La de los tristes destinos : 34

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Avanzada la noche y cerradas las puertas de Palacio, bajaron a las cocinas Muñoz y uno de los delegados en busca de provisiones. Tan sólo hallaron un jamón en dulce, tres botes de melocotón en conserva y dos panes grandes, duros ya como adoquines. Esto no era bastante, y como también había que repartir algo de cenar a los cincuenta y tantos hombres, entre paisanos y alabarderos, que componían la guardia, resolvieron mandar traer de fuera pan y butifarra en abundancia; el vino indispensable subiéronlo de las bien surtidas bodegas de Palacio. Ibero y Chaves, una vez que requisaron sin resultado alguno los pisos segundo y tercero, bajaron a tomar su parte de la cena... Por iniciativa del empleado de la Intendencia se cometió la expoliación más inocente que los guardianes podían permitirse. Del rico depósito de tabacos habanos que en los sótanos había, mandaron subir un par de docenas de cajas, con lo que, después de llenarse los bolsillos (que hay que mirar siempre por el día de mañana), tuvieron para fumar toda la noche. El tabaco es la alegría de las guardias y el mejor compañero de los largos plantones.

El incansable Muñoz y tres más descendieron nuevamente a las cocinas y despensas. Olfatearon y revolvieron diferentes escondrijos, y en un cuarto obscuro destinado a depósito de cenizas encontraron una maletita de viaje. Con el precioso hallazgo subieron al entresuelo, donde tenían su Cuerpo de guardia. Abierta fue la maleta con las debidas formalidades, y de ella sacaron seis mil duros, parte en billetes, parte en oro y plata, varias sortijas de oro y brillantes, dos de ellas con la corona real, un collar de perlas en su estuche, unas tenacillas de plata para el azúcar, y varias prendas de ropa interior de caballero.

De todo se levantó acta minuciosa, que firmaron los delegados con Muñoz y Chaves, y se redactó un oficio al Gobernador de Madrid, don Pascual Madoz, para que se hiciese cargo de aquellos objetos y de otros que en el curso de la noche se encontraron. Entre estos figuraba un interesante libro de apuntes, descubierto por Ibero y Chaves en las estancias del Príncipe Alfonso. Era el Registro en que los Gentileshombres del Cuarto de Su Alteza, señores Morphy, Ulibarri y Losa, anotaban diariamente los actos, juegos, lecciones y dolencias del heredero de la Corona. Pasada media noche, el sueño y la fatiga rindieron a los guardianes del Real Alcázar. Los que no debían permanecer en vela acomodáronse en divanes de la Intendencia, o por la galería pasaban al Camón; otros descubrían, en los entresuelos altos y bajos de la servidumbre, mullidos lechos. Ibero y su amigo se apoderaron de un cuartito próximo a la Escalera de Caoba, en el cual solían dormir los Monteros de Espinosa. Las camas, aunque de campaña, ofrecían comodidad a los hombres rudos, desconocedores de la molicie. Chaves dijo a su compañero: «Acuéstate y descansa, que a Madrid has traído agujetas y desvelo de ocho días... Paréceme que has echado ya de tu pensamiento esa maldita idea».

-Sí -dijo Ibero tendiendo a lo largo sus doloridos huesos-. ¡Teresa en Palacio! ¡Desatino como ese...! Fue una turca horrorosa que me comunicó doña Manuela con su aliento envenenado... Ya se me despeja la cabeza, ya me habla el corazón, y me dice... Necesito recogerme para oír bien lo que quiere decirme.

Tumbose a su vez el patriota, y al poner su cabeza en la almohada, la puso ya dormida... Santiago, cuya excitación cerebral se rebeló un instante contra el sueño, recordó palabras interesantes de su maestro el capitán Lagier. Este le había dicho en Cádiz: «En nuestra conducta influyen de un modo misterioso seres inteligentes e invisibles... No te preocupes de las experiencias y comunicaciones... Los buenos espíritus vendrán a ti sin que tú los llames...». Repitiendo estas palabras con un deseo muy vivo de que tuviesen eficacia real, entre dormido y despierto Santiago vio a Teresa... Entraba la hermosa mujer en la estancia, mal alumbrada por el mechero de gas de la próxima Escalera de Caoba, y pasito a paso se aproximaba risueña, con aquel ángel de su mirada y rostro que no tenían en toda la humanidad semejante. Ibero le dijo: «Teresa, ¿dónde estás?... Para que no dude de ti, dime en qué pueblo estás». Vestía Teresa como en el obrador de encajes, con su elegante delantal blanco recamado de cintitas rojas. Viéndola muy cerca, inclinada y sonriente, con vaga expresión de burlona confianza, el amante le habló así: «Teresa, dime si te has muerto... Por Dios, dímelo, y no me tengas en estas ansias. Si estás en la Eternidad, allá iré yo contigo...». Pasado algún tiempo, cuya duración el durmiente o semi-despierto no podía precisar, la imagen de Teresa se desvaneció.

Santiago repetía en su cerebro la visión próxima de las estancias de Palacio por las cuales había discurrido con Chaves y el viejecito llavero; vio las enormes salas silenciosas y frías, de altos techos, en que bailaban figuras pintadas; las paredes revestidas de riquísimas telas, las estofadas consolas, las chimeneas de jaspe que sustentaban relojes y candelabros con muñecos mitológicos; los retratos de Reyes muertos, el manso Carlos IV, el narigudo Carlos III, y Reinas con blancas pelucas y deformes tontillos; vio las sillas y altos sillones puestos en formación a lo largo de las paredes, gravemente vestidos de sus fundas de lienzo, como frailes con los capuchones calados en la ringlera del coro... Las estancias pasaban; una se iba, y llegaba otra. En la última vio a doña Isabel pintada con tintas y pinceles de adulación, vestida de azul y plata, el cabello en cocas, medio cuerpo dentro del inflado miriñaque, coronada la frente, los claros ojos azules diciendo bondad, pereza mental, abulia, la mano derecha blandamente caída sobre un cojín rojo, donde estaban la corona y un cetro ideal, semejante al que llevan los reyes de baraja.

En medio de esta soñación de los aposentos palatinos, apareció de nuevo Teresa, con su trajecito de encajera... Pisaba las blandas alfombras de Santa Bárbara o las finas esteras de junco, con voluble y gracioso andar... Ibero, angustiadísimo, bañada la frente en frío sudor, le decía: «Ven aquí, Teresa: ¿qué haces?, ¿por qué andas de un lado a otro sin fijar tus ojos en mí? Acércate y dime si te has muerto... Voy creyendo que ya no estás en el mundo de los vivos, sino en el de los espíritus inteligentes e invisibles. Si es así, ¿por qué te veo?... ¿Seré yo también espíritu, y me habré muerto como tú? Sácame de esta duda; y si en realidad somos espíritus, ¿por qué estamos en este caserón maldito y no en los libres espacios del Universo?».

Las diez del día 30 serían cuando despertó Chaves, y tan profunda y sosegadamente dormido vio a su compañero, que no quiso interrumpirle el sueño y salió en busca de los demás guardianes para ver qué novedades ocurrían. El primero que se echó a la cara fue Casimiro Muñoz, coronado ya de su respetable sombrero. Disponíase el valiente joven a volver a su trabajo de cajista, satisfecho de haber evitado el saqueo y profanación del Real Palacio en el turbulento 29 de Septiembre. A la misma hora en que Muñoz salía de la que fue morada de los Reyes (día 30), entraba un chico de Telégrafos en la humilde casa de doña Mauricia Pando, calle de Santa Margarita. Llevaba un telegrama para Santiago Ibero, transmitido desde París por la primera oficiala de Madame Plessis. Aunque cerrado lo guardó la patrona esperando el regreso del huésped, bien puede el historiador penetrar dentro del papelejo y leer y traducir su contenido. Así decía: «Úrsula y Teresa en Biarritz San Sebastián trabajando artículo.- Pauline».


La de los tristes destinos de Benito Pérez Galdós

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