La capa vieja y el baile de candil: 01

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La capa vieja y el baile de candil Ramón de Mesonero Romanos


...Del Rastro a Maravillas,

del alto de San Blas a las Bellocas,

no hay barrio, calle, casa ni zahúrda

a su padrón negado.

Jovellanos. Sát.


-«¡Bravo título! ¡digno asunto! Por cierto que el señor Curioso nos promete hoy un discurso de gran tono.»

Tales o semejantes exclamaciones zumban ya en mis oídos, preferidas por ciertos críticos de salón, de estos que afectan desdeñar todo lo que no sea sublime... ¡Pobres gentes! ¡como si ellos lo fueran!

-Pero señores (les respondo yo): ¿todo ha de ser primores y filigranas? ¿Ignoran que el secreto del arte consiste en oponer los contrastes de lo alto y de lo bajo, de lo pulido y de lo grosero? ¿Y por qué habré yo de renunciar a esta ventaja, si he de hacer formar idea general de las costumbres de todas las clases? En un mismo cuartel, en una misma calle, ¿no existen usos e inclinaciones diferentes? ¿Pues cuánto mayor no será esta diferencia tratándose de toda una capital? No hay remedio, señores míos; si han de conocer la fisonomía particular de las clases que no habitan el centro de esta villa, fuerza será que lo abandonara conmigo por un momento, y que si no lo han por enojo, me sigan adonde me cumpliere llevarles.

Revolviendo la esquina de la calle de la Ruda para entrar en la plazuela del Rastro (¡taparse bien las narices, señores críticos!) íbame entreteniendo agradablemente en reconocer diversos almacenes ambulantes, restos de veneranda antigüedad, que ya decoran armoniosamente la angosta entrada de un chiribitil, a quien llaman tienda, ya figuran airosos a campo raso tendidos sobre un trozo de estera en medio del ámbito de la calle. A la vista, pues, de tantos despojos de la moda, que en otro tiempo decoraron estudios y salones, íbame llenando de aquel supersticioso respeto con que más de un anticuario suele colocar en su gabinete tal cuarto segoviano, roñoso y carcomido, juzgándolo moneda del bajo imperio; y considerando por otro lado que todos o gran parte de aquellos objetos podrían haber sido conquistados en buena guerra, me disponía ya a dirigirles una alocución romántica, cual si fuera espada del Cid o escudo de Carlo Magno.

Pero mi monólogo pasó a ser diálogo, cuando volviendo la cabeza me hallé detrás de mí al amigo don Pascual Bailón Corredera, a quien no había vuelto a ver desde el lance de la hermosa Narcisa, que, si mal no me acuerdo, conté en el artículo de Los cómicos en Cuaresma. Llenóme de placer este encuentro, y proseguimos juntos nuestro paseo escrutador, cuando al pasar por una vieja prendería, paróse don Pascual como herido súbitamente, dándome lugar a un mediano susto; mas sin reparar en él, corre a la tienda, alcanza una capa vieja que pendía a la puerta, reconócela prolijamente broches y vivos, embozos y costuras, puertas y ventanas, y alzando cuanto pudo su voz... «Ella es (exclamó con ademán doliente) la compañera de mi juventud, la encubridora de mis extravíos, ella es»; y la abrazaba enternecido, y la regaba con sus lágrimas.

-Pero don Pascual, ¿qué locura es ésta?

-«Déjeme usted, amigo mío, déjeme usted que pague este tributo a un mudo acusador mío; déjeme usted recobrarle después de largos años de separación.»

Y diciendo y haciendo pagó a la mujer que la vendía el precio de la capa, y poniéndola debajo de la que llevaba, continuamos nuestro paseo; pero como yo insistiese en que me explicara el misterio de aquel astroso mueble, tomó la palabra don Pascual, y me habló de esta manera.

-«Creo a usted sabedor, amigo mío, de que en mi juventud fui lo que se llama un calavera completo, y que la crónica escandalosa de Madrid ofrecía en aquel tiempo pocos lances en los cuales yo no figurase, haciéndome mi vanidad buscar los más comprometidos por el solo placer de que todos se ocupasen de mí. Mientras permanecí en el círculo de la alta sociedad, tuve intrigas amorosas más o menos complicadas, casos de honor más o menos problemáticos, y de todos salí sano y salvo, como está admitido entre personas de cierta educación. Pero el mal demonio, que no duerme, me hubo de fastidiar de aquel género de vida y de placeres, y ofreciendo un ejemplo más a aquella regla de que los extremos se tocan, pasé por una brusca transición desde el orgullo aristocrático a los modales más groseros de la plebe. Cesaron, pues, mis galas y mis tocados; olvidéme de teatros y salones: renuncié a mis antiguas amistades, y adopté el traje y los modales de un manolo verdadero.

»Armado con mi calzón y chaqueta, corbata de sortija y sombrero calañés, y embozado sobre todo en mi gran capa, echéme a buscar aventuras por Lavapiés y el Barquillo, con más determinación que el héroe manchego por el campo de Montiel. Mi generosidad, mi buen humor, y mi determinación para todo, me hicieron desde luego célebre entre aquellos habitantes, y ya se sabía que no había función en que no se contara con don Pascualito: y hombres y mujeres me festejaban a cual más, con lo cual tenía yo cierta superioridad parecida a la de un cacique en una tribu de araucanos. Contribuía en gran manera a ello mi capa azul, que aunque vieja, era aún superior a las que me rodeaban; pero como yo no quería distinciones, acerté a tratarla tan mal, que en muy pocos días logré hacerla equivocar con todas, con lo cual me creí ya protegido del escudo de Minerva; y todo lo vencía, y nada me arredraba. Con ella frecuenté tabernas y figones, buhardillas y burdeles, palomares y azoteas, y sin ella nada de esto hubiera podido hacer; tal era la confianza que este disfraz me inspiraba.