin que sellemos este amor con un beso de tus labios.

-¡Oh! Nunca, nunca -exclamó Castana, poniéndose como una grana de encendida.

-¿Nunca? Voto va muchacha que...

-Si no es Dios servido que nos casemos -añadió dulcemente Castana.

-Como soy Aznar Garcés -repuso el desairado amante-, que no entiendo de ningunos escrúpulos. Me quieres, te quiero; ¿qué más esperas, ni qué más necesitamos para besarnos a nuestro sabor como buenos muchachos?

-No, no, Aznar. No puedo darte gusto sin cometer un pecado, y más quisiera morir que cometerlo a sabiendas.

-Dame el beso o reñimos -exclamó con poco amable acento el impetuoso almogávar que por tal le habrán ya conocido nuestros lectores-. Dámele, o no volverás a verme en tu vida.

A estas palabras, los ojos de Castana debieron de inundarse en lágrimas, porque Aznar añadió al punto:

-¡Qué diablos! ¿Ya lloras? No eres tú para los de mi laya y linaje, Castana. Mi madre no lloró en cuarenta años que estuvo casada con mi padre; y eso que el viejo la traía de acá para allá como cabra montés, y no la respetaba más en su cólera que a cualquier moro o judío.

-Lloro -respondió Castana- porque quieres un imposible, y has de reñir conmigo si no lo hago. Si ahora te besara, Aznar, ¿cómo entraría mañana en la misa de San Pedro a pedirle a Dios por mi salud y la tuya? Dios no me oiría. Ni ¿cómo podría confesar este sábado que viene con mosén Blas, que pone tan mala cara al menor de mis pecados, llevando sobre mí uno tan grande? Y luego -añadió llorando-, que vendrán a verme las doncellas de mi edad y me dará mucha envidia de ellas, porque yo era de las más buenas de todas, y ahora serán todas ellas más buenas que yo.

-¿Qué es esto? -murmuró Aznar, de modo que bien pudo oírse-. Las cosas de esta muchacha me enternecen. No lo habría sospechado... Vaya, Castana, queda con Dios, y no te aflijas; ya mudarás de opinión con el tiempo.

-No mudaré, Aznar. ¿Qué diría si tal supiera mi Señora?...

Estas palabras sacaron a doña Inés de un género de letargo en que estaba su espíritu, oyendo, como si no oyese, y tal vez comparando confusamente lo que oía con lo que sentía, aquellas palabras de amor, con los dolorosos latidos de su pecho.

-¡Pobres muchachos! -dijo sólo.

Y a paso lento se encaminó a su estancia.

Acercábanse ya las altas horas de la noche; esas horas terribles para las mujeres y para los niños, y para todas las fantasías, o vírgenes o acaloradas.

La reina se encaminó maquinalmente a su alcoba.

Había en ella una gran cama de madera de roble con figuras de animales fantásticos; dos anchas plumazas o colchones de pluma levantaban el lecho muy alto, y lo cubrían una gran colcha de seda y dos pieles magníficas de zorro.

Incierta, temerosa, despechada, sin saber siquiera qué esperar ni qué temer de funesto, se reclinó la reina en el lecho vestida; hallábase en uno de aquellos instantes en que el espíritu apenas se siente dentro del cuerpo, y los ojos, preñados de llanto, no lloran, y el corazón, lleno de suspiros, recoge apenas el aliento necesario para la vida.

¡Pobre reina, tan infeliz entonces como el más infeliz de sus vasallos! ¡Pobre esposa, que comenzaba a hallar desierto el tálamo donde juzgó hallar siempre eterna ventura! ¡Pobre mujer!

Y en verdad que nunca había estado más bella. Su crencha destocada dejaba ondular mil y mil hebras de oro, que, esparcidas de una en una, se confundían por lo leves con el ambiente, y juntas casi casi parecían un rayo de sol.

¡Qué blanca era la tez! ¡Qué palidez tan dulce había en ella! Pudiera decirse que era la propia palidez del alba, que deja entrever apenas la púrpura del día; pero más propiamente podía compararse aún a la de una rosa blanca puesta por largas horas en un vaso sin agua.

De los ojos da lástima hablar; porque, turbios como el dolor los tenía, había en ellos, con todo, una cierta expresión tan tierna y orgullosa que a la par infundían compasión, amor y respeto.

Era, en fin, hermosa, muy hermosa, de alta estatura, delgada sin ser cenceña, alta y flexible; y lo bien concertado del talle, el contorno aéreo de las manos, y lo menudo del pie, acababan el conjunto perfectísimo de su persona.

¡Raro hechizo! ¡Atractivo incomparable el de aquella reina dolorida!, exclama al llegar aquí el cronista mozárabe, que, aunque viejo, no debía de ser de roca, según el calor que acude a su mente y enciende su pluma, siempre que trata de la hermosura.

Pasada sería ya la primera hora de la segunda medianoche, hora adelantadísima para aquellos tiempos en que era costumbre destinar al descanso las sombras, y al placer y trabajo la claridad del día, cuando se sintió crujir una portezuela escondida en la pared de la alcoba.

Cedió el resorte, abriose de par en par, y apareció al umbral don Ramiro. Un ¡ay! de placer y de sorpresa se escapó de los labios de doña Inés al verle. Levantose precipitada, y al ponerse en pie tendiéronse los cabellos en su espalda, repusiéronse los descompuestos pliegues de su gola y vestidos, y así como instintivamente sus galas se ordenaron y apareció con ellas, no sólo más hermosa, sino en más esplendor que nunca.

Pero si la pluma del cronista emplea algunos instantes en describir tales efectos, la reina doña Inés no tardó uno solo en ver a don Ramiro y alzarse, y venir a él y estrecharlo en sus brazos.

-¿Cómo tan tarde, bien mío? ¿Dónde habéis estado, mi señor, que en tanta inquietud pusisteis a vuestra esposa y sierva? ¿No me habláis? ¿No me amáis ya como el día de nuestras bodas?

Todo esto dijo doña Inés en un punto; pero don Ramiro no le contestó, sino que desasiéndose de sus brazos fue a sentarse con faz torva y cogitabunda en uno de los cojines orientales que prestaban voluptuosa comodidad a aquella estancia. Doña Inés, más sorprendida que nunca, se mantuvo inmóvil por algún espacio, de hito en hito, contemplando la extraña expresión que en el semblante del esposo se advertía.

-¡Estáis quejoso de mí! ¿Os he ofendido sin querer en algo? -dijo, al fin, con tierno acento.

Levantó la cabeza, que tenía inclinada sobre el pecho don Ramiro, y murmuró entre dientes:

-¡Desventurada!

No habló tan por lo bajo que no lo oyese la reina, y acercándose más al esposo, le dijo:

-¡Desventurada yo, don Ramiro! ¡Desventurada yo cuando soy vuestra esposa!

-¿Mi esposa?... No, no sois mi esposa -exclamó el rey; y levantándose al propio tiempo, asió fuertemente con una de sus manos el brazo derecho de doña Inés-. No sois mi esposa..., ¿lo oís?... Nuestro matrimonio es nulo, nulo ante Dios y ante los hombres; y vos y yo hace diez meses, los mismos de nuestro matrimonio, que estamos poseídos del infierno.

Temblaba ya doña Inés a punto que tenerse en pie no podía; saltaban a raudales las lágrimas de sus ojos sin acertar a decir palabra, y don Ramiro, arrastrado por una especie de preocupación inconcebible, repetía:

-¡Oh, no! ¡No digáis ya más que sois mi esposa! ¡No lo sois! ¡Y pluguiera al cielo que nunca tal os apellidaran los hombres!

Doña Inés pensó por un instante que estaba loca; don Ramiro continuó:

-Mirad: desde este día no podemos más vivir juntos; mañana mismo pienso divorciarme de vos y renunciar el cetro en don García de Navarra, en don Alonso de Castilla, en cualquiera de mis competidores. Yo no he debido empuñar nunca el cetro, ni jamás he debido ser casado; ahora sé ya de cierto que la cólera de Dios está sobre mí, sobre vos, sobre toda nuestra casa.

-¿Habláis de veras, don Ramiro? -dijo, al fin, doña Inés-. ¡Apartaros de mí, que os amo tanto! ¡Privar, privar del trono a nuestro hijo! ¿Qué decís, esposo mío?

-¡Mi hijo! ¿Qué habláis de hijo? ¿Quién es mi hijo? ¿Qué decís vos ahora, doña Inés? -preguntó el rey, asombrado.

-Digo que hace tres meses que llevo el fruto de nuestro amor en mis entrañas. Esta noche misma tenía determinado decíroslo para que el júbilo del día fuera completo, y no pensé, en verdad, que tanto os entristeciera el saberlo. Pero ¿estáis en vos, don Ramiro? ¿Qué propósitos son esos tan extraños? ¿Qué palabras son esas que ahora escucho, y que ni fueron oídas ni fueron jamás esperadas de mí?

La sorpresa de don Ramiro no hay cómo encarecerla: confuso, aturdido, dio tres o cuatro vueltas alrededor de la sala, lanzose a la puerta y salió precipitadamente gritando:

-¿Eso más, Dios mío? ¿Eso más envías sobre vuestro descarriado siervo?

Justo será, puesto que el rey se fue, que aquí cerremos el capítulo y volvamos atrás un tanto por ver si hallamos las causas del extraño propósito y de las incomprensibles palabras de don Ramiro.

A bien que adónde fuera este cuando salió de la alcoba de doña Inés, ni se sabe ahora ni parece que importa saberlo; y cómo quedaría doña Inés después de la singular entrevista que tuvo con su marido, cada cual puede por sí adivinarlo.

Que puesto que el cronista mozárabe se pare aquí más tiempo, refiriendo por menor las exclamaciones y llantos de doña Inés, copiarlo también en esto sería ofender la gran penetración que por lo común alcanzan los lectores de tales crónicas como la presente.

Sólo es de añadir, pues, que al punto mismo en que salió el rey de la estancia, Castana se asomó en ella tímidamente, como quien sabe que ha llegado tarde y desea que algún casual incidente haya encubierto su tardanza.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo VI
Pág. 07 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se da cuenta de cierta expedición que hizo un monje benito a un monasterio para acallar escrúpulos de conciencia


Cae; los campos gimen
con los rotos escombros y, entre tanto,
es escarnio y baldón de la comarca
lo que era ya su escándalo y su espanto.


(Oda no antigua)


¡Qué otro estás, Mont-Aragón, de como fuiste un tiempo!

¿Quién conociera en ti aquel recinto que fue asiento de prelados, y ciudadela de guerreros, y Corte de magníficos reyes? ¿Quién diría al verte que en ti anduvo cifrada la esperanza y la fortuna de una gente heroica que salió de allí a plantar sus cruces por toda la tierra de España hasta más allá de las orillas del Guadalaviar, y conquistó luego a Sicilia y Atenas, dando pavor con sus armas, a los más altos príncipes de la tierra?

Hubo en ti abad que contase ciento cuatro iglesias debajo de su jurisdicción espiritual, y veintiocho villas y aldeas debajo de su jurisdicción temporal, y mero y mixto imperio. No te igualaba cabeza alguna de obispado, puesto que, con el territorio que tú sola regías, hubo para formar dos de ellos los años adelante. Ni se hallaba Corte de rey más rica y poderosa que tú; cuando tú propia armabas hueste, y ganabas pueblos de moros, y alzabas por tu cuenta fortalezas. Reyes y príncipes envidiaron la mitra de tus prelados, y la pusieron por honra en sus sienes. Poseíste ríos donde sólo a tus señores era permitido pescar y montañas donde sólo de ellos era el perseguir y matar las fieras. Contose en el mundo por Era el año de tu fundación.

¡Ah, muy otro estás, Mont-Aragón, de como te vieron esos siglos pasados!

Que no hay ya en ti ni corte, ni templo, ni fortaleza. Tus diez torres, no menos que ciento y sesenta palmos levantadas sobre la alta montaña, hoy en ruinas, y rebajadas, o rotas, o carcomidas, no son sino pregoneros de tu mengua. En tus muros, de doce palmos de espesor con ciento veinte de altura, ni quedan almenas ni matacanes, ni se ven ya más que portillos y escombros. Del adarve donde Sancho Ramírez plantó sus pendones por reto y afrenta del Ebn-Hud de Huesca, cuelga sólo viciosa y lozana la Higuera del Diablo. Y las enormes piedras que en hombros subieron los cristianos a lo alto, rodando de la cima, sirven para acrecentar únicamente la fragosidad de la montaña.

Tan sólo abrigan tus bóvedas altares deshechos y tumbas abiertas, y cenizas mezcladas con el polvo de las ruinas: cenizas tal vez de conquistadores y de santos. Y quien busque en ti a don Alonso el Batallador, no hallará más que el hundido pavimento donde acaso yació por largos siglos, y viles fragmentos de la urna donde diz que guardaron sus restos nuestros padres.

Santos y héroes, tumbas y altares, todo te lo ha arrancado la ciudad vecina. Porque hubo un día en que se dijo: «Es preciso destruir aquel nido»3, que nido eras de fe y de recuerdos de gloria, y la codiciosa mano del mercader cayó sobre ti. Y se vendieron a precio vil tus maderas cortadas ocho siglos antes en el Pirineo, y conducidas en hombros de mártires.

Verdad es que cuando el despojo infame estaba reunido y la mezquina ganancia más halagaba el corazón de los especuladores, cayó ignorada llama, fuego quizá del cielo, que todo lo redujo a pavesas. Y fue noche de horror para Huesca aquella en que miró coronada tu frente majestuosa de rojos cabellos, hogueras inmensas del incendio; tanto, que acaso no lo sintiera igual desde el día en que por primera vez vio alzada la cruz sobre la más alta de sus torres, anunciando la perdición de su gente mora. Pero tú, en tanto, quedaste en ruina, y no volverás a ser lo que fuiste.

¡Ay, al recordarte, los ojos que te han visto se llenan de llanto, y el corazón, que ha respirado el aire misterioso de tus ruinas, se avergüenza de esta edad tan celebrada y tan triste en que vivimos! ¡Quién retrocediera a los tiempos en que tú eras rey de los Pirineos y de la llanura! ¡Quién peleara cual tú peleaste por aquella raza de monarcas que habían costumbre de morir en lides contra moros y en defensa y prez de sus vasallos! ¡Quién, como tú, los conociera y oyera sus altas voces de fe y de valor y de gloria!

Los que vivimos en esta edad de cristiana indiferencia, teníamos mucho que aprender en aquellas piedras, levantadas por hombres que sabían hacer guerras de ocho siglos y edificar catedrales y descubrir mundos.

Ahora que apenas queda piedra sobre piedra, ¿quién traerá la resignación a los menesterosos y la fe a los desvalidos? ¿Quién enseñará la lealtad antigua? ¿Quién resucitará el antiguo amor de la patria? Eso lo aprendían nuestros padres en las piedras que heredaron de lo pasado; y todos los discursos humanos no lograrán lo que lograba una sola de las tradiciones, uno solo de los monumentos, uno solo de los nidos que hemos arrancado de la montaña.

Tales exclamaciones se me vinieron, sin querer, a las mientes, y de las mientes a los labios, viendo que en el viejo manuscrito, cuyo relato seguimos, y al margen de uno de los capítulos, se ostentaba en primorosas letras de colores, con figuras y ringorrangos, el nombre de Mont-Aragón. Mas siguiendo adelante, se notaba que al cronista no le satisfacía de todo punto la grandeza que ahora se echa de menos en el monasterio. Lejos de eso, al principio del capítulo muy amargamente lamentaba que para entrar en aquella casa fuese preciso emplear tantas formalidades como solían emplearse al visitar las más almenadas fortalezas; y que los abades se diesen trato de príncipes y decoro de reyes, entendiendo más que convenía en las cosas temporales, y mostrándose más entre soldados que entre monjes, y más en cortes y campamentos que no en coros y altares.

Grandemente llamó mi atención el comienzo, y sin pararme a contemplar cuán diversamente juzgan las cosas aquellos que las ven y las tocan, de los que las aprenden o examinan al trasluz de los siglos, pasé adelante con el relato del buen mozárabe, seguro de encontrar en él cosas de provecho para el conocimiento de esta historia verdadera.

Ello fue, decía el cronista, que al caer una tarde de diciembre, que podría ser la misma de la jura y coro, nación del rey don Ramiro, se presentó delante de la barbacana, de más de trescientos pasos de circuito, que cerraba la entrada del Real Monasterio de Mont-Aragón, uno de los que se llamaban entonces monjes negros, es decir, un humilde fraile benito, con la vellosa cogulla negra de mangas largas y grandes, que traían los de España, y sayas debajo leonadas de buriel, calzas y zapatos; todo al modo que se llevaba en Sahagún y San Zoíl de Carrión por los propios tiempos. Aquel monje iba en demanda del santo abad de la casa.

Éralo a la sazón Fortuño, hombre de calidad en el mundo, y que dentro de la regla, si no santo, era de los prelados más reputados que tuviese Aragón, tanto por su ciencia como por sus virtudes. Y bien debía de serlo, cuando de toda la tierra de Aragón y Navarra, y aun de la parte de Castilla y de la parte de Francia, solían acudir a consultar con él los monjes y legos, guiándose por sus consejos y pidiéndole absolución de sus culpas.

Así fue que la aparición de aquel fraile benito en tal ocasión no pareció a nadie extraña, ni otros obstáculos se pusieron a su entrada que aquellos que eran de costumbre y regla general, y a que no se faltaba en caso alguno.

Dos hombres de armas que salieron al divisar el monje por el postigo de la ancha barbacana, cuidadosamente le reconocieron. Cerciorados de que venía solo y no traía armas consigo, le condujeron por dentro de la barbacana hasta la espaciosa plaza que había delante de la puerta mayor del convento o castillo; y desde allí, cruzando una bóveda que podría tener hasta seis pies de altura, cerrada por dobles puertas, de grandes cadenas y cerraduras provistas, entraron todos tres en la fortaleza. Pasado el zaguán, sintió ya el monje que el frío, de la primera hora de la noche le azotaba el rostro, y se halló en un gran patio con claustro y sobreclaustro, en el cual estaban las puertas del palacio abacial. Dejáronle allí solo los dos hombres de armas contemplando a la luz de dos lamparillas que acababan de encenderse a cierta devota imagen de Jesús Nazareno, colocada en un nicho del mismo, la boca del grande aljibe que ocupaba el centro del patio. Pocos instantes después se oyó el paso lento de un portero tonsurado que, a decir verdad, antes parecía tener semejanza con Nemrod que con padre alguno de la Iglesia; hombre de mediana catadura y membruda persona, más propia para empleada en armas y aventuras, que no para consumida allí en vigilias y penitencias.

-¿Quién sois? -preguntó el portero al monje con acento duro y desdeñoso.

-Soy, señor, ya lo veis, un hermano benito del..., del..., del convento de San Pons de Tomeras. Sí -añadió luego el monje para su coleto-, que de lo de Sahagún tampoco estoy satisfecha en mi conciencia. Por de Tomeras podéis anunciarme a mí señor, vuestro prelado -continuó en voz alta.

-¿San Pons de Tomeras? -respondió el portero-; mal viento viene de allá, hermano. ¿Sabéis que os pudiera traer desdicha por acá el venir de tales partes?

-Soy un monje, no más que un triste monje, señor, y no entiendo un punto de estas cosas que habláis.

-Abriéraos yo los sentidos, si en mí estuviera, buen fraile; ¿qué es decir que no sabéis del viento que viene de Tomeras?

-De allí no ha venido, que yo sepa, sino el rey don Ramiro, a quien Dios ayude -dijo a esto el monje suspirando.

-¿Rogáis por él, hermano? Hacéis bien, que lobo sois de la misma camada. Mas entended que mala la ha de haber antes de mucho como no se remedie. ¿No sabéis que tiene ofrecidos a esta santa casa más de tres molinos y más de seis iglesias, y más de veinte yuntas con otras muchas riquezas, y que ahora nos viene dilatando el pago? Mala la ha de haber el de Tomeras, hermano, si es avaro de bienes con la casa de Dios.

-Razón tenéis, hermano; y don Ramiro pagará según yo creo, o de no, deberá ser castigado. Mas os advierto que traigo un caso de conciencia que consultar con el abad. ¿Podré verle ahora mismo?

-Difícil sería si yo le dijese que erais de Tomeras; porque con los malos hechos de ese monje rey, y el decirse que fueron aconsejados por vuestro prelado, no quiere oír hablar siquiera de tal monasterio. Repítoos, triste monje, que son muchas las cosas que nos tiene ofrecidas el don Ramiro y hasta ahora no nos ha dado más que una sola viña y un mal molino, y aun eso con obligación de encender una lámpara a su hermano don Alonso y de mantener a un pobre, que ya se llevan en aceite la lámpara y en comida el pobre más que producen viña y molino.

-Vuelvo a decir que tenéis razón que os sobra -replicó el monje-; ¿pero no podré ver ahora mismo al abad de esta casa? No le digáis, si os parece, que soy de Tomeras; mas despachaos, por amor de Dios, hermano. Mirad que esto de verle no poco me urge.

-Este monje trae irregularidades consigo, y ¿quién sabe aún si andará concuso en anatemas? -dijo entre dientes el portero.

-Conque vamos, hermano -tornó a decir el fraile benito.

-¿Con prisas andáis? No, pues contad que no vais a entrar en vísperas, sino que vais a comparecer ante el santo abad, que es implacable con los pecadores.

Y al decir esto, el portero echó a andar delante del monje.

-¿Es muy severo el abad? -dijo este al montar la última grada de la escalera que subía al palacio abacial.

-Eslo tanto, que más de cuatro que entraron a hablarle muy erguidos y valerosos, salieron de su presencia temblando.

-Dios le dé piedad para mí -murmuró el monje.

Mas sin dejarle tiempo para pensar mucho, alzó el portero una espesa cortina, y empujándole con bien poco miramiento, le dijo:

-Entrad en ese aposento, que no tardará en salir el reverendo abad.

Obedeció el monje, y entrando se halló en un salón, ni bien largo, ni bien corto, ricamente decorado, con muebles de pino y de roble y con telas de lana. En la cabecera del salón se miraba una mesa de ancho tablero con labores incrustadas de hueso y de ébano, y encima alzábase un gran crucifijo de plata, al cual daban luz y compañía dos velas de cera amarilla. Detrás de la mesa se mostraba un sillón de ancho buque, como si el artífice hubiera sospechado que todos los abades fueran de obesa persona; y al lado del sillón se levantaba un atril, que mantenía abierto un libro, muy primorosamente pintado.

Nuestro fraile benito reparó poco en estas galas, o por serle harto familiares, o porque tales fuesen de grandes sus pensamientos que no pudiera apartarse de ellos.

Pasado un largo cuarto de hora, crujió cierta puerta escondida en el muro, y, por ella, el reverendo abad Fortuño salió a la estancia.

Tendría este a la sazón como unos sesenta años; los ojos fríos, rugosa la frente, ralo el cabello, antes sobrada que escasa la estatura, y era más bien severo que benigno su semblante.

Entró con grave paso, sentose silenciosamente en el sillón, e hizo seña al monje de que se acercase.

Pero contra nuestro intento se ha dilatado tanto este capítulo, que es fuerza dejar para otro la conversación de los dos personajes, abad y monje, que tenemos ya frente por frente. Culpas son tales dilaciones del cronista mozárabe, el cual intercala tantos pormenores y minuciosidades en el texto, que la pluma no basta a borrarlos, ni es parte nuestro buen deseo a excusarlos en todas ocasiones.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo VII
Pág. 08 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que no hace más sino proseguir la materia del anterior


Tú viniste a derramar,
ángel puro, en el altar
las lágrimas del pecado.


(El Rey Monje, drama nuevo.)


-Hablad, hermano -dijo el abad, después de contemplar por breve espacio al monje-. Hablad, y decidme en qué puedo favoreceros o ayudaros; no hayáis temor, que delante estáis de quien es pecador como vos.

-¡Padre mío! -dijo con voz contrita el monje-. Yo siento sobre mí la ira de Dios.

-Pecador: Dios es misericordioso, como tremendo en su ira.

-Es que su ira comienza a cumplirse en mí.

-Haced penitencia, cuanta baste a desarmarla.

-Sí haré, sí haré -continuó el monje-. Sabré cumplir cuanta penitencia me impongáis, y no habrá una que me espante, ni dar la boca al polvo, ni exponer los miembros al cilicio y al fuego. Mas, absolvedme, padre mío, absolvedme y que no vea yo tan sobre mí a la celeste cólera.

-Decid, hermano, decid qué habéis hecho, antes de todo, y yo os diré lo que importe -replicó el abad, con la pausa y la indiferencia de quien se ve forzado a repetir una misma fórmula muchas veces al día.

-Yo profesé, como veis, en la regla de San Benito.

-Santa regla, formada en el propio espíritu de los sagrados cánones; no hay otra que más que esta recomiende la Iglesia -dijo el abad.

-Santa regla, padre mío, santa regla. Mas yo soy dentro de ella la oveja perdida de que hablaba el glorioso San Benito. ¿No es cierto que puede contagiar a las otras, y que por eso debe ser echada del redil? ¿No es cierto que Dios, para arrojarla de él, la aniquila?

-Dios es misericordioso, os digo.

-¿Aun con pecados tan grandes como los míos?

-Con todos, hermano; mas decid, decid los vuestros.

-Mis padres, reverendo abad, me ofrecieron de niño a Dios en la oblación de la misa, y cierto que no contaron con mi voluntad; mas harto sé que los ofrecimientos de los padres valen como si uno propio los hiciera. ¿No es verdad que eso no pudo nunca excusarme de cumplir la regla?

-Así es, como decís, pecador; esa doctrina, aunque dudosa en la Iglesia, quedó claramente resuelta por el canon cuarenta y ocho o cuarenta y nueve del cuarto Concilio de Toledo. No me acuerdo bien del número del canon, pero estoy cierto de que bien lo declara.

-Pues según eso, padre, hice los votos de mi regla: primero, de obediencia; después, de pobreza, y de castidad luego.

-Votos perfectísimos todos ellos, y agradabilísimos a Dios y al glorioso San Benito que los instituyó. Mas despachemos, que aún he de hacer mis oraciones. ¿A cuál de ellos faltasteis?

-A todos, padre mío, a todos.

-¿A todos? Largo pecar fue.

-Falté -prosiguió el monje- al de obediencia, dejando el claustro por el mundo, y tomando sobre mis hombres grave autoridad temporal; falté al de pobreza, con adquirir riquezas sin número y vasallos sin cuento; y por último, falté al de castidad, contrayendo...

-¿Qué decís, hermano monje? -exclamó el abad, sorprendido.

-Digo, padre, aunque horror me cueste el decirlo, que contraje matrimonio.

-¡Cuántos pecados juntos! -exclamó el abad-. No oveja perdida, sino muerta, debierais llamaros, a no ser tanta la misericordia de Dios.

El monje, que involuntariamente se había ido acercando más a la mesa, conforme declaraba sus pecados, se arrodilló ya en aquel punto; y penitenciario y penitente guardaron silencio por algunos instantes.

El abad fue el primero que lo rompió, y dirigiéndose al monje, le habló de esta suerte:

-Ya te he dicho, pecador, que la misericordia de Dios es infinita. ¿No dices que estás muy arrepentido de todo lo hecho?

-Mucho lo estoy, padre.

-Habraste preparado sin duda para la penitencia que yo te imponga.

-No, padre; aún no me he preparado como debiera; aún subsiste en mí la materia del pecado.

-¿Conque, es decir, que no has abandonado aún esos bienes terrenos que recibiste en tanto menosprecio de tus votos y daño de tu alma?

-No los he dejado, padre.

-¿Ni te has separado del lecho nupcial, donde entraste con tanta ofensa de Dios y del glorioso San Benito?

-Tampoco.

-¿En qué piensas, pues? -prorrumpió el abad con voz de trueno-. ¿En qué piensas que, sintiendo la carga del pecado, no la arrojas de ti; que, reconociendo el yerro, no comienzas por enmendarlo? ¿Cómo has de volver de esa suerte a la obediencia de tus votos y a la gracia de Dios?

El abad se había puesto en pie; sus ojos ardían en indignación y celo cristiano; con las manos golpeaba fuertemente el tablero de la mesa por dar más expresión a sus palabras.

El monje parecía aterrado.

-Yo haré, padre, cuanto me ordenéis -dijo, al fin, con acento compungido.

-Haberlo hecho fuera mejor; que entre tanto, no has de hallar en mí ni absolución ni gracia alguna.

Y al decir esto, hizo seña al monje de que se retirara.

-No es por excusar mi culpa, reverendo abad -exclamó este-; mas dignaos oírme aún algunas palabras. Yo dejé el claustro y tomé bienes, y contraje nupcias, porque era el último de mi raza, y sin eso se perdía.

-Perdiérase tu raza cien veces con tal que se evitara un solo pecado.

-Hubo también prelados que me lo aconsejaron, y aun en nombre de Dios me lo ordenasen.

-Malos prelados fueron ellos, monje; en verdad os digo que no hay poder en la tierra que pueda desatar los lazos que con Dios tenéis vos contraídos. Mas abreviemos aún, que el tiempo pasa en vano y no deja de ser ofensa de Dios el desperdiciarlo. Dígoos que no volváis más a mi presencia sin haber dejado mujer y bienes, y vuelto a la obediencia de vuestros votos.

-Así lo haré, padre, así lo haré -replicó el monje sollozando; y dio algunos pasos como para marcharse; pero antes de llegar a la puerta, volviose de pronto y dijo:

-¿Sabéis, padre, que temo que, mientras me absolvéis o no, venga sobre mí el castigo del cielo?

-Dios es justo y sabe lo que merecen sus hijos inobedientes.

-Es, padre -continuó el monje temblando-, que yo he visto claras señales de mi muerte y de mi castigo, y temo que muriendo ahora sea condenado al infierno.

-Rogad a Dios que se apiade de vuestras culpas.

-¡Oh! ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Yo estoy arrepentido de mis culpas; yo quiero hacer penitencia! Mas decidme, ¿qué podría yo hacer desde ahora mismo para librarme de la cólera del Eterno?

-Dejar a esa mujer con quien tan malamente os unisteis, y renunciar a esos bienes que adquiristeis con tan gran pecado. Cada instante que aquí pasáis lo perdéis en vuestra salvación: si el rayo del cielo os hiriese en este instante, no la habría para vos.

Y diciendo esto el abad, señaló imperiosamente ya al monje con el dedo la puerta de la estancia.

-Los dejaré, los dejaré -respondió el monje, y en seguida salió precipitadamente, bajó las escaleras de un salto, como quien se juzgaba perseguido por la celeste cólera, y entró en el claustro, donde a la venida le habían dejado solo los hombres de armas.

Allí oyó de lejos el precipitado andar de dos personas, alguna de las cuales debía de ser un guerrero, según el son de armas que se sentía.

Y, al revolver de una de las esquinas del estrecho y abovedado pasadizo que conducía a la puerta, se halló frente por frente con el bueno del portero, a quien ya conocen nuestros lectores, que venía acompañando a cierto caballero vestido de todas armas, la visera calada y con pomposo penacho en la cimera.

El monje hizo un movimiento para taparse más el rostro, como recelando de ser conocido; pero el desalmado del portero no le dio tiempo; antes, lanzándose a él, le quitó la capucha de un tirón y le plantó un despiadado pescozón en la coronilla, que resonó en largo especie.

Al ver al monje con la cabeza descubierta, notose en el caballero una exclamación mal reprimida. El monje, por su parte, no pudo contener un grito de dolor y rabia.

-Villano -le dijo al portero-, ¿quién te manda tratar de tal suerte a los huéspedes de la casa de Dios? ¿Es así, mal portero y follón impío, cómo respetas mis sagrados hábitos?

El portero prorrumpió en recias carcajadas al oír estos improperios.

-Dé gracias, don monjecillo -le dijo- que de aquí se va sin los azotes que suelen darse a los malos huéspedes; y mire la palma que para hombre como él, y aun mejores, tenemos colgada en esa pared, que bien conocerá al mirarla cuánta haya sido su fortuna en no trabar conocimiento con ella.

El monje ahogó dificultosamente en su pecho algunas palabras; pero no replicó más; y precipitando el paso, volvió a salir del muro del monasterio con no menos dificultades que había entrado.

Subían entre tanto las escaleras del palacio abacial el caballero de que hemos hablado y el portero, y aquel dijo a este con mal disimulado acento de sorpresa:

-Sin duda no has conocido a ese monje.

-No, buen señor, que, puesto que para eso le haya descubierto la cabeza, no lo he logrado, y bien sé que no le he visto en mi vida si no es ahora.

-¿Pues cómo te atreviste a tanto?

-Es, señor, que viene del monasterio de Tomeras, del cual ha recibido tantos daños todo el reino y más esta santa casa. Y así Dios me ayude, que no juzgué que nuestro abad le soltara sin una mano de azotes, dados por estas mías que se pintan solas para mullir carne de pícaros.

-¿Le conocerías si otra vez le vieses?

-Precisamente para eso le descubrí también la cabeza; porque si otra vez le encuentro fuera del convento, no ha de írseme sin mayor ración de cordelazos y puñadas.

El caballero se sonrió.

-Mira, Gaufrido -le dijo al portero-, no pienses tal; antes olvida, si puedes, que le has visto en tu vida.

-¿Y por qué eso, señor?

El caballero no le contestó, sino que alzándose la visera, entró derechamente en el aposento donde dejamos al abad.

-¡Roldán! -exclamó el abad al verle-: ¿Qué os trae por acá a estas horas? ¿Por ventura viene con vos la escritura de cesión de las haciendas que debe el rey a esta santa casa? ¿Ha tocado al fin el cielo el corazón del señor rey para que nos haga justicia? ¿Qué nuevas traéis de la Corte?

-Esas iba yo a pediros ahora -respondió Roldán-. ¿Quién más enterado que vos de lo que piensa el rey?

-¡Yo! -exclamó el abad-. ¡Pues si no he asistido a la coronación siquiera, por causa de mis achaques, ni he visto al rey, sino de paso cuando desde Monzón, donde le aclamasteis por tal, vino a Huesca en vuestra compañía!

-¡Que eso digáis, abad! ¿No fuisteis vos por vuestras letras de los que opinaron que se eligiese a don Ramiro, en lugar de elegir a don Pedro de Atares, a don Alonso o don García? ¿Y no obrasteis de tal suerte con el propio intento que nosotros, a saber: que hubiese rey que no nos oprimiera ni cercenara nuestros privilegios, antes bien nos devolviera los castillos y lugares que ganamos por nuestras personas o por nuestras gentes, malamente guardados para sí por los otros reyes?

-Sí opiné y sí obré, Roldán; mas ¿qué tiene que ver nada de lo que decís con lo que yo pregunto?

-¿Que nada tiene que ver? Pues ¿cómo me venís ahora con fingimientos, negándome que en este propio aposento habéis estado platicando con don Ramiro no ha un instante?

-¿Qué decís, Roldán? ¿Yo hablar con don Ramiro?

-¿Pensáis que no le haya yo conocido debajo de sus viejos hábitos de fraile benito?

-¿Conque era ese el rey? -prorrumpió el abad, espantado-. ¿Conque ha sido el rey a quien he tenido a mis pies en penitencia?

-Comienzo a creer que no le habéis conocido, abad.

-Podéis creerlo, Roldán, y ¡oh, si supierais lo que ha pasado entre nosotros!

-¿Qué?

-Básteos saber que le he mandado, en nombre de Dios, que deje el reino, que olvide a su mujer y vuelva al claustro.

-¿Y creéis que lo haga?

-Lo hará de seguro. No podéis figuraros lo contrito que está; daba consuelo de oír sus últimas palabras.

-¡Consuelo! ¡Consuelo! ¿Estáis loco? ¿Cuándo ha de poner en práctica vuestros disparatados consejos?

-Al momento; no le he concedido dilación alguna.

Roldán no pudo contener su ira; dio una patada en el suelo y exclamó:

-Habéis perdido el fruto de nuestros afanes y peligros; nos habéis hecho un daño inmenso, abad.

-Lo he hecho, sí; pero al fin he salvado su alma, y no me arrepiento de lo que he hecho -dijo entonces el abad gravemente.

-¿Eso más? -prorrumpió ciego de cólera Roldán-. ¡Oh, y con cuánta razón desconfiaba de vos el viejo Lizana! Toma tus armas, me dijo; toma tus armas y corre la hoya en busca del rey, mientras yo hago dentro de la ciudad mis averiguaciones; y no te olvides de llegar a Mont-Aragón, porque desconfío de que el abad esté ya con nosotros. ¡Oh, y cuánta razón tenía el viejo Lizana!

-Roldán -dijo el abad-, ¿osaríais acusarme de traición?

-No lo permita Dios, padre; pero cuando yo venía a consultar con vos los medios de conservar nuestra obra y me encuentro con que de vos ha sido destruida toda ella, ¿haréis gala aún de tal hecho? Si ese hombre amara la corona como nosotros pensamos que la amara, y como debiera amarla, podrían con él nuestras amenazas, valdría con él la intimidación para que nos entregara cuantas tierras y castillos le pidiéramos, y aun para que nos concediera cuantos privilegios nos estuvieran bien. Pero si vos habéis hecho nacer en su alma el remordimiento; si desprecia el poder, la corona; si renuncia a uno y a otra, ¿con qué le haremos fuerza en adelante? Más cuenta nos traería que hubiera pretendido poner en ejecución el consejo del abad de Tomeras, que no el vuestro. Aquello no habría podido llevarlo a término y esto sí; porque como no dé con él el sabio Lizana, no sé yo que haya modo de evitarlo. Ni tengo más esperanzas si no es que se le olviden vuestras amonestaciones. ¡Es tan seductora al cabo la corona! Si eso pudiéramos esperar...

-Inútil esperanza, Roldán: está resuelto a dejarla y la dejará; yo defenderé en cuanto pueda los derechos temporales de mi casa, y haré cuanto sea lícito en vuestro bien; mas no he de faltar por eso a las obligaciones de mi espiritual ministerio. Si otra vez acude a mí, le diré hasta qué punto las circunstancias pueden excusar el hecho; pero no le negaré que hay pecados y grandes en su conducta. Recordad que no aprobé yo lo del matrimonio.

-Mal hayan vuestros escrúpulos, padre; que yo sé que, a conocer quién era, no le hablarais con el santo celo con que sin duda le habéis hablado. Mas no hay tiempo que perder; si a vos os place, salíos de la liga, y abandonad vuestras pretensiones. De mí sé decir que ahora mismo parto para Huesca a concertarme con mis nobles amigos, y a remediar en algo el mal que habéis hecho: que si este se obstina en ser monje, será preciso elegir otro rey que bien nos cumpla, en lugar suyo.

Y de como esto dijo Roldán, calose de nuevo la visera y salió de la sala.

-No hagáis de modo que se pierda su alma; mirad que es gran pecador; mirad que, bien mirado, es justa y forzosa su penitencia -le gritó el abad.

Pero el caballero ya no le oía.

Bajó rápidamente, cruzó el claustro y los pasadizos, montó a caballo en la barbacana, y en compañía de dos escuderos que allí le estaban aguardando, tomó a toda rienda el camino de Huesca, salvando primero la empinada y revuelta senda que bajaba del monasterio a la llanura, y luego los vados de la Isuela, que con sus aguas cerraban el camino.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo VIII
Pág. 09 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que no merece leerse por otra cosa sino porque desata y esclarece algunos nudos y oscuridades que dejan en sí los precedentes


Por fuerza cuasi le sacaron del monasterio, que salir él no quería, ni desabrigarse de su hábito.


(Fray Gauberto Fabricio de Vagad: Crónica de Reyes aragoneses.)


Pasó la noche de aquel día en que hubo lugar la coronación del rey don Ramiro, con notable sosiego y silencio, lo mismo en el Rabalgerit o barrio de los judíos, que en el de San Martín o morería, y en toda la grande y populosa ciudad de Huesca.

Los honrados burgueses descansaron del placer del día, que más que nada cansan los placeres en este mundo; y de la muchedumbre de forasteros que al gran rumor de las fiestas había acudido a Huesca, muchos fueron los idos en el punto en que se acabaron las luminarias y el sarao del alcázar, y otros se prepararon, con el reposo de la noche, a hacer larga jornada al día siguiente.

Amaneció Huesca, en él, como una belleza de treinta o más años, que deja sus galas y se entrega al sueño después de largas horas de celos, y de amor, y de danza, y de estruendo.

No hay cosa más triste que el lugar en donde se disfruta un placer, cuando pasado este se le mira de nuevo.

Tales y tan melancólicas parecían las calles y plazas de Huesca, que al asomar la cabeza los vecinos por sus estrechas ventanas exclamaban de consuno: «¡Ha caído sombra sobre la ciudad!». Y nunca en verdad había lucido el sol con más ricos reflejos y con esplendor más grande.

Este día era completamente contrario al anterior.

Mal día para el común de los ciudadanos. Gran día para aquellos tristes en quienes el otro hubiese engendrado penas, que de todo se ve en los grandes regocijos, y es ley eterna del mundo que no haya risa a la cual no responda algún llanto.

Así es como en el alcázar de los poderosos reyes de Aragón saludan al nuevo día, por lo mismo que es triste, por lo mismo que trae sombra, las dos personas de quien menos pudiera imaginarse. El rey recién coronado y la reina recién casada; don Ramiro y doña Inés.

Pintar los tormentos que padeció durante aquella noche la noble hija de los Poitiers fuera imposible; que los tormentos supremos del alma no se pintan, como no puede pintarse el espíritu impalpable, y a la par invisible, donde nacen y se sustentan.

Doña Inés amaba a don Ramiro con ternura; amaba al hijo que sentía en sus entrañas, porque es privilegio de las madres amar sin ver ni oír, y sin saber si llegará o no a existir el ser que aman. Amaba también la grandeza que la rodeaba; y ¿por qué no había de amarla? ¿Por ventura no son dignos de tentar a cualquier alma humana la dorada silla donde se sientan los reyes sobre todos los hombres y sobre todas las mujeres, y la obediencia de tantos, y el amor de tantos, y el poder de tanto hacer y conseguir como acierte a desear el ánimo? No; no andaba errado Roldán cuando en otro lugar llamaba a la corona seductora.

Y amando doña Inés a su esposo y al hijo por nacer, y amando la grandeza y el trono mismo, ¿qué no sentiría viendo perdidos esposo y trono para sí, trono y padre para su hijo?

Pero de todo, lo que más debía llegarle al alma era ignorar la causa de mal tamaño; y no hallar ni de cerca ni de lejos algún remedio.

La causa muy bien la sabía don Ramiro; pero lo que es con el remedio no acertaba él más que su doliente esposa.

Los lectores deben saber, no por el relato del cronista, que anda en ello harto oscuro, sino porque así lo rezan todas las historias de España, que el rey don Ramiro II era monje en el monasterio de Tomeras, cuando los grandes de Aragón, congregados y reunidos en las Cortes de Monzón, determinaron alzarle por rey.

Su padre, Sancho Ramírez, estando sobre Huesca, imaginó hacer un don, el mayor que pudiera al cielo, para que se le mostrase propicio en aquella empresa; y el don no fue otro que este hijo, a quien metió de monje en San Benito en el monasterio de San Pons de Tomeras. De allí quisieron promoverle repetidas veces sus hermanos, los gloriosos reyes don Pedro y don Alonso el Batallador, a alguna mitra o prelacía de importancia, donde diese creces a lo ilustre de su nacimiento; y, en diversas ocasiones le nombraron para la abadía de Sahagún y los obispados de Burgos, Pamplona y Roda.

Y por cierto que con motivo de su ida al famosísimo monasterio de San Faguz, Fagún o Facundo, que luego se llamó de Sahagún en Castilla, corrió por el mundo una triste historia, que no debía de tener por verdadera nuestro cronista, cuando amargamente se queja en algunos lugares del monje anónimo de aquella lejana y santa casa, que por escrito la puso. Decíase nada menos sino que el mozo abad don Ramiro había mandado traer a su presencia cuanto había en Sahagún de precioso, así en telas como en alhajas, y aun en reliquias, separando lo que le pareció de más valor, y entre otras cosas unas riquísimas cruces de oro, para llevárselo a San Pons de Tomeras. Bien que el monje anónimo esto afirme con formales palabras diciendo: «traio en testimonio al cielo que no miento», parécele al copista de esta crónica que no hay por qué cargar con otro tan gran pecado al doliente monje, que ya los tenía sobre sí tamaños, supuesto que no le dio crédito alguno hombre de tal verdad como el mozárabe.

Pero lo que no puede dudarse es que don Ramiro, bien hallado con la vida ascética que hasta allí traía, no quiso conservar la posesión de tales beneficios, y permaneció al fin en el convento de Tomeras, hasta que, como arriba decimos, le alzaron por rey los señores aragoneses, buscándole también esposa joven y bella, y de calidad correspondiente a la suya, que fue doña Inés de Poitiers. Sobraron obispos que diesen por bueno y legítimo el tal matrimonio, y el Pontífice mismo lo autorizó, cuando menos, con su silencio.

Gran mella debieron de hacer los encantos del poder; gran mella también las caricias de aquella mujer joven, hermosa y cortesana en el corazón del monje, que desde sus primeros años no había pensado en otra cosa que en el claustro, ni imaginado otra vida que la del cenobita.

¿Qué tiene de extraño que prestase fácil oído a los que le predicaban que la salud pública demandaba su apostasía, y que, antes serviría a Dios en el tálamo y el trono, que en los altares? ¿Qué tiene de extraño que el amor por una parte, por otra el poderío, las caricias de aquí, de allá las lisonjas, apartasen de su memoria por algunos meses los cilicios y el convento? ¡Era doña Inés tan bella! ¡Es tan encantadora la lisonja! ¡Es, como queda dicho, tan deslumbrante el brillo del trono!

Mas si hubo un tiempo en que estuviesen tibios sus recuerdos, nunca, a la verdad, se vieron muertos.

Tal vez doña Inés recogió en momentos de embriaguez y de encanto una mirada de pavor en los ojos de su esposo; tal vez sorprendió en él a deshora movimientos instintivos de retraimiento y así como de repugnancia. Y es cierto que, al ver la osadía de los ricoshombres, y al notar las pretensiones de don Alonso de Castilla, y la rebeldía del de Navarra, y al oír hablar de alardes y arreos de guerra, o de los peligros y empresas que para defender su trono eran indispensables, solía echar de menos don Ramiro en voz alta la tranquilidad que durante cuarenta años le había proporcionado la vida monástica.

Fio su secreto al abad de Tomeras, a quien miraba aún como superior y padre; comunicole sus primeros temores y remordimientos; pidiole consejos con que atender a los males que prevenía, y remediar el desasosiego de su espíritu. Pero el de Tomeras creyó que el desasosiego provenía del temor que le infundían los ricoshombres; y así se contentó con enviarle aquel sagaz aviso que sorprendió Lizana, y que puso a este en cuidado tanto. Con reprimir a los ricoshombres pensaba el abad que el rey se entregaría tranquilo a las dulzuras del poder y del matrimonio.

Y no hay que extrañar en aquel abad que no se acordara para nada del remordimiento religioso del rey ni de los graves motivos en que se fundaba. Si antes de aceptar el trono y de contraer matrimonio le hubiesen consultado, acaso se habría opuesto a uno y otro, porque diz que era sincero y firme en su piedad, y no era seguro entonces que los votos monásticos pudiera desatarlos nadie, ni el Papa mismo; pero después de hecho el mal, quizá comprendía que la salus populi podía excusarlo en cierto modo, y que no era ya cuerdo desear que con el arrepentimiento y abdicación del rey se renovaran los peligros del reino, acrecentándose más aún los pasados, con las pasiones que los últimos sucesos habían encendido.

Cabalmente el moro acechaba más que nunca entonces la ocasión de arrojar de nuevo a los cristianos a las cumbres fragosísimas del Pirineo. Y los reyes de Castilla y de Navarra no esperaban más sino que faltase don Ramiro para recordar sus pretensiones a la corona aragonesa, y llenar de armas el reino; con lo cual hallarían aún mayor facilidad los infieles para traer a ejecución sus malos propósitos.

Nada de esto pudo ocurrírsele al abad de Mont-Aragón, cuando le habló a don Ramiro, como, hubiera podido hablarle a un monje cualquiera: nada de esto podía tampoco justificar del todo su apostasía a los ojos acalorados y escrupulosos del rey. Lo que para otros parecía ser dudoso, para él no lo era: tenía el presentimiento o la sospecha siempre de que ni el Papa, ni los obispos, ni nadie podía dispensarle de cumplir sus votos.

Con todo, mientras vivió el abad de Tomeras don Ramiro, tranquilo con sus consejos, supo refrenar los remordimientos; de suerte que apenas se traslucían en sus obras y palabras. Y a vivir aquel en la época a que se refiere la crónica no hubiera este ido a consultar con el de Mont-Aragón sus cuitas.

Pero muerto su prelado, se halló el rey a solas con su corazón y su fantasía. Y a medida que avanzaba el tiempo y se disipaba el encanto del primer instante, mayores inquietudes sentía en el alma: inquietudes vagas, sin forma ni color. ¿Quién había de decir que el día de la coronación y jura hubiese de dar tan horrenda forma y color tan siniestro a aquellas vacilaciones de su espíritu?

No tenemos ya que narrar cómo concluyó la fiesta: el rey estuvo a punto de perecer, y sólo se salvó por un género de milagro. Y en el punto de inquietud en que se hallaba su alma, aquello fue una tea que, tocando en hacinados combustibles, produjo un horrible incendio.

Los remordimientos, mal escondidos, asomaron de repente en el alma del monje: pareciole ver el semblante de Dios, irritado de su apostasía, tremendo como cuando maldijo a Sodoma, negado a toda misericordia para con él. La tarde de aquel día la pasó en hondo afán y recelo: ni miró, siquiera una vez, a sus caballeros, que por celebrar su coronación rompían lanzas y exponían sus cuerpos al hierro: ni hubo medio de que, en una sola ocasión, viniera la risa a sus labios.

Acabáronse las justas, y el rey se retiró a su alcázar, y se encerró solo en un aposento. ¡Loca idea buscar la soledad en tal punto! Son pocos los hombres que pueden consultar sus penas con el silencio de la noche y la soledad: pocos, como pocas son en ellos las conciencias perfectas y los ánimos justos.

Ni una ni otro tenía, a la verdad, don Ramiro.

Estaba aquel aposento en una torre altísima, obra misteriosa de los moros, y desde las ventanas se descubrían muy bien la corriente del río y la campiña. Pues cada vez que algún lucero se reflejaba en las paredes de la torre, miraba el monje sin querer los letreros árabes, allí esculpidos, y parecíale ver en ellos el mane, thezel, phares de la Escritura: no recordaba entonces que aquellas extrañas letras las hubiese visto nunca. Movía el viento levemente los álamos de la Isuela, y parecíale al monje que eran fantasmas que salían del lecho del río y caminaban hacia las ventanas de su aposento para prenderle y conducirle a la mansión de los réprobos. Dos o tres veces puso el oído junto al muro, por ver si era la voz de Dios lo que sentía, y no era sino el agua del río que allí enfrente de la torre se quebraba en unas piedras.

Rendido de tanto luchar consigo mismo, levántase al fin, y casi instintivamente saca los hábitos de su orden que conservaba en su cámara: vísteselos y sale del aposento, y luego del alcázar.

El aire de la noche no alcanzó a templar en lo más mínimo el ardor de su frente.

Hubo instante en que pensó ponerse en camino para Tomeras, y arrodillarse en la tumba de aquel abad que había sido su maestro, pensando que ella le inspirase algún alivio; pero al ver brillar a lo lejos, sobre la cima de un monte, las luces de Mont-Aragón, recordó que el de esta casa era tenido por de los más santos del mundo, y allá caminó sin demora.

No tenemos ya que narrar lo que le ocurrió en el monasterio; ni cómo, vuelto al alcázar, entró en el aposento de su mujer, y participole como tenía resuelto separarse de ella.

Y he aquí cómo por tan largo rodeo hemos venido a dar en que don Ramiro bien sabia la causa de su extraña determinación, ya que el remedio no se le alcanzase más que a su infortunada esposa.

Porque, a la verdad, las palabras de doña Inés habían acabado de poner en desorden las ideas de don Ramiro.

Ser padre y huir del hijo: tener una corona y dársela a otro que no a él, y sellar su frente al nacer con una marca de baldón: depararle una vida oscura y pobre en lugar de otra gloriosa y feliz, son cosas que espantan al corazón más animoso, y capaces de contrarrestar los más decididos propósitos en el hombre que siente y que piensa.

Don Ramiro, cuando vino de Mont-Aragón, quería renunciar aquel mismo día la corona en cualquiera de sus competidores, y abandonando a la reina, volver a los pies del abad para obtener la absolución y pasar el resto de su vida en el claustro con mayores cilicios y penitencias que nunca. Pero al oír de doña Inés que estaba embarazada, sintió caer su espíritu, dudó, tembló, y el alba del día en que debía ejecutar sus intentos pareció sin que nada hubiera resuelto todavía.

El primer rayo de luz que penetró en su estancia lució para él no menos siniestro que luce para el reo que está en capilla aquel que le anuncia el día postrero.

Tanto luchar le fatigaba, le rendía, y, sin embargo, más amaba la lucha que la resolución, cualquiera que fuese, porque de dos que miraba como posibles, tanto temía a la una como a la otra.

Lucha del espíritu con el espíritu, del sentimiento divino con el sentimiento humano, del precepto sobrenatural con los naturales; lucha que Dios envió a Abrahán para probar su fidelidad, y que apenas cabe dentro de un alma por grande que sea: lucha que sólo comprenderán los padres y las madres que por azar recorran estas páginas, y que apenas acertarán a concebir quienes no lo sean.

El primer impulso, el impulso espontáneo, enérgico, de la voluntad, le dice siempre al padre que se sacrifique por su hijo. Pero ¿ha de sacrificarle tanto como la vida eterna? ¿Ha de preferir esta su flaqueza mundana al soberano mandato de Dios?


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo IX
Pág. 10 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De una plática sentimental que pasó entre el rey don Ramiro, de buena memoria, y la hermosa doña Inés de Poitiers


No lloréis, casada
de mi corazón,
que, pues yo soy vuestro,
lloraré por vos.


(Romancero general)


En tales angustias estaba don Ramiro cuando, de repente, se le puso ante los ojos su esposa doña Inés, pálida, descompuesta, sin otras galas que el dolor, sin más compañía que el llanto.

No podía haber llegado más a propósito.

Don Ramiro comenzaba a sentir que no bastaba su ánimo para soportar, ni bastaba su pensamiento para resolver tan grandes contrariedades como albergaba en el espíritu.

Al ver a doña Inés, que era tan infeliz o más que él, y sin culpa alguna; al contemplar doloridos sus ojos, donde tantas veces había encontrado ventura, y pálidas sus mejillas, y contristadas todas sus facciones, notó que la piedad embargaba su voluntad, y sintió arder por un momento en su alma el afecto antiguo.

Dio algunos pasos hacia ella, y, ya iba a hablarle, cuando doña Inés se antepuso diciendo:

-¿Queréis oírme, don Ramiro?

-Hablad, hablad -respondió el rey.

-No vengo -continuó, diciendo doña Inés- a reclamar el amor que ya habéis quitado de mí.

-¡Ojalá, señora, que pudiera devolvéroslo!

-No vengo a preguntaros siquiera la causa de mi desdicha, que bien sé que en nada os he faltado; y harto se me alcanza que, para dejarme, os han de sobrar pretextos que exponer y razones con que escudaros.

-Así es la verdad, doña Inés, que no me habéis faltado en nada; y es cierto también que me sobran razones para apartarme de vos.

Doña Inés parecía indignada de la fría seguridad con que el rey iba asintiendo a su discurso.

-Sé, pues, que debo resignarme a vuestra injusticia -prosiguió con algún más calor que en los principios-, y que, en adelante, nada puedo esperar de vos para mí.

-¿Injusticia decís, doña Inés? -replicó ya don Ramiro, sin más estar en su mano guardar reparo-. ¡Injusticia! Si la hubo fue en tomaros por esposa, fue en unir mi suerte con la vuestra, en compartir con vos el regio tálamo.

-Soy noble, rey don Ramiro -repuso altivamente doña Inés, que con aquellas palabras de su esposo creyó afrentada su alcurnia-; soy noble, y los de mi casa no es esta la primera vez que se sientan en tronos. Y de todas suertes, mirad si os conviene, don Ramiro, afrentar a la mujer que es todavía vuestra esposa porque ya no la améis.

-No me habéis entendido, doña Inés -dijo el rey- y es que ignoráis todavía la causa de nuestra desdicha. Jamás ha habido mujer más digna que vos de ocupar un trono, ni más capaz de hacer feliz a un esposo que no tuviese, cual yo tengo sobre mí, el anatema del cielo. El mal estuvo precisamente en que yo os amase tanto como os he amado; en que vos me correspondierais tan fielmente como me habéis correspondido; en que hayamos sido tan dichosos como hemos sido.

-Ahora sí que no os entiendo -exclamó doña Inés, asombrada.

-Bien me entenderéis a poco más que diga. Yo era monje profeso, monje benito: no había poder en el mundo bastante a romper mis votos, y los he roto, sin embargo. Nuestro matrimonio es nulo, ya os lo indiqué; nulo ante Dios y los hombres. Ni penséis que de ahora sólo lo sepa, porque ha ya mucho tiempo que lo sospechaba, sino que no quería decíroslo, por temor de que os aquejase el llanto. Ya, ya no puedo negároslo. ¿No habéis visto cuánto peligro ha corrido mi vida esta tarde? Pues ese fue aviso del Cielo, que manda que nos separemos: estamos en pecado, doña Inés, estamos en pecado, y no hay poder humano que sin él pueda reunirnos en este mundo.

Doña Inés, que era crédula por demás, como todas las mujeres de su tiempo, y que había oído hablar continuamente en su infancia de avisos del Cielo, tuvo pronto por verdadero lo que su esposo decía: calló y lloró en silencio algunos instantes.

-¿Sabéis -exclamó luego- que se me ha quitado un gran peso del alma?

-¿Por qué, doña Inés?

-Porque ya sé que vos no me aborrecéis; ya sé que no soy indigna de vos; ya sé que ninguna otra mujer me ha usurpado vuestro corazón. Ahora, si el Cielo os ha avisado de que no debéis hacer vida de esposo conmigo, separémonos y amémonos como hermanos.

-Sois una santa, doña Inés -dijo el rey con dulzura-. A mí si que, con oíros, se me ha quitado muy gran peso del alma. No hay más que separarnos ya en paz.

-Resignémonos con la voluntad de Dios.

-Resignémonos, doña Inés, que Él es quien sabe encaminar todas las cosas; y así como nos juntó, nos separa ahora para probar nuestra fidelidad.

Don Ramiro no estaba ya desesperado, sino enternecido: doña Inés parecía más tranquila, pero de sus ojos corrían aún abundantes lágrimas.

-¿Sabéis qué pienso, don Ramiro? -dijo al cabo de breves momentos doña Inés-. Eso sólo me traía, y con la conversación se me iba olvidando. Venía a deciros que ya que me dejarais a mí, cuidaseis al menos de nuestro hijo. ¿Qué hemos de hacer con él ahora? ¿Cuál de los dos habrá de guardarle y enseñarle el nombre del otro?

Aquellas palabras hirieron a don Ramiro, como hiere los ojos la luz inesperada de un relámpago.

-Es verdad, doña Inés. ¿Y nuestro hijo? ¿Qué hemos de hacer con él?

-Sus abuelos y su padre fueron reyes, y él no lo será.

-Triste suerte la suya, doña Inés.

-Acaso sea vuestra propia imagen, y, sin embargo, reducido a la condición particular, mirarase menospreciado de los otros reyes y tratado como igual por nuestros vasallos.

-Es verdad; ¡será menos preciado de los reyes! ¡Será de otros reyes vasallo!

-¿Y quién sabe si don Alonso de Castilla o don García de Navarra, o el mismo don Pedro de Atares, o cualquiera, en fin, a quien pongan ahora por rey los aragoneses, se deshará de nuestro hijo por cualquier modo? Nuestro hijo les daría harta sombra en el reino, y de esas cosas se ven, según dicen, muchas por el mundo.

-¡Oh!, tenéis razón, doña Inés -prorrumpió el rey-; parece duro que nosotros abandonemos y desheredemos a nuestro pobre hijo.

-Y ¿cómo no, si le declaráis mal nacido o bastardo, declarando nulo nuestro matrimonio?...

-Es que no le declararé tal; antes sostendré a la faz del mundo entero que fue habido en legítimo consorcio, y que mi hijo debe llevar esta corona que a mí tanto me pesa.

-¿Y el mandato de Dios, don Ramiro? Mas en verdad que el inocente infante no puede estar comprendido en su ira: si él no ha podido ofenderle, ¿cómo ha de llevar tan gran castigo? ¿Qué parte tiene él en las culpas de sus padres?

-No, no le desheredaremos, doña Inés -repitió el rey-: suceda lo que suceda, la corona de Aragón será, con efecto, para nuestro hijo.

-No diréis, pues, que es nulo nuestro matrimonio.

-No, no lo diré jamás.

-Pero si ahora dejáis el trono, ¿cómo he de saber yo sola conservárselo? ¿Cómo podré resistir a los ricoshombres y a los príncipes extranjeros? ¿Por ventura querrán ellos jurarle o reconocerle por rey?

-Es cierto: tengo que dejarle jurado y reconocido por rey. Veo ya claramente que tampoco puedo ahora dejar el trono -respondió don Ramiro suspirando.

-¿Conque es decir, que seguiremos juntos hasta que nazca nuestro hijo; y aun uno, ¡qué digo uno!, dos años más, que es la edad que al menos necesita para ser coronado?

-¡Uno, dos años! Dios se apiade de mí, doña Inés. Es demasiado sacrificio.

-Pero vos lo haréis así, porque de no, todo lo demás sería inútil. ¿Lo haréis, lo haréis, no es verdad?

-¿Decís que dos años?

-Dos.

-Repito que Dios se apiade de mí.

-Él cuidará, sin duda, de vuestra alma.

-El caso es que cuide ahora de mi cuerpo. Porque si alguna calentura le mata en estos dos años, o más de dos años todavía, que he de llevar sobre él mi pecado, se irán juntos al otro mundo mi pecado y mi alma; y sin penitencia y sin absolución, no sé si Dios querrá dejarme entrar al fin en la gloria.

-Dios favorece siempre a los buenos padres y a los que amparan a los inocentes, y vos seréis buen padre, y no puede darse en todo mayor inocencia que la de nuestro hijo.

-Cueste lo que cueste, estoy resuelto a aguardar los dos años, y ojalá que sea como vos decís, doña Inés; ojalá que Dios me deje vivir ese tiempo. Ojalá que no me mate sin penitencia.

-¡Oh! Gracias, gracias, señor -exclamó doña Inés arrodillándose delante del rey-. Mirad, no me atrevo ya a abrazaros, pero nunca me habéis parecido tan grande como ahora, nunca os he amado tanto como en este momento. Perezcamos nosotros, si es preciso; padezcamos tormentos eternos, pero salvemos a nuestro hijo de la afrenta y aun de la muerte que de otro modo le espera.

-Me hacéis temblar, doña Inés. ¿Preferiríais vos la condenación eterna, a privar del trono a nuestro hijo?

-Yo no sé lo que me digo, señor. Mas Dios, que a vos os hizo padre y a mi madre, perdonará este natural amor, y Él nos dará tiempo de hacer penitencia por todo después que hayamos logrado nuestro intento.

-Amén, doña Inés, amén. No habrá cilicio que yo no me imponga desde este momento, y el tiempo que medie desde ahora hasta el día en que veamos rey a nuestro hijo lo pasaré orando por él y por nosotros la mayor parte.

-Yo os imitaré en la penitencia y oraciones.

-Pero ¿sabéis, doña Inés, que ya no debemos hablarnos juntos si no es en público? ¿Sabéis que en adelante no hemos de ser otra cosa que hermanos, como vos misma habéis dicho?

-¿Y qué importa, si lo principal está conseguido? ¿Veis estas lágrimas, don Ramiro? Son de amor que os tengo, de amor que me abrasa las entrañas y que acabará por quitarme la vida. Pero aún soy capaz de este sacrificio, y del otro no lo era; aún soy capaz de separarme de vos, y no lo era de abandonar a nuestro hijo.

-Y yo también, doña Inés, os amo con toda mi alma. Como que no he conocido otra mujer que vos, ni en otra he puesto jamás el pensamiento. Pero, ¡ay!, advertid que tales palabras no nos son ya lícitas; habladme no más que como a un hermano.

-Está bien, señor; no sé si podré acostumbrarme, mas yo he de ensayarme en ello.

-Id con Dios -dijo don Ramiro tristemente.

Doña Inés dio algunos pasos y volvió luego la cabeza; sus ojos eran un mar de llanto y los ojos de don Ramiro denotaban el dolor más intenso.

-¿Conque me amáis? -dijo aquella.

-¡Que si os amo! -respondió este-. ¿No os he dicho que con toda mi alma?

-Es que yo no me canso de oírlo, porque es ya mi único consuelo.

-No sé, sin embargo, si puedo repetirlo muchas veces sin pecado.

-¿Aun eso me negaríais?

-Aun eso creo yo que quiere Dios que os niegue.

-Sois cruel. Mas no os quejaréis de mis importunaciones.

Dio otros pasos más, y, cerca ya de la puerta, volvió aún el rostro diciendo:

-¿Me negaréis el ósculo postrero?

-¡Ah! -exclamó don Ramiro, y se cubrió el rostro con entrambas manos.

Doña Inés no insistió entonces, y haciendo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, salió de la estancia.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo X
Pág. 11 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que sirve para dar tiempo al tiempo y ocasión a que vengan otros inauditos sucesos.


Quien espera desespera.


(Dicho vulgar)


Pasaron seis meses tranquilamente, o al menos sin alteración alguna en las cosas del reino.

El rumor de la renuncia del rey, que, como suele suceder en estas cosas, había ya comenzado a correr entre la muchedumbre, fuese lentamente apagando.

Los ricoshombres y prelados, alarmados en los principios con los recelos de Lizana y la revelación de Roldán, llegaron a creer que no se realizaría ya ninguno de los intentos del rey, y que todo seguiría como hasta entonces. Daba mayor motivo a esta creencia el ver que don Ramiro no replicaba a ninguna de sus pretensiones, antes bien dejaba en sus manos cuantos castillos y haciendas querían, y no disponía nada sin su consejo. Aun parecía que se afanase más que al principio por hacerse amar de ellos y tenerlos contentos y satisfechos.

Únicamente la reina doña Inés, en soledad de continuo, y de continuo llorosa, era sabedora del secreto y vivía con zozobra; y sentía que el pesar se le aumentaba a medida que más cerca llegaban los sucesos.

La bella hija de los condes de Poitiers había salvado los derechos de su hijo, pero no había sido sino a costa de los suyos propios.

En adelante sólo la ternura filial podía ocupar sus horas, porque de esposa no esperaba más que el nombre, y, de reina sólo le quedaba escaso tiempo y azarosa vida.

Y en tanto pesar, la desventurada doña Inés no contaba siquiera con el consuelo de depositar sus confianzas en un pecho amigo. Porque ni a su esposo le vela sino en público, ni en su corte había otra persona que le inspirase cariño sino aquella Castana, su doncella, en la cual era mayor el buen deseo que no la cordura; de suerte que no parecía prudente poner en sus manos secreto de tanta monta.

Sin embargo, con esta Castana era sólo con quien hallaba algún alivio la reina, recordando a su lado cosas pasadas, como las fiestas del día de su boda, y las aclamaciones con que fue recibida por la Corte de Aragón al llegar a la frontera, y el llanto de sus padres, al dejar tal hija en tierra extraña. Hablaron también en diversas ocasiones del azar del día de la coronación, del peligro del rey, de la destreza del almogávar; y, tan pequeño como debía de ser a los ojos de una reina cuanto se refiriese al hijo de las montañas, ello era que nunca dejaba de detener en él la plática, poniendo más de una vez colorada a Castana.

La sencillez de esta en el responder y el poco arte con que ocultaba sus sentimientos, hubieran hecho que adivinase la reina antes de mucho que ella adoraba en el almogávar. Pero con el diálogo que acertó a oír la noche infeliz del baile, no tenía ya que adivinarlo, sabiendo que no era otro que este el amante con quien la había sorprendido.

Pero imaginó que parte del cariño que Castana le profesaba sería debido al favor que había hecho al rey, y amando más que nunca a Castana, y estimando tanto como ya estimaba al almogávar, propúsose hacerlos felices, siendo ella misma su protectora y madrina en el matrimonio.

Es ley de las almas generosas gozar con las ajenas venturas; y no ha de extrañarse por lo mismo que la poderosa reina de Aragón olvidase por algunos instantes sus cuitas, pensando en que sería buena casada y muy feliz con su marido la pobre Castana.

Con todo, no consentía su dignidad que se diese por entendida del todo, y aun llegó a fingirse a las veces más ignorante de la buena fortuna del almogávar que al amor de Castana viniese a cuento. El día que más explícitamente hablaron, no pasaron sus confianzas de las que denota el siguiente diálogo:

-¿No has vuelto a saber del almogávar? -decía doña Inés.

-No, señora; no se ha vuelto a saber de él -respondió Castana, en lo cual claramente mentía.

-Habrá perecido en alguna de esas guerras que los de su gente mueven en la frontera.

Dijo esto la reina para probar el amor de Castana.

-No lo permita Dios, señora -respondió esta-; no creo yo que haya fenecido, porque no pienso que nadie sea capaz de matarle en lid, y en la montaña no se hallan traidores que fuera de ella maten al contrario.

-¿Sabes que quisiera volverle a ver para hacerle alguna merced?

-Y mucho que lo creo, señora mía, y no lo deseo yo menos que vos.

-Castana, ¿estás prendada del almogávar?

-No, señora, no; esto que siento desde que le vi debe de ser agradecimiento de mi lealtad por el servicio que prestó al rey.

Sonreíase la reina al escuchar tales palabras, que estaban tan de acuerdo con sus benévolas sospechas, y pasaba a otra cosa. Y en estos y en otros entretenimientos pasaron los días, hasta cumplir los seis meses que hemos señalado al comenzar este capítulo.

Don Ramiro, por su parte, invirtió este tiempo de un modo que a muchos pareció extraño, puesto que no llegaron a comprender, hasta más tarde, su verdadero significado.

Ya hemos hablado de la predilección que suele demostrar el cronista mozárabe, de quien tomamos este relato, por cierta iglesia de San Pedro, donde él y sus padres y abuelos, desde el tiempo de los godos, asistían diariamente a los oficios divinos, sin empecerles que estuviera la ciudad en poder de los musulmanes.

Pues esta iglesia, a la cual llamaban ya en tiempo de la conquista, que es decir muy cerca de ochocientos años antes de ahora, San Pedro el Viejo, a causa de su antigüedad remota, comenzó de pronto a aumentar y engrandecer don Ramiro.

Había en ella convento de benitos, los cuales hacían muy penitente vida, y oraban de continuo, ora al pie de aquellos altares levantados quizá de orden de los ministros cristianos de Constantino, ora junto a las cruces del estrecho cementerio, cuyas piedras, aquí y allí plantadas sobre las sepulturas, conservaban esculpidos todavía nombres romanos y godos.

Desde el día en que supo el rey que era padre, comenzó a ordenar trazas y a acopiar materiales; y luego, de allí a poco, emprendió la construcción de un claustro anejo a aquella antiquísima iglesia. Diariamente se le veía asistir a los trabajos y dirigirlos, y aun enmendar con sus propias manos los toscos dibujos de los escultores de la época, y ayudar con ellas a levantar las columnas y capiteles que habían de cerrar el claustro.

Nunca obra más sombría reflejó quizá más sombríos pensamientos.

Nadie entrará, de seguro, en aquel claustro, intacto todavía, que no sienta en su corazón algo de pavor, de recogimiento o de tristeza.

Aun pregonan aquellos muros que son obra de un monje sin otros deseos que el silencio de la soledad y el reposo de la muerte; de un penitente que, puesto en Dios el espíritu, no quería dejar para los sentidos ni luz, ni aire, ni agua, sino solamente tierra; de un hombre a quien la vida mortificaba, y a quien el pensamiento de morir se le aparecía con placer de continuo.

El claustro de San Pedro el Viejo es una tumba.

Allí fue donde, al cabo de los seis meses, recibió nuevas el rey de que la reina estaba de parto. Y por primera vez, desde el día de la coronación, animose su rostro un tanto, y una idea humana, terrenal, cruzó por su mente.

Poco después vinieron a decirle que la reina había dado a luz una criatura. Alzó los ojos al cielo, murmuró algunos rezos y ordenó que se apresurasen los trabajos en el monasterio.

A la tarde de aquel día, cuando la luz faltaba ya completamente del claustro, y no era posible seguir en ello, volvió, como de ordinario, al alcázar y entró a ver a su esposa.

-Mirad, señor, a vuestra hija -le dijo doña Inés con ternura.

-Será hermosa como vos -respondió don Ramiro.

-¡Hermosa como yo! -y la pobre mujer, no osando siquiera darle el nombre de esposo, dijo-: gracias, señor, gracias.

Don Ramiro se inclinó hacia la frente de la tierna princesa, y puso en ella los labios.

Luego, recobrando al parecer su ordinaria frialdad, dijo:

-Aragón os saludará, desde este día feliz, por madre de su reina.

-¡Día feliz! -repuso doña Inés-. Sin duda que lo es, señor: sin duda que debe serlo.

Don Ramiro comprendió que había cometido una indiscreción, pero no estaba para remediarla. A pesar de la frialdad que mostraba tener, lo cierto es que las lágrimas se agolpaban a sus ojos. La Naturaleza, siempre poderosa, vencía por algunos momentos la preocupación extraordinaria de su espíritu.

-Ponedle, doña Inés, vuestro nombre -dijo, por fin, con mal encubierta ternura.

Las mujeres saben apreciar muy exquisitamente todos los sentimientos tiernos, todas las ideas delicadas.

Y al oír aquellas palabras que le mostraban tan claramente el cariño de su esposo, no pudo la reina resistir más y prorrumpió en copioso llanto.

-No, mi nombre no quiero que lo tenga: no quiero que sea cual yo de desdichada.

-Sosegaos, señora -dijo don Ramiro-. Contad que esa agitación y sentimiento pueden seros funestos a vos y a vuestra hija.

Y como esto dijo, se salió de la estancia.

La princesa fue bautizada con gran pompa al día siguiente, y con efecto no se le puso el nombre de doña Inés. San Pedro el Viejo era la tumba elegida por el rey, y, en triste memoria de aquel lugar, le pusieron Petronila. En cuanto a don Ramiro, reservado como siempre en sus pensamientos, y, como siempre misterioso, continuó yendo todos los días a San Pedro el Viejo para estar a la mira de las obras del claustro.

Sólo se notó que desde el nacimiento de su hija cada vez aceleraba más los trabajos y se mostraba más deseoso de que se concluyesen cada día.

Todavía se ven en el claustro las parduscas columnas, ora aisladas, ora agrupadas de dos en dos y de cuatro en cuatro, que hizo levantar en aquellos días don Ramiro.

Todavía duran los capiteles donde labraron a su vista los mejores artífices de su tiempo flores desconocidas y hojas de familia indescifrable; guerreros que parecen monjes y monjes que tienen trazas de soldados; reyes, obispos, escuderos, monaguillos en concursos y procesiones que, por tal o cual atributo se conocen, no ciertamente por la expresión de los rostros o la propiedad de los vestidos.

Allí se ven aún brazos que parecen cuerpos, y cuerpos que parecen brazos; allí caras mayores que los cuerpos que las sustentan, o cuerpos gigantes con rostros de niños.

¡Absurdos respetables! ¡Errores que el entendimiento saluda hasta con entusiasmo, porque en ellos se ve comenzar a vivir al arte cristiano!

¿Quién dirá hoy cuáles fueron las indicaciones, cuáles las mejoras que el monje rey introdujo en aquellas obras? ¿Quién puede saber los nombres de los artífices que se emplearon, bajo su dirección, en trazar aquellos cuerpos y flores, y en asentar aquellas tosquísimas columnas? Pequeños detalles a los cuales daría valor y aun preciosidad el largo transcurso de los años, cayeron, como tantos otros, de hasta mayor importancia para los hombres, en la sima inmensa que siempre tiene abierta el olvido en la Historia.

Dos muy cumplidos gastó don Ramiro en la fábrica, y cuando la vio terminada, no pudo contener una exclamación de alegría:

-¡Ya nada me queda por hacer! -dijo.

Y de vuelta al alcázar, saludó a su esposa más afectuosamente que solía, y besó con más amor que nunca la frente de la infantita doña Petronila, que ya había aprendido a seguirle con los ojos y a nombrarle padre.

Mas cierto que se engañaba el buen rey, porque mucho le quedaba por hacer todavía para lograr sus intentos. Y es fortuna para nosotros; que de otra suerte, pronto habría de dar punto, por fuerza, la crónica curiosísima del mozárabe.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XI
Pág. 12 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se ve que los ricoshombres de aquella edad no eran tan sufridos como otros que andan ahora


Que no quieren tomar rey
sino al que lo merecía.


(Romancero viejo)


Ye el frutu de sos amores
coidu recién casada,
retratu del que bien quier,
prenda d’una namorada.
Míralu tienra y sospira
porque el so penar la mata;
.....................
¿Qué fará la probe Tuxa
cuando el so ñeñin s’abrasa,
y ye perdido el so lloru
y á mexoralu non basta?


(Poesía asturiana)


En un gran salón del alcázar de Huesca, adornado con primorosos artesones de madera, mirábanse reunidos cierto día como hasta quince ricoshombres, los mejores del reino.

Pedro de Luesia, el arzobispo, era uno, y otro aquel Roldán tan determinado, y Gil de Atrosillo, y Miguel de Azlor, y Sancho de Fontova, y el viejo Férriz de Lizana, y un cierto García de Peña, y otro nombrado Ramón de Foces, y otro aún, a quien apellidaban Pedro Coruel, y García de Vidaura, y Pedro de Vergues, y cinco más cuyos nombres calla la crónica.

Caballeros todos ellos, no hay que decirlo; valerosos en armas, ricos en hacienda, osados y ambiciosos a porfía, basta saber lo que eran para que se suponga.

Largo rato pasaron en sabroso entretenimiento, ora repartidos en grupos, ora en general conversación: al cabo se abrió la puerta principal del salón, y dos heraldos anunciaron en alta voz al rey.

Los ricoshombres nombrados dejaron entonces su plática, y se adelantaron a recibirle.

Don Ramiro parecía más contento que de ordinario, saludó más afectuosamente que nunca a los magnates del reino.

Sentose luego en la silla que le estaba preparada, y habló de esta manera:

-Bien sabéis, mis buenos caballeros y ricoshombres, cuán a disgusto mío fue el salir del convento y tomar mujer y entender en el gobierno del reino. La salud del Estado fue lo único que pudo moverme a dejar la vida tranquila que traía, y faltar a los votos de monje que tenía hechos. Pues mientras ha sido necesaria mi persona, he atendido a gobernaros como mejor he sabido, si no siempre con acierto, con buena voluntad en todas ocasiones. Mas ahora siento que ya no hago falta por acá, y es hora de que vuelva a la vida penitente, para la cual me juzgo harto más a propósito que para esta que he traído hace tres años. Déjoos una hija que debe sucederme en el trono, según es razón, y con ella, los años adelante seréis más felices que lo habéis sido conmigo. Sólo falta que vosotros la juréis como leales, reconociéndola por legítima señora del reino. Así os lo premie Dios, amén.

Calló el rey, y los ricoshombres se miraron unos a otros, sin poder ocultar la sorpresa que este singular discurso les causaba, y comenzaron a hablar entre sí, con poco respeto.

-¿No os decía yo que no os fiarais de su aparente calma? -dijo Lizana el primero.

-¡Ah! Mal abad de Mont-Aragón -añadió Roldán-, tú tienes la culpa de todo eso.

-Sosegaos, Roldán -repuso García de Vidaura-. ¿No oísteis decir que del dicho al hecho ha gran trecho? Todavía ha de verse esto muy despacio.

-Lo que yo pienso es -dijo el arzobispo, menos impetuoso que sus compañeros- que, lejos de ofendernos con eso, nos hace un bien muy grande. ¿Qué más podemos desear sino tener por reina a una niña de dos años? Así haremos mejor lo que convenga.

-Verdad es, padre -dijo Atrosillo-; por cogulla que sea este, no deja de mostrar sus rarezas, y más indigno es de nosotros tener por monarca a un monje, que tener a una niña de pecho.

-Lo del monje no le estorbaba -repuso acaloradamente el arzobispo-. Monjes hay...

Pero sin darle tiempo para continuar, dijo gravemente Lizana:

-¿Así os ocupáis en miserables propósitos y disputas cuando tenéis el ciervo a tiro de jabalina? Por San Jorge y Santiago, patronos de los caballeros, que no he visto mayor desatinar en mis días. Primero que nuestro interés propio, primero que nuestro gusto están la conversación y defensa de los fueros y leyes que nos legaron nuestros padres. Aunque supiese que el moro había de quemar todos mis castillos, y llevarse prisioneros a todos mis vasallos, no dejaría de oponerme a un contrafuero; y primero consentiría en que me cortasen el puño derecho, con que suelo esgrimir la espada, que no ceder un ápice de nuestros privilegios y leyes y derechos.

-Bien dice -exclamaron a un tiempo cuatro o seis de los concurrentes.

El arzobispo se encogió de hombros, pero calló; y algunos caballeros, o más dóciles o más rudos que los primeros, se contentaron con herir el suelo con las puntas de los aceros envainados, como en señal de asentimiento.

El rey, con quien tan poca cuenta tenían los preopinantes, no oyó unas cosas, de otras no entendió lo que querían decir, y, advirtiendo sólo que nadie le respondía, dijo después de algunos minutos de silencio:

-¿Nada se os ocurre, los buenos caballeros? ¿No es verdad que os causa contento mi resolución? Yo no sirvo para gobernaros.

Férriz de Lizana, como más autorizado que los otros por sus canas y largos servicios y conocimiento de reyes, tomó al fin la palabra y habló de esta manera:

-Grande espanto es, señor, lo que nos causa vuestra resolución, no sólo porque en sí ha de ser dañosa para el Estado, sino más todavía porque tal hayáis determinado sin contar con nuestro consejo. Los reyes en Aragón no tienen, señor, autoridad para tanto: que, así como así, no tienen más que aquella que nuestros antepasados delegaron en ellos en el monte Pano: y vos mismo la debéis a nuestra elección, que no a otra cosa. Dejar vos el trono será gran daño para Aragón en las presentes circunstancias; pero ¿cuánto más no ha de serlo que lo dejéis sin el arrimo y defensa de aquellas leyes que tan glorioso le hicieron ya por el mundo? De mí sé decir que no he de consentirlo.

-¡Ni yo! ¡Ni yo! -gritaron todos al propio tiempo.

Don Ramiro se estremeció al oír aquella reprobación unánime y no esperada.

-Nobles caballeros -dijo con voz menos firme que la majestad pedía en tal ocasión-: ¿Queréis obligarme a llevar la corona en la cabeza contra mi voluntad? ¿Queréis forzarme a que me falte a mí propio y falte a lo que debo a Dios y a mis votos? ¿No os basta con haberme privado por tanto tiempo de la paz de mi monasterio? ¿No os dejo ya lo que necesitabais, que era sucesión a la Corona?

-¡Pobre monje! No le aflijáis -dijo uno de los caballeros a los que más cerca tenía.

-¡Triste Cogulla! -exclamaron otros.

Férriz de Lizana volvió a tomar la palabra:

-Nosotros -dijo- no queremos forzaros a vivir en el mundo, dado que tanto os molesta; lo que deseamos es que no se deroguen las costumbres antiguas del reino, y que las Cortes aragonesas sean llamadas a juzgar en los casos graves, conforme al fuero. Y en verdad os digo, señor, que tengo por la cosa más grave y nueva y desaforada el que mujer suceda en estos reinos. Las Cortes son, señor, y no vos, las llamadas a decidir si hemos de jurar o no a doña Petronila, que no será nunca por mi voto.

-Ni por el mío, ni por el mío -dijeron los más jóvenes de la concurrencia, para los cuales era voz de oráculo la del viejo Lizana.

Los demás, subyugados también por la autoridad que daban sus experiencias y servicios a Lizana, ora opinasen como él, ora de otro modo, el hecho es que apoyaron con su silencio la negativa propuesta.

-Pero ¿quién, si no es mi hija, ha de gobernaros cuando yo me entre en mi monasterio? -preguntó cándidamente el rey.

-Eso es cabalmente lo que ha de decidir el reino junto en Cortes -dijo Lizana-, y reyes no faltarán, señor; que los que ya hallaron uno en un claustro, traza se darán para hallar otro en cualquiera parte. Si es que no mudáis de resolución, que sí pienso que mudaréis, aun tengo para mí que el Cielo ha de recompensar vuestro sacrificio dándoos un varón, a quien legítimamente podamos admitir por rey.

-¡Un varón! ¡Otro hijo! -exclamó, horrorizado, don Ramiro-. Te perdono, Lizana, porque tú ignoras lo que a mí me pasa, porque no comprendes mis votos; mis culpas... Dios haya piedad de ti, Lizana, que debes de ser gran pecador, cuando tan poca cuenta tienes con que yo lo sea.

-Dígoos que no aflijáis al pobre Cogulla, que harto trabajo tiene con ser quien es -repitió uno de los caballeros, más compasivo que los demás, a media voz.

Lizana le hizo con un imperioso gesto que callara, y dirigiéndose al rey con afectado respeto, le dijo:

-Señor: ni a vos ni al reino conviene que os retiréis de nuevo al claustro. Tal vez sugestiones de malvados os hayan traído a este punto: volved en vos, y pensad en los males que va a ocasionar vuestra conducta, que, con esto comprenderéis cuánto más ajustado sea a la doctrina de Cristo el quedaros que no el iros, y el gobernar en paz y justicia estos reinos, que no el orar al pie de los altares; pues hombres para orar hay muchos, y para ser reyes, y reyes buenos, siempre son pocos en el mundo. Vuestra hija será reina casándose con uno de los poderosos reyes vecinos; y para Aragón os dará Dios luego un varón como conviene.

Todos los circunstantes aprobaron con señas o sonrisas el discurso del artificioso viejo. Mas el rey frunció el ceño y gritó desesperado:

-¡Un hijo! ¡Un hijo! Jamás. No eres tú quien hablas, Lizana: es el demonio mismo, el demonio que ve que se le escapa ya mi alma... Vade retro, espíritu de las tinieblas: vade retro, que ya te conozco y no te aprovecharán tus artificios: así, ni más ni menos, me decías hace tres años, los tres años, ¡ay!, de continuo suplicio en que me has tenido sujeto al trono.

Los caballeros opinaron unánimemente que el rey estaba loco. La contradicción le encendía el alma, dándole una expresión mucho más exaltada y extraña que cuando comunicó su resolución a doña Inés; y esta tenía para él harto más benevolencia que los ricoshombres presentes. Y, sin embargo, doña Inés le juzgó ya por loco; ¿qué tenía, pues, de particular que por tal le tuviesen los ricoshombres?

-Pero señor -fue a replicar Lizana.

-No, no escucho nada: jurad por reina a mi hija, juradla al momento -dijo el rey brotando llamas por los ojos.

-Démosle gusto, Lizana -dijo tímidamente el arzobispo como temeroso de nueva repulsa-: su hija de dos años será un rey a pedir de boca, y, poco importan las costumbres del reino, si con tan general provecho las alteramos.

-Habláis, reverendo arzobispo -dijo Lizana-, como quien no tiene hijos que hereden su grandeza y sus derechos. Para vos todo está encerrado en vuestra persona; mas nosotros tenemos que mirar por nuestros descendientes. Y si hoy, porque nos aprovecha, alteramos el derecho de suceder, que sabiamente adoptaron nuestros padres, para estorbar que por manera de rebaño fuésemos dados en dote de una princesa heredera, a cualquier rey extranjero, perdiendo patria, poder y gloria en un punto, ¿cómo podremos restablecerlo en lo sucesivo? ¿Ni cómo habremos de exigir que se guarden los fueros del reino en otras cosas, si en esta conspiramos a que se quebranten?

Dijo esto último Lizana en voz alta, de modo que bien lo oyera el rey.

-¿Conque es decir -dijo este- que desobedeceréis claramente mis mandatos?

-Es decir -contestó Lizana-, que en obediencia de los fueros y costumbres antiguos no podemos admitir como reina a doña Petronila; y que haréis muy bien en conformaros con permanecer en el trono hasta que Dios os conceda un hijo.

La sangre de su abuelo Ramiro I, el que libró a su madrastra de la hoguera, y murió como tan bueno en Graus; la de su padre Sancho Ramírez, que pereció también atravesado por saeta mora; la de su hermano don Pedro, que conquistó a Huesca, y la de aquel otro valentísimo hermano que acababa de morir en Fraga, bullía al cabo en sus venas. Y poderosamente excitado por sus ideas religiosas que los ricoshombres contrariaban, y por el cariño de padre que desconocían, la cólera y el esfuerzo, que habían dormido en él por tanto tiempo, se despertaron en un punto.

-Necios sois y traidores -les dijo-, que no prudentes y caballeros. Me habéis traído a la perdición, ¿Y ahora os burláis de mis penas? No será por mucho tiempo: idos, que voy a disponer las cosas de modo que os arrepintáis de vuestra insolencia. No, no tendréis en mí, en adelante, al príncipe complaciente que habéis tenido hasta ahora: lobo hambriento he de ser para vosotros, supuesto que queréis que lo sea. Idos al punto de mi presencia.

Al decir estas palabras, sus ojos, por lo común apagados, brotaban fuego; su fisonomía, decaída, cobró una expresión y una fuerza espantables.

Los grandes, más bien maravillados que no acobardados por aquel arranque de ira, se dirigieron hacia la puerta sin responder palabra.

Los hombres de armas la guardaban.

-Oíd los de la mesnada -dijo Férriz de Lizana-: ¿de qué casa es vuestro pendón?

-Somos, señor -respondieron los hombres de armas-, de la casa de Azlor.

-Ea, pues, Miguel de Azlor -repuso Lizana dirigiéndose al ricohombre de tal apellido, que venía detrás de todos-, mandad a los vuestros que no dejen entrar ni salir a nadie por esta puerta sin nueva orden. A nadie, ¿entendéis? No haya excepción en ello. Y vosotros, Roldán, Gil de Atrosillo, Vidaura, corred a vuestras mesnadas, aquí y allá puestas de guardia en el alcázar, y que no dejen salir ni entrar a nadie tampoco, so pena de la vida.

-Vasallos, ¿os atrevéis a prender a vuestro rey? -gritó don Ramiro al oír aquellos extraños mandatos.

-No nos atrevemos -replicó Lizana- sino a defender nuestros fueros.

-Temed, caballeros malos, mi cólera cuando logre desasirme de vuestros lazos.

-Es que acaso no lo logréis -respondió bruscamente Roldán.

Y volviendo las espaldas, se alejaron los ricoshombres hablando o riendo siniestramente sin curarse de sus gritos y amenazas.

Oyose, aunque a distancia, claramente la voz de Lizana, que decía:

-No os burléis de sus amenazas, que ya las cumplirá él si le dejamos cumplirlas. A fe que consejo no le falta, pues ya sabéis el que le dio el mal abad de Tomeras; y bien pudiera juntar este con el que le ha dado el de Mont-Aragón de dejar el trono. Y que dejara el trono, pase, pero dejarnos a nosotros sin cabezas, eso no, pues la mía, al menos, se halla muy a gusto sobre mis hombros.

Una carcajada general de los ricoshombres respondió a estas palabras.

El rey quiso salir detrás de ellos, pero por más que hizo no pudo ya; los hombres de armas, caladas las viseras y bien empuñadas las partesanas, le cerraron el paso como si no le conociesen.

Don Ramiro se desesperó y con razón que le sobraba.

No contar con esta resistencia de los ricoshombres había sido imprevisión notable; mas el monje no lo atribuyó a eso, sino más bien a enemistad del Cielo, que quería quitarle los medios de hacer penitencia y de morir en gracia.

Su cerebro, enflaquecido con la continua meditación religiosa y lleno de preocupaciones y de misteriosas historias, parecía no conllevar ya el menor peso que echase sobre él la mala fortuna.

Dos o tres veces rogó a sus guardias que enviasen por el abad de Mont-Aragón, a fin de que al punto le absolviese, aunque hubiera de dejar abandonada la empresa de coronar a su hija; pero los fieles soldados no hicieron caso de sus ruegos.

Su imaginación comenzó entonces a representarle como posible que los ricoshombres quisieran asesinarle; y, antes que no la muerte, espantábale el perder la vida sin haber hecho penitencia. Y al propio tiempo el gran impulso de ira que excitaron en él las palabras descomedidas de los grandes se iba convirtiendo en abatimiento; la reacción fue horrible.

Así pasó el resto del día, encerrado y preso en su propio alcázar el rey de Aragón, y en el entretanto toda Huesca era rumor, toda armas, toda aprestos de guerra.

De una parte, los ricoshombres atendían a llevar adelante sus empeños; y aunque vacilando aún sobre lo que les conviniese hacer, disponíanse ya para resistir a los amigos del rey, si los tenía, y a los reyes extranjeros que por piedad o por ambición pudieran tomar parte en la contienda.

De otra, el pueblo, a quien rápidamente habían llegado, como suele acontecer, las nuevas del suceso, y no poco alteradas como siempre, más asombrado que resuelto, vagaba por acá y por allá llenando en copiosas muchedumbres calles y plazas; pero sin expresar ningún sentimiento de aprobación ni de cólera.

Y los servidores de la casa del rey, amedrentados, huían o se escondían, que suele ser costumbre de tales gentes en ocasiones como ella.

En tanto, la reina doña Inés, harto acostumbrada ya a no ver a su esposo, ignoró por muchas horas lo que ocurría.

Hallábase asomada en un ajimez del alcázar, desde donde miraba correr las aguas de la Isuela, formando cien revueltas por entre los sotos frondosos de sus orillas.

Allí procuraba divertir sus ojos con las hermosas vistas que se descubrían; mas, ¿cómo apartar de su mente tan negros pensamientos como la acosaban?

A su lado estaba Castana, con la tierna princesa en los brazos. De cuando en cuando volvía el rostro la madre y aplicaba sus labios con indecible deleite en el rostro de la hija; y aun a veces la bañaba en llanto, que luego cuidadosamente secaba con una finísima fazalella o pañuelo de aquellos que, ya por entonces, venían de Flandes.

Sonaron dos golpes discretos a la puerta de la estancia, y Castana fue a abrirla, llevando en brazos a la princesa.

Nunca lo hubiera hecho, porque en el propio tiempo que abría, saltaron sobre ella dos guerreros, y arrancándole el uno a la princesa de los brazos, se la dio al otro, diciendo:

-Ponedla en seguro -y este desapareció como un relámpago.

Castana prorrumpió en un grito lastimero y cayó contra el muro desvanecida.

Doña Inés volvió el rostro al oír aquel grito. Mirar y ver que no estaba allí su hija fue obra de un instante, y dirigiéndose a aquel de los guerreros que había permanecido en la estancia, le asió del brazo con fuerza y le dijo con voz temblorosa:

-¡Mi hija, mi hija! ¿Quién sois? ¿Adónde va mi hija?

El guerrero se alzó la visera y la reina reconoció en él a Roldán.

-¿Adónde se han llevado a mi hija, Roldán? ¿Esto os ha mandado el rey?

-Confiad, señora, en quien la tiene en sus manos -respondió el caballero.

-No, no confío en nadie. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hija? -exclamó la reina.

Y seguida de Castana, que había ya vuelto en sí del momentáneo desvanecimiento que le causara aquel acontecimiento inesperado, se precipitó por la puerta, sin saber adónde iba.

«¡Pobre mujer! -dijo para sí Roldán, que, aunque ambicioso y fiero, no carecía de la sensibilidad caballeresca de su tiempo-. Ya se lo decía yo a Lizana; pero él discurre a fuer de prudente. ¿Cómo hemos de dejar escapar tan importante presa y rehenes? Acaso la prisión del rey no sería nada sin esta. Tristes tiempos y ocasiones vamos alcanzando; no puede uno siquiera ser galante con las mujeres, que es lo primero que le enseñaron sus padres».

En estos pensamientos embebecido, se alejó por opuesto camino del que había traído la reina.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XII
Pág. 13 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De cómo Aznar Garcés era hombre que solía hallar todas las puertas abiertas


¡Ay Dios, qué buen caballero
el maestre de Calatrava!


(Romance de viejo)


La reina y Castana recorrieron diversas salas y aposentos, bajaron y subieron escaleras, cruzaron anchos corredores, sin sentir otro ruido que el que producían sus pisadas.

-¡Mi hija, mi hija! -gritaba la reina de cuando en cuando, pero en vano.

Y el caso era que no sabía si por mandado de su esposo se la habían quitado o no; si estaba o no segura de su vida misma.

Al cabo de mucho andar y revolver llegaron a una puerta donde se hallaban de guardadores dos hombres de armas. La reina, sin verlos siquiera, se lanzó a la puerta; pero los hombres de armas cruzaron delante de ella los hierros de sus partesanas, y le impidieron que entrase.

-¿Qué hacéis? -dijo doña Inés-, ¿sabéis que os oponéis al paso de la reina?

Los hombres de armas no respondieron, y tranquilamente se apoyaron sobre sus partesanas, como antes estaban.

Doña Inés comprendió que aquello podía muy bien tener relación con el rapto de su hija.

-¿Sois vosotros -tornó a decirles-, los que guardáis a la princesa? Dejadme que entre y le dé siquiera un beso: mirad, guerreros, que soy su madre.

No respondieron ellos tampoco; pero en aquel momento salió de lo interior de la sala un hondo gemido.

Doña Inés se estremeció: la voz era muy conocida de ella, y penetró en sus entrañas.

-¿Quién está ahí? -exclamó llena de horror.

Otro gemido más doloroso que el anterior volvió a escucharse.

Doña Inés, sin poderse contener más, se arrojó a la puerta; mas los soldados volvieron a cruzar las armas y uno de los hierros hirió levemente su mano derecha.

Al ver correr la sangre de su señora, Castana se abrazó con ella, gritando:

-Estáis herida, señora, herida. ¡Favor, favor, que han herido a la reina!

Oyéronse entonces unos pasos un tanto presurosos en lo interior de la estancia, y uno de los hombres de armas dijo al otro:

-Oye, Corberán: paréceme que nuestro prisionero se levanta y que viene hacia acá; bueno será que entres adentro, mientras yo guardo la puerta.

Y en esto, las sombras de la noche habían inundado completamente el espacio; los aposentos del alcázar se miraban todos en la mayor oscuridad; no se oían por ninguna parte escuderos ni servidumbre; las únicas personas que ocupaban el lugar de la escena eran aquel hombre de armas que había quedado plantado en mitad de la puerta, inmóvil y silencioso, y a poco trecho dos mujeres llorosas y aterrorizadas, que eran la reina doña Inés y Castana.

Una sola antorcha sujeta a una escarpia del muro alumbraba el sitio.

De pronto, se reflejó en el suelo una figura negra y corpulenta, que venía de la parte de las sombras, y al revolver un ángulo del corredor acababa de ser descubierta por la luz de la antorcha.

Doña Inés no pudo reprimir un ¡ay! de espanto; Castana, por el contrario, lanzó un grito de alegría.

-¿No ves, Castana? ¿No tiemblas? -dijo la reina.

-Lejos de temblar, señora mía, no quepo en mí de gozo; es el almogávar, aquel almogávar que salvó la vida a mi señor el rey el día de las fiestas.

-¿De veras? -exclamó llena de júbilo la reina-. ¡Oh! Pues que corra al punto, porque dentro de ese aposento he oído gemir a mi esposo; era él, era él, y Dios sabe si lo habrán muerto los asesinos que me han robado a mi hija.

-Confiad, señora, en su valor, que él es capaz, según yo creo, de acabar solo con todos los asesinos del mundo.

A la sazón, el almogávar caminaba por el corredor adelante, como hombre que bien conocía y que solía transitar por allí. Pero como se encontraba casi en la oscuridad, no le era dado distinguir las dos mujeres al que venía, bien que a él clarísimamente le distinguieran ellas.

Castana se le acercó silenciosamente, y tocándole en el brazo con dulzura, le dijo:

-Aznar, Aznar, ¿quieres servir de nuevo al rey en cosa en que acaso le vaya la vida?

-¿Quién eres? -respondió el almogávar-. ¿Eres, por ventura, alguna dama encantada, de esas que dicen que suelen habitar en estos palacios y castillos? ¿De qué rey me hablas? Si fuera del de Aragón, mi señor, no tienes más que disponer de toda mi sangre en su servicio; mas si es de algún rey moro, de aquellos que levantaron este alcázar, no digas más, que soy cristiano, aunque pecador, y mis abuelos fueron godos por todos cuatro costados, y, antes que no a servir, aprendí a matar reyes de esa laya. Y aun si quieres que te desencante y está en poder humano, yo lo haré de muy buena voluntad, que, puesto que seas mora, todavía ha de valerte la dulzura de tu voz y la hermosura que en ti estoy imaginando.

-Menos imaginaciones, señor almogávar, y vamos a las obras. Yo no soy mora, ni estoy encantada, ni soy otra cosa que la honrada Castana, doncella de la reina doña Inés, a quien sirvo, la cual está aquí a nuestro lado, toda llorosa, porque en aquel aposento frontero ha oído gemir muy tristemente a su esposo el rey don Ramiro, y recelaba que le haya acontecido alguna desdicha.

-¿Conque eres tú, Castana? ¿Tú a quien vengo buscando? -replicó el almogávar-. ¡Pecador de mí que no te haya conocido! Y es que tu voz está alterada: ¿será posible que le haya acontecido al rey alguna desdicha? ¿Quién osará ofenderle que no muera al punto a mis manos?

-Sálvale, almogávar, sálvale -dijo entonces la reina doña Inés, señalándole la puerta.

-Ten, ten -repuso Castana-. Hay dos hombres de armas en el aposento: cuenta con que te negarán la entrada.

-¿Qué es negar? -repuso con terrible acento el almogávar y echó mano a sus dardos. Lo distante del lugar donde esta conversación pasaba y la casi oscuridad del corredor impidieron que el atalaya advirtiese, al pronto cuántas eran las personas que hablaban; que puesto que divisase al lejos los bultos, creyó por algún tiempo que eran los que hacían las mujeres que había despedido, sin reparar en la figura del almogávar. Las últimas palabras dichas por este con fuerte acento le dieron a conocer que había allí un hombre, y a tiempo que Aznar Garcés, pues tal era, como sabemos, el nombre entero del almogávar, ponía mano a sus dardos, preguntó con voz de trueno:

-¿Quién va?

-Un escudero del rey -respondiole Aznar-, que os manda que dejéis libre esa entrada para él y estas damas que con él vienen.

-Pues volveos por otro camino, escudero -repuso el otro-, que no hay por aquí paso esta noche.

-Sí lo habrá -dijo Aznar-, aunque haya de servir de escalón tu maldito cuerpo.

Y asestando contra él uno de sus dardos, le partió el corazón, de suerte que no acertó a dar un gemido.

-¡Que no le mate! -exclamó la reina.

-Rogad a Dios por su alma -respondió Aznar. Y apartando el cadáver de la puerta, sin otra ceremonia que un puntapié, entró adelante, seguido a alguna distancia por la reina y Castana.

Halláronse primero con una antesala estrecha, y de allí pasaron a un aposento vacío, en el fondo del cual se descubría una puerta, por cuyas rendijas salían los reflejos de una luz opaca y casi perdida en aquel aposento tan ancho.

Al llegar como a la mitad de este aposento la puerta se abrió, y apareció ante ellos el otro hombre de armas, que, sin duda, volvía a reunirse con su compañero, el que quedó de atalaya. Y no hay más sino que lo logró, aunque no como él imaginaba. Porque a este ni aun le dejó preguntar quién va el almogávar, sino que desnudando la corta y ancha espada que llevaba al cinto, se fue para él, gritándole al propio tiempo con salvaje alarido:

-¡Vas a morir!

Sorprendido el contrario, apenas tuvo tiempo bastante para esperarle con la partesana.

Aznar, de un solo golpe cortó el robusto mango de roble de aquel arma, y echó a tierra la cuchilla. Dando en seguida un salto y otro alarido horrible, le asió con la siniestra mano por el cuello, y con la diestra le sepultó en el pecho la hoja de su espada.

Aquel hombre de armas cayó, como el otro, sin darle tiempo la muerte para que articulase una queja.

Al sentirse el ruido de la caída apareció en el umbral de la puerta el rey don Ramiro, trayendo en la mano una pequeña lámpara, de donde salía la escasa luz que, desde antes, se percibía.

No bien apareció, doña Inés se adelantó precipitadamente a encontrarle, y el almogávar, envainando la espada, se paró ante él con respetuosa apostura.

-¿Erais vos, don Ramiro? -dijo la reina.

-¿Erais vos, doña Inés? -dijo el rey.

-¿No os han hecho nada, esposo mío? -añadió aquella.

-Nada, si no es tenerme preso -contestó este-. ¿Paréceos poco para vasallos? Mas ¿por qué gritabais hace poco? No sé cómo habéis podido llegar hasta aquí.

-¿Cómo? -exclamó Castana-. ¿No veis quién viene con la reina? Es Aznar, Aznar, aquel valiente almogávar que os salvó en otro tiempo la vida; él ha derribado a sus pies cuantos estorbaban el paso; no lo hay más valiente en el mundo.

-¿Has muerto tú sólo a los dos guardas de esta puerta? -dijo el rey, reparando entonces en los dos cadáveres sangrientos tendidos a no muy larga distancia en el suelo.

-Perdonad, señor -contestó Aznar-, perdonadme, que en Dios y en mi ánima creí serviros con ello.

-Al contrario, Aznar amigo; ¡cómo podré pagarte lo que te debo! ¡Te has perdido por hacerme favor! Las puertas están tomadas, te cogerán aquí dentro y te matarán.

-Ya abrí yo, señor, entrada, a pesar de los mesnaderos, que Dios confunda. Venid conmigo, si queréis, al postigo que da a la puerta Desircata, y lo hallaréis de par en par, porque los dos hombres de armas que lo guardaban cayeron muertos como estos.

-¿También, Aznar?

-También, señor, quisieron vedarme la entrada y...

Parose aquí un tanto confuso el almogávar, a pesar de su impavidez natural.

-¿Podremos huir por allí? -continuó el rey sin reparar en ello.

-Sí, podréis -respondió Castana al punto-, que yendo con Aznar no ha de aconteceros desdicha alguna.

-Podreislo bien, según pienso -dijo Aznar modestamente.

-Apresurémonos, pues -repuso el rey.

-Tened, señor -dijo Aznar-. Será bueno que os arméis; yo le quitaré el casco, y cota, y espada a este malsín que es muerto, y servirán para vos, si bien os place.

-¡Armas! -exclamó el rey-. ¿Hallaremos, por ventura, quien me cierre el paso?

-¡Quién sabe! -respondió el almogávar meneando la cabeza.

-¡Oh! Pues entonces no os expongáis -dijo doña Inés-. Quedaos aquí. ¿Qué mal han de haceros vuestros vasallos?

-No se prende a un rey por lealtad ni por cortesía, doña Inés: dígoos que no sé la suerte que podrían depararme. ¿Y aun creéis que esto vaya encaminado contra mí sólo? ¿No adivináis que la causa de mi prisión es que quieren esos ricoshombres arrebatar el trono a nuestra hija?

-¡Ay de mí! -prorrumpió entonces doña Inés, dejando correr un mar de llanto-. Yo inquieta, temerosa, horrorizada, por no daros mayor pena, os he estado ocultando lo que pasa. ¡Me han quitado a nuestra hija! ¡Me la han robado! ¡La he buscado por todo el alcázar y no he podido dar con ella! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Adónde la habrán llevado? ¿Qué es lo que van a hacer con mi hija?

-¡Eso me ocultabas, doña Inés! -dijo don Ramiro al punto-. Y ¿cómo dejasteis que os la arrancaran de los brazos?

-¡Ah! De la propia suerte, señor, que vos dejasteis que os prendiesen -dijo doña Inés sollozando.

El rey notó que el rubor le quemaba las mejillas, y volvió a sentir en sus venas la excitación poderosa de dignidad y de ira que tanto maravilló a los ricoshombres, en la mañana de aquel propio día.

-Está bien, doña Inés -respondió-. Yo vengaré la afrenta mía y a la par rescataré a nuestra hija. Por su vida no temáis, que harto les importa a los grandes conservarla en rehenes. Quedaos en este alcázar hasta que yo venga, que a vos tampoco han de faltaros en cosa alguna: antes les convendrá que mostréis conformidad con vuestra suerte. Aznar, trae acá esas armas.

El almogávar le ayudó a que se las vistiese, no sin gran dificultad, porque el rey, a pesar de su buen ánimo, éranle harto molestos aquellos desusados atavíos.

No bien le vio armado, dijo el almogávar, si con gran respeto, no con menor firmeza:

-¿Vamos, señor?

-Vamos -respondió el rey-. Doña Inés, ¿no daréis a vuestro caballero alguna presea o divisa? Voy a hacer mis primeras y últimas armas: favorecedme con la protección de vuestro nombre.

Doña Inés no respondió por de pronto. Mas arrancando de su cintura una cinta blanca muy ancha y bordada de oro, la ató en el brazo de su esposo, diciéndole al propio tiempo:

-Ahí van mi color y mi mote, don Ramiro.

El rey miró las letras, primorosamente bordadas en la cinta, y leyó de esta suerte: Sin esperanza.

-¿No la tenéis de ver más a nuestra hija?

-Cruel sois, señor -repuso la reina, y se cubrió el rostro con las manos.

Don Ramiro la saludó tiernamente, y salió de la sala seguido de Aznar.

Durante esta corta conversación, el almogávar había dado señaladas muestra de impaciencia; y al verla terminada, echó a andar de prisa como para estimular el paso del rey.

Castana, que había recogido la lámpara de manos de don Ramiro, fue a alumbrarlos algún trecho, hasta que dieron con una estrecha escalera de caracol, que bajaba a uno de los patios del alcázar.

Al despedirse allí, se inclinó Castana al oído del almogávar, y le dijo:

-Si no llevas divisa ni mote, contigo sí que va mi esperanza, Aznar: cuida, que mucho confío en ella: cuida que no me la pierdas, y que te vea yo volver sano y salvo. Pero no vuelvas por Dios a querer desencantar ninguna mora, aunque por ahí vuelvas a encontrarte otra noche en un pasadizo casi a oscuras.

El almogávar fijó en ella los ojos con harta mayor dulzura que solía. Y notando el subido color con que la vergüenza bañaba sus mejillas, y la apasionada expresión de queja y cariño de sus ojos, le contestó:

-Yo cuidaré de tu esperanza, muchacha; que puesto que hasta ahora no haya estimado la vida en valor de un ardite, al verte a ti interesada por ella se me antoja que es cosa de algún precio.

No hubo tiempo para más.

Don Ramiro y el almogávar desaparecieron en la primera revuelta de la escalera, y Castana volvió al aposento donde había dejado a la reina, a la cual halló ya puesta de hinojos y orando.

La pobre muchacha, por más que amase a los reyes y se interesase por su buen servicio, no pudo menos de echar de menos la compañía de Aznar, de que, según dejó entender entre dientes, solía disfrutar todas las noches a aquella hora misma. ¿Y quién sabe lo que para su coleto diría Aznar, si como parece, venía buscando a Castana sola, cuando tropezó con los hombres de armas y doña Inés y don Ramiro, puesto que buscando amor se encontró por azar con aquellos peligros y tuvo que derramar sangre en vez de pronunciar palabras tiernas? Razón tenía el almogávar para quejarse de su fortuna; pero tal era él, y tan dado a las armas, que no parece probable que lo hiciese, no obstante.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XIII
Pág. 14 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Comienzan las pláticas y aventuras del valeroso caballero don Ramiro de Aragón y su escudero Aznar Garcés


Muerta la lumbre solar
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo el olivar...
Llevan, porque se presuma
quién de los dos vale más,
castor con cinta el de atrás,
y el de delante con pluma.


(El capitán Montoya, cuento nuevo)


Al pisar el patio del alcázar el fugitivo rey y su compañero, tropezaron con una mesnada que vería haciendo la ronda.

-¿Vamos a ellos, Aznar? -dijo don Ramiro.

-No por cierto -respondió el almogávar- si podemos engañarlos. Reservémonos las fuerzas para más adelante, que si Dios no lo remedia, no han de estarnos de sobra las que tengamos.

-¿Quién va? -preguntaron los de la ronda.

-Mesnada es de Férriz de Lizana -respondió Aznar.

Y sin mas pasaron unos y otros adelante.

-Mucho sabes, Aznar -dijo el rey-. ¿Quién te ha enseñado que con ese nombre nos dejarían libres?

-¿Quiénes habían de ser -replicó el almogávar- los desleales que os pusieron prisionero, sino vuestros ricoshombres? ¿Ni qué otro había de ser cabeza de tal rebelión si no era Férriz de Lizana?

En esto llegaron al postigo que buscaban, y lo hallaron abierto, sin otra guarda que los cadáveres de los dos hombres de armas que allí mató Aznar.

-¿Sabes, Aznar -dijo el rey, santiguándose-, que tienes cosas muy extrañas? ¿Por qué se te ocurrió forzar este puesto y entrar en el alcázar?

Aquí el almogávar se halló por segunda vez embarazado, sin acertar a dar respuesta. Al cabo, como si no hubiese atendido a lo principal de la pregunta, respondió de esta manera:

-Llegué al postigo, sin saber que esos pobres diablos lo guardaban, y díjeles como tenía licencia y autoridad de vos para entrar en el alcázar cuando se me antojase. Oír esto y soltar la carcajada los muy perros, fue todo uno: «Váyase el mendigo», exclamaba este. «No hay moneda que darle», decía el otro. «¿Quieres una mala capa con que arroparte?», preguntó el primero; y el segundo me ofreció burlescamente un jubón hecho jirones, que halló entre las inmundicias de la calle. «Sois nuevos en armas -les dije-; sin duda no habéis visto almogávares, ni hasta aquí supisteis de ellos; mas yo os daré lección tal que otra no necesitéis en la vida». Y diciendo y haciendo, puse mano a mis armas, y San Jorge me ayudó y di con entrambos en tierra. Pero ya estamos fuera de la puerta, señor; apretemos el paso, porque temo que nos persigan. Aquella ronda que encontramos en el patio del alcázar se encaminaba, por lo que vi, a los aposentos que acabábamos de dejar; y no bien noten nuestra falta, enviarán caballos ligeros a que sigan nuestras huellas.

No dejó de ocurrírsele alguna observación a don Ramiro sobre el tal relato; pero las últimas palabras del almogávar le hicieron olvidarla, fijándose sólo en lo que más a la sazón le importaba. Y por largo rato ni don Ramiro ni el almogávar hablaron palabra.

El rey fue quien primero rompió el silencio, diciendo:

-¿Adónde me guías, Aznar?

-A la montaña, señor, adonde hallemos seguro por lo pronto; que luego será tiempo de pensar en otra cosa.

-Es que yo quisiera reunir vasallos y armas con que contrarrestar a esos empedernidos ricoshombres.

-Ni unos ni otros han de faltaros, que así aquellos montes como los vecinos de Cataluña andan poblados de almogávares, que es gente entre la cual no distinguiríais un hombre de otro, más que uno de otro negro africano, de los que alguna vez traen los moros. Por allí hay hartas fragosidades donde escondernos, y amigos que nos ayuden; pero lo primero es salir de este llano maldecido donde los caballos pueden atropellarnos a mansalva, y llegar a tierra de espinos y guijarros. Luego de monte en monte iremos hasta donde convenga.

-¿De qué gente hablas? -dijo el rey-. Mira, Aznar, que yo no me fío de nadie.

-Fiaros debéis de estos que digo, que no son los ricoshombres y caballeros que os desacatan, sino de los leales montañeses que guardan la frontera.

-Paréceme, Aznar, que tú andas descontento de mis ricoshombres, y que no es de ahora el rencor que les muestras.

-Confiésoos, señor, que no gusto de verlos hartos de oro y poseedores de ricos castillos, y soberbios y lujosos, mientras yo duermo sobre las piedras, y me alimento con la carne de las fieras que mato, y la hierba que cojo con mis propias manos.

-Eso es murmurar de Dios, Aznar: no todos han de ser grandes en la tierra.

-Ni todos reyes, señor: nosotros los hijos de la montaña no queremos sino que uno sólo nos mande, ni más que a uno sólo respetamos como vasallos. Sea este rico, sea este honrado, sea este poseedor de joyas y castillos, y todos los demás obedezcan y repartan entre sí los bienes de este mundo, que es lo que quiso nuestro Redentor.

-No pensaba yo que tan buen discurso tuvieses, Aznar. Sabes demasiado para tus años y para la vida que traes. Paréceme al oírte que estoy oyendo a mi difunto padre, al abad, digo, de San Pons de Tomeras, que es a quien yo tenía por tal hasta que Dios se lo llevó para sí. Y en verdad -añadió suspirando- que si yo hubiera seguido sus consejos, no me vería en el trance que me veo.

-No sé qué consejos serían los del santo abad; pero de mí sé decir que me habría parecido más espléndida la Misleida el día de vuestra coronación y jura, a hallar debajo de sus bóvedas algunas cabezas menos y algunas sepulturas más, con sus mármoles y letreros de oro.

-Siempre sangre, sangre; yo no sé, yo no quiero derramarla jamás.

-Pues ya sabéis que dice el adagio que «la letra con sangre entra», y...

-¿También sabes de adagios, Aznar?

-Los de esta especie, señor, se aprenden muy pronto en la montaña; y eso que no hay por allá más letras que la de los misales de las ermitas y monasterios.

-¿Y aprendéis también por allá los nombres de los ricoshombres rebeldes? Porque antes te oí señalar como tal a Férriz de Lizana.

-Los nombres, no; pero aprendemos a conocerlos; así es que no bien miré el rostro a ese viejo Lizana, se me vino en mientes que lo era.

En tales pláticas iban pasando el tiempo y andando leguas; el almogávar, con la facilidad de quien eso hacía por costumbre; don Ramiro, con la dificultad de quien jamás había caminado a pie por largo espacio, ni había llevado a cuestas peso tan grave como el de una armadura de hierro.

Al cabo de tres horas de camino, el rey se sintió completamente rendido y se sentó sobre una piedra.

-La noche está oscura -dijo- y aún faltan muchas horas para el alba; bien podemos descansar un poco, Aznar.

-No lo permita Dios, señor; antes haced un esfuerzo y salvémonos en la cercana montaña.

-No, no puedo dar un paso; primero consentiré que me cojan los rebeldes.

-Ea, pues, cargaros he sobre mis espaldas. Subid, y os llevaré como pueda hasta allá.

-Eso no, mi fiel Aznar; sería inútil huir de tal suerte. Nos alcanzarían al punto, y, tan rendidos, que ni siquiera podríamos defendernos.

-Es verdad, señor; ¿pero qué hemos de hacer? Pararnos aquí es imposible sin correr gravísimo riesgo.

En aquel momento se oyó, no lejos de allí, el ladrido de un perro y el canto de un gallo.

Aznar se dio una palmada en la frente, como si alguna idea feliz se le ocurriera, y dijo al rey:

-Esperadme aquí un instante, yo os traeré caballo donde podáis ir a vuestro placer.

-¡Oh, no, Aznar! -respondió el rey-. Mira que yo no me atrevo ya a montar a caballo; no he montado desde el día en que nos conocimos. No pienso montar más en mi vida.

-Voto va Dios.

-¡Aznar!...

-Perdonad que jure, señor; perdonadme, que así me criaron en la montaña, y mi lengua no acierta a contenerse como mi brazo no sabrá jamás abandonaros.

-Te perdono, te perdono; mas no hay que hablar de lo del caballo, Aznar. Tú no sabes tampoco lo que me sucede: tú no sabes tampoco lo que pesa sobre mí.

Y al decir esto, el semblante del rey parecía inmutado; miraba al cielo y a Aznar, y temblaba.

El almogávar anduvo suspenso por algunos instantes, sin saber qué partido tomar ni qué hacer en tan extraño caso.

-Señor -dijo luego al rey-, ¿queréis que a vos os prendan de nuevo los ricoshombres y a mí me maten sin remedio en castigo de la fidelidad que os he guardado? Y no hablemos de mi vida, porque vos no debéis tenerla en más que yo la tengo, que en harto poco es; pero de vos, señor, de vuestra prisión, ¿cómo hemos de hablar con paciencia? ¡Ah! Yo recuerdo bien que prometisteis a la reina, mi señora, vengar vuestras afrentas y aun rescatar a la princesa vuestra hija.

No obstante su fiereza, el almogávar se mostraba entonces un tanto vencido al dolor; y este sentimiento que se traslucía en sus palabras hacíase mayor y más elocuente al contemplar la poderosa expresión de su semblante y la enérgica resolución que asomaba a sus ojos.

-¡Aznar! -exclamó el rey-, tus palabras me penetran en el corazón, porque yo deseo rescatar a mi hija y deseo salvar tu vida. Mas no puede ser de esta suerte que me dices. Oye -añadió bajando la voz y acercándose al almogávar, como si otro que él pudiera oírlo, en medio del campo anchuroso donde se hallaban-, oye, Aznar, sábete que fue permitido del Cielo que el caballo mío se desbocase aquel día. Yo tengo pecados, muy grandes pecados que purgar en el otro mundo, y si ahora mismo vivo no es sino por misericordia sobrada de Dios. No me hagas tentar de nuevo esa misericordia: vete, vete tú de mi lado y sálvate y abandóname.

-Jamás, señor -respondió Aznar-; ¡qué poco conocéis a los almogávares! Ni a sol ni a sombra, ni de noche ni de día, ni en poblado ni en despoblado, habré de separarme de vos mientras estéis en desdicha. Yo moriré a vuestro lado, y vos volveréis a Huesca a ser en vuestro alcázar prisionero de los ricoshombres, y vuestra hija quedará en sus manos; no hay ya otro remedio, según veo.

Por largo rato hubo en ambos silencio; y era que ambos padecían a un tiempo. Don Ramiro, porque luchaba con tan contrarios intentos; Aznar, porque miraba perdidos en un punto todos los afanes empleados en salvar a su señor.

-¡Cómo avanza la noche! -dijo al cabo el almogávar. mirando a las estrellas-. Antes de mucho vendrán los rayos del sol a señalarnos a nuestros perseguidores: pocas horas le quedan al rey de ser libre.

Al oír esto, levantose repentinamente don Ramiro, y dijo con voz resuelta:

-¡Marchemos!

-¡Marchemos! -respondió el almogávar con júbilo.

Y así caminaron otra vez por algún tiempo.

Aznar había aliviado al rey de todo el peso de armas que podía: sólo llevaba este aún sobre sí la cota y las grevas, que no eran para vestidas de prisa en cualquier ocasión que se ofreciese. Mas con todo eso no pudo continuar andando mucho tiempo.

Al llegar a unos matorrales muy espesos que ya se extendían por la izquierda del camino hasta la montaña, don Ramiro se arrojó al suelo gritando:

-He hecho cuanto en mí estaba; no daré un paso más; no puedo darlo; me falta la respiración en el pecho, y los pies se me han destrozado en las peñas.

-Todavía estamos en peligro -murmuró Aznar.

-Quiere decir que el Cielo tiene determinado que no salgamos adelante con nuestros intentos -contestó el rey con evangélica resignación.

-Pero, señor -replicó Aznar desesperado-, ¿cómo habéis de conocer la voluntad de Dios si vos no ponéis toda la vuestra en conocerla? Dejad que yo os busque un caballo; montad en él y corramos, que yo sé que Dios ampara siempre las buenas causas, y es buena la nuestra.

-¿Y si se me desboca de nuevo, Aznar? ¿Y si perezco ahora? Considera que estoy aún en pecado; que puedo morir impenitente.

-Si el caballo se desboca, para eso está aquí el mismo dardo que otra vez lo paró en su carrera, y lo parará cien veces que sea necesario -respondió el almogávar con seguro acento-, y en cuanto a lo de morir ahora, ¿de qué otra suerte lo habéis de temer más, que cayendo en manos de los ricoshombres? Ya que han visto que sabéis escaparos, os guardarán con más cuidado que nunca; y no es de pensar que ignoren que la más segura prisión es el hoyo que abre el sepulturero en la tierra.

-¿Y crees tú, Aznar, que a tanto se atreverían mis vasallos? -exclamó el rey, cruzando entrambas manos sobre el pecho y alzando al cielo los ojos.

-Tengo buena memoria, señor, y recuerdo que no ha mucho le decíais a mi reina: «No se prende a los reyes ni por lealtad ni por cortesía». Y teníais razón, por mi vida; que quien tal hace, dispuesto está a todo, y no habrá cosa que, por impía o por extrema, le espante.

-¡Infames! -dijo el rey con rabia.

-Infames son, señor; mas si venís a sus manos, aún no han de faltarles medios para ocultar que lo sean tanto. Ya veis; cualquiera se mata de una caída, o perece en las garras de una fiera, o expira a manos de malhechores desconocidos. Y nada tendría de extraño que a vos los ricoshombres no os encontrasen sino muerto; y que, muerto, os llevasen a Huesca, donde llorarían mucho vuestra desdicha, y os harían pomposas exequias, al propio tiempo que se proclamaban señores del reino.

-¡Oh, Aznar! Razón tienes sobrada en lo que dices. Es fuerza huir, huir a toda costa de esos maldecidos ricoshombres. ¡Que no fuera yo tan ligero y tan fuerte como tú!

-Por eso para vos traeré yo un caballo donde bien caminéis; en todos estos contornos hay lugares muy poblados y muy ricos, donde habrá sobra de ellos que traer a vuestro servicio. ¿Oís? Hacia allá se sienten otros ladridos y cantar de gallos; voy al punto a poner por obra mi intento.

-Pero, Aznar -dijo el rey-, ¿cómo has de poder traer contigo un caballo? Los que haya, bien guardados estarán de sus dueños.

-Mal ha de estar con su vida quien estorbe mi intento -respondió el almogávar-; quedaos ahí escondido en ese matorral, que no tardaréis en verme llegar sano y salvo trayendo la presa conmigo.

Y sin decir más, echó a andar a largos pasos.

-¡Aznar! ¡Aznar! -gritó aún el rey-. Mira que es pecado tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño...

Pero el almogávar no le oía ya. Todo se le iba en caminar y decir para sí:

«¡Loado sea Dos, que me ha dejado convencerle! ¡Qué tímido que es este rey! Pero así nos lo dio Dios, y así es preciso tomarlo. Cuanto y más que lo que a él le falte de resolución tiénenlo de sobra algunos de sus vasallos; y de todas suertes siempre es más digno de favor y ayuda un rey, que no esos orgullosos ricoshombres que tanto mal nos hacen a todos y tanto les han hecho en particular a los míos».

Así, por lo que se ve, pensaba ya alguna gente común en el siglo remoto en que aconteció esta historia.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XIV
Pág. 15 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que es, si no de los más largos, de los más singulares de esta historia


No temían la braveza del mar
ni las dificultades de la tierra.


(Crónica de Corbera)


Aznar, separándose del sendero que llevaban, echó por unas hazas recién sembradas que hacia la parte de la derecha se velan, y anduvo por ellas largo trecho.

De cuando en cuando sonaban voces indefinibles, unas veces más lejos, otras más cerca, según soplaba el viento en el campo. Pasaron algunos momentos de incertidumbre, durante los cuales el almogávar apuró cuantos recursos podía ofrecerle su ejercitado instinto, y la sagacidad admirable de los de su laya para conocer de qué parte venían tales voces y ruidos, que anunciaban población cercana.

No bien lo hubo averiguado, echó a andar precipitadamente, y, al cabo de medio cuarto de hora, o poco más, llegó delante de una pequeña aldea asentada sobre una colina, a orillas de un arroyo de poco caudal, que, con el silencio de la noche, claramente se oía zumbar entre las peñas.

Las bocacalles estaban cerradas con toscas empalizadas y zanjas, y, detrás de tales defensas oíanse pasos como de gente que las guardase; que en los tiempos que corrían, ni el más miserable lugar estaba libre de algaradas o rebatos, dado que si no los fraguaban moros, poco lejanos todavía, siempre había ricohombre codicioso o pueblo rival que en ellos pusiese mano.

Aznar andaba tan calladamente, que no fue sentido de los atalayas del lugar.

Y notando que entrar por las calles no era posible, dio dos vueltas en derredor, a ver si parecía más hacedero asaltar alguna casa principal.

Eran las tapias de enormes piedras del vecino arroyo, unidas con argamasa de tierra, y de la cresta colgaban espinosas bardas. Aznar no se arredró, sin embargo.

Llegose a una de gran apariencia para aquel tiempo y lugar, y de las que más lejos caían de las bocacalles donde estaban los guardas, y se encaramó en las tapias sin gran dificultad, a lo que pudo observarse.

Al llegar a la cresta desató de su cintura la ancha piel de toro que traía por abrigo, plantola sobre las bardas, y apoyando en ellas las manos saltó al otro lado. La caída hubiera sido mortal para otro que el almogávar. Mas este se levantó sin el menor daño, y atentamente se puso a mirar por el patio, plantado de maíz y árboles frutales.

Al fijarlos ojos en un punto, se escapó de su pecho una exclamación de alegría: era que a la parte frontera de aquella por donde había entrado descubría una puerta lóbrega sobre todo encarecimiento, pero sin postigo ni otra cosa que la cerrase.

Entró entonces por ella y se halló en medio de un espacioso establo: los bueyes continuaron comiendo su paja de centeno, con su ordinaria gravedad, y saboreándola tranquilamente. El almogávar no deseó más sino que en todos los habitantes de la casa hubiera igual reposo y mansedumbre.

Pero, antes de mucho, los descompuestos ladridos de un perro vinieron a mostrarle que no era para cumplido su deseo. El perro se acercaba, y Aznar temía lo largo de la lucha por el ruido, y porque daría lugar a que despertase la gente de la casa.

Recordando entonces una treta muy usada en sus montañas contra los lobos hambrientos, salió al patio, cortó una rama de fresno, y en un instante la afiló muy bien por los extremos.

Apenas había acabado de hacerlo todavía, cuando el perro, que era un mastín enorme y defendido con collar y puntas de hierro, se abalanzó a él. Aznar le aguardó puesto de rodillas, cogido por la mitad el palo de fresno con la mano izquierda, y con la derecha levantada la cuchilla. Luego, al verlo ya encima, introdújole entre las quijadas el puño siniestro: quiso morderle el animal, y las dos puntas de fresno se le clavaron por arriba y por abajo a un tiempo, no dejándole más cerrar la boca.

Al punto que así lo tuvo sujeto, el almogávar le descargó una cuchillada en la cabeza, tan sobre seguro, que el fiel can cayó muerto a sus plantas sin exhalar un aullido.

No había tiempo que perder, porque de un momento a otro la gente de la casa podía despertarse.

Aznar no había encontrado aún lo que buscaba; pero estaba seguro de que, en casa como aquella, no podían faltar caballos de guerra, puesto que ningún rico de la época dejaba de tenerlos.

Salió del establo y vagó algunos momentos por grandes cuadras de ganado y habitaciones desamparadas, hasta que al fin topó con dos soberbios caballos, puestos a un pesebre muy bien abastecido, según lo que sonaba el crujir de dientes, con que se regalaban en él aquellos animales dichosos.

Aznar, lleno de regocijo, desató el uno; mas entonces recordó que no tenía por dónde salir con él.

A aquel hombre singular le bastaba saber dónde estaba su objeto: el modo de lograrlo dejábalo siempre a la fortuna y a su propio esfuerzo y destreza.

Otro que él no habría pensado en buscar caballo, solo y a tales horas, para don Ramiro. Pero a pensarlo, hallándose en una población tan grande y con las entradas fortalecidas, habría al fin abandonado su intento sin osar asaltar las tapias. Y si por acaso hubiese llegado a este punto, lo que es con el medio de rematar su obra no habría acertado jamás.

Pero los almogávares no se parecían a los demás hombres, y Aznar era el más determinado de todos.

Pocos momentos le bastaron para imaginar cómo había de salir de tal aprieto.

La cuadra se comunicaba con el interior de la casa por una gran puerta, cuyas maderas estaban harto quebrantadas del tiempo, y mal clavadas y unidas.

Aznar levantó con la espada uno de los tablones sin gran esfuerzo. Metió en seguida la mano por la gran abertura que quedó, y pudo así descorrer la barra de hierro que aseguraba por dentro la puerta.

Con esto no halló más obstáculo para entrar en el ancho zaguán de la casa. No se sentía aún allí el menor ruido: solamente los canes de la vecindad multiplicaban de una manera sus ladridos, que bien daban a entender que algo inusitado pasaba por allí junto.

Aznar, seguro ya del logro de su empresa, se encaminó a la puerta que daba a la calle, y la abrió de par en par: volvió a la cuadra, ensilló el caballo en un santiamén, y montándose en él de un salto, salió a escape.

No había perdido de vista todavía la casa cuando sintió por todos los contornos abrirse y cerrarse postigos, y preguntarse unos a otros los vecinos qué novedad era aquella, de que en tales horas corriera tan desesperadamente un caballo por el lugar.

Poco después oyó ya detrás de sí los gritos de «¡Alarma, al ladrón, al ladrón!», los cuales partían sin duda de la casa de donde había sacado el caballo.

Aznar preparó sus dardos, y apretó más los ijares al animal, que en tan corta carrera echaba blancos espumarajos por la boca.

De pronto, al revolver un esquinazo, hallose en cierta plazoleta que caía ya fuera del lugar: solo que estaba cerrada con empalizadas y zanjas como todas las otras salidas.

Tendió entonces la vista, y divisó a un hombre que allí hacía la atalaya, el cual se adelantaba hacia él como para reconocerle.

No había otro medio de escapar que combatir, y el almogávar no quiso dilatarlo. Luego que se halló a proporcionada distancia, disparó contra él uno de sus dardos, mas no acertó el golpe.

-Voto va, mal dardo -exclamó Aznar-, que es la primera vez que me falláis, y que en peor ocasión no pudisteis hacerlo.

Sacó el otro dardo, lo disparó, y aquella vez tuvo más fortuna: el atalaya cayó muerto a sus pies.

Entonces salvó zanjas y empalizadas de un salto, y, así como se contó por libre, partió a toda rienda hacia el punto donde le esperaba don Ramiro.

Mas tuvo que pasar por delante de algunas de las tapias del pueblo; y los vecinos ya dispuestos, y aquí y allá apostados, dispararon contra él un diluvio de flechas y piedras.

Aznar temió que le matasen el caballo y que fuesen perdidos sus esfuerzos; pero no podía por menos de pasar al lado de las tapias, porque al frente de ellas estaba casi tajada la colina, y más allá muy quebrado el terreno, de suerte que el salto podía estropear al bruto, que parecía generoso y fuerte.

Alguna vez, al oír zumbar la piedra, poderosamente disparada, de honda enemiga, miró al caballo y exhaló un grito de ira; y al sentir por junto a su cabeza los silbidos de las flechas y ballestas, agradeció más a Dios que su propia salvación la salvación de aquel bruto, que era la única esperanza del rey.

Mas ello fue por obra de un momento. El caballo corría desesperadamente, el jinete lo aguijaba más y más, y antes de mucho pudieron, lejos de las tapias del lugar, y fuera del alcance de los irritados burgueses, correr sin obstáculo por el llano.

Y ahora advertimos que, por seguir al almogávar en su audaz intento y aventura, nos hemos olvidado del rey, que, como primero en autoridad, merece, sin alguna duda, prioridad y preferencia sobre todos los personajes de esta crónica.

Pero aunque se tache de importuno esto de citar y citar al autor primitivo de la historia, fuerza es decir que a él, antes que a otro, corresponde la falta, puesto que así dejó colocadas las cosas en su manuscrito. Y es que al buen mozárabe, aunque leal, le divertían más el ánimo los hechos de Aznar que los hechos de don Ramiro, con ser este rey y aquel vasallo: achaque, en verdad, de algunos otros que han tenido ocasión de saber los varios y casi increíbles sucesos de esta historia.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XV
Pág. 16 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De un miedo muy grande con que probó Dios a cierto caballero, y cómo este se dispuso a recobrar su honra con grandes hazañas


... Et Deus recessit a me
et exaudire me noluit.


(Saúl)


Las riendas tomad, señor,
con aquesta mano misma
con que asides el escudo,
y ferid en la morisma.
El Rey, como sabe poco,
luego allí les respondía:
-Con esa tengo el escudo,
tenellas yo no podría,
ponédmelas en la boca
que sin embarazo iba.


(Romance viejo)


Don Ramiro quedó solo al desaparecer Aznar: solo en el ancho y silencioso campo.

La noche no era oscura, pero los matorrales, que vestían uno de los lados del camino, hacían que lo pareciese, dando de sí una sombra densa y fatídica.

Por algunos momentos se mantuvo aún don Ramiro en medio del camino. Luego se dirigió pausadamente hacia el matorral, y se sentó en lo más áspero de él, al pie de unos enebros de agrias y verdes hojas, en sitio desde donde bien podía distinguir la vuelta del almogávar.

Las sombras le envolvían allí de suerte que no veía nada en derredor suyo. Sólo al lejos alcanzaba su vista, allí donde el matorral no extendía ya sus apretados troncos y enmarañado ramaje, donde la luna, que andaba embozada y esquiva, y las lejanas estrellas podían derramar libremente su luz pálida.

Cualquier hombre tranquilo, despreocupado, se habría conmovido en aquel lugar: cualquiera habría dado entrada en su ánimo a pensamientos melancólicos. Don Ramiro no tuvo que darles entrada, porque ya los tenía dentro de sí: no hizo más que fijarse en ellos.

¡Oh! ¡La muerte, la muerte! Este fue el primer pensamiento que ocupó su atención. Aquel hombre no se ocupaba tanto en otra cosa ninguna. Quien quiera convencerle de algo, ha de conminarle con la muerte de no hacerlo; quien quiera mantenerle en un propósito, sólo con la idea de no morir le mantendrá; quien quiera enternecerle, háblele de la muerte; quien quiera darle contento, haga, si es posible, porque no recuerde la muerte jamás.

Y sin embargo, aquel hombre corría acaso a levantar la guerra y a provocar mortíferos combates. Aquel hombre había alzado el claustro de San Pedro el Viejo, donde existe, como en su propio lugar y aposento, la idea de morir, donde se desvanece, sin querer, la idea de la vida; había edificado tranquilamente su sepulcro.

No ha de decirse por eso que don Ramiro fuese un hombre extraordinario en el bien o en el mal, en esta o en aquella calidad de espíritu. Lejos de eso, lo que principalmente le distinguió en la vida fue su vulgaridad misma, fue el parecerse al común de los hombres.

Tales contradicciones y luchas viven siempre en el alma humana, refrenadas por la voluntad poderosa, o libres y sueltas a su albedrío.

La duda en la voluntad trae al punto la contradicción en las obras. Y que don Ramiro dudaba, ¿quién ha de ignorarlo que haya seguido los pasos de la presente historia? Quería salvar su alma y salvar a su hija: atormentábale el haber pecado tanto contra sus votos y también el no haber hecho ya penitencia; y en el punto mismo en que habría dado la vida por rescatar a su hija y vengarse de los ricoshombres, consideraba que no podía darla, por nadie ni por nada, puesto que se cifraba en vivir la salvación de su alma.

En este estado del espíritu, son los sentidos absolutos señores del hombre. Porque como a la voluntad le falta norte y enmudece y se para, queda a ellos abandonado el pensamiento; y según las impresiones externas que le comunican, se inclina él de acá o de allá, ora al recelo, ora a la esperanza, ya a la desesperación, ya a la alegría.

Así es que, al verse en aquel matorral don Ramiro, ¿quién había de señorear sus pensamientos, sino la sombra espesa que cegaba sus ojos y los vagos murmullos que quebrantaban sus oídos? ¿Quién sino las inocentes matas que, viciosas, crecieron en aquel paraje, sin sospechar que rey fugitivo, no monje en pecado, ni padre amoroso, ni esposo ausente viniera a buscar albergue debajo de ellas? ¿Quién sino la turba de reptiles desconocidos que nacen para vivir un día arrastrándose por los troncos de los árboles, o removiendo, al correr por el suelo, las hojas secas?

En la duda que pesaba sobre don Ramiro, tocante a sus deberes, en aquella contradicción perpetua que le hacía amar y despreciar la vida, temer y buscar la muerte, su pensamiento quedó entregado a las tinieblas y a los ruidos de la noche, a las matas y a los reptiles, los cuales dieron la victoria al horror; y, fuerza es decirlo, el buen campeón se sintió aquejado del miedo.

Que cuesta pena creerlo cuando todos sabemos quiénes fueron sus padres: hombres de hierro que así morían como vivían mordiendo polvo y apellidando guerra. Pero a bien que de ninguno de ellos se cuenta que llevara sobre sí la duda y el remordimiento que don Ramiro; y a bien que ninguno de ellos fue criado, como este, entre salmodias y cilicios, en un monasterio humilde de benitos. ¡Cuántos latidos le costó al corazón de don Ramiro cada mecida de las ramas que aquí y allá empujaba el viento; cada silbo, cada paso, cada voz de los insectos que bullían en la espesura!

Dos o tres veces se levantó para huir; pero ¿adónde iba? Tuvo que desistir de su propósito. Temió que le hubiese abandonado Aznar y que ya no volviera; temió que todo lo pasado fuese trama de los ricoshombres para traerle allí y matarle más a su placer; temió hasta que el rayo del cielo viniera a herirle entre la maleza, o que pudieran devorarle los insectos, ministros viles de la cólera de Dios.

Hubo vez en que sintió claramente el galopar de muchos caballos; luego los vio cruzar por el camino con sus propios ojos, y rezó y tembló, y en su ánimo experimentó ya todo el arrepentimiento de la última hora y todos los tormentos del suplicio.

Pero los caballos siguieron adelante, y don Ramiro volvió a quedarse a solas con su miedo.

Y así pasó muy cerca de una hora; hora durante la cual vio don Ramiro la imagen de la muerte debajo de todas las formas posibles, y agotó todas las oraciones y toda la contrición de su espíritu.

Al cabo oyó el ruido de un solo caballo que a la carrera se acercaba, y, un momento después apareció Aznar en el camino; echó pie a tierra y miró por todas partes, por ver si hallaba a don Ramiro.

Mas este apenas acertaba a dar crédito a sus ojos, y permanecía en el suelo tendido, debajo del tronco añejo que, mudo, había presenciado sus penas.

-Señor, señor -gritó Aznar.

Don Ramiro no contestó.

-Señor, señor -volvió a gritar el almogávar, un poco inquieto ya. Hubo el mismo silencio.

Pero el almogávar tenía vista de lince e instinto de perro sabueso, y no tardó en hallarle aun en medio de tanta oscuridad.

-¿Qué es eso, señor? -le dijo-. ¿Qué? ¿No queréis responder a vuestro fiel Aznar? Si he tardado algo, ved que no fue mía la culpa, sino de esos perros lugareños que tienen harto guardada su hacienda.

Don Ramiro rompió al fin el silencio:

-¿Eres tú, Aznar? -preguntó con voz tímida.

-El mismo soy, señor; levantaos y dejad el enojo, que en Dios y en mi ánima que no pude remediarlo.

Alzose penosamente el rey, y al verse junto al almogávar, se halló otro hombre; desaparecieron de repente los fantasmas que le acosaban, y se sintió fuerte, audaz.

-¡Ah! -dijo al ver el caballo-. ¿Cómo has podido traerlo contigo?

-Montad en él, señor -contestó Aznar-, y no perdamos más instantes.

-Vamos, Aznar, porque has de saber que he sentido pasar cerca de mí un escuadrón de jinetes, y ahora sospecho que sean de los despachados en Huesca a perseguirme.

-Sí eran, señor -repuso el almogávar-, que, a la verdad, hemos perdido mucho tiempo. Subid os digo, y partamos.

-Ayúdame, Aznar; ya sabes que no soy muy gran jinete; como que no había montado nunca en otras caballerías que las sesudas mulas del convento, cuando a estas tales desdichas y pecados me trajeron.

Y diciendo esto, puso las manos don Ramiro en la espalda del almogávar, y con tal apoyo y el de las crines del bruto, logró encaramarse en la silla. Pero al retirar los dedos de la espalda del almogávar hallóselos bañados en sangre.

-¿Qué es esto, Aznar? -prorrumpió el rey-. ¿Estás herido? No pasemos de aquí sin que yo te cure; porque has de saber que, allá en Tomeras donde yo me hallaba, aprendí un tanto el arte de curar heridos y enfermos.

-No pensemos en ello, señor; coged las bridas y vamos.

-Pero ¿no te molesta la herida?

-Es una flecha harto aguda que ha logrado penetrar un poco por el tejido de la malla; mas no hayáis temor, que eso así se lo curan los almogávares -y diciendo y haciendo, se arrancó de un tirón la flecha y la arrojó de sí largo trecho.

-Pero tienes sangre también en la cabeza y en los brazos, Aznar; no, no partiremos de aquí sin que te cure -y el buen rey fue a arrojarse del caballo.

-Por Dios, que no hagáis tal -exclamó el almogávar-; lo de la cabeza no pasa de una descalabradura; piedra de mal villano que, si yo no trajera tanta prisa, hubiéranmela pagado aunque, por pacto con el demonio, se escondiera en el infierno. Y esto de los brazos debe de ser de las garras de un can, que ya estará en el otro mundo, si para los canes lo hay.

-No digas esas cosas, Aznar -replicó el escrupuloso monje.

-Y vos no os detengáis, señor. Guiad acá a la izquierda, que, si nos persiguen, ya sólo por ahí podremos escaparnos.

Picó don Ramiro y partió el caballo a la carrera; el almogávar, liada en la mano derecha la cola del bruto, corría a la par del rey.

-¿Sabes -decía don Ramiro- que cada vez temo más que se me desboque también este caballo?

-No hayáis miedo alguno mientras vaya yo aquí asido -respondió el almogávar.

Y caballero y escudero corrieron de esta manera más de dos horas.

Poco antes de romper el día, dijo Aznar al rey:

-Regocijaos, señor, porque ya estamos libres de los ricoshombres.

-¿Qué, no temes que nos alcancen aún con caballos más ligeros que este? Mira que yo pienso que unos que pasaron por cerca de mí durante tu ausencia eran caballeros de Huesca que iban en nuestra demanda. Bien que lo recuerdo ahora. Salvome el matorral que allí había de que me viesen.

-¡Ojalá que ya los encontrásemos y que fuese en estos sitios! -respondió el almogávar.

-¿Qué dices, Aznar? ¿Por qué has de querer ya aquí que los encontremos?

-Porque estoy seguro de acabar con ellos. ¿Veis esas rocas y precipicios? ¿Veis aquellas cuevas que parecen de fieras? Pues no son sino moradas de vasallos vuestros, y harto más fieles que los que atrás dejáis.

-No es la primera vez que paso por estos sitios, Aznar. Ahora que la luz del día alguna cosa ya nos alumbra, veo claramente que aquí mismo fui testigo, tiempo ha, de un suceso que también me ha traído sus remordimientos, con no estar yo en él culpado. Y es que imagino que pude, aunque no pude, a la verdad, evitarlo. Entonces apenas conocía yo ese nombre enrevesado de almogávares que lleváis, ni sabía que fuese tanta vuestra fidelidad.

Aznar se inmutó por un momento y dijo con mal reprimido despecho:

-Yo también recuerdo un suceso, señor: un suceso de aquí mismo, y tal, que no puede haberle más doloroso en el mundo. Pero no es con lamentos como yo me acuerdo de eso: es con propósitos de venganza que, juro a Dios, he de cumplir, aunque tuviera que escalar el cielo. La ofensa pide ofensa, y sangre la sangre: así dicen los buenos en la montaña.

-Mira, Aznar, que Dios manda perdonar las injurias; mira que es gran pecado el ser vengativo -replicó el rey-. Si yo venzo al fin a mis enemigos, no he de vengarme de ellos, sino obligándoles a disfrutar de mi perdón según ordena la ley de Cristo. Haz tú lo mismo, Aznar; hazlo por amor de Dios y de mí.

-¿Qué es perdón? -repuso Aznar-. No lo tendrían ellos para vos a ser los más fuertes, como no lo tuvieron para el hijo de mi padre.

-¿Era hermano tuyo el de la desdicha que dices?

-Mi hermano era.

-¿Sería robusto y valeroso como tú?

-Era mozo, muy mozo; pero a bien que hermano mayor queda, que sabrá salir por él cuando bien sea.

-También era mozo, y mucho, el que hizo destrozar aquí mismo a los pies de su caballo Férriz de Lizana. ¿No te he dicho que es horrible el suceso que recuerdo en estos lugares? Dígote que, sin ser yo culpado, no pude alejar de mí el remordimiento en muchos días, y aun ahora me parece que lo siento. ¡Pobre mozo! Bien he rezado por su alma, pero todavía le debo algunas oraciones.

-Férriz... Férriz de Lizana... el viejo Férriz- decía entre tanto el almogávar-. No..., no hay duda, es él. Mi cólera me lo decía: le aborrezco desde que oí su nombre. ¿Qué apostamos, señor -añadió ya en voz alta-, a que nos referimos a un mismo suceso entrambos?

El rey estaba ya rezando un padrenuestro y le hizo seña de que no le interrumpiera. Al cabo de algunos momentos, dijo:

-Ten cuenta, Aznar, ten cuenta con no hablarme mientras rezo, que es pecado apartar a uno de sus devociones, y aun temo que estas de ahora no le hayan aprovechado por culpa tuya al difunto.

-Decía -repitió Aznar, sin hacer caso de la exhortación-, decía que quizá sea uno el mismo suceso de que hablamos ambos, y que el hombre que visteis matar quizá no fuera otro que mi propio hermano.

-Y es verdad -respondió el rey como quien despierta de un sueño-. Su traje era igual al tuyo, y ahora recuerdo que tenía tus mismas facciones, ásperas y tostadas del sol y tu propio atrevimiento. ¡Pobre mozo! Tu hermano sería, sin duda, y yo te ofrezco rezar ahora doble por él de lo que antes rezaba; débese creer que estará en el cielo, según fue horrible la muerte que le dieron, y más no mereciéndola, porque a Dios nada se le queda por pagar en el universo. Y siendo así, casi puedes agradecérselo a sus matadores; y harta venganza será para él, que habiendo querido hacerle daño, le hayan proporcionado la gloria eterna. Y si ellos se condenan, lo que Dios no permita... Pero Aznar, ¿qué gritas? ¿No me escuchas?

-Sí, sí, escucho -contestó Aznar con amarga sonrisa. Y en tanto decía como para sí: -¿Conque erais vos, don Lizana, el hombre que yo buscaba con tanto anhelo por todas partes? ¡Ah, mal caballero! Habéismela de pagar aunque os escondáis en lo más hondo de la tierra, como las raíces de los robles viejos. Si yo, como vos, calzara espuela de oro, bien os mostrara en campo vuestra vileza; mas puesto que nos tomáis por alimañas del monte, eso seré yo para vos, y serán estos dardos mis uñas, que más os valiera haber topado con las de un oso hambriento de los de esta sierra, o las de un rabioso lobo de los que la hambre misma suele traer a aullar de noche a las huertas de Huesca.

Don Ramiro, juzgando que Aznar le oía atentamente, iba a la par diciendo:

-Recuerdo una por una todas las circunstancias. Ya iba para diez horas que corríamos estos montes sin hallar una mala cabra montés. Lizana y los caballeros que habían querido celebrar mi llegada a Huesca con una nunca vista partida, se mostraban afrentados y desesperados. Los perros ladraban alrededor de sus amos, no hallando huella de gamo o cabra que seguir por los riscos; los caracoles de caza sonaban en vano, y los ojeadores, desmayados, daban por frustradas sus más diestras estratagemas. Y sólo yo me regocijaba, porque ni la sangre de las fieras quería que se derramase por mi causa. Férriz de Lizana... Pero no te aires contra él, Aznar; a saber que era tu hermano, quizá no hubiera osado ofenderle. Ya siento haber pronunciado su nombre. Júrame «que no tomarás de él venganza alguna.

-Imposible, imposible -respondió Aznar con tal voz que hacia buena aquella comparación de sí con un lobo rabioso, que él mismo había hecho antes-. Imposible, señor; y por Dios os pido que sigáis el relato, que harto me importa ya el oírlo entero.

-Aznar, creí que eras temeroso de Dios y bueno, y que por eso consagrabas tu brazo a mí y a mi hija. Creí que preferías el servicio de Dios y del rey a los impulsos de tu cólera.

-Esa idea no os aflija, señor, que yo sé que con emplear mis armas en Lizana hoy o mañana, he de prestar muy gran servicio a Dios, y a vos y a vuestra hija.

-No, no; júrame que sólo alzarás contra él tus armas por fuerza y por servir a Dios y a tus reyes, y no por ira o venganza. Júralo, hijo mío, que ya te tengo amor y me interesa sobre manera la salvación de tu alma, la cual, si tal no hicieses, no conseguirías de modo alguno; pues Dios dijo que perdonásemos a nuestros enemigos, como Él perdonó a los suyos en este mundo. Bien sé todo este proceso y doctrina, porque aunque ahora voy en traza de guerrero, he sido, y aun soy, antiguo sacerdote y padre de almas.

-¡Que me place! -respondió el almogávar con siniestra sonrisa-. Yo sé que cumpliré con mi deber siempre que mate a Lizana, y sé que habrán de ganar con ello Dios y el rey. Dad por jurado cuanto queráis.

-No lo daré yo por tal sin que te vea hacer la señal de la cruz y jurarlo de veras.

-Pues júrolo por todas estas cruces -dijo Aznar cruzando las manos-. Mas ya que en esto os le complacido, ¿me negaréis, señor, el fin del relato? Era mi hermano, mi hermano: ya veis si me interesarán los pormenores de su muerte.

-Dígote -continuó entonces el rey-, que iban todos desesperados de no encontrar caza, cuando tropezamos con un mozo, cual ya te he dicho, de tu mismo traje y estatura, bien que de edad algo menor que la tuya.

-Sí, era dos años más mozo. Proseguid, proseguid, por vida vuestra.

El almogávar, con su natural franqueza y el interés que la conversación le inspiraba, se había olvidado de todo punto de que hablaba con el rey. Este, sin reparar en ello, continuó:

-Pues así como vio a tu hermano el de Lizana, exclamó irritado: «Estos perros son los que matan todas las reses del monte para regalar con ellas sus viles cuerpos, de modo que cuando el poderoso rey de Aragón viene a cazar con sus ricoshombres y caballeros, no halla una miserable cabra silvestre. ¡Estamos en terreno acotado! ¿Qué haces tú ahora, villano infiel, qué haces aquí con esas armas?». Decir esto y dirigirse a él con la espada desenvainada, fue todo uno; pero el mozo no se arredró, y echó mano a sus dardos. Entonces, Lizana, como si tuviera que habérselas con un jabalí, le azuzó los perros, que en un momento le destrozaron, a pesar de mis clamores; y pasó luego por encima de él con su caballo, de suerte que debió de quedar de todo punto desconocido.

-Así fue como le encontré al día siguiente de vuelta de una algarada; y antes de darle sepultura, propuse en mi ánimo tomar venganza. ¡Oh, don Lizana, don Lizana, trataremos vos y yo largamente de ese fuero que os atribuís los señores, de bien o mal tratar a los vasallos o villanos! Lo cual no se me ha logrado hasta aquí; pero se me logrará, Dios mediante, sin faltar al juramento que he prestado.

Pronunció estas palabras Aznar con más lastimoso acento que hubiera empleado hasta entonces, y hubo entre los dos silencio por algún tiempo. Rompiolo el rey al cabo, diciendo:

-¿Sabes, Aznar, que es hora de atender a nosotros mismos? En gran peligro estamos, si no mienten las señas.

-Ojalá que en mayor no se hubiese visto mi hermano, señor. Aquel día no quedaban almogávares en la montaña; pero hoy, si yo diera un silbido, vierais acudir aquí gente capaz de dar cuenta en un abrir y cerrar los ojos de todos los infanzones de Huesca.

-Dalo, Aznar, que quiero yo conocer a esa gente; habíanmelos pintado como feroces y bárbaros; pero ya sabes que, desde que te conozco a ti, me siento inclinado a estimarlos.

-No ha de llamárselos sino en la ocasión; mas hacéis bien en quererlos, que ellos son la flor de vuestros vasallos. Ellos son los que os darán la victoria cuantas veces se la pidáis, y extenderán el nombre de vuestra raza por todo el mundo. Diera un ojo de la cara porque los vierais pelear.

-Pues mira, Aznar -dijo el rey-, pienso que sin tanto han de cumplirse tus deseos. Tú no puedes distinguirlos desde ahí abajo, pero yo desde aquí veo muy bien un escuadrón de caballeros que sube hacia este alto por donde nosotros vamos.

-¿Eso hay? -respondió el almogávar-. Pues dejad que yo iré a reconocerlos y veré si son, con efecto, los que pensamos. Mas ¡voto va!, que he perdido mis dardos; erré el uno y dejé el otro en el cuerpo de un mezquino burgués que maté allá abajo, y ahora voy a despreciar la ocasión de derribar de sus caballos a dos gentiles jinetes.

-¿Otro mataste allá? Eres sanguinario, Aznar.

-Así me criaron en la montaña, señor, y así he de ser toda mi vida. Los almogávares somos ovejas con nuestros amigos y lobos con nuestros contrarios, quienquiera que sean.

-Malhadado oficio el de las armas, Aznar. Pero ¿querrás creer que ahora que te veo a ti animoso y que me acuerdo de las afrentas que esos ricoshombres me han hecho pasar, y de la cautividad de mi hija, siento así como deseos de reñir, aunque tenga que derramar mucha sangre también? Dios me perdone, Aznar; que es la primera vez que esto me ocurre en la vida.

-Eso es que recordáis de quién venís, señor. He oído contar muchas veces a la lumbre cómo vuestro abuelo murió en la jornada de Graus, y vuestro padre delante de Huesca, y vuestro hermano don Alonso en Fraga. Por eso los almogávares amamos tanto a los de vuestra casa, porque todos saben pelear como osos bravos y morir como santos. Y para mí tengo, señor, que no habéis de ser el menor de ellos, si bien nunca os ejercitasteis en armas como los otros.

En esto, distinguíase ya a la escasa claridad de la aurora el escuadrón de caballeros que venía marchando hacia ellos; veíanse flotar al viento las banderolas de las lanzas, y casi podían leerse los motes de los escudos. Aznar se adelantó algunos pasos a reconocerlos, y notó que de los primeros, y como gobernando el escuadrón, venía el esforzado Roldán. Entonces, viendo que no había duda de que fuesen adversarios, dio un silbido prolongado, y que resonó por todos aquellos contornos, y luego otro y otro hasta tres veces, y vuelto al lado de don Ramiro, le dijo:

-¡Oh, si viniera ese viejo desleal de Lizana! Vierais cómo con su sangre pagaba ahora mismo la mala muerte que ordenó dar a mi hermano. Mas ya que eso no sea, no faltará, a Dios gracias, con quien combatir. Tomad, señor, el escudo y las riendas con aquella mano, y con esta otra desnudad la espada.

-No ha de ser así -dijo el rey-, que no sé yo cómo he de poder tener las riendas con la mano izquierda y valerme de ella al propio tiempo para manejar el escudo. Tomaré las riendas con la boca, y así iré bien desembarazado.

-Señor, seguid mi consejo; tomad las riendas y el escudo con una propia mano.

-Ahora te digo yo, Aznar, que no hay que hablar más en ello, porque la ocasión es de pelear como buenos, y no de aprender galanas posturas. Júrote que me siento otro; no sé qué ardor singular siento por mis venas; paréceme que bastaría yo sólo para todos esos.

Y con efecto, sus ojos lanzaban rayos de fuego; su rostro estaba encendido; su corazón firme; no parecía el mismo hombre que horas antes había tenido miedo, y que tanto había pensado en la muerte. El almogávar había logrado imprimir en aquel espíritu incierto y vacilante su valor mismo. Aquella impresión externa imperaba tanto en don Ramiro como antes habían influido en él las sombras espesas y los desconocidos murmullos del matorral donde por largo rato estuvo a solas.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XVI
Pág. 17 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


En el cual se narra una grande y descomunal batalla que no fuera para creída si por tan seguro conducto no nos viniera


¿E quina gent es aquesta qui van nuus, é despullets, qui no vesten mas sol un casot é no porten darga, ne escut?... E los Almugavers que oyren aço entrebunir dixeren: vuy sera queus mostrarem qui som.


(Muntaner: Chrónica. Es llibre molt antich)


El cronista de esta verídica historia debía de ser grande enemigo de los almogávares, porque al comenzar el presente capítulo desata contra ellos su mala lengua y los maldice sin caridad ni medida.

-¡Oh gente cruel -exclama-, que no perdonasteis nunca al de espuela de oro ni al de humilde cayado, que así herís en las carnes ternísimas del infante como en el acerado peto del soldado, y lo propio os cebáis que en sangre de hombres en sangre de hermosas mujeres! Todavía recuerda Huesca con espanto el día en que traspasasteis sus puertas, porque todo lo disteis al saco y violencia. Ni sirvió a mis hermanos mozárabes su fidelidad a la santa fe de nuestro Dios, ni les aprovechó el recibiros como libertadores. Vosotros nos motejasteis de cobardes, porque permanecimos en la ciudad, en lugar de escapar a los montes altos y vivir en vuestra mala compañía, dentro de cavernas y peñascales; y a la par nos tratasteis que a los mismos moros. Y aun osabais decir, al ultrajarnos, que menos criminales eran ellos en defender su ley con las almas que no nosotros en practicarla entre fieles, fiando a la oración y no a las manos la redención de nuestra esclavitud.

Mas ¿qué mucho que así obréis, almogávares, si sola en la persona horribles, en el vestir fieras, en el nacer de raza varia y diversa prosapia, de suerte que apenas hay en vosotros quien sepa de su ascendencia o pueda decir algo de sus hijos? ¿No se alistan todo género de malhechores en vuestras bandas? ¿No vivís perpetuamente en la montaña sin bajar nunca al llano, sino para traer el robo y la matanza? ¿No habláis todos en ciertos géneros de algarabías o jergas, una de las cuales llaman algunos romance; y es gran pena por cierto, el que por vuestra culpa, y la de los villanos de la villa, vaya extendiéndose en el reino, y comunicándose a los de mejor y más vieja alcurnia?

¡Oh! ¡Bien fuera que nadie entendiese vuestros gritos y voces salvajes! ¡Bien es que os alimentéis con carne de fieras y hierbas del campo, y que más moréis en soledades y desiertos que en los pueblos! ¡Bien es que durmáis en el suelo y padezcáis tan grandes miserias, puesto que sois tan semejantes a los salvajes brutos en crueldad, y en dureza a los osos, o más bien quizá a las rocas de la montaña! ¡Ay, mal haya de vosotros, almogávares, mal haya de vosotros, y así os depare el Cielo, como tenéis negros y espantosos los rostros, espantoso y negro castigo en la otra vida!

Y por este estilo prosigue el bueno del cronista en sus imprecaciones.

Mas si, prescindiendo de estas sentencias dictadas por boca enemiga, llegamos a examinar los hechos de aquella gente, parece que no faltaban en ella buenas partes que oscurecían las malas, con serlo tanto y ser tantas como asegura el cronista.

Sin ir más lejos, este Aznar Garcés, a quien de escudero hemos traído en pos del rey don Ramiro hasta las sierras que corren entre Aragón y Cataluña, si era hombre cruel, no parecía horrible por su persona, a no mentir la honrada Castana. Y mostrábase, a la par que valiente y astuto y gallardo, fidelísimo, que es prenda, no de malvados, sino de las más escasas entre los honrados hombres.

Buena prueba de ello fue el encuentro con el escuadrón de Roldán que comenzamos a relatar en el capítulo antecedente.

Aparte ociosas palabras, sin otra voz que el grito de «¡San Jorge y a ellos!», Aznar desnudó la espada corta que llevaba al cinto, y se adelantó hacia el escuadrón de los caballos.

-Para, para, hijo mío -le gritó el rey-. Pídele antes a Dios mentalmente que te perdone la sangre tuya y ajena que vas a derramar en defensa de tu rey. No he de consentir sin eso que peleemos.

-Que me place -dijo el almogávar.

Y la oración no sabemos si la hizo; pero claramente se vio que no apartaba ojo de los contrarios, como si observase sus movimientos y estudiase el modo de contrarrestarlos.

El camino iba cortando por allí la falda de una montaña frontera de otra no menos alta que ella, y si de una parte apenas los ojos acertaban a descubrir las contrapuestas cimas, de otra podía causar vahídos de cabeza lo profundo del abismo que se abría entre ellas. Todo lo ancho del camino no parecía de tres varas, formando vueltas y revueltas en esa figura que ahora llamamos de zigzag, y como ya, por entonces faltaban buenos caminos y ni siquiera había escuelas especiales que enseñaran a construirlos, notábase en este la singular circunstancia de que, en los puntos donde revolvía, se estrechase más y más, de manera que apenas podían pasar dos caballos de frente.

En una de estas revueltas, se apostó Aznar con la espada desnuda, y el rey a caballo, y desnuda también la suya, cogidas las riendas con la boca y cubierto con el escudo, se colocó detrás, haciendo como una segunda línea de combate.

Roldán, no bien que los vio, puesto que dudase que dos hombres solos osaran contraponerse a su escuadrón, donde bien se contarían cincuenta jinetes, envió a dos caballeros que los reconociesen y alejasen del puesto. Pero lejos de ceder don Ramiro y su escudero, lanzaron a la par, el grito de «¡Mueran los traidores!», y con denuestos e injurias provocaron al combate a los caballeros que venían de descubierta. Maravilloles a estos la determinación, y más viendo la apostura burlesca del jinete, y las pocas armas y defensas que el peón traía consigo, y creyendo fácil castigar aquello que imaginaban locura, pasaron adelante a la carrera ambos, al decir del romance:


La lanza como una entena,
el fuerte escudo embrazado.


Pero Aznar no pareció intimidarse por eso; antes aguardó inmóvil, y al verlos a diez pasos, calculó el espacio que entre sí dejarían los dos caballos, y se plantó en él antes que los caballeros, apercibiéndose, pudiesen variar la dirección de sus lanzas, que ya habían puesto, para herirle, en ristre. Luego, al emparejar los caballeros con él, hundió la espada en el pecho del caballo que venía de la parte del abismo; vaciló este por un instante y cayó rodando de peña en peña con su jinete desventurado. El otro caballero erró el golpe de lanza a la carrera, porque como el camino se ensanchaba de la parte en que se hallaba el rey, no pudo venir contra él rectamente, y pasó sin herirle por su lado. Entonces don Ramiro se lanzó a él, espada en mano, como quien en sí propio ignora el efecto de las armas, y ha llegado a perderles por acaso el miedo, que es decir con furia ciega.

Recibiole también su contrario con la espada, y en un momento se cubrieron de sendos golpes, abollándose bien las cotas de malla, sin que a don Ramiro le empeciera el tener asidas las riendas con la boca, ni al otro le contuviese un punto el pelear con su rey, dado que ni aun podía conocerle en tal traza. Mas pronto puso Aznar término a la contienda, derribando malherido al caballo de una tremenda estocada en el vientre, y rematando al caballero de una cuchillada terrible, con que le partió en dos trozos el bacinete o casco y la cabeza.

Y en esto acudió a rienda suelta al lugar del combate el buen caballero Roldán, seguido ya de todo su valeroso escuadrón.

Aznar cogió de las bridas al caballo muerto y en un santiamén lo arrastró hasta el sitio en que el camino se angostaba. Allí lo acabó de un solo golpe en la cabeza, y colocándolo delante, para que sirviese su cuerpo de muro, aguardó vecino del rey a los contrarios.

Caballero y escudero no se dirigieron hasta allí en el combate sino una sola vez la palabra.

-Bravamente peleáis, señor -dijo Aznar.

-Tú sí, que no hay oso o lobo de estos montes que te iguale -respondiole el rey, maravillado de la serenidad con que tales hazañas ejecutaba.

Al llegar luego los primeros caballos del escuadrón al lugar en que la batalla se hacía, retrocedieron espantados: veían allí patas arriba el cuerpo de su compañero, y por más que aguijoneaban los jinetes, no era posible hacerlos pasar adelante. Roldán fue el único que de un salto logró ponerse al punto de la otra parte, y con tamaña rapidez, que no pudo el almogávar estorbárselo. Acometiole entonces don Ramiro. Roldán, que vio sin lanza a su contrario, tiró al precipicio la suya, y desnudando la espada, le recibió con el mayor esfuerzo.

Largo rato estuvieron acuchillándose sin consecuencia. Roldán era mucho más diestro, don Ramiro tenía más coraje, más resolución entonces de morir o vencer.

Aznar, en tanto, ardía en deseos de socorrer a su señor, pero no se atrevía a desamparar el puesto, por temor de que los del escuadrón quitasen de en medio el cuerpo del caballo, que era el único estorbo que los detenía, y pasando adelante, hiciesen imposible la resistencia.

Sonaban redoblados los golpes entre Roldán y don Ramiro; impacientábanse los caballeros de su escuadrón, viendo que pasar adonde él estaba no les era posible, y pensaban en poner pie a tierra para lograrlo; rugía de cólera el almogávar y miraba a la cima del monte como si algo esperase que no venía.

-¿Quién eres -le dijo Roldán a don Ramiro-, que de tan extraño modo coges la rienda y tan rabiosamente peleas?

-Soy uno a quien debes largos agravios y que hoy piensa vengarlos por sí mismo, ya que pudiendo vengarlos por otros medios ha dejado escapar las ocasiones.

-Pues esfuérzate -replicó Roldán-, porque no te las has con hombre que deja hacer en sí venganzas.

Las últimas palabras de Roldán apenas ya pudo oírlas el rey, porque en aquel momento se oyó un son espantable en lo alto de la montaña: eran alaridos salvajes, choque rudo del hierro contra las peñas, y confusamente entre el gran ruido, se escuchaban estas voces muchas veces repetidas:

-¡Desperta, ferres! ¡Desperta, ferres!

Aznar lanzó un grito de júbilo, y cogiendo la espada con entrambas manos, comenzó a golpear con toda su fuerza en las peñas del suelo, gritando también al propio tiempo:

-¡Desperta ferres! ¡Desperta ferres!

Don Ramiro y Roldán hicieron retroceder a sus caballos, cada uno por su lado, y suspendieron a un tiempo el combate, y alzando la vista hacia la cima donde se oían aquellas voces, la vieron coronada por hasta dos docenas de hombres, cuya feroz apostura podía poner espanto en el más fuerte ánimo.

A don Ramiro le pareció que, comparado con aquella gente, podía pasar Aznar por culto y gentil caballero; así venían de rotos y mal vestidos, negra la tez, sangrientos los ojos; si unos con capellinas de malla, otros sin ellas; si este con pieles de lobo o de toro, aquel con pieles de oso o gato montés, atadas a la cintura, todos ellos con calzas y antiparas de cuero viejo y rudas abarcas de monte.

Traían chuzos en las manos, espada corta como la de Aznar, y los propios dardos de afiladísimas puntas cuadrangulares que solía traer este consigo, sin más diferencia sino que las de algunos de ellos, por falta de hierros, sin duda, parecían de agudos pedernales.

-Son los almogávares, señor -gritó Aznar-; ahora verán estos soberbios y traidores de ricoshombres con quién se las han.

Y a toda prisa bajaban, en el ínterin, los recién venidos por la pendiente escarpadísima de la montaña, tan fácilmente cual pudieran por el llano.

Tres o cuatro de ellos se plantaron de un salto al lado de Aznar, y repartidos los otros por diversas partes de la pendiente, comenzaron a arrojar dardos y piedras contra los caballeros.

Apenas hubo lugar a la defensa. Ni uno sólo de estos dardos de los almogávares se perdió en hombre o caballo, y los peñascos enormes que, cuando no tiraban con hondas, echaban a rodar de lo alto, pronto pusieron maltrechos a los que en la primera acometida quedaron sanos.

Aznar, viendo en tanta rota el escuadrón, partió como un rayo a ayudar a su señor contra Roldán, el cual, a decir verdad, le traía apurado en demasía.

-¡Detente! -exclamó don Ramiro-, que este hombre ha de ser mi prisionero: date, date, Roldán, y te otorgaré la vida.

-¿Dónde oísteis -preguntó Roldán- que así se diesen los que llevan mi nombre y son de mi casa y solar? Aun he de mostraros quién soy.

-Permitid, señor, que le baje esa altivez, y ponga en lo que razón es la reputación de su casa y nombre -dijo Aznar.

-Roldán -repuso el rey-. Yo te mando que te des, que es hora ya de que te rindas por las armas al que escarneciste sin ellas. ¿Te acuerdas de aquel juramento desacostumbrado e injurioso que me tomaste en Huesca? ¿Te acuerdas de la vanagloria que mostrabas el día en que prendiste a tu rey, acompañado de muchos otros traidores vasallos? Venías sin duda ahora a prenderme de nuevo o quitarme la vida; vas he aquí que te hago yo cautivo cuando lo pensabas menos.

Y diciendo esto se arrancó el tosco bacinete de hierro que llevaba, no pudiendo sin eso quitarse la visera que a la sazón se usaba.

-¡El rey en armas! -exclamó todo asombrado Roldán-. ¿Qué diablo anda aquí? Cosa es ella que veo y no creo: paréceme obra de encantamiento.

Miró al par en derredor y ya halló tomados por almogávares el frente y las espaldas; tendió la vista hacia donde había dejado a sus compañeros, y se encontró con poquísimos de ellos.

-¡Aragón, Aragón! ¡San Jorge, San Jorge! -gritaban al herir los raros caballeros que se mantenían firmes.

-¡Vía sus, vía sus! ¡Despierta hierro! -respondían por su parte los almogávares.

Todavía, a la verdad, estábanse defendiendo muy bien, aunque desmontados, de parte de los caballeros, tal cual veterano de los más diestros y esforzados, y este o el otro joven, que, habiendo entonces salido a su primera campaña, querían sacar a todo trance airosas las divisas y empresas de sus damas.

Tremendos, sin duda, eran los botes de lanza o los mandobles que a sus casi desnudos contrarios enderezaban, y grande la defensa que les prestaban a ellos los bruñidos anillos de hierro de sus cotas, y sus anchos escudos triangulares, todo lo cual habrá ocasión de describir más despacio.

Pero poco les aprovecharon tales ventajas.

Los almogávares alcanzaban con el combate el poderoso empuje del toro, la ligereza y cautela del tigre, la bravura del león y el rencor de la hiena.

Tan pronto avanzando cuando cejando, esquivando el golpe ajeno, y no dando sino sobre seguro el propio, rendían primero a los adalides adversos y luego sin piedad los mataban.

Así fueron cayendo uno tras otro aquellos valientes, los unos gloria ya, grande esperanza los otros del reino de Aragón.

Y a tiempo fijó Roldán en ellos sus ojos, que vio caer a su ayo Per Villanova, anciano orgulloso y valiente, a quien debía mucha parte de sus altos intentos y condición dura, y morir luego a su propio deudo Galcerán de Foch, joven que hacía sus primeras armas y en quien tenía él muy gran cariño puesto.

,Conmovido apartó la vista de allí, mas no halló donde fiar esperanza alguna, porque hacia todos lados se miraba igual espectáculo.

La pendiente que desde el camino o más bien trocha bajaba al abismo abierto entre las dos montañas fronteras, mirábase salpicada, de hombres y caballos muertos o moribundos ya aquí, ya allá tendidos en las matas, o recogidos por las salientes peñas.

En un momento había acontecido todo aquel estrago, y la confusión y desbarate de los caballeros, al sentir el inesperado ataque de los almogávares y sus piedras y dardos, debió de ser grande, porque no había dos cadáveres juntos y muy pocos hierros de lanza aparecían ensangrentados.

Aumentaba el espanto del suceso el ver rodar de cuando en cuando los cadáveres, por algún instante detenidos en la mitad de la pendiente, hasta lo profundo del abismo.

Roldán no se acobardó; antes bramaba de rabia como una fiera acorralada en el ojeo, que ve llegar ya los perros de la traílla y siente el trote de los caballos de los cazadores.

Veíase sin medios de escapar por uno y por lado del camino, y ni esperaba que el rey le perdonase la vida, ni quería debérsela tampoco, según era de soberbia su condición.

«Muramos, Roldán -dijo para sí-; muramos con la honra ilesa y sin caer en manos de estos perros».

Y luego, dirigiéndose al rey con arrogante voz le habló de esta manera:

-Rey don Ramiro; no creas que has de vengarte en mi persona de la enemiga que me tienes, ni pienses que he de pedirte perdón de mis hechos porque te vea poderoso y yo me sienta flaco y solo entre tu gente. Valor hay en mí para morir cien veces antes que soportar afrenta alguna que empañe la gloria de mi casa. El último soy de los Roldanes, y si ahora mismo aquí sucumbo, quiero hacer de suerte que no parezca menor en las historias el último que el primero.

-Prendedle -gritó Aznar a los almogávares que estaban puestos a espaldas del caballero, y al propio tiempo dio él algunos pasos adelante.

-No le hagáis daño -dijo el rey, notando que algunos de los almogávares le apuntaban sus dardos.

Pero Roldán cortó la disputa como nadie imaginara, que fue apretando los ijares de su caballo, y dirigiéndose de tal suerte que lo obligó a saltar al abismo.

Todos los presentes creyeron por un momento que se había despeñado; pero al cabo le vieron con su generoso trotón trepar por los fronteros riscos, aunque dificultosamente, y luego correr a toda brida por la cima de la opuesta montaña, y transponer al fin en breve por entre los matorrales que la vestían.

El rey, Aznar y los almogávares lanzaron todos a un tiempo una exclamación de asombro.

De la cima de una montaña a la cima de la otra había muy buen espacio, y por en medio corría un arroyo profundo y copioso, de trecho en trecho interrumpido por estrepitosas caídas de agua; que tal era el abismo dónde habían ido a parar los hombres de armas de Roldán. De suerte que nunca jinete del mundo dio tan arriesgado salto, ni antes ni después, como este.

Por eso, desde entonces es conocido aquel sitio con el nombre de Salto de Roldán; y, al través de tantos siglos se ha perpetuado así hasta nosotros el hecho memorable.

Hoy, que el tiempo ha carcomido sin saberse cómo la una y la otra montaña, hasta poner entre ellas más de doscientos pasos de distancia haciendo también desaparecer la antigua senda que fue teatro del combate, el suceso puede bien darse por increíble.

Vuelto de aquel primer asombro del rey, dijo a su escudero:

-¿Cómo podré yo pagar, mi buen Aznar, los favores que debo a esos tus compañeros?

-Pagadlos con saber y reconocer que son leales. Y ahora encaminémonos a donde bien os plazca.

-A las tierras de Poniente o de Levante, donde halle en propios o extraños soldados que me ayuden a rescatar mi trono.

-Bastáraos con los propios, si bien quisiereis -repuso Aznar.

Y cogiendo de las riendas el caballo de don Ramiro, porque no tropezase más en aquel riscoso camino, echó a andar hacia adelante, seguido de los otros almogávares.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XVII
Pág. 18 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Prosiguen las pláticas y aventuras


Oigo el son bronco de tus cien campanas.


(J. de Iza)


... De esta suerte yo tengo de acompañarte,
y si te has de condenar
contigo me has de llevar,
que nunca pienso dejarte.


(El condenado por desconfiado)


El día era de los últimos de primavera. El combate fue tan breve, que con haber comenzado a la luz clara del alba, cuando acabó no había bajado el sol todavía de los picachos de la sierra. Saltaba de los valles un viento húmedo y blando que recogía con ansia el pecho; levantábanse de cuando en cuando algunas liebres tendidas en el césped de los barrancos, y corrían a ocultarse por estrechos agujeros, debajo de las grandes peñas; y al sentar el pie los caminantes, doblábase para siempre la hierba cargada de rocío. Y todavía las tórtolas no habían vuelto a sus nidos, y sus huevos abandonados blanqueaban en los verdes chaparrales; todavía las palomas torcaces no habían apagado la sed de la noche en los arroyos, y a bandadas volaban hacia ellos.

Al amor de los arroyos solían hallarse alegres, aunque pobres lugarcillos: todos con su iglesia a medio hacer y sus torres de piedra: los unos, desparramados por las agrias cuestas, y los otros asentados en los valles, con sus rústicas puertas de madera de encina, sus tapias y casillas de barro y piedra, y sus huertas cargadas de árboles frutales donde silbaba lúgubre la oropéndola.

Pasados estos lugares y alguno que otro chaparral, la sierra no ofrecía más que montes despojados por el hacha de los conquistadores; cuevas profundas, asilo ordinario de los vencidos, majestuosos precipicios por donde se despeñaban algunos de los arroyos formando sonoras cascadas. Y por en medio de los precipicios y los montes se abría perezosamente la senda que cruzaban el buen caballero don Ramiro y sus valerosos almogávares, poco atentos, por cierto, a los espectáculos bellos o sublimes que la Naturaleza ofrecía.

Aznar, que iba de guía, desde el sitio del combate torció a la derecha, encaminándose por las montañas que rodean, de la parte de Oriente, la hoya de Huesca. Caminaban de prisa y con recelo aún; porque no era difícil que los alcanzasen todavía con mayores fuerzas, dado que ellos tenían que recorrer una circunferencia muy ancha, a la cual se podía tocar desde Huesca, por cualquier punto, con un corto radio.

Durante muchas horas alcanzaron a ver a lo lejos los muros y blancas casas de la ciudad, y los alminares morunos heridos del sol espléndido de la primavera. Por más tiempo todavía tuvieron delante de los ojos las oscuras y altísimas torres de Mont-Aragón, y los corpulentos álamos que señalaban la confluencia del Flumen y de la Isuela; no lejos del lugar adonde la Virgen de la Huerta, morena y de cabos negros, se vino luego a hacer compañía a la Virgen de Salas, que es blanca y rubia, con el milagroso fin, sin duda, de que se honrase en un mismo santuario, bajo los dos tipos principales de la humana belleza, a la madre de Dios. Muchas veces el viento trajo a los oídos de los caminantes revuelto son de campanas, que tocaban al parecer a rebato, porque el viento soplaba de la parte de la ciudad. Una oyeron claramente el tañido de la campana principal de Mont-Aragón; pero no era sino que llamaba a los fieles a la oración de mediodía.

Y era mediodía en verdad.

Y el sol hería ya los rostros, haciendo brotar copioso sudor en ellos; y habría sido penoso el caminar a tales horas para otros que los almogávares. Pero estos, sueltos y ágiles, echaban siempre por lo más áspero a modo de cabras monteses; disparaban sus dardos a los árboles que crecían en lo hondo de los precipicios, sin más objeto que bajar a recogerlos, con manifiesto peligro; cruzaban cien veces que no una, el camino, ora llevados de la curiosidad, ora de la sola impaciencia del ánimo. No era don Ramiro tan ágil y robusto, y, con ir a caballo y todo, hubiera dado alguna muestra de cansancio a no ser por la exaltación en que el peligro y la ira habían puesto su pacífica naturaleza.

Las lejanas vistas de Huesca y de su alcázar moruno, las más vecinas torres de Mont-Aragón, el sonido de las campanas de la ciudad y del monasterio mantenían viva su exaltación agolpando a su frente las ideas y los sentimientos antiguos, al propio tiempo que los nuevos. Parecíanle ya sueños el combate, la victoria, la fuga misma, el andar por donde andaba y con quien andaba, todo lo que era realidad, en fin, y tomaba acaso por realidad los sueños y preocupaciones de su espíritu. Pero poco a poco fue la exaltación cediendo al tiempo y al cansancio, y cuando desaparecieron de su vista la ciudad y el llano de Huesca y dejaron de oírse las campanas, se halló ya a punto don Ramiro de no poder comprender del todo la situación en que estaba.

Oyó detrás de sí precisamente una voz áspera y un sí es o no vinosa, que decía:

-Aznar, Aznarote, no niegues tus pecados, que con pecadores te las has y no de los menores. Cuando tú haces tantas ausencias de la sierra y te estás en la ciudad meses enteros, buen vino bebes allá y buenas mozas te recrean. Ni pienses que he echado en saco roto el que hayas traído la cabeza vuelta al llano durante todo el camino. No parece sino que has dejado algún pellejo tuyo en compañía de cuatro buenos bebedores, y temes que mientras andas por estos cerros no te dejen gota de él con que echar luego un mal trago. No nos hemos criado así, Aznar, ni yo ni tu padre. Treinta años tenía yo y no sabía aún lo que era el buen vino, ni lo que era una buena moza; verdad es que ahora no estoy cierto de saberlo bien tampoco.

Don Ramiro, recordando entonces a aquel a quien tanto debía, volvió el rostro diciendo:

-Aznar, Aznar, adelántate, que quiero departir contigo algún rato.

Aznar se adelantó con efecto.

-No me has dicho, por fin -añadió el rey- hacia qué parte me llevas.

-Vamos hacia Barbastro, que de allí no está muy lejana la frontera de Cataluña, y será fácil reunir un golpe de almogávares de acá y de allá que espante a los más osados rebeldes.

Don Ramiro calló, y tornó a preguntar después de un largo rato:

-¿Y está muy lejos esa ciudad de Barbastro adonde me llevas?

-No os quiero llevar precisamente a Barbastro, sino a un buen lugar de los contornos, que tiempo tenemos de alargarnos a la ciudad. Y en cuanto a la distancia, no es ya mucha, y yo sé que llegaréis sano y salvo.

Hubo otro rato de silencio, y al cabo de él volvió a decir don Ramiro:

-Aznar, Aznar, ¿sabes que advierto que esta tu gente y, camaradas, si son valerosos en el pelear, no son muy escrupulosos en la fe? Enséñales, enséñales, hijo mío, cuánto les conviene ajustar sus obras a los mandatos de Dios. Muéstrales cuán tristes cosas sean el pecado y la condenación eterna. Aquí me tienes a mí que estoy condenado y...

-¿Condenado? -exclamó el almogávar, interrumpiéndole a pesar suyo-. ¿Condenado?... -y con ser quien era sintió cierto estremecimiento en el cuerpo.

-Sí, condenado, hijo mío. ¿No te lo había dicho todavía? Habránmelo impedido mis pesares y ocupaciones. Condenado estoy, hijo mío, tanto como hombre haya podido estarlo en esta vida.

-Más bajo, señor, más bajo. Mirad que si os oyen, no habrá muchos de estos valientes que os sigan, porque da la casualidad de que todos son cristianos viejos, y almogávares tan temerosos de Dios como cualquiera. Y aun yo mismo me precio de buen cristiano, que, puesto que yerre mucho en esta vida, todavía espero que arrepintiéndome a la última hora, Dios me perdone, porque siempre he oído decir que es misericordioso.

-Hablas como un lego de convento bien endoctrinado -dijo el rey-. Así es, como tú dices; y en arrepintiéndote a la última hora de todo corazón, no tengas miedo de que el diablo emplee en ti sus uñas.

-¿Pues, y cómo no os arrepentís vos para salvaros? Verdad es que no ha llegado vuestra última hora, y que, según decís, estáis ya condenado; pero a fe mía, que no he oído decir hasta ahora que nadie se condene en vida.

-Es que mía pecados son más grandes que ningunos, y hay quien no me deja hacer penitencia. ¿No te tengo declarado que fue aviso y permisión del Cielo aquel peligro tan grande que corrí a la orilla de la Isuela? ¡Oh si me dejaran hacer penitencia! ¡Oh si no me impidieran que la hiciese!

-¿Quién os lo impide, señor? Por ventura, ¿se entremeten también en eso los ricoshombres? -dijo sencillamente el almogávar.

-Sí, se entremeten, Aznar.

-¿Conque no os dejan siquiera hacer penitencia? ¿Pues qué tienen que ver ellos con vuestros pecados?

-Es que yo peco siendo rey, cuando no debía de serlo, y ellos quieren a la fuerza que lo sea.

-No os entiendo -dijo Aznar-. En Huesca corrían no sé qué murmullos ayer tarde; pero no pude comprender nada cierto, según eran de contradictorias las voces. Al veros preso y fugitivo y oír que queríais rescatar vuestro trono, pensé que los ricoshombres trataban de quitároslo y quitaros, a la par, vuestra hija. Juzgad de mí sorpresa, ahora que me decís ser vos quien quiere dejarlo y ellos quienes lo impiden y estorban. Y aun no entiendo tampoco cómo pueda haber pecado en ser rey, cuando he oído decir que hay en el cielo algún santo que fue rey en este mundo, y de los más poderosos y esforzados.

-Bien veo que eres discreto, Aznar; pero no es posible que se te alcancen estas cosas tan hondas. Otra cosa sería si hubieses cursado como yo letras sagradas, siquiera fuesen pocas, como son las mías.

-Así es la verdad, que no lo entiendo ni sé por qué os prendieron los ricoshombres, ni por qué se apoderaron de vuestra hija, ni siquiera para qué ha de ser esto de reunir armas y gente y levantar pendón de guerra.

-¡Cómo ha de ser! -dijo don Ramiro-. Tu oficio es pelear y no te está bien el mezclarte en tales intrigas y sucesos de cortes y de reyes. Tu buen discurso no basta para ello.

Calló don Ramiro y calló Aznar, entregándose uno y otro a largas meditaciones; las de aquel no hay que decir a qué se referían; las de este es de notar que siendo tan rudo como era, se referían a los más graves asuntos de la política de su época, sin que le empeciesen para ello las últimas palabras de don Ramiro.

Y andando, andando, el rey monje y el político escudero pasaron horas tras horas, y el sol comenzó a declinar, y antes de mucho no iluminó más que las cimas de los montes, y poco después se hundió de golpe detrás del pico más alto de la sierra. La luz del crepúsculo cayó misteriosa y lúgubre sobre las cuestas y los valles, al cabo.

Era ya aquello, a no dudarlo, lo más inculto y deshabitado de la sierra; ni un castillo roquero, ni una ermita milagrosa, ni siquiera un chozo humilde de pastores, nada se hallaba al paso que indicase labor humana.

De trecho en trecho manaban de las rocas copiosos hilos de agua, que, después de encharcar el camino, iban a perderse en lo hondo de los barrancos o a bañar estériles malezas. Con ser los fines de la primavera, apenas matizaba alguna violeta silvestre la parda sombra de los montes; o si la había, era tan espinosa la hierba entre la cual crecía, que se desgarraba la mano infeliz que osaba tocarla. Sólo algunas encinas olvidadas señoreaban aún las altas rocas o extendían sus raíces por los barrancos, inclinando las hojosas copas a lo hondo. Las había tan mal sujetas a la tierra o tan quebrantadas por los aguaceros y huracanes, que al menor soplo de viento se agitaban, parecía que hubiera podido moverlas el aliento de un hombre.

Los innumerables rumores del crepúsculo bajaban ya rodando por las cuestas, o subían en ecos de los hondos valles; hijos del agua, del viento, de los reptiles, quizá de espíritus encerrados en las piedras y en las hojas, que soberbio niega el hombre, porque no han tenido a bien visitar sus ojos todavía. No podía decirse que fuera de noche, pero no era ya de día. Todos los contornos se iban borrando, todos los colores desapareciendo, y al cabo de algunos instantes sólo se distinguían el color del cielo y los contornos de las estrellas.

En este punto don Ramiro interrumpió sus meditaciones, gritando:

-Aznar, Aznar, ¿sabes que no puedo sostenerme en el caballo? Mis pensamientos me han sostenido hasta aquí; pero ya me faltan enteramente las fuerzas. Tengo aturdida la cabeza, la vista se me va, los brazos se me doblan al peso de las bridas; muero, muero si no hallamos por aquí descanso y alimento.

Y tenía razón el monje, porque más de veinticuatro horas eran pasadas sin que probase bocado ni bebida alguna, y poco menos de veinte hacía que no dejaba la silla del caballo. Cualquiera habría hecho alto, cual don Ramiro lo hizo en este punto, denotando en gestos y acciones que le era imposible pasar adelante; cuanto y más un hombre, criado en el método y reposo de abadías y palacios, como él era. Aun no podría explicarse su extraordinaria fortaleza sin el calenturiento afán que embarazaba su ánimo.

Verdad es que los almogávares no se notaban así el ayuno, ni la sed, ni la fatiga; pero ¿qué había en ellos que pudiesen igualar los demás hombres? Ellos sabían pegar los labios a las húmedas rocas, y recoger el agua pura que allí manaba o buscar hierbas con que entretener el paladar y los dientes; y caminar con hambre, y reír cuando la sed devoraba sus labios. Así es que nadie hubiera dicho que tan larga jornada trajesen hecha, sufriendo tamañas penalidades. El crepúsculo de la tarde los hallaba dispuestos a pelear, ni más ni menos que los halló la primera luz de la mañana.

Ninguno de estos almogávares excedía a nuestro Aznar en fortaleza; él ni aun había probado la hierba, o el agua de las peñas, como algunos de sus camaradas. Y, fuerza es decir, no sintiendo en sí necesidad alguna, se había olvidado de las del rey. Pero como le tenía tan conocido, al oírle decir que no podía pasar ya adelante, se encendieron sus ojos en ira; aquel era un nuevo obstáculo, y no el menor que hubiera ofrecido hasta entonces la fuga.

-El caso es, señor -dijo con el acento más blando que supo-, que estamos a tres horas de Barbastro todavía, y estos montes no pecan de solitarios y tranquilos a la medianoche, ni andan muy sobrados de comodidades. Volviendo atrás o yendo adelante podremos hallar sitios y lugares harto más cómodos y seguros que este. Pero aquí precisamente no es posible que hagamos alto. Desde aquellos picachos cercanos podríais distinguir la frontera de los moros, y aunque hubieran de acudir algunos más almogávares en nuestra ayuda llegado el trance, si se les ocurriese a los perros hacer esta noche una algarada, tendríamos mucho en que entender con ellos.

-¿Moros dices? -respondió el rey turbado-. Ya veo, ya veo que Dios me trae a poder de infieles para que sea más cruel mi muerte y mi castigo; he aquí evidente su Providencia, Aznar; he aquí lo que logra el hombre con querer sustraerse a la cólera de Dios.

Y comenzó a persignarse de seguida.

-Aznar -dijo en esto uno de los almogávares de más edad-, o me falta el conocimiento, o gente ha llegado aquí, y no ha pasado adelante, de modo que debe de andar escondida por estos matorrales. Ha rato que vengo siguiendo las huellas de los caballos. Ahora acabo de perderlas, y no quedan más que las de los hombres que aquí sin duda se desmontaron. El número no podré decírtelo, pero...

-Cuatro son, no más, buen Carmesón -dijo, interrumpiéndole, otro de los almogávares-; y cierto que la edad te va quitando el conocimiento, cuando no has sabido contarlos. Yo sé y veo bien hacia dónde se encaminaron hombres y caballos.

El rey, que escuchaba afanosamente aquellas conversaciones, metió entonces espuelas a su corcel; pero vacilaba ya en la silla, y claramente se veía que le era imposible acabar la jornada.

Aznar, que había visto hasta entonces sin temor aquellas huellas, comenzó a desesperar de la salvación del rey. «Estos caballos -decía para sí- deben de ser de moros que nos han descubierto, y han venido a dar noticia de nuestra llegada a otros moros, que nos esperan, sin duda, emboscados. Por aquí suelen andar almogávares, y llamándolos con mi silbo harto sería que, entre unos y otros, no pudiéramos asegurarle al rey la fuga, aunque fuera dejando nuestros cuerpos por despojo a esos perros maldecidos. Pero si son muchos y nos matan, y el rey no puede tenerse a caballo y no sabe huir, ¿qué va a ser de su persona? ¡Pobre rey! Debe de ser cierto que está condenado en vida, como dice, según se le cierran los caminos para salvarse».

Intenciones tuvo de santiguarse el almogávar; pero venciendo en él lo áspero de la condición a las debilidades de la conciencia, acabó por jurar y decir una blasfemia.

En esto hirió sus oídos el sonido de un laúd, y al punto mismo, una voz más agria que dulce, entonó en toscas melodías un romance, cuyo significado no se podía comprender bien, porque no dejaban que llegaran siempre las palabras, y todo entero se oyese, las ráfagas del viento. Sólo sonaron claramente de cuando en cuando trozos de versos que muchos almogávares repetían, como si los supiesen de coro:

 Búscanse dos caballeros
 que defiendan la su vida,
 contra los acusadores
 que en el campo se vería
 la justicia cuya era
 y a quién Dios favorecía.


Esto fue lo primero que escucharon, y en otros momentos posteriores trajo el viento estos otros trozos del romance:


 Ya se parte el buen conde
 con el fraile que le guía...
 Las rodillas en el suelo
 el buen conde así decía:
 Yo soy, muy alta señora,
 de España la ennoblecida,
 y de Barcelona conde,
 ciudad de gran nombradía...
 Bien seáis venido, conde;
 buena sea vuestra venida...
 Vuestra vida está segura,
 pues que Dios bien lo sabía
 que es falsa la acusación
 que contra mí se ponía...
 Parten el sol los jueces,
 cada cual toma su vía,
 arremeten los caballos,
 gran encuentro se hacía...
 Don Ramón a su contrario
 de tal encuentro le hería,
 que del caballo abajo
 derribado le había.


-Amigo es él -dijo Aznar en este punto-, y de los buenos por cierto, que con cantarme ese romance, seguiríale yo al cabo del mundo. Oye, Carmesón, en trance estás de reparar tu falta de conocimiento en lo de los caballos; corre y averigua quiénes son los que tan sabrosamente entretienen la noche en la maleza. Apuesto a que ellos nos proporcionan cuando necesitamos, que es hogar seguro y cena ajustada a la calidad de este caballero con quien venimos.

No fue menester que el Carmesón se adelantase mucho, porque los del laúd y el cantar, no menos sagaces que los almogávares, ya habían notado que cerca de ellos andaba gente, por lo cual guardaron repentinamente silencio; y antes de que llegase al sitio de donde salían los sonidos para observarlos, se encontró ya el almogávar con un hombre que al parecer lo observaba a él cautelosamente.

El desconocido fue quien al cabo rompió primero el silencio, diciendo:

-Vuelve esos tus dardos al cinto, almogávar, que entre tú y yo no puede haber sino paz y buena compañía. ¿Qué gente es esa que viene contigo? ¿Sois todos almogávares?

-Todos menos uno -respondió Carmesón-. Pero, ¿y tú quién eres, que te metes a hacer preguntas a los que vienen a hacértelas a ti mismo?

-Torpe andas, Carmesón. Torpe te tienen los años.

-Lo sé, porque no es la primera vez que lo oigo esta noche. Pero torpe y todo, ten por cierto que no he de errar el tiro en tu cuerpo si no me dices pronto quién eres.

-¿Qué es eso? ¿Qué tardas y qué hablas? -gritó Aznar, que ya se acercaba impacientemente.

El desconocido se puso a silbar en voz baja del modo mismo que Aznar había silbado para llamar a los almogávares.

-Nuestro silbido es -dijo Carmesón-, no hay duda. Pero... ¡mal haya de mí que no le he conocido antes! Razón tenéis para llamarme torpe, torpísimo. Sosiégate, Aznar, no es otro que Maniferro, el buen Maniferro que ha meses echábamos de menos por estas sierras. Maldita oscuridad la de la noche, y malditos años los míos que me van tapando los ojos.

Al oír el nombre de Maniferro todos los almogávares prorrumpieron en estrepitosos vivas. Y aun algunos de ellos, desnudando los hierros, comenzaron a golpearlos contra las piedras, pronunciando, como en señal de alegría, aquel terrible grito de guerra:

¡Desperta, ferres!


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XVIII
Pág. 19 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Descríbese un moderado banquete y no poco alegre festín


... Como sátiros desnudos y hambrientos saltando de peña en peña...


(Felíu de la Peña y Fariel: Anales)



Un rrey atan poderoso
e sennor de atal campanna,
non yaga commo rraposo,
enconado en la montanna.


Sy vos sodes rrey guerrero,
buen cauallero en siella,
salide aqueste otero,
reçibir rrey de Castiella.


(Poema de Don Alonso el Onceno)


Al oír tal grito y tales vivas el llamado Maniferro o Mano de Hierro, acabó de salir de unas matas, con que hasta entonces ocultaba parte de su persona, diciendo:

-Fivallé, Yussuf, Assaleh, seguidme, que estamos entre camaradas y gente buena; seguidme pronto, porque he de azotar al último que suba con la brida de mi caballo. Arriba, arriba, y dejad el matorral a esos honrados osos de la montaña, sus naturales señores, que gente hay aquí de la cual no tenemos por qué ocultarnos.

-Mal modo de estar ocultos es el cantar romances y pulsar laúdes en tales desiertos. Aunque los perros muslines de Lérida fueran todos tan torpes como nuestro buen Carmesón...

-¿Va de burlas? -dijo a esto Carmesón, un poco amostazado.

-No por cierto -respondió Aznar, que era quien a la sazón hablaba-. Quiero decir que, aunque todos los de Lérida tuviesen tus años y tu cortísima vista, a haberles venido en mientes el pasear estas breñas, no habrían tardado mucho en dar con el señor Maniferro.

-¿De cuándo acá eres prudente, Aznar? -dijo el desconocido jovialmente-. Por la Virgen de la Gleba que el pelear yo solo con veinte de esos perros lo hubiera tenido por bien, a trueco de verte aquí esta noche; porque a ti especialmente ha muchos meses que no te veo, y no quiero que se me olvide tu manera de pelear, y la buena gracia con que sabes sembrar las hazas de turbantes. Pero a decir verdad, no era fácil que ahora se me ofreciese tan extremada ocasión y trance; que no soy temerario como sospechas y aun me tengo por más prudente que tú, sin vanidad alguna. Sábete que tengo bastante gente apostada a las orillas del Segre, para que no pueda salir una cimitarra de Lérida esta noche. Y lo que es de moros me tengo aquí por tan seguro como en las torres de Barcelona. Si me ocultaba, no era sino por miedo de los curiosos, que nunca falta caballero andante o monje mendicante que recorra los caminos; y aunque este es asperísimo, no es de los menos frecuentados, con estar algo cerca de la noble ciudad de Barbastro. Ni ignoras que gusto poco de ser conocido, y que sólo delante de vosotros suelo levantarme con placer la visera del yelmo.

Don Ramiro no echó en saco roto estas nuevas, y se alegró harto de oírlas, porque ya que no fiase de Maniferro, al menos parecía cristiano, y no era para él tan temible como los infieles, en los cuales estaba todavía pensando.

Aznar también se alegró por don Ramiro.

Y entre tanto, algunos de los almogávares no cesaban de vitorear a Maniferro, y otros repetían desesperadamente su antes temeroso y ahora alegre grito de guerra, sin dejar de azotar los hierros contra las peñas.

-Tened, tened, camaradas -dijo Maniferro-. No es hora aún de que despierten las espadas; dejadlas dormir, que harto breve será su sueño, viniendo en mi compañía. Cabalmente esas orillas del Segre y del Cinea están pidiendo a gritos un buen San Martín, porque los marranos, ni hoja ni grano dejan a salvo. Pero ya os he dicho que tengo hueste hacia Lérida. Ofrézcoos para mañana o pasado muy buena danza de espadas.


-Los pícaros -dijo Carmesón- no os han visto nunca sino al punto de batallar, y es ya usanza suya esto de saludaros desde lejos con el grito de guerra, a fin de que encontréis al llegar viva la sangre y ardiente ya el hierro. No quieren perder tiempo ninguno cuando se hallan con una buena ocasión de pelear; y vos mismo habéis celebrado esta prisa otras veces.

-Razón tienes -dijo Maniferro-; pero advierte que hoy no os he llamado yo, ni he venido a buscaros, sino que vosotros me habéis sorprendido, como quien dice, en mi hogar. Hasta mañana por la mañana, lo más pronto, no tenía dispuesta la danza.

-Sea mañana -respondieron los almogávares, envainando perezosamente las espadas.

-Pero advertid -dijo Aznar- que vuestro deber no es sólo pelear contra los moros, sino servir como buenos vasallos a nuestro rey y señor don Ramiro, si a servirle os llama.

-¿Y quién te ha dicho -repuso Maniferro- que don Ramiro pretenda semejante cosa? Vosotros no sabéis servir sino con el hierro, y él es poco amigo de este metal.

-Vos, señor caballero -dijo Aznar-, no sois aragonés, sino catalán, y vasallo del conde de Barcelona. Y por lo mismo no estáis obligado a acudir al servicio del rey de Aragón, como nosotros lo estamos.

-Poco importaría eso, con tal que quisiera él servirse de gente honrada.

-Pues de que lo quiera no dudéis, y aquí está un buen caballero que podrá confirmarlo.

Dijo esto señalando a don Ramiro, que no había perdido una sílaba de aquel diálogo extraño.

-Que me place -respondió Maniferro, reparando entonces en don Ramiro-. Ofrézcome a dar de cenar a este buen caballero, que harto molido y hambriento se conoce que viene, si como merecen sus prendas, no mejor que de vosotros y de estas soledades pudiera esperar sin duda. Al olor de las viandas y al retintín del jarro, él contará lo que sabe, y yo os diré lo que convenga. Hola, Yussuf, Assaleh -añadió gritando- perros infieles, ¿no tenéis tendidos los manteles todavía? Al suelo, camaradas, y partamos nuestro pan y nuestro vino, según ordena la ley de Cristo que, aunque pecadores, seguimos.

-Aznar, Aznar -dijo en esto el rey-, lo de la cena lo acepto, porque dicho te tengo que no puedo resistir más la abstinencia, y eso que he practicado tan largos ayunos en la regla. Pero, ¿no te parece que será imprudencia fiar el secreto de mi nombre y calidad a ese extranjero?

-Sí que lo sería -dijo Aznar-. Aunque estamos ya seguros de infieles, a lo que parece, no lo estaremos de traiciones hasta mañana, que vendrán, a juntársenos cuantos almogávares anden por estas sierras, según tengo avisado ya con dos de los nuestros. A fin de que vengan pronto, les he encargado decir por todas partes que vos sois un mensajero del rey, un caballero de su casa. No hay más que continuar aquí también con el engaño.

-¿Engaño? No en mis días -dijo el rey-. Primero querré que me maten, Aznar. ¡Engaño! ¡Pecado! ¿Te parece que no son bastantes los que traigo conmigo?

-Pues diremos que sois rey.

-No, no, tampoco. Tú no conoces a ese extranjero, Aznar; no sabes si es o no capaz de alevosía.

-Sólo sé -dijo Aznar- que es esforzado, porque meses ha se apareció en estas montañas con otros almogávares de tierra de Cataluña, y yo y otros fuimos con él y ellos a dar en los moros de Lérida; y a fe que mejores tajos y mandobles que repartió el buen caballero no los he visto descargar en mi vida. Desde entonces le apellidamos por acá Maniferro.

-Bien pudiera ser verdaderamente de hierro todo su cuerpo, y ser traidor, sin embargo.

-Es muy cierto; pero, ¿cómo hacer si vos no queréis pasar por otro que sois?

-Un remedio se me ocurre, Aznar; pero no sin algunos escrúpulos, aunque lo he visto practicado, en ocasiones, por muy devotos monjes de mi monasterio de Tomeras, y de aquel otro bendito de San Zoíl, sobre el Carrión, en que hay nada menos que tres cuerpos de mártires.

-Decid, que yo haré cuanto queráis.

-Has de saber, Aznar -dijo el rey-, que una cosa es mentir, y otra muy diferente es ocultar la verdad: lo primero no es lícito nunca; lo segundo puede serlo algunas veces; al menos ya te he dicho que así lo hacían ciertos monjes de Tomeras, uno de los cuales andaba en olor de santidad.

-No comprendo -dijo Aznar cándidamente-. Si este buen caballero Maniferro os pregunta el nombre, ¿tenéis más que decirle quién sois, o no, decirle que sos otro cualquiera? No hallo medio en esto.

-Fuerza es hallarlo -dijo el rey-, porque en ese medio está el remedio: no lo habría de otro modo.

-Perdonad, señor -dijo Aznar-, si no se me alcanzan mucho en estas cosas. Para eso me crio tan soldado mi padre, para que no tuviera necesidad de saber tales delgadeces y sutilezas. Decidme claro que le contestaréis si él os pregunta quién sois.

-No le diré nada: haré como si no hubiese entendido la pregunta.

-Malo es Maniferro para eso. Cien veces seguidas repetirá la pregunta, y acabará por fiarla a la espada, que dicho os tengo que es buena, como yo no sé de ninguna otra de caballero. Y en tal caso, tendríais que descubriros o resignaros a que peleásemos vos y yo solos contra él y los suyos. Porque de seguro los almogávares no osarían ponerle un dedo encima de la armadura, tan grande amor le tienen, a no oír vuestro nombre.

-Y sabiendo ellos mi nombre...

-Sabríalo él, por fuerza; y si es traidor y rebelde, como los caballeros y ricoshombres de Huesca, podría muy bien tendernos una celada antes que fuese de día y apoderarse por armas de vuestra persona y la mía, aunque quisiesen pelear estos almogávares contra su hueste. Que no es seguro, pues si tengo por difícil que peleen contra ese buen caballero Maniferro, a no sonar vuestro nombre, sonando y todo tengo por punto menos que imposible que se las hayan brazo a brazo con la hueste que él dice que tiene en las no muy lejanas huertas de Lérida, la cual se compondrá, sin duda, de almogávares catalanes, que son unos mismos con estos aragoneses: hermanos en el nacimiento, en la fatiga, en la gloria, y no pocos de ellos ignorantes de que en estos montes unas piedras se llamen Aragón y otras se llamen Cataluña.

Don Ramiro, aturdido con tales observaciones, no contestó palabra. Y en aquel instante se oyó la voz de Maniferro que gritaba:

-¡Ah del buen caballero! La cena está pronta; las hogueras arden, de modo que no echaremos de ver la oscuridad de la noche; hay asientos en la hierba que pudieran ser tronos de reyes, y sobra humo en el aire para templarnos la humedad de la noche. Junto a Dios que no se ha visto en alcázar alguno más alegre banquete que el que yo os ofrezco ahora al raso. Yussuf, Assaleh, si advierto la menor falta en la cena, de cena habéis de servir vosotros a mis lebreles. Y tú, Fivallé, menea ese laúd: diablo de escudero, ¿qué tardas en tocar alguna cosa? Disponte a decir de nuevo el romance del caballero del Dragón, que tengo para mí que no ha de desagradar a nuestro huésped.

Todo esto lo decía el caballero con acento tan jovial, que no cólera o susto, sino risa y gozo infundían sus amenazas.

Don Ramiro fue el único que las tomó al pie de la letra.

-Parece que tiene mal corazón este hombre -le dijo a su escudero-. Oye, Aznar amigo, ¿será posible que no me defiendan estos villanos, si por ventura quiere asesinarme? Por Dios, hijo mío, no se te escape decirle quién soy.

Aznar no respondió, pero diole a entender con una seña que guardaría el secreto. Y caballero y escudero se fijaron luego enteramente en el espectáculo extraño que a sus ojos se ofrecía.

Habían desembocado de un angosto paso labrado por las aguas de invierno entre dos montes, y se hallaban a la sazón en una llanura más larga que ancha, abierta en uno de sus lados por un profundo barranco. Las aguas, al salir de entre los montes, se precipitaban sin duda por aquel barranco, haciendo en la asperísima cuesta quebraduras que podían servir de sendas para llegar a lo hondo. El barranco y la cuesta se distinguían muy bien a la luz de tres grandes hogueras encendidas al borde mismo del precipicio donde se consumían luciendo y chisporroteando altas piras de enebro recién cortado. Descubríanse también en la cuesta ciertas cuevas formadas por los salientes peñascos, en alguna de las cuales debían de estar recogidos Maniferro y sus compañeros cuando llegó la comitiva, porque aunque él no se supo de dónde vino, a estos claramente se los vio subir por una raja de la pendiente al llano, donde hizo alto la comitiva.

Hacer alto, tirar al suelo los chuzos, arrojarse por el barranco unos, trepar otros por los montes vecinos, cortar troncos y ramas, acarrearlas y con ellas encender las tres hogueras, había sido para los almogávares obra de un instante, como solían ser todas las de aquella gente agilísima y resuelta. Luego sacaron de los zurrones sendas cebollas y castañas, y sin otra preparación las pusieron a la lumbre. Algunos, más afortunadas, descolgaron de los cintos y arrimaron al fuego hasta tres liebres, un cabrito montés y unas pocas palomas, muertas al acaso por el camino. Y mientras se aderezaba la escasa y rústica cena, juraban y reían los almogávares al amor de las hogueras, tan contentos como pudieran estarlo en hogar propio.

No tardaron mucho más en ser cumplidos los mandatos que dio Maniferro a sus compañeros.

Eran estos tres hombres de singular aspecto y catadura. Frisaba el uno de ellos en la madurez de su edad; tenía el rostro ancho y lleno, la mirada fría, y su limpio traje y atavíos, si no ya por hombre principal, dábanlo, al menos, por persona de honroso empleo y ejercicio. Traía este ligera rota y espada ceñida. Una gorra cubierta de malla le defendía la cabeza, dejando ondear sobre ella dos plumas de cisne, y pendía de su espada un laúd, indicio de ser él quien antes hubiese cantado.

Los otros dos parecían mucho más mozos, aunque no pudiera afirmarse que lo fuesen. Porque no era la noche más oscura que su tez, así come el marfil no era más blanco que sus dientes, que relucían como estrellas entre las sombras de los rostros; y los menudos y ásperos rizos de los cabellos, y la expresión extraña de las facciones, dábanlos, sin más dudar, por etíopes y esclavos. Vestían los dos un traje, mitad morisco, mitad cristiano. Cubríanles la cabeza sendos gorros de lana color de púrpura, defendidos por gruesas barras de hierro, que partiendo de una de ellas que ceñía la frente, subían a encontrarse a cosa de una cuarta del pelo, como en punta de lanza. Abrigábanlos jubones de malla y toneletes, con escamas de hierro, y de las espaldas traían colgados redondos escudos de piel de león con aros de hierro. Un ancho alfanje, un puñal y un arco y flechas eran sus armas ofensivas.

El del laúd se sentó en una piedra, no lejos de cierta encina corroída y vieja, en cuyas ramas comenzaban a prender fuego las chispas escapadas de una de las hogueras, suavemente azotada del vientecillo de la noche. Allí se estuvo algún tiempo tranquilo y silencioso, templando las cuerdas de su instrumento y preludiando algunas melodías de frases lentas y melancólicas que parecían principios de la jota a veces, y a veces notas de la caña, o la malagueña de nuestros días.

Los dos moros negros ponían atento oído a lo mejor a aquellos sones como si no les fuesen desconocidos o viniesen de tierra que hubiesen por largo tiempo habitado. Entre tanto desembanastaron unos blanquísimos manteles y los tendieron sobre la hierba, al pie de la encina que ardía, la cual de esta manera vino a ser lámpara y chimenea del banquete. Luego pusieron sobre ellos hasta media docena de platos de oloroso cedro, guarnecidos de plata, cosa de gran lujo y riqueza para aquellos tiempos: tenedores, ni los traían ni eran conocidos entonces; de cuchillos no había que hablar allí, trayéndolo cada hombre bien afilado y largo consigo; pero entre tanto se echaban también de menos. Lo que no faltaba allí era qué comer y beber; pues había carnero, gallinas y hasta una gran cabeza de jabalí; congrio en salsa, bien guardado del aire en una mediana vasija de barro cocido; vino del Priorato, abrigado como a su calidad correspondía en jarro de plata; otro que debía de ser más plebeyo en dos cántaras de arcilla que parecían ánforas romanas; pan, en fin, amasado con los mejores candeales de Suera o de Urgel. Poderosos incentivos todos ellos para despertar el apetito de cualquier hombre de pro y aun señor de vasallos, cuanto y más el de aquel pobre aventurero don Ramiro, que tras de llevar largas horas de abstinencia, había sido abad y rey sobrado tiempo, para que, penitente y todo como era, pareciese insensible al amor de los buenos bocados.

No de otra suerte podría haber sucedido que, al distinguir los manteles blanquísimos y sus sabrosos huéspedes, huyesen todos los pensamientos tristes y siniestros de la imaginación de don Ramiro, y que, sin esperar otra invitación, fuera a ponerse delante de uno de aquellos olorosos platos de cedro, donde no tardó en depositar una generosa tajada el jovial y comilón de Maniferro. Cualidad por cierto, esta última, harto censurada por el cronista mozárabe, que tomaba muy a pechos las sublimidades del espíritu, creyendo erradamente que no se ajustan con ellas los más sabrosos apetitos de la carne y de la materia; inocente y naturalísima en hombre tal como parecía Maniferro a nuestros ojos.

En el banquete no se oyó palabra por un buen espacio de tiempo. Traslucíase que uno y otro de los dos principales y más altos comensales aplazaban la plática para cuando estuviesen ociosos los dientes, y a sus solas imperase el jarro en los manteles, aprovechando las treguas para contemplarse a su sabor, y calcular cada cual con qué género de hombre se las había.

Ni uno, a la verdad, ni otro quedaron muy pagados del fruto de sus observaciones.

Los ojos de don Ramiro, ya tibios y mortecinos, ya vívidos y fulminantes; su tez morena y pálida, sus cabellos lacios y descompuestos, sus armas menos ricas que convenía a un caballero, y la mala gracia con que las llevaba, todo esto llenaba de confusiones al desconocido. Y como de las confusiones nace el error casi siempre, túvole por viejo, cuando era hombre don Ramiro que no había pasado de la edad madura; túvole por de baja prosapia, cuando no la había más ilustre que la suya; túvole por socarrón y malicioso, cuando era el propio candor y la benevolencia misma. Tan distinto de la verdad fue su juicio.

Más acertado anduvo don Ramiro; pero no porque fuese sagaz, sino porque la fisonomía de Maniferro denotaba con harta claridad la condición de su dueño. Era mozo de menos de treinta años, alto, fornido, de oscuro y rizado cabello, de ojos negros, firmes y penetrantes, rápido en el hablar, imperioso en los gestos, brusco en los ademanes, como quien no está acostumbrado a tolerar contradicciones. Hombre como él, no podía menos de haber expuesto muchas veces su persona y de haber llevado a cabo arduas empresas; leíase en su rostro aquella aspiración a lo grande, a lo imposible, que es patrimonio de los que llaman héroes en la tierra. Si parecía jovial obra era, sin duda, de sus pocos años y de su natural franqueza; porque allá en los pliegues de su frente se escondían negros nublados de ira, que no dejaban asomar amenazadores tan luego como alguna cosa, por pequeña que fuese, le disgustaba. Y en verdad que tales observaciones no eran a propósito para disipar del espíritu de don Ramiro recelos o temores, no obstante que el apetito le tuviese cerradas, por de pronto, las puertas y ventanas del sentimiento.

Pero ni el falso juicio de Maniferro, ni el verdadero y cierto de don Ramiro perturbaron las prudentes treguas que, por tácito consentimiento, se habían ajustado entre ellos. Y en el ínterin Fivallé preludiaba en su laúd melancólicas armonías; y ya subiendo, ya bajando, ora imitando la caída estrepitosa de los manantiales, ora el tardo paso de los arroyos; bien mintiendo gorjeos de ruiseñores, bien murmullo de fuentes; tal vez remedando a los céfiros que mansamente agitan las hojas; tal vez a las tórtolas que se anidan en los troncos de las arboledas, daba muestra de larga práctica y extremada ejecución en su oficio. Al amor de tales y tan diversos sonidos parecían más sabrosos los manjares todavía que en sí eran y más acertadas a cada comensal sus recíprocas observaciones.

Maniferro rompió, al fin, el silencio, diciendo:

-Muy puesto en razón sería, señor caballero, que ya que hemos de beber en un mismo jarro y hemos de pasar juntos una noche al raso, vos me dijerais vuestro nombre y yo os dijera el mío, y aun quizá no sería perdido este conocimiento para entendernos en cualquier trance y plática que ocurriese. Pero bien mirado, no puedo yo exigir que me deis vuestro nombre, ni siquiera desearle, supuesto que el mío tengo hecho propósito de mantenerlo secreto por ahora.

A este punto respiró con poderoso esfuerzo don Ramiro, como si por algunos momentos hubiese tenido el pecho oprimido.

-Sea como vos queráis, buen caballero -le contestó-. Y de mí sé decir que os tengo por tan noble y famoso desde ahora, que no me ha de hacer falta jamás oír ni saber vuestro nombre.

Pues a mí no me sucede lo mismo -repuso el desconocido-; antes tendría singular placer en saber el vuestro, diciéndoos el mío, por más que vuestro buen talante acredite la antigua nobleza que hay, sin duda alguna, en vuestra persona.

Pronunció esto Maniferro con tal acento de voz, que oídos sagaces lo habrían denunciado al punto por de hombre socarrón y dado a burlas; pero don Ramiro no se dio un punto por ofendido.

-Hablasteis -dijo luego- de un propósito o acaso de un voto: dignaos decirme si él os trae por mucho o por poco tiempo acá, y os impide por mucho o poco tiempo también contentar la curiosidad de los que la tengan en conoceros.

-No puedo decir quién soy en otra parte que allí donde tremola su pendón el conde de Barcelona; y es propósito firme que tengo hecho, aunque voto formal no sea.

-Singular misterio es -dijo don Ramiro-, y gran fortuna la vuestra que tal secreto os permite guardar, cuando traéis con vos tantos testigos.

-No los traigo sin su cuenta y razón, señor caballero. ¿Creéis que a saber mi secreto más de uno solo podría conservarse por largo tiempo? Los buenos de los almogávares no saben de mí otra cosa que lo que yo les digo, ni, a decir verdad, se muestran ellos deseosos de saber más que esto. Y tocante a mis servidores, dos de ellos, Assaleh y Yussuf, vinieron ya a mi poder harto discretos, supuesto que en su tierra de África les cortaron las lenguas para que no divulgasen los secretos de sus malditos y paganos señores. El otro, que es ese Fivallé, así sabe tañer y cantar como entender en cualquier trama de guerra o de política; pero también sabe que él es el único depositario de mi secreto, y que, divulgándose, no tardaría más en rodar su cabeza que en llegar la noticia a mis oídos... Pero, ahora que recuerdo, Fivallé..., diablo de Fivallé..., canta, canta tú otro romance, que ya yo entonaré quizá uno mío, y es de hombres bien nacidos contentar y servir largamente a sus huéspedes.

Fivallé entonces cantó, acompañándose con su laúd, el siguiente


 Romance

     Trotando va el buen conde,
 blandiendo está el lanzón,
 en el mirar, con ira,
 con fe en el corazón.
 

     Y dueñas y escuderos
 le dicen a una voz:
 «Por Dios lidias, el conde,
 su ayuda te dé Dios».
 

     Orillas de una fuente
 durmiendo está un dragón;
 de hierro son sus garras,
 sus ojos, ascuas son.
 

      «Despierta -el conde dice-
 porque te pueda yo
 vencer, a esfuerzo mío
 que a buena suerte no».
 
     Ya ruge, y se levanta,
 y ya al conde va feroz:
 la lanza quiebra el conde,
 vacila en el arzón.
 

     Mas de la fuente al agua
 le muda la color
 la sangre del vestiglo,
 que el conde lo mató.
 

     Y dueñas y escuderos
 ya rezan a una voz:
 «Como por Dios lidiaba,
 le ha dado ayuda Dios».



-Nuevo es, y nunca oído este -dijo Aznar, no bien acabado el romance.

-Breve y bueno -dijo otro luego.

Parecía como nacido, en fin, por el aplauso que obtuvo aquella pobre y dura letra, para tal ocasión y hora. No faltó quien repitiese por allí luego algunos de los versos, como si se propusiese aprenderlos, y no ya los almogávares sólo, sino el mismo don Ramiro mostró que le había oído con placer grande en estas palabras:

-Devoto cantar es, sin duda; podría sin reparo decirse en el coro de un monasterio.

-Monje al fin será acaso ese conde -dijo Maniferro-; pero de los valerosos monjes templarios que no tanto se entretienen en cilicios y en oraciones, cuanto en pelear desde el Jordán hasta el Ebro con los infieles enemigos del nombre de Dios. Monje de los buenos.

Don Ramiro buscó con los ojos a Aznar, y se alegró de verle a pocos pasos, recostado como los demás almogávares al amor de la lumbre.

-Sí -continuó el caballero-; monje podrá ser el conde de Barcelona; pero no penséis que, por serlo, deje que los extranjeros le roben sus ciudades y castillos, o que los propios escarnezcan su autoridad y nombre, como hace ese rey don Ramiro, que tan pobre cuenta está dando de su corona. Brindo, señor caballero, por la buena fortuna del conde don Ramón Berenguer IV, el que mató al dragón que azotaba estos condados y venció en campo abierto a los indignos caballeros que osaron infamar de adúltera a la emperatriz de Alemania. Y porque Aragón tenga pronto un príncipe semejante, en lugar del que hoy deshonra sus blasones.

Empinó el jarro al decir esto, y bebió un razonable trago de vino. Luego se lo puso en las manos a don Ramiro para que respondiese al brindis; pero este, mirando de nuevo a Aznar, soltó el jarro sin arrimárselo a los labios.

-¿Qué es esto, señor caballero? -dijo Maniferro-. ¿Rehusáis el brindis que os he propuesto? ¿Es esa vuestra cortesía? Por Nuestra Señora de Monserrat y el bendito San Martín, cuya fue esta mi espada...

-No os enojéis -respondió don Ramiro, turbado, y no sin volver a Aznar la vista-. Después de lo que habéis dicho de mí, quiero decir, del rey don Ramiro, yo... yo no puedo aceptar el brindis que me proponéis.

-Razón tiene -dijo a esto Aznar brevemente y en voz ronca.

Negrísimas nubes de ira pasaron rápidamente por la frente de Maniferro; y como lo notase Aznar, llevó ya como sin querer la mano al pomo de la espada. Pero fue inútil, por fortuna. Aquellas nubes, aunque no sin hacer él sobre sí un grande esfuerzo, volvieron a recogerse en los pliegues que surcaban la frente de Maniferro, y recobrando luego al punto su jovial franqueza, contestó:

-Leales sois por mi vida, y júroos que no me queda rencor alguno de la buena lección que me habéis dado. Rey es, y como rey, antes hemos de callar que no de descubrir aquí sus faltas. Demás que, si mal no recuerdo, me habéis dicho que don Ramiro requiere ahora vuestros servicios. ¿Es esto cierto, señor caballero? Por ventura, ¿quiere sacar a Zaragoza del feudo castellano, y echar a los navarros a sus fronteras? Él nació bajo el escudo de su padre, y harto triste sería que no quisiera también morir bajo su propio escudo, como nacen y mueren los hombres de honor. Y a ser lo que imagino, no hay más sino que he de tomar su demanda y de pelear a pie y a caballo con todos los castellanos y navarros que calcen, como yo, espuelas de oro, en defensa y pro de su buen derecho.

-Amén -dijo Aznar.

-Amén, amén -repitieron los más cercanos de los almogávares.

-Gracias, gracias, señor caballero -repuso humildemente don Ramiro. Y alentado con aquellos ofrecimientos, que hacían más de estimar el noble continente del caballero y la generosidad y franqueza que dejaban entender sus palabras, añadió con voz ya entera: -No es ahora contra navarros y castellanos la ayuda que quiere el rey de Aragón, es contra sus propios vasallos.

-¿Contra sus vasallos decís? ¿Y cómo puede un príncipe necesitar de ayuda alguna contra sus vasallos? Aquel buen religioso del Temple, don Ramón Berenguer III y su hijo don Ramón Berenguer IV, que hoy es, por merced divina, conde y señor de Barcelona, no han necesitado jamás de otros brazos que los suyos para tener en razón o traer a ella a sus vasallos.

-No serían de osados como estos de Aragón, señor caballero.

-Éranlo mucho, y si os place, hablad y referidme lo que le ha sucedido a don Ramiro con sus vasallos, que yo os diré lo que hubieran hecho en cada uno de tales trances los condes que digo de Barcelona.

En esto, el banquete podía darse por terminado. Maniferro y don Ramiro parecían haber saciado completamente su apetito; los almogávares habían devorado ya sus escasas provisiones, y aun el vino plebeyo de las banastas abiertas. Era más de medianoche y el viento de la sierra venía ya bastante frío, para que no pareciese cada vez más dulce el amor de la lumbre. Sentados, pues, junto a ella dan Ramiro y Maniferro, y tendidos alrededor los almogávares, se entabló la siguiente plática, no indigna de ser conservada, para dar luz a los sucesos que quedan por referir en esta crónica.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XIX
Pág. 20 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Qué cosa era ser buen rey en el siglo XII, y cómo podía convenirle, malo o bueno, saber latines


Llevad vos la capa al coro,
yo el pendón a la frontera.


(Romancero del Cid)


-Figuraos -comenzó por decir don Ramiro-, figuraos, señor caballero, que no bien fue proclamado el rey de Aragón, y cuando apenas había calentado la desdichada corona en la cabeza, se halló con que los ricoshombres de su reino querían disponer de todo, menospreciándole, por ser él nuevo y ellos viejos en armas y gobierno.

-¿Y qué hizo el rey de Aragón al advertir tales injurias?

-Nada hizo, sino empezar a arrepentirse de haber puesto semejante corona en su cabeza.

-Pues tócame ahora a mí -dijo Maniferro- referiros puntualmente lo que hizo el conde de Barcelona en semejante caso a ese. No tenía bien cumplidos dieciocho años cuando murió su santo, padre en el hospital de Santa Eulalia, y le dejó por heredero de este buen condado de Barcelona, que ahora tiene. Viéndole tan mozo, imaginaron los barones y señores que podrían disponer de sus estados, menospreciando su valor; todo como vos decís de don Ramiro. Pues hubo uno que tal imaginación la quiso poner en obra, el cual se llamaba Berenguer de Castellet, y era ferocísimo soldado y veguer a la sazón de Barcelona. Si le hubieran disputado cosa suya al conde, quizá habría cedido en la demanda; pero no era cosa suya, sino de su pueblo, que lo que pretendía el Castellet era imponer en provecho suyo cierto tributo sobre el pan y otras exacciones no debidas. ¿Y sabéis lo que hizo el conde?

-Sin duda defendió a su pueblo, mandando que al mal caballero le cortasen la cabeza -dijo luego Aznar.

-No fue tanto de menester -continuó Maniferro-. El Castellet traía bien fraguadas sus mentiras, y mostraba pergaminos y escrituras, muy primorosamente contrahechos, donde claro se leía que tales exacciones le tocaban, por merced de los condes antiguos.

-Maldito arte el de la escritura -dijo Aznar-. Paréceme a mí que más veces ha de venir en apoyo de la mentira, que no en sostenimiento y defensa de lo que pasa de verdad en este mundo.

-De uno y otro sirve -repuso Maniferro-. Aquellos pergaminos eran privilegios de verdad, con la firma y sello de los condes de Barcelona; pero el menguado de Castellet había sabido quitar las cosas que ellos rezaban, poniendo otras favorables para sí, que jamás habían estado ni podían estar, so pena de destruir a los pobres vasallos.

-Mala ventura al embustero y falsario -dijeron, al parecer, dos o tres de los almogávares; pero de cierto lo dijo Aznar, porque se oyó su voz claramente.

Maniferro prosiguió:

-De poco le sirvió ahora serlo, porque no era hombre el conde que se dejase vencer ni de astucias ni de fieros. Viendo que no podía vencer de sus falsedades al mal vasallo, y que este osaba hablar de sus hazañas, así como para intimidarle, acudió a la prueba del juramento, y para probar la eficacia de este juramento prestose a sostener por su persona el combate y juicio de Dios.

-Otro tanto habría yo hecho en su caso -dijo Aznar.

-¡Viva ese conde de Barcelona! -gritaron entusiasmados los almogávares.

-Loado sea Nuestro Señor, que sin duda dio la victoria al conde -dijo devotamente don Ramiro, no sin persignarse al propio tiempo.

-Tampoco fue de menester -respondió Maniferro-. El viejo adalid no osó al cabo entrar en liza con el mozo. Acaso su sinrazón le quitó el esfuerzo, o quizá le tocó Dios en el corazón para que le conociese; mas de uno u otro modo, ello es que sin riesgo ni fatiga quedó el conde con la victoria y libres del tributo los vasallos.

-Que fue muy justo por cierto -dijo don Ramiro-. Mas advertid que entre los ricoshombres de Aragón hay algunos bien ancianos, aunque malos, a quienes su rey quiere bien desde la infancia, por haber sido continuos y amigos de su victorioso padre don Sancho y de sus hermanos don Alonso y don Pedro; y tales y tan rebeldes como son, los quiere todavía; de modo, que no osaría levantar la espada contra ellos sino en el último extremo y desdicha. ¿Cuán duro no parecería que retase don Ramiro a hombre tal como Férriz de Lizana, por ejemplo? Y eso dando que en su ánimo hubiera esfuerzo para medirse con él.

-De esfuerzo no se diga, porque claro está que sin él no se puede ni se debe llevar corona en la cabeza. Pero en lo del querer bien, ahora he de deciros cómo entiende esto el conde de Barcelona: que es por modo tal, que no ceda en mancilla de su honor o detrimento de sus vasallos. Direlo, si no os parece que peque ya en inoportuno.

-Antes lo tendré por favor singular -replicó cortésmente don Ramiro.

-Pues atended -contestó Maniferro-: ¿habéis oído hablar del valeroso caballero don Guillén Ramón Dapifer?

-¿Y cómo si he oído hablar? -dijo don Ramiro.

Le he visto y le he hablado yo mismo hartas veces en la Corte y gran ciudad de Huesca; y cierto que es muy noble y valeroso caballero.

-Y yo le vi pelear en Fraga -dijo el viejo Carmesón al que tenía más cerca-, y nunca hallé jabalí que con tal furia se metiera entre las armas. No sé cómo escapó de allí con vida.

-Pues ese buen caballero fue a modo de padre y maestro del conde de Barcelona, dado que él le endoctrinó y ejercitó en el oficio de las armas. Como Dapifer no era viejo y era valiente, y gentil, y discreto, fue grande el amor que le cobró el conde. Pero él no tardo en abusar de tal amor oprimiendo a los vasallos del conde, y aun llegó a cortar las aguas del río Besós de los molinos de Barcelona, a fin de avasallar a los ciudadanos. Entonces el conde, prefiriendo a este amor el de sus vasallos, desterró de Cataluña al don Guillén y le confiscó además sus estados; de suerte, que ahí por Aragón anda mísero y pobre, y así se estará mientras no dé señaladas muestras de arrepentimiento.

-Pero ese Castellet y ese Dapifer -dijo don Ramiro- no tendrían fuertes castillos ni numerosos vasallos con que defenderse del conde.

-Los tenía, y toda la más tenía el conde de Tolosa, que osó negar el debido feudo al de Barcelona. Pero al solo amago del castigo cedió también el de Tolosa; que cuando los príncipes son esforzados y resueltos, suelen no necesitar la ayuda de nadie, ni mover su propio brazo siquiera para aterrar a los rebeldes. Por eso ya dije que no acierto a comprender el menosprecio con que los de vuestra tierra tratan ahora a don Ramiro.

-Pintando estáis un héroe en don Berenguer -dijo don Ramiro-, y no todos los príncipes pueden serlo.

-Héroe, no -repuso Maniferro-; es demasiado mozo para haber ejecutado hazañas que basten a ganarle tal nombre. Pero, a lo que se ve, no quiere ser indigno de sus padres.

Don Ramiro se ruborizó al oír estas palabras, y más oyendo en derredor suyo este diálogo, que no pudo impedir, por estar algo apartado, Aznar.

-Por Dios -decía uno- que le sobra razón al señor Maniferro, y que yo daría toda mi sangre por ser vasallo de ese buen conde de Barcelona.

-Mi sangre y la de mi mujer -dijo otro.

-Más de estimar es aquella que no esta -añadió un tercero-, que tú no eres de los mejores casados. Pero no hay duda en lo que decís; un rey como ese buen conde vale más mil veces que el honrado fraile que ahora tenemos en el trono. No va a quedar un palmo de Aragón, si vive mucho tiempo.

-¿Y qué te se da a ti de ello? -dijo a esto Carmesón-. De mí sé decir que no tengo por Aragón sino las montañas donde hemos nacido y por las cuales corren verdaderamente los dos ríos que se llaman Aragón, en cuyas aguas hemos apagado de niños la sed y nos hemos bañado de mayores. Mal hayan las tierras llanas, donde los caballos y los jinetes nos atropellaron a su sabor en la pelea y no nos dejan en la retirada descanso. Mira de qué nos sirvió llegar con el buen rey don Alonso a la orilla del Cinca y ver las vegas floridas de Fraga.

-Ni en monte ni en llano hay caballo ni jinete que resista mis dardos, Carmesón. Tú eres viejo y el miedo se va apoderando de tu persona. Lo que te afirmo es que mucho nos convendría cambiar al rey que tenemos por ese conde de Barcelona.

-Callad -dijo, enterado ya en esto, Aznar, a quien don Ramiro no cesaba de dirigir miradas tristes y suplicantes-. Callad, que no nos dejáis oír la gustosa conversación que suelen traer estos nobles caballeros.

-No será -dijo Carmesón, levantándose- sin que mate antes a este perillán, que ha osado decir que en mí haya miedo.

-Sí será -repuso Aznar-, sin más que yo te lo diga.

Y asiendo de un brazo a Carmesón, tiró de él tan fuertemente, que el viejo vino nuevamente a tierra, no sin magullarse contra los peñascos el cuerpo.

Causó el golpe gran risa entre aquella gente ruda, y Carmesón no tuvo por prudente exponerse a otro semejante, y calló: callaron, como él, todos los almogávares y prestaron de nuevo atención a la conversación de los caballeros.

Fue esto a tiempo que don Ramiro, que había vuelto a reanudar la conversación con su huésped, le decía con voz turbada:

-Ya os he dicho en breves términos lo que pasa: juzgad ahora si son a estos iguales los sucesos que habéis contado. Al rey no le permite Dios que continúe más en el trono, y los ricoshombres no quieren que lo deje: desea, como es justo, que lo herede su hija, y tampoco lo consienten los ricoshombres.

-Extraño es eso -dijo Maniferro.

-Tan extraño, que no sé yo que pueda haber semejanza de este con otros casos, ni remedio conocido. Y aún os falta saber una cosa, que es que los ricoshombres osaron poner preso al rey, y han osado apoderarse de la persona de su hija.

-Por Jesucristo vivo, que mayor desacato no oí en mis días, ni se oyó en los días de mi padre; y que no he de comer pan a manteles, mientras no queden en libertad como yo mismo don Ramiro y su hija. Malos lobos me coman, si no cumplo este buen propósito.

-Bien veo que sois esforzado y generoso, y que de buena voluntad querréis cumplirlo; pero ¿cómo habéis de ejecutarlo? No es fácil, no es fácil, señor caballero.

-Nada hallan difícil las armas -respondió con firme voz Maniferro-: es preciso ir a buscar a los ricoshombres en sus castillos y colgarlos de las almenas; apellidar guerra por Aragón y alzar pendones por el rey.

-Eso digo yo -exclamó Aznar con júbilo.

-Es verdad, eso habrá que hacer -dijo tristemente don Ramiro.

-Y para eso sí -añadió Maniferro- que el rey necesita de ayuda. Yo no habría dejado que me prendiesen, pero una vez preso, osaría llamar en mi ayuda al mismo rey de Fez, si no bastasen los míos, que sí bastaremos nosotros, a lo que pienso... No lejos de aquí tengo una hueste de almogávares catalanes, que son no menos valerosos que estos aragoneses. Con tal gente y algunas de las lanzas de campo, que en Cataluña apellidamos jinetes de perage, y los jinetes y caballeros de Aragón que quieran reunírsenos, harto será que no demos cuenta de los ricoshombres y sus mesnadas. Vos, señor caballero, nos guiaréis a donde está prisionero don Ramiro.

-Es que no está prisionero.

-¿Pues no decís?...

-Logró escaparse de la prisión -contestó don Ramiro, turbado.

-¿Sabéis dónde está?

-Yo no dije... -y no acertaba a añadir nada don Ramiro.

-Basta -repuso por fortuna el caballero, vuelto ya de su arrebato de ira-. Sois prudente, y no queréis decirlo en alto o confiarlo a un desconocido; no importa. No por eso nos guiaréis menos a donde esté, y lo haremos vencedor de los ricoshombres, con el favor de Nuestra Señora de Monserrat y el buen temple de esta espada de San Martín, que por merced de Dios llevo al cinto.

-Pero ¿y qué adelantará con ser vencedor el rey? -dijo don Ramiro-. El caso es que la princesa quedará a merced de los ricoshombres.

-Ya pondremos a su padre en ocasión de libertarla.

-Pero ¿y cuando su padre se vuelva al claustro, quién tomará su demanda?

-¿Quién? Yo -dijo sin detenerse Maniferro.

-¿Vos?... Vos no bastáis para eso, por mucho que sea vuestro esfuerzo y por grande que vuestra voluntad sea.

-Por Dios, que así es la verdad como la estáis diciendo. No es caso este como aquel de la emperatriz de Alemania, en que tanto pudo hacer cualquier lanza como la del propio conde de Barcelona. Y amén de lanza, aquí hace falta también alguna razón o título como creo que dicen los legistas de Barcelona. Un padre... y un hermano..., un tío por lo menos..., un marido...

-Sin duda que un marido sería bastante -dijo entonces don Ramiro-, y ojalá que fuera posible casarla con algún príncipe que tomara a su cargo el reprimir a los ricoshombres, que entonces no padecería el rey de Aragón las amarguras que al presente.

-¿Pues hay más que casarla con el conde de Barcelona? No le hay más a propósito para reñir con barones o hidalgos, con reyes o escuderos, cuando a su mujer le haga falta.

-¿Y cómo ha de casarse con el de Barcelona ni con nadie, si no ha pasado aún de los dos años de edad?

-Tenéis razón; me había olvidado de ese otro obstáculo. Ya veo que no hay más sino que renuncie el padre a volver a su monasterio y se quede a cuidar de su hija en el mundo.

-No, no; eso es menos posible que el matrimonio todavía.

-Pues entonces, abandonemos hija y padre a su suerte -repuso ya impaciente, pero con alegre risa, Maniferro.

-¡Abandonarla a ella!... ¿Sabéis lo que es abandonar un padre a su hija?

-Lo que sé es que habría de volverme loco, señor caballero, si os siguiese más en esos revueltos pensamientos y contradictorias proposiciones. Decidme de una vez: ¿Puede su padre continuar en el trono hasta que ella llegue a mayor edad, amparándola y defendiéndola?

-No puede.

-¿Puede ella casarse en edad tan tierna?

-Claro es que no...; pero...

-¿Qué pero es ese, señor caballero? Por la Virgen de Mongari que no os entiendo. ¿Puede dudarse de que no sea posible tal casamiento? ¿No decís que no cuenta la infanta sino dos años de edad?

-Tened, tened... -contestó de súbito don Ramiro-. Dios comienza a iluminarme... He aquí que van a valerme las pocas letras que aprendí en el convento. ¡Quién lo diría! Pero mal haya de mi memoria... Aquí, aquí está en la punta de la lengua toda una regla que podría servirnos para salir del apuro en que nos vemos... Ya, ya recuerdo... Mucho, muchísimo trabajo me costó aprenderlo; pero no hay como esto de los latines para guarecerse en la memoria. Veinte años ha que los que digo los aprendí con otros novicios en la comunidad, y no se me han olvidado como ahora veréis, no; antes bien, los recuerdo perfectísimamente.

Maniferro, Aznar y todos los almogávares, parecían ya un tanto aturdidos. Y don Ramiro estaba en esto en pie, dando vueltas de uno a otro lado, pegándose golpes con la mano en la frente, y murmurando palabras latinas que ninguno comprendía.

-Sponsalia -decía-, sponsalia..., sunt mentio et repromissio..., repromissio..., nuptiarum futurarum... Oh futurarum!... No hay duda: pueden contraer esponsales.

Y vuelta a repetir los latines, y a darse golpes en la frente, y a pasearse de uno en otro lado.

Al fin Maniferro le puso la mano en el hombro, diciéndole:

-¿Acabaréis? ¿Qué endiablada cosa es esa que os ha ocurrido?

-No cosa de diablos, señor caballero, sino cosa muy admitida y sancionada por la Santa Madre Iglesia. Verdad es que no sé dónde ni cuándo, y esto es lo que...

-No os importe eso, y decid de una vez lo que sea.

-Es -dijo entonces don Ramiro inclinando los labios al oído de Maniferro-, es que hay esponsales de futuro, unos esponsales que se pueden contraer muy bien en edad como la de la princesa. ¡Si hubiera quien quisiera contraer con la princesa esponsales de futuro!

-¡Que si hubiera! ¡Pues no ha de haber! Ahí está, os repito, el conde de Barcelona, que no dejará de aceptar el partido.

-¿Estáis seguro de ello?

-Y tanto como lo estoy. El conde de Barcelona ha pensado más de una vez que estas montañas eran unas mismas, y unos mismos los almogávares de estas montañas: y que el Ebro y el Llobregat y el Aragón y el Cinca, deben correr debajo de una mano propia de rey.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! -gritaban algunos almogávares que oyeron las últimas palabras.

Y señaladamente Aznar, que como más cercano, había oído la conversación casi entera, no cabía en sí de júbilo.

-Ya lo veis, señor caballero -añadió entonces Maniferro-. Ya veis cómo los valerosos almogávares de Aragón celebran su unión y hermandad con los de Cataluña; yo, en nombre de Cataluña, acepto también y aplaudo tal hermandad y unión, y juro que he de procurarla y defenderla hasta verter la última gota de mi sangre si fuese necesario.

-Pero ¿quién sois vos, a todo esto? -dijo don Ramiro-. ¿Quién sois vos para aceptar tal unión y para afirmar que el conde de Barcelona quiera contraer esponsales con la princesa?

-Soy quien puede y sabe hacer cuanto dice -contestó Maniferro-; en mí tenéis la voluntad y el pensamiento mismo del conde de Barcelona. ¿Podré saber si a vos os asisten iguales títulos? ¿Podré ya saber yo por mi parte quién sois?

-Yo..., yo soy lo mismo -dijo titubeando don Ramiro.

-Es decir, ¿que vos conocéis los pensamientos e intenciones del rey de Aragón?

-Sí conozco.

-¿Que sois su continuo amigo?

-Sí soy...

-¿Que él, quedando en lugar seguro, os ha enviado por acá en busca de armas y soldados? ¿Que sois, por consecuencia, un embajador disfrazado del rey de Aragón, y aun acaso su condestable?

-Sí... Sí soy...

-Pues siendo dos, como sois, no haréis en tal caso en esto más que uno solo, de suerte que lo que vos hagáis el otro lo dará, y quedará sin duda por hecho.

-¡Dos, dos!... -dijo don Ramiro- No; sin duda soy yo todo lo que decís. Pero atended...

Estas últimas palabras las dijo de modo que por todos pudieran ya oírse.

Maniferro decía alegremente entre tanto:

-Ajustaremos, ajustaremos el pacto. La princesa será esposa del conde de Barcelona, y Aragón llegará hasta el mar, y Cataluña irá a buscar las fuentes del Ebro.

Carmesón fue el único de los almogávares que no aplaudió estas palabras, diciendo para su coleto:

-Maldiga Dios al mar, y al Ebro y sus fuentes, y toda la tierra llana del mundo. Yo dicho tengo que no quiero salir de mis montañas, y para aguas, bástanme las de las fuentes de Aragón, que en invierno son templadas, como que son aguas de lluvia, y en verano fresquísimas como agua de nieve. Si me matan no he de salir de estas peñas.

Los demás almogávares clamaban en tanto a grito herido:

-¡Viva la unión de Aragón y Cataluña! ¡Viva el rey de Aragón! ¡Viva el conde de Barcelona! ¡Viva la princesa! ¡Hierro, hierro, despiértate; hierro, hierro, despiértate!

Y de concierto con estos gritos, hacían sobre manera extraño y solemne aquel espectáculo el chispear de aceros al caer en las piedras, y los diversos sonidos que el choque del acero y piedra producía, y el rojizo resplandor de los montes de brasas en que habían venido a parar las hogueras, y la tibia luz de las estrellas y de la luna embozada, y los ruidos misteriosos de la noche, y el viento de la sierra, y el agua de los manantiales, y las sombras de los picachos, y la oscuridad profundísima del horizonte.

Por su parte, don Ramiro, con los ojos alzados al cielo, parecía como que en él buscaba el germen de la grande idea que tan laboriosamente acababa de dar a luz su entendimiento, mientras que Maniferro, con el brazo izquierdo tendido hacia los vecinos montes de Cataluña, y el derecho aplicado al pomo de la espada, representaba allí la imagen de la resolución y de la fuerza que para ponerla por obra se necesitaba.

¡Dichoso espectáculo! ¡Dichosos latines! ¡Dichosa memoria la de don Ramiro!


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XX
Pág. 21 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De los escrúpulos que tuvo el piadoso don Ramiro con ocasión de una mentira, y cómo hizo penitencia de su pecado


-Caballero, hablo con vos.
Si porque encubierto estoy...
-Si decir algo tenéis,
descubrid...


(El trovador)


Largo tiempo duraron los gritos y el entusiasmo, sin que volvieran a decir cosa que merezca repetirse letra a letra Maniferro ni don Ramiro.

Maniferro, que al parecer quería tomarse tiempo para meditar sobre el pacto gravísimo de que trataban, principalmente habló del castigo de los ricoshombres aragoneses; y afirmó que al día siguiente sabría ya lo que decía de la buena alianza que se le preparaba el buen conde de Barcelona. A don Ramiro le contentaron mucho estas noticias, y aseguró también, a medias palabras, que el rey de Aragón sabría y aceptaría, antes de mucho, el medio que se le ofrecía de dejar bien amparada a su hija cuando él se retirase al monasterio.

Luego el sueño, esa divinidad inexorable que así apaga los gustos como los dolores del alma, comenzó a cerrar todos los ojos, y al abrigo de las calientes brasas todas las frentes se inclinaron, todos los cuerpos entraron momentáneamente en la inmovilidad ordinaria de la materia.

Sin embargo, no dejaba de oírse por dondequiera ese rumor vago que al parecer señala la lucha del espíritu vivo con la materia amortecida; ruido lento, desagradable las más veces, rápido y doliente algunas. Y a medida que avanzaron las horas, fueron cesando con el triunfo completo de la materia los sonidos desagradables; pero, cosa extraña, se aumentaron sobre manera los suspiros, los ayes de dolor; que ayes y suspiros eran, con efecto, lo que se oía.

Muy solo debía de estar en sus sentimientos quien así suspiraba y gemía cuando al paso de su dolor iba en aumento, aumentábase a la par en los otros el reposo del sueño. Y ni una voz respondía a su voz, ni un suspiro a sus suspiros, ni un ay a sus ayes.

Aquella gente era, a la verdad, muy torpe, o estaba muy segura de sí misma, de su prontitud en el despertar, y de su instinto, porque ello es que no había dejado guardia ni atalaya mientras dormía, como suele decirse, a pierna suelta.

Y, sin embargo, una hora antes de amanecer, cuando más cerrada parecía la noche, se vio surgir, del lado de donde habían salido hasta allí los suspiros, un bulto negro, negrísimo; no quizá porque él lo fuese, sino porque así lo parecía con las tinieblas. Andaba perezosamente como quien teme hacer ruido; y poco a poco vino a colocarse al borde del barranco, pareciendo como que se sentaba, según lo que disminuyó de pronto su estatura.

¿Quién sería el que ya a tales horas dejaba el sueño para entregarse a la vigilia o la meditación?

Enemigo no era, porque solo, ¿cómo había de emprender cosa alguna contra aquel tropel de hombres feroces?

Trajinante no era tampoco, porque los escasos que había por entonces, ni solían caminar a tales horas, ni meterse en tan escabrosos y apartados lugares como aquel era.

¿Quién sería, pues? No hay que dudarlo: era el rey don Ramiro. Ni Maniferro, ni Aznar, ni los demás almogávares parecían hombres de cambiar el sueño por la vigilia o el amor de las brasas, por la fría y escueta orilla de aquel barranco. Era, como decimos, y no podía ser otro, el rey don Ramiro.

Y como desde entonces los ayes y suspiros se oyeron constantemente a la orilla del barranco, no hay que dudar tampoco en que él fuese antes quien suspiraba y gemía.

Ya habrán sospechado esto, sin duda alguna, nuestros discretos lectores.

Sentado unas veces, otras acaso arrodillado, ora alzando los ojos y los brazos al cielo, ora inclinándolos al precipicio, se estuvo allí por algún espacio de tiempo, hasta que, levantándose de nuevo, se llegó a uno de los almogávares dormidos, y tocándole suavemente en la cabeza, le dijo:

-Aznar, Aznar, despierta y vente aquí conmigo, que tengo necesidad de tu compañía. Despierta, despierta.

El almogávar se alzó como un relámpago, y siguió a don Ramiro al lugar mismo donde estaba antes.

-Siéntate, hijo mío -le dijo al llegar allí don Ramiro.

Y el almogávar obedeció también sin decir palabra.

-¡Qué poco amor me tienes, hijo Aznar! -continuó don Ramiro-. Ves que me condeno, que me ardo vivo, y me dejas, y me empujas en el camino de la perdición. ¿No te está pesando en el alma lo que yo ha hecho esta noche? ¿Tan mal me quieres que te echas a dormir tranquilo, después de haber presenciado mi grandísimo yerro? ¡Ay, yo no he podido pegar los ojos en toda la noche!

-Pero, señor -dijo Aznar-, ¿yerro llamáis lo que habéis hecho? ¿Yerro esta hermosa unión de Aragón y Cataluña? A mí me ha costado trabajo dormirme por la primera vez de mi vida; pero no ha sido sino con el pensar que seremos todos unos en adelante los hijos de la montaña. Hemos nacido, lo mismo unos que otros, en los agujeros de las peñas; comemos y bebemos de lo que las peñas dan; morimos, tarde o temprano, sobre las peñas, al golpe del hierro enemigo. ¿Por qué ha de haber quien nos separe y quien nos dé distintos nombres, de catalanes a los unos, a los otros de aragoneses? ¿Por qué estos riscos han de ser enemigos unos de otros, flotando una bandera en aquellos y otra en estos? ¿No hay bastante tierra llana que tener por enemiga, y mares por donde ir a buscar más contrarios cuando se acaben estos que ahora tenemos enfrente?

-Loco estás, hijo mío -dijo el rey-. ¿Quién habla aquí de tal unión o alianza, o como se llame; ni cómo podría ocupar su ánimo en eso un pobre pecador como yo, a quien no le deja un momento tranquilo Satanás, ni le permite con sus tentaciones que haga pura y salva su alma?

A decir verdad, el almogávar era quien sospechaba de su señor que estuviese loco, y eso que no había visto locos jamás, ni sabia de ellos sino de oídas, porque no es la de la mente enfermedad que padecer suelan los hijos de la montaña y de la guerra. Pero era tan extraño lo que decía don Ramiro, que Aznar, aunque ignorantísimo, no rudo, comprendió que una perturbación profunda, que un doloroso desarreglo afligía aquel cerebro, combatido por las más vivas y tenaces de las pasiones, la del amor y la de la religión; amor a su mujer, a su hija; espíritu religioso, que era ya escrúpulo, cavilación, insania.

No obstante, como no era la primera vez que le hablase de este extraño modo, Aznar ya sabía bien que para calmarle no había más que llevarle hasta cierto punto la corriente, y eso hizo ahora.

-Señor -le dijo-, ¿qué nueva pena es esta que os aqueja; qué nueva desdicha es esta que Dios ha enviado sobre vos?

-¡Que no hayas caído en ello! -respondió don Ramiro-. ¿No oíste cómo poco a poco se fue deslizando la lengua de ese atrevido caballero, hasta ponerme en trance de tener que decir quién yo era, o tener que declarar que era otro que soy? Largo tiempo estuve entre dos aguas, hablando de las desdichas de don Ramiro y del rey de Aragón; y cierto que hasta entonces no mentía, porque las desdichas verdaderas son, y no preguntándome nadie quién yo era, no tenía por qué decirlo, ni menos descubrir que era yo el mismo rey de quien hablaba. Pero ¡ay!, que al fin de la conversación no fue ya posible mantener mi buena traza, y el atrevido caballero me obligó a decir que éramos dos: uno el rey de quien hablaba, otro yo, que hablaba cosas, como sabes, de manifiesta mentira. Y lo más malo es que aquí no cabe error de mi parte, ni del que llaman vencible, ni del que apellidan invencible, porque harto bien sé yo que somos uno..., uno, y no más, yo y don Ramiro.

-Señor, cuando otra vez, según creo, de esto me hablasteis, ya os dije que no se me alcanzaban tales delgadeces como las que me proponíais; yo por mentira tenía y hubiera tenido lo uno y lo otro, y tanto me pareció que mentíais al principio como al fin de la plática.

-Pues te engañaste, Aznar; no permita Dios que yo mienta por tanto espacio de tiempo jamás; ha sido una sola mentira, una sola, y aun esa no le puedo más llevar sobre mí.

-No os aflijáis, señor -dijo Aznar-; pecado es la mentira que perdona el confesor fácilmente. Yo he echado más de ciento, y todas me las han perdonado los beneficiados de Jaca; y eso que son tan feos como cualesquiera otros, y no los habrá quizá que tengan más temerosa la cara.

-Cualquier confesor -contestó don Ramiro- tiene ya hartas cosas que perdonarme, y no osaría yo llegar a él con este nuevo pecado encima. ¿Quién sabe si se arrepentiría de haberme ofrecido la absolución?

-Pero en suma, señor, ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo habéis de remediar ahora este nuevo pecado?

Los lazos del respeto sujetaban apenas la impaciencia natural del almogávar; no podía ya contenerse.

-Eres más discreto de lo que ofrecen tus años y condición, hijo mío. Ya veo que aciertas en mi propósito; que sabes que quiero remediar el pecado ahora mismo -continuó el rey.

-Pero ¿y el cómo? Esto es lo que a mí no se me ocurre -dijo Aznar.

-Facilísimo es, hijo; vete y despierta a ese buen caballero, y traetelo por acá, donde yo le declare que le he tenido malamente engañado, y que yo no soy otro que el desdichado don Ramiro, rey por fuerza de Aragón, y tan a costa suya y de su alma.

-Y ¿no teméis ya poner en manos de un extranjero, para vos y para mí propio desconocido aún, la vida vuestra?

-Sí, cierto, lo temo.

-Y ¿cómo temiéndolo no aguardáis a que nos hallemos en tanto número vuestros vasallos, que podáis desafiar cualquier alevosía? Dentro de pocas horas será tiempo; porque no bien nos alumbre el día, comenzarán a bajar almogávares de la montaña.

-Es que ni una hora más puedo yo aguardar con este nuevo pecado.

-¿Queréis, pues, arriesgar vuestra vida?

-No, no quiero arriesgarla; pero no quiero tampoco permanecer con el peso de la mentira; no sé qué hacerme; me vuelves loco, Aznar... Mira, corre y avísale a ese caballero, que aquí espero; suceda lo que suceda, he de decirle quién soy.

El almogávar obedeció, contra su costumbre, perezosamente.

Y entre tanto, a más andar, se venía la alborada. Las celebradas nubes de rosicler, y los mil y mil veces cantados, que no cantadores pajarillos del monte, comenzaron a saltar de peña en peña. Los almogávares, dejando ya el suelo, se dieron a sus ordinarias ocupaciones. Algunos de ellos, que traían arcos y flechas, se entretenían en tirar a las liebres y a las palomas que acertaban a cruzar por aquellos barrancos; otros muchos buscaban hierbas gustosas o caracoles entre las rocas; este afilaba sus armas, aquel repasaba un tanto el destrozo de sus vestidos; ninguno estaba ocioso en la paz. Y al modo que Aznar había previsto, veíanse ya llegar, ora por este, ora por el otro lado, turbas de almogávares no menos desharrapados que los que allí había, trayendo algunos sus mujeres, y estas sus pequeñuelos consigo. Mujeres haraposas y tostadas por el sol y la lluvia, que apenas habían dejado en ellas belleza alguna; hijos que, en la robustez y dureza de sus formas, ya indicaban estar criados para el mismo ejercicio de sus padres.

Y a la verdad, gavilla de forajidos, aduar de gitanos, tropel de mendigos, todo parecía aquella gente menos ejército o corte del poderoso rey de Aragón. Y, sin embargo, Dios cifraba en tal corte mayores y más gloriosos destinos que en la espléndida de Huesca. En aquellos desnudos campeones ya descansaban, como sabemos, una grande idea y una gran causa.

Echábase de menos una cosa, y era que la idea comenzase a ser probable, que viniese a ser cuando menos un hecho verosímil. Porque, a la verdad, ¿quién era Maniferro para ofrecer a la princesa de Aragón la mano y la espada del conde de Barcelona? ¿Qué esperanzas podía haber aún de verdadero pacto cuando ninguno de los contratantes había mostrado autoridad o poder para ajustarlos, y hasta allí no tenía otra consistencia sino la palabra de dos caballeros particulares, por más que fuesen ellos resueltos y valerosos a maravilla? ¿No se ha dicho en todos los siglos que hay siempre menor distancia del comienzo al fin de una obra que del propósito al principio?

Muchos eran los almogávares viejos que tal decían o pensaban, siendo cierto que la edad suple siempre a la malicia, ya que la malicia no supla a la edad siempre. Y corriendo la desconsolada voz de unos en otros, dudaban ya los más que hubiese nada de verdad en lo acordado la noche anterior, cuando don Ramiro, que en breve rato había que estaba departiendo con Maniferro y Aznar, dijo en voz alta:

-¿Recordáis todo eso? Pues sabed que no soy lo que pensáis, que os he engañado y he engañado a todos estos fieles almogávares contra lo que ordena la ley de Cristo. Bien podéis perdonarme, porque yo no soy un caballero particular, como he dicho, sino que soy don Ramiro, don Ramiro II, rey de Aragón.

-Y yo don Berenguer IV, conde y señor de Barcelona -contestó al punto Maniferro con jovial acento y continente-. No nos debemos nada, supuesto que los dos nos estábamos engañando. Ahora falta sólo que juremos nuestro pacto sobre la cruz de esta espada, que es nada menos que la misma con que el bendito San Martín partió su capa -y ambos hicieron a la par, y muy devotamente, el juramento.

Al oír y ver esto, los almogávares prorrumpieron en inauditos vivas, señalándose principalmente Aznar y el buen escudero Pedro de Fivallé, que, puesto a un lado del laúd. gritaba, saltaba y ofrecía en toda su persona grandísimas muestras de entusiasmo. En todos era igual la esperanza. Ninguno dudaba que fuese verdadero pacto el de la noche anterior, y que hiciesen una sola nación en adelante los poderosos estados de Aragón y Cataluña.

Y ya en esto un rayo de sol vino a posarse en el pico más alto de la sierra. Era completamente de día.

Fivallé, Yussuf y Assaleh, enjaezaban el caballo de don Berenguer y los suyos propios, que habían pasado la noche sueltos, a su placer, por el monte. Aznar enjaezó en un momento el de don Ramiro. Todo indicaba que fuesen a partir juntos en aquel instante. Y era tiempo, en verdad, si no había de rendir al más paciente de los lectores la larga y varia relación de los últimos capítulos.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXI
Pág. 22 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se ve que el cronista no echaba en olvido las cosas de la nobilísima ciudad de Huescas


Quantos la ir assi viren
grand piadad’ ende auian
e muy más polo mennino
a que todos ben querían;
e yan con ela gentes.
Cherando miuto changian.


(Romance de San Fernando)


Natural era, dice ahora aquí el mozárabe, que fuere ocasión de grandísimo alboroto y ruido, en el alcázar de los reyes de Aragón, la falta del prisionero don Ramiro, y más viendo cadáveres a los guardas y forzadas las puertas, sin hallar rastro alguno ni indicio que denotase cómo y cuándo había podido ejecutarse tan arriesgada fuga. Al punto ardieron antorchas, relumbraron espadas, sonaron clarines, alzáronse pendones, y cundió la alarma por toda la ciudad y los lugares comarcanos.

No hubo ricohombre de cuenta que no saliese con un numeroso escuadrón al campo, en demanda de los fugitivos; quien por un camino, quien por otro, por acá y por acullá, con el aguijón cada cual de hacer suya la presa, y todos con el deseo de que no se fuera el rey a tierra extranjera, porque notorio era que de ello podía seguírseles gran daño.

Vano empeño. Pasaron horas y horas, y fueron volviendo los ricoshombres, cansados de caminar noche y día, sin hallar, a sol ni a sombra, a don Ramiro. Todos decían y relataban lo mismo: que habían corrido la hoya y las montañas vecinas sin tropezar siquiera con sus huellas; que no era difícil que se hubiera despeñado por los montes, o que hubiera sido comido de lobos. Sólo a Roldán se echaba de menos; Roldán, el más activo y determinado de los ricoshombres, andaba aún por no se sabía dónde, cuando ya estaban de vuelta en Huesca todos los otros.

Viendo que alcanzar al rey no parecía posible, los ricoshombres comenzaron a proveer y determinar, acudiendo a las turbulencias que amanecían en el reino, y a gobernar las cosas, no sin atender al seguro de doña Petronila, a la cual guardaban, separada de su madre, en casa del buen almirante Miguel de Azlor.

Y no descuidaron los ricoshombres, ni era cosa de descuidar, el fortalecer la ciudad, y buscar armas, y levantar soldados, y prepararse para la guerra, si llegaba a ser necesaria; antes bien, en el propio día que faltó el rey de Huesca, comenzaron a ocuparse en ello sin tregua.

Oyó el pueblo con asombro la desaparición del rey, sabiendo unos la prisión después de la fuga, ignorando otros aquella, y no dándose de esta cuenta por consiguiente. Y los ricoshombres, sin curarse de lo que pensaran los ciudadanos, quitaban y ponían, hacían y deshacían, y ejercitaban todos los atributos de la Corona. Comenzaron a murmurar los jurados de la ciudad, celosos de sus privilegios; quejáronse luego en altas voces los hidalgos y menestrales ricos que había en ella, con los cuales no se contaba; y, antes de mucho, el justo orgullo de los unos, y la injusta envidia de los otros proporcionaron a los ricoshombres numerosos enemigos, convirtiéndose en otro campo de Agramante la noble y sosegadísima ciudad de Huesca. A punto llegaron las cosas que casi nadie se acordaba ya del rey ni de su fuga: todo era ya en estos afanarse por retener el mando; en aquellos, desvivirse porque estos no recogieran de él a menor parte. Parece, según eran ya las cosas, que no pasa tiempo por el mundo.

No faltó, sin embargo, quien, en tanta confusión y hervidero de pasiones, se acordase de una persona, a quien hemos dejado, capítulos antes, muy dolorida; no faltó, no, quien averiguase sus pasos y tomase parte en sus duelos. El cronista mozárabe, que a este, y no a otro nos referimos, se portó en esta ocasión como bueno y leal; que cierto, a no ser así, habría aquí que interrumpir el hilo de esta historia por falta de verídicas noticias.

Difícil era recogerlas, sin embargo, porque la reina doña Inés, retraída en su aposento, sin más compañía que la de Castana, apenas se dejaba ver ni oír de nadie. El resto de la noche en que se escapó don Ramiro del alcázar la emplearon ambas en rezar o gemir: la esposa no podía olvidar al esposo; Castana no sabía apartar de su memoria la perdida cita, y el buen parecer, y el amor del almogávar.

No bien rayó el día, doña Inés dijo a Castana:

-Es preciso que busquemos a mi hija.

-¿Creéis que los ricoshombres os la darán? -contestó Castana.

-Dénmela o no, iré a buscarla ahora mismo, porque yo no sé vivir sin ella. Es un trasunto de su padre, Castana; ¿no has reparado eso? Vamos a buscar a mi hija.

Las observaciones justas de Castana lograron contenerla: era evidente que iba a exponerse a un desaire, que iba a comprometer su dignidad sin fruto alguno. Aguardó por aquel día, pero al siguiente se levantó del lecho diciendo de nuevo:

-Castana, vamos a buscar a mi hija.

No se atrevió ya Castana a replicarle, y salió doña Inés como una simple dueña del lugar, seguida de su fiel doncella. En cuanto se mostró en público, a pesar de que cuidadosamente se cubría el rostro y talle con su largo manto y capa de preset bermejo, o de escarlata, forrada y guarnecida con pieles de buitre, las gentes se alborotaron y comenzaron a murmurar entre sí, no tan bajo que no llegase a sus oídos:

-Es la reina doña Inés. ¡Qué afligida va! ¡Pobre madre! ¡Le han quitado a su hija! -decían los más indiferentes.

Otros, si no más leales, más descontentos, exclamaban:

-¿No es vergüenza que la reina de Aragón vaya de esta manera, sin escuderos que la sirvan, sin alabardas que la defiendan? ¿No sería mejor que nos pusiéramos de su parte que no de parte de esos codiciosos y altivos ricoshombres?

Pero todo quedó en estas murmuraciones; y aquel día andaba Huesca tan llena de soldados y caballeros, que, aunque muchos hubieran compadecido a la reina, ninguno habría osado darle ayuda ni ponerse verdaderamente de su parte.

Al fin, paso a paso, llegó la reina en casa de Férriz de Lizana.

-Este es el más viejo y el más autorizado de los ricoshombres. Sin duda sabrá de mi hija, y aun acaso recuerde, al verme, su lealtad antigua y me la devuelva -decía la reina.

-¡Que no conozcáis aún a estos señores! -respondió Castana-. Habed por seguro que no os la devolverán.

Hallábase a la sazón la plazoleta donde se levantaba la casa de Lizana obstruida de gente que hablaba entre sí acaloradamente, como si se tratase de una cosa extraordinaria, y a duras penas pudieron llegar al zaguán doña Inés y Castana.

El gentío se agrupaba principalmente en derredor de un hermoso caballo, ricamente enjaezado, que se miraba muerto delante de la puerta.

-¡Pobre animal! -decían unos.

-Así debió de ser de larga la carrera -añadían otros.

La reina, sin parar mientes en aquella compasión popular, que así se empleaba en su persona como en el muerto caballo, rogó a un escudero de la casa que avisase a su señor de cómo había allí una dueña que le buscaba.

Un instante después Férriz de Lizana, galante, al cabo, como todos los caballeros de su tiempo, salía a recibir a doña Inés, y dejando fuera a Castana, la introducía a ella en una estancia que por lo suntuosa podía competir con las mejores del regio alcázar.

Allí estaba el valeroso Roldán, cubierto de polvo, bañado en sudor, pálido el semblante, denotando, en todo su exterior, hondo cansancio.

Tal parecía, que al verle, al propio Férriz de Lizana, tan grave y todo como era, se le vinieron a las mientes aquellos versos que el primero de los Roldanes dijo un día al fugitivo Reynaldos:


 ¡Oh flor de caballería!

 ¿Dónde vas tan desmayado?

 ¿Qué es de tus caballerías?

 ¿Dónde las has ya dejado?

 ¿Qué es de las tus fuertes armas?

 ¿Qué es de tu fuerte caballo?


-¿Queréis, señora, que hablemos en puridad vos y yo solos? -dijo ahora Lizana, sin conocer todavía a la reina.

-Y si es así, ¿me permitís, noble señora, que me retire a otro aposento? -añadió Roldán, con una profunda reverencia.

-No, no os retiréis, Roldán, A los dos vengo a hablaros, y los dos habéis de poner remedio a mi culta -respondió la reina apartando de repente el manto de su rostro.

-¡Ah! sois vos, alta y venerada señora -exclamó al reconocerla Férriz de Lizana, no poco embarazado.

Roldán hizo también un movimiento de sorpresa y una cortesía mucho más profunda que antes.

-Vengo, Lizana -dijo doña Inés-, a que me deis la hija mía. ¿Dónde estará mejor guardada que en mis manos? ¿Quién es más digna de tenerla que yo?

-Nadie, señora; pero de nosotros y no de vos es el cuidar de la seguridad del reino. Esa niña augusta pertenece, más que a vos, a sus vasallos. Los ricoshombres del reino la custodian, ¿qué podéis temer?

-Temo no poder vivir sin ella, Lizana; es un retrato de su padre; es lo único que me queda ya en el mundo.

-Su padre -replicó entonces con ronca voz Lizana- anda mal aconsejado de algunos días a esta parte. ¿Sabéis, señora, que ha levantado pendones contra Aragón? ¿Sabéis que ha empuñado las armas en la montaña, como si fuera un salteador? Aquí tenéis al buen caballero Roldán, que os dará larga noticia de lo que ha hecho su padre. Cincuenta hombres de armas escogidos; cincuenta valientes de aquellos que conmigo pelearon contra moros; cincuenta guerreros, la flor de Aragón, han sido hechos pedazos por hueste de bandoleros. El mismo Roldán no debe la vida sino a un milagro. Mirad el buen caballero cómo vuelve solo, sin bandera ni escuderos, abolladas las armas, después de haber errado sólo un día entero por los precipicios de la sierra, con singular peligro de su vida, gloriosamente empleada hasta aquí en defensa del reino. ¿No os parece que no es digno de muchos respetos don Ramiro?

-¡Conque es vencedor! ¿Conque él está a salvo y sus enemigos son los fugitivos? -dijo la reina, sin poder ocultar el júbilo.

-Vencedor es, señora -respondió fríamente Lizana-; pero con gente se las ha que no se deja vencer dos veces. El rey sabrá pronto cómo está sobre él el reino.

Y al decir esto, comenzó a dar paseos por la sala, con una agilidad que hacia olvidar sus años.

-Lizana -repuso doña Inés-, a mí no me toca hablar en esas cosas, ni sé más sino que amo a mi esposo con toda mi alma, y que no puedo vivir sin mi hija, Pero ¿no os parece que si el rey ha levantado pendón contra vosotros, aún es más criminal que vosotros lo levantéis contra él, siendo sus vasallos, y sobre todo que osarais ponerle preso?

Férriz de Lizana apenas pudo ya reprimir una exclamación de cólera; las palabras no acertaban a modularse dentro de sus labios; su ceñudo gesto denotaba que hervía su sangre en ira como en los tiempos de su juventud.

-Bien decís, señora -respondió al cabo-, que no pueden tratarse con vos estas cosas; y aun por eso, os ruego que las dejemos aparte y que me perdonéis si no os devuelvo a vuestra hija; hoy, con más razón que nunca, deben custodiarla los ricoshombres del reino.

-¿No habrá piedad para una madre, Lizana? Mirad que es mucho rogaros una reina.

-No puede haberla en esto, señora; disponed de mi sangre, mas no me mandéis que deje de atender al bien del reino.

-Está bien, Lizana -dijo la reina-. Preferid a la lealtad el interés, que eso es lo que ahora nombráis bien del reino; preferidlo en buen hora, que Dios ayudará más por eso a don Ramiro, para que castigue a los rebeldes, y a mí me acrecentará más en fuerzas para aguardar el rescate de mi hija.

Y sin decir más, salió de la estancia; en la antesala la aguardaba Castana, y juntas tomaron de nuevo el camino del alcázar.

Roldán, al verla salir, se quedó un tanto pensativo; la compasión le hizo olvidar por un momento los graves cuidados que traía en la mente.

-Pobre mujer -dijo al cabo de un rato-. Las lágrimas la inundaban a pesar suyo; y, flaquezas será; pero, en verdad os digo, que no puedo ver llorar a las mujeres. Sus lágrimas me desarman, me confunden; de ser yo vos, le habría devuelto quizá a su hija.

-¿Estáis en vos? -dijo Lizana-. ¡Devolverle su hija! Hay hartos descontentos en el reino para que no acudiese en derredor suyo gente dispuesta a sostener sus derechos al trono. El rey solo podrá verse abandonado, aunque todavía temo que nos dé qué hacer su temeridad; pero con la infanta, y la esperanza de una minoridad larga y provechosa, sería temible enemigo. ¿No oísteis al buen arzobispo de Zaragoza? Aun siendo tan nuestro, opinaba por que reconociésemos a la infanta como reina, con escándalo del mundo, que tal nación vería gobernada por manos femeniles; con notorio menoscabo y perjuicio de los fueros y costumbres venerables que, a la par de la lanza y el caballo de batalla, nos dejaran por herencia nuestros padres. No falta quien opine de la misma manera, sin ser tan nuestro ni tan dócil como el arzobispo. Vos mismo acabáis de ser buen testigo.

-Por Dios, Lizana -dijo Roldán-, que es mengua de vuestro grande valor y copiosa doctrina exagerar así las cosas. Yo no soy testigo, sino de que unos cuantos forajidos, de esos que se llaman almogávares, se han puesto de su parte, y por San Jorge y Santiago y todos los buenos caballeros que han ido al cielo hasta ahora, que a venir a campo raso, en sitio donde hubiera podido manejar bien mi caballo, media docena de tales malsines fueran pocos para encontrarse solos conmigo.

-Valor tenéis -dijo Lizana- y sobran los fieros en cosa que tan bien acreditada está sin eso. Pero en cuanto al menosprecio que os inspiran los almogávares, júroos, a fe de viejo, que es gran yerro. Si yo aborrezco a esa gente miserable, tanto es por lo audaz como por lo desalmada; cualquiera de ellos es capaz de medirse, de solo a solo, con un caballero, y tan en vano esperaríais que el temor ocupase sus pechos como que refrenase el respeto de sus lenguas. De vos para mí, Roldán, esos almogávares son temible gente, aunque digna de aborrecimiento, y cuando Dios quiera que echemos a los agarenos de esta tierra, tendremos que emprenderla con ellos, y no dejar el hierro hasta no exterminarlos. Yo no podré alcanzar tales tiempos; pero aquí donde me veis, le tengo enviados, a buena cuenta, más de ciento a Satanás, el cual, sobre hacerles prestado su misma aparición y figura, debe de andar emparentado con ellos, según son de semejantes en gustos y en obras. Y a vos, que sois mozo, os aconsejo, para que se lo enseñéis a vuestros hijos, si los tenéis, que, en pudiendo, no den paz ni tregua a estos tales almogávares...

Dijo esto Lizana con voz tan solemne, que Roldán, que era dócil de suyo, y respetaba sobre manera, como todos los caballeros de su edad, los juicios de aquel experto anciano, no pudo menos de prestar atención profunda a sus palabras. Lizana, estimulado por ella, y por el calor mismo de la improvisación, continuó diciendo:

-Tengo en vos ciega confianza, porque sois discreto, aunque mozo, y no quiero ocultaros nada. Dos peligros corre y correrá en adelante el legítimo influjo que nosotros los bien nacidos ejercemos en el gobierno del reino; dos peligros corre, os digo, nuestra autoridad, que hoy está sobre la del trono, según determinaron nuestros padres que estuviese, entre las nieves del monte Pano. Uno es que los clérigos se junten con el rey para quitarnos esta autoridad; otro es, no lo olvidéis, que los villanos se junten para el mismo propósito con el rey. En cuanto a los clérigos, no es imposible mantenerlos a nuestra devoción, haciendo suyos nuestros intereses, por más que alguna vez nos falten, como nos han faltado el de Tomeras y ese de Mont-Aragón, que Dios perdone. Pero con los villanos, sí lo es, porque nunca puede haber entre nosotros y ellos algunos intereses comunes, sino, por el contrario, muy opuestos intereses.

-¿Opuestos? -dijo Roldán-. ¿Qué ventaja les habría de traer el que nosotros fuésemos esclavos, como vienen ellos a serlo?

-Mal conocéis a los humanos cuando eso decís, Roldán amigo. Pero la gravedad de las cosas es tal, que no puedo detenerme mucho en estos consejos y lecciones; saber sólo que son hijos de setenta años de vida, que no hay libro ni misal que pueda enseñar tanto como enseñan ellos. Ahora es fuerza que nos reunamos en Cortes de cualquier modo con los ricoshombres y prelados que puedan acudir a Huesca; no hay tiempo que perder, ni en ocasiones como esta pueden llenarse todos los requisitos, ni satisfacerse todos los escrúpulos. Idos a descansar hoy, que harto necesitáis de reposo, y contad con mi prudencia, como yo cuento con vuestro valor a todo trance.

Calló luego Lizana, y permaneció un rato inmóvil, como hombre que lleva sobre sí alguna idea que oprime su entendimiento. Roldán no se apartó, en tanto, de su lado.

-¿No os vais? -dijo al fin Lizana.

-No me iré -respondió Roldán- sin que vuestra sabiduría acabe de iluminar mi ignorancia. He comenzado a comprender algo de lo que decís, y no es razón que hoy me dejéis en este crepúsculo la verdad.

-Los viejos -dijo Lizana-, antevén algunos males; pero no es sino a costa de predecir mil males por uno, y de llorar mil fantásticas desdichas por una verdadera. ¡Quizá me engañe!

-Que ahora me digáis, os ruego, lo que estáis previendo, haya o no de confirmarse en lo futuro.

-Preveo que puedan adelantarse los tiempos y las cosas de que antes hablamos, y que, una vez unido el rey con los villanos, nos hayan de dar que entender sobrado desde ahora. En cosas como esta, todo es empezar, Roldán amigo.

-Pero si no se ha unido más que con los de la montaña, con esos desalmados almogávares...

-Dicho os tengo que esos son los temibles; y ahora he de añadir que no lo son tanto por sí solos como por el mal ejemplo de desobediencia y desacato que de ellos venir puede. A estos menestrales de Huesca que hablan y murmuran por calles y plazas, no los estimo ahora en un ardite; pero sí a aquellos salvajes almogávares, que no hablan sino con las puntas de sus dardos, les enseñan el ejercicio y profesión de la desobediencia, todos serán unos, y con aquellos y con estos tendremos que habérnoslas a un tiempo. A Dios pido que no sea en mis días semejante desgracia, ni antes que con el exterminio de los almogávares quede desterrada tan mala cizaña del reino; pero como Dios no ajusta su Providencia a los deseos humanos, bien pudiera suceder que el combate de donde habéis escapado tan milagrosamente fuese el principio, el principio, que, repito, es todo en estas cosas, de largos y sangrientos sucesos, fatales, quizá, para nosotros. Y esto que en duda os digo, tuviéralo por seguro desde ahora, si oyendo los consejos de vuestra compasión inconsiderada; entregásemos la infanta niña a la reina, al rey que es lo mismo, dando a nuestros enemigos, no sólo bandera más simpática que les da con su persona y derechos el imbécil don Ramiro, sino también ayuda y favor en muchos que no son almogávares y villanos, y opinan como el buen arzobispo Luesia. En muchos, eclesiásticos unos, legos otros, que gustarían de tener una reina niña, a cuyo nombre regir el reino, aunque les costase destruir nuestros fueros y costumbres; y más gustarían aún de ocupar el influjo que nosotros tenemos, por ser de mejor cuna y de más merecimientos que ellos.

Si Roldán hubiese alcanzado a oír todas las conversaciones que a la sazón corrían por Huesca, si hubiera sabido todo lo que acababa de suceder la pasada noche en la montaña, habría concedido a Lizana cierto don de profecía. Y en verdad que aquel hombre encanecido en la política, hecho campeón de una clase, de un partido, al cual si unas leyes históricas conservaban y sostenían aún, otras leyes históricas socavaban ya y combatían, hallaba en su experiencia bastante sagacidad para antever todos los sucesos posibles. Sólo que entre diversos de ellos no sabía acertar con el que había de ser inmediato y verdadero; viéndose de ordinario que, por mucho que acierte en punto a la sustancia de las cosas la previsión humana, poco o nada acierta en punto al modo, a la ocasión, a todo lo que es tiempo y forma. Y sólo además, que, con el conocimiento del mal, no juntaba aquel viejo estadista siempre la práctica de los remedios: cosa también ordinaria, sobre todo en las cosas políticas, porque las pasiones y las preocupaciones impiden unas veces hallar, otras probar los verdaderos.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXII
Pág. 23 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Cómo Dios trae consuelo y ayuda a las dueñas menesterosas


-Manténgavos Dios, señor;
adalides bien vengades:
pues ¿qué nuevas me traedes
del campo de Palomares?
-Buenas las traemos, señor,
pues que venimos acá...
que nos pesó o que nos plugo
hobimos de pelear:
los cuatro de ellos matamos
los tres traemos acá.


(Romance viejo)


La crónica no dice, al fin, cómo ni cuándo se acabó esta plática de Roldán con Férriz de Lizana. Pero es natural que se acabase pronto, porque la fatiga de Roldán era grande, de modo que apenas podía tener sobre sí el peso de la armadura; y es también natural que no se separasen los dos sin quedar satisfechos y agradecido el mozo con las sabias lecciones del viejo, por más que a él le costase algún trabajo participar de sus recelos y temores.

Como era galán, aunque viejo y compasivo, aunque hijo de edad muy sangrienta, conócese que el cronista estaba impaciente por seguir a doña Inés, que quedaba en tan justo y amargo duelo; y aun por eso hizo en este punto una cosa que no suele, que es dejar interrumpida la conversación de los personajes que ponen voz y mano en los sucesos, obligándonos a presumir o dar por probable lo que debiéramos saber de seguro. Donde vuelve a su ordinaria minuciosidad es al referir lo que hizo doña Inés cuando de vuelta de ver a Lizana entró en su alcázar.

No pudo traer alivio a su espíritu en todo el día. Pronunciaba de continuo un nombre, que era, por lo común, el de su hija Petronila; pero, sin ser maliciosa Castana, le parecía oír de cuando en cuando sílabas, que más que a Petronila, sonaban a Ramiro. Y vagaba de acá para allá, sin decir ni pensar ella misma adónde iba: ya asomándose al patio del alcázar, donde sonaba continuo rumor de hombres y caballos, ya a los ajimeces, desde donde se descubrían los árboles de la hoya y las crestas, nevadas aún, de la vecina sierra.

A la noche, en tanto, la honrada doncella, que dormía a pocos pasos de su señora, se desveló un tanto, recordando aquellas horas alegres que solía pasar con Aznar, y saboreando de antemano las que había de disfrutar en lo futuro. Imaginábaselo ya a su lado, rico y glorioso, y en amante consorcio con ella, y la pobre muchacha temblaba de placer y contento. Todo lo tenía discurrido: los vestidos con que ella había de engalanarse los días de labor y los días festivos para enamorar a su Aznar; las horas que había de consagrar a verle y acariciarle; la cuna en que había de mecer al primer fruto de sus amores. Sólo dudaba y vacilaba en el ejercicio a que había de dedicarse su esposo futuro, dado que los reyes se lo diesen a elegir, como, por estar tan deseosos de hacerla merced, parecía.

«¿Caballero? -decía-. No, por cierto. No le quisiera yo tan galán y tan llano como es ahora, metido en esos tabiques de hierro que llevan los caballeros, y tan tieso y tan falso, como ellos son de ordinario. ¿Paje? No en mis días; que no son para hombres como mi Aznar, robusto y bizarro, las ropillas de colores, salpicadas de orillo y seda, que llevan los de esta profesión. Y aun paje de lanza le estaría mal, que más propio es él para blandir la propia que no para llevar la ajena. ¿Escudero? No lo consiente su altivez. ¿Qué será, que no será Aznar? ¿Qué es lo que más podrá ajustarse con sus ímpetus valerosos, y darme orgullo y felicidad a mí que seré su mujer y su amante?».

Fatigada de ver que no acertaba con lo que debía ser él en lo futuro, venía a parar en su estado presente, inclinándose a creer que lo mejor de todo sería dejarle de almogávar, como era y como fueron sus padres.

«¡Oh! Los almogávares -decía entonces- son lo más noble y lo más bizarro del mundo. ¿Qué caballeros tienen su valor? ¿Qué galanes su galanura? ¿Qué leales su lealtad?».

De tales meditaciones arrancola, al fin, la voz de su señora, que ora dejaba oír profundísimos suspiros, ora aquel nombre confuso que sonaba a Ramiro y Petronila. Y aun hubo momentos en que sorprendió Castana claras palabras, como las que siguen:

«¿No? ¿No estáis ahí, don Ramiro? ¡Ay de mí, que no os siento respirar como otras veces! ¡Y estoy sola! ¡Y no puedo ya tocar vuestra frente acalorada con mi mano! ¡Ah! ¿Dónde sois ido, señor y dueño mío? ¡Tengo miedo ahora! Si he de morir ya, ¿por qué hasta el último momento no he de sentir, al menos, que vos vivís y estáis aquí a mi lado?».

Y otras veces, estas, más inconexas:

«¿Vence?... ¿Cae?... ¡Dios de las batallas!... Ya triunfa, triunfa... ¡Ay! ¡Ay de mí!... ¿Por qué habré nacido tan desdichada?».

Entonces Castana, afligida, solía llamarla, para que aquellos sueños agitados no destruyesen su salud; y hablando doña Inés de don Ramiro, o de Petronila y por su parte del almogávar Castana, vieron ambas entrar los primeros rayos de luz por las rendijas de los ajimeces moriscos del aposento, y sintieron los primeros gorjeos de las aves que bajaban de la montaña a apagar la sed en la corriente de la Isuela, y a regocijarse entre las hojas de sus álamos.

La del alba sería ya la hora que iba corriendo, cuando Castana oyó que la llamaban en voz baja de la parte afuera del aposento. Pronto conoció la voz de Ruderico, el pajecillo de la reina, con quien trabamos conocimiento muy en los principios de esta crónica. Castana, harto escarmentada de las impertinencias del rapaz, no se apresuró por eso a levantarse, ni salió del aposento hasta ordenar sus trenzas y entretejer en ellas algunas hojas verdes de encina, que eran su ordinario tocado.

-Buenos días, señora Castana -dijo al verla el muchacho.

-Buenos días te dé Dios, mal paje -respondió Catana-. ¿Qué picardigüela te trae por aquí a estas horas? ¿Te viene persiguiendo el mayordomo del rey por hurtos en la despensa o en la cocina? ¿Has robado la fruta de algún huerto de monjas? Vamos, tú quieres que la reina te tome bajo su protección; y acaso te la otorgará por mediación mía, aunque, cierto, no la mereces.

-No vengo, señora Castana -respondió pausadamente Ruderico-, sino a que me deis cuarenta sueldos en buena moneda jaquesa que me estáis debiendo de mis mandados.


-¿Cuarenta sueldos? ¿Piensas tú, rapaz, que tengo ya para ti mi salario entero?

-¿Y piensa la señora Castana que yo dé de balde las buenas noticias que cazo?

-¿Tienes buenas noticias, Ruderico? -dijo entonces Castana, un tanto turbada-. Por el alma de tu madre que no me engañes: dime si las tienes y si son buenas. ¿Se dice algo por Huesca de la vuelta del rey? Oye, óyeme -añadió acercándose a su oído-, ¿se cuenta alguna hazaña de aquel... aquel almogávar a quien diste un recado de mi parte?

-No diré palabra, por vida mía, antes de sentir en las palmas de mis manos los dichos cuarenta sueldos.

-Cincuenta te daré yo con tal que respondas a mis preguntas.

-Pues si es así, palabras y nuevas no han de faltaros: hay más de lo que pensáis.

-Habla.

-Vengan, vengan antes los cincuenta sueldos, que nadie ha perdido nada por cobrar adelantado, hasta ahora.

Castana, desesperada, sacó un puñado de monedas de cobre y se las tiré al rostro al muchacho.

-Bien, bien -dijo este-; aquí hay más de los cincuenta, no me pico porque me los tiréis a la cara; lo mismo me han de servir en mercado, que si me los hubieseis dado en mano propia.

-Ruderico -exclamó Castana-, ¿hablas o te quito los sueldos y hago que el mayordomo te encierre en una mazmorra, que pecados tienes ya para ello?

-Todos los tenemos, señora Castana -repuso descaradamente el pajecillo-, y no hay que andarse con amenazas, que yo soy hombre de palabra, y sin ellas sabré cumplir lo ofrecido. Dígoos, para no hacer rodeos, puesto que los sueldos son colmados y no vale la pena de contarlos, dígoos que el mismo almogávar está aquí en cuerpo y alma, y que hace dos horas que le he visto rondar esas ventanas que dan al río.

Castana, que al oír las primeras palabras del paje se había puesto en extremo colorada, se fue ahora tornando pálida como la cera. La sorpresa y el regocijo la habían trastornado.

-Conque Aznar... Aznar... ¿estás seguro de ello? ¿Dónde le has visto? ¿Junto al río, dices? Mira. Esta moneda plateada es tuya si le conduces aquí al instante. Y diciendo esto Castana, abrió de par en par una ventana, y dirigió anhelosamente la vista hacia los álamos plantados al pie, los cuales se extendían en una especie de bosquecillo hasta la corriente del agua. No tardó en distinguir a Aznar, que, apoyado en uno de los árboles, no quitaba ojo de las ventanas. Aznar la vio antes aún, de suerte que cuando se encontraron con él los ojos de ella, ya él tenía puesto un dedo en la boca en señal de silencio. Luego, sacó del pecho un pergamino, y clavándolo por la margen en uno de sus dardos, sin advertirle que se apartase a Castana, lo lanzó con su ordinario empuje y desembarazo. El dardo cortó silbando el aire, y fue a clavarse en la puerta de la ventana, oscilando algunos, momentos la punta al peso del astil, pero sin caer al suelo.

Castana, que no había adivinado el propósito del almogávar, dio un grito de espanto al sentir el golpe del dardo a pocas pulgadas de su rostro; pero Aznar no tuvo tiempo ya de notarlo. Ruderico, al olor de la moneda de plata volaba, que no corría, y fue obra de un momento recibir el recado, bajar las escaleras, cruzar el patio y la puerta, salir al campo, llegarse al almogávar y traerle; algunos segundos de tiempo que se hubiese anticipado habrían excusado a Castana un buen susto.

La pobre muchacha no estaba, sin embargo, para recordarlo mucho tiempo. Al ver que Aznar se venía detrás de Ruderico, corrió a la galería del palacio desalada, y sin dar a sus sentimientos espera alguna, le gritó de lejos:

-Aznar, Aznar, ¿eres tú? ¡Cuántos deseos tenía de verte!

-No serían mayores -dijo Aznar- que los que yo tenía de ver tus ojuelos, que hieren como mis dardos, y son de sabrosos como la miel de las abejas; pero no es tiempo de pensar en nosotros, Castana. ¿Te has dejado el dardo en la ventana clavado? Ve y tráemelo al punto, que el dardo falta me hace, pero más falta le hace aún a tu señora aquel pergamino que en él vino...

-¡Ay qué espanto me diste, Aznar!...

-¡Espanto! Por la Virgen de la Huerta, Castana, que temo que no has de servir para mi esposa. ¿Espanto dices? ¿No tienes confianza en mi brazo? Jamás ha marrado el tiro a la luz del día.


Castana calló, y no sin mirarle antes dulcemente, fue y trajo el dardo. No hubo tiempo para más porque al nombre y la voz de Aznar, la reina, que se había levantado sobresaltada, apareció ya a la puerta de su aposento.

El almogávar, inclinando una rodilla, le entregó con respetuoso desembarazo el pergamino.

Desdoblolo doña Inés, y leyó para sí las siguientes palabras:

«A la muy poderosa y honrada dueña doña Inés, hija de los condes de Poitiers y...».

Aquí había cerca de un renglón muy prolijamente tachado, donde con alguna dificultad se leía: «reina y señora de Aragón». Luego, continuaba el pergamino de esta manera:

«Dios ha tenido piedad de nosotros, doña Inés. El conde de Barcelona y yo estamos ya con hueste bastante para poner en el trono a nuestra hija, la cual quedará con el dicho conde desposada. Y dentro de poco hemos de regocijarnos los dos: yo con estar en el convento, de donde no debí salir, según sabéis, y vos con estar libre de pecado mortal, porque a fuerza de meditarlo, he venido a afirmarme en que también lo estáis desde que se consumó nuestro matrimonio. Y en verdad os digo que el habérseme confirmado esta sospecha que siempre tuve, me aflige mucho, por lo sobradamente que os amo, así Dios me lo perdone. Y nunca he padecido tanto como ahora, ni hallaré algún alivio hasta que os proporcione el bien que debo, que será huir para siempre de vuestra presencia, de modo que más no me veáis ni oigáis en toda vuestra vida. Sírvaos esta promesa mía de consuelo; y ella os ayude a llevar con paciencia el tiempo que hemos de estar juntos, que, aunque breve, yo sé que os parecerá largo, según es de piadoso vuestro ánimo. A mí también me lo parecerá, no menos por vos que por mí, como ya os tengo dicho. Pero no hallo medio de impedir todavía estas vistas que vos y yo hemos de celebrar todavía en Huesca, para dar fin solemne a mi maldito reinado, aunque bien lo pienso. Y lo más que puedo hacer es abreviarlas y cuanto antes dejaros, y rezar también por vos en el convento, aunque sin nombraros, porque no hay para qué me acuerde yo más de vuestro nombre, ni vos del mío en adelante, y bastará con que diga por la pecadora a quien he ayudado a pecar, como vos deberéis decir por el pecador cuyo cómplice he sido en el pecado, si también se os ocurre dedicarme algunos rezos, que bien los necesitaría mi alma, harto más pecadora siempre que la vuestra. Y Dios nos ayude, amén.

»De la hueste en buena salud y no más que mediana conciencia. - Fray Ramiro, malamente llamado rey antes de ahora».

Luego, debía venir el día, mes y año, pero no se leía bien, merced al agujero que abriera el dardo en el pergamino.

Si Castana y Aznar no hubieran estado mirándose muy tiernamente y diciéndose con los ojos todo lo que callaban por fuerza los labios, habrían sido testigos de una extraña cosa, y es, que así como doña Inés acabó de leer esta carta placentera, donde tan buenas nuevas le enviaba su marido, se llenaron sus ojos de lágrimas. Y no eran lágrimas de sorpresa y alegría, que esas ya hubieran venido bien en ocasión como aquella, sino lágrimas amargas, gruesas y lentas, que resbalaban por el rostro de la reina, vuelto pálido de repente, sin que las manos se levantasen a secarlas o recogerlas. El propio amor impidió a los dos fieles servidores sorprender aquel extraño, pero solemne dolor de la reina. Y esta tuvo tiempo de volver en sí, al cabo de algunos instantes, y de decir a Aznar con voz entera:

-¿Sabes, fiel Aznar, que Férriz de Lizana y los ricoshombres no han querido devolverme a mi hija, y que todos los días vienen a insultarme en este alcázar, donde asisten a manera de reyes?

-¡Lizana, Lizana!, dondequiera tropiezo con este hombre -dijo Aznar entre dientes. Luego, dirigiéndose a la reina, dijo en voz alta-: Ya os devolverán a vuestra hija, o por mejor decir, ya se la quitaremos con harta mengua suya; y lo que es de las salas de este alcázar, por cierto que han de salir no tan soberbios como entraron.

-Dios lo quiera, Aznar; pero son poderosos los rebeldes.

-¿Y qué importa que lo sean, señora? Como liebres huirán de la hueste del rey, que, entre aragoneses y catalanes, es numerosa y fuerte a maravilla, o de no, caerán como haces de mies al filo de nuestros hierros. Y harto siento yo que el rey haya determinado conceder perdón a sus delitos, con tal que no hagan resistencia; resistiéranse ellos en buen hora, y acabara de una vez en Aragón tan mala semilla.

-¿Traes tú el perdón?

-No, sino el honrado Pedro de Fivallé, que es como escudero del de Barcelona, al cual llaman rey de armas.

-¿Y crees tú que lo admitirán los ricoshombres?

-Tengo por cierto que no lo admitirán. ¿Y qué hacer en tal caso?

-¿Qué hacer? El rey y el conde llegarán de todas suertes a la ciudad, y si hallan abiertas las puertas, entrarán pacíficamente, y si no, las quebrantarán con los vaivenes que están preparando, o harán portillos en el adarve. Y si al avistarlos desde los muros, tañemos cierta campana Fivallé y yo, será señal de que han solicitado el perdón los rebeldes, y no se dejará pasar a los montañeses adelante, porque son traviesa gente, y una vez dentro, no habría modo de quitarles las manos ni las cabezas ni las bolsas de los ricoshombres. Si la campana no suena, entonces las armas harán su oficio, y San Jorge nos ayudará, y sus casas serán tratadas a sangre y fuego, sus cuerpos hechos pedazos, en pena de encubrir tan traidores ánimos.

-¡Qué horror! Aznar; ¿ha mandado eso don Ramiro?

-No; mas halo por él dispuesto el conde de Barcelona, que es hombre de singular esfuerzo y dignísimo de llevar corona en la cabeza; de nuestro buen rey don Ramiro fue solamente el mandar que primero se les brindara con el perdón.

En este momento sonó una trompeta en el patio del alcázar.

-¿Qué es eso? -preguntó la reina.

-Es que Pedro de Fivallé ha terminado su encargo, y tengo que ir a juntarme con él. Mañana, señora, tendréis aquí ya al rey vuestro esposo y hallaréis en vuestros brazos a la tierna princesa.

-¡Mi esposo, mi hija! -repitió la reina con honda melancolía.

El almogávar hizo una reverencia sencilla pero respetuosa, y salió. En la galería se halló de nuevo con Castana.

-¿Tan pronto te vas? -le dijo esta.

-Tan pronto -respondió él-; y a fe que lo siento en el alma, porque has de saber, hechicera muchacha, que lo que hasta que te vi no me había sucedido, ahora más que nunca me sucede, y el desear tu habla de jilguero, y tus ojos de endrina, y tú andar de venado, y tu talle flexible como el mimbre, y ese tu pie, tan breve, que no parece tuyo, sino de una niña recién nacida. Y en Dios y en mi ánima, que, a no ofenderte, quisiera departir contigo alguna noche como las pasadas; que bien puedes fiar en mí, pues sabes que soy, aunque rudo montañés, fidelísimo en guardar promesas, y porque conmigo estés o hables, no ha de pararte mal alguno.

-Eso creo yo muy bien, Aznar -dijo Castana-; y si quieres, ven a la medianoche al pie de la torre donde están estos aposentos, que por la puerta no será ya posible que entres, y yo te arrojaré escala por donde subas; pues has de saber que como esta torre cae dentro del muro, y está tan alta, y no hay aún ruido de enemigos, suele quedar sin atalayas.

-No sé si podré venir, Castana; mas haré por no faltar esta noche misma; y queda con Dios, que abajo me esperan.

-Pero, ¿te vas así, Aznar? Ahora veo que me quieres, por más que digas, menos que antes.

-Ah, perdona, Castana, perdona. Que aunque no me olvido de tu amor, con estos condenados sucesos, me olvidaba ya de mostrártelo como lo siento.

Y al decir esto, Aznar, con su ordinaria franqueza y desembarazo, depositó un beso en los encarnados labios de la muchacha.

Castana los adelantó ya esta vez para hallar más prontamente los de su amante. Sin duda no era ya el primero, bien que se haya olvidado de contar el cronista en qué ocasión y con qué nuevos argumentos logró vencer el almogávar la repugnancia que en ello, al parecer, mostraba al principio su enamorada. ¿Y a qué contarlo, en verdad, tampoco? Sobrado sabido es que no suelen ser inflexibles o eternos, al cabo, los noes y repulsas primeras de las mujeres de veras enamoradas.

Pero lo que no se olvidó ahora de decir el cronista, es que en el punto mismo de sonar el ligero estrépito del beso, se oyó súbitamente la primera campanada del convento de monjas, que llamaba a coro a las vírgenes consagradas a Dios. Castana, como si la vibración del bronce hubiera llegado hasta su corazón, se estremeció de repente; y así como maquinalmente se llevó la diestra mano a la frente y se persignó con devoción suma. Aznar se sonrió entonces con malicia mayor que prometía su rudeza.

Mas no pudo decir palabra, porque para mayor tribulación de la amable doncella se sintieron pasos cercanos que la movieron a partir en seguida. Era la reina, que, no hallándose sin Castana, se acercó a la puerta del aposento y alcanzó a ver la amorosa caricia de los dos jóvenes. Entonces recordó aquella otra escena que había sorprendido entre los dos, en la cual se negó heroicamente Castana a imprimir sus labios en los de Aznar.

-Castana -le dijo al entrar con ella en su estancia-, veo que adelantan mucho tus amistades con el almogávar. No siempre le has querido tanto.

Castana, que era fácil de color, según sabemos, se puso como unas brasas.

-Es verdad, señora, que cada día le tengo en más; al principio me daba vergüenza de él, pero ya no, y todo lo olvido cuando estoy a su lado.

-Todo, hasta las riñas del confesor. ¿Es verdad, Castana?

-Perdón, perdón, señora; no lo he podido remediar; le amo ya tanto...

Y la vergüenza ahogaba en su garganta los sonidos de la voz.

-Sosiégate, Castana -dijo suspirando doña Inés-. Dios ha de ser benévolo con las muchachas que padecen de amor... Es preciso tener más firmeza en el corazón que tú tienes para desoír sus voces. Sé demasiado lo que cuesta sacrificar el amor al deber, para que me ofenda esa tu flaqueza inocente. No haré más, eso sí, que apresurar vuestro matrimonio.

Tras esto desdobló de nuevo el pergamino la reina, y volvió a leerlo. Entonces fue cuando advirtió aquello del desposorio de su hija, en que no había podido hacer alto a la primera lectura: tanta era la turbación de su ánimo. Y aun ahora tampoco se fijó mucho en ello, pensando sólo en que había de tener pronto en sus brazos a su hija, y cerca de sus brazos a su marido; hablando y hasta alguna vez riendo tristemente con la enamorada Castana.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXIII
Pág. 24 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que los de la montaña y los de la ciudad seguían en sus trece; por donde se ve que ya debían de ser todos buenos aragoneses


Sonego las campanas é cridego le torrer.
«Baros, tots á las armas, quoy vos aura mester».
Lay sanego armar barós é cavaler...


(Guillelmus Anelier de Tolosa)


Aun cuando nada se hubiera sabido por Aznar, fácil habría sido entender que algo extraordinario y solemne sucedía en el alcázar de Huesca, al tiempo mismo que tenían lugar las largas pláticas y sucesos que contiene el capítulo antecedente.

En la propia estancia y lugar donde los ricoshombres dejaron preso a su señor y rey don Ramiro, se hallaban ahora recostados en los blandos cojines, o paseándose en bulliciosos grupos, catorce de ellos, que es decir todos menos uno, de cuantos tomaron parte en aquella determinación peligrosa. El que faltaba de ellos, bien claro se veía que era Férriz de Lizana, porque no era posible confundir con otras, ni por breve instante, su venerable faz y altiva apostura. Los demás, hablando y riendo, como la vez primera que allá los vimos, pudieran hacer creer a cualquiera que todo estaba como entonces; que nada había sucedido de singular o siniestro.

No obstante, los ojos ejercitados de un político habrían quizá adivinado que no todos los ánimos estaban tranquilos, que no era tan pura la alegría, tan verdadera la satisfacción, tan espontánea y sincera la risa, como ellos, de propósito, aparentaban. La zozobra, durante los peligros, es tan natural en los humanos, que no puede alejarse sin un artificio de la voluntad, y el artificio no es posible confundirlo, si bien se mira, con la naturaleza; la flor de trapo no se equivoca, por hábiles manos que la labren, con la hija lozana de los huertos.

Estaban los ricoshombres oprimidos, sin duda; sentían sobre sí la pesadumbre de un gran cuidado, acaso de un peligro notorio, y aunque todos eran valientes ocultamente luchaba en sus ánimos la ira con el honor, la ambición con el miedo; y aunque eran todos resueltos, dudaban y vacilaban por fuerza, en cuanto a sus propósitos y determinaciones.

Corrían de uno en otro grupo, los más curiosos, sedientos de palabras, de razones; revolvíanse, bullían, no paraban un punto en ninguna parte los noticieros, poco desemejantes, en verdad, a los noticieros de nuestros días; gente de lengua larga y cortísima conciencia, que hace de las sílabas palabras enteras, de las palabras, discursos; de los discursos, sucesos; de los sucesos, más que Dios podría, que es hacer que nazcan antilógicos imposibles.

De pronto, un silencio profundo interrumpió todas las conversaciones. Los ricoshombres tomaron asiento a uno y otro lado del salón. Férriz de Lizana, que acababa de entrar, se sentó en cierto sillón colocado en un testero, delante del dosel, donde en las ceremonias solían asistir los monarcas aragoneses. En un momento aquella reunión tumultuosa cobró el aspecto de un tribunal, de un senado, de una corporación venerable.

-Nobles y valerosos caballeros -dijo Lizana-: ¿persistís todos en el buen propósito que tenéis hecho de defender los fueros del reino?

-Sí, persistimos -dijeron todos los ricoshombres a un tiempo.

Y a la par oyose un sonido espantable de armas; era que los ricoshombres habían dejado caer sobre el pavimento las pesadas vainas de hierro que ocultaban los filos de sus espadas, señal de asentimiento, no por primera vez notada por el autor en su crónica.

-¿Y persistís -continuó Lizana- en no admitir ni jurar, de conformidad con lo que disponen nuestros fueros, por rey y señor de Aragón a una mujer, sea la infanta doña Petronila, por quien ahora se pretende, sea otra cualquiera?

-Sí, persistimos -volvieron a decir los ricoshombres, sonando de nuevo las espadas; y cierto, que al arzobispo le vino bien no usarla, porque de esa suerte no tuvo que mostrar, más claro que lo mostró en la expresión del rostro, cuánto se apartaba su dictamen del de los demás presentes.

-Pues siendo así -dijo Lizana - preparaos a contestar a un mensaje del rey, y sea tal la respuesta como merezca el mensaje, teniendo en cuenta lo que ordenan nuestros fueros y lo que habéis prometido y jurado antes y ahora.

Dicho esto, llamó a dos escuderos, que se hallaban apostados a uno y otro lado de la puerta, y les dijo:

-Id por los mensajeros, cuya venida me habéis anunciado, y no olvidéis de recordarles cuánto debe de ser su respeto y moderación hablando con los ricoshombres de Aragón, que, en representación del rey y del reino, están aquí presentes.

Algunos de los noticieros que habían, hasta allí, acertado, pasearon sus ojos triunfantes por el concurso; otros, no tan felices, los clavaron en el suelo. Pocos momentos después del mandato de Lizana, los dos escuderos volvieron, guiando al buen Fivallé, que, como había Aznar anunciado, era quien traía el mensaje; y a los dos hombres, que por toda comitiva le acompañaban, los cuales no eran otros sino Yussuf y Assaleh, aquellos dos esclavos mudos en cuya discreción el conde don Berenguer, no sin motivo, confiaba tanto.

El traje de Fivallé había cambiado completamente; ya no colgaba de su espalda el laúd; ya no vestía las modestas ropas que en la montaña. Su corta túnica, con angostos galones de plata, su capa de escarlata guarnecida de plumas de halcones, su gorra de piel de conejo, con broches también de plata, y un anillo de oro que traía en la mano diestra, con vivísimos rubíes, aunque no muy grande por cierto, le deban, no ya sólo por persona principal, sino por verdadero rey de armas, como Aznar había dicho que era. Los dos esclavos no habían variado de traje más que de condición, y se ofrecían a los ojos tal como siempre, con su siniestro y sencillo atavío.

Que don Berenguer hubiese elegido para tal mensaje a su rey de armas, que era al propio tiempo su compañero de aventuras, nada tiene de extraño; pero el haberle dado a este por compañeros dos mudos, no parece que debiera tener otro objeto sino evitar que el dinero de los ricoshombres aragoneses pudiera penetrar sus secretos propósitos; siendo notorio que no hay mayor sagacidad que la del bolso para enterarse de las cosas más ocultas y poner a luz del día los más profundos misterios. Y recordando que Lizana sabía muy bien emplear todas las gracias y habilidades del dinero, no parece descaminada esta previsión de don Berenguer, si verdaderamente la tuvo, y no fue mera casualidad el que asistiesen con Fivallé los dos africanos.

Fivallé se adelantó con paso firme hacia el centro del salón, y allí, haciendo una profunda reverencia, aguardó a que Lizana, como persona que hacía cabeza en el concurso, le diese licencia de hablar.

Lizana, a fuer de viejo y prudente, le miró muy bien primero, para ver con qué género de hombre se las había. Luego, con la ordinaria autoridad de sus palabras, le dijo:

-Mensajero, hanme referido que te has presentado a las puertas de esta ciudad con caballo, lanza y escuderos, solicitando ver y hablar al que fuese alcaide de sus fortalezas, o señor de sus armas, o guardador de sus haciendas, o dispensador de su justicia. No ignoro que tal es la fórmula con que suelen acercarse los heraldos de los príncipes y reyes enemigos a las plazas que amenazan con sus armas; pero como Aragón no tiene enemigos a la presente hora, si no son los perros mahometanos, y de estos no solemos ni queremos merecer cortesías, mándote que digas, antes de todo, cuál es tu nombre y el de tu señor, y de qué hueste o reino vienes, que por tu voz quiera declararnos la guerra.

-Vengo -contestó Fivallé con firme acento, como quien ejercita un oficio o deber ordinario, y no recela que el cumplirlo puede traerle daño alguno-, vengo de parte del muy poderoso don Ramiro, por la divina merced de Nuestro Señor Jesucristo, y la intercesión de su Santa Madre, rey de Aragón, a ordenaros a vos, don Férriz de Lizana, y a todos los ricoshombres, prelados y caballeros aquí presentes, si sois en verdad los que señoreáis estas fortalezas, y gobernáis estas armas, y guardáis estas haciendas, y dispensáis aquí la justicia, que le entreguéis las fortalezas, que no os pertenecen, y rindáis las armas ante vuestro señor natural, y a él dejéis el encargo de guardar las dichas haciendas, y dispensar la dicha justicia, por ser todos derechos y deberes suyos, no vuestros, supuesto que él es el rey, y vosotros sois no más que sus vasallos.

-Deslenguado malsín, vil escudero -dijo, levantándose, Lizana-. ¿Cómo te atreves a hablar en tales términos a los ricoshombres del reino? ¿Quién eres tú para deslindar los derechos del rey y los nuestros? ¿Piensas, por ventura, que haya de ampararte o valerte el hábito que vistes? Por San Jorge que he de enseñarte cuánto va de un verdadero rey de armas que viene de poder a poder, con el seguro que le dan las leyes de caballería, a un villano que osa insultar en su propio alcázar al trono y la nación aragonesa en nosotros representados. ¡Hola, escuderos! No hay más que oír; llevaos a este villano y echadlo al río desde una torre.

-Ahora conozco al valeroso Lizana -dijo Roldán por lo bajo-. Parecíame a mí que la edad iba enfriando su sangre y que tenía ya más de sabio que de ardido y determinado; pero he aquí que echa tanto fuego por los ojos como pudo el día del Alcoraz.

-Ya verás -le contestó García de Vidaura- cómo sabe hermanar la ferocidad del león con la prudencia del raposo; yo, como le conozco de más tiempo, entiendo sus cosas mejor que tú.

En esto, Fivallé, confundido por el inopinado arranque del caballero, no acertaba a decir palabra. Pero al ver que los escuderos iban a apoderarse de su persona para cumplir la orden de Lizana, en alta, aunque no ya segura voz, dijo estas palabras:

-Yo sé tan bien como quien más las leyes de las naciones y de la caballería, señores caballeros, y sé por lo mismo que no osaréis cumplir tal amenaza. Queréis intimidarme, pero no lo lograréis; y aunque hubiese de morir verdaderamente, no sería antes de cumplir con mi obligación del todo. Dígoos que el rey don Ramiro os ordena dejar esta ciudad con todas sus fuerzas y gobierno, retirándoos al punto a vuestros castillos, y de lo contrario, os declara por mi voz aleves y traidores, y reos de lesa majestad en lo divino y humano, condenándoos...

-¡Infames escuderos! -gritó ya fuera de sí Lizana-. ¿Qué hacéis que aquí mismo no le arrancáis la lengua al desalmado? Por Cristo, que he de mandar que a vosotros también os desuellen vivos.

Todos los caballeros participaban de su indignación, y estaban puestos en pie, acariciando cada cual la empuñadura de su daga. Roldán la puso ya fuera de la vaina, y sólo le detuvo el considerar que aquel hombre podía ser muy bien un villano, indigno de morir allí a tan nobles manos como las suyas. El buen arzobispo de Zaragoza, como sabemos, presente, pensó interceder por él; pero no tuvo valor para tanto, después que bien miró y advirtió la cólera en que hervían sus compañeros. Fivallé según la palidez de rostro y el temblor le sus rodillas: no daba ya por su vida un ardite; pero la voz del deber le mantenía firme la voluntad y todavía tuvo aliento para añadir:

-No me defenderé, los escuderos; podéis matarme a mansalva; pero de este crimen que va a cometerse, no sólo responderán vuestros señores, sino que vosotros también responderéis con la cabeza a vuestro rey don Ramiro y a mi señor natural, el muy valeroso y muy excelso don Ramón Berenguer, conde de Barcelona.

-¿Por qué mientas al conde de Barcelona? -dijo al oír esto Lizana-. Habla, villano, y veamos con qué pretendes engañarnos y librarte del merecido castigo. ¿Eres de verdad, como dices, vasallo del conde de Barcelona?

-Vasallo soy suyo -contestó el mensajero, más recobrado.

-Tu nombre.

-Pedro de Fivallé.

-Tu profesión.

-Rey de armas del conde de Barcelona.

-¿Tienes algún documento o testimonio que lo acredite?

-Sí tengo -contestó Fivallé-: bien podéis ver cómo los rubíes de este anillo trazan sobre el oro las barras de sus armas: no han llevado tal anillo y barras nunca sino sus mensajeros, según es sabido en todo el mundo.

-Cierto es -dijo Lizana-; pero trae acá el anillo, que no te las has con quien no sepa descifrar cualquier engaño.

El anillo corrió de mano en mano, y todos convinieron en que era y debía de ser su dueño el conde de Barcelona y no otro. La sorpresa de todos fue tan grande ahora, como había sido antes la ira

-Ahora bien: Pedro de Fivaje -dijo Lizana bien puedes hablar cuanto te plazca; pero no más que en nombre del conde de Barcelona.

-El conde de Barcelona, mi señor -continuó entonces Fivallé-, no tiene más que deciros, sino lo propio que de parte del rey don Ramiro tengo dicho, supuesto que los dichos rey y conde son, de hoy más, no sólo aliados, sino deudos estrechos, con los esponsales y matrimonio concertados, entre el conde don Berenguer, de una parte, y de otra la infanta doña Petronila, hija de don Ramiro, y legítima heredera de este reino. A la cual mi señora y reina os exijo y ordeno también que dejéis libre en el instante.

En este punto llegó al último extremo el asombro de los concurrentes. Sólo el viejo Lizana, a gran maravilla de todos, conservó, en su apostura y acento de voz, serenidad completa. Paseó los ojos alrededor, examinando qué efecto hubiesen hecho tales nuevas en sus compañeros, y luego dijo:

-¿Has acabado?

-Acabado he, poderoso señor -contestó Fivallé.

-Pues ve y dile a tu amo el conde de Barcelona, que aceptamos el reto y desafío que nos hace, y que de hoy más Aragón le tendrá por enemigo, y nuestros guerreros buscarán a los suyos para pelear cuantas veces quiera él ponerlos en campo. Y añádele que, aunque es injusta la guerra que nos declara y odioso además que entre sí se destrocen las armas cristianas, de eso él, que no nosotros, habrá de dar a Dios cuenta en el otro mundo. Por lo que toca al rey don Ramiro y su hija, nosotros nos entenderemos con ellos como ordenan los fueros del reino, y como mejor nos cumpla y parezca, declarando traidores y rebeldes, desde ahora, a cuantos coadyuven a abanderizar el reino, con el fin de privarlo de sus antiquísimas y bien adquiridas libertades. ¿Oíste bien lo que dije?

-Sí, oí -respondió Fivallé-; y en nombre de mi señor, el conde, dejo aquí este guante en señal del reto y desafío.

Y dijo esto quitándose uno de los de delgadas escamas de acero que llevaba.

-Tomadlo, y dadle el vuestro, valeroso Roldán -repuso Lizana-. Y tú, Fivallé, sábete que si a título de rey de armas del conde de Barcelona te he perdonado tus insolencias, como el día de mañana te encuentre en Huesca, o nombres en su recinto al rey don Ramiro, te he de colgar, a título de rebelde, de una almena. Hoy vence en ti lo de mensajero del conde a lo de emisario de la rebeldía; mañana será al contrario, y repítote, por el santo del Alcoraz que si no me crees he de dar un buen día tu cabeza a los cuervos del contorno. Vete al punto.

Fivallé no se hizo segundar la intimación, y tomando el guante de Roldán se salió de la estancia seguido de sus negros compañeros, que aunque no habían comprendido bien las palabras, habían interpretado harto bien los hechos para dejar de requerir sus armas a medida que veían que las suyas acariciaban los ricoshombres.

Cuando Lizana se vio a solas con los suyos, tomó la palabra, y dijo:

-Los tiempos que yo temía están aquí, Roldán amigo: no daréis ahora por sobrados mis temores. Extraña es esa alianza, extraños son esos esponsales, extraño es todo lo que está pasando; pero no importa, lo esencial es que conozcamos el riesgo que nos amenaza. Quizá a estas horas tienen junta, entre el rey y el conde, bastante hueste para que no podamos mantener el campo; quizá osen sitiarnos dentro de estos muros, por más que, según son ellos de fuertes, sea empresa de muchos años rendirlos; quizá los salvajes montañeses acudan ya de todas las partes del reino en ayuda del rey con el intento de humillar nuestro justo orgullo y despoblar nuestros cotos, y hacer leña de nuestros bosques, y anidarse en nuestros castillos; quizá el hierro de los almogávares esté ya despierto: hora es de que despertemos también nosotros y nos preparemos a lidiar y vencer, a vencer o morir en esta demanda.

-Sea así -dijeron levantándose los caballeros.

-Pero esto de los esponsales -añadió Roldán- no cesa de admirarme. ¿Cómo puede habérsele ocurrido a ese buen conde de Barcelona contraerlos con una niña de dos años?

-Legítima cosa es -contestó suspirando el arzobispo, que aun no había movido siquiera los labios para responder a la arenga pasada-; legítima, según los sagrados cánones.

-Antes habéis de decir que pérfida y malvada -repuso Lizana-. ¿Por ventura, no adivináis cuál es el objeto? Pues no es otro sino sujetarnos a la potencia de los extranjeros. Cuando nosotros buscamos a don Ramiro en el monasterio y quisimos ser suyos y le defendimos con tantos afanes, fue por no reconocer sino a rey muy natural. ¿Y ahora toleraríamos que nos viniese a gobernar un extranjero? ¿Qué sería del honor del reino? ¿Qué de nuestros nombres? ¿Qué de nuestros fueros? Bien sabéis que nuestros padres ordenaron para eso sólo que no sucediesen hembras en el reino; bien sabéis que por eso sólo nos negamos a jurar por reina a la princesa, cuando lo pretendió el rey.

-Fuerza, es que reunamos en Cortes el reino, y les propongamos negocio tan arduo -dijo uno de los caballeros.

-Ese es mi propósito -dijo Lizana-; y aun despachada está la convocatoria a las ciudades que tienen voto en Cortes, y a los nobles y prelados ausentes para que se junten con los que ya estamos y deliberamos en Huesca. Ni penséis que desisto de esto para en adelante; porque si bien no podremos llenar todas las formalidades y requisitos, los tiempos nos excusan de ellas, y harto será que no reunamos bastantes votos en los diversos brazos para sacar triunfante nuestra causa, puesto que en suma es la causa del reino, y todo él está interesado como nosotros mismos en el triunfo. Mas no hay que pensar en tal por lo pronto. Los sucesos se han adelantado mucho con esta desdichada alianza del rey y el conde de Barcelona. Mañana mismo podemos tenerlos delante de estos muros, y es preciso, ante todo, acudir a la defensa.

-¿Pero creéis -dijo Roldán- que todos los reyes y condes y villanos del mundo deban darnos temor detrás de estos muros fortísimos, a nosotros con nuestras fieles mesnadas?

-Siempre -contestó Lizana- es ciego vuestro valor, Roldán amigo. Recordad que no me he equivocado hasta ahora en ninguna de mis sospechas más de lo que humanamente es inevitable. Desde aquella ausencia que hizo don Ramiro en una noche de festejos, véngoos diciendo de antemano cuanto ha sucedido. Y ya habéis visto hasta qué punto, con voluntad o sin ella, pueden perjudicarnos los clérigos; ya habéis visto que el rey, tan manso como parecía, sabe derramar sangre, y es capaz de disponer de la nuestra como de las sobras de unas vinajeras, y separar de los cuerpos nuestras cabezas como él ha mudado de hábito. También advertiréis cómo no le faltan aliados y defensores a don Ramiro contra vuestra lanza y la mía, a pesar de ser tan recia la vuestra y haber ganado alguna prez la mía en el Alcoraz y en otras mil ocasiones; y no dejaréis de reconocer asimismo cuál locura habría sido dejar libre a la princesa en poder de su madre, de donde habría pasado a manos del conde de Barcelona, realizándose esos esponsales, que, en idea sólo con razón os espantan ahora. Deos todo esto prudencia y confianza en mí para atender y seguir en adelante mis consejos.

-Tenéis razón -dijo Roldán, convencido-. Hablad, sabio Lizana, hablad, que ni estos caballeros ni yo haremos más que lo que vos ordenéis. Hablad y decidnos lo que receláis ahora.

-Ahora recelo del pueblo, de los ciudadanos, de estos menestrales que vosotros despreciáis mientras yo los vigilo y sé, a precio de oro, sus más íntimas conversaciones. Cuando advirtieron la prisión del rey, manifestaron sólo incredulidad o extrañeza, porque veían que todo lo podíamos; mas no bien se nos escapó el rey, adelantáronse ya a compadecerle y a murmurar muchos de que no compartiésemos con ellos el Gobierno. Si ahora ven que no podemos sostenernos, sino dentro de estos muros, y que nos asedian turbas de villanos almogávares, son capaces de fraguar alguna traición por dentro que cara y muy cara nos cueste.

-¿Eso más? -dijo Roldán.

-Eso más -contestó Lizana-; el cuándo ni el cómo, no sabré deciroslo; pero cualquier cosa debemos temer cuando la hueste enemiga se presente delante de estos muros.

-Vos sois nuestro natural caudillo, Lizana. Decidnos qué hemos de hacer, pues, para precavernos y para defendernos y ofender a nuestros enemigos.

-Decidlo, decidlo -repitieron los demás caballeros puestos ya en pie alrededor del sillón donde estaba sentado Lizana.

-Oíd -dijo el viejo-. Es preciso que por ahora tratemos moderadamente a los villanos, aun a esos perros de almogávares, si por ventura quedan algunos en Huesca. Hacer porque entiendan, si es tiempo todavía, la justicia de nuestra causa. Y al propio tiempo es preciso tener muy bien guardadas por nuestros mesnaderos las puertas y torres de la ciudad, y poner atalayas que nos anuncien la vecindad del enemigo. En cuanto a nosotros, ya lo sabéis; hoy, mañana, todos los días nos reuniremos para deliberar, en este alcázar, como hasta aquí, y ya iremos determinando conforme nazcan las ocasiones.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXIV
Pág. 25 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se preparan y entrevén los sucesos que, andando capítulos, han de poner fin a esta historia


F’orte d’armi apparechio s’a duna di Tolosa pei campi é pel vallo, che far tristo un ribelle vassallo il signor di Provenza giuró!...


Tommaso Grossi: Canto di un Trovatore


Pocos momentos después de llegar al patio del alcázar, se encontró Pedro de Favillé con su buen compañero Aznar.

El rey de armas y sus dos extraños escuderos estaban rodeados de soldados con antorchas encendidas.

-¿Qué sucede? -preguntó Aznar.

-Que los ricoshombres de Aragón, reunidos por su propia autoridad y convocatoria en este alcázar, se niegan a reconocer por reina a doña Petronila, y han dado a entender muy claramente que no dejarán entrar en Huesca ni al rey de Aragón ni al conde de Barcelona -contestó Fivallé.

-Pues si eso pasa -repuso Aznar-, no hay más sino que me salí con la mía, porque nunca pensé que el mandato y perdón del rey lo aceptasen los ricoshombres.

-Vamos a nuestro alojamiento, y allí hablaremos despacio -repuso Fivallé.

-Sea como decís -añadió Aznar.

Y entrambos echaron a andar para la calle nombrada del Salvador, adonde, en casa grande para los tiempos, estaban aposentados.

No bien llegaron allá y se despidieron los de la comitiva, dijo Aznar a Pedro de Fivallé:

-¿Nada se os ocurre que hacer ahora?

-A mí nada -respondió el otro-, si no es que nos vayamos cuanto antes, porque el viejo Lizana, sin oírme apenas, juró por San Jorge, el que está en la ermita del Alcoraz, que si nos halla aquí el día de mañana han de servir de espantapájaros nuestras cabezas en lo alto del muro. Ni me atreví a hablarle de su perdón, no fuera que por menosprecio adelantase ese mal propósito que tiene.

-De eso será lo que Dios quiera, Fivallé -replicó Aznar-; pero oíd: don Ramiro y don Berenguer nos enviaron acá para que allanásemos la entrada, de suerte que no tuvieran que poner cerco a la ciudad. Con tal objeto concedieron el perdón que con vos traéis. Y porque los ricoshombres, empedernidos en su traición, no la acepten, ¿no hemos de allanarles nosotros la entrada de la ciudad evitando un largo cerco?

-No se me ocurre cómo lo habríamos de conseguir -respondió Fivallé-, según que yo los he visto de soberbios; ni me parece que podamos hacer más que salir ahora de aquí cuanto antes, y dar parte de todo a nuestros príncipes, para que los traten con todo el rigor de la guerra.

-Ni por pienso, Fivallé; no es eso lo que conviene -repuso Aznar-. Al abrigo de tales muros y tan recios, y de las noventa torres que circuyen la ciudad, los ricoshombres podrán mantenerse en su rebelión por mucho tiempo, y aun no les sería imposible levantar el reino y desbaratar los intentos del buen rey don Ramiro, y de su aliado.

-Así es la verdad, Aznar -dijo el rey de armas-; pero, ¿cómo hemos de remediarlo?

-El cómo ya lo buscaremos -continuó Aznar-. Lo que importa es que convengamos en buscarlo. Ni don Ramiro ni don Berenguer nos mandaron que saliéramos de aquí: «Id, dijeron, y anticipadles nuestro perdón mientras llegamos a la ciudad. Si al entrar en ella oímos que repica sola la campana de San Pedro el Viejo, entenderemos que sois vosotros quien la tocáis, y que no debemos hacer daño a los ricoshombres, porque ellos han reconocido ya su culpa, sometiéndose a nuestros mandatos; mas si la campana no suena, o suenan otras a modo de rebato, entenderemos lo contrario, y haremos por sorprender el lugar y entrarlo a escalas vista, o de no, pondrémosle cerco, y lo combatiremos a hierro y fuego». Bien se ve, Fivallé, que no previeron el caso de que saliésemos de aquí, puesto que no nos lo dijeron.

-Eso fue que no previeron tampoco el caso de que los ricoshombres estuvieran tan determinados y fuesen capaces de plantarnos de espantapájaros en el muro.

-O acaso -contestó Aznar- que fiaban en que nosotros no dejaríamos que cuajase el propósito de la resistencia, y descargaríamos en otros el mal oficio de espantar los pájaros con las cabezas.

-¡Imposible! -replicó Fivallé asombrado-. ¿Quién había de imaginar semejante cosa? ¿Qué fuerzas son las nuestras para resistir? ¿Cómo hemos de excusar el peligro si no es fuera de los muros, corriendo, a más correr, según es de prudentes, en tales ocasiones como esta? Aznar, contad además con lo que habláis; no dejemos por acá las cabezas aun antes que recelamos.

-¿Eso os espanta? -dijo Aznar.

-No me espanta, sino porque ha de ser inútilmente -contestó Fivallé.

-Inútilmente no -continuó Aznar-; y una vez que eso sólo os empece y mortifica, aguardadme aquí, que yo vendré dentro de poco y os daré traza con que logremos nuestro intento. ¿Aguardaréis?

-Sí aguardaré, aunque no espere fruto alguno.

-Pues hasta luego, y confiad en que mayor servicio que este que hemos de hacer ahora, nunca lo han hecho vasallos a reyes.

Salió Aznar diciendo esto, y, por entre las revueltas callejuelas del contorno, llegó al Coso, ancha calle, que a la sazón comenzaban a formar los vecinos, construyendo casas por enfrente de los grandes muros de piedra, en aquel arrabal que, desde el tiempo de los moros, estaba allí fuera encerrado en un robusto paredón de tierra. Caminaba precipitadamente y con un si es no es de regocijo en el rostro; traslucíasele una satisfacción grande, aunque siniestra, y de cuando en cuando hablaba solo, en tono tan alto, que era imposible que no lo oyesen los curiosos transeúntes.

-¿No es este el caso? -decía-. ¿No basta ya para cumplir mi promesa? Bien sabía yo que él haría de modo que mereciese de nuevo la muerte... Morirá por lo mío y por lo del rey.

En una de las primeras calles del arrabal se paró delante de cierta casa, más destruida y de más vil aspecto que las otras, y dio diversos golpes.

Abrieron con una larga tomiza desde arriba, subió, y en una sala estrechísima y mal amueblada se encontró manos a boca con Fortuñón, aquel viejo y primer compañero suyo, que conocen ya nuestros lectores.

-Fortuñón -dijo Aznar-, loado sea Dios que aquí te encuentro, y ahora feliz vejez la tuya, que así te inclina al regalo de las ciudades, para que puedas continuar hasta en ellas tus esforzados hechos. Dime, Fortuñón, ¿tienes en tus venas todo el valor antiguo? ¿Amas al rey como le amaron siempre nuestros antepasados? ¿Te fías tú de mí, como te fiabas de mi padre García de Aznar?

-Sí tengo, sí amo, sí fío -respondió compendiosamente Fortuñón por la primera vez de su vida, al notar lo arrebatado de las preguntas.

-Loado sea Dios, que te hallo tal como creía. ¿Y no temerás menear de nuevo las armas en servicio del rey? ¿Herirás a quien él te mande, sin preguntar su nombre? Recuerda que así obraron siempre los de nuestra raza.

-Dígote que por el rey y por ti, hará cuanto sea justo.

-¿Qué número de almogávares habrá a estas horas dentro de Huesca?

-No pasarán de cincuenta, Aznar.

-¿Conóceslos tú a todos?

-A todos.

-¿Qué tal gente son?

-Pero Díaz es el uno, aquel hijo del campanero de Oviedo que se vino años atrás con nosotros, y Juan de Sobrarbe otro y está además ese perro de Ramiro Benedrís, que dice que viene de reyes moros, y él es moro en las obras, aunque sea en los pensamientos cristiano, y Men Loharre, y...

-No quería saber los nombres de todos, mas sólo si era gente con la cual se pudiera contar en cualquiera honrado trance.

-No la hay mejor entre los almogávares.

-Basta, Fortuñón: esa gente necesito. Sólo falta que todos te reconozcan por caudillo. ¿Hay entre ellos, por ventura, alguno que sea más viejo que tú?

-¡Más viejo que yo! -contestó al punto Fortuñón, como picado de que tal osara suponer el mancebo-. Somos ya pocos los que quedamos de aquellos tiempos en que se daban batallas como la del Alcoraz, y se tomaban ciudades como esta de Huesca. ¡Más viejo que yo! A fe, a fe que mis años no los he llevado en cuenta, ni de mis padres pude averiguar los que tenía, porque muy temprano se olvidaron de ellos; mas yo te contaré cosas que presencié y otras en que puse mano, que no haya en todo el reino tres personas que las recuerden. ¿Ni cómo ha de haberlos más viejos que yo entre los almogávares? La vida se acaba pronto en la montaña, y la lid, antes peleando que comiendo, y antes corriendo tierras que descansando en mullidos lechos; milagro es que el cielo haya conservado tanto la mía.

Aznar escuchó toda esta retahíla con su acostumbrada impaciencia; luego, reprimiéndose lo que pudo, habló al viejo almogávar de esta manera:

-Ea, pues, Fortuñón, sirva tu larga edad y el crédito y mando que ella te asegura entre los almogávares para una grande empresa, la cual ha de ser no menos acepta a Dios que provechosa al rey.

-Continúa, Aznar -repuso Fortuñón.

-Ya sabrás cómo los ricoshombres del reino, aquí reunidos, se han rebelado contra don Ramiro, hermano del batallador don Alonso y del glorioso don Pedro, e hijo del valiente Sancho Ramírez, con quien hiciste las primeras armas.

-¡Y cuán diferente que es este don Ramiro de su padre y hermanos! ¡Oh si a aquellos hubiese conocido! -dijo interrumpiéndole Fortuñón.

-Eso no es del caso -replicó con calor Aznar, viendo el contrario efecto que sus citas habían producido-. ¿Negarás tú ahora, con todo, eso, que sean rebeldes y dignos de castigo los ricoshombres que se han alzado contra el rey don Ramiro?

-Cierto es que obraron mal; pero, hijo mío, no te descompongas tanto contra los ricoshombres; mira que ellos son imagen del rey, como el rey es imagen de Dios.

-¡Que no me descomponga con ellos! -exclamó Aznar-. Son traidores, Fortuñón, son traidores, y nosotros los leales no debemos respetarlos ni tenerlos en nada, sino por el contrario, lavar en su sangre las afrentas que hacen al rey.

-Muy adelante te lleva la cólera; ¿es quizá para algo de eso para lo que requieres mi brazo?

-Precisamente para eso; para que entre tú y yo y esos almogávares, rematemos de una vez a los más soberbios de los ricoshombres, y demos libre entrada al rey dentro de estos muros.

-Pues vuélvome de lo dicho, Aznar, y aconséjote que no te metas en tales honduras, que luego los grandes de la tierra entre sí se acomodan, y solemos nosotros los pequeños pagarlo todo.

-¿Y así cumples la palabra que me diste de servir al rey, y de herir a quien él te mandase, sin preguntar su nombre? ¿Y así muestras el amor que dices que me tienes? ¿Y así imitas los hechos de tus mayores? Nunca mi padre García de Aznar hubiera temido, como tú temes, ni hubiera faltado, como tú faltas, a tus promesas.

Al decir esto Aznar, sus ojos lanzaban rayos de ira, su voz temblaba, su brazo levantado desafiaba todos los obstáculos.

-¿Mas qué te va o te viene, locuelo de Aznar, para que tanto fijes tu atención en ello? -respondió Fortuñón sin curarse del gesto indignado de su compañero-. ¿Qué tienes tú que ver con las discordias del rey y de los ricoshombres? Dígote que al cabo el rey perdonará a sus rebeldes cortesanos y capitanes, y que estos no perdonarán jamás por su parte a los que en nombre del rey los ofendan o lastimen ahora.

-Por eso mismo, no trato yo sino de hacer que su perdón sea imposible; por eso mismo no trato yo sino de penarlos de suerte que más no puedan vengar ofensas, ni reparar sus daños -repuso con ronca voz Aznar-. Y tú que sabes la suerte de mi hermano, ¿todavía osas preguntarme qué es lo que tengo con los ricoshombres? ¿Sabes que he averiguado ya que fue el viejo de Lizana quien entregó a sus perros de caza el cuerpo de mi Lupo, aquel pobre hermano que mi padre dejó al morir a cargo tuyo y mío?

-¡Fue Lizana! -repuso Fortuñón asombrado.

-Lizana fue... Pero no hablemos de eso, no, no. Has de saber que si quiero matarle, es porque importa al servicio del rey, es porque con hacerlo, se evitará mucha sangre y se adelantará muchos días el que reinen en Aragón y Cataluña el buen príncipe don Berenguer y la princesa doña Petronila.

-No entiendo lo que me dices, Aznar. ¿De qué don Berenguer hablas? No le hubo en mis días de ese nombre entre los príncipes de Aragón. Habla, dime, ¿cómo puede ser novedad tan extraña, y de mí tan poco oída hasta ahora?

-Fortuñón, dejémonos de ociosas palabras. O me sigues o no. Si tú no me acudes, yo solo intentaré la empresa; yo solo iré a las casas de los principales ricoshombres, tan temibles capitanes y cortesanos como son, y de algunos de ellos libraré a Aragón a costa de mi sola vida.

-¡Oh!, no hagas tal, Aznar -exclamó Fortuñón interrumpiéndole-. No hagas tal, que te perderás sin remedio ni provecho alguno.

-Sí haré -replicó el joven almogávar, más exaltado que nunca-; y lo haré porque no se diga que ha dejado de haber almogávares en Aragón; por no faltar a la memoria de mi padre, que siempre fue leal, y quiso que lo fuese su hijo. ¡Es tan bueno el rey! ¡Es tan valeroso don Berenguer! ¡Son tan soberbios los ricoshombres! No me contradigas, porque estoy resuelto: o he de morir o he de salir victorioso de estos rebeldes. Discurre ahora, Fortuñón, si te conviene ayudarme en mi empresa a dejarme solo a que perezca de cierto en la demanda.

Fortuñón se puso a meditar, apoyando su blanca cabeza entre las manos. Luego, después de un breve rato de meditación, dio dos o tres vueltas por la estrecha sala, y parándose delante de Aznar, exclamó, no sin exhalar antes un profundo suspiro:

-¡No puede ser! Y Dios sabe cuánto me pesa no complacerte. Pídeme otra cosa, pero eso de ir contra los ricoshombres como por acá dicen de motu proprio, sin mandamiento ni disposición de nadie, no esperes que lo haga jamás. El deseo de venganza ciega tus ojos, hijo mío; ábrelos a la razón de mis palabras, y verás cómo no es justo ni conveniente, sobre ser peligrosísimo y de éxito casi imposible.

-¡Oh! Si nace tu resistencia de que a tu parecer no tenemos mandamiento ni disposición de nadie, cuenta con que estás en grande error. Orden tengo del rey, orden terminante... de don Ramiro, por supuesto, porque de ese don Berenguer, que no conozco, ni las entiendo, ni las quiero entender, por vida mía. No he oído hablar siquiera de las otras cosas extrañas que me dijiste; y como tú tampoco te has explicado mayormente...

-¡Fortuñón! La orden es de don Ramiro. ¿A qué meterse hoy en otras honduras?

-Pues ¡acabaras! -repuso a esto Fortuñón-. ¿Por qué no mostrarme, desde luego, el pergamino, y no hubiera disputa? Bien sabes que soy entendido en letras, porque en mi niñez, como te he contado algunas veces, me dedicaron mis padres a monaguillo, en Jaca. Ea, pues, muéstrame ese pergamino, y vea yo mandado del propio rey lo que tú me dices, y harelo, aunque me cueste la vida.

-¿Pergaminos dices?... A fe que pergaminos no faltan, y...

En lugar de estos puntos suspensivos, puso el almogávar, en voz baja, sendas maldiciones contra los oficiosos padres de Jaca, que habían enseñado a leer al monaguillo.

-¿Lo traes ahí? -continuó, en el ínterin, Fortuñón-. ¡Cómo cambian los tiempos! Por cierto que en los días de tu abuelo y de tu padre, aquellos famosos guerreros, de quien tanto te he hablado, nadie habría confiado tan importante mensaje a un hombre que contase diez años más que tú. Y los pergaminos y leyendas que hubo en la conquista de esta fortísima ciudad de Huesca, así los de los moros como los nuestros, fueron llevados o traídos por hombres de canas y de experiencia, que bien supiesen sortear los tiempos y las ocasiones. Y aun recuerdo que tu abuelo, tu abuelo, Aznar, que era el hombre más forzudo y ágil que haya yo conocido en este mundo, decía muchas veces que no quería trono verde para astil de dardo, ni pan todavía caliente para la boca, ni hombre mozo para estos mensajes. Pero tú lo suples todo, con la discreción maravillosa que tienes para tu edad, y aunque siempre habría sido más acertado que el rey hubiese acudido a mí o a otro de más años, como más prudente, no niego que tú puedas sacar fuerzas de flaqueza, y obrar también como hombre de seso. Si tienes el pergamino, dígote que el traerlo tú, más me servirá de satisfacción que de envidia, y no tienes más que desdoblarlo al punto. Pero acuérdate, Aznar, de tu abuelo...

Al llegar a este punto le interrumpió Aznar, que, si no, el viejo era hombre de no acabar en diez años. Hacía ya rato que no apartaba los ojos de un sitio, como quien está sumido en grandes meditaciones; pero a la sazón brillaba en ellos la alegría. Parecía satisfecho, como hombre que acabase de salir de un grande apuro.

-Ya te conozco, mi viejo Fortuñón -dijo, poniendo la mano en el hombro de su camarada-. Acuéstate ahora, pues, y el pergamino donde la orden está escrita yo te lo mostraré a la noche, que, puesto que yo no entienda en leer como tú, para eso viene en mi compañía el honrado Pedro de Fivallé, rey de armas del buen conde de Barcelona, el cual trae consigo el tal documento, y sabe muy bien que en él se contiene y reza lo que digo. Mas te oí decir que no debíamos los villanos entremeternos en estas reyertas del rey y de los ricoshombres; ¿has variado de opinión ya, de todo punto?

-Sin mandato del rey, debí añadir, que no era otro mi intento, porque lo que él manda, ningún vasallo, pésele o no, puede excusarse de cumplirlo.

-¿Y temerás todavía las venganzas de los ricoshombres?

-Ya sabré resignarme a ellas por obedecer al rey -contestó Fortuñón suspirando.

-¿Es decir, que con esa orden, todo está compuesto, y hallaré en ti ayuda para todo?

-Cabalmente: todo con esa orden; nada sin ella; has comprendido perfectamente mi pensamiento.

-Pues la tendrás. Esta noche te aguardo a las doce en punto en mitad de la plaza de la Misleida. Ten apostados a nuestros camaradas por las cercanías de manera que no infundan recelo, ni pongan en alarma a los atalayas del muro.

-Allí estaré, y todo lo tendré dispuesto como tú quieres, que en las ocasiones es donde han de verse los que son para poco, o los que tienen grande espíritu en su cuerpo. Y a fe que mi padre, aunque algunos deslenguados murmuran que fue hijo de moros, como los del Benedrís, no fue sino valentísimo cristiano, que mató más moros que árboles hay en las orillas estas de la Isuela y del Flumen. Y aquí, donde me ves a mí, testigo tu padre García de Aznar, a quien Dios tenga en su gloria, porque era también valiente, como ninguno, y...

-¿No acabarás, buen Fortuñón? -le dijo Aznar, impaciente-. Otro día oiré el fin de esa historia, que por hoy no puedo más detenerme.

Y echó a correr desalado.

-¡Siempre el mismo! -murmuró tristemente Fortuñón-. Nadie me quita de la cabeza que estos rapaces del día nos tienen envidia, por lo que hemos vivido más que ellos, y porque hemos visto y oído cosas que ellos jamás verán ni oirán de seguro. ¿Cómo han de hallarse ellos ya en cosa tan insigne como fue este cerco de Huesca o aquella batalla de Alcoraz?

Y poco más que el tiempo que tardó Fortuñón en pensar esto a solas, invirtió el otro almogávar en volver a su casa.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXV
Pág. 26 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Cómo es verdad que Dios castiga sin palo ni piedra pruébase con el ejemplo del lego Gaufrido, que lo que recibió fue una puñada


Hubo mientes como puños,
hubo puños como mientes.


(Quevedo)


Aznar subió de un salto la angosta y revuelta escalera de la casa donde estaba aposentado, sita en la calle del Salvador, como en otro lugar queda dicho.

-Pedro de Fivallé -dijo al llegar a lo alto-: ya está todo compuesto. Mañana entrarán los príncipes en Huesca sin resistencia alguna, y haremos sonar tal campana, que con sólo oírla esta vez desfallezcan todos los rebeldes del mundo, cuanto más los del reino.

Fivallé le miró, como asombrado, sin hablar una palabra.

-Traed el pergamino -continuó Aznar- donde se trata del perdón de los ricoshombres rebeldes.

-Aquí lo tenéis: ¿mas vos sabéis leer, Aznar?

-No entendí en mi vida de tales brujerías; que mi padre no me crió para monje, sino para soldado, y de los almogávares, que son doblemente soldados que los otros.

-Pues ¿para qué queréis entonces el pergamino?

-Vais a oírlo. ¿Recordáis el suceso de aquel mal caballero Castellet que nos refirió el buen conde don Berenguer una noche en la montaña?

-Sí, recuerdo.

-¿Recordáis cómo dijo que aquel falsario quitó las letras que tenían unos pergaminos, y puso otras que más le convenían?

-Sí, recuerdo.

-Pues he aquí la ocasión de aprovechar el cuento. Bien decía don Berenguer, que de todo había en esto de la escritura, es decir, que unas veces servía para bien y para mal otras. Ahora le toca servir para bien, porque es fuerza que al punto quitéis lo que reza, y en su lugar pongáis lo que yo os vaya diciendo.

-No me atrevería a tanto -respondió Fivallé-. Pero aun cuando me atreviera, es el caso que, si leer sé muy razonablemente, de escribir no entiendo más que vos mismo.

-¡Diablo! -exclamó Aznar-, esta si que es gran dificultad, e inesperada.

Y sin saber qué partido tomar, comenzó a dar vueltas por la sala donde se hallaban, ora asomándose a las ventanas, ora quitándose de ellas, sin discurrir, al parecer, buena salida en el laberinto en que se veía metido.

-¡No lo harán! ¡No, no me obedecerán, si no tengo este pergamino! -gritaba de cuando en cuando.

Cosas de Aznar. Para aquel hombre, pensar y poner las obras en ejecución, era todo uno, según hemos visto en otros trances: audaz por la edad, por la raza, por el ejercicio, y alentado con el buen éxito de sus empresas, puesto que le habían salido bien hasta entonces las más arriesgadas; diestro, ágil, poderoso en fuerzas y armas, no había obstáculo que le estorbase el comenzar y llevar adelante su intento.

Mas por esta vez la dificultad que se ofrecía era realmente tan grave que, si no le hizo arrepentirse o temer, le tuvo por largo espacio confuso.

Si se trataba de derribar a un gigante brazo a brazo, o de asaltar la torre más levantada, y aunque fuera de lidiar solo con un ejército, Aznar no lo habría meditado tanto, sino que ciegamente se habría arrojado al obstáculo, y o lo habría vencido, o habría muerto en la demanda. Pero eran letras lo que había que hacer, letras, y el valeroso almogávar, ni de vista apenas las conocía. Hubo momento en que deseó ya que sus padres le hubieran criado para monje, y no para tan soldado como era.

Otras veces, abandonando el proyecto fundado en aquel pergamino, se ponía a maldecir a Fortuñón a grandes voces, afeándole su cobardía en no querer emprender nada contra los ricoshombres, sin mandato escrito del rey, y jurando que tomarla de él notable venganza, con haber sido tan amigo de su padre y todo, cuando la ocasión le viniera a cuento.

Yendo, y viniendo, Y revolviendo cosas en su cabeza, hasta llegó a fijarse en la idea de dejar aparte a Fortuñón, e ir por sí a buscar a los almogávares que había en Huesca, y persuadirlos de que acometiesen tamaña empresa. Pero ni él sabía dónde podría hallarlos, en ciudad que le era aún poco conocida, ni dado que los hallase, razonablemente podía confiar en que le siguieran.

La empresa era arriesgadísima y espantosa de imaginar: el número y fama y riqueza de los ricoshombres era para poner respeto en los más osados.

Y como Aznar no tenía aún la autoridad de los años, si viéndole en peligro de su persona, no habría almogávar que no le acudiese por amor, y algo de eso que hoy llamamos espíritu de cuerpo, no era posible que tal lograse, cuando apenas podía él explicar, ni comprender ellos, los móviles de tan sangriento y arriesgado propósito.

Y a todo esto comenzaba a anochecer, y no parecía sino que la proximidad de las tinieblas aumentase más el desasosiego del almogávar. Paseaba el aposento, miraba por las ventanas, increpaba a Fortuñón y a los padres de Jaca, maldecía a los que tan incompletas letras dieron a Fivallé, y todo en vano.

Por fin, entre la turba de escuderos y menestrales que cruzaba en bullicio la calle, vio moverse los hábitos de un monje.

-Ese monje, ese monje debe de saber escribir -exclamó-. Nada me falta.

Y de un salto se puso en la calle.

Aquello fue una dichosísima inspiración.

-Padre mío -le dijo sin más ni menos, y como si le hubiese conocido toda la vida-: por ventura ¿sabéis vos escribir?

-No habéis de llamarme padre, que no soy sino lego, hermano -respondió el monje-. Mas, ¿cómo si sé escribir? No hay en toda la comarca otro convento donde tan buenas letras se hagan como en ese glorioso Mont-Aragón, ni hay allí otra mano como la mía para toda clase de escrituras.

-Pues el caso es, buen lego, o buen diablo, o lo que seáis -dijo Aznar-, que yo necesito de vuestra habilidad maravillosa para que me escribáis un pergamino importante.

-Eso no puedo y ahora, que tengo que recoger limosna, hermano. Y hable con más reverencia, que si no soy padre de almas, todavía paso por lego de autoridad en el convento.

-De reverencia no se trate -replicó Aznar-, porque haré cuanto os plazca y parezca. Mas en lo de no escribir, será fuerza que amanséis el ánimo, porque lo propio que si escribís habrá para vos buenos sueldos jaqueses de Aragón, si en ello no consentís, me temo, que hayan de desaparecer por de pronto vuestras narices de una puñada, padre lego.

-Hablaras antes lo de los sueldos, y no hubiera en mí la dificultad más pequeña, que aunque es verdad lo del quehacer, no es tal que no dé algún espacio. Y más que, lo que tú me ofreces, limosna es, aunque para mí, que tanto las he menester como el convento. Pero en eso de la puñada habría mucho que decir; que si quieres probar estos míos luego que gane los sueldos ofrecidos, a tu costa sabrás cómo el lego Gaufrido se pinta solo para andar en carnes ajenas, ni más ni menos que para trazar letras y ringorrangos en un pergamino.

-Todo será como os cumpla, Gaufrido; que con que escribáis lo que dicte, me doy yo por mi parte por contento -respondió alegremente el almogávar.

Entraron sin más en la caza, y cerrando cuidadosamente las puertas del aposento, recogió Aznar, de manos de Fivallé, el pergamino que contenía el perdón, y lo puso en manos del buen Gaufrido, diciéndole:

-Quitad primero esas letras, menos lo que haya sobre el nombre, autoridad y sello del rey, que por ahí debe de andar, no sé si a los principios o a los fines.

-Un momento... -dijo Fivallé, que estaba presente.

-Y ¿para qué, Fivallé? -dijo Aznar-. Quitad eso, digo, padre lego.

El monje recordó que este era el de los sueldos ofrecidos, y no hizo caso del otro. Y sacando del pecho una cajita con ciertos instrumentos e ingredientes, comenzó lentamente a borrar lo escrito del pergamino.

Así que hubo terminado esta tarea, dijo:

-Dictad.

-Vos, Fivallé, le dictaréis todo lo que se necesite y sea de costumbre en una sentencia de muerte contra varias personas, que yo no sé tampoco de esas cosas -dijo entonces, por su parte, Aznar.

-Pero ¿estáis loco, amigo? ¿Qué pensáis hacer? -repuso Fivallé.

-Ayudadme en esto -continuó Aznar-, que para lo demás me daré yo solo trazas, y hará de modo que ambos ganemos prez en este mundo y el otro.

El rey de armas se encogió de hombros, y sin atreverse ya a contrarrestar la voluntad poderosa del almogávar, comenzó a dictar la sentencia, aunque no sin dudar y balbucir, y detenerse como quien obra de mala gana.

-Reparad que son nobles -dijo Aznar como a la mitad-. Tratadlos ahí según su condición merece.

Pedro de Fivallé se paró entonces, más que nunca dudoso; luego continuó dictando.

-¿Y los nombres? -preguntó embarazado cuando hubo llegado al punto de ponerlos.

-Eso me toca a mí, que bien lo sé todos -contestó Aznar-. Miguel de Azlor es uno.

Y el lego escribió sin decir una palabra; no así Fivallé, que sintió estremecerse todo su cuerpo.

-Otro, Gil de Atrosillo -continuó el almogávar.

Y volvió el lego a escribir y a temblar el rey de armas.

Aznar dictaba con la indiferencia más grande. Los pliegues que había levantado en su frente la pasada incertidumbre habían desaparecido del todo, y en su fisonomía, varonilmente hermosa, más bien se leía la satisfacción que ningún otro sentimiento.

Después de Gil de Atrosillo, dijo:

-Pedro de Yergues.

Y luego:

-García de Vidaura.

Pedro de Fivallé no pudo contenerse por más tiempo y exclamó:

-Si no miente la fama, esos son de los más esforzados y famosos ricoshombres de Aragón. ¿Pensáis de veras que se les pueda quitar la vida con esta falsa sentencia que mandáis escribir, o qué género de intriga y mojiganga es esta?

Aznar prosiguió sin contestarle:

-Férriz de Lizana.

-¿El héroe del Alcoraz? -Prorrumpió Fivallé-. El nombre de ese guerrero ha llegado hasta nosotros los catalanes, todo resplandeciente de gloria: allá en Barcelona os lo hemos envidiado muchas veces.

Aznar se sonrió siniestramente. Y sin cuidarse de las palabras del atribulado rey de armas, continuó:

-Roldán.

-¿También Roldán? -exclamó estupefacto Fivallé-. ¿También Roldán? Eso es imposible, Aznar; os estáis burlando de mí, y acaso de vos mismo si tal pensáis. Ni debe ser que se acabe en un día con la flor de Aragón, ni puede ser que se consiga eso. ¿Con qué medios contáis para acometer tal empresa? ¿Dónde están las gentes que han de seguiros? ¿Dónde las armas? ¿Dónde los capitanes?

Aznar le miró entonces fijamente, y con entera voz le dijo:

-Buen escudero, yo defiendo a mi rey, y sé cómo debo defenderle; cuidad vos de defender a vuestro conde y de lo que convenga a su servicio. Ya, acabando en un día con estos soberbios ricoshombres, hago libre a Aragón y libre al trono. Pues que el conde de Barcelona viene a ocupar este trono y a reinar en Aragón, ved vos si os conviene impedirlo. Sin estas muertes que deploráis, ni don Berenguer dejará de ser conde, ni Aragón y Cataluña se verán unidos jamás.

El almogávar discurría como el mejor político de su tiempo; sus palabras, rudas en la forma, estaban llenas de inteligencia, de verdad. Fivallé sintió suspensa su razón. Pero no bastaba; era preciso que se convenciese también su corazón acobardado por la magnitud de la empresa.

-Todo ello será cierto -respondió-. Y no parece, al oíros, sino que anduvisteis en cortes de reyes antes que en riscos y cuevas de la montaña. Pero es imposible, sin embargo, que lo ejecutemos nosotros solos.

-Si acaso no lo conseguimos, a bien que nosotros cumpliremos con dejar nuestras vidas en el trance.

-Con todo, con todo -murmuré el rey de armas, más temeroso de parecer cobarde que decidido a dejar pronto la vida.

-Apresurémonos, que es tarde -dijo a la sazón Gaufrido.

-Hermano -respondió Aznar-, ¿quién son los que van apuntados hasta ahora?

-Miguel de Azlor, Gil de Atrosillo, Pedro de Yergues, García de Vidaura, Férriz de Lizana, Roldán.

-Pedro, de Luesia -continuó Aznar.

-¡El arzobispo! -exclamó ya el monje, tan indiferente hasta entonces-. ¡El arzobispo! No, yo no escribo eso, no puedo, no quiero escribirlo. Págame mi trabajo, y quédate con el diablo, que no con Dios, porque esto no puede ser cosa buena.

-Proseguid, buen lego, escribiendo -le contestó Aznar-, que más cuenta os ha de traer que el resistiros.

-No, en mis días -repuso Gaufrido.

-¿Que no, don lego? Pues tomad eso a cuenta de lo que os espera, y ved luego si os convendrá mediros conmigo.

Y al decir esto, descargó Aznar una puñada en el carrillo derecho del pobre Gaufrido, con tal brío, que le derribó cuan largo era en el suelo. Alzose el lego gimiendo, y bañada en sangre la boca.

-¡Santo Dios; me ha dejado el muy perro sin un diente sano! Hijo de Lucifer, ¿así te atreves a poner las manos en un lego de mis campanillas? He de hacer que te desuellen vivo.

Tales fueron las exclamaciones de Gaufrido.

-Aún habrá más -dijo Aznar moviendo el puño...

-No, por vida de tu madre -respondió el monje, olvidando sus vengativos propósitos-. Me basta, me basta.

-Pues aún he de hacer que os sobre, si otra vez osáis resistir a lo que yo diga.

-No resistiré, pero no puedo con el dolor del carrillo; me lo has hecho cecina; si eres cristiano, deja que me repare un momento siquiera.

-No, no, escribid, escribid lo que ya os dije -respondió Aznar-. Tiempo habrá para todo.

El lego volvió a sentarse, y puso temblando: Pedro de Luesia.

Y en seguida Aznar dictó otros y otros, hasta quince, de los mejores ricoshombres del reino, aquellos que, como sabemos, ejercían entonces el gobierno de las cosas públicas.

No bien se hubo acabado la tarea, Aznar cogió el pergamino y le dijo a Fivallé:

-Leed esto, no sea que el don leguillo nos haya engañado. Y vos, Gaufrido, venid acá: los sueldos se os darán colmados, pero no será hasta mañana. Por esta noche habéis de quedar encerrado aquí abajo, porque no conviene que hombre que sabe lo que vos salga esta noche a la calle.

-¿Eso más? -exclamó el lego-. Déjame ir, que ya se me hace tarde para volver a mi convento; déjame ir, y te perdono los sueldos que me debes, con ser tanta la necesidad en que nos hallamos yo y el convento.

-No permita Dios, Gaufrido, que yo os quite el fruto de vuestro trabajo. Pasad acá abajo la noche, y amanecerá Dios, y medraréis, y medraremos todos.

Y cogiéndole de un brazo Aznar, no bien dijo esto, le arrastró a un zaquizamí muy oscuro, lleno de polvo y de muebles rotos, y cerró cuidadosamente la puerta, sin que el lego osara más oponer resistencia. Vuelto a la sala, preguntó a Pedro de Fivallé:

-¿Está bien puesto cuanto le hemos dictado?

-Bien puesto está -respondió el otro.

-Ea, pues, seguidme si bien os place, Fivallé: os aseguro que hemos de salir triunfantes en esta empresa.

-Pero, Aznar, ¿estáis loco? Mientras más pienso ello, más me confundo -respondió el rey de armas-. Paréceme -dijo- que os andáis en burlas, porque lo que es en sana razón, nadie es capaz de imaginar lo que imagináis.

-¿Y en esas estáis todavía? -contestó Aznar-. Vive el Cielo que no he de contar con vos para nada; quedaos, Fivallé, puesto que tanto miedo os asiste; quedaos, y servid a vuestro señor con cobardes palabras, que yo con las armas he de servir ahora al vuestro y al mío.

-¿Me insultáis? Por la Virgen del Mar, que he de probaros que hay valor en mí de sobra, y que si no os sigo a esa empresa es porque en ella no os asiste la menor cordura. Aquí mismo ha de ser: en este aposento.

Y el ultrajado rey de armas, lleno el rostro de vergüenza y de cólera los ojos, desnudó la espada.

Aznar le estuvo contemplando por breve rato. Dos o tres veces, así como a su pesar, llevó la mano al astil de uno de sus dardos, mas volvió a retirarla al punto.

-¿No os atrevéis? -dijo Fivallé, alentado con aquel silencio, y queriendo devolver al almogávar la afrenta que le había hecho.

-No, no me atrevo, buen Fivallé -contestó el almogávar con aparente calma.

Y en tanto, sus ojos saltaban dentro de sus órbitas, estremecíanse sus rodillas y sus brazos, y su voz temblaba.

-Nunca el almogávar había hecho tanto sobre sí mismo; nunca había reprimido de tal suerte sus sentimientos.

-No hablarais mal -repuso Fivallé- y os ahorraríais esto de que yo tuviera que mostraros quién soy.

Dijo tal con tono desdeñoso y vano, como de persona que muestra moderación en la victoria; aunque, a decir verdad, no estuviese muy descontento en su interior de hallar al almogávar tan tímido.

Este, al oírlo ahora, lanzó un rugido de cólera; toda su sangre se le agolpó a la cabeza.

-¡Oh! No puede ser... -exclamó-. Don Ramiro... Lizana..., lo perderíamos todo..., ¡paciencia!

Y sin decir más que estas palabras entrecortadas, se salió de la estancia corriendo, y en un vuelo se puso en la calle.

Allí, junto a la puerta de la casa, se encontró con Yussuf y Assaleh, que dormían a pierna suelta sobre el polvo de las no empedradas calles.

-Yussuf, Assaleh -dijo, acompañando con un puntapié cada una de estas exclamaciones-: seguidme.

-No le sigáis -gritó desde el balcón Fivallé.

Pero los siniestros africanos se levantaron y echaron a andar detrás del almogávar. No entendían apenas las lenguas de los cristianos, y siguieron a Aznar, porque en sus gestos y movimiento del brazo le conocieron la voluntad de que se fuesen con él, que no porque de sus palabras la hubiesen deducido. Por eso ni entendieron ni obedecieron al rey de armas. Parece que a la manera de ciertos animales domésticos, entendían sólo por la costumbre de oír sus mandatos a su amo el conde de Barcelona.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXVI
Pág. 27 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que Aznar no dejaba de acudir a las citas de amor


Aún la medianoche
no era llegada,
ya subía Hernando
por una escala.
Y entra muy feroz
por la ventana
un arnés vestido
y espada sacada.
-Caballeros malos,
¿qué hacéis aquí?


(Cancionero)


Aznar tomó el camino de la Misleida, colocándose a la parte de oriente de la plaza donde estaba situada. Los gallos de la vecindad cantaron la medianoche; un instante después llegó Fortuñón con algunos almogávares, y luego, unos tras otros, fueron apareciendo los demás.

-¿Fortuñón? -dijo Aznar.

-El mismo -respondió este-. ¿Tienes el pergamino que me dijiste? Porque conmigo traigo una linterna, a cuya luz podré muy bien leerlo.

-Prevenido y receloso eres, por vida mía.

-No en balde pasan años, y se padecen trabajos y se ven reinar reyes.

Aznar sacó de la faltriquera el pergamino que acababa de escribir Gaufrido, y lo puso en manos de Fortuñón. Este dio una vuelta a su linterna: la luz escondida hasta allí apareció de pronto, y se puso a leer el pergamino, muy lentamente sin duda, porque tardó largo rato en separar de él los ojos.

-¿Has acabado ya? ¿Estás satisfecho, viejo marrullero? -dijo Aznar al cabo de un rato-. Mira que el tiempo se pasa.

-Sí, acabé -respondió Fortuñón-; mas cosas son estas que no deben leerse una vez sola.

Y de nuevo, dio comienzo a su tarea.

Aznar dio una patada en el suelo; su cólera iba a estallar, pero se detuvo instantáneamente; a pique estuvo una vez más de echarlo todo a perder en aquel trance.

Mas el tiempo corría, Aznar contenía ya, muy a duras penas, su impaciencia, y Fortuñón, en tanto, seguía leyendo tranquilamente.

-¿No acabarás? -le dijo Aznar al fin.

-Acabé por segunda vez -respondió Fortuñón y veo que el escrito está bien, y tan como pienso que debe estar; de suerte, que no habrá más sino hacer lo que tú ordenas.

-Pues vamos en nombre de Dios -dijo Aznar.

-Deja, deja -replicó el viejo almogávar- que le dé al escrito el último repaso.

Y tornó a la tarea.

De cuantas empresas había llevado a cabo Aznar, ninguna le había costado tanto trabajo como esta de contener la ira, que contra Fortuñón le rebosaba en el ánimo, si exceptuamos aquella de negarse al reto que Fivallé le dirigiera momentos antes. Ahora acabó de agotar su paciencia; pero calló y aguardó, tranquilo al parecer, a que se terminase la tercera lectura.

-¡Si vieras -dijo luego Fortuñón- la dificultad que me cuesta entender una endiablada abreviatura que hay! No puedo con ella, a pesar de los muchos y buenos cachetes que me costó el que me enseñasen a leer los reverendos padres de Jaca.

-¡Por los santos del cielo! -prorrumpió ya Aznar-. Acaba, Fortuñón, acaba, o harás que carguen conmigo todos los diablos.

-¡Siempre con tus impaciencias, muchacho! -respondió el otro devolviéndole el pergamino y cerrando la linterna-. Quédome sin entender esa abreviatura, y lo siento a fe mía, porque pudiera ser que en ella se contuviese alguna cosa en contrario de lo que rezan las demás letras.

-¡Satanás confunda al abreviador y la abreviatura!

-No jures tanto, hijo mío, mira -que faltas con ello al respeto y autoridad de mis años.

-¿Vamos?

-Vamos -respondió Fortuñón Pero a todo esto no hemos caído en lo principal. ¿Qué vamos a hacer? ¿De qué manera han de cumplirse nuestros propósitos, digo, los propósitos del rey?

-Iremos -respondió Aznar- a los alojamientos de los ricoshombres; yo sé ya de algunos, tú sabrás de muchos, y entre unos y otros lograremos dar con todos. No hay más que romper las puertas, o asaltar las ventanas, y pasar luego a hierro a cuantos hallemos.

-Aznar -contestó Fortuñón-, Aznar, no pasemos de aquí sin inventar otro mejor plan, porque ese es de todo punto impracticable. He ahí de lo que sirve el ser viejo; he, ahí de lo que vale el conocer a los ricoshombres desde los tiempos gloriosos en que se dio aquella batalla famosa del Alcoraz, y haber visto esta ciudad de Huesca desde que se ganó. No puede ser eso así, no puede ser.

-Callarás lo del Alcoraz, que es la milésima vez que me lo dices en la vida, o dieras algún mejor consejo, y fueran cosas ambas más dignas que eso de agradecimiento -respondió el joven almogávar.

-Cada casa de ricohombre es un castillo -continuó Fortuñón, sin curarse de la reconvención de su compañero-: en cada una de ellas hay siempre bastante número de hombres armados para acabar con nosotros. Y en cuanto a lo de romper las puertas y escalar las ventanas, ¿sabes lo que te dices, Aznar? Unas y otras están forradas de planchas de hierro, y aun hay puerta defendida con su foso y puente levadizo y su torre como la de cualquier fortaleza.

-Será preciso, pues -replicó Aznar-, que quebrantemos esas planchas de hierro y ceguemos esos fosos, y acabemos con esos hombres armados, aunque tan capaces sean, según dices, de acabar con nosotros.

-Bueno es eso para hablado; pero de ahí a ejecutarlo, no deja de haber su distancia. Dígote, Aznar, que lo que tú propones es de ejecución imposible.

-¿Sabes de algún mejor consejo? -preguntó secamente Aznar.

-No.

-Pues marchemos a casa de Lizana, que debe caer el primero de todos -repuso el joven almogávar; y echó a andar adelante.

Habrían andado poco más de cincuenta pasos, cuando Fortuñón se paró de repente.

-Aznar, Aznar -dijo-, una cosa se me ha ocurrido ya mejor que la que tú propones; para, para, y la oirás.

Paró, con efecto, Aznar, y puso oídos a sus palabras.

Fortuñón continuó:

-Lo mejor será que aguardemos a mañana...

-¡El diablo te confunda! -exclamó Aznar-. ¿Para eso me hiciste detener el paso?

-Oye, Aznar, hijo mío -repuso Fortuñón-: mira que es bueno el consejo, óyelo todo y decidirás luego.

-Dilo por tu vida, y acabemos.

-El asaltar en sus casas a los ricoshombres ya te le dicho que es difícil, muy difícil, casi imposible para nosotros.

-Prosigue.

-Pues para hacer más fácil el asalto, paréceme a mí que debiéramos aguardar a mañana...

-¡Ira de Dios!

-Paso, paso, hijo mío; dígote que es bueno el consejo, y que no has de condenarlo sin oírlo antes todo entero de mis labios. Pues como te decía, lo mejor será aguardar a mañana y acudir al alcázar, ¿lo entiendes?... Al alcázar, donde se reúnen de diario los principales de los ricoshombres del reino a disponer y concertar las cosas. No cabe duda en que se reúnen, porque los han visto mis propios ojos, así como vieron tan grandes hazañas, así como han de comer la tierra antes de mucho, según es de larga mi edad.

Aznar, sin parar mientes en lo demás de la retahíla, se fijó con mucha atención en las primeras palabras; pareciole que el viejo almogávar podía tener razón, y con tono más afable que de ordinario, le dijo:

-¿Conque, es decir, que tú te decidirías a acometer en medio del día a los ricoshombres dentro de los salones del alcázar, para acabar con ellos de un golpe?

-Yo..., yo..., sí, puesto que el rey lo manda, según reza ese pergamino que tú traes, y a no ser que haya leído mal o la abreviatura que te digo...

-Tate, tate; que eso bien averiguado está ya; no vengas a levantarme nuevas dificultades, y a quemarme la sangre con nuevas retahílas de palabras.

-Es que, para cosas tales, todo cuidado es poco, Aznar, hijo mío.

-Por eso mismo estoy por aceptar el consejo que tú me das ahora; paréceme más seguro el golpe hallándolos a todos reunidos en el alcázar, que no en sus casas, y como es poco todo cuidado, según tú dices...

-Es que yo...

-Silencio, Fortuñón, silencio, y no hablemos más en ello; los asaltaremos en el alcázar. Pero eso de aguardar a mañana... ¿No tendrán sospechas de estos almogávares? ¿Y no temes tú que estén mejor guardadas para nosotros las puertas del alcázar, que no las de sus propias casas?

-Eso es cierto -replicó Fortuñón-, porque así como así, no es mucho lo que confían en nosotros, y ya he visto yo algunos pícaros de escuderos que han venido a espiarnos los días anteriores. Muy bien que saben ellos que no pueden contar con los almogávares; y si nos han dejado aquí, no ha sido por miedo de que fuera hiciésemos mayor daño. Soy tan viejo como otro cualquiera, y no pueden escapárseme estas agudezas.

-Pues, entonces, ¿qué nos haremos? -preguntó Aznar, titubeando entre varios pensamientos.

-La dificultad está en entrar dentro del alcázar.

-¡Ah! Pues entraremos, entraremos, Fortuñón. ¡Que no se me hubiera ocurrido antes! Sígueme y apresura el paso, no se nos haga tarde, que ya es pasada, rato ha la medianoche, según leo claramente en las estrellas. Y cierto que sería gran desdicha que hubiésemos perdido tal ocasión. ¡Oh, con tantas dificultades y entorpecimientos como me ponéis todos, tengo la cabeza perdida! Yo no me he visto en ninguna cosa tan enmarañada como esta; y Dios quiera que no me vea en otra. Las cosas quiero yo hacerlas solo, yo solo, sin este lidiar de palabras que tanto me enfada, y este continuo disputar que me abate el ánimo y me enflaquece las fuerzas.

El almogávar había dado suelta por un instante a los sentimientos que a la sazón le agitaban; aquel hombre no era para coordinar, era para obrar; no tenía instintos de conjurado, sino de guerrero. Y habría, sin duda, preferido vencer dobles peligros, que no tener que urdir aquella que para él era tan dificultosa trama.

Muy cerca debía estar ya del logro de sus deseos, muy luminoso debió de ser su último pensamiento, porque en su rostro brillaba el regocijo. Regocijo siniestro en verdad, pero sincero, completo.

Y en tanto, caminaba a largo paso, seguido de los otros almogávares; y a medida que pasaban los instantes, más apresuraban ellos el andar, hasta que llegaron todos al alcázar, por la parte que miraba hacia el río, debajo del torreón ochavado.

De lo alto de este colgaba una escala de cuerda. Aznar, al verla, lanzó una exclamación de júbilo.

-Fortuñón, triunfamos -dijo-; ahora entraremos en el alcázar, y mañana la justicia del rey se habrá cumplido.

Y diciendo esto, cogió la escala y empezó a subir el primero. Iría a la mitad, cuando gritó a Fortuñón que se disponía a seguirle:

-¿Tienes reunidos a todos los compañeros?

-Sí tengo -respondió Fortuñón-; y ahora vendrán los que faltan, que quedaron un tanto a la zaga para asegurar nuestra marcha.

-¿Son cincuenta?

-Cincuenta y uno.

-Pues adelante y Dios nos ayude.

Siguió montando la escala Aznar, y detrás de él subieron los dos esclavos negros. Luego, uno tras otro, se fueron encaramando todos los almogávares, silenciosos, indiferentes, sin preguntar adónde iban, ni qué iban a hacer en el alcázar. Confiaban mucho en Fortuñón, por ser el más viejo, y bastante ya en Aznar, por ser hijo de quien era, y por lo valiente que parecía de su persona. Y conque ellos les dijesen que la empresa era buena y justa, no necesitaban otra cosa. Los riesgos, sabido es que nunca tal gente los midió, y que no necesitaba de más cebo y aliento para menear las manos, sino saber que habían de hartarse de sangre.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXVII
Pág. 28 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que Aznar Garcés, con ser tan rudo, sabía fundir campanas de muy gran sonido


Despreciadores de la vida propia, y así señores despiadados de las ajenas... Complaciéndose en herir o matar.


(Fragmentos de
una historia de la infantería española,

por El Solitario)


-Aznar, Aznar, ¿eres tú? -preguntó Castana desde lo alto.

-Yo soy, mi amor -le respondió este, poniéndose de un salto en la azotea con que remataba la torre.

-Te esperaba con impaciencia. Cuánto has tardado. Pero ¡Dios mío! ¿Qué es eso, Aznar? ¿No vienes solo?

-Escucha, Castana -dijo Aznar-. La salvación de la reina, y la tuya, y la mía propia, dependen de tu discreción en este trance. Son amigos nuestros; no temas nada.

En esto, saltó uno, y luego otro, y otro de sus compañeros dentro de la azotea.

-¿Qué piensas hacer? -repuso Castana temblando.

-Castana, por mi amor que no temas, que todo será para bien nuestro; ¿no hay algún sitio en esta torre donde pudiéramos pasar la noche sin ser vistos?

-No lo hay, Aznar.

-¿Ninguno?

-Como no sea allá abajo en el gran patio; pero es habitación muy estrecha y húmeda; parece una mazmorra, y hay quien dice que de allí salen duendes y vestiglos, de puro horrenda que es.

-Cabalmente eso es lo que necesitamos, Castana; guíanos allá, y sea sin que lo sienta la tierra.

Castana cogió una pequeña lámpara que había dejado colgada en una almena, y comenzó a bajar las angostas escaleras de caracol por donde se comunicaba la torre con los pisos bajos. Al cabo de un cuarto de hora de bajar y andar se encontraron junto a una ancha puerta cubierta con planchas de hierro.

-¿Llegamos ya? -dijo Aznar.

-No por cierto -respondió Castana-; antes conviene que no hagáis ruido tú y tus compañeros, porque esta puerta da al campo, y aunque está cerrada, por lo que dicen, desde el tiempo de los moros, bien pudiera ser que anduviese cerca alguna ronda o atalaya.

-¿Una puerta? -dijo Aznar reflexionando un momento-. Y ¿dices que da al campo, muchacha?

-Lo que oyes -respondió Castana-, y el estar siempre cerrada es, según dicen, porque fue por ella por donde entraron los cristianos la vez primera; y el rey de entonces, que se llamaba don Sancho, don Pedro, o no sé cómo, no quiso que usase de tal entrada quien no lo mereciese tanto como él y los suyos.

-Tanto o más han de merecer los que mañana entren por ella, Castana -respondió el almogávar-. ¡Una puerta! ¡Una puerta! Foso habrá; pero no será difícil cegarlo.

-Foso hay, pero para pasarlo hay una puente todavía entera, que sirvió también, sin duda, en el tiempo de los moros.

-¡Eso más! -dijo Aznar-. Castana, mañana se me depara un buen día: tal, que he de dejar contento y satisfecho al rey, y al reino, y a mí propio.

En esto llegaron al aposento que antes Castana había descrito.

Y en verdad que no pecaba de exagerada su descripción. Dos arcos apuntados, cruzándose en el centro, componían la bóveda del techo, y del punto donde los dos arcos se juntaban, colgaba un garfio de hierro. La bóveda y las paredes eran de grandísimos sillares, mal asentados los unos sobre los otros, por manera que los unos parecían próximos a soltar de por sí la carga, y los otros prontos a rendirse al menor esfuerzo. Y, sin embargo, hoy los halla el viajero lo mismo que entonces estaban.

El suelo no tenía abrigo alguno, y la arena que lo formaba estaba tan húmeda, que de intento parecía mojada. Tres solas ventanas se contaban allí, y esas abiertas como nuestras modernas aspilleras, de modo que, comenzando por ser anchas hacia la parte de adentro, no mostraban por de fuera sino una línea, una cinta, el espacio indispensable para que se distinguiera la claridad en medio del día. Aznar, al ver este sitio tan lúgubre, soltó una carcajada feroz.

-¡Aznar! -exclamó Castana-; no pases tú, por Dios, la noche aquí; es un lugar enfermizo, espantoso.

-Sosiégate, Castana -replicó Aznar-: ya te he dicho que todo esto es para nuestro bien, y que mañana saldremos de cuidado. ¿Duerme alguno de los ricoshombres en el alcázar?

-No duerme aquí ninguno de ellos -respondió Castana.

-Y ¿a qué hora acuden a celebrar sus concilios, o cabildos, o juntas, o como se llamen?

-A cosa de las doce.

-Bien está, Castana. Hasta la una no avistará los muros el rey: hay tiempo para todo. Dinos ahora antes de retirarte si está muy apartada de este lugar la sala adonde se reúnen.

-No, aquí mismo -repuso Castana-. Sal por la puerta, y en lugar de tomar la escalera de la derecha, que es por donde hemos bajado nosotros, toma la de la izquierda, y a los pocos escalones te hallarás en el magnífico salón donde antes resplandecían nuestros reyes, y ahora imperan y se ostentan las personas de esos ricoshombres que Dios maldiga.

-Malditos están ya sus cuerpos, Castana, y bien puedes rogar, si eres misericordiosa, por sus almas. Mas ya es tiempo de que te retires, y nos dejes aquí a cumplir con lo que el rey nos tiene mandado.

Castana se dirigió a la puerta, y al pasar por junto a Aznar, le dijo con triste acento:

-¡Y yo que había creído pasar la noche en pláticas contigo! ¿Por qué me engañaste, Aznar? Después de tanto tiempo, y más cuando, la última noche que nos vimos, tampoco logré hablarte...

-Así Dios me ayude, Castana -repuso interrumpiéndola el almogávar-, como imaginado no tenía que para tal cosa sirviese nuestra cita. Yo no pensaba sino en verte y gozar a tu lado las alegrías de amante; pero después que te hablé, vinieron de suerte los sucesos, que fue menester aprovecharme de esta coyuntura para mayores cosas.

-¡Ingrato! -exclamó Castana.

-¡Ingrato! Júrote, Castana, que en cuanto el rey quede victorioso y se apacigüen estas turbulencias que me traen hecha ascuas la cabeza, me he de casar contigo, si es que quieres seguirme a la montaña.

Castana se sonrió y miró a Aznar con dulzura. Y saliendo del aposento, subió precipitadamente a su cuarto, por temor de verse acometida al paso de las sombras encantadas que, al decir de todos, solían vagar durante las noches por el alcázar.

Y cuenta la crónica que la pobre, aun viendo tan engañadas sus esperanzas en la cita, no pudo pegar los ojos en toda la noche de puro regocijo; y que no paró mientes, ni por un momento siquiera, en los propósitos de Aznar y sus compañeros, ni se puso a considerar si habría hecho bien o mal en esconderlos debajo de la torre.

Con la nueva promesa de matrimonio, juntaba ella la promesa que ya tenía de la reina, de que la heredaría de manera que dichosamente pudiera pasar sus días con su esposo; y sin cesar revolvía en su cabeza ilusiones, y esperanzas, y venturas. ¡Dichosa Castana! ¿Qué emperatriz ni qué reina pudiera compararse con ella en tales momentos? ¿Qué estado ni qué riquezas, ni qué esplendor han de brindar con más felicidad que aquella que daban a Castana un amor correspondido, y modestos y posibles deseos?

¡Ah, y qué bien se cambiara por Castana la reina doña Inés misma!

Ella tampoco dormía; pero no era de dichosa, por cierto, sino de infeliz. Porque había pasado ya el primer impulso de júbilo que la causó la nueva de la vuelta de su esposo. Y su situación era tan singular, que apenas podía decirse cuándo debiera más padecer, si al estar su esposo ausente, o al estar presente: si al ver que se dificultaban los deseos de don Ramiro, o al ver que, finalmente, los ponía por obra.

El triunfo de los grandes era la humillación, era la desesperación de su esposo querido; el triunfo de este era su propia desesperación y su humillación propia. Mientras don Ramiro estuvo fuera, deseó su vuelta, y al saber que estaba cerca, la temió. Porque ¿a qué volvía don Ramiro sino a abandonarla definitivamente? ¿Por qué peleaba don Ramiro sino por divorciarse de ella? Y si no volvía, ¿cómo había de recobrar por otra parte a su hija? ¿Cómo había de soportar la afrenta de su marido? ¡Pobre reina! ¡Pobre mujer!

Así pasaron la noche, como siempre, a pocos pasos de distancia una de otra, la reina doña Inés y su doncella Castana.

No bien amaneció, se levantaron entrambas.

-¿Oíste por azar a qué hora se espera que llegue ante la ciudad el rey? -dijo doña Inés.

-A cosa de la una -respondió Castana, recordando confusamente lo que había oído la noche anterior. Representósele luego toda la escena, y no pudo evitar se le demudase el rostro.

Doña Inés no lo notó, y lentamente comenzó a hacer su tocado, con ayuda, cual siempre, de Castana.

Tocado no tan espléndido ya como aquel que hacían juntas la tarde que precedió al triste sarao de que dimos cuenta a nuestros lectores en el comienzo de este relato. Mas, sin embargo, o miente el cronista, o doña Inés tuvo más cuenta con su tocado este día que no los otros anteriores. ¿Quería intentar el último esfuerzo? ¿Conservaría en su corazón la esperanza de seducir de nuevo el alma de su esposo?

El respeto religioso que le había inspirado la resolución de este, parece desmentirlo de todo punto; pero ¿quién sabe? Ello es que doña Inés se esmeró, y que halló medio de parecer más bella todavía: bella, cuando su tez estaba marchita, decaído su color, apagados sus ojos; cuando el llanto continuo y la continua pena se habían empleado por más de dos años en destruir sus encantos.

¡Oh, la decadencia de las mujeres bellas tiene un mérito singular para las almas sensibles! Es el hechizo del otoño con sus celajes rojizos y sus hojas secas que el viento va dejando caer una por una. Nunca es acaso la mujer tan bella como cuando está ya a punto de no serlo.

Llegó el sol al mediodía en los relojes pintados en las torres del alcázar, y doña Inés sintió latir su corazón fuertemente; faltaba poco, según Aznar le había dicho, para que estuviese en Huesca su esposo. Verdad es que temía aún que los ricoshombres le cerrasen las puertas; que tuviese que combatir para abrirlas. Pero acaso porque era más su miedo al triunfo que a la derrota, por el momento no pensaba en esta, y daba aquel como indudable. No se acordaba ya del poder, ni de las armas de los ricoshombres; no pensaba más sino en que había llegado la ocasión de separarse de su esposo, y separarse para siempre. El dolor ahogaba su corazón; sus ojos no podían ya guardar el secreto de las lágrimas, y alguna que otra gruesa y transparente rodaba con lentitud por sus mejillas. Ni siquiera se acordaba en aquel punto de Castana, y preocupada y sola fue a colocarse en una ventana de la torre que daba frente a la puerta principal del alcázar.

Había allí apostados unos cuantos almogávares de tan feroz catadura como todos los de su laya, entretenidos en afilar contra las piedras del muro las puntas de sus dardos, que en verdad no lo necesitaban; pero doña Inés no hizo alto en ello, porque ya los había visto en diversas partes, lo mismo recorriendo los caminos, que guarneciendo ciudades y fortalezas. Además, que después de conocer a Aznar, y de medir su gran valor y fidelidad, había también desaparecido de ella el horror que le inspiraban, y aun comenzaba a mirarlos a todos como amigos.

A poco de estar allí asomada, vio llegar a Gil de Atrosillo y a Lizana, muy presurosos, entretenidos en ardiente conversación, de tal suerte, que no pusieron los ojos siquiera en los almogávares.

-Ya lo dejo todo dispuesto -decía Lizana-; y por mi fe, que si tan cerca están como se cuenta, pronto sabrán que corre aún por nuestras venas la sangre de los guerreros del monte Pano. Juremos, Atrosillo, como juraron allí nuestros padres, perder la vida antes que consentir que los tiranos nos arranquen nuestros fueros santos.

-¿Y no os parece -repuso Atrosillo- que deberíamos haber salido a pelear a campo abierto? ¿No será mengua de nuestro honor defendernos detrás de estos muros inexpugnables?

-Soy más viejo que vos, Atrosillo, y no extrañaréis que me tenga también por más prudente. Muy bueno que sería eso, si a campo raso no pudiera aplastarnos su muchedumbre. Pero siendo tantos como dicen que son, mejor es que detrás de estos muros demos tiempo a que se disminuyan sus fuerzas, y se reúnan todas las nuestras, y podamos elegir el día y la hora de la batalla, saliendo cuando nos convenga al campo. No intentarán el asalto; pero si a tanto llegase su locura, al primer sonido de la trompeta acudiremos al muro, y daremos ración de carne a los cuervos para muchas semanas. Por Jesucristo vivo, que han de aprender a su costa estos mercaderes catalanes lo que es el pendón de Lizana.

Llegaron en esto al pie de la escalera principal, desde donde se descubrían muy bien la puerta y los almogávares, y Gil de Atrosillo dijo a Lizana:

-¡Qué veo! Por las barbas de mi abuelo, Lizana, que aquellos que allí están son almogávares, y no lo había reparado hasta ahora. ¿Quién ha encomendado a esos miserables la guarda del alcázar?

-Peor sería -dijo Lizana- que estuvieran en las torres o en las puertas de la ciudad. En punto están donde no pueden hacer mal alguno, ni abrir un rastrillo, ni echar una escala; y conque los muros exteriores del alcázar estén llenos de gente nuestra, basta para el seguro que necesitamos. Ya dije otra vez delante de vos que no conviene irritarlos ahora; tiempo llegará de que, a nuestro sabor, exterminemos su casta maldita... Sin duda, dispuso esto así Roldán, a quien ayer dejé encomendado que cuidase de la guarda del alcázar.

¡Triste sagacidad humana! Aquel viejo político, que tan lejos veía venir las cosas, no las reconocía luego cuando las tocaba ya quizás con sus propias manos.

¿Quién se fiara más de la previsión de ningún político, aunque sea viejo y sabio, si ahora le jugasen los almogávares alguna mala pasada a los señores?

Tras de aquella conversación breve, Lizana con sereno semblante, Atrosillo con aire de no ir satisfecho todavía, desaparecieron en las revueltas de la escalera que caía debajo del aposento en donde estaba la reina; y un instante después, se sintió un espantoso ruido.

-¡A mí, villanos! ¿No me conocéis? -exclamaba uno. Y era sin duda la voz de Férriz de Lizana.

Sintiose también otra voz que parecía de Gil de Atrosillo, la cual gritaba o hablaba muy alto; pero no pudo entenderse lo que decía. Hubo fragor de armas y voces sordas, y luego no se oyó más rumor alguno.

La reina, que no podía dudar de quién eran las voces, quedó aterrada, inmóvil, sin osar apartarse del alféizar de la ventana.

Pasados algunos momentos, entró Roldán.

-¿Qué hacéis aquí, almogávares? -preguntó más con desprecio que cólera a los que guardaban la puerta.

Mas ellos no contestaron.

-¿Qué hacéis, digo, cuando debiera custodiar esta puerta mi buena mesnada? -tornó a preguntarles con voz alterada y fiera.

Nadie le contestó tampoco; pero cuatro de los almogávares saltaron instantáneamente sobre el caballero: el uno le puso la mano en la espada, el otro le tapó la boca con un pedazo de malla, y alzándole a un tiempo en alto comenzaron a subir con él las escaleras. Momentos después bajaron como si tal cosa, como si nada hubiera acontecido. La reina, agitada con sus sentimientos contradictorios, con la conversación de Lizana y Atrosillo, y con los siniestros sonidos que había escuchado después, estaba ya aterrada; y esta escena de Roldán llevó al último punto su espanto.

Y en seguida vio llegar unos tras otros a los principales señores de la corte: muchos no repararon en los almogávares; otros, los miraron con extrañeza; pero no dijeron palabra. Y cada vez que subía alguno, se oía el mismo estruendo que la vez primera.

-¡Traidores! -decía este.

-¡Villanos! -clamaba otro.

Y luego, se sentían sordas voces y algunos gemidos; y poco después, nada, nada absolutamente.

-¡Castana! ¡Castana! -gritó doña Inés quitándose de la ventana, y al cabo de un rato que vio que más no subían, ni se sentía rumor ninguno.

Castana acudió al punto alegre, lozana, más linda y más graciosa que nunca. Pero al ver a doña Inés desencajada y llena de espanto, desapareció de su rostro toda muestra de alegría, y exclamó:

-¿Qué tenéis, señora mía? ¿Qué sucede?

-Castana -dijo la reina-; aquí debajo de nosotros están pasando horribles escenas; he sentido el son del hierro contra el hierro, y he oído muchos ayes de moribundos.

-¡Ay! -prorrumpió Castana, recordando que abajo estaban con Aznar otros muchos almogávares, y las palabras vagas, siniestras de la noche anterior-. ¿Conque ha habido lid? ¿Conque ha habido moribundos o muertos? Dios tenga piedad de Aznar, señora.

-¡De Aznar! ¿Qué dices, Castana?

Y la pobre doncella, bañada en llanto, contó a su señora cuanto había hecho, y visto, y oído.

-¡Han asesinado, pues, a los ricoshombres! -exclamó la reina, con tanto horror como asombro.

-¿Creéis que habrán sido ellos los muertos? ¿Estáis segura de que no habrá perecido Aznar? -dijo sencillamente Castana.

-Bien decía yo -continuó la reina sin prestarla atención, y sin pensar ya en sus propios agravios- que esos almogávares son de raza de lobos; ¡han asesinado, Dios se lo perdone, soberbios y todo, a los mejores varones de Aragón!

Pero al propio tiempo, se oyó ya lejano ruido de trompetas y clarines, y confuso estruendo y vocería. Por la puerta misma del alcázar entró un soldado de las mesnadas corriendo a más correr, y gritando:

-¡Al arma, al arma!, estamos perdidos; ¿no hay quien defienda la puerta cerrada del alcázar que da al campo? Por allí están entrando los almogávares en la ciudad. Bien podéis verlo desde el muro.

Al punto, los almogávares quisieron apoderarse de su persona; pero el fugitivo, mudando de camino al verlos venir hacia él, volvió a salirse a la calle gritando. Y, aunque ellos le dispararon algunos dardos, no debieron de acertarle, porque volvieron a recogerse pronto en el patio, no sin algunos votos e imprecaciones.

El estruendo y las voces en el ínterin se fueron poco a poco acercando; y luego, el concertado son de muchos instrumentos militares, y el pisar de muchos caballos, llegó ya a los oídos de doña Inés y de Castana.

-¡Viva el rey don Ramiro! -clamaba la muchedumbre.

Doña Inés cayó desfallecida, sin poder sufrir más en su corazón tan contrarios efectos. Castana, sentada a su lado, lloraba amargamente; ni una ni otra hablaron palabra por muy largo rato.

Y en esto, la vocería fue aumentándose, hasta inundar con su eco inmenso el alcázar; sonaron dentro del mismo patio los clarines y músicas militares, y el ruido de los caballos que allí paraban. No era posible dudar más; oíase la voz misma del rey, que venía entonando el Tedeum muy devotamente.

Doña Inés no pudo contenerse más entonces, y se asomó de nuevo a la ventana. El rey don Ramiro y el conde de Barcelona, ricamente armados ambos, acababan con efecto ya de apearse, y comenzaban a subir las escaleras; el patio del alcázar era un mar de puntas de lanzas y cascos y plumeros, y por entre los caballeros y caballos vagaban, rotos y espantosos, multitud de almogávares.

-¡Qué airoso está! -exclamó, olvidada ya, al parecer, de los difuntos ricoshombres, doña Inés-. ¡Qué bien le caen ya las armas!

Y después de dudar un momento sobre si debiera o no bajar al patio mismo a recibir al rey, se encaminó a esperar a sus aposentos, precipitadamente, y, como siempre, seguida de la fiel Castana.

Notábase que no entraba el gentío por la puerta principal que daba a la ciudad, sino por un pasadizo opuesto que debía de comunicarse con alguna otra, acaso aquella misma de que hablaron Aznar y Castana. Debía de ser por allí mismo, por donde ya tardíamente había advertido que entraba uno de los mesnaderos, puesto sin duda de atalaya en el muro.

Y en verdad que todos estos rápidos y dudosos y varios sucesos son de lo menos verosímil que el mozárabe apunta en este libro; pero no por eso parece que sea menos cierto. Cualquier azar contrario, cualquier mayor previsión, cualquier más grave tropiezo, habría hecho imposible, sin duda alguna, la sorpresa del alcázar, la prisión de los ricoshombres, la fácil entrada en aquella ciudad de tantos cubos y adarves; pero ¿cuándo empresas tales se han llevado a término de otra suerte que por mera casualidad en el mundo? Lo que hay es que, como dice un clásico, suele siempre ponerse del lado de los más audaces la fortuna.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXVIII
Pág. 29 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se continúa en algo la materia del anterior, y así como al descuido, se aclaran sucesos no bien explicados hasta ahora


Y así fue temido el monje
con el son de esta campana.


(Romance viejo)


Poco después el rey don Ramiro y el conde don Berenguer, acompañados de muchos caballeros catalanes y aun algunos aragoneses, que habían estado esperando a juntarse con el más poderoso, llegaron al gran salón donde solían darse las regias audiencias. Grande fue el asombro de todos cuando le hallaron solo.

-Pensé -dijo el rey- hallarle ocupado por los ricoshombres, y que me disputasen desde aquí todavía el poder que heredé de mis abuelos, ya que no osaron disputarme las puertas.

-No me coge de sorpresa -dijo Berenguer-. Harto os dije antes de avistar estas torres de Huesca lo que luego punto por punto ha acontecido. Ya os anuncié yo que los ricoshombres, al vernos en armas, no osarían aguardar un momento, y la plebe y gente menuda, entregada a sí misma, abriría, como sin duda ha abierto, las puertas, y os aplaudiría con entusiasmo. Conozco a los magnates y al vulgo, que son iguales en todas partes; sobre todo el vulgo, que aplaude siempre al que triunfa, y que si ayer os menospreciaba porque os veía humilde y bueno, hoy ha de adoraros si os ve robusto y terrible.

-Tales lecciones -respondió don Ramiro- podéis vos aprovecharlas, que habéis de ser rey de Aragón en adelante, porque lo que es a mí, buen conde, pocos días me restan, por divina merced, de serlo.

El conde hizo una afectuosa reverencia al rey, y en aquel momento, mismo abriose cierta portezuela que había en el fondo del salón, y apareció Aznar seguido un de Fortuñón y de otros almogávares.

- ¡Aznar! -gritó al momento el rey-. ¿Qué fue de los ricoshombres? ¿Se han salido de Huesca? ¿Piensan hacer resistencia en sus castillos? ¿Huyeron cobardemente? ¿Y la reina? ¿Y mi hija?

-Los ricoshombres, señor -respondió Aznar gravemente-, no os molestarán más en esta vida, ni más levantarán contra vos las cabezas.

-¿Se han allanado, Aznar? -repuso el rey-. ¿Pues cómo no me avisaste de ello, según lo convenido? Corred al punto y disponed que nadie sea osado de tocar a uno solo de los ricoshombres, dondequiera que se hallen -dijo volviéndose a los de su comitiva.

Luego añadió:

-Y ¿cómo no cumplisteis mi encargo, Aznar? Creí que, allanados los ricoshombres, lo primero que oiría Huesca sería el son de esa campana de San Pedro, que con su sonido me llamase a mí al monasterio, ya que a ellos los había llamado a la sumisión y lealtad que me deben. Y aun ha estado en poco que no entrase a hierro y saco en esta ciudad fidelísima, que, lejos de ofrecerme resistencia, me ha abierto esa puerta del alcázar, y me está colmando de bendiciones. Sobre todo, a tus hermanos los almogávares, que conmigo vienen, Aznar, no sé cómo he podido contenerlos. Todavía me temo que hagan algún agravio; y cierto que sería para mí nueva desdicha -añadió suspirando.

-En cuanto a lo de la campana -respondió Aznar sin levantar los ojos del suelo, pero con grande aplomo-, no habéis de echarla de menos; porque si vos no la habéis sentido, sentida será en todo Aragón, y aun en todo el mundo. Venid, señor, y veréis qué tal campana he dispuesto.

Y echó a andar hacia la portezuela que había quedado abierta. Él rey y el conde le siguieron sin darse cuenta de aquellas extrañas palabras; bajaron algunos escalones, y se encontraron en el aposento que ya conocen nuestros lectores allí, donde la noche anterior dejó Castana a los almogávares.

La escasa luz de mediodía que alumbraba aquella lóbrega habitación puso delante de los ojos del rey y del conde un inesperado y horrorísimo espectáculo. Ambos, rey y conde, prorrumpieron en una exclamación terrible, no bien lo alcanzaron sus ojos. En derredor del garfio que colgaba del punto céntrico, de la bóveda, mirábanse catorce cabezas recién cortadas imitando en su colocación la figura de una campana: en lo interior de aquella extraña campana colgaba otra cabeza que hacía como de badajo, la cual reconocieron los presentes por del arzobispo Pedro de Luesia; las demás eran de Lizana, de Roldán, de Vidaura, de Gil de Atrosillo y del resto de los ricoshombres rebeldes.

Debajo había una enorme piedra que debía de servir de tajo para partir las gargantas; y en pie, junto a ella, se miraban dos negros de infernal catadura, con los alfanjes desnudos y goteando sangre: eran Yussuf y Assaleh, los esclavos del conde de Barcelona.

Más lejos estaban los troncos descabezados, y llenos de heridas algunos, entre los cuales se veían los cadáveres de no pocos almogávares que debieron de sucumbir en lid, porque estaban también acribillados de heridas.

Don Ramiro y don Berenguer retrocedieron desde luego, involuntariamente, y no pudiendo sufrir por mucho tiempo la vista de aquel espectáculo, lleno el primero de horror, y de miedo, con repugnante gesto, el segundo, salieron de allí al punto volviéndose al salón donde antes estaban.

-¿Quién ha ejecutado estas muertes? ¿Por orden de quién se han ejecutado? -preguntó en tanto, por tres o cuatro veces, don Ramiro, con acento que señalaba al mismo tiempo horror y cólera.

Fortuñón, comprendiendo el engaño, maldijo de nuevo la abreviatura a que lo atribuía. Aznar se dejó caer, al fin, a los pies de su rey, y le puso en las manos el pergamino, diciéndole con voz casi desfallecida:

-Aquí está esto, señor, firmado al parecer de vuestra propia mano; yo forjé falsamente tal escrito, y engañé con él a estos leales servidores vuestros; yo soy, pues, el único autor de la justicia que acabáis de ver. Mi corazón me dice que he hecho bien; que eso y no otra cosa merecían los traidores; que de ese modo y no de otro podía serviros. Mas si me equivoqué, castigadme; que con haber quitado tantas cabezas rebeldes y haber librado de ellas al reino, moriré yo por mi parte contento.

-Levántate, Aznar -le contestó sollozando el rey-; levántate, y Dios te perdone como yo los nuevos remordimientos que tu mal hecho va a causarme, y el triste nombre con que he de pasar a la posteridad por tu culpa. Y Dios quiera no dártelos a ti muy grandes, porque al cabo has cumplido aquí hoy también aquella tu negra venganza. Pero ahora recuerdo que yo principalmente tengo la culpa, por haberte dicho que fue Lizana el matador de tu hermano. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué va a ser de mí con tantos pecados a un tiempo?

En aquel momento apareció a la puerta Castana.

-¡Oh Castana, Castana! -continuó sin dejar de gemir el rey-. ¿Dónde está la reina, tu señora? ¿Dónde la princesa, mi hija?

Y añadió, acertando apenas a hablar:

-Soy más infeliz cada día, cada momento que pasa... La corona está maldita en mí... ¿Dónde, dónde se halla la princesa?

-La princesa está depositada en casa de Azlor -respondieron a un tiempo varias voces, sin dar tiempo a que hablase Castana.

-La reina -dijo por su lado esta- me envía deciros que os aguarda en sus aposentos.

-Ea, pues -repuso sin atender ya a Castana don Ramiro- Aznar y todos vosotros, vos Alqueizar, y vos, y vos -y al propio tiempo señalaba a los caballeros de su comitiva-, id a la casa de Azlor y traed acá a la princesa, a fin de que la vea y reconozca su tutor y futuro esposo el conde de Barcelona. Saludad desde ahora, aragoneses, a vuestro nuevo rey el buen don Berenguer, y a vuestra nueva reina doña Petronila.

Siguiose a estas palabras una aclamación inmensa.

El continente del conde, marcial y generoso, prevenía en su favor, de una parte; y de otra, el deseo de agradar en aquellos momentos al rey, ponía más aliento en todos los labios.

Y ninguno imaginó que, con aquel entusiasmo hacia los nuevos reyes, insultaba a los que entonces bajaban del trono; quizá la reina doña Inés, con su delicado instinto, hubiera comprendido este insulto.

Pero en tanto, las personas señaladas para traer a la princesa de casa de Azlor, se reunieron todas alrededor del rey, menos una: Aznar.

Ya hacía rato que Castana le buscaba con ojos inquietos entre la muchedumbre sin acertar con él.

Al ver ahora cuanto tardaba en reunirse con sus compañeros, el rey preguntó por él en voz alta, y nadie le respondió. Aznar se había hecho en un momento tan famoso, que su extraña ausencia excitó entre la multitud no poca curiosidad y sorpresa.

Por tres veces le llamó el rey; mas en ninguna de ellas respondió ni dio cuenta de su persona.

Y ¡oh facilidad prodigiosa del vulgo para forjar sucesos maravillosos! Cuando sonó la segunda pregunta del rey, ya dice el verídico cronista que corrían por la espaciosa sala varias versiones absurdas de su desaparición, sosteniendo estos que alados demonios le habían arrebatado de allí mismo para llevarle a pagar en los infiernos la muerte que había dado a los ricoshombres; opinando aquellos que, arrepentido y asombrado de su propio hecho, se había retirado de la concurrencia, manifestando a algunos, en confianza, que iba a consagrar al servicio de Dios lo que le quedase de vida.

Pero ni Aznar era para monje, ni el diablo se había tomado la molestia de pensar en él todavía.

La verdad era que el almogávar se miraba reclinado en la pared a un extremo de la sala, exánime, y, al parecer, sin vida.

Castana fue quien lo descubrió primero; ¿ni quién había de descubrir al amante primero que la mujer enamorada?

La pobre muchacha no pudo contener sus sentimientos, y sin respeto a los príncipes ni a la magnífica corte que allí estaba, se lanzó hacia el lugar donde descubrió al almogávar, gritando:

-¡Aznar! ¡Aznar!

La gente que había en el salón era tanta, que la doncella halló muchísimos obstáculos para abrirse camino.

Pero todos los ojos se fijaron en el punto hacia donde ella señalaba con las manos, y vieron a Aznar inmóvil, doblada la cabeza sobre el pecho, y apoyada la espalda en el muro.

El rey, aunque tan preocupado, no tardó en advertir el caso, y no recordando en aquel momento sino los grandes servicios que le debía, se adelantó hacia él presurosamente; todos los circunstantes le abrieron fácilmente el paso.

Entonces notaron muchos de los que miraban al almogávar a un tiempo, que por debajo del grosero capuchón de malla que vestía brotaba un torrente de sangre.

Castana se abrazó a él, exhalando profundos gemidos; el rey mandó llamar al punto a su físico, que era un hombre atezado y de sombrío semblante, el cual, con venir vestido a la cristiana, bien aparentaba haber nacido en las márgenes del Muluya, y haber estudiado en alguna de las escuelas famosas de Fez o de Córdoba.

El físico declaró que Aznar no estaba muerto, sino que se había desvanecido a causa de la mucha sangre que estaba perdiendo largo rato había, según las señales.

Tenía dos grandes heridas, en el pecho la una, y la otra en la cabeza, sin otros rasguños en diversas partes; su estado era verdaderamente grave, y el docto africano no se atrevió a responder de que sanase.

Al punto mandó don Ramiro, en el colmo ya del desconsuelo, que se le trasladase a una de las mejores habitaciones del alcázar; y dejando allí a todos sus caballeros y cortesanos, se entró por los aposentos solitarios a desahogar su corazón, más verdaderamente oprimido que nunca.

En tanto, Castana, separándose también de la corte, y olvidada de toda otra cosa, siguió al herido hasta su aposento; y allí pasó lo que quedaba de día y la noche entera, atendiendo a su respiración, a su voz, a sus más pequeños movimientos.

La pobre muchacha había forjado tales castillos en el aire, que apenas acertaba a comprender ahora cómo estuviesen a punto de desplomarse o desvanecerse con su amor y ventura.

Mas el físico era implacable.

Cada vez que entraba a ver al herido, exclamaba, sin tener por nada en cuenta la presencia de Castana:

-Será difícil que sobreviva.

Y Castana prorrumpía en copioso llanto.

Sólo Fortuñón, el viejo Fortuñón, era quien la consolaba; aunque más de lo que de hombre como él podía esperarse, mostrábase también cuidadoso y afligido por su parte.

De cuando en cuando Castana y Fortuñón se apartaban del lecho, y en un rincón del aposento se comunicaban sus temores y esperanzas.

Castana no hablaba más que de la curación del herido, o de su pérdida, que sólo el imaginarla le desgarraba las entrañas. Fortuñón mezclaba con estas conversaciones ciertos pormenores sobre el suceso, que la sencilla doncella, sin curiosidad de saberlos, veíase forzada a escuchar hartas veces.

-Esa herida que tiene en la cabeza -decía aquel- debió de recibirla de manos de alguno de los hombres de armas que guardaban el alcázar. Figúrate que al alborear el día salimos del zaquizamí donde nos metiste, muy sigilosamente, y bajamos al patio. Las puertas estaban cerradas todavía, y aquí y allí tendidos en el suelo dormían algunos mesnaderos de los más osados. Uno solo había quedado de atalaya, y, ese, con el cansancio y la proximidad del nuevo día, malamente peleaba con el sueño, como que tenía ya los ojos cerrados y la cabeza inclinada en el muro. «Dispárale tu dardo», le dije yo a Aznar, señalando al atalaya; mas no quiso creerme, antes haciendo ascos de matarle dormido, se acercó a él silenciosamente y le echó mano a la partesana para desarmarle. Pero el condenado del hombre no estaba más que transpuesto un poco, y despertó en aquel momento, y le dio un golpe con la partesana, que el valiente Aznar no pudo evitar desde tan cerca. Y bien que lo pagó el de la atalaya, porque sentirse herido y derribarle muerto de un solo tajo de su espada fue todo uno para Aznar. A los otros pobretes los sorprendimos durmiendo como lirones, y los pusimos a buen recaudo en ciertos sótanos del alcázar; y desde el patio recorrimos los demás puestos, y a los que los aguardaban que bien serían en todo seis docenas, los encerramos con sus compañeros, de suerte que quedamos por dueños del recinto. Y luego, como si tal cosa, a la hora acostumbrada, abrimos la puerta que da a la ciudad y la que da al campo, y aguardamos así a los ricoshombres y al rey. ¡Buena jornada fue, por vida mía! Pero créeme, Castana, que bien que sea por todo extremo valeroso Aznar, fue mi saber y prudencia y larga práctica de asaltos y sorpresas quien trazó y guió bien la de esta real fortaleza. A mí me debe el rey lo más del triunfo.

Castana, en vez de contestarle, como que acaso ni siquiera le oía, de cuando en cuando suspiraba tristemente, o iba a visitar el lecho del herido; y luego tornaba a dar cuenta de sus observaciones a Fortuñón.

El viejo almogávar se obstinaba, no obstante, en consolarla a su manera, con sus eternas relaciones.

-Moribundo está, Castana -le decía-, pero júrote que con haber peleado en el Alcoraz y haber asistido en el cerco de esta ciudad de Huesca, que fue de moros, como tú sabes, júrote, digo, que no vi en mi vida mayor valentía que la de Aznar, ni corazón más determinado. ¡Cuenta que eran valientes los ricoshombres! Así no fueran ellos contra el rey, ni parecieran tan soberbios como eran animosos y diestros. Tengo para mí que eran de los mejores caballeros del mundo. Sábete que con estar más de treinta de los nuestros apostados en la gran sala adonde ellos iban entrando, hubo algunos a quienes no pudimos rendir, sino rindiendo ellos antes la vida. ¡Qué Roldán! ¡Qué Roldán! Él solo despachó a dos de los nuestros en un santiamén. Pues ¿y el viejo Lizana? Lastimábame el verle, a mí que le conocí en el Alcoraz, y no quise poner mano sobre él, y Lizana, como si no le embargasen los años, supo deshacerse de ellos sin daño alguno. Entonces Aznar se arrojó a él, y por largo rato lidiaron cuerpo a cuerpo, y cierto que era cosa muy de ver aquella lucha. Aznar como más joven, era más ágil; pero no estaba tan bien armado, ni con mucho, como Lizana, ni era tan diestro como él en manejar la daga. Ninguno de nosotros ayudó a Aznar porque él lo prohibió expresamente; pero este tuvo a Dios de su parte, y derribó a su contrario, aunque a costa de esa herida del pecho que tanto mal le causa. Aun me parece oír a Lizana, cuando en el momento de expirar dijo, alzando los ojos al cielo: «Dios mío, tú que me dejaste ver el peligro, ¿por qué me cegaste tanto los ojos cuando lo tenía cerca, para que no lo viese ni pudiese evitarlo? ¿Qué vale esta prudencia de los años si no ha de servir más que para antever el mal, sin acertar casi nunca a remediarlo? ¡Dios mío, Dios mío, conserva para mis hijos la libertad de Aragón!». No pudo decir más, porque yo, que aunque muy atentamente le estaba oyendo, por no verla más padecer, ya que había de morir de todos modos, tomé sobre mí el doloroso encargó de acabarle de un golpe.

-¡Qué horror! -exclamó al oír este rasgo de compasión guerrera Castana.

Pero, sin embargo, en otra ocasión habría sentido su alma llena de orgullo al oír tales relaciones; porque son pocas las mujeres que no estiman el valor sobre todas las cosas, y en el siglo XII, bien pudiera decirse que era la mayor de las virtudes para enamorar corazones femeniles.

En el trance en que estaba Aznar, tales relaciones más bien afligían, naturalmente, que no daban consuelo alguno a la sensible amante.

Y según dice el cronista, así pasaron dos, cuatro, seis días sin notarse al parecer grande alivio en el almogávar; siempre Castana suspirando y Fortuñón relatando, sin otra esperanza ni compañía que la del físico renegado, el cual, o no respondía, o respondía mal a las preguntas que le hacían los vigilantes enfermeros, y a las de cualquier paje o caballero que por sí, o de parte del rey, venía a enterarse de la salud de Aznar.

Pero, al cabo, el alivio del enfermo fue ya incesante y claro. Y el médico mismo declaró que antes de mucho podría darle otra vez por sano.

Un día en que se mostraba ya muy animado, Castana salió por un momento, el viejo Fortuñón se durmió profundamente, y cuando volvió ella, y cuando él despertó, se hallaron vacío el lecho del enfermo; Aznar había desaparecido.

Castana y Fortuñón se devanaban los sesos por acertar las causas de aquella extraña desaparición; pero sólo pudieron saber, por el pronto, que uno de los escuderos que solían acudir a visitarle había entrado en el aposento, y que no bien se marchó este, se levantó detrás de él Aznar, aunque descolorido y tan flaco, que no parecía que pudiese dar un paso. Sin embargo de lo cual, supieron también, a ciencia cierta, que salió muy apresuradamente de la estancia.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXIX
Pág. 30 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


El cual sería de gustosa lectura para las mujeres sensibles, si, más ducho en ciertas cosas el que escribe, hubiera acertado a pintarlas mejor


Proia et plora tendrement mais ce ne li valut noienent; por son proier et son plorer ne li laissa-il pas entrer.


(Fabliau de La Feme en une tor)


Basta del almogávar y de su querida, y volvamos atrás con nuestro asunto.

Así como así, aunque tan humildes, han llenado ya casi aquellos lo mejor de la historia. ¿No será justo que dejemos algún capítulo para doña Inés, algunas páginas ya para don Ramiro?

Pues a fe que bien lo merece la extraña situación en que ambos se encuentran.

Ya ha llegado don Ramiro, y, aunque de lejos, se ha cumplido el deseo de verle que tenía doña Inés; ya ha vuelto don Ramiro, y se han realizado los temores y las penas que doña Inés presentía.

Vino el trance de la separación, la hora de que don Ramiro entrase en aquel claustro de San Pedro el Viejo, tan lúgubre y tan sombrío, que había hecho levantar para ello; vino la ocasión de que doña Inés se hallase sola en el mundo, sin poder más llamarse esposa ni amante.

Por cierto que la historia se reanuda, y de suerte que no parece que haya transcurrido tiempo alguno, ni algunos sucesos. Ni parece que los ricoshombres se rebelaran, ni que el rey huyera, ni que don Ramiro, fuese guerrero por ser monje, ni que doña Inés llorara aquella ausencia que apartaba un tanto de ella la ausencia eterna de su amado. Todo vuelve al ser que tenía cuando se puso la última piedra en San Pedro el Viejo.

Pero no; hay una cosa de más, que son los nuevos remordimientos, que los sucesos últimos debían engendrar por fuerza en don Ramiro.

Pálido, desencajadas las facciones del rostro, dejó por eso, como queda dicho, el gran concurso que había acudido a recibirle, y se retiró a lo interior del alcázar.

No se había enterado, sin duda, del mensaje de Castana, ni contaba con que le esperase la reina, ni le dejaban sus remordimientos siquiera que en ella o en su hija parase por un momento entonces la memoria.

Vagando por aquí y por allí, veníasele la noche encima a tiempo que, montando casi a tientas cierta estrecha escalera, se halló en medio de un salón espacioso, mal alumbrado ya por los últimos reflejos del sol, que se hundía en aquel punto en el horizonte. Dos grandes ventanas, situadas a uno y otro extremo del salón, daban entrada a la puerta de una alcoba por algunos momentos casi oscura, y dudó largo rato si había o no de entrar en ella; parecía que una esperanza le impulsaba, al propio tiempo que un presentimiento le apartaba de allí. Estaba en el aposento de su mujer, veía delante la alcoba nupcial.

Entró al cabo. Entró, llevando consigo el tropel de sus remordimientos, que no le daban descanso alguno; buscando no sabía qué, una cosa imposible: la calma de los años de su infancia, el reposo de los días serenos de su monasterio.

Y entró mirando en los oscuros ojos que no le miraban; distinguiendo rostros que no había; ojos amenazadores, rostros ensangrentados.

Era el arzobispo Pedro de Luesia, con sus hábitos pontificales, segada la cabeza por la garganta, y destilando sangre; era Férriz de Lizana, revueltas y manchadas las venerables canas, azotadas las gloriosas cicatrices del rostro, maldiciendo aún después de muerto a sus asesinos; era Roldán, era García de Vidaura, eran todos los ricoshombres degollados. Era aquel valeroso joven Aznar, muerto quizá por él y en su defensa.

¡Ay de don Ramiro! ¡Ay del monje apóstata, por quien se habían hecho tantas muertes, aunque fuera sin orden suya, aunque de sus labios no hubiera salido otra palabra que la palabra perdón!

La sangre derramada debía caer sobre él gota a gota; aquel delito espantoso podía para él ser nueva causa de condenación eterna; con él y el quebrantamiento de sus votos, su perdición debía quizá ya reputarse como irremediable.

¡Ay, ay de don Ramiro! ¡Ay, ay del rey de Aragón!

Tal decía o pensaba él al entrar en la alcoba nupcial; y estas ideas, amontonándose en su fantasía, le arrastraban no sabía ya adónde, al través de tinieblas y tinieblas, por en medio de multiformes y horrendos fantasmas. Su exaltación religiosa había llegado a un punto tan extremo, que confinaba con el delirio, con la insania.

Y si al entrar en aquella alcoba, donde pasara tan venturosas horas, si hubiese hallado a solas por mucho tiempo con la noche y consigo mismo, otro habría sido, por ventura, el fin que señalasen las historias al rey den Ramiro: habría acabado por estar loco.

Pero al mirar desatentado por todas partes, sus ojos se fijaron sin querer en una sombra apacible que delante de él se fue levantando, la cual le pareció un rayo de luz en noche cerrada, un manantial en el desierto, un ángel del cielo que venía a templar su exaltación horrible.

¿Quién era aquella sombra? ¿Quién era aquella visión inesperada? Don Ramiro se paró, sin osar acercarse a ella, conteniendo aún la respiración como si temiera espantarla, como si pensara verla desaparecer, al modo que la niebla desaparece cuando se levanta el viento y, la paloma al sentir el son del torrente, y la espuma del mar al tocar con la arena en las playas.

Suspenso, inmóvil, puesto su ánimo entre los remordimientos y la esperanza, miraba don Ramiro y tornaba a mirar la aparición, sin comprenderla más por eso.

Parecíale que sus ojos comenzaban a acostumbrarse a las tinieblas, o que alguna antorcha misteriosa y celeste venía por especial encargo de Dios a alumbrarle. Lo cierto es que sus ojos distinguían ya claramente en lo oscuro; y a creer a los ojos, lo que había allí era una mujer arrodillada y de espaldas a la puerta por donde había entrado don Ramiro. Y era, dice el cronista, que en aquel instante mismo la luna había descubierto de repente, por entre las nubes que hasta entonces la celaban, su redondo disco de color de plata, y, algunos de sus rayos, serenos, espléndidos, penetraban hasta allí por una octógona claraboya abierta junto al techo de la alcoba. Vio, pues, real y verdaderamente don Ramiro que la mujer aquella tenía sueltos los cabellos, y derramados en una garganta blanca como el cuello de un cisne, cabellos por cierto de color de oro.

De cuando en cuando levantaba ella los brazos al cielo, y flotaban las anchas mangas de su blanca túnica; y, al hacer aquel movimiento, no parecía sino que iba tomar vuelo para levantarse en seguida al empíreo mismo.

Si era un ángel, las formas las tenía de mujer. Mas en verdad, ¿qué otra forma podrían tomar de ordinario los ángeles si bajaran con frecuencia a la tierra?

Mentira parece; pero el cronista asegura, y, no hay por qué negarle crédito, que, grandes como eran los combates que sostenía en su cabeza don Ramiro, se disiparon del todo en un punto; y su frente se serenó, y sus ojos se pusieron claros. Y la desatada rueda de sus pensamientos, calmó de súbito sus incansables giros; y en el momento mismo en que iba a estallar la locura en su mente, sintiola llena de inefable esperanza.

¿Será que Dios se compadezca al fin de sus cuitas? ¿Será que su justicia esté satisfecha con los tormentos que han desgarrado ya su alma, y envíe un ángel a que ponga término a ellos?

No lo sabe don Ramiro. Pero el caso es que sin querer, al iluminarle aquella idea de esperanza, dio algunos pasos hacia la visión dichosa de quien la recibía. Tornose, al oírlos, un rostro de mujer, y lanzó un grito indefinible; y levantose la sombra al punto. Don Ramiro reconoció en ella a la reina.

Su ilusión se había desvanecido, pero no la calma de su frente, no ya el repeso inefable de su corazón.

Porque, a la verdad, si doña Inés no era un ángel, era hermosísima, verdaderamente celestial, y no había medio de echar de menos junto a ella criatura alguna. Y luego el amor que dentro de su alma la profesaba don Ramiro; y luego la ausencia, y el recuerdo de que era madre de su hija, bien disculpaban que el rey se contentase con verla, y no echase de menos al pronto la divina ilusión que había perdido.

-¡Doña Inés!

-¡Don Ramiro!

Fueron, al verse, las primeras exclamaciones de los esposos. Don Ramiro dio tres pasos adelante para recibir a su esposa, y esta se precipitó a él con los brazos levantados. Pero al llegar uno junto a otro, don Ramiro volvió a echar atrás los mismos tres pasos que había dado hacia adelante, y doña Inés quedó parada, incierta, indicando en su actitud un abrazo, quizá un ósculo imposible: derramando gruesas lágrimas, que lentamente resbalaban por sus mejillas.

Al cabo don Ramiro rompió el silencio.

-¡Ah!, doña Inés -dijo-; a punto estamos ya de cumplir nuestros votos, y hoy más que nunca debemos abstenernos de faltar a ellos. Mirad cómo nos protege Dios: cómo vos os ha sacado de un género de cautiverio, y a mí de tantas humillaciones, a fin, sin duda, de que uno y otro podamos salvar nuestras pecadoras almas.

La reina no lloraba a la sazón: en sus ojos se leía esa resignación infinita, indefinible, que sólo saben y pueden tener las mujeres.

Don Ramiro continuó:

-¿Sabéis que me alegro de hallaros a solas antes de retirarme al monasterio? ¿Sabéis que es dichoso azar que yo aquí os encuentre? Por cierto que pensé al divisar a Huesca que saldríais a esperarme y...

-¡Ah!... ¿No os han dicho, mi señor, que os aguardaba yo aquí? -respondió la reina tímidamente al ver que su esposo no acababa la frase.

-Si he de deciros la verdad, no sé, no sé; mi cabeza ha estado tan revuelta, que acaso no debí de oírlo... Puede ser que Castana... Mas ahora recuerdo..., ¿no sabéis lo de Aznar? ¡Ah, señora! ¿No sabéis el negro fin de los ricoshombres?

Y al decir esto su frente comenzaba a nublarse de nuevo.

-¡Ah! Sí. Todo lo sé, don Ramiro -repuso la reina acompañando las palabras con un dulce suspiro.

-¡Oh! Pues entonces -dijo el rey acercándose a doña Inés-, entonces ya sabréis cuánta es mi desdicha: ya sabréis que nuevos remordimientos pesan sobre mí; yo no puedo, no puedo ya con ellos; no hay penitencia ya que baste a rescatar mis culpas enormes.

-Y, ¿cuáles tenéis vos, don Ramiro, en esas muertes? ¡Oh, esposo mío, no os atormentéis así voluntariamente! Cuando entrasteis, vuestro rostro estaba sereno, alegre, tal como debe estar el rostro del hermano cuando ve a la hermana querida tras de una peligrosa ausencia. Y ya veis que he aprendido a daros nombre de hermano... ¡Y eso que me ha costado tanto, tanto! Porque, mientras más esfuerzos hacía mi cabeza para enseñármelo, más me recordaba o ella o el corazón otro nombre de mayor ternura todavía. Pero hermano, hermano mío, ¿cuál es la causa de que al verme os hayáis de nuevo entristecido? Ya sé ya que no puedo serviros de consuelo; pero pesar, ¿por qué tampoco había de causároslo? ¡Ah! Yo no quiero nada, no os pido nada, sino que no me queráis nunca mal.

-¡Quereros mal! -exclamó don Ramiro-. ¡Ay! Ojalá que pudiese siquiera dejar de amaros... Porque la verdad es que yo..., os adoro..., que yo..., te adoro, Inés, te adoro; sábetelo por si no te veo..., por si jamás te hablo ya más de esto en adelante.

-¿Conque me queréis bien todavía? -dijo doña, Inés llena de júbilo, pero sin atreverse a repetir las palabras mismas de don Ramiro, bien que le supiesen a pocas.

-¿Que si te quiero bien, dices? ¡Ah! No, no por cierto -replicó espantado de sus propias palabras don Ramiro-. Dije que os amaba y os adoraba, y no debí decir sino que deseaba dejar pronto de veros...

-¡Pues qué! ¿Eso, eso de verdad deseáis? -repuso entonces doña Inés, saltándosele súbitamente las lágrimas.

-Eso deseo, sí, por el bien de vuestra alma y la mía.

-Entonces, ¿por qué no decís ni una vez sola que me amáis? ¿Por qué no confesar que me aborrecéis claramente? Ya comprendo bien por qué no prestateis atención a Castana cuando os dijo que yo os aguardaba en este aposento; no hay que buscar otra causa. Comprendo también ya que maldigáis la casualidad que nos ha reunido y que tanto os entristezca al verme, después de una ausencia que me ha costado ríos de lágrimas. ¿No os basta, pues, con que yo renuncie al nombre de esposa? Porque mis derechos bien podríais quitármelos; pero el nombre no, a no ser que, por complaceros, yo misma lo dejara. ¿No os basta eso, sino que a más habéis de deplorar y sentir estos pocos momentos en que me veis? ¿Qué diferencia hay entre pensar y obrar de tal suerte, y aborrecerme tal como digo?

Tras de estas extrañas mudanzas de dolor y de júbilo, de aspereza y cariño, hubo un instante entre los dos de silencio. Doña Inés lloraba a lágrima viva; don Ramiro procuraba poner algún orden en sus pensamientos. Al fin rompió este de nuevo a hablar, diciendo:

-Quizá estéis engañada, doña Inés: no me ha entristecido el veros; me ha entristecido el recordar, sin querer, aquellos sucesos horribles, espantosos, que me hacen tanto peso en la cabeza y me oprimen tanto el corazón. El veros, ¿cómo había de entristecerme? ¡Si yo os contara todo lo que ha un momento me ha sucedido! ¡Si yo os dijera que me habéis hecho feliz por un instante, feliz como el día de nuestras bodas, como apenas lo he sido, sino entonces, desde el punto en que solté los cilicios y vestí este malhadado traje de rey!

-¿Yo haceros feliz? ¿Tanto bueno me decís, don Ramiro? ¿Sabéis que no habría para mí felicidad como esa de poder haceros feliz, aunque fuera por instantes muy breves?

-Sí, sí; feliz y muy feliz me habéis hecho. Figuraos que yo venía cargado de remordimientos, loco, sin esperanza, y que al llegar aquí veo una sombra celestial, veo una mujer arrodillada que levantaba al cielo los brazos, como pidiendo misericordia para sí.

-¡Oh! No, no -le interrumpió doña Inés-; no la pedía para mí, pedíala para vos sólo.

-Gracias, gracias -continuó don Ramiro, acercándose ya a su mujer como si en algo le hubiese perdido el miedo-. Gracias, porque sin duda os oyó el Cielo, y la tuvo de mí en aquel momento. Ya sentía yo romperse dentro de mí alguna cosa: no sé si era el corazón, no sé si era la frente; sólo sé que era parte del ser mío lo que iba a estallar entonces, que era esta vida terrena, en que puede dar frutos todavía el arrepentimiento, lo que se me escapaba, dejando en mí solamente el aliento indispensable para padecer sin esperanza en el infierno.

-¡Oh, esposo mío! Calmaos, calmaos -le contestó dulcemente doña Inés, acercándose algo también por su parte, y mirándole con infinita dulzura.

-Sí, sí, me calmaré; dígoos que ya estoy bueno; antes de veros sí que deliraba, y aun creo que iba a volverme loco... Los locos no pueden ya tener arrepentimiento, ¿no es verdad?... ¿No es verdad que ya no saben ellos implorar para sí el perdón de sus culpas? ¿No es verdad que sí me hubiera vuelto loco mi espíritu habría quedado con la mancha que tiene, sin poder lavarla con la penitencia jamás? Pues a vos debo el poder esperar salvación todavía: el poder trabajar para conseguirla.

-Dichosa yo si tal hice, don Ramiro -repuso doña Inés con una sonrisa no menos tierna y dulce que sus miradas.

-Sí que lo hicisteis -continuó don Ramiro con mayor exaltación aún que antes-; os vi tan hermosa, con esos cabellos rubios derramados por la garganta, y ese vestido blanco, que parece tejido con aire y con luz; os vi, digo, tan celestial en todo, que no acerté a conoceros, y no me parecisteis ya vos misma, sino un ángel que bajaba del cielo a darme consuelos, trayéndome el perdón del Señor.

-¡Ah! -exclamó doña Inés, cubriéndose con las manos los ojos por un movimiento involuntario.

-¿Suspiráis?

-Suspiro, porque me habéis hecho creer que fue de mí propia de quien os viniera el consuelo, y no fue sino de una ilusión mentirosa de vuestros sentidos. ¿Qué comparación cabe entre un ángel del cielo y la triste y marchita esposa, o si no esposa, hermana, que ya tenéis?

-¡Oh! No digáis eso, dona Inés; no hay ángeles más bellos que vos..., que tú..., que tú, esposa mía; no puede haberlos...; me harás decir blasfemias...

Era de ver la satisfacción interior, el puro regocijo que se asomó de pronto en el rostro de doña Inés al oír estas amorosas palabras.

Don Ramiro, en tanto, sin reparar en ello, continuó de esta suerte:

-Yo no sé si habré cometido con esto un nuevo pecado; mas sabed, doña Inés, que si pensando que erais un ángel me acerqué a vos, cuando supe que erais vos misma, que era doña Inés a quien veía, no eché al ángel de menos. ¡Tan grata me iba siendo y me fue, al fin, vuestra vista!

Doña Inés, sin poder contener ya más la emoción de su pecho, lanzó un grito de alegría, y vacilando y sin pensar, fue a apoyar sus manos cruzadas en uno de los hombros de don Ramiro; mas este retrocedió con espanto algunos pasos, huyendo el cuerpo. Rendido, sin embargo, al propio tiempo, de su exaltación misma, se dejó caer en una de las grandes almohadas o cojines árabes que decoraban el aposento.

No halló allí, por cierto, reposo, si lo buscaba. Ideas, por el contrario, de dolor y de esperanza, de temor y de alegría, pasaron a un tiempo por su cabeza. Pero poco a poco se fueron deshaciendo todas ellas; sus ojos, cerrados, se abrieron de súbito, y al ver a doña Inés que suave y silenciosamente se había sentado a su lado y espiaba, al parecer, con tierno anhelo sus movimientos, una sola y nueva idea parece como que comenzó a arder en su mirada y a arrugar su frente; una que se conoció que le arrastraba a pesar suyo, como solían arrastrar su débil y vacilante espíritu todas las impresiones imprevistas y extrañas. No de otra suerte, en la apariencia, los reptiles del campo le hicieron tener miedo en la soledad, y el esfuerzo de Aznar le dio ánimo en el combate. ¿Qué idea le asaltará ahora? ¿Qué idea nueva, ardiente, poderosa, será esta que le infunde la vista de aquella hermosa doña Inés, que tan cerca de sí tenía en aquel momento?

Sin duda no es melancólica, puesto que sus ojos, generalmente apagados, brillan ahora con vívido fuego; sin duda no es de despecho, ya que se ve que una sonrisa de placer pasea fugitiva por sus labios.

Pero ¿quién que no conozca ya a fondo a los humanos habrá de comprender, a primera vista, tan oscuro y nunca visto enigma como este parece?


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXX
Pág. 31 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que el espíritu es fuerte, pero débil la carne, es lección de un santo padre, que halla aquí alguna demostración y ejemplo


¿Qui es lo foll, quin contramor se yguala?
Segurs son dell, los morts...


(Ausiàs March: Obres de Amors)


Morir me conviene
pues grosero fui:
¡Ay, que Inglaterra
ya no es para mí!


(Anónimo: Cancionero general)


Largo iba ya siendo el capítulo anterior, tan largo, que ha sido fuerza que para otro dejemos el fin de las pláticas sentimentales de doña Inés y de don Ramiro. Mas cierto que el relato no pudo cortarse en mejor punto, porque así como la reina dio aquel grito de alegría de que hablamos a lo último del capítulo anterior, y don Ramiro se quedó como postrado en uno de los cojines del aposento, dice el cronista que hubo entre ambos ciertos instantes de silencio.

Miraba doña Inés a don Ramiro con amor, con curiosidad, con ansia, como deseando leer en su rostro los menores pensamientos. No quitaba sus ojos del suelo entre tanto don Ramiro, como si tuviese miedo de mirarla cara a cara. Y ni él ni ella se atrevían a reanudar una conversación, quién sabe para cuál de los dos más difícil entonces.

Un pretexto faltaba; un pequeño incidente o motivo, insignificante en otra ocasión cualquiera, bastaba ahora para que la conversación nuevamente comenzara y dieran suelta entrambos a los indefinibles y vagos pensamientos de que estaban poseídos.

Ese pretexto, ese incidente, ese motivo, se puso a buscarle doña Inés, y, como era natural, no tardó en encontrarlo.

-Veo, mi señor, que traéis aún atada al brazo la cinta blanca que os di por divisa -dijo.

-¿No veis que ella ha sido mi compañera desde entonces? -respondió don Ramiro-. En verdad que, cuanto yo he podido, he hecho por sacarla con honra del trance de armas en que, mal de mi grado, me he visto.

-¡Oh!, quitaosla, quitaosla ya.

-¿Por qué, doña Inés? -preguntó el rey algún tanto sorprendido-. ¿Pues no es vuestra divisa misma?

-Lo fue.

-Lo fue... Lo fue... ¿Y no lo es ya? Así Dios me ayude como no acierto...

-¿No veis -repuso graciosamente la reina- que dice la letra sin esperanza?

Bajó aquí la vista doña Inés, como si temiese haber dicho demasiado; y las rosas del rubor se abrieron incontinenti en sus mejillas. Don Ramiro en cambio abrió impensadamente sus ojos al oír aquellas inocentes, pero sin duda peligrosas palabras, y halló a doña Inés tan bella, tan lánguida, tan dulce, tan cerca de sí, que tornó a clavar impetuosamente la vista en el suelo, no sin que se notase antes en su persona cierto estremecimiento general, aunque pasajero.

-¿Y de qué tenéis esperanza, doña Inés? ¿No sabéis que a mí no me es posible tenerla ya en este mundo?

Tal dijo don Ramiro, después de otra larga pausa; su voz comenzaba a bajar de tono, y su lengua parecía más trabada que otras veces. La de doña Inés parecía en cambio cada vez más expedita y más dulce.

-No digo yo que vos la tengáis; hablo de que yo comienzo a tenerla -respondió ella.

-¿Vos? ¿Y por qué?

-¿Por qué? Yo os lo diré, puesto que sólo de vos depende ya el que se cumpla, o no, mi esperanza.

-Pues hablad, que si es cosa que yo puedo hacer, bien podéis contar con ella desde ahora..., a no ser que sea contrario a mis votos.

Muy débilmente debió de decir estas últimas palabras, porque la reina exclamó alegremente y como si no hubieran ellas llegado a sus oídos:

-¿De veras? ¿Me dais palabra, pues, de concederme cuanto os pida?

-Con tal digo, doña Inés, que no se oponga a mis votos -replicó don Ramiro, alzando la cabeza de nuevo para dirigir a su esposa una mirada que parecía como de súplica.

-No, no se opone, según creo -respondió doña Inés, mirándole a su vez con vivos y alegres ojos y pronunciando estas palabras, por lo que da a entender el mozárabe, con sabrosa y en ella desusada coquetería.

-Pues hablad -dijo el rey, tornando otra vez los ojos medio cerrados hacia el suelo.

Aquí ya doña Inés estuvo vacilando por algunos instantes, y tartamudeando luego, sin atreverse a decir de un golpe lo que quería; pero al fin, comenzó a hablar de esta manera:

-Es el caso, don Ramiro, que yo quisiera que..., ya veis que con esto en nada faltáis a vuestros votos..., quisiera, digo... ¿No me hicisteis ya un favor muy grande con quedaros a amparar a nuestra hija? ¿No dilatasteis ya un tal intento por dos años, a fin de ser piadoso con el fruto de nuestros amores? Pues sedlo conmigo ahora, señor, y no penséis más en la soledad del monasterio, sino veníos a vivir conmigo, o más bien dejad que yo vaya con vos a habitar en alguna ermita y retiro oculto, donde podamos los dos a un tiempo servir a Dios como hermanos.

-¡Doña Inés! -exclamó don Ramiro entre asombrado y confuso; pero también al parecer un poco distraído.

-¿Qué? ¿No os place contentar mi súplica? ¿Queréis, por ventura, que no desaparezca más de mi divisa esa letra impía que dice sin esperanza?

-Pero es el caso, doña Inés, que aún no acierto yo a entender bien qué cosa sea esa que meditáis.

-¡Oh!, yo os lo explicará claramente -respondió la reina más alentada, y sentando una de sus manos en el hombro de don Ramiro, sin que este huyese ya el cuerpo como antes-. Figuraos que en lugar de meteros en el sombrío y húmedo claustro de San Pedro el Viejo, os vinieseis conmigo a una de las mil ermitas que en tiempo de moros fundaron los cristianos por la montaña, menos habitadas hoy ya desde que se ganó a Huesca, que antes. Allí podríamos estar separados del mundo para siempre, y haciendo juntos vida ascética y devota. Dios os manda, sin duda, que os apartéis de una esposa, mas no de esta hermana y sierva doña Inés, que no desea otra cosa sino pasar el resto de sus años haciendo penitencia en vuestra compañía. Sí, por Dios, señor y antes esposo mío; yo labraré allí con mis propias manos el huerto, y prepararé por mí misma nuestras pobres colaciones; yo hilaré la lana de los corderos y haré por mí propia los sayales; vos leeréis en tanto los pergaminos que soléis leer, y oraremos y viviremos así constantemente como eremitas, ya que no nos es dado vivir y gozar como reyes.

Hemos descrito tantas veces las gracias de doña Inés, que por fuerza había de parecer importuno el describirlas de nuevo. Pero crean nuestros buenos lectores que, según lo que aquí indica el cronista, jamás había estado tan bella. Y el peso blando de su mano, y lo tierno de sus ojos, y las lágrimas que se dejaban entrever ahora en ellos, por miedo de no ser atendida, y su actitud entera suplicante, anhelosa, abandonada, hacían de ella un ser temible en la seducción para un alma de roca, que no para la del infeliz don Ramiro.

Y el monje tomó entonces entre sus dos manos la que le quedaba libre a doña Inés, y comenzó a acariciársela con suavidad suma.

Y aun quiso el azar que mientras doña Inés más suplicaba, se fuese más acercando e inclinándose involuntariamente más hacia don Ramiro, de manera que, al dejar de hablar ella, se hallaban los dos ya tan juntos, que sus alientos se confundían, y se tocaban todos sus vestidos, y, al mirarse, recíprocamente en los ojos se retrataban.

Y en esta disposición se mantuvo doña Inés embebecida por largo rato, y esperando favorable respuesta. Y don Ramiro estaba en el ínterin sin acertar a responder palabra, sintiendo que un fuego intenso le quemaba las entrañas, y sin que un solo pensamiento devoto pareciese ya por su mente; diríase, al verle, que les sentidos le arrastraban ya a su pesar, sin que más pudiese la razón contenerlos. Nada era tan peligroso como el silencio, entonces; pero no había cosa más difícil tampoco que el hablar en ocasión como aquella.

A don Ramiro no se le ocurrieron al fin otras palabras que las siguientes:

-¡Qué hermosa estáis, doña Inés! ¡Qué hermosa estáis!

Y ¡oh fatalidad! Fatalidad la de don Ramiro entonces, nada menos encaminada que a inutilizar todas sus penitencias en un punto. No bien dijo estas palabras, que envolvían en sí tan manifiesto amor, los flotantes cabellos de doña Inés vinieron a herir por casualidad su rostro; y Dios nos perdone, pero cualquiera habría dicho que cuando él los sintió pasar cerca, puso en ellos muy anhelosamente los labios.

-¡Ah don Ramiro, don Ramiro! -dijo la reina, no ya sin alguna turbación al ver aquellas demostraciones inesperadas-. Si me amáis todavía, ¿qué dificultad habéis de tener en concederme lo que os pido?

-Esposa mía, esposa mía -respondió tartamudeando don Ramiro-; no entiendo aún lo que decís: mas dejad que estreche esta vuestra mano entre las mías; yo necesito sentir algo vuestro en mí, y conmigo.

-Toda yo estaré con vos siempre -le dijo loca de júbilo doña Inés, al mismo tiempo que le estrechaba también por su parte una mano.

-¡Cómo te adoro, Inés! -dijo en esto, y fijando ya en ella sus ojos, sin más titubear, don Ramiro.

-¡Oh, gracias, mi señor! ¿Queréis que dé ahora mismo las órdenes para que juntos nos marchemos a una ermita de la montaña? Veréis allá cómo pasamos la vida en penitencia y soy toda vuestra, orando yo por vos, y vos por mí, sin otra idea que la de nuestro común y eterno reposo.

-No, no me has entendido, Inés -repuso ya arrebatado don Ramiro con voz ronca; y asiéndola de un brazo con todas sus fuerzas, le dio entonces un verdadero ósculo de amor en los labios.

Doña Inés le miró a la sazón conmovida, y vio que sus ojos brotaban llamas, que sus labios estaban cárdenos, que todo su semblante denotaba los impulsos mal reprimidos de una pasión desatentada, ciega, al parecer irresistible.

Mirole y tembló, y en aquel punto mismo, tornó a desaparecer su alegría, y sin saber por qué prorrumpió de repente en un copiosísimo llanto.

-Qué, ¿lloras, mi amor, lloras? -dijo don Ramiro, recogiendo las primeras lágrimas que rodaron por las mejillas de doña Inés, con sus propios labios.

-Lloro -respondió la reina-, porque claramente veo ya que es imposible que vivamos más juntos.

-¡Imposible!

-¡Imposible, ay de mí! Sí, imposible; este arrebato de pasión que estáis sintiendo pasará pronto, y en el propio punto que pase, os arrepentiréis, y aunque sea tan sin culpa mía, llegaréis a aborrecerme del todo, por haberlo excitado en vos.

Un verdadero torrente de lágrimas descendía en tanto por las mejillas de doña Inés, que se había levantado ya y tendía los brazos trémulos hacia el cielo.

La luz de la razón alumbró entonces de repente a don Ramiro, y exclamó cubriéndose el rostro con las manos:

-¡Infeliz, infeliz! ¿Qué hago? ¡Mujer fatal! ¡Ah, triste de mí!... -y saltando también del asiento se alejó largo trecho.

-Quería -continuó doña Inés entre sollozos- que viviésemos ya siempre como hermanos, como verdaderos hermanos; yo tengo, ¡ay!, valor para eso, ¿por qué no habéis de tenerlo también vos, esposo mío?

-Porque yo soy un miserable, y vos un ángel -gritó don Ramiro dándose a la par fuertes golpes de pecho-. Porque yo estoy condenado irremisiblemente; porque mi carne es flaca, de tal suerte, que no basta el espíritu para refrenarla; porque yo no sé mantenerme en mi deber; porque yo no merezco sino tormentos eternos.

-¡Oh, calmaos, calmaos, don Ramiro! -dijo doña Inés, enjugándose con las manos las lágrimas y dirigiéndose a él de nuevo afectuosamente.

-No, no hay calma para mí, ni puede haberla en este mundo; pero no os acerquéis, doña Inés; vuestra funesta hermosura ciega los ojos de mi entendimiento, y me pone a merced del infierno... Si es verdad que me amáis, si no me aborrecéis de veras, huid para siempre de mí..., que no os vuelva yo más a ver en esta vida.

-Pero es -replicó la reina- que yo no tengo fuerzas para tamaño sacrificio: téngolas para vivir con vos, como con un hermano, fuera del mundo y sus pompas: téngolas para morir en un desierto, y aun para no deciros que os amo; y no las tengo para perderos de vista, para dejar de oír vuestra voz, de sentir vuestro aliento, de respirar el mismo aire que vos respiráis, y al cabo morir con vos.

-Doña Inés, doña Inés, ¿queréis volverme loco? -exclamó desesperado el rey-. ¿No veis que necesito en esto de vuestra ayuda? ¿Por qué me la negáis?

-Y ¿quién me la dará a mí? -respondió la reina otra vez anegada en llanto.

Pero en aquel punto se oyó una gran gritería en el alcázar, y pocos instantes después resonó en las inmediatas salas la poderosa voz del conde de Barcelona.

Y oportunamente aconteció esto para cortar aquel diálogo imposible.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXXI
Pág. 32 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se relata un famoso reto y desafío que, cuando menos se pensaba, tuvo lugar en la renombrada ciudad de Huesca


Por eso fueron traidores
en consejo, hecho y dicho:
por eso riepto a los viejos,
por eso riepto a los niños...
Riepto el pan, riepto las carnes,
riepto las aguas y el vino,
desde las hojas del monte
hasta las piedras del río.


(Reto a los de Zamora)


A la Emperatriz pregunta
le responda por su vida
¿quién era su caballero?


(Romance del Conde de Barcelona)


Los gritos y voces que se oyeron en el alcázar significaban que traían ya en triunfo a la tierna princesa doña Petronila desde la casa del difunto Miguel de Azlor.

El conde de Barcelona la hacía vitorear de los señores de su comitiva; seguíala el pueblo con antorchas, y derramando juncias y flores: todo era júbilo y entusiasmo en derredor de la augusta niña.

-¡Viva Aragón! ¡Viva Cataluña! ¡Viva la nueva reina doña Petronila! ¡Viva el buen príncipe don Berenguer! -tales eran los clamores por todas partes.

Don Ramiro y doña Inés se levantaron a un tiempo, y volaron al encuentro de su hija, olvidándose por un momento de todo al verla y oír las dulces palabras con que sabía ya nombrarlos.

¿Qué tiene de extraño? Al fin, con remordimientos y todo, eran padres.

Y por más que fueran grandes los extremos que en esta ocasión hiciesen don Ramiro y doña Inés, de seguro los lectores de esta historia podrán de por sí imaginarlos, sin necesidad de que empleemos en ello tiempo y tinta.

Después del de aquellas vistas vino el día de los contratos entre el rey don Ramiro y el conde don Berenguer de Barcelona; y luego la jura y coronación, que fueron semejantes a aquellas otras, con cuya relación comienza este libro, bien que más bulliciosas y alegres.

Verdad es que ahora faltaban los mejores ricoshombres aragoneses; verdad que las más notables familias de Huesca estaban sumidas en dolor profundo, y algunas anegadas en llanto.

¿Pero qué le importa nunca al pueblo del dolor de los potentados?

¿Ni qué había entonces de común entre los pobres burgueses, que, sin saber bien por qué, reían y cantaban, y los ricos y poderosos nobles, que con harta razón lloraban y gemían?

Bien dijo el viejo Lizana, tan diestro en todo, menos en evitar la muerte: bien dijo que los burgueses de Huesca eran como los almogávares, enemigos de los ricoshombres, por más que no osasen mostrarlo tan a las claras.

De tal suerte nos suelen representar las viejas y nuevas historias, divididos entre sí a los altos y a los bajos, a los nobles y a los plebeyos, a los ricos y a los pobres, conteniéndose unos por otros, y unos a otros oprimiéndose, hasta dar lugar a que los dictadores o tiranos los igualen en humillación y servidumbre.

A la verdad, no puede llamársele a don Ramiro tirano; y el pueblo de Huesca antes se inclinaba a su causa, aun desdeñándole, que no a la de los ricoshombres, a quienes no podía menos de admirar con frecuencia: no sin culpa de ellos, que no sabían ser afables como valientes, ni justos y modestos, cuanto poderosos en oro, tierras y armas, o ricos en reputación y servicios.

Por su culpa asimismo los aborreció tanto Aznar; por culpa de ellos el hijo de la montaña movió su brazo al hecho terrible que había estado hasta allí pagando con su propia sangre, en el lecho del dolor donde le hemos visto, sin otra compañía que la de Fortuñón y Castana. ¡Fue uno de aquellos magnates tan despiadado para su hermano!

Si los plebeyos hubieran seguido siempre la voz de los grandes, si en todas partes los grandes hubieran sabido atraerse el amor de los plebeyos, jamás el despotismo monárquico habría pesado sobre el mundo, y todos los pueblos tendrían lo que tiene hoy alguno: libertades tradicionales, veneradas, eternas.

Pero nos apartamos de nuestro propósito: estamos extractando una crónica novelesca, que no componiendo discursos políticos.

Íbamos, pues, por la jura y coronación de doña Petronila y don Berenguer, como reyes de Aragón, y no habíamos salido, ni teníamos a qué salir, de los vicios muros de Huesca.

Dio don Ramiro al conde el reino tal como a la sazón estaba y había sido adquirido y poseído por don Sancho, su padre, y los reyes don Pedro y don Alonso, sus hermanos, recomendándole encarecida y piadosamente sus tierras y súbditos. Y obligolos juntamente a ellos, bajo juramento, a guardar siempre la vida y cuerpo del conde, sin ningún engaño, y obedecerle en todo por la fidelidad que a su hija debían como natural señora. Dicho se está que juró en cambio el conde no enajenar parte alguna del reino, y mantener en su fuerza y vigor los fueros, usos y costumbres de sus nuevos vasallos; que no eran gente los aragoneses, aun desacordes y mal unidos como a la sazón andaban, para sufrir que los gobernase hombre que no ofreciese respetar y guardar sus heredadas leyes; aquellas que el consentimiento común daba por justas y venerables.

Por la tarde del día, de clara y venturosa memoria, que ya se llamaba de la abdicación, acudieron los reyes viejos y los reyes nuevos a las usadas justas y ejercicios caballerescos, que más que nunca parecían indispensables en tamaño caso.

Inmenso pueblo rodeaba las entradas, y muchos hidalgos y damas de pro ocupaban los escalones sobrepuestos al palenque, con tal ocasión levantado.

Y eran ciertamente las damas más ricas y hermosas y los más apuestos galanes, no ya de aquellos contornos, sino de toda la montaña pirenaica, y aun de Zaragoza y Barcelona, las que embellecían, o los que coronaban, los andamios. Hasta muy bien mediada la fiesta, nada de particular había acontecido todavía. Sin rumor notable, o percance desdichado que turbasen el ¡Viva la gala! con que asordaban el aire los farautes, ni la alegría del pueblo, tenían ya probadas su gallardía y destreza los mejores caballeros allí presentes de Aragón y Cataluña.

-¡Bona carrera, bona carrera! -gritaban los últimos con frecuencia.

Veíase al par que los justadores aragoneses quedaban muy por debajo de los de la comitiva del conde de Barcelona; con lo cual no faltaba quien para al recordase a los muertos ricoshombres.

-¡Com arremet! -decía a lo mejor un catalán-. ¡Com dona les sperons! ¡Comporta les cames! ¡Y com lo cors sobre la sella!

A lo cual Contestaba cierto aragonés que lo oía con impaciencia:

-¡Oh, si estuviese aquí nuestro Roldán!

-Aun Férriz de Lizana daría harto que entender a los catalanes, con ser sus años tantos -añadió alguna vez otro vecino.

Pero no se oía por de pronto más. La multitud indiferente siguió aplaudiendo a los vencedores y saludando con vayas y desdeñosos motes a los vencidos; ya cuando en un juego tiraban los caballeros al tablado, ya cuando en otro corrían sortijas, ya cuando rompían lanzas sin hierro, repartidos en contrapuestas cuadrillas o escuadrones. Y fueron sobre todo celebrados los caballeros que alanceaban toros, ejercicio poco usado aún, y que se tenía por invención del Cid en ciertas antiguas fiestas de Castilla. Hasta hubo plácemes y vivas para los ciegos que, vendados los ojos, y armados de sendos palos, salieron a perseguir cerdos, haciendo suyos los que tocaban; regocijo con que a modo de moderno sainete se daba lugar al descanso de los caballeros.

De repente el son estridente y robusto de una trompeta sarracena hirió y maravilló los oídos de los circunstantes.

Todos miraron de acá para allá sin acertar nadie con el motivo de aquella novedad extraña, cuando vieron entrar por las puertas del palenque precedidos de un escudero con larga trompeta, horquilla para apoyarla en el punto de tocar, y arrastrando grande luto, hasta quince encapuzados de negro, que traían sendos caballos detrás con arzones igualmente negros, altas y puntiagudas lanzas y escudos triangulares con un fénix por divisa.

Tocó el trompetero nuevamente su melancólico y guerrero instrumento y en medio del silencio que se estableció al punto, gritó con voz desaforada:

-Fijosdalgo, caballeros, barones, quienquiera que seáis, aun de menor guisa, de los que nos han hecho tuerto y deshonra, en la traición y alevosía con que han matado a los principales caballeros establecidos para guardar la persona del rey, que eran de consuno homes honrados de su Consejo, y sus adelantados mayores, oíd, oíd este riepto: Presentes están estos quince caballeros que en corte del rey le demandan os dé a vosotros y vuestros favorecedores, sean cuales fueren, por traidores y alevosos, los cuales caballeros, si por batalla queréis desmentirlos, meterán las manos a ello, haciéndooslo confesar por vuestras lenguas, o lo probarán con mataros o echaros del campo. Licencia, señor rey, licencia para que estos caballeros defiendan a los dichos matadores que son tales traidores y aleves; y vosotros los retados salid pronto a hacer batalla para este juicio de Dios, que con su ayuda, la de la Virgen María y del señor San Jorge, hoy ha de quedar patente aquí que hubo con efecto traición y alevosía en la muerte de caballeros tan honrados. Recoged, recoged estos gajes.

Y diciendo tal arrojó el escudero, que hacía así de faraute, al suelo tantos guanteletes cuantos los paladines eran.

Imposible fuera pintar la confusión que estalló en los andamios y tablados del palenque, al ver entrar a los paladines desconocidos y oír después aquel inesperado pregón y atrevido reto.

Hubo al punto quien sospechó que fuesen los enlutados almas en pena de los ricoshombres. Y de ser esto, por cierto que se levantaban de sus tumbas muy bien pegadas las cabezas a los hombros, ágiles y poderosos como en los mejores días, para amparar su propia honra.

Mas otros, los menos quizá, sustentaban que no debían de ser sino hijos o deudos de los ricoshombres, que retaban, según podían y debían, por sus padres, hermanos o cercanos parientes.

Y mientras tal decía: «Aquel ha de ser Férriz de Lizana», replicaba tal otro: «No será él, sino Corberán, el mayor de sus hijos; y este de aquí puede muy bien ser Fortún, el menor de ellos, que vendrá por Roldán, o por alguno de los ricoshombres, que no dejaron sino amigos o vasallos que retasen por ellos».

De todas suertes, la confusión y la curiosidad eran grandes, y, más todavía que entre la multitud, en la Corte, y en el preeminente y pintado cadalso o tablado, donde asistían los reyes.

Don Ramiro, que durante toda la tarde no había mirado una vez siquiera a doña Inés, fijó en ella los ojos ahora, cual si le pidiese amparo, y los clavó luego en el suelo con espanto. A doña Inés, como mujer al fin, aunque reina, pronto se le agolparon las lágrimas a los ojos, que ni era tardía ni avara en ellas. Tan sólo el conde don Berenguer conservó aparentemente su serenidad y buen humor ordinario.

-Pardiez -dijo-, que son los quince de buena traza, y aun deben de ser lanzas poderosas y virtuosos caballeros. ¡Hola! Garcés, buen escudero, despáchate y ve a decir a esos valerosos paladines que el rey les da luego licencia de meterse en campo, exonerándolos, por lo particular del caso, de toda amonestación y consejo, y dispensándoles, por virtud de su potestad real, el plazo acostumbrado.

Ya había partido el mensajero, cuando añadió:

-Todo esto digo, con vuestra venia, don Ramiro, y júroos, por los negros ojos de esta mi dama niña, que por mi propia persona quisiera experimentar qué tal sonaban algunos de los hierros que tras de sí traen en mi armadura. Bienaventurado aquel que mostraret hoc verum esse per sacramentum quod defenderet per duellum, como decía el pergamino aquel que por delante me pusieron en cierta discordia de caballeros sabidores de leyes; pero ya aquí ahora, judicatum est decerni per duellum.

A nada de esto contestó don Ramiro, aunque más debía de entender de tales latines que el conde mismo, el cual los repetía sin saber quizá su exacto sentido, como ayudan no pocos a misa en nuestros días.

Y el negro trompeta, en el entretanto, volvió a tender sobre su horquilla el interminable instrumento, sopló, cual suele decirse ahora, de lo lindo, y luego que aquel sonó largamente, repitió el reto.

-Traidores serán los hijos cuanto sus padres, si es que lo son esos de los ajusticiados -dijo a la sazón, de modo que se le oyera, y no lejos de las personas reales, un cierto hidalgo aragonés, cortesano viejo, y anheloso, por mostrar adhesión al de Barcelona.

-No, por Dios, no lo son ahora -respondió este al punto- en defender la honra de sus padres, y procurar que resucite la suya propia. Y cierto que antes es de loar el deseo que traen de esclarecer en este reto y juicio de Dios, si fue o no justo el tal castigo, que yo en lugar de ellos hiciera otro tanto. Ya veréis cuán ciertamente dice aquí Dios hoy, cúya es la justicia, y cúya la injusticia: que yo no sé que en casos tales deje de decirlo jamás. Todo honrado caballero ha de ser amigo de estos tales juicios de Dios, precisamente. Y en él y en mi ánima que debía otorgárseles batalla, según la tienen ya acordada, dejando que pase el hecho adelante.

Calló avergonzado el cortesano, mas no por eso parecía que hubiera de hacer buena el suceso la opinión del conde. Porque a la verdad, si los de los capuces se mantenían plantados allí, mostrándose muy bien dispuestos al combate, y ni la trompeta ni la voz del retador enmudecían, no se descubría hombre ni caballo en derredor que pareciesen encaminados a entrar en liza respondiendo al reto.

Quizá tenía esto previsto el buen conde de Barcelona, porque bien que mostrase talante alegre y aparente indiferencia, viósele desde el principio cuchichear con Pedro de Fivallé y algún otro familiar de menos cuenta, encomendándoles algo que ambos se prestaron sin demora a cumplir, desapareciendo del tablado, aunque por su lado cada uno al tiempo mismo.

Pero el público, poco paciente en todos los siglos, murmuraba, en el ínterin, por acá y por allá que nadie se presentaría al combate, como no se había presentado hasta allí en la estacada ni retado ni campeón alguno.

-Ahora se verá -decía ya uno en los andamios, haciendo corro con caballeros aragoneses-, ahora se verá por esta prueba cuánto eran inocentes y leales los ricoshombres, y cómo son aleves sus matadores.

-No diré tal yo -respondió un joven infanzón-; mas no temo afirmar con todo eso que justo o injusto no habrá en Aragón caballero que quiera hacer campo por mantener lo primero, según se acostumbra en todo el mundo cuando siquiera es la razón dudosa en tan difíciles casos.

-Así es la verdad -añadió un tercero, que por el porte y traje parecía de mediana fortuna-. Aquí me tenéis a mí que pienso que el castigo fue justo, porque todo querían gobernárselo ellos de por sí, sin otros títulos que ser más ricos o más viejos, no mirando que corría por Aragón tan buena o mejor sangre que la suya. Mas, con todo eso...

-¡Ah! Sí, con todo eso -continuó otro, interrumpiéndole- no sostendríais tal opinión con la lanza, porque no parecía eso bien en ninguno de los castillos roqueros ni casas fuertes del reino. Y harto bien se comprende, que cierto pienso otro tanto yo.

-Y yo, y yo -dijo a la espalda una voz.

-Eso mantengo -añadió otro.

-Y yo, y yo -repitieron no pocos de los que podían oír aquella plática.

En otro lugar, un poco más apartado del que ocupaban estos aragoneses, hallábanse varios caballeros catalanes, los más de los cuales habían acompañado a don Berenguer desde el llano de Lérida.

-¿No saldréis vos a mantener el campo? -dijo uno de ellos al que tenía más cerca.

-No, por cierto -respondió este, añadiendo a su vez con tono irónico casi al propio tiempo: -¿Y vos?

-Tampoco -contestó el otro.

-¿Cuánto ha que os dejáis rogar para hacer campo y batalla, buenos caballeros? -exclamó uno de luenga barba negra, mirando a varios de los concurrentes-. No era así eso cuando andábamos juntos y por cualquier niñería solíamos trotar armados a espaldas de Santa María del Mar.

-Ni fuera hoy así -le replicó uno de los oyentes-, a presentársenos en Barcelona trance tal. Porque ¿pensáis -añadió, acercándose a su interlocutor-, pensáis, temerario caballero, que esta sea causa en que pueda poner mano un catalán honrado?

-Aut in campo aut in cruce, tengo yo para mí que fue traición la de los muertos y que pueda muy bien probarse -dijo un clérigo, con agria voz, e interviniendo en la conversación sin que nadie le llamase.

-Eso el juicio de Dios lo habría de decir -respondió a los dos precedentes interlocutores el barbinegro-; y yo en todo caso al campo y no más me atengo.

A tal punto llegaba la conversación cuando nuestro bien conocido Pedro de Fivallé se acercó a los caballeros que en tales discursos andaban, y les dijo:

-Manda nuestro buen señor el conde que os avise y declare que otorga cumplidísima licencia y permiso para hacer campo a cualquier hombre bueno y caballero de Cataluña que quisiere lidiar sobre esta querella. Sabéis no embargante que de él mismo sería tenido por malsín y aleve quien a combatir se prestara si en su ánimo no tuviese por justa la causa como lo es.

-Eso nos salve -dijo uno-. Ve, pues, y respóndele a nuestro buen conde que prontos estamos a lidiar, si él a todo riesgo nos lo manda; pero que, de voluntad propia, no nos permiten que lo hagamos nuestras buenas conciencias.

-Lo propio me acaban de contestar ciertos caballeros de Aragón, a quienes me ha enviado asimismo don Berenguer de parte de su rey don Ramiro -dijo oficiosamente Fivallé, y partió con la respuesta.

Al oírla, y ver que las horas pasaban en vano, sin que ni un solo paladín entrase en la liza, la alegre y serena faz del conde de Barcelona se fue ya nublando y las arrugas que tal cual vez se dibujaban en su frente comenzaron a parecer hinchadas y como preñadas de ira. De cuando en cuando volvía los ojos a don Ramiro, y la postración de aquel encendía más y más el fuego de su sangre, mientras el profundísimo dolor de doña Inés, la cándida sonrisa de la princesa doña Petronila, los murmullos de la plebe impaciente, que ponía de nuevo en tela de juicio si habría sido o no justo el castigo de los ricoshombres, todo le impulsaba, según podía juzgarse, a una resolución desesperada.

-Oídme un punto en puridad, don Ramiro -dijo al fin.

Don Ramiro alzó los ojos tristemente.

-Ayudadme en lo que os toca, procurando sólo disculpar mi partida, o hacer de modo que no me echen siquiera por un breve plazo de menos. En cuanto a mí, voy a tomar mis armas, que téngolas ya mandadas preparar por si acaso, para derribar por mi persona a esos campeones arrogantes; que los varones de mi casa eso y más sabrán siempre hacer, y hoy ha de quedar por ante notario, y en presencia de todos los caballeros honrados que aquí hay per bo e per lleyal e per quiti, aquel que para serviros bien quitó de este mundo a los osadísimos magnates.

-¿Y si os mataran? ¡Oh! ¿Qué va a ser de nosotros? -exclamó don Ramiro, asustado.

-Este ha de ser juicio de Dios -repuso don Berenguer-. ¿No sabéis que es infalible su justicia? Él peleará por el bueno y humillará a los malos.

-Pero el malo, el más malo, el peor de todos soy yo -dijo no sin gran suspiro el rey.

-¡Que eso penséis! -contestó don Berenguer-. Para mí tengo que los dichos ricoshombres están ya condenados por malos pecadores en la otra vida.

-Pero yo lo estoy en esta, yo lo estoy ya en esta: tan condenado como haya podido estarlo cualquiera... ¿Creeríais -añadió bajando la voz- que todavía me hubiese dejado vencer de la lujuria? Pues he estado a pique de repetir no ha mucho aún el más mortal de todos los pecados.

Y diciendo esto miró a la llorosa doña Inés con horror, y con disimulo se dio dos golpes de pecho.

-Idos a un fraile, que no a mí, con esas -repuso don Berenguer, que en otra ocasión se habría reído a carcajadas del escrúpulo, ardiendo entonces en cólera-. Daos buenos golpes de pecho, que yo por mi parte voy a defender a mi dama y mi reina, según me toca hacerlo. Armas son estas mías no de las voluntarias, sino necesarias. ¿Queréis que queden nuestros contrarios vencedores en este juicio de Dios, y en él sea declarado por alevosía, lo que fue, todo lo más, un tantico rigurosa justicia? Si no ponemos de nuestra parte la sabia sentencia, que no deja Dios de pronunciar nunca en la prueba solemne del combate, ¿qué autoridad tendrá en adelante el trono? ¿Qué respeto vuestra hija? Los mismos que os han ayudado a recobrar el cetro, que malamente habíais perdido, se conjurarán contra el de la princesa; y trocaranse en dolientes de ello, muchísimos que hoy parecen enemigos de la memoria de los ricoshombres. Tal es la gente, don Ramiro: yo con ser mozo bien sé estas cosas, porque he procurado aprovechar las lecciones de mi padre.

-¿Y así vos -replicó el de Aragón todavía- habréis de poneros de igual a igual delante de cada uno de esos vasallos?

A lo cual respondió el conde:

-Reys o fills de reys per que exercint actes militars no son mes que cavallers; tal es el fuero.

-Haced, pues, lo que os plazca -contestó don Ramiro-, que en verdad, a mí nada se me alcanza en esto del reinar, ni ya lo quiero tampoco. Protéjaos Dios y haga que sea este el último día de mi infeliz reinado, cual tengo dispuesto.

-Ya veréis qué traza me doy para descargar acero de esas acémilas, a estilo de Alemania y de Hungría.

Y en esto, el público prorrumpía ya en voces que sonaban hasta a irrespetuosas. Don Berenguer no hablé más, sino que rápidamente se deslizó entre los cortesanos, seguido de los celebérrimos Yussuf y Assaleh, que aquel día parecían más galanes que otras veces, y con alfanjes más recorvados, más anchos hacia la mitad, y más brillantes que nunca. Armáronle entre uno y otro bien pronto, como que armas y caballo estaban dispuestos, de resultas del aviso anterior; y, mientras tanto, al decir del cronista, cantaba alegremente a media voz el paladín coronado este romance viejo, en lenguaje mucho más anticuado aún, y que no copio al pie de la letra del códice mozárabe por hacer más inteligibles los versos, que no eran otros sino aquellos tan popularizados después:


¡Ah, mal haya el caballero
que cabalga sin paje,
si se le cae la lanza
no tiene quien se la alce,
y si se le cae la espuela
no tiene quien se la calce!


Dio luego, a Fivallé en particular, ciertos pergaminos que sacó del seno, y llevaba siempre consigo en las arriesgadas empresas y aventuras que a cada paso solía acometer. Sin duda se contenía en ellos su última voluntad; y en verdad que no era preocupación sobrada esta vez, cuando, al parecer, había de lidiar él solo contra quince defensores o campeones. Antes de salir, en fin, de la tienda o pabellón en que se hallaban los príncipes, por aquel instante retirados de la vista del público para despedirle, dulcemente puso, sus labios en la frente de la reina niña: era el primer beso de esposo.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXXII
Pág. 33 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Donde se pone tan en claro como suele andar el sol a mediodía que fueron aleves los ricoshombres


Il frappe si fort que la pointe tout entière sort de l’autre côté.
...Il lui brise l’écu et lui rompt les mailles du hambert
lui fait entrer dans le corps les pans de son gonfanon,
et, à pleine lance, l’abat mort des arçons.


(La Chançon de Roland)


Abajan las lanzan delant’los corazones...
Martín Antolínez, metió mano al espada.


(Poema del Cid)


-¡Oh, alma fuerte e ingenio de buen humor! -no sin razón exclama al comenzar este capítulo el cronista. Nadie en lo uno ni en lo otro igualó jamás, como el romance dijo, a


¡este conde don Ramón
flor de la caballería!


Ninguno de los espectadores del reto contaba ya que hubiera quien lo aceptase, cuando


ya que el plazo se cumplía
armado de todas armas,
bien a punto se ponía,


el inesperado campeón que al fin había de venir a batalla con los retadores.

Pero no bien sonó la trompeta del conde, todos comprendieron antes de divisarle que alguien acudía al campo. De allí a poco entró ya el que se daba por retado en el palenque,


en un caballo morcillo,
muy rijoso en demasía.


según viene a decir el texto original del romance en la crónica, seguido de un fiel de fechos o notario de Huesca, que parecía de mal talante y como si antes que el propio gusto las amenazas le trajesen. Todos los ojos, añade el mozárabe, se fijaron en el campeón, pero ninguno supo conocerle.

Venía sin mote ni divisa, trayendo el puntiagudo bacinete o casco normando, que fue de general uso antes de las Cruzadas, encima de la capucha de aquella cota de malla primitiva, forrada de anillos gordos y toscamente juntos, que antes que en otras naciones debieron de tomar de los árabes que la inventaron nuestros guerreros españoles. Bajaba por delante del bacinete hasta tocar con el labio superior por medio de una pieza de hierro, que formaba parte intrínseca de él, ancha cuanto la distancia entre ojo y ojo, y más hacia la boca que hacia la frente, con lo cual, y el embozo de la capucha de malla, que subía hasta el labio inferior, defendiendo casi totalmente las mejillas, ocultábase el rostro de manera que era dificilísimo dar por él con la persona. El escudo era alto, no muy ancho y en forma de cóncavo canalón, al modo romano, con el cual hasta la misma barba se cubría. Cosa sabida es, sin duda, que los hombres de armas entonces no se solían encerrar totalmente la cabeza en hierro, como hicieron después, a la usanza de los antiguos gladiadores.

Mientras todos se fijaban inútilmente en el recién venido, llegó este al sitio donde estaban los mantenedores, y, con majestuoso continente y reposada voz, dijo:

-Tened por alzados del suelo todos esos gajes, caballeros, y quien quiera de vosotros ser primero en la lid, salga adelante.

-Don Jaime -gritó al paladín que se movió antes otro de los que venían con él-: tened, y averigüemos primero si ese hombre no es persona vil, sino nuestro igual, y con quien podamos venir al juicio de Dios, sin contravenir a los buenos fueros y costumbres de Aragón.

-Y ¿cómo sé yo que vosotros seáis mis iguales? -replicó el recién venido con firme acento-, ¿ni quién os mete en averiguar si soy caballero o no, cuando yo no sé si sois personeros, que aquí asistís contra fuero, si agraviados, si deudos, ni he preguntado siquiera vuestros nombres, cuanto más vuestros linajes? Digan luego las obras quién somos.

-Bien habla, valeroso don García -repuso el don Jaime-; que puesto que nosotros no estamos para descubrirnos, ni hace falta, por fuerza hemos de aceptar el combate tomando por igual nuestro a cualquiera en este trance. Demás que todo vasallo puede, en ley de caballería, sacar la cara por su señor si está este impedido para aceptar un reto, y bien sabe Dios que lo está el que sin duda ordenó las injustas muertes.

Y no hubo más sino que rasgó luego don Jaime su largo capuz, quedando, no en armas lucidas, como Arias Gonzalo en parecida ocasión, sino, con cota de armas de negro cuero, cubierta, por defensa, de espesos anillos de hierro cosidos a la misma piel en figura de gruesas lentejas. Montó en el caballo arzonado de negro también, que le presentó su escudero, tomó de él la lanza, que llevaba una seña a manera de grímpola igualmente de jerga negra, embrazó el triangular escudo normando, y trotó hasta plantarse enfrente de su adversario.

-Paso, paso, no ha de ser así, sino con sujeción a las reglas de caballería, leyes y fueros, este encuentro y batalla; paso, si queréis tener seguro el campo, como buenos caballeros.

Así gritó en aquel propio punto a los contendientes uno de los dos jueces de la estacada, los cuales de antemano sabían por el mensaje del conde que el rey daba licencia para la lid, y que, bien que elegidos sólo para intervenir en el juego de armas corteses, también eran hombres de espantarse de los verdaderos hechos de armas, ni de excusar su oficio en formales y sangrientas ocasiones. Tiempos eran estos en que con frecuencia solía suceder, como dijo luego también el romance, aquello de que


las cañas se vuelven lanzas.



No podía ser de otro modo, ciertamente, cuando el valor y la fuerza eran la ley común de las cosas humanas y todo, por uno u otro camino, se sometía a su imperio.

Detuvieron con dificultad ya el arranque a los poderosos bridones que montaban ambos contendientes; mientras, se les tomaba a ellos y todos los demás paladines el juramento de no traer hierbas, ni armas encentadas, y el de tener por justa su causa, y se daba una grita y pregón ordenando lo siguiente: «Que ninguno fuere osado, por cosa que sucediere a cualquier caballero, de dar voces o aviso, o menear mano, ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua, y por hacer seña le cortarían la mano».

Hecho esto, los propios jueces o fieles mandaron sonar toda la música que allí había, con grandes estruendos y en el rasgado tono de romper batalla; y un rey de armas gritó tres veces, y arrojando a la última uno de sus propios guantes, el laissez aller.

Entonces, lanza en ristre, partieron a encontrarse los dos caballeros; con tan triste suerte para el de las negras armas, que, dándole su adversario por el poco espacio de rostro que en aquellas armaduras quedaba indefenso, le metió todo el hierro por el ojo izquierdo hasta los sesos, haciéndole saltar el ojo del casco, y dejándole clavado un palmo de su lanza rota.

La curiosidad con que hasta entonces asistió al imprevisto caso el auditorio, se convirtió de repente en admiración o espanto. Nadie, sin embargo, se atrevió a aplaudir al vencedor, por compasión al caballero infeliz, que tan pronto había mordido la tierra.

En este punto dijo el conde a grandes voces, disimulando cuanto pudo la voz, algo parecido a aquello de


-Esto os haré conocer,
ansí como estoy armado,
y lidiaré con aquellos
que no quieran confesarlo,
o con cinco, uno a uno,
como en España es usado.


o con todos -añadió dejando ya el romance- cuantos mantengáis que fueran homes buenos los magnates castigados.

Pero no bien había pronunciado tales palabras y, cual suele decirse, en un abrir y cerrar de ojos, otro guerrero negro ocupó el lugar del muerto. Ni tardó en oírse nueva señal, ni tardaron en partir los caballeros; mas no se encontraron en las dos primeras carreras, por culpa del caballo que traía el de las negras armas, que no quiso arrancar derechamente, por más esfuerzos que su jinete hizo para ello. Al cabo se toparon a la tercera vez, y con no menor fortuna para el que pleiteaba en contra de los ricoshombres; porque hiriendo a su contendor en medio del pecho, resbaló de allí el hierro y le entró por debajo del sobaco izquierdo, donde no traía hierro el desdichado, sino sólo cuero, por lo cual le hizo una grande herida, pasándole un buen trozo de lanza de parte a parte el antebrazo, y derribándole con la fuerza del dolor en tierra.

Al ver que el hierro de la lanza rota le salía por el pecho y la espalda, y notar que no movía brazo ni pierna, los circunstantes le tuvieron también por muerto. Pero el rey de armas y un faraute le cataron o registraron, hallándole con herida que no parecía mortal; bien que por la respiración y el pulso comprendieran luego que, al caer del caballo, había perdido el sentido del golpe que dio con la cabeza en tierra.

Diose naturalmente por vencido a aquel segundo retador; y el pueblo, libre esta vez de parecer angustiado, se dejó llevar de su afición, prorrumpiendo en clamores de aplauso al caballero sin divisa. Como ninguno llevaba el solitario campeón, y sus contendores traían todos un moñudo fénix multicolor en la cota de armas, comenzose a apellidar a aquel así por todos lados desde entonces. Luego, tras los aplausos al vencedor, vinieron vayas de desprecio al malhadado escuadrón de los capuces. Todo en su caso y lugar como en los toros de ahora.

-Callad, villanos -dijo uno de los enlutados-, que ya haré de modo que por mi persona rescate los pasados vencimientos.

Y quitándose el capuz, cual sus predecesores, y tomando caballo y lanza, se adelantó a ocupar el puesto del recién caído, sin que por el orden en que estaban le hubiese llegado la vez.

Sonaron de nuevo atabales y trompetas, oyose otra vez el laissez aller, y los caballeros partieron uno contra otro. Al recio encuentro, volaron las lanzas en trizas, pero en esta ocasión sin que ni uno ni otro vacilara en los arzones.

Una aclamación inmensa se oyó por todas partes viendo ya igualado, al parecer, el combate; y el general interés se acrecentó con esto todavía más.

Volvieron a arremeterse los caballeros con nuevas lanzas, y también las hicieron astillas, y el furor de ambos fue tanto, que, precipitándose uno sobre otro en la carrera, llegaron a chocar sus propios cuerpos, estando en poco que del encuentro no midiesen los dos el suelo.

Fue este contendedor de los quince el que puso por algún espacio el juicio en duda, pero también cayó al cabo, y según dice casi textualmente la crónica, que lo más de este capítulo lo pone en versos de los que con cortas variaciones se leyeron después en los Romanceros.


siete lanzadas tenía
desde el hombro al calcañal,
y otras tantas su caballo
desde la cincha al pretal;


que eran hartas señales para probar el encarnizamiento con que allí peleó el vencido.

Otros dos ocuparon el puesto de los caídos, y por modos diferentes sucumbieron; pero el vencedor, después de haber derribado los cinco jinetes, que el uso de España le obligaba a rendir por sí solo, comenzó a moverse algo tardamente, cual si le aquejase la fatiga. Muchos del concurso comenzaron a clamar, a voces, sin respeto al pregón, que el retado había ya de sobra cumplido con su deber y que el lidiar con más de cinco, era, con efecto, contrario a nuestras leyes de caballería.

-Por San Jorge -dijo, entre tanto, uno de los catalanes, con quien poco antes hemos trabado conocimiento-, que no hay mejor lanza que esa en todo el mundo, y es gran dolor que su mala causa no nos permita ayudarle.

-¡Mala causa! -respondió el barbinegro, que tampoco nos es desconocido-: mirad si puede serlo una que consiente a su campeón derribar cinco honrados caballeros tan seguidos. No he visto igual caso en mis días.

-Tampoco he visto yo -repuso otro- que Dios deje tan solo a quien defiende buen derecho: el campeón valiente es, sin duda; pero claro está que Dios quiere que muera. ¿Ni cómo es posible que él sólo resista tantos encuentros? Reparad en su maltrecha y mohína apostura; quizá el primer hierro que dé en él le eche por tierra. Y ¿quién ha de tomar ya su demanda?

-Yo -dijo el barbinegro, levantándose súbitamente-. ¿No reparasteis en aquel postrer bote de lanza? Pues para mí tengo ya quién es el que los sabe asestar así en caso de apuro: dame eso indicios de quién sea el buen caballero, que ha desaparecido de otro lugar, tiempo hace, y está comprometido en la liza más de lo que pensáis todavía. Y puesto que no hay rey que mande cesar esta lid desigual, allá voy yo cuando menos, si no a vencer, a sucumbir también en la demanda.

-Pero reparad que si os conocen corre gran peligro vuestra persona: aquí mismo es, en este tablado, y parecíame a mí ya imprudencia que estuvieseis -le advirtió en voz baja un circunstante.

-No importa -respondió el determinado caballero secamente, y partió cual un rayo.

No muchos momentos después, ya no era uno, que eran dos los caballeros opuestos a otros tantos acusadores vestido el segundo con armas casi idénticas al primero. Y como si un mismo pensamiento hubiese brotado en dos personas a un tiempo, o la fortuna quisiera de una vez ponerse al lado del solitario caballero, antes que aquel nuevo campeón, que destrísimamente peleaba, y se revolvía también en un brioso alazán, rompiese lanza, apareció en su favor otro tercero, no de tan apuesto continente por cierto, ni tan bien armado, ni mucho menos tan hombre de a caballo cuanto sus compañeros, pero en la apariencia no menos ardido y esforzado. No traía este ningún linaje de casco o celada, sino la capucha sola del largo saco moruno de malla de hierro, que le pasaba de las rodillas, espada corta, mucho más que la de los demás contendores, y tosco calzado. Ágil a maravilla en su persona, todo lo más parecía hombre de armas de cualquier mesnada, que no particular y buen caballero.

Pero nadie estaba allí para reparar en tales menudencias. Ni siquiera tomaban ya los jueces del campo los usados juramentos. Todo el mundo simpatizaba con el caballero que de por sí solo había tomado a su cargo tamaña empresa, y tan lucidamente la llevaba hasta allí a cabo. Quienquiera, pues, que acudiese en su favor, seguro estaba de ser bien recibido, así por los jueces del campo como por el vulgo. A la verdad, los primeros, y la generalidad de los cortesanos, desde los principios entendieron bien la importancia política de aquel juicio de Dios, sobre todo los catalanes, tan interesados por la causa de la reina niña y del conde. Hasta se susurraba ya, por todas partes, que este último y no otro era el solitario y valerosísimo campeón. Los tres retadores, en suma, contaron de allí adelante con casi universal aprobación.

A todo esto, y mientras que sus dos auxiliares en traban en liza, el sin divisa tuvo que pelear con otros dos. Grande fue la fortuna con que dio todavía. Después de derribar a los cinco primeros adversarios con no muchos motes de lanza, según se ha visto, partió tres veces sin resultado contra uno de ellos, y hubo de poner mano a la espada. Valiole para echarle por tierra sin sentido de una gran cuchillada de revés sobre la capucha de la cara, el que su adversario esgrimía el hierro con mucha menos destreza que él y parecía menos suelto en el manejo del caballo. Con el otro contendiente hizo también un falso encuentro, y sin duda atribuyéndolo a culpa de su caballo, que no arrancaba como al principio, echó pie a tierra. Viose, con efecto, que el rendido era el caballo antes que no él, porque espada a espada combatió con aquel nuevo adversario hasta rendirlo, con muy graves estocadas, sin muestra de flaqueza. No obstante, a los peritos en casos tales no les cabía duda de que también él estuviese cansadísimo. Por eso, sin duda, los más valientes de los acusadores tuvieron algo a menos medirse con él y fueron en adelante a buscar a los que llegaban de refuerzo, de suerte que no se las hubo ya sino con otros dos de los más jóvenes y más flacos.

Cuando hubo vencido a pie al último de ellos, y héchole desmentir puñal en mano de su acusación y demanda, volvió los ojos en derredor buscando para sí nuevo enemigo, pero no encontró ya ninguno.

Sólo vio aún en pie a dos de los caballeros acusadores que todavía lidiaban desesperadamente con sus dos compañeros.

De estos el uno permanecía montado, y peleando lanza a lanza el otro tenía su caballo a pocos pasos tan sano y descansado, como si no hubiera llegado a servirse de él, y combatía a pie con la espada. El sin divisa, apoyado sobre su espada, roja de sangre la espuela que manaba de la ijada del caballo allí cercano, rojo también el petral y la cincha de este, y casi hecho pedazos el freno, se puso entonces a observar los diversos trances de aquella doble lid, en que bien podía tocarle parte todavía.

-Malsín -gritó de pronto, al ver que uno de los del fénix venía a toda rienda sobre el que peleaba a pie-. ¿Cómo no tiras la lanza, y del caballo te derribas y peleas de espada a espada con ese buen caballero que tienes delante? ¿Así osas lidiar con ventaja delante de hombres honrados?

No debía de ser muy grande con todo la que el interpelado alcanzara así, porque en aquel momento mismo fue vencido por su adversario.

Este esperó a pie firme el arranque del caballo, bien embrazada su rodela de cuero, y, hurtando el golpe de lanza. Dando luego instantáneamente un salto, sepultó su espada, hecha ya una sierra de tantas cuchilladas como a diestro y siniestro repartiera en el pecho del bruto generoso, que cayó al suelo, no sin aprisionar con su cuerpo al jinete, que no pudo levantarse sin dificultad, ni se habría levantado de ningún modo a no tardar algo, cual si tuviese herida que gravemente le molestase en el cuerpo, su adversario.

Muchos del concurso, avezados a tales ejercicios y combates, en voz alta se maravillaban de la extraña resolución del campeón, que, sin motivo aparente, se había derribado en el primer encuentro del caballo, tirando lejos la lanza, y más todavía de que por aquella propia manera hubiese vencido a sus dos primeros adversarios. Y, lo mismo que sobre estos había caído luego como un rayo, en bastante parte descubierto, para no ofrecer, según sabemos, en casos tales, defensa alguna, pensaban que haría con su tercer contendedor, matándole fácilmente.

Pero este último, a quien tan inesperadamente había apostrofado el conde, era hombre qui moult fu grantz, según observó uno de los espectadores, al parecer francés. Fiado, pues, en su aventajada estatura y grandes fuerzas, echose sobre nuestro campeón de a pie y dio con él al punto en tierra, poniéndosele encima. Todos le juzgaban ya vencedor, cuando el caballero transpirenaico, que debía de tener perspicaz la vista, dijo, tornando la cabeza a los que tenía detrás:

-Un costel prist a son costé... en ad frappé.

Y muy poco después:

-En son corps lui ad embatu per force le cotel agu.

Todos, sin saber el francés de entonces, se hicieron bien pronto cargo de lo sucedido, porque instantáneamente se puso el que parecía vencido en pie, haciendo a todos patente su victoria.

Y entre tanto, el otro caballero mantenedor había dado al primero de sus contrarios tan gran herida de lanza, que le falseó todo el escudo, y le quebrantó el arzón de la silla, parando al jinete tal, que después de bambolearse unos instantes, cayó al suelo, donde, estuviéralo o no, parecía muerto. Al segundo, a quien se le encabritó en un encuentro el caballo, le alcanzó su lanza por las faldas de la cota de armas, de ambos lados abiertas, según el uso, y caídas a un lado y otro del arzón por iguales partes, atravesándole el muslo, y la silla hasta penetrar en el cuerpo del bruto, el cual se dio a correr desbocado por el campo. Persiguió al desventurado caballero su enemigo, espada en mano, hasta que, perdidos los estribos, y saltando su caballo por las tablas que cerraban el palenque, quedó aquel echado del campo, y por consiguiente, vencido.

Al punto en que se puso a observar el conde el estado del combate, peleaba su primer auxiliar con el postrer caballero del fénix, que podía tocarle en suerte, al cual bien poco después de soltar el capuz negro, y tomar armas y caballo, le desarzonó de un soberbio golpe de lanza; pero estando su contrario muy en sí, todavía hubo de luchar con él cuerpo a cuerpo, y no queriendo desmentirse después, dio lugar a que con la daga de misericordia lo matase.

-¡Dios mío! -exclamó el primero de los mantenedores cuando vio aquel último trance de la contienda-, ¿quién es ese que así maneja las armas? -y dirigiéndose al victorioso jinete, le dijo-: Paréceme que nos conocemos, y que sabéis harto por quién habéis lidiado, señor caballero; ¿no podríais decirme, pues, vuestro nombre?

-No he de decirlo, mi señor, sin que me concedáis antes el perdón que pido.

-¿Perdón decís? ¿No acabáis de merecer mi agradecimiento y el de todo Aragón, con ayudarme a mostrar que fue justo el castigo de los rebeldes vasallos del rey? ¿No os debo a vos y al que está con vos la vida, porque de cierto no habría podido ya resistir muchos encuentros?

-Mas es, señor, que he sido yo como quien más rebelde.

-Y ¿no pensáis que acierte a excusar mi buena amistad vuestra mala rebeldía?

-Pero es, señor, que también he sido ya amigo y amigo ingrato.

-Para mí, sin duda.

-Para vos precisamente.

-Luego sois... Sois Dapifer... Sois don Guillén... Ya veis que no he olvidado vuestras lecciones en armas... ¿Mas qué me habláis de perdón? Con lo que por mí habéis aquí hecho, no sólo lo pasado se me olvida, sino que nuevamente os cuento por amigo. Mi senescal sois, y demás tened por vuestra de ahora para adelante la villa de Moncada, a fin de que en ella fundéis apellido y casa ilustre que recuerde al mundo la gran parte que habéis sido para acabar esta jornada. Devuélvoos, en suma, toda mi gracia... De vos depende, el Dapifer, alias de Moncada, no perderla ya nunca más.

Dicho esto, tendió su mano, que Dapifer se arrodilló delante del concurso para besar. Al propio tiempo se quitó el bacinete el conde, y gritó todo el pueblo entusiasmado:

-¡Es con efecto don Berenguer! ¡La flor de la caballería! ¡El príncipe de Aragón! ¡Es el rey de Aragón! ¡El conde de Barcelona!

Tales eran los gritos diversos.

Don Berenguer, en el ínterin, sin hacer alto en ellos, se dirigió hacia el otro caballero, que estaba en pie y con su capuchón de malla calado todavía.

-Y vos -le dijo-, ¿quién sois que tan valerosamente me habéis asistido también?

-Soy, señor, uno que merece perdón por haber usurpado, aunque sin gran fortuna, el nombre y prez de caballero. Pero ¿quién sino yo debía poner, señor, su pecho al fallo de este juicio de Dios? ¡Perdonadme!

Y descubriendo entonces el rostro, se vieron claras en él las pálidas y flacas facciones de Aznar.

-Caballero te he de armar yo ahora mismo -dijo el conde-, ya que tanto tu valentía lo merece. Pero..., ¿cómo osaste venir a pelear tan mal parado y enfermo? Dígote que bien te cuadra por esto sólo ser caballero, y has de serlo en este punto y hora.

-No en mis días, señor -respondió Aznar-. No sientan bien espuelas de oro en los hombres de mi laya; esta tarde misma he tenido que tirar la lanza y dejar el caballo, porque no sé pelear sino al modo que me enseñaron mis padres, y con él me va bien, y no quiero aprender otro, aunque sea el de personas que valen mucho más que yo por las armas. Almogávar he de ser, si lo permitís, toda la vida.

-Pues sé, y haz lo que bien te plazca -respondió el conde-, que para ti, Maniferro, he de ser yo siempre de todos modos, en cambio, y el mismo caso he de hacer de tu valor con hábitos de caballero, que con esotros humildes que sueles traer.

La ira había ya desaparecido de los ojos del conde, y en compañía de Dapifer y de Aznar se salió sonriendo del palenque; mientras las turbas del pueblo se retiraban pensando generalmente:

-«¡Bueno es esto del juicio de Dios! Ya no puede quedar a nadie duda: ni hay más sino que eran de verdad aleves los ricoshombres».

A la par de esto, un buen caballero de Aragón, y diz que deudo de más de uno de los muertos ricoshombres, decía a otro de sus iguales tristemente y acariciando sus canas barbas:

-Por las armas queda ya averiguado haber ellos cometido mal caso. ¡Ah malsines! ¡Quién lo pensara en tan bien nacidos caballeros como eran!

Poco a poco fue dispersándose luego el gentío, y ocupando solas el suelo, como el espacio, las tinieblas; porque apenas había ya dejado tiempo para acabar aquel suceso el día.

Cuando soltó don Berenguer en el ínterin su caballo y subió al tablado lujoso donde habían quedado los reyes, halló todavía allí, rodeada de olorosas antorchas, a doña Inés, que le dio gracias colmadas con una sonrisa de profunda melancolía; y a la infanta, que más cándida y linda que nunca, se puso a juguetear con sus armas: las mismas armas que acababan de mantener la autoridad de su corona. Don Ramiro había desaparecido por su parte, y al notarlo, dijo don Berenguer a uno de sus continuos y familiares:

-Lástima es, porque con esta lealtad espontánea de mi Dapifer, tan opuesta a la tenaz deslealtad de sus vasallos, le habría acabado, sin duda, de enseñar y mostrar todo lo que para regir bien su reino le ha faltado.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXXIII
Pág. 34 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que trata de cosas místicas; es quizá más que ninguno gustoso, por ser el último de los que escribió el mozárabe


Pourquoy fus ie mis en ce monde
Pourquoy ay ie prebistre Fortune
Divant de vince tres immunde.
«Les grans regretz du Prebistre Fortune, par avarice».


(Decir francés)


Mea culpa, mea culpa, mea gravísima culpa.


Ya el lector inteligentísimo habrá comprendido por qué fue la extraña desaparición de Aznar, de que dimos cuenta en el capítulo XXVIII de esta verídica historia. El cronista mozárabe suele hacer cosas como esta, que es dejar de explicar los sucesos cuando tienen lugar; y luego, al cabo de tiempo, hacer de modo que mal o bien se entiendan, sin ponerse a decirlo claramente.

Así debe de suceder ahora con el rey don Ramiro, pues dice que acabado el juicio de Dios salió del palenque, sin saber nadie adónde iba, y no vuelve a nombrarle en su relato. En nuestra opinión, harto deja entender, no obstante, a qué fue y lo que hizo, con el siguiente caso particular que fielmente trasladamos de sus páginas a las nuestras.

Al despuntar el día que siguió al de las justas, y no imaginado juicio de Dios, dice que salieron de Huesca tres hombres; montado uno de ellos, que llevaba la delantera, en una mula, y los otros en buenos caballos. El aparato no era guerrero; pero con todo, bien podía distinguirse desde lejos el relumbrar de las espadas que, los dos que montaban caballos, llevaban pendientes del cinto.

Cualquiera habría dicho que estos eran escuderos de algún abad que caminaba a su iglesia, dado que por aquel tiempo no era prudente viajar sin tan razonable compañía, aun llevando tonsura y hábitos sagrados.

Y que fuese abad el jinete de la mula, no podía decirse de seguro, porque iba muy bien embozado en una ancha capa de lana, toscamente labrada; pero lo de eclesiástico, no podía faltar en él, según el corte de su pelo y el ancho sombrero de tal que traía.

Pues es el caso, que los tres jinetes se encaminaron al cercano lugar de Quicena, y atravesando sus polvorosas y desiguales calles, se encaminaron silenciosamente por la frondosa orilla del Flumen a Mont-Aragón.

Pronto llegaron al pie de la redonda y alta montaña, en cuya cima se levantaban sus altos y almenados torreones; y dejando a la derecha la villa de Mont-Aragón, de que no quedan hoy rastros siquiera, la cual había recibido su nombre del famoso monasterio, comenzaron lentamente a subir a lo alto.

La campana de la iglesia tocaba a misa a la sazón, y sus acentos, despedidos de la alta torre del centro, donde estaba situada, llenaban el aire, produciendo un indefinible sentimiento de melancolía y devoción.

De las vecinas montañas bajaban presurosos los campesinos a oír la misa del alba en el celebrado santuario, y todo lo largo del revuelto camino que a él subía mirábase lleno de gente fiel y pecadora que acudía a implorar la gracia de Dios.

A la verdad hay pocas tan poéticas como la misa del alba en el campo; los himnos espirituales de la Iglesia se juntan con el himno universal de la Naturaleza, aquel que cantan los pájaros de la arboleda y los manantiales de las rocas, y el eco de la soledad que va repitiendo, sin olvidar ninguno, todos los murmullos y todas las voces que se levantan por las vecinas tierras.

Los tres desconocidos jinetes echaron pie a tierra antes de llegar al foso, y se dirigieron al puente levadizo, que entonces estaba echado. La hora y la ocasión los eximieron de toda formalidad, y así nuestros tres caminantes, cruzando un claustro cuadrado, que encerraba en sí un patio pequeño con arriates de flores, entraron en la única y estrecha nave de la iglesia, donde ya había bastante gente esperando la misa.

El que había traído la mula se desembozó al entrar, y se mostró vestido de monje benito; sus dos escuderos (conozcámosles por este nombre), se arrodillaron a la puerta, y él fue a colocarse de rodillas delante del altar mayor.

En el retablo había una tabla con la imagen de Jesús Nazareno, la misma que Sancho Ramírez trajo de la montaña para levantar allí iglesia y fortaleza, que fuese cuartel general, como ahora se dice, del ejército de Cristo.

Delante de aquella imagen milagrosa habían consolado sus cultas durante diez años los sitiadores de Huesca; allí también tomaron aliento para ejecutar tan gran conquista y emprender otras mayores.

El monje no debía de ignorar tales historias, según lo devotamente que tenía puestos los ojos en la imagen y la verdadera contrición que mostraba su rostro.

Oyó misa sin levantarse un solo momento; y, terminada, estuvo aún por largo rato orando. Después se encaminó a la sacristía, preguntó por el venerable abad de la casa. Uno de los acólitos le mostró un confesionario, en donde a la sazón se hallaba practicando santamente su ministerio, rodeado de gran muchedumbre de fieles, que enardecidos en cristiano celo, se disputaban el puesto con acres palabras y descompuestas acciones, no de todo punto conformes con la ocasión y el lugar, mas, no por eso, menos piadosas.

El monje fue allá, y lejos de precipitarse como los otros, aguardó pacientemente a que todo hubiesen acabado. Luego, acercándose al confesionario:

-Padre -dijo-, concededme la gracia divina.

-Hermano -respondió el abad-, gran favor me haríais con aguardar a mañana, porque en verdad os digo que me faltan ya las fuerzas. Hace tres horas que estoy aquí sentado, y tengo más de sesenta años conmigo; conque perdonadme, digo, y volved mañana, que ya oiré largamente vuestras culpas.

-No puedo aguardar más, padre. Hace tres años que aguardo la absolución, y cada día necesito más de ella. Ha muchas noches que no he dormido; voy a volverme loco.

-¡Tres años! -exclamó el abad sorprendido.

-Tres años, sí -continuó el penitente-. Yo soy un mal monje que se casó contra sus votos, y contra sus votos tuvo y gozó algunos bienes; yo soy aquel a quien mandasteis que dejara mujer y bienes para poder lograr y merecer la absolución de tantas culpas; yo soy el mal abad, que a todos los de su orden, por ser en ella el primero, debió de dar ejemplo, y al contrario, por su causa...

-Vos..., ¿sois vos? -dijo el abad, y se levantó asombrado.

-Sentaos, padre mío, sentaos, y oídme por la misericordia de Dios. Soy sólo un gran pecador que viene a pedir absolución de sus culpas. Así me otorguen su intercesión también los santos monjes benitos San Agapito y San Félix de Córdoba; y el insigne mártir San Zoíl, en cuyo honrado monasterio de Santa María de Carrión tantos consuelos tengo recibidos de Dios, cuando no había podido excusarme de la vecina prelacía de Sahagún todavía.

-Decís bien, hijo, que no hermano -respondió el abad, sentándose al poco tiempo-. Quien quiera que seáis, poco importa ante el tribunal de Dios. Acercaos, acercaos más, para que nadie nos oiga.

Y el abad y el penitente hablaron bajo por largo espacio de tiempo. Gemía el segundo de cuando en cuando; sonaba grave, lenta y alterada la voz de aquel; pero nada más se percibía.

Muy grande debió de ser uno de los pecados, no obstante, porque el abad, alzando la voz, de suerte que casi pudo ya oírse en toda la iglesia, dijo:

-Y qué, hijo mío, ¿eso imaginasteis? ¿Tanto os seduce contra vuestros votos la belleza de aquella mujer? ¿Y aun osáis decir que la amáis?

-Padre mío, sí, la amo todavía, y con toda mi alma: es un ángel. ¡Ah! Es imposible verla y hablarle sin sentir por ella el amor que yo siento.

-¡Pecador! -replicó interrumpiéndole el abad-. Mirad que estáis ante el tribunal de Dios. Mirad que es gran pecado el pensar siquiera en lo que habláis.

-¡Oh, perdón, perdón! -repuso el monje sollozando-. Me ha hecho compañía muchas noches, en mis desvelos y vigilias agitadas y medrosas; me ha asistido enfermo; me ha preguntado siempre los afanes que dejaban traslucir mis suspiros; me ha enjugado con su cendal no pocas lágrimas. Ha sido, al fin, por mucho tiempo la compañera de mis desdichas, y es madre de mi hija. ¡Me he separado ya de ella para siempre! ¡No he de volver a verla jamás!

-No basta -continuó el abad-. Procurad también apartarla de vuestra mente, y no acordaros más de ella, si queréis ser agradable a Dios.

-¡Temo, padre, que me sea imposible olvidarla! ¿No os he ya dicho también que es la madre de mi hija?

-Bastará que sinceramente lo deseéis, para que Dios os perdone y preste su poderosa protección. No os acordéis de su belleza; no os acordéis siquiera de su virtud; el enemigo es sutil y se introduce por donde menos se piensa en los pensamientos del hombre. Olvidadla, olvidadla: no hay otro remedio, ya que tuvisteis la desgracia de haberla conocido.

-En cuanto a desearlo, padre, deseándolo estoy ya con toda mi alma; no hay cosa que más desee en este bajo mundo, aunque no lo haya logrado todavía.

-Bien, bien dicho, pecador. ¿Según eso, estáis verdaderamente arrepentido de vuestras culpas?

-Sí lo estoy, padre mío. Diera mil vidas, si las tuviera, por no haber cometido la menor de ellas.

-Pues entonces -dijo el abad-, bien podéis entrar en la gracia de Dios, mediante mi absolución espiritual.

Confesor y penitente hablaron por algún rato todavía, y al cabo, levantándose aquel, pronunció con voz solemne la absolución; tanto, que llamó la atención de los circunstantes.

Un momento después, el monje benito salió de la iglesia y del monasterio, y se encaminé de nuevo a Huesca.

En una de las primeras calles dejó a los escuderos que le acompañaban, y se entró solo en la iglesia antigua de San Pedro el Viejo, aquella que tal se llamaba ya en tiempos de la conquista por los años 1094 de Cristo.

Los dos, al parecer, escuderos, se encaminaron en seguida al alcázar, entrando en él como en casa propia; y las gentes que los miraban pasar, se iban diciendo al oído:

-Ese es el conde de Barcelona con su favorito Moncada.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV

>>>

Capítulo XXXIV
Pág. 35 de 35
La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


De algunas averiguaciones y descubrimientos que no estarían de más, y omite, sin saberse por qué, el prolijo cronista


Sonar gli archi d’ un portico acuti
fa una squilla a rintocchi pereossa:
l’un con l’altro guardandosi muti
atanno i monaci intorno a uno fossa,
atteggiati di cupo dolor.


(Tomasso Grossi: Canto di un Trovatore)


Hasta aquí escribió el viejo mozárabe, cuya relación hemos seguido fidelísimamente, puesto que mucho nos haya dado que hacer con su pesadez y monotonía, y el sonsonete de antigüedad de su estilo, y, más que todo, con la mala letra gótica en que hemos hallado escritos estos pergaminos.

Trabajo nos ha costado también, y mucho, el trashojar y compulsar y revolver libros por acá y por allá, y el recoger detalles y pormenores sobre el fin de algunos de los personajes que hemos conocido en esta crónica.

La princesa doña Petronila, que, como sabemos, contaba sólo dos años de edad, quedó bajo la tutela del conde don Berenguer de Barcelona, después de unirse con él en esponsales de futuro, y de concertarse que se llevaría a término y consumaría el matrimonio en tiempo oportuno.

Y en efecto, este matrimonio se verificó, y los años adelante fueron famosos por España, y por todo el mundo, el rey don Berenguer y la reina doña Petronila, hombre aquel de gran valor y cordura, modelo esta de esposas honradas y de buenas reinas.

Y de Aragón y Cataluña se hizo entonces aquel poderoso Estado, que dio al mundo tanta envidia con sus leyes y tanto pavor con sus armas y conquistas.

Nadie hubiera creído, antes de verlo, que pudiera llevarse a dichoso término; unión que tenía por cimiento un matrimonio concertado entre personas de edad tan diversa. Pero el suceso demostró que la virtud de los príncipes y el patriotismo de los pueblos hace de ejecución fácil lo que más absurdo parece a los ojos descontentadizos del sentido común.

No hubo en uno u otro pueblo quien recordase más en adelante si era catalán o aragonés, ni se diese por vencedor o vencido, por dominado o dominante, por señor o vasallo. Y cierto que es imposible distinguir en las historias cuál de los pueblos lidió más y mejor en los ejércitos de don Berenguer y don Jaime, don Pedro y don Alfonso; cuál de ellos contaba más diestros soldados en las naves de Roger de Lauria, o en los escuadrones de Berenguer de Entenza; cúya fue la principal gloria en las empresas de las Baleares, de Sicilia y de África; cúyas el esfuerzo mayor cuando fue preciso arrojar a los franceses del otro lado del Pirineo, o ganar los castillos de Nápoles; cúyo el más acendrado patriotismo, cuando, unidas las dos naciones hermanas con su otra hermana Castilla, arrancaron entre las tres la media luna de las torres de la Alhambra. Aragoneses y catalanes corrieron el mundo buscando campos de batalla: no bien conquistada Murcia por los castellanos, se hallaron sin frontera de moros donde ejercitar su valentía, y hubieron de oír, a su pesar, el temeroso grito del almogávar los sofistas corrompidos de Constantinopla y los feroces jinetes de la Tartaria, los espléndidos barones de Atenas y los crueles jerifes de África. Siempre vencedores, jamás vencidos, sus chuzos, sus dardos, su desnudez, su miseria, dieron envidia y espanto a las más afortunadas naciones, así a las que nacían como a las que morían, lo mismo al Imperio turco que al Bajo Imperio. Siglos y siglos han pasado después de aquella unión afortunada, y todavía los pueblos hermanos no se han hartado de bendecir los nombres de sus autores, el conde don Berenguer y la reina doña Petronila.

No quedó tan glorioso el de don Ramiro, bien que viviese en San Pedro el Viejo, con muy santa vida, el resto de sus años. Cuéntase que no podía oír el sonido de la campana del monasterio, aquella campana de perdón tan siniestramente sustituida por Aznar, sin que las lágrimas viniesen a sus ojos, y salieran de sus labios algunas oraciones.

Pero es de creer, sin embargo, que allí, entre las columnas del sombrío claustro, y en las lóbregas capillas bizantinas en él enclavadas, y en el cercano cementerio de los mozárabes, se fuesen apagando sus pensamientos de amor, y sus recuerdos de doña Inés y del mundo.

Y si Dios no quiso quitarle los remordimientos de todo punto, algo, los aminoraría, por lo menos, aquella mansión devota, donde todo respira penitencia, y todo impone al alma resignación y silencio.

Porque de instante en instante debió de irse allí acortando su fantasía, secándose de momento en momento su corazón; y fuerza es que, al morir su fantasía, murieran también sus temores, y que, al agotarse su corazón, fueran desapareciendo en él los continuos dolores que antes le devoraban.

Y ¿quién sabe si le alentaría a llevar con resignación su infortunio el recuerdo por todas partes escrito en las piedras del muro, y en las losas del pavimento, de los infelices cristianos que allí iban a llorar su cautividad y miseria, en los días que poseyeron a Huesca los sectarios del islamismo? Como Dios los favoreció, al fin a aquellos, sacándolos de las manos de los infieles, pudo ciertamente favorecerle a él, librándole del peso de sus pecados antiguos.

Murió, al fin; murió don Ramiro, a solas con las piedras de San Pedro el Viejo, sin que nadie pueda ya decir cuáles fueron sus postreras palabras, ni sus esperanzas postreras, ni a quién iba encaminado el último de los pensamientos humanos que ocuparon su mente, o el último de los suspiros que por humano sentimiento salió de sus labios. Sus hermanos recogieron su cadáver, envuelto en bayetas, y con el cilicio puesto todavía, y vaciando el sepulcro de un romano, hallado entre los restos de la grande Osca de Sertorio, dentro de él lo depositaron. En aquella urna gentílica se ven representados con las acostumbradas figuras de ancianos, volcando sus cántaros, los dos humildes ríos que pasean el llano de Huesca: la Isuela el uno; el otro, sin nombre, que denomina Flumen a secas la geografía, desde los tiempos latinos. Dos alados genios parecen sostener el busto del primer vecino de aquella habitación fúnebre; quizá algún epicúreo, muerto al fin de uno de los convites cuya alegre descripción ha dejado Petronio, o en medio de los viles amores que el mismo ha descrito. Allí -¡singular capricho del tiempo!- ha permanecido el rey monje, bien olvidado por muchos siglos; hasta estos años últimos, en que los versos inmortales de un gran poeta, y la humilde prosa mía, se han ocupado en dibujar su persona.

De su esposa doña Inés se sabe que vivió también muy santamente lo que le quedó de vida, sin olvidar un momento a su esposo, mas sin quejarse por eso del abandono en que se hallaba.

Aznar se casó con Castana, según consta de unas viejas escrituras, heredándolos los reyes muy razonablemente, según la promesa de doña Inés. Y cuéntase que Aznar fue famoso siempre entre los almogávares por su valor y crueldad, y que dejó hijos que no desmintieron del padre, los cuales engendraron a otros que fueron de los más nombrados en las campañas de Italia y en la expedición a Oriente de la Gran Compañía. Mas pienso que no haya de desagradar a las lectoras el saber que Aznar, a pesar de su crueldad, trató amorosísimamente toda su vida a Castana, y que esta fue tan feliz con él como merecía serlo.

Del fin de Fortuñón, Carmesón y los demás almogávares, nada se ha podido averiguar, aunque es de creer que perecieran, como casi todos los de su laya, en alguna lid contra moros, o despeñados por algún precipicio, o enterrados en las nieves de la montaña.

Ni tampoco se sabe cosa alguna del buen monje Gaufrido, si no es que se le encontró en una taberna no bien salió del zaquizamí donde le metió Aznar tan en contra de su voluntad; y sin duda volvería a su convento, fiándose menos que solía de persona que le llamase para ejercitar sus letras.

Y casi nos atrevemos a asegurar también que en muchas ocasiones recordaría el trato que tuvo con el almogávar, echando a un tiempo de menos algún diente de los que le dejó resentidos y a punto de caer el golpe tremendo que recibiera, y aquellos sueldos jaqueses, tan prometidos como mal pagados después, por causa de las heridas del que debió de satisfacerlos.

Ramón Dapifer fue de los principales caballeros que se hallaron en el matrimonio y guerras de don Berenguer, y de los que acompañaron luego su cadáver, cuando vino, haciendo milagros, y en olor de santidad, desde Italia a Barcelona. Lo que prueba que murió muy viejo.

Pedro de Fivallé tuvo un descendiente harto más atrevido que él, y que ha dejado memoria en Cataluña de esforzadísimo, patricio.

Ruderico tomó órdenes sagradas, y fue canónigo andando el tiempo, sospechándose que lo pretendiera, más que por otra cosa, por satisfacer su afición a las golosinas y a los buenos bocados. Y aunque no hay bastantes datos para afirmarlo, sospéchase también que él fuese el paje que dio el pergamino del abad de Tomeras a Férriz de Lizana, mediante ciertas monedas de plata; lo cual probaría, siendo cierto, que era venal de suyo, y que no se contentaba con ser tercero de amor, sino que servía a todo el que bien le pagaba sus servicios. Cosa reprensible, sin duda, que obliga a decir la imparcialidad severa de la Historia.

Del abad de Mont-Aragón, algo también se ha de contar, que puesto que no sea personaje muy importante en este caso, la fortuna nos ha favorecido, deparándonos el hallazgo de cierta hoja suelta, en pergamino, que contiene una curiosa noticia de su vida. El hallazgo fue en una tarde de septiembre, durante la cual andaba yo, el humilde copista de esta crónica, visitando, en compañía de cierto amigo mío, las ruinas de Mont-Aragón.

Debajo de una gran torre de piedra, que permanece intacta, y que, al parecer, sirvió de campanario, hay una habitación que debió de ser la sacristía, con labores góticas de no mal gusto. Picome la curiosidad aquella sacristía, y más las labores, porque la iglesia, aunque tan antigua, como restaurada después en tiempo de gran corrupción, no muestra cosa alguna respetable y digna de atención por su antigüedad o mérito artístico; y entrando en la sacristía, no sin dificultad grande, porque estaba a medio tapiar y llena de escombros, de entre ellos alzó mi amigo, que no yo, la hoja a que me refiero, desprendida, sin duda, de algún librote que por allí anduvo.

Aquella hoja rezaba que en el año no sé cuántos, porque estaba muy borroso, de San Benito, y de la era de Mont-Aragón, estuvo el rey don Ramiro a hacer confesión general de sus culpas, y recibió la absolución de mano del santo prelado Fortuño, abad de la casa; y que en este hizo tanta impresión aquella conferencia, que mientras le duró la vida, no dejó de arrodillarse un solo día en el claustro, a la propia hora en que se verificó, orando muy devotamente por la salvación del rey monje.

¡Dios haya oído al santo prelado!



Fin3.jpg


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV