La de los ojos color de uva: 07

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VI
La de los ojos color de uva de Felipe Trigo
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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


VII


Pero el hombre más feliz de Europa se fué sorprendiendo en tristeza hacia la mitad de septiembre. ¿Por qué?... Tal vez porque le quedaban poco días de este paraíso: Ladi, su familia, iba a partir pronto para Caldas; y no importaba que Ladi le hubiese de seguir queriendo desde cerca y desde lejos y que hubiesen de reunirse hacia Octubre en Madrid; como todos los verdaderamente dichosos en una constituída situación, tenía el temor, tenía Ricardo el instintivo horror de todo cambio.

O tal vez Ricardo estaba triste al revés porque una ligera mudanza se había operado ya en su novia, en su adoradísima, aun sin salir de Salinas. Había llegado media semana antes otra familia de fuste, la del general Martí, ex ministro de la Guerra, con sus tres hijas Berta, Cristina y Adela, y Ladi, Nita, los papas de Ladi igualmente, íntimos de ellos, no habían vuelto a reunirse sino con ellos en un repentino trato aparte que escocíale bien al antiguo corro distinguido de toleradas provincianas. El, Ricardo, había sido arrastrado, en la estación violentísima, del lado de los «aristócratas»; pero aturdido, sin saber en realidad si agradecérselo a Ladi, o más bien al general, que, al saberle periodista (y luego de confidenciarle declaraciones políticas, que fueron transmitidas al periódico) quiso conservarle cerca como un rabo... ¡Sí, le dolía la duda! Por lo pronto, él no entraba jamás en la villa de su novia, donde solían pasarse las noches ambas familias en íntima velada, y por la playa, por los paseos campestres, acompañaba delante a las jóvenes en calidad de «hombre que hacía crónicas y versos», sin que ya los ingenuos ojos verdes de la divina ciega fuesen sólo para él.

¡Ah, cómo sufría por las noches, en soledades como las de ésta también, en su triste encierro de la fonda, mientras allá lejos en la villa, cuyas luces veía por la ventana, cantaban y tocaban el piano. Una, tres antes, por puro rencor amoroso hacia «su Ladi», envió para El Liberal una crónica que ponía en altísima alabanza a la más linda hija de Martí... aunque sin nombrarla — algo parecido a aquella de Lorenza, pues claro es que no podía Ricardo convertir El Liberal en su secretario galante.

— ¿Sabes? — le repetía la novia en los raros momentos que se hablaban solos —. Mis padres, enterados de nuestras relaciones, no quieren. Conviene que no vayas siempre a mi lado y que el no se te escape.

Pues bien... para «disimular»... o para hacerla rabiar, escribió la crónica que debería venir al día siguiente.

El desaire a la provinciana sociedad le dolía a Ricardo igual que un presentimiento del que a él habrían de hacerle... tal vez en cuanto dejaran de juzgarle necesario, su Ladi también, en este halago vanidoso de la Prensa.

Se le empleaba, por imbécil. Ya inútilmente a tiempo sospechó que él tendría después que perdonar a estas altivas.

Y sobre la cama, tumbado de espaldas — que era la posición en que igual un poeta recibía las inspiraciones o evaporaba los odios —, meditaba lleno de rencor si no sería preferible que él se marchase de aquí.

Era jueves, 25 de septiembre. Lejos de recorrer también las playas gallegas, como era su moral obligación, se había «achantado» en Salinas. Quizá llegase a tiempo de coger e interviuvar en Lourizán a Montero. Se iría, decididamente..., si Ladi prescindía de él para la nueva jira que al otro día tenían planeada con las del general a la Fábrica de Trubia; la acordaron en sus narices mismas, esta tarde, y ni por cumplir le invitaron...

— ¿Don Ricardo?

— ¡Quién!... Adelante, entra, Sabina. La camarerita.

Llegó. Se le plantó al lado de la cama.

— Han traído esto.

Le daba un sobre y lo cogió Ricardo. Lo rompió. Leyó la esquela que contenía.

«Estimado amigo: Mañana ya sabe usted que visitaremos la importante fábrica militar de Trubia, donde nos espera, debo suponer, un gran recibimiento. ¿Quiere usted hacernos el honor de acompañarnos?... Lo vería con sumo gusto su afectísimo seguro servidor, q. b. s. m., Florencio Martí

¡Arrrh!... Notó en esto — respirando toda su alma libre de un peso — la cariñosa diplomacia de Ladi. Era verdad; siendo una visita a que el ex ministro fué invitado por la fábrica, Ladi no podía directamente por la tarde...

Y advirtió entonces que la camarerita de pelo de azafrán, de cara bruta y gorda, llena de pecas, permanecía inmóvil sonriendo al lado de la cama en un desvestido alarmante... cubriéndose con ambas manos el pecho de blancura escandalosa que dejaba por demás descubiertos una chambrilla sin botones.

— ¿Qué? — preguntó seco Ricardo en el egoísmo de su dicha señorial.

— Nada... que... me dispensará usted que venga así... Estaba ya acostada... y todo el mundo en la fonda. Sonrió tapándose más con las manos. Tenía desnudos los pies.

— Bueno, ¿y qué? — insistió desabrido Ricardo.

— Que tuve que levantarme al oír que llamaban... y era esta carta y esperan.

— ¿Ah, sí?... Pues di que esta bien... ¡Bueno, no! ¡Aguárdate!

Tirándose del lechó, fué a su mesa y escribió:

«Mi respetable general: Recibo su invitación y la acepto agradecido. Como supongo que la salida será en el primer tren de Avilés, a las siete y media me reuniré en el tranvía con ustedes. Le saluda y le besa las manos su seguro servidor, Ricardo S. Olmedilla

Cerró la carta y se la entregó a la rubia camarera — que se fué humillada.

El se quedó agradeciendo con todo el corazón la deferencia de Ladi. Miró el reloj. Eran las diez. Tenía que madrugar y se desnudó para acostarse.

Ya en la cama recordó el semidesnudo y el sonreír de la provocante camarera. Tal vez él debió aceptar... Pero ¡no! Apagó la vela de un soplo. Los ojos de esmeralda perla lucieron en la sombra. Le llenaban. No le dejaban ambición de nada más. Adoraba a Ladi. Le adoraban a él todas, por ella... Lorenza, la pobre rubilla de Cuenca, la pequeña del general ahora también... y hasta €sta camarera roja que rodaría por todas las camas de los huéspedes... ¡No, no merecía su Ladi delicadísima la traición con semejante espantajo!... Román, el cursi aquel de Palencia, le había contado que se le zampaba en el cuarto muchas noches... Y Ricardo sentíase en una dignidad aristocrática, en una especie de ya para siempre exquisita selección de bellezas femeninas, que incluso hacíale aborrecer, por toscas, por plebeyas, sus antiguas aventureras sevillanas.

¡Oh, cómo la pasión de una altísima mujer ennoblece y purifica!

Y se durmió.

Si bien pensando en... la colección de condesas y marquesas e hijas de ministros que pudieran ponérsele a tiro una vez casado con Ladi y metido en sociedad.