La de los ojos color de uva: 11

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La de los ojos color de uva de Felipe Trigo
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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


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Faltó al periódico. Durmió en desvelo, ardiéndole dentro aquella luminosa borrachera de alcoholes de alegría.

Por la mañana le escribió al director de El Liberal, diciéndole que tenía que resolver un asunto de familia urgente y que le dispensase por esta noche también.

Empleó la mañana en pensay en la noche. Contemplando la pobreza de su cuarto recordaba aquella adivinación de sedas y de lujos que en la pasada sintió tras de la reja. Sí: había percibido desde la calle la sensación de riqueza y de confort, como se percibe la de la sólida cocina a la puerta de las fondas. A ratos creía que pudiera desafiar con la derrotada humildad de su traje de El Águila todos los faustos al sol ante la divina Ladi, que no necesitó verle a su ventana de frac para... prometerse, más que nunca enamorada... ¡ Ah, qué sencillez, qué encantadora facilidad en tal promesa!... Sin embargo, luego, meditando que, en la sombra de la noche, ella, tan gentil, vestida aún como estuvo en la Comedia, no habría podido hacerse cargo de las... rodilleras... y hasta de las manchas de esta ropa,.., vino a quedar en el justo medio: no un frac ni así, de pronto, siquiera un smokin, según había proyectado él, proyectando insensateces...; pero, al menos, se encargaría un terno a la medida..., y unas botas..., y un sombrero. El gabán podía pasar con el cuello levantado.

Gastos, ¡claro! Quería decirse que no le mandaría a su familia en unos meses los quince duros con que la ayudaba. Salvado con tal esfuerzo, se sentó a presupuestar. Y escribía: Sueldo, 40 duros; por colaboraciones, 12 — en cálculo prudente —; total, 52, Gastos: por este gabinete, 6; comida y café, 15 — gracias al restorán del Círculo, salvador de periodistas y tenientes —; tabaco, 2 duros; lavado, planchadora, sereno, etcétera, 4 duros. Le alegró la suma: 27. Le quedaban para mejorar de aspecto y de vida social 25 duros, y actualmente tenía 15 en cartera. Bien. Salió,

Iba a restaurar su vestuario, a plazo de unos días, y a otra urgencia que ya tenía meditada: en la... intimidad de Ladi, entre los lujos de Ladi, a la noche, sería ridículo que apareciese él sin calcetines nuevos, sin unos calzoncillos cortos y sin una camiseta de seda. Fué todo esto lo primero que compró, tomando un coche, y en seguida las botas y el sombrero. Transportados los paquetes al interior del carruaje, se fué a ver a su casi elegante compañero Rodríguez Alcalá para que le llevase a su sastre y le garantizase en los plazos. Le tomaron las medidas. Paño excelente, y el terno, veinticinco duros. En el trayecto, de regreso, mirándose más viejo el pantalón sobre las botas nuevas, que se había dejado puestas al probárselas, reparó contento en que era de su porte y de su talle Rodríguez... Le dijo que tenía que interviuvar a un ministro, y le pidió prestado un pantalón... «¡Sí, hombre, ya lo creo, y una chaqueta!» Subieron. Se los probó. Se quedó con ellos. El pantalón le estaba algo largo y ancho de cintura. La chaqueta, exacta.

— ¡Hombre, y pélate un poco, y te afeitas! — le despidió el amigó —. ¡ Ya sabes que es un goma y muy ridículo ese ministro de Fomento!

Agradecido, Ricardo se fué a una barbería. Le dejaron como nuevo. ¡Si supiera Rodríguez Alcalá qué ministro le esperaba! Y aún a las cinco de la tarde, sin haber comido, en tal faena, recordó otro detalle de importancia... Seguramente tenía sucios los pies y el pecho no muy limpio... en el descuido de su vida de tjabajo. Se fué en el coche a una casa de baños. Sí, por si acaso, aunque no se tendría que quitar los calcetines. Se dio un flete de jabón «de padre y muy señor mío». Y, al volver al coche, deploró estas dos pesetas malgastadas..., recordando que en el Casino Militar había baños gratis... ¡Tenía él tan poca costumbre de esto!