La de los ojos color de uva: 10

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IX
La de los ojos color de uva de Felipe Trigo
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XI
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


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A los quince minutos bajaba y despedía el coche en la ancha y abandonada calle del barrio de Salamanca. La soledad y la semioscuridad le restituyeron a sí mismo. Aquí podría quizá volver a ser el poeta y el amado..., el dominador a solas con su Ladi... Buscó el hotel. Le desorientó no encontrar jardines. ¿Es que había hoteles sin jardines?... ¡Cuan todo lo ignoraba de esta vida aristocrática!...

No pasaba un alma. Aguardaba en una esquina — la que hacía el 59 triplicado —. Era una elegante casa..., ¿un hotel?..., de dos pisos, de seis u ocho huecos a una calle y cuatro o cinco a la otra. La espera, que le irritaba al prolongarse, y precisamente el no haber encontrado como morada de su novia algún palacio inexpugnable allá entre verjas y entre frondas, borraba un poco aquella afrentosa diferencia de clases que le atormentó en la Comedia. En la soledad, con Ladi, él volvería a ser «el gran duque del talento» que la dominaría y la deslumbraría... Sonó discreta una ventana.

¡¡Ella!!

Fué de un salto. Era la última reja, en la aún más oscura calle transversal. Dos manos se estrecharon. Sonaron hesos en las manos y en las bocas. Un poco alta la ventana, sohre otra de sótano, Ladi tenía que doblarse mucho, sentada en la poyata, para besar, para charlar..., en aquella charla de cien cosas cortadas que entablaron en seguida... «No, no le había visto en el teatro...» «Pues, sí, allá atrás, última fila, lo único que había...; el coger la carta tarde le impidió verla en el paseo, y a la salida no quiso aguardar en donde pudiera la familia verle...»

— ¡Ah, daba igual!... ¿Qué me importa? ¡Te quiero loca, Ricardo, y más... por ellos! ¡No soy yo para que me lleven la contraria!

— Oye, dime, Ladi..., ¿y si se obstinan?

— ¡Peor! ¡Te juro que peor!

— ¡Oh!... ¿Serías capaz por mí...?

— De todo.

Ricardo la estrechó, tornando a besar aquella boca divina entre los hierros. El beso fué largo, mortal.

— ¡No sabes tú bien de lo que soy yo capaz si me fastidian! ¡Más que tú! — dijo ella al soltarse.

— ¿Más que yo?... ¿Por ti?... ¡Oh, no! ¡Eso no, mi Eladia!...

Y Ricardo, ya de más olvidado de clases, de toda distancia social, frente a frente nada más con la mujer, con la apasionada valerosa que parecía retarle, propuso, bravo, veloz, convencidísimo de que la sobrepasaría así con la arrogancia:

— Mira, Ladi, si quieres, ¡yo te robo! ¡Yo te llevo conmigo cuando quieras, cuando quieras!

Ladi se sorprendió:

— ¿Que me robas?... ¿Cómo que me robas?... ¿Para qué?...

— ¡Toma..., pues..., para casarnos! ¡Por encima de tus padres!

Hubo un cambio. Erguida, Ladi separó del novio la faz, y repuso, al cabo de un segundo:

— No, eso no, ¡qué tontería! No sabes tú bien lo que son de tercos. Nos abandonarían. Se nos negarían para todo. Y tú no tienes dinero. ¡No, eso no, Ricardo!

Ricardo tragó saliva. La diferencia de clase le salía al encuentro aun en sus imperios de la soledad y del amor. Era cierto. Con su paguilla, maldito si habrían de tener sino para sepultarse — destrozando todo su idilio — en un afrentoso pupilaje de diez reales.

— Entonces..., ¿de qué eres capaz? — preguntó mal resignado, exasperado, dominador hasta en la derrota —. Por ejemplo..., de darme una prueba verdad de tu cariño..., una prueba absoluta, de esas que únicamente dais las mujeres cuando estáis resueltas a todo... ¿Comprendes?...

Y puesto que ella, muy atenta, pero muy reflexiva también, miraba al cielo, cual si no acabase de entender, añadió Ricardo:

— Sí, mi Eladia; yo tengo miedo de que tu voluntad desfallezca..., tengo miedo de que, en una lucha larga, desigual, bien desventajosa, por mil razones, para mí, acaben venciéndote tus padres... Ya ves que..., por lo pronto, te han puesto a ese León Rivalta al lado, quieras que no quieras...

— ¡Ah, peor! ¡Te digo que peor! — insistió la testaruda, como exaltándose siempre y con iguales palabras.

Y concluyó Ricardo, aprovechándose de la excitación (¡sí, era un psicólogo!):

— Pues demuéstramelo. ¡Sé mía, Ladi! ¡Eso es lo que quiero de ti, y sólo entonces quedaría tranquilo y absolutamente confiado en tu cariño!

— ¡Aaaah! — guturó dulcemente Ladi, comprendiéndole.

Y, tras una duda en sonrisa, concedió:

— Bueno, bien... Ya es otra cosa... No creas que me importa, por mi parte... Encuentro la dificultad solamente... en...

Levantándose de pronto, desapareció en lo oscuro de la estancia. Ricardo se separó con rapidez a un lado. El había oído un ruido dentro también. Tal vez era el padre... Pero al medio minuto volvió a verse la un poco inquieta faz de Ladi, diciendo:

— Oye, vete. Me figuré que venían. Tengo cerrado por dentro, pero están levantados aún. Mañana ven, por la noche..., más tarde, a las tres. Yo buscaré la llave de esto. Mira, ¿ves?... Se abre la parte alta de la reja. Entrarás por la ventana. ¡Adiós!

Cerró, dejándole alelado.

— Pero..., ¿podía ser?...

Lo había dicho así..., tan fácilmente...

No le dió siquiera tiempo de envolverla en el resplandor de la repentina gloria de su alma, y quedó solo, en la calle, como alumbrado por... su gloria.

No era un hombre Ricardo: era un dios.

Se fué alejando lentamente, con la sensación de su poder en su conciencia..., con la evidencia de que, si le saliese al encuentro algún atracador, lo desharía de un puñetazo.