La de los tristes destinos : 20

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«Ausente tú, yo no sabía qué hacer... Sola, nada se me ocurre que no sea referente a ti... '¿Pues qué haré que sea por él y para él, que sea también para mí?'. Pensando en esto, se me ocurrió ir yo a la prueba. Hablé de esto largamente con María, y un día las dos a un tiempo dijimos: 'Vámonos a Lourdes'. Te advierto que ya María estaba enterada del sitio a donde habíamos de dirigirnos para la prueba. Tiene en Lourdes una prima bien acomodada y santurrona, Berta Richard, viuda sin hijos, que es en aquel pueblo persona principal, dueña de una fábrica de pañuelos que fundó su marido... Pues por esta señora sabíamos que tu niña zangolotina vivía en una casa religiosa, mixtura de convento y colegio. Hay allí unas Hermanas con tocas y manto negro, que educan niñas. Llevan un nombre que no recuerdo bien, Madamas Cristianas o algo así... Dicen que son unas santas; pero de esto nada puedo decirte, porque entiendo poco de cosas de santidad... En fin, que allá nos fuimos. Don Baldomero Galán, el año pasado por este tiempo, vino a Francia con su hija y una de estas religiosas; dejó a Salomita en la casa que te digo, y se volvió a España. En Jaca le tienes: es Gobernador de un fuerte que llaman Rapitán... Pues acompañadas por la señora Richard, fuimos a visitar a la niña, figurando que éramos de una familia madrileña, muy amiga de los Galanes, etcétera... Por cierto que la casa-convento es un modelo de orden y limpieza; las Hermanas que vimos disimulan su gazmoñería con su amabilidad, y una de ellas, valenciana de la parte de Gandía, habla español con acento levantino... Es mujer guapísima, sólo que un poco bizca, y al hablar tuerce la boca; los ojos tiene algo pitañosos».

-Por María Santísima, hija, no divagues... Vivo, vivo, al asunto.

-Al asunto, tienes razón; al grano... Y el grano es que tu Dulcineíta no te quiere, ni se acuerda de ti para nada... Tiene otro novio...

-¿Es de veras? (Pálido, echando chispas de sus ojos.) ¿La viste tú... qué te dijo, qué hablasteis?

-Las Hermanas nos dijeron que le ha salido otro novio, que está locamente prendada del nuevo galán...

-¿Y el novio es militar, es persona de categoría?

-¿Militar dices? Creo que no... Es pacífico, muy pacífico y de categoría tan alta, que tú a su lado eres más chico que una hormiga. De ese galán nos habló Madama Berta con entusiasmo, y al celebrarle y enaltecerle ponía los ojos en blanco, y aun creo que se le caía la baba.

-Teresa, por los clavos de Cristo, déjate de babas, y dime...

-¿Pero, tontín, no has comprendido ya quién es el novio de tu adorada? Si acabas de nombrarle... Eres tan torpe, que hay que meterte en la cabeza las ideas con cuchara. Tu rival es el propio Jesucristo. Tu Dulcinea zangolotina se ha convertido en una cuitada y sosa monjita. No ha profesado aún: por eso te dije que Jesucristo es su novio; no tardará en ser esposo.

La sorpresa de Santiago estalló en monosílabos, en golpes sobre la mesa, en pases de la mano por la cabeza echando atrás el cabello, que así se encrespaba más. Teresa prosiguió: «Pero, tontín, si eso es de clavo pasado y ocurre todos los días. Don Baldomero les entregó a su hija para que se la educaran a la francesa con mucha finura y mucho aquel, y ellas, viéndola tan mona, dijeron que debía ser para Dios, no para los hombres... Los hombres, ¡qué asco! Es la historia eterna... Yo me imagino qué cosas le dirían a la niña para convencerla... Sin duda supieron que tenía un novio salvaje y medio loco, que habla con los espíritus; le dirían que eres un perdido, un amigo de Prim, y que ya no hablas con los espíritus, sino con una mujer mala... conmigo... Figúrate cómo habrán puesto aquella cabecita. La menguada chiquilla cayó en el cepo y ya no se escapa. Si la encontraras en alguna parte, verías que la han vuelto idiota... Por supuesto, yo no me equivoqué, Santiago: siempre creí que Salomita tenía muy poca sal en la mollera; a un entendimiento bien sazonado no le entran esas bromas del monjío... Y el pueblo en que la pusieron, ese Toboso de tu Dulcineíta, es lo más abonado para tales cosas, porque allí, para que te enteres, hubo hace años, no muchos, un grandísimo milagro. En una gruta, se apareció la Virgen a una muchachita llamada Bernadette Soubirous, de catorce años, y le dijo que elevaran en aquel lugar un Santuario para darle culto. Allí están la gruta y la imagen, muchas velas encendidas y sin fin de ex-votos de los que han ido a curarse del reúma, ciática y parálisis... Ya, hijo mío, el que cojea es porque quiere... Van peregrinos de toda Francia, con tanta fe y devoción que se queda una pasmada y edificada».

-Por Dios, no divagues más... ¿Qué me importa la gruta, ni qué los cojos y lisiados de todo el mundo?

-Pues no vayas a creer que don Baldomero consintió que su hija entrara en religión. El pobre señor no se enteró hasta que la cosa no tenía remedio. Fue a Lourdes hecho un demonio, y lo menos que quería era sacarle los redaños a la Madre Rectora y a todas las benditas Hermanas. Pero sólo consiguió que se le encendiera la sangre y que la cabeza se le llenara de bultos deformes y la cara de feísimos granos. Al fin tuvo que salir de Lourdes entre gendarmes, y a la niña la llevaron a un pueblo cerca de Marsella, donde para todos, menos para Dios, está invisible.

El monjío y la invisibilidad de Salomita en un convento próximo a Marsella, evocaron en la mente de Santiago recuerdos penosos del capitán Lagier y de los sufrimientos del honrado marino. Por estas memorias, y por lo que personalmente le dolía el suceso, se levantó en el alma de Ibero un gran tumulto; los sentimientos se movieron con furioso oleaje, las ideas saltaron y anduvieron a la greña... Pero como en razón inversa de la intensidad del tumulto estuvo la duración, no tardó en calmarse el sofoco. En verdad, el inopinado desenlace no encontró base psicológica para producir arrebatos de ira o negra pasión de ánimo. Como se ha dicho, la imagen y el recuerdo de Salomita se borraba cada día más; había corrido un año largo sin que Ibero la viese y aun sin que de ella tuviera noticia, y por fin, el amor de Teresa, sostenido por la convivencia, precipitaba la desilusión rápida. Aquella misma tarde, interrogado acerca de la impresión recibida, dijo Santiago a María y Teresa que se sentía mentalmente aliviado de un peso, como si le hubieran operado en la cabeza para extraerle un cuerpo endurecido. Algo le quedaba del dolor de la operación; pero ya iba pasando; pronto vendría la insensibilidad.

Aún tenía que hablarle Teresa de otro asunto, y como era urgente, no quiso aplazarlo. Había tenido noticias directas de su madre por una carta quejumbrosa, llena de amenazas. Mostrola a Santiago, y ambos comentaron con viveza los manejos de la sutil tramposa. «Es mi madre -dijo Teresa-, y no puedo hablar de ella como hablaría de una persona extraña. Pero sí afirmo que las maldades de la primera mitad de mi vida no son mías sino en corta proporción. Obra de ella fue mi rebajamiento. Ella me vendía, me arrendaba, me contrataba según su interés, y mirando sólo a lo que daban por mí... Bien conoce Dios mis buenas intenciones; si algún día llego a tener más dinero del que necesitamos para mantenernos, algo mandaré a mi madre para que viva... Pero... ¡volver yo a su lado, jamás! Prefiero morirme... Y ahora, Santiago, vas a saber la segunda parte, que es la peor. Dos días antes de llegar tú, se presentó aquí un tío polizonte preguntando por... Traía el nombre escrito en un papel: Carlos de Castro... Ya ves: las señas son mortales. El tipo aquel habló del Subprefecto, del Cónsul... Yo me quedé helada. Bidache el viejo le trasteó de lo lindo, diciéndole que el Castro ese había quedado en Cambo, y que allá fueran a buscarle... ¡Ay, hijo mío!, temo la internación, por lo menos. Para nosotros no puede haber aquí tranquilidad».

-Francia es muy grande -dijo Ibero sin inmutarse-. Francia es trabajadora, hospitalaria. Busquemos en ella libertad y honrados medios de vivir.

-Pues hemos de decidirlo pronto. Somos unos pobres salvajes que necesitan cambiar de choza. Di tú a dónde debemos ir.

-Decídelo tú... ¿A dónde vamos?

Ambos quedaron mudos un rato, mirándose con ojos fijos y penetrantes. «¿A dónde vamos?» preguntaban los ojos. De improviso y a un tiempo, con voz que pareció un estallido, los dos amantes soltaron de su boca la respuesta: «¡A París!».

Perfectamente acordes estaban en la resolución, y los móviles de cada uno eran substancialmente los mismos: necesidad de mayor espacio y de atmósfera vital menos ahogada. Ibero vio en París el grande horizonte, la amplitud en las ideas, el roce con las primeras figuras de la emigración hispana. Teresa veía por el lado femenino el ensanche de pensamiento y acción, y sus planes no eran desacertados. En los días de la ausencia de Ibero estuvo en Sainte Marie una señora, parienta de la esposa del viejo Bidache. Llamábase Úrsula Plessis, y tenía en París negocio de encajes finos. Solía veranear en el Pirineo, repartiendo sus días de descanso entre Biarritz, Pau y Luchon, sin perder ripio para hacer su artículo en los sitios a donde concurrían señoras ricas. De paso visitaba a sus parientes. En Olorón hizo conocimiento con Teresa, y quedó maravillada de la gracia nativa de esta, de su exquisito gusto, de su genial disposición para comprender y asimilarse las sutiles artes de la elegancia.

A este propósito, la sermoneaba de continuo: «Hija mía, su terreno de usted, su porvenir, están en París. Véngase conmigo allá, o vaya cuando pueda, y yo le aseguro que pronto se abrirá camino en cualquier negocio de los que tienen por fundamento el buen gusto. Yo desde luego le ofrezco que para empezar tendrá en mi establecimiento un acomodo modesto...». Esto y otras cosas sugestivas le dijo, con lo que el alma de Teresita quedó encendida en la noble ambición de adquirir con su trabajo un vivir decoroso.

Véase por qué Teresa, en admirable consonancia con su amado, soltó el grito de vida, de lucha contra la miseria y la muerte. ¡A París! Como tenían poco que arreglar en punto a equipajes y efectos de viaje, tardaron en poner en ejecución su pensamiento el tiempo preciso para asegurarse el secreto de la salida, por si al Subprefecto o al Cónsul se les ocurría darles un disgusto. La despedida fue tiernísima: en ninguna parte del mundo encontrarían amigos como aquellos honrados y generosos Bidaches. Tuvo Santiago la satisfacción de dejar colocado en el arrastre de mármoles al pobre sargento Miranda, que muy contento decía: «Vale más ser aquí un buey de trabajo que dejarse internar como un perro, o volver a España a que le fusilen a uno como un hombre, con sacramentos y todo».

Partieron los amantes algo medrosos, y hasta pasar de Pau no respiraron con tranquilidad. En Dax, avanzada la noche, al cambiar de tren, se encontraron a Silvestre Quirós, muy mal trajeado, con cara de insomnio y ayuno. Abrazáronse los dos amigos, cambiando en rápida frase el quejumbroso saludo de la emigración con sus melancólicas añoranzas. Dijo Silvestre que no podía vivir más en Bayona. Con los cuartos que le quedaban podía llegar a Angulema, donde le ofrecían colocarle en una fábrica de papel. Ya encajonados los tres en el coche de tercera, refirió Quirós que en los mismos días de lo de Linás, embarcó Prim en Marsella para Valencia, donde tuvo el tercer fracaso, porque las tropas que se habían comprometido no salieron. «La razón que daban fue que Prim había firmado un manifiesto en que se pide la abolición de quintas; y sin quintas, ¿cómo ha de haber ejército? Salió el General del puerto del Grao echando bombas, y según dicen, ha desembarcado en Cette. ¿Entrará por Bourg Madame? ¿Tendremos otro descalabro?... Yo no creo nada ya; he perdido la fe... Ya es hora de que gritemos: 'Nos están engañando; juegan con nosotros como si nuestras vidas fuesen fichas de damas o dominó'. La revolución, que es guerra de guerras, no se hace sin dinero. Si no lo tienen, ¿para qué nos meten en estos líos? No hay libertad sin pan. Ahora mismo, al volver de Marcuello, no teníamos qué comer. Moriones nos dio lo que llevaba sobre sí: no podía más... Pereciendo llegamos a Bayona. Pero no ha venido Moriones más lucido que nosotros. Anoche le vi en el café Farnier con Muñiz. Su cara y ropa eran las de un cesante. Y yo pregunto: ¿a quién da la Junta el dinero que recoge? Vete a saber... En Bayona tienes a los que entraron con Contreras, y han vuelto por el puerto de Benasque descalzos y pidiendo limosna. Algunos, cogidos por los destacamentos franceses, han sido internados a pie, de cárcel en cárcel. Ya Bourges no les parece bastante lejos, y están mandando emigrados a Besançon, pared por medio con Suiza... Con que ayúdame a sentir, Santiaguito. La pobre España está perdida, y quiere que la salvemos sin armas, sin dirección y con los estómagos vacíos. ¡Anda y que la salve su madre!».

Con esta cantinela pesimista, contristaba el pobre Quirós a sus dos compañeros de tren, que alentados iban por risueñas esperanzas. Felizmente, el lastimado amigo les dejó en Angulema, y ellos recobraron su buen humor en el resto del viaje, que fue felicísimo, aunque un poco largo, porque los trenes ómnibus no eran un prodigio de velocidad... Al anochecer del día siguiente vieron que a un lado y otro del tren en marcha se iniciaba la aglomeración de alegres pueblecillos, de granjas admirables, de quintas escondidas entre bosques espesos; vieron la muchedumbre de fábricas y talleres con sus chimeneas humeantes, las estaciones de una y otra línea transversal, los edículos y almacenes, los gasómetros, el sin fin de construcciones que anuncian la vida industriosa y opulenta de una gran metrópoli. «Ya llegamos -dijo Teresa-. Esto es París». Era ya noche cerrada. Ibero miraba con avidez por encima de las filas de vagones parados, máquinas y objetos mil de intensa negrura, y veía un extenso y vivo resplandor que invadía gran parte del cielo... «Es París -exclamó-. Parece que arde». Y risueña, radiante de alegría, respondiole su compañera: «No es incendio, es claridad».


La de los tristes destinos de Benito Pérez Galdós

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