La ciudad de Dios/II

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Agustín de Hipona, La ciudad de Dios
Traducción de José Cayetano Díaz de Beyral
Proemio - Libros I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII


Libro segundo.
La degradación de Roma antes de Cristo


CAPITULO PRIMERO. Del método que se ha de observar al exponer este tratado
CAPITULO II. De las materias que se han resuelto en el primer libro
CAPITULO III. De cómo se ha de aprovechar la historia que expone los trabajos acaecidos a los romanos cuando adoraban los dioses y antes que se propagase la religión cristiana
CAPITULO IV. Que los que adoraban a los dioses jamás recibieron de ellos precepto alguno de virtud, y que en sus fiestas celebraron muchas torpezas y deshonestidades
CAPITULO V. De las torpes deshonestidades con que honraban a la madre de los dioses sus devotos
CAPITULO VI. Que los dioses de los paganos nunca establecieron doctrina para bien vivir
CAPITULO VII. Que poco aprovecha lo que ha inventado la Filosofía sin la autoridad divina, pues a uno que es inclinado a los vicios, más le mueve lo que hicieron los dioses que lo que los hombres averiguaron
CAPITULO VIII. De los juegos escénicos donde, aunque se referían las torpezas de los dioses, ellos no se ofenden, antes se aplacan
CAPITULO IX. De lo que sintieron lo antiguos romanos sobre el reprimir la licencia de los poetas, la cual los griegos siguiendo el parecer de los dioses, quisieron que fuese libre
CAPITULO X. De la astucia de los demonios para engañarnos, queriendo que se cuenten sus culpas, falsas o verdaderas
CAPITULO XI. Cómo entre los griegos admitieron a los autores escénicos al gobierno de la República, porque les pareció no era razón menospreciar a aquellos por cuyo medio aplacaban a los dioses
CAPITULO XII. Que los romanos, con quitar a los poetas contra los hombres la libertad que les concedieron contra los dioses, sintieron mejor de si que de sus dioses
CAPITULO XIII. Que debían echar de ver los romanos que sus dioses, que gustaban los honrasen con tan torpes juegos y solemnidades, eran indignos del culto divino
CAPITULO XIV. Que Platón, que no admitió a los poetas en una ciudad de buenas costumbres, es mejor que los dioses que quisieron los honrasen con juegos escénicos
CAPITULO XV. Que los romanos hicieron para sí algunos dioses, movidos, no por razón, sino por lisonja
CAPITULO XVI. Que si los dioses tuvieran algún cuidado de la justicia, de su mano debieran recibir los romanos leyes para vivir, antes que pedirlas prestadas a otras naciones
CAPITULO XVII. Del robo de las sabinas y de otras maldades que reinaron en Roma, aun en los tiempos que tenían por buenos
CAPITULO XVIII. Lo que escribe Salustio de las costumbres de los romanos, así de las que estaban reprimidas con el miedo, como de las que estaban sueltas y libres con la seguridad
CAPITULO XIX. De la corrupción que hubo en la República romana antes que Cristo prohibiese el culto de los dioses
CAPITULO XX. Cuál es la felicidad de que quieren y las costumbres con que quieren vivir los que culpan los tiempos de la religión cristiana
CAPITULO XXI. Lo que sintió Cicerón de la República romana
CAPITULO XXII. Que jamás cuidaron los dioses de los romanos de que no se estragase y perdiese la República por las malas costumbres
CAPITULO XXIII. Que las mudanzas de las cosas temporales no dependen del favor o contrariedad de los demonios, sino de la voluntad del verdadero Dios
CAPITULO XXIV. De las proezas que hizo Sila, a quien mostraron favorecer Ios dioses
CAPITULO XXV. Cuánto incitan al hombre a los vicios los espíritus malignos, cuando para hacer las maldades interponen su ejemplo como una autoridad divina
CAPITULO XXVI. De los avisos y consejos secretos que dieron los demonios tocante a las buenas costumbres, aprendiéndose por otra parte públicamente todo género de maldades en sus fiestas
CAPITULO XXVII. Con cuánta pérdida de la moralidad pública hayan consagrado los romanos, para aplacar a sus dioses, las torpezas de los juegos
CAPITULO XXVIII. De la saludable doctrina de la religión cristiana
CÁPITULO XXIX. Exhortación a los romanos para que dejen el culto de los dioses


CAPITULO PRIMERO. Del método que se ha de observar al exponer este tratado

Si el pervertido y estragado corazón del hombre no se atreviera comúnmente a oponerse a la razón y a la verdad sólida y evidente, sino que sujetara su enferma ignorancia a la doctrina sana, como a medicina, hasta que con los auxilios. de Dios, y mediante la fe de la religión y de una piedad edificante recobrara la salud, no tendrían necesidad de emplear muchas razones los que sienten bien y declaran lo que entienden con palabras convenientes para, convencer y destruir cualquier error de los que opinan vanamente lo contrario. Mas porque en la presente época la dolencia más incurable y más contagiosa de las almas necias es aquella con que sus discursos e imaginaciones sin razón ni fundamento, aun después de haberle dado una instrucción tal cual está obligado a suministrar un hombre a otro, o de pura ceguedad, que les impide ver aun los objetos más perceptibles; o por tenaz obstinación, que le impele a no admitir aun aquello mismo que registran sus ojos, defienden sus temerarios caprichos como si fueran la misma razón y verdad, es fuerza que en la mayor parte de las materias que hayan de proponerse seamos algo extensos, aun en los asuntos por su esencia evidentes; como si las propusiéramos, no a los que tienen ojos para verlas, sino a los que andan a tientas y a ojos cerrados, para que las toquen y palpen. Pero ¿qué fin tendría la disputa o a qué límites habrían de ceñirse las expresiones si hubiéramos de contestar siempre a los que nos responden? Porque aquellos que no pueden entender lo que decimos, o, son tan inflexibles por la repugnancia de sus juicios, que, aun dado el caso que lo perciban, no quieren desistir de su tenacidad, responden como dice la Escritura: «Profieren expresiones impías, no cansándose jamás de ser vanos.» Cuyas contradicciones, si tantas veces las hubiéramos de refutar cuantas ellos se han empeñado con obstinación en sostener sus errores, ya ves. ¡cuán prolija, molesta e infructífera sería esta fatiga!, por la cual ni tú propio–¡carísimo hijo mío Marcelino!–ni los demás a quienes nuestras penosas tareas serán útiles para conservaros en el amor y caridad Jesucristo, gustaría fueseis jueces de mis obras, pues los incrédulos echan siempre de menos las respuestas, aunque oigan contradecir algún punto que hayan leído, y son como aquellas mujercillas de quienes dice el Apóstol «que aprenden siempre y nunca acaban de conseguir la ciencia de la verdad».

CAPITULO II. De las materias que se han resuelto en el primer libro

Habiendo comenzado a hablar en el libro anterior de la Ciudad de Dios, en cuya defensa (con del divino auxilio) he emprendido toda esta obra, decimos que, en primer lugar, se me ofreció responder con exactitud y extensión a los que imputan a la religión cristiana las crueles guerras con que es agitado el universo, y, principalmente, el último saqueo y destrucción que hicieron los bárbaros en Roma; no por otro motivo, sino porque prohíbe el culto, de los demonios, y sus nefarios sacrificios, debiendo antes atribuir a Jesucristo el que por reverencia a su santo nombre y contra el instituto de la guerra, les concedieron los godos lugares religiosos y capaces donde se pusiesen acoger libremente; quienes en muchas acciones que ejecutaron demostraron que no solamente habían honrado y respetado el culto debido Salvador, sino también que, ocupados del temor, presumieron no era lícito ejecutar lo que permitía el derecho de la guerra. Con este motivo se ofreció la cuestión, de por qué causa fueron comunes estos divinos beneficios a los impíos e ingratos, y, asimismo, por qué los sucesos ásperos y lastimosos que acaecieron en la toma de la ciudad afligieron juntamente a los buenos y a los malos. Para dar cumplida solución a esta cuestión, que encierra, otras varias (pues todo lo que ordinariamente observamos, así beneficios divinos como desgracias humanas, que los unos y los otros acontecen indiferentemente muchas veces a los que viven bien y mal, suele, excitar los corazones de algunos incrédulos); para resolverlo, digo, con forme convenía me ha detenido algún, tanto, especialmente para consolar a las mujeres santas y castas en quienes ejecutó violencia el enemigo, y que no perdieron la prenda de la honestidad, aunque las lastimasen el pudor y empacho de presentarse después en público, pues así podía reducir seguramente a que no les pesase de vivir a las que no tenían culpa de qué arrepentirse. Después dije algunas cosas contra aquellos que se rebelan contra los cristianos incluidos en las expresadas calamidades, como también contra las mujeres virtuosas y honestas que padecieron fuerza, siendo así que dIos son tórpes e infames por sus costumbres y conducta, en lo que degeneran de aquella decantada virtud romana, de donde se precian descender; y mucho más desdicen con sus obras de ser dignos sucesores de aquellos, ínclitos romanos, de quienes refieren las historias acciones famosas, propias solamente de una virtud sólida y elevada; y lo que es más, han reducido a la antigua Roma (fundada gracias a la diligensia de los antiguos, fomentada y acrecentada con su industria y valor) a un estado más deplorable y abominable que cuando el enemigo la arruinó, porque en su ruina cayeron sólamente las piedras y los maderos, y en la que éstos la han preparado han caído por tierra los más vistosos edificios y ornamentos, no de los muros, sino de las costumbres, haciendo más daño en sus corazones el ardor de sus sensuales apetitos que el fuego en los edificios de aquella ciudad; y con esto concluí el primer libro. Ahora expondré todas las calamidades que ha padecido Roma desde su fundación, así dentro, como en las provincias sujetas a su Imperio; todas las cuales, ciertámente, las atribuyeran a la religión cristiana si entonces la doctrina evangélica predicara libremente contra sus falsos y seductores dioses.

CAPITULO III. De cómo se ha de aprovechar la historia que expone los trabajos acaecidos a los romanos cuando adoraban los dioses y antes que se propagase la religión cristiana

Pero advierte que cuando refiero estas particularidades hablo todavía con los ignorantes, de quienes dimanó aquel refrán. común: «No llueve, la culpa, es de los cristianos»; porque entre ellos hay algunos instruidos en su literatura y aficionados a la Historia, por la cual saben todo esto. Pero estos engreídos y preocupados literatos, para malquistarnos con la turba de los ignorantes, fingen o disimulan que no tienen tal noticia, queriendo dar a entender al mismo tiempo al vulgo que las calamidades y aflicciones con que en ciertos tiempos conviene castigar a los hombres, suceden por culpa del nombre cristiano, el. cual se extiende y propaga con aplauso y fama por todo el ámbito de la tierra, mientras que se desmembra la reputación de sus dioses. Recorran, pues, con nosotros los tiempos anteriores a la venida del Salvador, y a la deseada época en que su augusto nombre se manifestó a las gentes con aquella gloria y majestad que en vano envidian, y advertirán con cuántas calamidades ha sido afligido incesantemente el Imperio romano, y en ellas excusen y defiendan a sus dioses si pueden; y si es que los adoran por no padecer estas desgracias, de las cuales, si ahora sufren alguna, procuran echamos la culpa, pregunto: ¿Por qué permitieron los dioses que a sus adoradores les sucediesen las calamidades que he de referir, antes, que les molestase el nombre de Cristo y prohibiese sus sacrificios?

CAPITULO IV. Que los que adoraban a los dioses jamás recibieron de ellos precepto alguno de virtud, y que en sus fiestas celebraron muchas torpezas y deshonestidades

Y en cuanto a lo primero, por lo que se refiere a las costumbres, ¿por qué causa no procuraron sus dioses que no las tuviesen tan abominables? El Dios verdadero no hizo caso de aquellos que no le adoraban; pero los dioses, cuya veneración se quejan estos hombres ingratos que se les prohíbe, ¿por qué no auxiliaron con saludables leyes a sus adoradores para que pudiesen vivir bien y santamente? ciertamente, era justo que así como éstos cuidaban de sus sacrificios, así atendieran aquellos a su vida; pero a esta objeción responden que cada uno es malo porque quiere. ¿Y quién lo negará? Con todo eso, era cargo indispensable de los dioses a quienes consultaban no ocultar al pueblo que les rendía adoración los preceptos y mandamientos necesarios para vivir ajustadamente, antes manifestárselos con toda claridad, hablarles por medio de sus adivinos, reprenderles sus pecados, amenazar con los castigos más severos a los que viviesen mal, y prometer premios proporcionados a los que viviesen bien. ¿Cuándo se oyó en los templos de estas falsas deidades clamar contra los vicios y engrandecer las virtudes? Íbamos nosotros, siendo jóvenes, a los espectáculos y juegos sagrados, observábamos los linfáticos o furiosos, oíamos los músicos y gustábamos de los torpes juegos que se celebraban en honra de los dioses y las diosas. A la Celeste virgen, y a Berecynthia, madre de todos los dioses, en el día solemne que la sacaban procesionalmente, delante de sus andas la cantaban los corrompidos actores cánticos tan obscenos, que no sería justo lo oyera, no digo la madre de los dioses, pero ni la de cualquier senador o persona honesta; y, lo que es más, ni aun las madres de estos mismos actores, porque guarda para con los padres el respeto y pudor humano cierta reverencia que no puede quitársela aun la misma torpeza; y así las mismas expresiones feas y abominables que decían ejecutaban (y que se avergonzaran los mismos actores de hacerlas por vía de ensayo en sus casas y en presencia de sus madres) las hacían por las calles públicas delante de la madre de los dioses, observándolo y oyéndolo el concurso innumerable de gentes que se congregaba a estas fiestas. Pero si aquella muchedumbre pudo hallarse presente a estas funciones, permitiéndoselo la curiosidad, por lo menos por el escándalo público y ofensa a la castidad debieron confundirse. Y ¿a qué llamaremos sacrilegios, si éstas eran ceremonias sagradas? ¿qué profanación, si aquélla era purificación? A estas indecentes operaciones llamaban férculos, o, como si dijéramos, platos en que los demonios celebraran una especie de convite, y usando de estos manjares, se apacentaban y complacían. Y ¿quién hay tan inconsiderado que no advirtiera qué clase de espíritus son los que gustan de semejantes torpezas? Esto es, aquellos que ignoran que hay espíritus inmundos que engañan a las gentes con el dictado de dioses; o los que hacen tal vida, que en ella desean tener antes a éstos propicios, o temen tenerlos enojados más que al verdadero Dios.

CAPITULO V. De las torpes deshonestidades con que honraban a la madre de los dioses sus devotos

Bien desearía en el presente asunto no tener por jueces a los que procuran, primero que oponerse, entretenerse con los vicios de su mala vida y costumbres; y únicamente apetecería tener por mi censor al mismo Escipión Nasica, a quien el Senado eligió, como hombre de suma bondad, para recibir la estatua de la madre de los dioses, que introdujeron con pompa y aparato en la ciudad. Este nos diría si deseaba que su madre hubiera hecho tantos beneficios a la República, que por ellos se la decretaran las honras divinas, así como consta que los griegos, los, romanos y otras naciones las decretaron a ciertos hombres, por la gran, estimación que hicieron de las gracias que de ellos recibieron, creyendo que, colocados en el número de los inmortales, estaban ya admitidos en el catálogo de los dioses. Ciertamente que una felicidad tan grande, si fuera posible, la apetecería Escipión para su madre. Pero si le preguntáramos enseguida si le gustaría que entre sus divinos honores se celebraran las torpezas y deshonestidades, seguramente clamaría que quería más que su madre permaneciese muerta, sin sentido alguno, que, constituida diosa, viviese para oír semejantes obscenidades. No es posible que un senador romano, perseverando en el sano juicio con que prohibió se edificase un teatro en una ciudad poblada de gente valerosa, gustara que se diese culto a su madre en tales términos, que, contada entre las diosas, la aplacaron con ceremonias tales, que estando solamente en la clase de las matronas le ofenderían. Tampoco podría persuadirse que el pudor natural de una mujer honrada se transformaba con la divinidad en el extremo contrario, de modo que los que la adoraban la invocasen con tales honras, que cuando se dijesen semejantes denuestos contra alguno y oyéndolo en vida no se tapara los oídos y huyera de tales insolencias, se corrieran y avergonzaran de ella sus deudos, marido e hijos. Y si esta madre de los dioses, que tuviera vergüenza aun el hombre más abandonado y miserable de tenerla como madre propia, para apoderarse de los ánimos de los romanos buscó un hombre extremadamente bueno, no para hacerle tal con sus consejos y auxilio, sino para pervertirle con sus engaños; en todo semejante, pues, a aquélla mujer de quien dice la Escritura «que va pescando las preciosas almas de los hombres» para que aquel ánimo dotado de un excelente natural, engreído con este divino testimonio y teniéndose por extremadamente bueno, no buscase la verdadera piedad y religión, sin la cual cualquier índole, aunque buena, se desvanece y precipita con la soberbia. ¿Y cómo había de buscar aquella diosa, si no es cautelosamente, a. un hombre tan justificado cuando para sus ceremonias, aun las más sagradas, hace elección de aquellas que no gustan los hombres honrados se representen en sus banquetes?

CAPITULO VI. Que los dioses de los paganos nunca establecieron doctrina para bien vivir

De aquí se sigue necesariamente no vigilaban aquellos dioses en la vida y costumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto; y esto, sin duda, lo ejecutaban con el fin de dejarlas que se saciasen de tan horrendos y abominables males, no precisamente en sus campos y viñas, no en sus casas y riquezas, finalmente, no en su cuerpo, que está sujeto al alma, sino en la propia alma, en el mismo espíritu que gobierna al cuerpo, entregándose así a todos los vicios, sin temor de algún precepto o mandamiento suyo que se lo prohibiese. Y en caso que vedasen semejantes torpezas, es importantísimo nos lo averigüen y prueben; si bien es cierto que permitían ciertos susurros inspirados en los oídos de algunos, bien pocos y tal cual instruidos, como una secreta y misteriosa religión, con que dicen se aprende la bondad y santidad de vida. Y si no, muestren los lugares que se hayan alguna vez consagrado para semejantes reuniones, no donde se representen los juegos con torpes expresiones y acciones de los farsantes, ni donde se solemnizan las fiestas fugales, en cuyas funciones dan rienda suelta a todas las deshonestidades, porque huyen de todo género de pudor y virtud, sino adonde el pueblo pudiese oír lo que mandaban los dioses acerca de refrenar la avaricia, moderar la ambición, cercenar el fausto y deleites, y adonde pudiesen estos miserables aprender lo que, reprendiendo a los hombres, enseña Persio: «Aprended, dice, oh miserables mortales, y procurad con el auxilio de la Filosofía conocer las causas y principios de las cosas naturales; quién y qué sois con un conocimiento propio y exacto, y para qué fin nacisteis en esta vida; aprended un modo de vivir que sea honesto, comprended cuán breve y frágil es la vida y por qué lo sea la humana inconstancia; entended cuál es lo más sustancial de las riquezas, qué es lo que se debe desear, y pedid a Dios el provecho y utilidad del dinero con su verdadero uso; y para no ser pródigos ni escasos, aprended lo que se debe de dar y emplear en los enemigos y deudos, en los padres y en la patria, y considerad la vocación y estado que Dios os dio, para que viváis contentos con vuestra suerte.» Dígannos: ¿en qué lugares o templos se acostumbran dictar semejantes preceptos y documentos que enseñasen los dioses y adonde acudiesen a oírlas las naciones que los adoran, como nosotros podemos señalar iglesias fundadas con este laudable objeto en todas partes que ha sido admitida la religión cristiana?

CAPITULO VII. Que poco aprovecha lo que ha inventado la Filosofía sin la autoridad divina, pues a uno que es inclinado a los vicios, más le mueve lo que hicieron los dioses que lo que los hombres averiguaron

Si acaso alegaren en contraposición de lo que llevamos expuesto las famosas escuelas y disputas de los filósofos, digo, lo primero: que estos insignes liceos no tuvieron su origen en Roma, sino en Grecia, y si ya pueden llamarse en la actualidad romanos, porque. Grecia ha venido a ser provincia romana y estar sujeta a su imperio, no son preceptos y documentos de los dioses, sino invenciones de los hombres, quienes, poseyendo natural-mente sutilísimos ingenios, procuraron con la fecundidad de su discurso descubrir lo que estaba encubierto en los arcanos de la Naturaleza, buscando con la mayor exactitud aquello que se debía desear o huir en la vida y costumbres; y, por último, que aquel arcano, observando escrupulosamente las reglas del discurso y argumentación, concluía con cierto y necesario enlace de términos, o no concluía, o repugnaba. Algunos de estos celebres filósofos hallaron y conocieron, con el auxilio divino, cosas grandes, así como erraron en otras que no podían alcanzar por la debilidad de conocimientos que por sí posee la humana naturaleza, especialmente cuando a su altanería y caprichos se oponía la Divina Providencia; con lo cual se nos hace ver claramente cómo el campo de la piedad y de la religión comienza en la humildad hasta elevarse al Cielo, de todo lo cual tendremos después tiempo para discurrir y disputar, si fuese la voluntad de nuestro gran Dios. Con todo, si los filósofos encontraron algunos medios que puedan servir para vivir bien y conseguir la bienaventuranza, ¿con cuánta más razón se les debería haber decretado las honras divinas? ¿Cuánto más decente y plausible fuera se leyeran en el templo sus libros de Platón, que no que en los templos de los demonios se castraran los galos, se consagraran los hombres más impúdicos, se dieran de cuchilladas los furiosos y se ejercieran todos los demás actos de crueldad y torpeza, o torpemente crueles, o torpemente torpes, que suelen celebrarse en las fiestas y entre las ceremonias sagradas de los dioses? ¿Cuánto más importante sería para instruir y enseñar a la juventud la justicia y buenas costumbres, leer públicamente las leyes de los dioses, que alabar vanamente las leyes e instituciones de los antepasados? Porque todos los que adoran a semejantes dioses, luego que les tienta el apetito, como dice Persio, abrasados de un vivo fuego sensual, más ponen la mira en lo que Júpiter hizo que en lo que Platón enseñó, o en lo que a Catón le pareció. Por eso leemos en Terencio de un mozo vicioso y distraído que, mirando un cuadro colocado en la pared, donde estaba primorosamente pintado el suceso de que en cierto tiempo Júpiter hizo llover en el regazo de Danae el rocío de oro, fundó en esta alusión la causa y defensa de su torpeza y mala conducta, jactándose que en ella imitaba a un dios ¿Y a qué dios dice? A aquel que hace temblar los más altos templos y edificios, tronando desde el cielo; ¿y yo, siendo un puro hombre, no lo había de hacer? En verdad que así lo he ejecutado y de muy buena gana.

CAPITULO VIII. De los juegos escénicos donde, aunque se referían las torpezas de los dioses, ellos no se ofenden, antes se aplacan

Dirán acaso los defensores de estos falsos dioses que no se enseñan estas obscenidades en las ceremonias sagradas de los dioses, como se ven escritas en las fábulas de los poetas. No pretendo decir que aquellas misteriosas ceremonias son aún más obscenas que las del teatro: sólo digo lo mismo que persuade la historia a los que lo niegan, y lo es, que los juegos escénicos donde reinan las ficciones de los poetas, no los inventaron e introdujeron los romanos en las ceremonias sagradas de sus dioses por motivo de ignorancia, sino que los mismos dioses establecieron que les celebrasen solemnemente estos juegos y los consagrasen en honor suyo, mandándoselo rigurosamente; y, si así puede decirse, obligándolos por fuerza a practicarlo; todo lo cual toqué breve y concisamente en el libro primero: así es que, por autoridad de los Pontífices, y con motivo de acrecentarse el cruel azote de la peste, se instituyeron los juegos escénicos en Roma. ¿Quién habrá, pues, que en el orden y método de su vida no juzgue que debe seguir mejor lo que se hace en los juegos escénicos, instituidos por autoridad divina; que lo que se halla escrito en las leyes promulgadas por los hombres? Si los poetas falsamente delinearon y pintaron a Júpiter como adúltero, sin duda que estos dioses, si fuesen cautos, se debían enojar y tomar completa satisfacción de la injuria, pues por medio de estos humanos juegos se les motejaba de una maldad tan execrable, aunque no por eso dejaban de celebrarla. Y aun esto es lo más tolerable que se halla en los juegos escénicos, digo las comedias y las tragedias, es a saber, las fábulas de los poetas compuestas para representarlas en los espectáculos que contienen en realidad muchas acciones torpes, aunque a lo menos en las palabras no se hallan obscenidades y deshonestidades, y éstas procuran los ancianos que las lean y aprendan los jóvenes entre los estudios que llaman honestos y liberales.

CAPITULO IX. De lo que sintieron lo antiguos romanos sobre el reprimir la licencia de los poetas, la cual los griegos siguiendo el parecer de los dioses, quisieron que fuese libre

Y lo, que acerca de estas funciones sintieron los antiguos romanos nos lo dice Cicerón en su libro cuarto de República, donde discutiendo Escipión varias materias, dice: «Jamás las comedias, si no lo exigiera así el actual método de vivir, pudieran conseguir que se admitiesen con aplauso en el teatro sus torpezas». Algunos griegos antiguos guardaron cierta analogía en su errada opinión, entre quienes permitía la ley que en la comedia dijesen lo que quisiesen; y de quien les pareciera. Por esta razón, en los mismos libros dice Escipión el Africano: «¿Quién ha habido en la comedia que no haya sido zaherido, o, por mejor decir, quién ha escapado de su crítica, o quién se ha visto perdonado?» Y bien que haya ofendido solamente a Cleón, Cleofonte e Hipérbolo, hombres plebeyos de mala vida, y sediciosos contra la República. «Pasemos, dice, por esto, aunque a semejantes personas fuera mejor que las notara o reprendiera el censor que no el poeta. Pero que a Pericles, después de haber gobernado con suma autoridad y prudencia su República por tantos años, ya habiendo paz, ya guerras continuadas, le ultrajen con sus versos y los reciten en el teatro, es tan impropio como si nuestro Plauto o Nevio quisieran decir mal de Publio y Neyo Escipión, o Cecilio de Marco Catón». Poco más adelante dice: «Al contrario, nuestras Doce Tablas, aunque a pocos crímenes impusieron la pena capital, les pareció conveniente establecer esta pena, siempre que alguno representase o compusiese versos que causasen nota o infamia a alguno. Sabia constitución es ésta seguramente, ya que debemos tener nuestra vida sujeta a la decisión jurídica y sus legitimas determinaciones, y no a los gracejos y ficciones de los poetas; además de esto, tampoco debemos oír ignominia, alguna de boca de otro, sino de modo que podamos contestar y defendernos en juicio.» Estas expresiones me pareció conveniente sacarlas de Cicerón en dicho libro cuarto, dejando algunas expresiones como están, o mudándolas algún tanto para que se entiendan mejor, porque importan mucho, para lo que voy a explicar, si tuviese capacidad para ello. Añade Cicerón después otras particularidades, y concluye el asunto propuesto, manifestando que los antiguos romanos aborrecieron el que a ninguno en vida le alabasen o vituperasen en el teatro. Pero esta libertad, como ya dije, los griegos (aunque con .menos pudor y más acierto) quisieron permitirla, advirtiendo que sus dioses gustaban se representasen en las fábulas escénicas las ignominias y abominaciones, no sólo de los hombres, sino también de los dioses, ya fuesen ficciones de poetas, ya fuesen verdaderas, maldades de los dioses las que recitaban en los teatros, y ¡ojalá que a sus adoradores les pareciesen sólo dignas de ser reídas y no imitadas! Fue, sin duda, demasiada soberbia y atrevimiento respetar la fama de los principales ciudadanos, cuando sus dioses quisieron no se respetase su propio honor; porque las razones que alegan en su defensa sólo significan no ser cierto lo que dicen contra sus dioses, sino falso y fingido; y por el mismo hecho es mayor, maldad, si atendéis al respeto que se debe a la religión. Y si consideráis la malicia de los demonios, ¿qué espíritus puede haber más astutos y sagaces para engañar? Pues cuando se propala una expresión injuriosa contra un príncipe que es bueno y útil a su patria, pregunto: ¿esta acción no es más indigna, cuanto más remota de la verdad y más ajena de su conducta? ¿Y qué castigo, por terrible que sea, será bastante cuando se hace a Dios esta injuria tan atroz?

CAPITULO X. De la astucia de los demonios para engañarnos, queriendo que se cuenten sus culpas, falsas o verdaderas

Pero los malignos espíritus, a quienes tienen por dioses, se complacen en que se cuenten de ellos aun las obscenidades que nunca cometieron, a trueque de empeñar y trabar las almas de los hombres con semejantes opiniones como con redes, y llevarlos consigo a los tormentos que les están aparejados; ya las hayan cometido hombres a quienes desean los tengan por dioses los que se lisonjean en la ceguedad e ignorancia humana, y con el fin de que los adoren también por tales, se entremeten con infinitas cautelas y artificios perjudiciales y engañosos; ya no hayan sido realmente cometidas por hombre alguno, las cuales gustan los espíritus falaces que se finjan de los dioses, a fin de que parezca hay autoridad bastante para cometer torpezas y obscenidades, viendo que, al parecer, traen su derivación y ejemplo del mismo Cielo a la tierra. Viendo, pues, los griegos que servían a tales dioses, que en los teatros se representaban semejantes ignominias contra la santidad de sus dioses, no les pareció era razón les perdonasen de modo alguno los poetas, ya fuese por querer aun en esto asemejarse a sus dioses, o por temer que, pretendiendo mejor fama y prefiriéndose por este motivo a ellos, los enojasen y provocasen su ira. Y ésta es la razón de la razón por qué a los autores y representantes escénicos de estas fábulas los tenían por merecedores de las honras y cargos más importantes de la ciudad; pues como se refiere en el citado libro República, el elocuentísimo ateniense Esquines, después de haber representado tragedias en su juventud, entró en el gobierno de la República; y Aristodemo, autor también trágico, fue enviado en varias ocasiones por los atenienses en calidad de embajador al rey Filipo de Macedonia, sobre negocios gravísimos de paz y guerra. Porque estaban persuadidos de que no era razón tener por infames a los mismos que representaban los juegos escénicos, de los cuales veían que gustaban sus dioses.

CAPITULO XI. Cómo entre los griegos admitieron a los autores escénicos al gobierno de la República, porque les pareció no era razón menospreciar a aquellos por cuyo medio aplacaban a los dioses

Esta política, aunque torpe, la seguían los griegos por ser muy conforme al placer de sus dioses, sin atreverse a eximir la vida y, costumbres de sus ciudadanos de las mordaces lenguas de los poetas y farsantes, observando estaba sujeta a sus dicterios y reprensión la de los dioses. Fundados en estos principios, creyeron que no solamente no debían despreciar a los hombres que representaban en el teatro estas impiedades, de que se agradaban sus dioses, a quienes adoraban; antes, por el contrario, debían honrarlos con más distinción; ¿pues qué causa podían hallar para tener por honrados a los sacerdotes por cuyo ministerio ofrecían sacrificios agradables a los dioses, y al mismo tiempo tener por viles a los autores escénicos, por cuyo medio sabían tributaban a los dioses aquel honor que ellos habían establecido? Y más cuando así lo pedían los dioses, y aun se enojaban cuando suspendían tales funciones; y, lo que es más, advirtiendo que el erudito Labeón hace también distinción de cultos entre los dioses buenos y los malos, diciendo que los malos se aplacan con sangre y con sacrificios tristes y los buenos con, servicios alegres y placenteros, como son, según afirma, los juegos, banquetes y mesas que preparaban a los dioses en los templos, de todo lo cual hablaremos después particularmente, si Dios nos lo permite. Ahora, lo que se refiere al asunto de que vamos tratan, do es que, ya atribuyan a los dioses indiferentemente y sin distinción de buenos y de malos todas las operaciones como si fuesen todos buenos (porque no es razón que sean los dioses malos, aunque por ser todos espíritus inmundos todos son malos), ya les sirvan, como le pareció a Labeón, con cierta distinción, señalando para, los unos ciertos ritos y ceremonias y para los otros otras diferentes, diremos que con justa causa los griegos tienen por honrados así a los sacerdotes por cuyo ministerio se les ofrece el sacrificio como a los autores escénicos, por cuyo medio se les celebran los juegos; pues así no pueden acusarles de que agravian, o, generalmente a todos los dioses, si es que todos gustan de los juegos, o, lo que sería más indigno, a los que tienen por buenos, si únicamente éstos son aficionados a tales diversiones.

CAPITULO XII. Que los romanos, con quitar a los poetas contra los hombres la libertad que les concedieron contra los dioses, sintieron mejor de si que de sus dioses

Pero los romanos, como se gloría Escipión en la mencionada obra República, no quisieron tener expuesta su vida y fama a los dicterios e injurias de los poetas, antes por el contrario, impusieron la pena capital contra cualquiera que se atreviese a hacer semejantes poemas, la cual ley sin duda promulgaron en favor suyo y con sobrado fundamento; mas respecto de sus dioses, esta constitución era irreligiosa y contraria a su decoro, y el motivo de esta indolencia pudo consistir en que, como observasen que sus dioses sufrían, no sólo con paciencia, sino con placer, ser tratados de los poetas con denuestos e injurias, presumieron asimismo eran indignos de los dicterios con que se profanaba la autoridad de los dioses, y para esto se abroquelaron con una sanción tan rigurosa, permitiendo, sin embargo, el que se mezclasen en las solemnidades y fiestas las afrentas con que injuriaban a los dioses. ¡Que sea posible, Escipión, que alabes y encarezcas el haber prohibido a los poetas romanos la licencia de que no puedan notar con ignominia a ningún ciudadano romano, viendo que ellos no han perdonado a ninguno de vuestros dioses! ¿Es posible que os haya parecido más estimable la reputación de vuestro Senado que la del Capitolio, o, por mejor decir, la de toda Roma, más que la de todo el Cielo, que prohibieseis severamente por medio de una autorizada sanción a los poetas vomitasen la ponzoña de sus lenguas contra el honor de vuestros ciudadanos, y el que sin temor del castigo y contra la majestad de sus mismos dioses pudiesen zaherirles con sus frecuentes dicterios y afrentas ningún senador, ningún censor, ningún príncipe, ningún pontífice lo prohíba? Fue, por cierto, reprensible que Plauto y Nevio hablasen mal de Publio y Neyo Escipión y Cecilio de Marco Catón; pero ¿por qué reputáis por una acción justa y calificada el que vuestro Terencio, refiriendo el delito de Júpiter Optimo Máximo, excitase el apetito sensual de la juventud?

CAPITULO XIII. Que debían echar de ver los romanos que sus dioses, que gustaban los honrasen con tan torpes juegos y solemnidades, eran indignos del culto divino

Parece que, si viviera Escipión, acaso me respondería: «¿Cómo hemos de querer nosotros se castiguen aquellos crímenes que los mismos dioses constituyeron por ritos sagrados, cuando no sólo introdujeron en Roma los juegos escénicos, en los cuales se celebran, dicen, y representan semejantes indecencias, sino que mandaron también que se les dedicasen e hiciesen en honra suya?» Pero ¿y cómo instruidos en estos principios no llegaron a comprender que no eran verdaderos dioses, ni de modo alguno dignos de que la República les diese el honor y culto que se debe a Dios? Porque aquellos mismos que debían, por justas causas, no reverenciarlos, si hubieran deseado que se representaran los juegos escénicos con afrenta de los romanos, pregunto: ¿cómo los tuvieron por dioses y creyeron dignos de adorarlos? ¿Cómo no echaron de ver que eran espíritus abominables, que, con ansia de engañarlos, les pidieron que en honra suya les celebrasen sus torpezas y crímenes abominables? Además de esto, los romanos, aunque estaban ya bajo el yugo de una religión tan perversa que les inclinaba a dar culto a unos dioses que veían habían querido les consagrasen las representaciones obscenas de los juegos escénicos; con todo, mirando a su autoridad y decoro, no quisieron honrar a los ministros y representantes de semejantes fábulas, como lo ejecutaron los griegos, sino que, como dice Escipión y refiere Cicerón, considerando el arte de los cómicos y el teatro como ejercicio ignominioso, no solamente no quisieron que sus actores gozasen de los privilegios y honores comunes a los demás ciudadanos romanos, sino que hasta los privaron de su tribu, conforme a lo resuelto en la visita que practicaron los censores. Determinación verdaderamente prudente y digna de que se refiera entre las alabanzas de los romanos, pero yo quisiera que se siguiera a sí misma y se imitara a sí propia en tan acertadas decisiones: porque, reflexionad un poco ¿está muy bien ordenado que a cualquiera ciudadano romano que eligiese el oficio de los farsantes, no sólo le admitiesen a la obtención de honor alguno, sino que por orden del censor no le dejasen siquiera permanecer en su propia tribu? ¡Oh, glorioso decreto de una ciudad esclarecida, tan deseosa de alabanza como en el fondo verdaderamente romana! Pero, respóndanme: ¿qué motivo tuvieron para privar a los escénicos de todos los cargos de la ciudad, y, sin embargo, los mismos juegos los dedicaron al honor de sus dioses? Pasaron ciertamente muchos años en que la virtud romana no conoció los ejercicios del teatro, los cuales, silos hubieran buscado por humana diversión, su introducción, sin duda, hubiera procedido del vicio y relajación de las costumbres humanas; pero no nacieron de este principio: los dioses mismos fueron los que pidieron se les sirviese con ellos; y a vista de este particular precepto, ¿cómo menosprecian al actor por cuyo ministerio se sirve a Dios? ¿Y con qué valor se tacha y castiga al que representa la fábula en el teatro, al mismo tiempo que se adora al que lo pide? En esta controversia se hallan desavenidos en sus dictámenes los griegos y los romanos. Los griegos opinan que hacen bien en honrar a los actores, supuesto que adoran a los dioses que les piden tales juegos, y los romanos no consienten que se deslustre y desacredite con los actores una tribu de gente plebeya, cuanto más el orden de los senadores. Mas en ésta disputa se resuelve el punto de la cuestión con este argumento: proponen los griegos: si han de adorarse los tales dioses, por la misma razón debe honrarse a los que ejecuten sus juegos; resumen los romanos: Ahora bien; de ningún modo” se debe dar honor a tales hombres. Concluyen los cristianos: luego por ninguna razón se deben adorar tales dioses.

CAPITULO XIV. Que Platón, que no admitió a los poetas en una ciudad de buenas costumbres, es mejor que los dioses que quisieron los honrasen con juegos escénicos

Pregunto aún más: ¿por qué razón no hemos de tener por infames, como a los actores, a los mismos poetas que componen estas fábulas, a quienes por la ley de las Doce Tablas se les prohíbe el ofender la fama de los ciudadanos y se les permite lanzar tantas ignominias contra los dioses? ¿Cómo puede caber en una razón rectamente dirigida, y menos en la justicia, que se tengan por infames los actores y los dioses, y al mismo tiempo se honre a los autores? ¿Acaso en este particular hemos de dar la gloria al griego Platón, quien, fundando una ciudad tal cual era conforme a razón, fue de parecer se desterrasen de ella los poetas como enemigos de la tranquilidad pública? Platón no pudo sufrir las injurias que se hacían a los dioses; pero tampoco quiso que se estragasen los ánimos de los ciudadanos con ficciones y mentiras. Cotejemos ahora la condición humana de Platón, que destierra a los poetas de la ciudad porque no seduzcan a los ciudadanos con falsas imágenes, con la divinidad de los dioses, que desean y piden que los honren con los juegos escénicos. Platón, aunque no lo persuadió, con todo, disertando sobre estos puntos y atendiendo a la disolución y lascivia de los griegos, aconsejó que no se escribiesen semejantes obscenidades. Pero los dioses, mandándolo expresamente, obligaron con toda su autoridad y aun hicieron que la gravedad, y modestia de los romanos les representase tales funciones; y no se contentaron precisamente con que se les recitasen semejantes torpezas, sino que quisieron se las dedicasen y solemnemente se las celebrasen. ¿Y a quién con más justa causa debía mandar la ciudad romana Se tributasen honores como a Dios, a Platón, que prohibía estas maldades y abominaciones, o a los demonios, que gustaban de estos delirios de los hombres, a quienes Platón no pudo desengañar, ni persuadir la verdad? Fundado en estas razones, Labeón opinó que debíamos colocar y contar a Platón entre los semidioses, como a Hércules y Rómulo; y respecto de los semidioses, les pospone o coloca en el orden siguiente a los héroes, aunque a unos y otros coloca entre los dioses; pero Platón, a quien llama semidiós, no dudo debe ser preferido y antepuesto, no sólo a los héroes, sino a los mismos dioses. Las leyes de los romanos corresponden de algún modo con la doctrina de Platón, en cuanto éste condena absolutamente todas las ficciones poéticas; y ciertamente quitan a los poetas la licencia de infamar directamente a los hombres. Platón extermina y prohíbe a los poetas el habitar en la ciudad, y los romanos destierran a los actores y les cierran el paso para poder subir a los honores y prerrogativas correspondientes a los demás ciudadanos; y si del mismo modo se atrevieran con los dioses que deseen y resuelven los juegos escénicos, acaso lograran exterminarlos del todo: luego de ninguna manera pudieran esperar los romanos de sus dioses leyes bien combinadas para establecer las buenas costumbres o para corregir las malas; antes los vencen y convencen con sus desatinadas constituciones; porque ellos les piden los juegos escénicos en honra suya, y éstos privan de todos los honores correspondientes a su estado a los actores escénicos. Ordenan los romanos igualmente que se celebren por medio de las ficciones poéticas las acciones abominables de los dioses, y al mismo tiempo refrenan la libertad de los Poetas, prohibiéndoles injuriar a los hombres. Pero el semidiós Platón, no sólo se opuso al apetito descabellado de los dioses, sino que enseñó cuál era lo más conforme a la índole natural de los romanos, pues no quiso habitasen en una ciudad tan bien formada los mismos poetas, o los que, por mejor decir, mentían a su albedrío o proponían a los hombres acciones injustas que imitasen o representasen los crímenes de sus dioses Nosotros no defendemos que Platón es dios, ni semidiós, ni le comparamos a los ángeles buenos del verdadero Dios, ni a los profetas, ni a los apóstoles, ni a los mártires de Jesucristo, ni a algún hombre cristiano, y la razón de este dictamen la daremos en su lugar, pero, con todo, supuesto que quieren sostener fue semidiós, me parece debemos anteponerle, si no a Rómulo y a Hércules (aunque de Platón no ha habido historiador alguno o poeta que diga o finja que dio muerte a su hermano, ni haya cometido otra maldad), por lo menos debe ser preferido a Príapo o a un cinocéfalo, o, finalmente, a la fiebre, que son dioses que los temían los romanos, parte de otras naciones y parte los consagraban ellos propios. ¿Y de qué modo habían de prohibir el culto de semejantes dioses, y menos oponerse con sabios preceptos y leyes a tantos vicios como los que amenazan al corazón humano y a las costumbres del hombre? ¿O cómo habían de extirpar aquellos que naturalmente nacen y están arraigados en él? Mas, por el contrario, todos éstos procuraron fomentar y aun acrecentar, queriendo que tales torpezas suyas, o como si lo fuesen, se divulgasen por el pueblo por medio de las fiestas y juegos del teatro, para que, como con autoridad divina, se encendiese naturalmente el apetito humano, no obstante estar clamando contra este desenfreno en vano Cicerón, quien, tratando de los poetas, «a los cuales, como les divierten, dice, la voz y el aplauso del pueblo, como si fuese un perfecto y eminente maestro, ¡ qué de tinieblas introducen.!, ¡cuántos miedos infunden!, ¡qué de pasiones y apetitos inflaman!»

CAPITULO XV. Que los romanos hicieron para sí algunos dioses, movidos, no por razón, sino por lisonja

Y ¿qué razón tuvo esta nación belicosa para adoptarse estos dioses, que no fuese más una pura lisonja en la elección que hicieron de ellos, aun de los mismos que eran falsos? Pues a Platón, a quien respetan por semidiós (que tanto estudió y escribió sobre estas materias, procurando que las costumbres humanas no adoleciesen ni se corrompiesen con los males y vicios del alma, que son los que principalmente se deben huir), no le tuvieron por digno de un pequeño templo, y a Rómulo le antepusieron a muchos dioses, no obstante que la doctrina que ellos consideran como misteriosa y oculta le celebre más por semidiós que por dios, y en esta conformidad le crearon también un sacerdote que llamaban Flamen, cuya especie de sacerdocio fue tan excelente y autorizado en las funciones y ceremonias sagradas de los romanos, que usaban la insignia de un birreta de mitra, la que usaban los tres flamines que servían a los tres dioses, como eran un flamen dial para Júpiter, otro marcial para Marte y otro quirinal para Rómulo; pero habiendo canonizado a éste, y habiéndole colocado en el Cielo como por dios en atención a lo mucho que le estimaban sus ciudadanos, se llamó después Quirino, y así con esta honra quedó Rómulo preferido a Neptuno y a Plutón, hermanos de Júpiter, y al mismo Saturno, padre de éstos, confiriéndole como a dios grande el sumo sacerdocio que habían dado a Júpiter y Marte, como a su padre, y quizá por su respeto.

CAPITULO XVI. Que si los dioses tuvieran algún cuidado de la justicia, de su mano debieran recibir los romanos leyes para vivir, antes que pedirlas prestadas a otras naciones

Si pudieran los romanos haber obtenido de sus dioses leyes para vivir y gobernarse, no hubieran ido algunos años después de la fundación de Roma a pedir a los atenienses que les prestasen las leyes de Solón, aunque de éstas tampoco usaron del modo que las hallaron escritas, sino que procuraron corregirlas y mejorarlas conforme a sus usos; no obstante que Licurgo fingió había dispuesto que las leyes que dio a los lacedemonios con autoridad del oráculo de Apolo, lo cual, con justa razón, no quisieron creer los romanos, y por eso no las admitieron en todas sus partes, Numa Pompilio, que sucedió a Rómulo en el reino, dicen que promulgó algunas leyes, las cuales no eran suficientes para el gobierno de su Estado, y al mismo tiempo estableció ceremonias del culto religioso; pero no aseguran que estos, estatutos los recibiesen de mano de sus dioses; así éstos no cuidaron de que sus adoradores no poseyesen los vicios del alma, de la vida y de las costumbres, que son tan grandes, que algunos doctos romanos afirman que con estos males perecen las Repúblicas, estando aún las ciudades en pie; antes procuraron, como dejamos probado, el que se acrecentasen.

CAPITULO XVII. Del robo de las sabinas y de otras maldades que reinaron en Roma, aun en los tiempos que tenían por buenos

Pero diremos acaso que el motivo que tuvieron los dioses para no dar leyes al pueblo romano fue porque, como dice Salustio, la justicia y equidad reinaban entre ellos no tanto por las leyes cuanto por su buen natural; y yo creo que de esta justicia y equidad provino el robo de las sabinas; porque, ¿qué cosa más justa y más santa hay que engañar a las hijas de sus vecinos, bajo el pretexto de fiestas y espectáculos, y no recibirlas por mujeres con voluntad de sus padres, sino robarlas por fuerza, según cada uno podía? Porque si fuera mal hecho el negarlas los sabinos cuando se las pidieron, ¿cuánto peor fue el robarlas, no dándoselas? Más justa fuera la guerra con una nación que hubiera negado sus hijas a sus vecinos por mujeres después de habérselas pedido que con las que pretendían, después se las volviesen por habérselas robado. Esto hubiera sido entonces más conforme a razón, pues, en tales circunstancias, Marte pudiera favorecer a su hijo en la guerra, en venganza de la injuria que se les hacia en negarles sus hijas por mujeres, consiguiendo de este modo las que pretendían; porque con el derecho de la guerra, siendo vencedor, acaso tomaría justamente las que sin razón le habían negado; lo que sucedió muy al contrario -ya que sin motivo ni derecho robó las que no le habían sido concedida-, sosteniendo injusta guerra con sus padres, que justamente se agraviaron de un crimen tan atroz. Sólo hubo en este hecho un lance que verdaderamente pudo tenerse por suceso de suma importancia y de mayor ventura, que, aunque en memoria de este engaño permanecieron las fiestas del circo, con todo, este ejemplo no se aprobó en aquella magnífica ciudad; y fue que los romanos cometieron un error muy craso, más en haber canonizado por su dios a Rómulo, después de ejecutado el rapto, que en prohibir que ninguna ley o costumbre autorizase el hecho de imitar semejante robo. De esta justicia y bondad resultó que, después de desterrados el rey Tarquino y sus hijos, de los cuales Sexto había forzado a Lucrecia, el cónsul Junio Bruto hizo por la fuerza que Lucio Tarquino Colatino, marido de Lucrecia, y su compañero en el consulado, hombre inocente y virtuoso, que sólo el nombre y parentesco que tenía con los Tarquinos renunciase el oficio, no permitiéndole vivir en la ciudad, cuya acción fea efectuó con auxilio o permisión del pueblo, de quien el mismo Colatino habla recibido el consulado, así como Bruto. De esta justicia y bondad dimanó que Marco Camilo, varón singular de aquel tiempo, que al cabo de diez años de guerra, en que el ejército romano tantas veces había tenido tan funestos sucesos que estuvo en términos de ser combatida la misma Roma, venció con extraordinaria felicidad a los de Veyos, acérrimos enemigos del pueblo romano, ganándoles su capital; pero siendo examinado Camilo en el Senado sobre su conducta en la guerra, la cual determinación extraña motivó el odio implacable de sus antagonistas y la insolencia de los tribunos del pueblo, halló tan ingrata la ciudad que le debía su libertad, que, estando seguro de su condenación, se salió de ella, desterrándose voluntariamente; y a pesar de estar ausente multaron en 10,000 dineros a aquel héroe, que nuevamente había de volver a librar a su patria de las incursiones y armas de los galos. Estoy ya fastidiado de referir relaciones tan abominables e injustas con que fue afligida Roma, cuando los poderosos procuraban subyugar al pueblo y éste rehusaba sujetarse; procediendo las cabezas de ambos partidos más con pasión y deseo de vencer, que con intención de atender a lo que era razón y justicia.

CAPITULO XVIII. Lo que escribe Salustio de las costumbres de los romanos, así de las que estaban reprimidas con el miedo, como de las que estaban sueltas y libres con la seguridad

Seré, pues, breve, y me aprovecharé del incontestable testimonio de Salustio, quien habiendo dicho en honor de los romanos (que es de donde empezamos nuestra exposición) que la justicia y bondad entre ellos florecía no tanto por las leyes cuanto por su buen natural, celebrando la gloriosa época en que, desterrados los reyes, insensiblemente y en breve tiempo aquella admirable ciudad; sin embargo, el mismo Salustio, en el libro primero de su historia y en las primeras páginas, confiesa que, casi en el mismo instante en que, extinguido el poder real se estableció el consular, padeció la República considerables vejaciones y agravios de los poderosos; por lo que resultaron divisiones entre el pueblo y los senadores, sin referir las discordias y daños que en seguida acaecieron; pues habiendo dicho cómo el pueblo romano había vivido con laudables costumbres y mucha concordia, aun en aquellos tiempos calamitosos en que la segunda y última guerra de Cartago atrajo considerables males, y habiendo asimismo expuesto que la causa de esta felicidad fue, no el amor de la justicia, sino el miedo de la poca seguridad de la paz que había mientras vivía Cartago en su grandeza, que era la razón porque también Nasica no quería que se destruyera a Cartago, para de este modo reprimir la disolución, conservar las buenas costumbres y refrenar con el miedo los vicios, añade: «Pero la discordia, la avaricia, la ambición y los demás vicios y desgracias que suelen resultar de las prosperidades, crecieron extraordinariamente después de la destrucción de Cartago, para que lo entendiésemos que antes no sólo solían nacer, sino igualmente crecer, los vicios»; y dando la razón por qué se explica en estos términos, prosigue diciendo: «Porque hubo vejaciones y agravios que cometían los poderosos, de donde procedía la división entre los senadores y el pueblo, y otras discordias domésticas en el principio, cuando apenas había cesado la autoridad de los reyes, viviendo los hombres con equidad y modestia mientras duró el miedo de Tarquino y la peligrosa guerra con los etruscos.» ¿Veis cómo también el miedo fue la causa de haber vivido un espacio de tiempo tan corto, después de desterrados los reyes, con alguna equidad y honestidad; pues se temía la guerra que el rey Tarquino, despojado del reino, excitaba, y hacía contra los romanos, aliados de los etruscos? Advierte, pues, ahora lo que añade en seguida: «Comenzaron los padres a tratar al pueblo como a esclavo, disponiendo de su vida y de sus espaldas, al modo que acostumbran los reyes, defraudándolos del repartimiento de los campos, quedándose ellos solos con el gobierno y autoridad, sin conferir con los demás parte alguna. Oprimido el pueblo con un gobierno tan tiránico, y principalmente con el peso de las deudas y usuras, sufriendo igualmente con la continuación de las guerras, el tributo y la milicia, se amotinó y acudió armado al monte Sacro y al Aventino, donde eligió para su gobierno tribunos de la plebe y estableció varias leyes; no teniendo otro fin más feliz las discordias de uno y otro bando que la segunda guerra Púnica. ¿Veis desde qué tiempo, esto es, poco después de ser desterrados los reyes, cómo se portaron entre silos romanos, de quienes se dice que la justicia y bondad valía entre ellos no tanto por las leyes como por su buen natural? Pues si vemos que fueron tales aquellos tiempos en que dicen fue virtuosa, inocente y hermosa la República romana, qué nos parece podemos ya decir o pensar de aquellos célebres romanos que les sucedieron, en cuya época, habiéndose transformado paulatinamente para usar de los términos del mismo historiador), de hermosa y buena se hizo muy mala y disoluta, es a saber: después de la destrucción de Cartago, como lo insinuó el mismo Salustio; y del modo que este historiador recopila y describe estos tiempos que pueden examinarse en su historia, es fácil observar con cuánta malicia y corrupción de costumbres, nacida de las prosperidades, se fueron corrompiendo hasta el desdichado tiempo de las guerras civiles. Desde esta época, dice, las costumbres de los antepasados, no poco a poco como antes, sino como un arroyo que se precipita, se relajaron en tanto grado y la juventud se estragó tanto con las galas, deleites y avaricia, que con razón se dijo de ella que había nacido una gente que no podía tener haciendo ni sufrir que otros la tuviesen. Dice Salustio muchas cosas acerca de los vicios de Sila y de los demás desórdenes de la República, en lo que convienen todos los escritores, aunque se diferencian mucho en la elocuencia. Ya veis, a lo que entiendo, y cualquiera persona que quiera advertirlo fácilmente podrá notar, la relajación y corrupción de costumbres en que estaba sumergida Roma antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Acaeció, pues, esta desenfrenada disolución no sólo antes que Cristo encarnase y predicase personalmente su divina doctrina, sino también aun antes que naciese de la Virgen Santísima; y supuesto no se atrevieron a imputar los graves males acaecidos por aquellos tiempos, ya fuesen los tolerables al principio o los intolerables y horribles sucedidos después de la destrucción de Cartago; no atreviéndose, digo, a imputarlos a sus dioses, que con maligna astucia sembraban en los humanos corazones unas opiniones y principios prevaricadores de donde naciesen semejantes vicios, ¿por qué tienen la osadía de atribuir los males presentes a Cristo, quien por medio de una doctrina sana nos libra, por una parte, de la adoración de los falsos y seductores dioses, y por otra, abominando y anatematizando con autoridad divina esta perjudicial y contagiosa codicia de los hombres, poco a poco va entresacando de todas las partes del mundo corrompidas, y aun destruidas, con estos males, su dichosa familia, para ir estableciendo y fundando con ella la ciudad que es eterna y verdaderamente gloriosa, no por voto y como un aplauso de la humana vanidad, sino a juicio de la misma verdad, que es Dios?

CAPITULO XIX. De la corrupción que hubo en la República romana antes que Cristo prohibiese el culto de los dioses

Y ved aquí cómo la República romana (lo cual no soy yo el primero que lo digo, sino que sus cronistas, de quienes a costa de muchas tareas y molestias lo aprendimos, lo dijeron muchos años antes de la venida de Cristo) poco a poco se fue mudando, y de hermosa y virtuosa se convirtió en mala y disoluta. Ved aquí cómo antes de la gloriosa venida del Salvador, y después de la destrucción de Cartago, las costumbres de sus antepasados no paulatinamente como antes, sino como una rápida avenida de un arroyo, se entregaron y relajaron en tanto grado, que la juventud se corrompió con la superfluidad de las galas, deleites y codicia. Léannos algunos preceptos que hayan promulgado sus dioses contra el lujo, regalo y ambición del pueblo romano, a quien ojalá hubieran callado las cosas santas y modestas y no le hubieran pedido también las torpes y abominables, para acreditarlas mediante el oráculo de su falsa divinidad con más daño de sus adoradores. Lean los nuestros, así los Profetas como el santo Evangelio, los hechos apostólicos y las epístolas canónicas, y observarán en todos estos admirables escritos gran abundancia y copia de máximas saludables y de persuasiones convincentes, predicadas al pueblo mediante el influjo del espíritu divino, contra la avaricia y lujuria, no excitando el ruidoso estrépito y vocería que se oye a los filósofos desde su cátedras, sino tronando como desde unos oráculos y nubes de Dios, y, sin embargo, no imputan a sus dioses el haberse convertido la República antes de la venida de Cristo en disoluta y perversa, con los fuertes incentivos del deleite, del lujo, del regalo y con costumbres tan torpes como sanguinarias; antes bien, cualquiera aflicción que sufre en la presente situación su soberbia y molicie la atribuyen al influjo de la religión cristiana, cuyos preceptos sobre las costumbres sanas y virtuosas, si los oyesen y juntamente se aprovechasen de ellos los reyes de la tierra, los jóvenes y las doncellas y todas las naciones juntas, los príncipes y los jueces de la tierra, los ancianos y los mozos, todos los de edad capaz de juicios, hombres y mujeres, y aquellos a quienes habla San Juan Bautista, los mismos publicanos y soldados, no sólo ilustraría y adornaría la República con su felicidad las tierras de esta vida presente, sino que subiría a la cumbre de la vida eterna para reinar eternamente y con perpetua dicha; pero por cuanto uno lo oye y otro lo desprecia, y los más son aficionados más a la perniciosa condescendencia y atractivo de los vicios que al importante rigor y aspereza de las virtudes, se les notifica y manda a los siervos de Jesucristo que tengan paciencia y sufran, ya sean reyes, príncipes, ya jueces, soldados, de provincias, ricos, pobres, libres, esclavos, de cualquier condición que sean, hombres y mujeres, que toleren, digo (si así conviene), aun a la República más disoluta y perversa, y que con este sufrimiento granjearán y conseguirán un elevado y distinguido lugar en aquella santa y augusta Corte de los Ángeles y República celestial, cuyas leyes y ordenanzas son la misma voluntad de Dios.

CAPITULO XX. Cuál es la felicidad de que quieren y las costumbres con que quieren vivir los que culpan los tiempos de la religión cristiana

Aunque los que aprecian y adoran a los dioses, cuyos crímenes y maldades se lisonjean de imitar, de ningún modo procuran atender a la conservación de una República mala y disoluta, con tal que ésta exista o que florezca en abundancia de bienes y gloriosas victorias; o lo que es mayor felicidad, con tal que goce de una paz segura y estable, ¿qué nos importa a nosotros? Antes bien, lo que a cada uno interesa más es que cualquiera aumente continuamente sus riquezas, con las cuales haya para sostener los diarios gastos, y, del mismo modo, es que fuere más poderoso pueda sujetar igualmente a los más necesitados, o que obedezcan a los ricos los más pobres, sólo para conseguir la comida y aliviar su necesidad, y para que a la sombra de su amparo gocen del ocio y de la quietud, y se sirvan los ricos de los indigentes para sus ministerios respectivos, y para la, ostentación de su pompa y fausto; que el pueblo aplauda, no a los que le persuaden lo que le importa, sino a los que le proporcionan gustos y deleites; que no se les mande cosa dura, ni se les prohíba cosa torpe; que los reyes no atiendan a si son buenos y virtuosos sus vasallos, sino a si obedecen sus órdenes; que las provincias sirvan a los reyes, no como gobernadores o primeros directores de sus costumbres, sino como a señores o dueños absolutos de sus haciendas y como a proveedores o dispensadores de sus deleites y regalos, y al mismo tiempo que los honren y reverencien, no sinceramente o de corazón, sino que los teman servilmente; que castiguen severamente las leyes primero lo que ofende a la vida ajena que lo que daña a la vida propia; que ninguno lleve a la presencia del juez, sino al que fuere perjudicial a los bienes, casa o salud ajena, o fuere importuno o nocivo por sus costumbres relajadas; que en lo demás, con sus afectos o deudos, o de los haberes de éstos, o de cuales quiera que condescendiere haga cada uno lo que más le agradare; que asimismo haya abundancia de mujeres públicas, para todos los que quisiesen participar de ellas, o particularmente para los que no pueden tenerlas en su casa; que se edifiquen grandes, magníficas y suntuosas casas donde se frecuenten los saraos y convites, y donde, según le pareciere a cada uno, de día y de noche, juegue, beba, se divierta, gaste y triunfe; que continúen sin interrupción los bailes, hiervan los teatros con el aplauso y voces de alegría; que se conmuevan con la representación de actos deshonestos y todo género de deleites tan abominables y torpes, y que sea tenido por enemigo público el que no gustare de esta felicidad; que a cualquiera que intentase alterarla o quitarla puedan todos, libremente, echarle adonde no le oigan, le destierren donde no sea visto y le saquen de entre los vivientes; que sean tenidos por verdaderos dioses los que procuraron que el pueblo consiguiese esta felicidad y, conseguida, supieron inventar medios para conservársela; que los reverencien y tributen del modo que les fuera más agradable; que pidan los juegos y fiestas que fuesen de su voluntad y pudiesen alcanzar de sus adoradores, con tal que procuren con todo su esfuerzo que esta felicidad momentánea esté segura de las invasiones del enemigo, de los funestos efectos del contagio y de cualquiera .otra calamidad; ¿y quién de sano juicio habrá que quiera comparar esta República, no digo yo con el Imperio romano, sino con la casa de Sardanápalo, quien, siendo por algún tiempo rey de los asirios, se entregó con tanta demasía a los deleites que mando se escribiese en su sepulcro que después de muerto sólo conservaba lo que había devorado y consumido en vida su torpe apetito? Si la suerte hubiera dado a los romanos por rey a Sardanápalo, y contemporizara y disimulara estas torpezas sin contradecirles de modo alguno, sin duda de mejor gana le consagraran templo y flamen que los antiguos romanos a Rómulo.

CAPITULO XXI. Lo que sintió Cicerón de la República romana

Pero si no hicieron caso del erudito escritor que llamó a la República romana mala y disoluta, ni cuidan de que esté poseída de cualesquiera torpezas y costumbres abominables y corrompidas, con tal que exista y persevere; digan cómo no solo se hizo procaz y disoluta, como dice Salustio, sino que, según enseña Cicerón, en aquella época había ya perecido del todo la República, sin quedar rastro ni memoria de ella Introduce, pues, en el raciocinio este sabio orador al valeroso Escipión, aquel mismo que destruyó Cartago, disertando sobre la República en un tiempo en que ya se sospechaba y advertía que estaba vacilante y expuesta a ser destruida con los vicios y corrupción de costumbres, sobre lo que elegantemente habla Salustio. Suscitose, pues, esta controversia en el tiempo en que ya uno de los Gracos había muerto, en cuyo gobierno -como escribe Salustio- tuvieron principio graves discordias, y de cuya muerte se hace mención en los mismos libros; y habiendo dicho Escipión al fin del libro segundo, que «así como se debe guardar en la citara, en la flauta y en la canción una cierta consonancia de distintas y diferentes voces, la cual, si se muda, disuena, ofende y no la puede sufrir un oído delicado, y esta misma consonancia, aunque de diferentes voces, con sólo contemplarlas y arreglarías a una perfecta modulación, se hace grata y suave al oído; así también una ciudad compuesta de diferentes órdenes y estados, altos, medios y bajos, como voces bien templadas, con la conformidad y concordia de partes de entre sí tan diferentes, vive concorde y tranquila; lo que llaman los músicos en el cántico armonía, esto era en la ciudad la concordia, que es un estrecho e importante vínculo para la conservación de toda la República, la cual de ningún modo podía existir sin la justicia»; pero disertando después dilatada y copiosamente sobre lo que interesaba el que hubiese justicia en la ciudad, como de los graves daños que se seguían en todo Estado que no se observaba; tomó la mano Filón, uno de los que disputaban, y pidió que se averiguase más circunstancialmente esta opinión, tratándose con más extensión de la justicia, porque comúnmente se decía que era imposible regir y gobernar una República sin injusticia, y por esto fue Escipión de parecer convenía aclarar y ventilar esta duda, diciendo «le parecía que era nada cuanto hasta entonces habían hablado acerca del gobierno de la República, y que aún podría decir más, a no estar confirmado y fuera de toda ambigüedad que era falso el principio de que sin justicia podía regirse un pueblo, así como era cierto el otro, de que es imposible gobernar una República sin una recta justicia». Y habiendo diferido la resolución de esta cuestión para el día siguiente, en el tercer libro se trató de esta materia copiosamente, refiriendo las disputas que ocurrieron para su decisión. El mismo Filón siguió el partido de los que opinaban era imposible regir la República sin injusticia, justificándose en primer lugar para que no se creyese que él realmente era de este parecer, y disertó con mucha energía en favor de la injusticia, y contra la justicia, dando a entender quería manifestar con ejemplos y razones verosímiles que aquélla interesaba a la República y ésta era inútil. Entonces Lelio, a ruegos de los senadores, empezando a defender con nervio y eficacia la justicia, ratificó, y aun aseguró cuanto pudo la opinión contraria, hasta demostrar que no había cosa más contraria al régimen y conservación de una ciudad que la injusticia, y que era absolutamente imposible gobernar un Estado y hacer que perseverase en su grandeza, sino obrando con rectitud y justicia. Examinada y ventilada esta cuestión por el tiempo que se creyó suficiente, volvió Escipión al mismo asunto que había dejado, tornando a repetir y elogiar su concisa definición de la Republica, en la que había asentado que era algo del pueblo; y resuelve que pueblo no es cualquiera congreso que compone la multitud, sino una junta asociada unánimemente y sujeta a unas mismas leyes y bien común. Después demuestra cuánto importa la definición para las disputas, y de sus definiciones colige que entonces es República, esto es, bien útil al pueblo, cuando, se gobierna bien y de acuerdo, ya sea por un rey, ya por algunos patricios, ya por todo el pueblo; pero siempre que el rey fuese injusto, a quien llamó tirano, como acostumbraban los griegos, injustos serían los principales encargados del gobierno, cuya concordia y unión dijo era parcialidad; o injusto sería el mismo pueblo, para quien no halló nombre usado, y por eso le llamó también tirano; no era ya República viciosa, como el día anterior habían dicho, sino que, como manifestaba el argumento y razones deducidas de las establecidas definiciones, de ningún modo era República, porque no era bien útil al pueblo, apoderándose de ella el tirano con parcialidad; ni el mismo pueblo era ya pueblo si era justo, porque no representaba ya la multitud unida y ligada por unas mismas leyes y bien común, como se ha definido al pueblo. Cuando la República romana era de tal condición cual la pintó Salustio, no era ya mala y disoluta, como él dice, sino que totalmente no era ya República, como se confirmó en la disputa que se suscitó sobre ella entre sus principales patricios que la gobernaban, así como el mismo Tulio, hablando no ya en nombre de Escipión ni de otro alguno, sino por si mismo, lo mostró al principio del libro quinto, alegando en su favor el verso del poeta Ennio, que dice: «Que conservan la República romana en su primitivo esplendor las antiguas buenas costumbres y los muchos hombres excelentes que había producido.» El cual verso, dice él, «me parece que, o por su concisión o sencillez, le pronunció como si fuese tomado de algún oráculo, porque ni los varones excelentes, si, no estuviera tan bien formada y acostumbrada la ciudad, ni las costumbres, si no presidieran y gobernaran estos insignes varones, hubieran podido establecer ni conservar una República tan dilatada con un dominio en su gobierno tan justo y tan extendido; así pues, en los tiempos pasados, las mismas costumbres o la buena conducta de nuestra patria elegía varones insignes, quienes conservaban en su primer esplendor las costumbres e instituciones de sus mayores; pero nuestro siglo, habiendo recibido el gobierno del Estado como una pintura hermosa que se deteriora y desmejora con la antigüedad, no solamente no cuidó de renovar los mismos colores que solía tener, pero ni procuró que por lo menos conservase la forma y sus últimos perfiles; porque ¿que retenemos ya de las antiguas costumbres con que dice estaba en pie la República romana, las cuales vemos tan desacreditadas y olvidadas, que no sólo se estiman, pero ni aun las conocen? Y de los varones puede decir que las mismas costumbres perecieron por falta de hombres que las practicasen, de cuya desventura no solamente hemos, de dar la razón, sino que también, como reos de un crimen capital, hemos de dar cuenta ante el juez de esta causa, en atención a que por nuestros propios vicios, no por accidente alguno, conservamos de la República sólo el nombre; pero la sustancia de ella realmente hace ya tiempo que la perdimos». Esto confesaba Cicerón, aunque mucho después de la muerte de Africano, a quien hizo disertar en sus libros sobre la República, pero todavía, antes de la venida de Jesucristo, y si esto se hubiera pensado y divulgado cuando ya florecía la religión cristiana, ¿quién hubiera entre éstos que no le pareciera que se debía imputar esta relajación a los cristianos? ¿Por qué no procuraron sus dioses que no pereciera ni se perdiera entonces aquella República, la cual Cicerón, muchos años antes que Cristo naciese de la Santísima Virgen, tan lastimosamente llora por perdida? Examine atentamente los que tanto ensalzan, qué tal fue aun en la época en que florecieron aquellos antiguos varones y celebradas costumbres; si acaso floreció en ella la verdadera justicia, o si quizá entonces tampoco vivía por el rigor de las costumbres, sino que estaba pintada con bellos colores, la cual aun el mismo Cicerón, ignorándolo cuando la celebraba y prefería, lo expresó; pero en otro lugar hablaremos de esto, si Dios lo quiere, procurando manifestar a su tiempo, conforme a las definiciones del mismo Cicerón, cuán brevemente explicó lo que era República y lo que era pueblo en persona de Escipión, conformándose con él otros muchos pareceres, ya fuesen suyos o de los que introduce en la misma disputa, donde sostiene que aquélla nunca fue República, porque jamás hubo en ella verdadera justicia; pero, según las definiciones más probables en su clase, fue antiguamente República, y mejor la gobernaron y administraron los antiguos romanos que los que se siguieron después; en atención a que no hay verdadera justicia, sino en aquella República cuyo Fundador, Legislador y Gobernador es Cristo, si acaso nos agrada el llamarla República, pues no podemos negar que ella es un bien útil al pueblo; pero si este nombre, que en otros lugares se toma en diferente acepción, estuviese acaso algo distante del uso de nuestro modo de hablar, por lo menos la verdadera justicia se halló, en aquella ciudad de quien dice la Sagrada Escritura: «¡Cuán gloriosas cosas están dichas de la, Ciudad de Dios!»

CAPITULO XXII. Que jamás cuidaron los dioses de los romanos de que no se estragase y perdiese la República por las malas costumbres

Por lo que se refiere a la presente cuestión, por más famosa que digan fue, o es, la República, según el sentir de sus más clásicos autores, ya mucho antes de la venida de Cristo se había hecho mala y disoluta, o por mejor decir, no era ya tal República, y había perecido del todo con sus perversas costumbres; luego para que no se extinguiese, los dioses, sus protectores, debieran dar particulares preceptos al pueblo que los adoraba para uniformar su vida y costumbres, siendo así que los reverenciaba y daba culto en tantos templos, con tantos sacerdotes, con tanta diferencia de sacrificios; con tantas y tan diversas ceremonias, fiestas y solemnidades, con tantos y tan costosos regocijos y representaciones teatrales; en todo lo cual no hicieron los demonios otra cosa que fomentar su culto, no cuidando de inquirir cómo vivían antes, y procurando que viviesen mal; pero si todo esto lo hicieron por puro miedo en honra y honor de los dioses, o si éstos les dieron algunos saludables preceptos, tráiganlos, manifiéstenlos y léannos qué leyes fueron aquellas que dieron los dioses a Roma y violaron los Gracos cuando la turbaron con funestas sediciones, cual fueron Mario, Cinna y Carbón, que fomentaron las guerras civiles, cuyas causas fueron muy injustas, y las prosiguieron con grande odio y crueldad y con mucha mayor las acabaron, las cuales, finalmente, el mismo Sila, cuya vida y costumbres, con las impiedades que cometió, según las pinta Salustio, y otros historiadores, ¿a quién no causan horror? ¿Quién no confesará que entonces pereció aquella República? ¿Acaso por semejantes costumbres experimentadas reiteradamente en Roma se atreverán, como suelen, a alegar en defensa de sus dioses aquella expresión de Virgilio en el libro 2 de la Eneida, donde dice «que todos los dioses que sustentaba en pie aquel Imperio se marcharon, desamparando sus templos y aras?» Si lo primero es así, no tienen que quejarse de la religión cristiana, pretendiendo que, ofendidos de ella sus dioses, los desampararon; pues sus antepasados muchos años antes, con sus costumbres, los espantaron como a moscas de los altares de Roma; pero, con todo, ¿adónde estaba esta numerosa turba de dioses cuando, mucho antes que se estragasen y corrompiesen las antiguas costumbres, los galos tomaron y quemaron a Roma? ¿Acaso estando presentes dormían? Entonces, habiéndose apoderado el enemigo de toda la ciudad, sólo quedó ileso el monte Capitolino, el cual también le hubieran tomado si, durmiendo los dioses, por lo menos no estuvieran de vela los gansos; de cuyo suceso resultó que vino a caer Roma casi en la misma superstición de los egipcios, que adoran a las bestias y a las aves, dedicando sus solemnidades al ganso; mas no disputo, por ahora, en estos males casuales que conciernen más al cuerpo que al alma, y suceden por mano del enemigo o por otra desgracia o casualidad. Ahora únicamente trato de la relajación de las costumbres, las cuales, perdiendo al principio poco a poco sus bellos colores y despeñándose después al modo de la avenida de un arroyo arrebatado, causaron, aunque subsistían las casas y los muros, tanta ruina en la República, que autores gravísimos de los suyos no dudan en afirmar que se perdió entonces; y para que así fuese hicieron muy bien en marcharse todos los dioses, desamparando sus templos y aras, si la ciudad menospreció los preceptos que les habían dado sobre vivir bien, con rectitud y justicia; pero, pregunto ahora: ¿quiénes eran estos dioses que no quisieron vivir ni conversar con un pueblo que los adoraba, al que viviendo escandalosamente no enseñaron a vivir bien?

CAPITULO XXIII. Que las mudanzas de las cosas temporales no dependen del favor o contrariedad de los demonios, sino de la voluntad del verdadero Dios

¿Acaso no se puede demostrar que, aunque estos falsos dioses o deidades alentaron y ayudaron a los romanos a satisfacer sus torpes apetitos, sin embargo, no les asistieron para refrenarlos? ¿Por qué los que favorecieron a Mario, hombre nuevo y de baja condición, cruel autor y ejecutor de las guerras civiles, para que fuese siete veces cónsul, y que en su séptimo consulado viniera a morir viejo y lleno de años, no le patrocinaron asimismo a fin de que no cayera en manos de Sila, que había de entrar luego vencedor? ¿Por qué no le ayudaron también para que se amansara y evitara tantas y tan inmensas crueldades como hizo? Pues si para esta empresa no le ayudaron sus dioses, ya expresamente confiesa que, sin tener uno a sus dioses propicios y favorables, es factible que consiga la temporal felicidad que tan sin término codician, y que pueden algunos hombres, como fue Mario, a despecho y contra las disposiciones y ‘voluntad de los dioses, adquirir y gozar de salud, fuerzas y riquezas de honras y dignidades y larga vida; y que pueden igualmente algunos hombres, como fue Régulo, padecer y morir muerte afrentosa en cautiverio, servidumbre, pobreza y desconsuelo, estando en gracia de los dioses, y si conceden que esto es así, confiesan en breves palabras que de nada sirven, y que en vano los reverencian; porque si procuraron que el pueblo se instruyese en los principios más opuestos a las virtudes del alma y a la honestidad de la vida, cuyo premio debe esperar después de la muerte, y si en estos bienes transitorios y temporales ni pueden dañar a los que aborrecen ni favorecer a los que aman, ¿para qué los adoran y para qué con tanto anhelo? ¿Por qué murmuran en los tiempos adversos y desgraciados, como si ofendidos se hubieran ido, y al mismo tiempo con impías imprecaciones injurian la religión cristiana? Y si en estas cosas tienen poder para hacer bien o mal, ¿por qué en ellas favorecieron a Mario siendo un hombre tan malo, y fueron infieles a Régulo siendo tan bueno? Y acaso con este procedimiento, ¿no hacen ver claramente que son sumamente injustos y malos? Pero si por estos motivos creyeron que deben ser aún más temidos y reverenciados, tampoco esto debe creerse, porque es sabido que del mismo modo los adoró Régulo que Mario, y no por eso nos parezca se debe escoger la mala vida, porque se presume que los dioses favorecieron más a Mario que a Régulo, ya que Metelo, uno de los mejores y más famosos romanos, que tuvo hijos dignos del consulado, fue también dichoso en las cosas temporales, y Catilina, uno de los peores, fue desdichado, perseguido de la pobreza y murió vencido en la guerra que tan injustamente había promovido. Verdadera y cierta es solamente la felicidad que consiguen los buenos que adoran a Dios, y es de quien solamente la pueden alcanzar, pues cuando se iba corrompiendo y perdiendo Roma con las malas costumbres, no tomaron providencia alguna sus dioses para corregirlas o enmendarlas y para que no se aniquilase, antes cooperaron a su depravación, corrupción y completa destrucción. Ni por eso se finjan buenos como aparentando en cierto modo que, ofendidos de las culpas y crímenes de los ciudadanos, se ausentaron, pues seguramente estaban allí; con lo cual ellos mismos se descubren y conocen, puesto que al fin no pudieron ayudarlos con sus consejos, ni pudieron encubrirse callando. Paso por alto el que los minturnenses, excitados de Ia compasión, encomendaron los sucesos de Mario a la diosa Marica, a, quien rendían adoración en un bosque contiguo al lugar y consagrado a su hombre, para que le favoreciese y diese prósperos sucesos en todas sus empresas; y sólo advierto que, vuelto a su primera prosperidad desde la suma desesperación, caminó fiero y cruel contra Roma, llevando consigo un poderoso y formidable ejército, adonde cuán sangrienta fue su victoria, cuán cruel y cuánto más fiera que la de cualquier enemigo, léanlo los que quisieren en los autores que la escribieron. Pero esto, como digo, lo omito, ni quiero atribuir a no sé qué Marica la sangrienta felicidad de Mario, sino a la oculta providencia de Dios, para tapar la boca a los, incrédulos y para librar de su ceguedad y error a los que tratan este punto, no con compasión, sino que lo advierten con prudencia, porque aunque en estos acontecimientos pueden algo los demonios, es tanto su poder cuantas son las facultades que les concede el oculto juicio del que es Todopoderoso, para que, en vista de tales desengaños, no apreciemos demasiado las felicidades terrenas, las cuales como a Mario, se dispensan también por la mayor parte a los malos, ni tampoco mirándola bajo otro aspecto la tengamos por mala, viendo que, a despecho de los demonios, la han tenido también por lo mismo muchos santos y verdaderos siervos del que es un solo Dios verdadero; ni, finalmente, entendamos que debemos acatar o temer a estos impuros espíritus por los bienes o males de la tierra; porque así como los hombres malos no pueden hacer en la tierra todo lo que quieren, así tampoco ellos, sino en cuanto se les permite por orden de aquel gran Dios, cuyos juicios nadie los puede comprender plenamente y nadie justamente reprender.

CAPITULO XXIV. De las proezas que hizo Sila, a quien mostraron favorecer Ios dioses

El mismo Sila, cuyos tiempos fueron tales que se hacían desear los pasados (a pesar de que a los ojos humanos parecía el reformador de las costumbres), luego que movió su ejército para marchar a Roma contra Mario, escribe Tito Livio que, al ofrecer sacrificios a los dioses, tuvo tan prósperas señales, que Postumio -sacrificador y adivino en este holocausto- se obligó a pagar con su cabeza si no cumplía Sila todo cuanto tenía proyectado en su corazón con el favor de los dioses. Y ved aquí cómo no se habían ausentado los dioses desamparando los sagrarios y las aras, supuesto que presagiaban los sucesos de la guerra y no cuidaban de la corrección del mismo Sila. Prometíanle, adivinando los futuros contingentes, grande felicidad, y no refrenaban su codicia amenazándole con los más severos castigos; después, manteniendo la guerra de Asia contra Mitrídates, le envió a decir Júpiter con Lucio Ticio que había de vencer a Mitrídates, y así sucedió; pero en adelante, tratando de volver a Roma y vengar con guerra civil las injurias que le habían hecho a él y a sus amigos, el mismo Júpiter volvió a enviar a decirle con un soldado de la legión sexta, que anteriormente le había anunciado la victoria contra Mitrídates, y que entonces le prometía darle fuerzas y valor para recobrar y restaurar, no sin mucha sangre de los enemigos, la República. Entonces preguntó qué forma o figura tenía el que se le había aparecido al soldado, y respondiendo éste cumplidamente, se acordó Sila de lo que primero le había referido Ticio cuando de su parte le trajo el aviso de que había de Vencer a Mitrídates. ¿Qué podrán responder a esta objeción si les preguntamos por qué razón los dioses cuidaron de anunciar estos sucesos como felices, y ninguno de ellos atendió a corregirlos con sus amonestaciones, o recordar al mismo Sila las futuras desgracias públicas, si sabían que había de causar tantos males con sus horribles guerras civiles, las cuales no sólo habían de estragar, sino arruinar totalmente la República? En efecto, se demuestra bien claro quiénes son los demonios, como muchas veces lo he insinuado. Sabemos nosotros por el incontrastable testimonio de la Sagrada Escritura, y su calidad y circunstancias nos muestran, que hacen su negocio porque les tengan por dioses, adoren y ofrezcan votos, que, uniéndose con éstos los que se les ofrecen, tengan juntamente con ellos delante del juicio de Dios una causa de muy mala condición. Después de llegado Sila a Tarento y sacrificado allí, vio en lo más elevado del hígado del becerro como una imagen o representación de una corona de oro. Entonces Postumio -el adivino de quien se ha hecho mención- le dijo que aquella señal quería dar a entender una famosa victoria que había de conseguir de sus enemigos; por lo que le mandó que sólo él comiese de aquel sacrificio. Pasado un breve rato un esclavo de Lucio Poncio, adivinando, dio voces, diciendo: «Sila, mensajero soy de Belona; la victoria es tuya»; añadiendo a estas palabras las siguientes: «Que se había de quemar el Capitolio.» Dicho esto, se apartó del campo, donde estaba alojado el ejército, y al día siguiente volvió aún más conmovido, y dando terribles voces, dijo que el Capitolio se había quemado, lo que era cierto, aunque era muy fácil que el demonio lo hubiese previsto y manifestado luego. Pero es digno de advertir lo que hace principalmente á nuestro propósito, y es, bajo qué dioses gustan estar los que blasfeman del Salvador, que es quien pone en libertad las voluntades de los fieles, sacándolas del dominio de los demonios. Dio voces del hombre, vaticinando: «Tuya es la victoria, Sila»; y para que se creyese que lo decía con espíritu divino, anunció también lo que era posible sucediese y después acaeció, estando, sin embargo, muy distante aquel por quien el espíritu hablaba; pero no dio voces, diciendo: «Guárdate de cometer maldades, Sila», las cuales, siendo vencedor cometió en Roma el mismo que en el hígado del becerro, por singular señal de su victoria, tuvo la visión de la corona de oro. Y si semejantes señales acostumbraban a dar los dioses buenos y no los impíos demonios, sin duda que en las entrañas de la víctima prometerían primero abominables males y muy perniciosos al mismo Sila: en atención a que la victoria no fue de tanto interés y honor a su dignidad cuanto fue perjudicial a su codicia, con la cual sucedió que, anhelando ensoberbecido y ufano las prosperidades, fue mayor la ruina y muerte que se hizo a si mismo en sus costumbres que el estrago que hizo a sus enemigos en sus personas y bienes. Estos fatales acaecimientos, que verdaderamente son tristes y dignos de lágrimas, no los anunciaban los dioses ni en las entrañas de las víctimas sacrificadas, ni con agüeros, sueños o adivinaciones de alguno, porque más temían que se corrigiese, que no que fuese vencido; antes procuraban lo posible que el vencedor de sus mismos ciudadanos se rindiese vencido y cautivo a los vicios nefandos, y por ellos más estrechamente a los mismos demonios.

CAPITULO XXV. Cuánto incitan al hombre a los vicios los espíritus malignos, cuando para hacer las maldades interponen su ejemplo como una autoridad divina

Y de cuanto va referido, ¿quién no entiende, quién no advierte, sino es el que gusta más de seguir e imitar semejantes dioses que apartarse con la divina gracia de su infame compañía, cuánto procuran los malignos espíritus acreditar los vicios y maldades con su ejemplo como con autoridad divina? En cuya comprobación decimos, que en una espaciosa llanura de tierra de campaña, adonde poco después los ejércitos civiles se dieron una reñida batalla, los vieron a ellos mismos pelear entre sí; allí se oyeron primero grandes rumores y estruendos, y luego refirieron muchos que habían visto por algunos días pelear mutuamente dos ejércitos; y, concluida la batalla, hallaron como huellas de hombres y caballos, cuantas pudieran imaginarse en un encuentro igual. Ahora, pues, si de veras pelearon los dioses entre sí, no se culpen ya las guerras civiles entre los hombres, sino considérese la malicia o miseria de estos dioses; y si fingieron que pelearon, ¿qué otra cosa hicieron sino trayendo entre sí los romanos guerras civiles, darles a entender no cometían maldad alguna teniendo aquel ejemplo de los dioses? A la sazón ya habían comenzado las guerras civiles y precedido algunos casos horrorosos y abominables de tan fieras batallas; y asimismo había ya conmovido los corazones de muchos el fatal suceso acaecido a un soldado que, despojando a otro que había muerto; descubriendo su cuerpo, conoció que era su hermano, y abominando de las guerras civiles, se mató a sí mismo en el mismo lugar, haciendo así compañía al difunto cuerpo de su hermano, lo cual sin duda les movía, persuadía, no precisamente a que se avergonzasen y arrepintiesen de una maldad tan execrable, sino a que creciese más y más el furor de tan perjudiciales guerras; luego estos demonios a quienes los tenían por dioses y les parecía debían adorarlos y reverenciarlos, quisieron aparecerse a los hombres peleando entre sí, para que, a vista de este espectáculo, no revelase el afecto y amor de una misma patria semejantes encuentros y combates; antes el pecado y error humano se excusase con el ejemplo divino. Con este ardid prescribieron también los malignos espíritus que se les consagrasen los juegos escénicos, de los que he referido ya circunstancialmente algunas particularidades, y en los que han celebrado tantas abominaciones de los dioses, así en los cánticos y músicas del teatro como en las representaciones de las fábulas, para que todo el que creyese que ellos hicieron tales acciones, lo mismo que el que no lo creyese, a pesar de ver que ellos querían gustosamente que se les ofreciesen semejantes fiestas, seguramente los imitase; y para que ninguno imagine cuando los poetas cuentan que pelearon entre sí, que habían escrito contra los dioses injurias y oprobios, y no acciones propias de su divinidad, ellos mismos, para engañar a los hombres, confirmaron los dichos de los poetas, mostrando a los ojos humanos sus batallas, no sólo por medio de los actores en el teatro, sino también por sí mismos en el campo. Nos ha movido a referir esto el observar que sus propios autores no dudaron en decir y escribir, que muchos años antes de las guerras civiles se había perdido la República romana con las perversas costumbres de sus ciudadanos, y que no había quedado sombra de República antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo; cuya perdición no imputan a sus dioses los que atribuyen a Cristo, los males transitorios y temporales con que los buenos, ya vivan, o ya mueran, no pueden perecer. Habiendo nuestro, gran Dios dado tantos preceptos contra las malas costumbres y en favor de las buenas, y no habiendo tratado sus dioses negocio alguno por medio de semejantes preceptos con el pueblo que los adoraba, para que aquella República no se perdiese, antes corrompiendo las mismas costumbres con su ejemplo y detestable autoridad, hicieron que totalmente se perdiese, de la cual – a lo que entiendo- ninguno se atreviera ya a decir que se perdió entonces, porque se marcharon todos los dioses; desamparando los sagrarios y las aras como afectos a las virtudes y ofendidos de los vicios de los hombres; pues por tantas señales de sacrificios, agüeros y adivinaciones con que deseaban recomendar su divinidad y presciencia y dar a entender conocían lo futuro y favorecían en las guerras, quedan convencidos de que estaban presentes; y si de veras se hubieran ido, sin duda con más piedad y clemencia se hubieran portado los romanos en las guerras civiles, aunque no se lo inspiran las instigaciones de los dioses, sino sólo sus pasiones y deseos ambiciosos.

CAPITULO XXVI. De los avisos y consejos secretos que dieron los demonios tocante a las buenas costumbres, aprendiéndose por otra parte públicamente todo género de maldades en sus fiestas

Siendo esto así, y habiéndose manifestado públicamente las torpezas, junto con las crueldades y afrentas de los dioses, y sus crímenes, verdaderos o fingidos, pidiéndolo ellos mismos y enojándose si no se ejecutaban, teniéndolos consagrados en ciertas solemnidades y habiendo pasado tan adelante que los han propuesto en los teatros a vista de todo el concurso como dignos de ser imitados, ¿qué significa el que estos mismos demonios, que en semejantes deleites se entremeten y confiesan que son espíritus inmundos y que sus crímenes y maldades, sean verdaderas o fingidas, y con apetecer que se las celebren, rogándoselo a los disolutos, y consiguiéndolo por fuerza de los modestos, se declaren ser autores de la vida disoluta y torpe? Con todo, se asegura que allá en sus sagrarios y en lo más secreto de sus templos, dan algunos preceptos para practicar las buenas costumbres a algunas personas como escogidas, predestinadas o consagradas a su deidad; y si esto fuese cierto, por el mismo hecho se convence de más engañosa la malicia de los malignos espíritus; porque es tan poderosa la fuerza de la bondad y de la honestidad, que toda o casi toda la naturaleza humana se conmueve con su alabanza, y jamás llega a tan torpe y viciosa que del todo se estrague y pierda el sentido de la honestidad; en esta inteligencia, si la malicia de los espíritus infernales no se transfigura a veces -como nos lo advierte la Sagrada Escritura- en ángel de luz, no puede salir con su pretensión, reducida únicamente a engañarnos; así que en público la impura y detestable torpeza por todas partes se vende a todo el pueblo, con notable estruendo y rumor, pero en secreto la honestidad fingida apenas la oyen algunos pocos; la publicidad es para las cosas abominables y vergonzosas, y el secreto para las honestas y loables; la virtud está oculta y la maldad descubierta; el mal que se hace y practica convida a todos los que le ven, y el bien que se predica apenas halla alguno que le oiga, como si lo honesto fuera vergonzoso y lo torpe, digno de gloria. Pero ¿dónde se obra tan impíamente sino en los templos de los demonios? ¿En los tabernáculos de los embustes y engaños? Pues lo primero lo ejecutaron para coger y prender a los virtuosos y honestos, que son pocos en número, y lo segundo porque no se corrijan y enmienden los muchos que son torpes y viciosos dónde y cuándo aprendiesen sus escogidos los preceptos de la celestial honestidad, lo ignoramos. Con todo, en el frontispicio del mismo templo adonde veíamos colocado aquel otro simulacro todos los que de todas partes concurríamos acomodándonos donde cada uno podía estar mejor, con gran atención veíamos los juegos que se hacían; pero volviendo los ojos a un lado, observábamos la pompa, fausto y aparato de las rameras, y volviéndonos a otros, veíamos la virgen diosa, y cómo adoraban humildemente a ésta, y celebraban delante de la otra tantas torpezas. No vimos allí ningún mimo recatado y honesto, en actora que manifestase alguna modestia o pudor; antes todos cumplían exactamente todos los oficios de deshonestidad e impureza. Sabían lo que agradaba al ídolo virginal, y representaban lo que la matrona más prudente podía llevar del templo a su casa. Algunas que eran más pundonorosas volvían los rostros por no mirar los torpes meneos de los actores, y, teniendo pudor de ver el arte y dechado de las impurezas, le aprendían reparándolo con disimulo; pues por estar los hombres presentes tenían vergüenza, y no se atrevían a mirar con Iibertad los ademanes y posturas deshonestas; pero al mismo tiempo no osaban condenar con ánimo casto las ceremonias sagradas de la deidad que reverenciaban. En fin, presentaban públicamente estas obscenidades para que se aprendiese en el templo aquello que para ejecutarlo, por lo menos en casa, se busca el aposento más oculto; sería sin duda cosa extraña el que hubiera allí algún pudor en los mortales, para no cometer libremente las torpezas humanas que religiosamente aprendían delante de los dioses, habiendo de tenerlos airados si no procuraban representarlas en honra suya. Porque, ¿qué otro espíritu con secreto instinto mueve las almas perversas y depravadas, las insta para que se cometan adulterios y se apacienta y complace en los cometidos, sino el que se deleita con semejantes juegos escénicos, poniendo en los templos los simulacros de los demonios ya gustando en los juegos de las imágenes y retratos de los vicios, murmurando en lo secreto lo que toca a la justicia, para seducir aun a los pocos buenos, y frecuentando en lo público lo que nos excita a la torpeza, para apoderarse de infinitos malos?

CAPITULO XXVII. Con cuánta pérdida de la moralidad pública hayan consagrado los romanos, para aplacar a sus dioses, las torpezas de los juegos

Tulio, aquel tan grave y tan excelso filósofo, cuando comenzó a ejercer el oficio de edil, clamaba delante del pueblo que entre las demás cosas que pertenecían a su oficio era una aplacar a la diosa Flora con la solemnidad de los juegos, los cuales suelen celebrarse con tanta más religión cuanta es mayor la torpeza. Dice en otro lugar, siendo ya cónsul, que en un grave peligro en que se vio la ciudad se habían continuado los juegos por diez días, y que no se había omitido circunstancia alguna para aplacar a los dioses; como si no fuera más conveniente enojar a semejantes dioses con la modestia que aplacarlos con la torpeza, y hacerlos con la honestidad enemigos antes que ablandarlos con tanta disolución; porque no pudieran causar tan graves daños por más fiereza y crueldad que usaran los enemigos por cuyo respeto los aplacaban, como causaban ellos con hacer aplacar con tan abominables impurezas; pues para excusar el daño que se temía causaría el enemigo en los cuerpos, se aplacaban los dioses de tal manera, que se extinguía la fuerza y el valor en los ánimos, supuesto que aquellos dioses no se habían de poner a la defensa contra los que combatían los muros, si primero no daban en tierra y arruinaban las buenas costumbres. Esta satisfacción ofrecida a semejantes dioses, deshonesta, impura, disoluta, desenfrenada y torpe en extremo, condenó a sus ministros en el honor el honrado pundonor y buen natural de los primeros romanos, los privó de su tribu, los reconoció por torpes y deshonestos, y los dio por infames. Esta satisfacción, digo, digna de vergüenza y de que la abomine la verdadera religión; estas fábulas torpes y llenas de calumnias contra los dioses, y estas ignominiosas acciones de los dioses, maligna y torpemente fingidas, o más maligna y torpemente cometidas, dándoles públicamente ojos para ver y orejas para oír tales impurezas, las aprendía generalmente toda la ciudad. Estas representaciones veía que agradaban a los dioses, y por tanto, creía que no sólo las debía recitar públicamente, sino que era razón imitarlas también, y no aquel no sé qué de bueno o de honesto que se manifestaba a tan pocos y tan en secreto; mas de tal modo se decía, que más temían que no se supiese y divulgase que el que no se ejecutase.

CAPITULO XXVIII. De la saludable doctrina de la religión cristiana

Quéjanse, pues, y murmuran los hombres perversos e ingratos y los que están más profunda y estrechamente oprimidos del maligno espíritu de que los sacan mediante el nombre de Jesucristo del infernal yugo y penosa compañía de estas impuras potestades, y de que los transfieren de la tenebrosa noche de la abominable impiedad a la luz de la saludable piedad v religión; danse por sentidos de que el pueblo acuda a las iglesias con una modesta concurrencia y con una distinción honesta de hombres y mujeres, adonde se les enseña cuánta razón es que vivan bien en la vida presente, para que después de ella merezcan vivir eternamente en la bienaventuranza; donde oyendo predicar y explicar desde la cátedra del Espíritu Santo en presencia de todos la Sagrada Escritura y la doctrina evangélica, a fin de que los que obran con rectitud la oigan para obtener el eterno premio, y los que así no lo hacen, lo oigan para su juicio y eterna condenación; y donde cuando acuden algunos que se burlan de esta santa doctrina, toda su insolencia e inmodestia, o la dejan con una repentina mudanza o se ataja y refrena en parte con el temor o el pudor; porque allí no se les propone cosa torpe o mal hecha para verla o imitarla, ya que, o se les enseñan los preceptos y mandamientos del verdadero Dios, o se refieren sus maravillas y estupendos milagros, o se alaban y engrandecen sus dones y misericordias, o se piden sus beneficios y, mercedes.

CAPITULO XXIX. Exhortación a los romanos para que dejen el culto de los dioses

Esto es lo que principalmente debes desear, ¡oh generosa estirpe de la antigua Roma! ¡Oh descendencia ilustre de los Régulos, Escévolas, Escipiones y Fabricios! Esto es lo que principalmente debes apetecer; en esto principalmente es en lo que te debes apartar de aquella torpe vanidad y engañosa malignidad de los demonios. Si florece en ti naturalmente alguna obra buena, no se purifica y perfecciona sino con la verdadera piedad, y con la impiedad se estraga y viene a sentir el rigor de la justicia. Acaba ahora de escoger el medio que has de seguir para que seas sin error alguno alabada, no en ti, sino en el Dios verdadero; porque aunque entonces alcanzaste la gloria y alabanza popular, sin embargo, por oculto juicio de la divina Providencia te faltó la verdadera religión que poder elegir. Despierta ya este día como has despertado ya en algunos, de cuya virtud perfecta y de las calamidades que han padecido por la verdadera fe nos gloriamos; pues, peleando por todas partes con las contrarias potestades y venciéndolas muriendo valerosamente, con su sangre nos han ganado esta patria. A ella te convidamos y exhortamos para que acrecientes el número de sus ciudadanos, cuyo asilo en alguna manera podemos decir que es la remisión verdadera de los pecados. No des oídos a los que desdicen y degeneran de ti; a los que murmuran de Cristo o de los cristianos y se quejan como de los tiempos malos buscando épocas en que se pase, no una vida quieta, sino una en que se goce cumplidamente de la malicia humana. Esto nunca te agradó a ti, ni aun por la eterna patria. Ahora, echa mano y abraza la celestial, por la cual será muy poco lo que trabajarás, y en ella verdaderamente y para siempre reinarás, porque allí, ni el fuego vestal, ni la piedra o ídolo del Capitolio, sino el que es uno y verdadero Dios, que sin poner límites en las grandezas que ha de tener, ni a los años que ha de durar, te dará un imperio que no tenga fin. No quieras andar tras los dioses falsos y engañosos; antes deséchalos y desprécialos, abrazando la verdadera libertad. No son dioses, son espíritus malignos a quienes causa envidia y da pena tu eterna felicidad. No parece que envidió tanto Juno a los troyanos, de quienes desciendes según la carne, los romanos alcázares, cuanto estos demonios, que todavía piensas que son dioses, envidian a todo género de hombres las sillas eternas y celestiales. Y tú misma en muchos condenaste a estos espíritus cuando los aplacaste con juegos, y a los hombres, por cuyo ministerio celebraste los mismos juegos, los diste por infames. Déjate poner en libertad del poder de los inmundos espíritus, los cuales colocaron sobre tus cervices el yugo de su ignominia para consagraría a sí propios y celebrarla en su nombre. A los que representaban las culpas y crímenes de los dioses los excluiste de tus honores y privilegios; ruega, pues, al verdadero Dios que excluya de ti aquellos dioses que se deleitan con sus culpas, verdaderas, que es mayor ignominia, o falsas, que es cosa maliciosa. Si bien, por lo que a ti se refería, no quisiste que tuviesen parte en la ciudad los representantes y los escénicos. Despierta y abre aún más los ojos; de ningún modo se aplaca la Divina Majestad con los medios con que se desacredita y profana la dignidad humana. ¿Cómo, pues piensan tener a los dioses que gustan de semejantes honras en el número de las santas potestades del cielo, pues a los hombres por cuyo medio se les tributan estos honores, imaginaste que no merecían que los tuviesen en el número del más ínfimo ciudadano romano? Sin comparación, es más ilustre la ciudad soberana donde la victoria es la verdad, donde la dignidad es la santidad, donde la paz es la felicidad, donde la vida es la eternidad, mucho menos que no admite en su compañía semejantes dioses, pues tú en la tuya tuviste vergüenza de admitir a tales hombres. Por tanto, si deseas alcanzar la ciudad bienaventurada, huye del trato con los demonios. Sin razón e indignamente adoran personas honestas a los que se aplacan por medió de ministros torpes. Destierra a éstos y exclúyelos de tu compañía por la purificación cristiana, como excluiste a aquellos de tus honras y privilegios, por la reforma del censor, y lo que toca a los bienes carnales, de los cuales solamente quieren gozar los malos, y lo que pertenece a los trabajos y males carnales, los cuales no quieren padecer solos. Y como ni aun en éstos tienen estos demonios el poder que se imagina (y aunque le tuvieran, con todo, deberíamos antes despreciar estos bienes y males, que por ellos adorar a los demonios, y adorándolos, privarnos de poder llegar a aquella gloria que ellos nos envidian; pero ni aun en esto pueden lo que creen aquellos que por esto nos procuran persuadir que se deben adorar); esto después lo veremos, para que aquí demos fin a este libro.