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La derrota de los pedantes (1830)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Obras sueltas (1830)
de Leandro Fernández de Moratín
La derrota de los pedantes
Nota: Se respeta la ortografía original de la época
 
LA DERROTA


DE


LOS PEDANTES.



Neminem specialiter meus sermo pulsabit. Generalis de vitiis disputatio est. Qui mihi irasci voluerit, prius ipse de se, quod talis sit, confitebitur.

S. Hieronym. Epist. ad Nepotian.
 

 
Esta obra no necesita prólogo: por eso no le tiene. Necesitaba notas; pero el autor no ha querido ponérselas.

 
Estábase Apolo durmiendo la siesta á mas y mejor en un mullido catre de pluma: un mosquitero verde le defendía de pelusa y moscas: la alcoba tenebrosa y fresca: el palacio en profundo silencio; y el dios bien comido, mejor bebido, y nada cuidadoso. Roncaba pues su reluciente Magestad haciendo retumbar las bóvedas; y Mercurio que se habia quedado traspuesto en un chiribitil cercano, dábase á Pluton, por no darse al diablo, viendo que los bufidos de su hermano no le dejaban pegar los ojos.

En esto se ocupaban las dos referidas deidades, cuando de repente se levantó tal estruendo en los patios, corredores y portalón del palacio, que parecía hundirse aquella soberbia máquina. Alteróse Mercurio: dio un salto de la cama al suelo, y hubo de perder el juicio hallándose á pie, esto es, sin talares, porque Madama Terpsicore, la mas juguetona y revoltosa de todas las nueve, habia ido poco antes á la cama pasito á pasito, y se los habia quitado por hacerle rabiar. Afligióse sobremanera, y á tientas se puso los gregüescos, la chupa y la camisa; porque es fama que el tal dios no puede dormir en verano, si no depone todos los trastos, quedándose á la ligera como su madre le parió.

Ya que se halló decente el correveidile de los dioses, salió en pernetas con su caduceo en la mano, y en la cabeza el acostumbrado sombrerillo. Iba corriendo á averiguar la causa del alboroto; y al atravesar un corredor vio venir un burujon de gente que luego conoció ser de los de casa. Bernardo de Valbuena, y el buen Ercilla conducian á Clio desmayada y casi moribunda, el peinado deshecho, el brial roto, y las narices hinchadas y sangrientas. ¿Qué es esto, dijo el dios al ver aquel lastimoso espectáculo: qué es esto? ¿Qué ha de ser? respondió Juan de la Cueva, que venia haciendo aire á la desmayada con un cuaderno de minuetes: ¿qué ha de ser? sino que toda la comarca está en arma, el palacio lleno de enemigos, las Musas cual mas cual menos estropeadas, y Apolo nuestro señor muy á pique de quedar por puertas si duerme cuatro minutos mas. ¿Pero no sabremos?..... No hay mas que saber, añadió Ercilla, sino buscar á Apolo, darle parte de lo que pasa y acudir todos á la defensa, sin andarse en aqui me la puse, ni en tú te la tienes, Pedro.

¡Cáspita, dijo Mercurio, y en qué lindo dia me he venido á comer á esta maldita casa! Bien hacia yo en no querer admitir el convite por mas que mi hermano me molia á recados todos los domingos: mi padre come mucho mejor que él, y mas me gustan dos tragos de néctar que tres pucheros de agua fresca de Aganipe: no, si yo no fuera tonto, no me sucederia esto. ¡Majadero de mí que podria estar ahora en el Olimpo, mientras mi madrastra duerme la siesta, jugando con Hebe á la pízpirigaña y al salta tú, y no que ahora el diantre sabe lo que me aguarda. ¡Voto va mi fortuna!

Esto decia Mercurio lleno de indignacion; y mientras unos llevaban á acostar á la triste Clio, y otros buscaban á Esculapio que estaba hervorízando en un tejado húmedo, y otros corrian desatinados de una parte á otra, él marchó en diligencia á la alcoba de Apolo, que muy ageno de lo que pasaba roncaba todavia como un Provincial.

Dióle un pellizco, y otro y otro, y ni por esas podia dispertarle; de manera que irritado de la poltronería, alzó el palitroque de las serpientes, y le dió con él tan desmesurado masculillo, que á darle otro, no lo hubiera contado por gracia el señor Timbreo. Desenvolvióse de las colchas medio aturdido, y á pocas razones que entre los dos pasaron, los interrumpieron Erato y Polimnia que entraron en el dormitorio dando alaridos, y remesándose los pelos como unas desesperadas.

¿Qué haces, hermano? le decian á Apolo: aprisa, corre, vuela, vete por la puerta de la bodega, que ya las Horas han ensillado y enfrenado á Flegon para que montes en él y escapes. Corre, y avisa á nuestro padre Júpiter para que á fuerza de rayos, centellas y tempestades de azufre, alquitran y ruedas de molino, ataje si puede nuestra desgracia. ¡Ay! y dirásle que no se descuide, que no es esta como la de antaño; que no son gigantillos de por ahi los que tiene que despachurrar y hacer gigote, sino un egército el mas formidable que se habrá visto desde que, para oprobio de la humanidad, se estilan egércitos en el mundo.

Vamos, dijo Apolo, vamos á ver qué es ello, que ni yo os entiendo, ni puedo adivinar á qué viene toda esta bulla, y á buena cuenta ya estoy medio descalabrado, y cuanto he comido se me ha revuelto en el estómago con el susto. Ay hijo mio: ¿descalabrado estás? dijo Erato: pues qué, ¿te has hallado ya en la refriega? ¿te ha herido alguno de aquellos poetas descomunales? No sé quién me ha herido, dijo Apolo; pero ¿qué dices de poetas? ¿Qué? Los que asisten en palacio, y son mis cortesanos y amigos, ¿han podido mover alguna sedicion? No son esos, replicó Polimnia: ni ¿cómo era posible caber en ellos tal iniquidad? Ni son los que conocemos, ni son poetas, ni sabios, ni cosa que lo valga: son unas cuantas docenas de docenas de pedantones, copleros ridículos, literatos presumidos, críticos ignorantes, autores de tanta traduccion galicada, tanto compendio superficial, tantos versecillos infelices que ni hemos inspirado ni hemos visto. Son de aquellos que de todo tratan, y todo lo embrollan, para quienes no hay conocimiento ni facultad peregrina: unos, que hacen tráfico del talento ageno, y le machacan, y le filtran, le venden al público le revuelven, y y dividido en tomas: otros, que no habiendo saludado jamas los preceptos de las artes, y careciendo de aquella sensibilidad, don del cielo, que es sola capaz de dar el gusto fino y exacto que se necesita para juzgarlas, se atreven á decidir con aire magistral de todo lo que no es suyo; persiguen y ahogan los mejores ingenios con sátiras tan mordaces como desatinadas, y aspiran por medios viles á levantar su gloria sobre la ruina de los demas. Otros y estos, estos son los mas en número y los mas insolentes, que pasan la vida atando en insufribles versos una polilla asquerosa, que embadurnan y apestan el teatro con unas cosas que llaman comedias, compuestas de retazos mal arrancados de aqui y de allá, atestadas de mas defectos que los originales que copian, y sin ninguna de aquellas perfecciones que disculpan ó hacen olvidar los errores de las antiguas. Estos son los que por tanto tiempo han tenido y tienen tiranizado el teatro español, estos los que empuercan diariamente los papeles públicos, y estos en fin, los que haciéndose intérpretes de la Nacion que los tolera, se han atrevido al son de zambombas, chiflatos y cencerros, á llorar las desgracias de la patria en la pérdida de sus amados Príncipes, y á interrumpir con desapacibles graznidos el comun quebranto, cuando la muerte arrebató al cielo al mas piadoso de sus Reyes, para levantar sobre el trono español al mas grande de todos ellos[1]. Estos son los que acaudillan y dan atrevimiento á los demas. ¿Pero qué me detengo? ¡mísera!... Corre, y verás por ti mismo lo que es ocioso referir: el riesgo es inminente; y si tu presencia no le aparta, se perdió el Parnaso; tu soberanía y el esplendor de las Musas castellanas se perdieron para siempre.

En efecto, Apolo echó á correr como un gamo, y Mercurio jadeando detras de él se despepitaba por la pérdida de sus talares. De esta manera iban que volaban á puto el postre; y el estruendo militar crecia por instantes. Abrió Apolo una ventana que daba al patio del alcazar, Y vió el mas tremendo espectáculo que pudiera creerse. Dos egércitos (porque segun su número no parecian otra cosa) se combatian furiosamente al pie de la escalera principal; el uno defendiendo el paso de ella; a; y el otro que ocupaba todo el portalon y gran parte de las galerías bajas, obstinado en abrirse camino y ganar los puestos que se le defendian. El egército amigo se componia de las guardias y dependientes del palacio, y de los Poetas comensales de Apolo, que capitaneaban las tropas y resistian con vigor los ataques del enemigo, en tanto que las Musas, esto es, siete de las nueve, porque Caliope y Clio estaban ya á componer, acompañadas de varias Ninfas subalternas y de las criadas, se ocupaban en conducir al puesto armas y pertrechos para los que combatian en defensa de su titubeante honor. El egército contrario era una turba confusa de diversas gentes que habia unido por casualidad el furor, y peleaban sin órden ni disciplina, ni gefes que los gobernasen; pero con tal ímpetu y desesperado arrojo, que entrambos dioses rezelaron mucho del éxito que podria tener aquella tremenda pelea.

Apolo se rebujó en una capa astrosa que al paso le prestó un proyectista, y se caló hasta las cejas un bonete de doctor para no ser de nadie conocido. Echó á andar siguiéndole su hermano, y á breve rato se hallaron en lo alto de la escalera. Mercurio quiso informarse del estado de las cosas, y volvió diciendo que por parte de los suyos se hacian prodigios de valor; pero que era tal la fuerza contraria, que temian verse precisados á retirarse á las eminencias para desde alli ofender con mas ventaja, aunque en menos terreno, á los sitiadores.

Malas nuevas fueron estas para el dios de los tabardillos, tanto, que al escucharlas comenzó á temblar de pie y de mano como los que tienen mucho miedo; el cual miedo se le aumentó sobremanera viendo subir á Terpsicore muy llorosa y cariacontecida, con un diente en la mano, y apretándose con toda su fuerza un chichon que llevaba en la frente tamaño como un huevo; y entre suspiros y sollozos y gemidos tristísimos, ¡ay hermanos! dijo, que esto va de mal en peor los nuestros ya desfallecen: Quevedo y Cervantes, ¡mi querido Cervantes! estan heridos, y se han retirado de los puestos que guardaban: los enemigos se aumentan sucesivamente: no hay remedio, cedamos á tanta desventura. ¿Y mis zapatos? dijo Mercurio, ¿qué hiciste de ellos? ¿en dónde me los has puesto, picarona?

Ahi los tienes, respondió la Musa sacándolos de la faltriquera; póntelos aprisa, que para escaparte son que ni pintados. ¿Qué es eso de escapar? replicó Mercurio puesto ya en cuclillas y atándose á toda prisa las correhuelas de los escarpines alígeros: ¿yo escapar? no en mis dias: ahora sí, escapar: dejadme á mí, y vereis quién es Calleja.

Dicho esto se disparó por los aires adelante como un cohete; y encaramándose á las bovedillas sobre el campo de batalla, empezó á gritar con voz de trueno ó estampido de cafionazo á aquellos desesperados combatientes. ¡Ah de abajo! decia, ¿qué tremolina es esta? ¿qué locura se os ha metido en los cascos? ¿Asi se profana el alcazar de mi hermano? ¿Estamos en algun bodegon? Canalla soez, ¿qué es esto?

Oyendo tan halagüeñas razones, paró algun tanto la pelea: alzaron todos la vista, y viendo en el aire aquel espantajo voceador, no pudieron menos de maravillarse; y él, valiéndose de la turbacion que su presencia les habia causado, prosiguió diciendo: mi hermano Apolo quiere que dejeis las armas por una y otra parte: y á vosotros, quien quiera que seais, hombres desconocidos y revoltosos, os ordena que si alguna pretension tuviéreis, me la digais al instante, sin andaros en ambajes ni tranquillas, que como ella sea justa, desde luego quedareis servidos; porque de no hacerlo asi, por el alma de mi madre os juro que yo os daré á conocer del modo con que se debe tratar á los dioses.

Separáronse en efecto las dos cuadrillas: los de casa volvieron á ocupar su escalera, y los intrusos recogiendo algunos heridos, se hicieron un peloton. Mercurio entonces volvió á preguntar la causa de aquella barahunda; pero como no habia entre los contrarios caudillo alguno que llevara la voz, fueron tantas las que dieron por querer responderle todos á la par, que aunque se desgañifaba diciéndoles que callasen y uno solo hablara por ellos, no lo pudo conseguir en manera alguna.

Irritado, pues, de ver que nada podia lograrse de bien á bien con aquella gente vocinglera y atolondrada, batió los talones, echóse encima de la turba, y agarrando del pescuezo al primero que le vino á mano, voló con él otra vez al techo, y desde alli les dijo: puesto que no es posible haya union en vosotros para que un comisionado vaya á dar cuenta á mi hermano de lo que solicitais, he pillado á este para que hable por todos, y nos informe de lo que hasta ahora no habeis querido decir; pero entretanto que le llevo y os le traigo, haya un armisticio general para que no pasen los estragos adelante, y se componga todo á pedir de boca. Los nuestros no saldrán un solo dedo del último escalon de esa escalera, ni vosotros pasareis tampoco de la línea de estos arcos: nadie se atreva á insultar á otro: no hagan gestos, ni se tiren chinarritos, ni se escupan, ni se oiga una pulla ni mala razon, y cuenta con ella porque si hasta ahora he usado de medios suaves para conteneros, si llegais á enfadarme, vibraré contra vosotros los rayos de mi padre Júpiter, que los tenemos apilados en la armería, muchos en número, recien bulidos, y todos ellos sin estrenar. Esto decia el dios del babeo únicamente para atemorizarlos: porque segun se supo despues, no habia en toda la casa mas instrumentos bélicos que un puñal sin punta y mohoso de la señora Melpomene.

Lo cierto es que con esta diligencia cesó el combate: las tropas se retiraron á los parages señalados; y el dios, satisfecho de aquella obediencia, marchó con el perillan que habia pescado, asiéndole fuertemente de las agallas, que no le dejaba gañir.

Quiso ante todas cosas dar cuenta á Apolo de lo ocurrido; y abriendo un camaranchon sucio que habia servido muchos años de carbonera, metió en él su presa: torció la llave, colgósela del dedo meñique, y en un santiamen buscó á su hermano que estaba hojeando á toda prisa El Arte de la guerra del filosofo de Sans-Souci, y disponiendo un plan de fortificacion y defensa, le dió buenas esperanzas, y le contó ni mas ni menos cuanto se acaba de referir.

Holgóse en extremo el dios intonso con las noticias que le dió Mercurio: tratóse de lo que en el caso convenia, y resolvieron que Apolo recibiese la embajada con toda ceremonia para dar á la pompa y aparato un remusguillo de amenaza: que se oyese con benignidad al enviado, por mejor decir al traido, y que aunque fuese necesario ceder un poco á las circunstancias, se procurase no exasperar á unas gentes demasiado dispuestas á cometer cualquier exceso; y en fin, que mientras durase la grave escena, Mercurio desgastara los talones en ir y venir, y volver y tornar para lo que ocurriese en una y otra parte.

Hecho esto, mientras Apolo se fue á vestir de gala y alheñarse la cabellera, su hermano marchó á buscar el preso: asomóse de camino á un agujero que caia al portalon, y vió que estaban todos quietecitos como unos muertos, sin chistar ni mistar, ni decirse los unos á los otros una mala desvergüenza. Alegróse mucho de ver aquella tranquilidad, y se fue en derechura á la carbonera donde estaba su hombre: escuchó un poco por la cerradura y parecióle que estaba recitando versos, y asi era la verdad, porque en menos de un cuarto de hora que llevaba de encierro habia ya compuesto dos ovillejos, un madrigal y tres sonetos caudatos quejándose de su mala suerte, y llorando su prision como pudiera el mismo Macias.

¡Cuerpo de tal conmigo, dijo Mercurio, y qué pájaro tenemos en la jaula! Para mis barbas si no es este el peor de su rebaño. ¡Haya picaruelo! ¿No ha nada que entró en el cisquero, y ya tenemos coplillas de pie quebrado, y estrambotes, y mariposilla incauta, y arroyuelo murmurador? Por mi vida que el tal improvisante debe de tener manejo y vena.

En esto le abrió la puerta del cochitril diciéndole muy halagüeñio: salga acá afuera, señor galan, salga acá afuera, que ya he llegado á entender su habilidad: salga y véngase conmigo, que mi hermano Apolo está deseoso de conocerle.

¡Oh favor! exclamó el de los ovillejos, ¡oh favor! y tendiéndose en el suelo cuan largo era, agarró de las piernas á Mercurio y le besó los pies una y muchas veces. El dios se resistia ; pero no lo pudo evitar: levantóle con mucho agasajo, y el poeta sin curarse de limpiar el cisco y telarañas que tenia en el rostro, manos y vestido, siguió á Mercurio haciéndole mil reverencias, quitándole con ridícula oficiosidad las pelusitas que llevaba en la ropa, y adelantándose á espantar con un pañuelo asqueroso las moscas para que no ofendiesen á la deidad, que al ver aquellos obsequios apenas podia contener la risa.

¡Que es posible, decia, arqueando las cejas y dándose palmadas en la frente, que es posible que Apolo, el rubicundo Delio, el claro Cintio, el Patáreo numen desea verme, solicita conocerme y tratarme! ¡Oh favor! ¿Pero es cierto, soberano Alípede, es verdad, ó ilusion dulce de mi desco? ¿Es realidad física, ó extravío de la imaginacion férvida? ¿Es soporoso nocturno rapto, que en la atezada caligine..... No es caligine, ni rapto atezado, ni cosa alguna de las que habeis dicho, replicó Mercurio: mi hermano os quiere ver, y á eso vamos allá; pero os advierto en caridad que trateis de no hablarle en culto, ni le jugucis del vocablo, ni le digais quisicosas ni garambainas, porque os mandará tirar de un balde y le obedecerán al punto.

¿Qué decis, inclito nuncio del Tonante? replicó el del cisco: ¿tanta cólera podrá caber en los celestes númenes? No, facundo nieto de Atlante, no lo hallo posible. Si es posible ó no, añadió Mercurio, veréislo despues; y vuelvo á avisaros que si no dejais esas gallardías de estilo, lo habreis de pasar muy mal, señor repentista. Sileo libenter, dijo el poeta; y en estas y otras razones se hallaron en una pieza inmediata al salon de audiencia. Asomóse Mercurio y vió que aún no habia venido Apolo; y no hallando á quien poder confiar la guardia del coplero, tuvo que detenerse con él, mal de su grado.

El otro se paseaba por la sala á grandes trancos, haciendo una reverencia profundísima siempre que atravesaba delante de Mercurio, y esto lo repetia tantas veces que el dios le encargó que no lo hiciera, porque no gustaba de cumplimientos.

¡Qué variedad! ¡qué diferencia! ¡qué opuestos polos! exclamó entonces con voz recalcada y nasal aqui desprecia un dios lo que en el mundo, en las cortes, en los palacios exigen los hombres de los otros hombres: ¡qué variedad! Y si fuera decir que por esto se consigue alguna cosa, vaya con mil demonios, transcat, todo pudiera tolerarse; pero ¿quién dirá que un hombre como yo, de tan exquisito mérito, de tan gigantes prendas, se ve menospreciado, burlado, desamparado, hambriento y obscurecido entre el vulgo, profanum vulgus, sin que un Macenas atavis, magnánimo y liberal le haga surgir del abismo de miserias en que desgraciadamente yace? Yo he tratado con próceres, potentados, ministros y magnates de primera magnitud; ¿y qué he conseguido? ¡Animas benditas! ¿qué he conseguido? Díganlo tantos preciosos opúsculos que existen arratonados en mi guardilla, que jamas verán la luz pública: ¿y por qué? por la pobreza de su autor. ¡Oh pobreza! Pauperiem pati, que dijo el anónimo: esto es, pauperiem, la pobreza, pati, sea para ti que yo no la quiero: tan odiosa es la pobreza, que aun de los varones mas doctos es abominada.

¿Y qué obras son estas que conservo? ¿qué felices partos? ¡Ahí es nada! ¡ahí es un grano de anis lo que tengo escrito! Figúrese vuestra serenidad de primera entrada veinte y tres comedias, nueve follas, cinco tragedias, dos loas, cincuenta dos sainetes tabernarios..... ¿Qué tal? digo, quid tibi videtur? Y esto únicamente por lo que toca al género bucólico: vamos ahora por lo lírico, épico, dramático, elegiaco, satírico, epigramático, didascálico y mixto.

Primeramente tres epopeyas concluidas y puestas en limpio, con su dedicatoria hecha á prevencion, de á veinte y cuatro cantos por barba; esto es las epopeyas, no las dedicatorias, que juro por el nombre que tengo, que cada una, esto es, no las dedicatorias, sino las epopeyas, se puede reputar por una enciclopedia metódica, porque de todo tratan usque ad satietatem, y nada dejan al lector amantísimo que desear.

¿Y qué diré de mis piezas fugitivas? ¿qué diré sino que pasan de cuatrocientos mis sonetos, sin contar algunos que se me han escabullido por mor de no estar siempre mis faltriqueras bien acondicionadas, ni incluir tampoco los que acabo de hacer alusivos á mi prision, á la obscuridad de la carbonera, y á los cendales aráchneos que me cubrian? ¡Pero qué sonetos! ¡qué madrigales! ¡qué romances! ¡qué estrambotes! ¡qué enigmas amorosos! Todos ellos ó la mayor parte, ya se ve, era preciso, son alabanzas, quejas, favores, zelos de mi Nise; y esta Nise, bendigala Dios, es una dama ideal, compuesta de retazos, en la cual he querido epilogar y unir cuantas perfecciones repartió en las demas la naturaleza... ¡Ay mi dulce Nise! ¡ay idolatrada señora mia! Esta, pues, Nise predilecta (de la cual ya tengo sucesion, segun consta en el madrigal doscientos y cuatro de mi Coleccion manuscrita), esta es la encendió mi numen tímido, la que me ha inspirado, la que ha dictado modulaciones á mi ebúrnea cítara por espacio de cuarenta cinco años; porque yo tendria diez y y ocho y la mamada cuando resolví enamorarme de ella, y si mal no me acuerdo, voy á cumplir sesenta y cuatro para las vendimias.

Pero no siempre amarrado á la coyunda de amor, del crudo amor, que como llevo dicho vulneró mi corazon en los adolescentes años, he llorado desvíos, he manifestado inquietudes, he cantado sus breves y apetecidas victorias; no, que tal vez levantando mi voz á mayores objetos, al pulsar la acorde lira, alma del viento, me atreví á interrumpir la siempre acorde revolucion de los orbes celestes, causando universal trastorno en la naturaleza; y ved aqui, si quereis la prueba, unos cuatrocientos endecasílabos que compuse á la proclamacion de nuestro Soberano: dicen asi ni mas ni menos, favete linguis:

El dia diez y siete del corriente,
Á cosa de las nueve ó nueve y cuarto
De la mañana, se juntaron todos
Los señores que estaban convidados.
Y como era preciso, cada uno
Llevó á la fiesta su mejor caballo;
De manera que cosa mas lucida

Ni se ha visto jamas ni se ha pensado.
Todos ibau de gala, como digo,
Con vestidos muy ricos, bien cortados,
Los mas con bordadura, y los restantes
Á cada cual mejor (si no me engaño.)
Pues como llevo dicho, se dispuso
La cabalgata, y luego muy despacio
Cogieron y se fueron á la villa,
Segun estaba ya determinado.
Y al llegar á la puerta....

Basta, basta, dijo Mercurio, no me reciteis mas versos, que esos pocos me han parecido detestables, y me sospecho que los demas no serán mejores callad por Dios, que tengo ya atolondrada la cabeza de oiros.

Atolondrado me vea yo á garrotazos, prosiguió el poeta, si esta composicion pindárica no es la mas acabada pieza que ha salido jamas de cabeza humana; pero ni el público la ha gozado hasta ahora, proh dolor! ni sé cuándo me veré con dinero para imprimirla. ¡Oh livor! ¡oh ignorancia! ¡oh siglo calamitoso y fatal á los alumnos de las musas! ¡Yo sin capa! ¡yo sin haber almorzado todavía! ¡yo debiendo cincuenta reales al P. Procurador del Carmen por los alquileres de mi desvan! ¡yo que he puesto en verso el Flos Sanctorum de Villegas, el Roselli y el Sanchez de Matrimonio! ¡yo que he escrito un curso completo de artes y ciencias que puede ir en carta! ¡yo que he comentado los Comentarios de Góngora, y he traducido al castellano los Prólogos de Huerta, y me muero de necesidad! ¿Quién ha sido el coco de Madrid y sus literatos de muchos años á esta parte? ¿quién ha hecho callar á tanto hombron erudito, á tanto sonoro cisne, á tanto Anfion harmónico? Sí señor, debajo de mi cama tengo muchas obras de crítica, que aun manuscritas han dado terror al orbe; ¿qué sería, ¡oh Cilenio raudo! si hubieran sudado los tórculos para publicarlas? ¿Pero qué me canso en manifestar mi suficiencia exótica, si el mismo Apolo..... El mismo infierno con todas sus furias desatadas debeis de tener en esa boca, hermano, dijo Mercurio: ¿qué es esto? ¿No os he dicho ya que calleis? Os estareis hablando hasta mañiana, parlanchin ridículo? Por vida de Júpiter, que si descoseis los labios para decirme una sola palabra, os desuelle vivo á latigazos. ¡Cáscaras, y qué pesado es el pedanton, y qué insolente!

Parce domine, respondió el coplero; y no bien habia abierto la boca para decirlo, cuando el Alípede alzó el puño en ademan de descargar sobre su coronilla tal cachete, que él solo hubiera dado fin á tantas locuras; pero lo estorbó un guardia que salió á dar la noticia de que ya Apolo esperaba al embajador.

Entraron pues en un salon magnífico y espacioso: el pavimento y las paredes eran de esquisitos mármoles, la decoracion corintia, las basas y capiteles de sus columnas de oro purísimo, como tambien los adornos del cornisamento y zócalo, y en las bóvedas apuró la pintura todos los encantos de la ficcion.

Alli se veían los orígenes de las artes y los progresos del talento humano, muda historia, capaz de encender el ánimo y arrebatarle á la contemplacion de los objetos mas sublimes. En una parte se veía á los hombres fabricar chozas de troncos y ramas, de donde la arquitectura tomó las formas que dió despues á materias mas durables, variando segun la mayor ó menor consistencia de ellas la proporcion de sus edificios. A otro lado los egipcios daban principio á la geometria, señalando sus campos con términos de piedras hacinadas, para que el Nilo en sus inundaciones no alterase los conocidos límites. Otros señalaban en el suelo los contornos de la sombra, de donde tomó su origen la pintura, perfeccionándose despues lentamente con la invencion casual de los colores y la perspectiva, que apenas conoció la antigüedad. Otros cortaban la corriente de un rio fiados á un tronco mal seguro; una gran multitud admiraba desde la opuesta orilla el temerario atrevimiento, y las madres tímidas apretaban al pecho sus pequeñuelos hijos. Los árabes caldeos observaban el aparente giro del sol, y en las serenas noches al planeta que recibe su luz, y los demas astros que la distancia nos amenora ó nos oculta. La escultura en otra parte ponia sobre las aras bultos informes que adoraba supersticioso el temor, y mas allá los Fidias, Lisipos y Praxiteles daban á los mármoles y bronces tan elegante forma, que en algun modo parece que el arte disculpaba la idolatría. Alli Orfeo reducia á los hombres en vida social, les daba leyes y les persuadia la necesidad de un culto religioso. Confucio enseñaba virtudes morales á los remotos chinos. Eaco, Radamanto, Minos, Solon, Licurgo y Nuna establecian leyes, gobernando en justicia y paz nuevas repúblicas; y á mas distancia se veían florecer las ciencias y las artes á la sombra de la libertad. Alli estaba representado el padre Homero, á quien rodeaban con admiracion los poetas de todas las naciones y todos los siglos. Pindaro al son de la lira celebraba con sublime verso las victorias istmias y olímpicas, y eternizaba el nombre de Hieron. Simónides cantaba tiernas elegías. Alceo de Lesbos, añadiendo nuevos sonidos á las cuerdas griegas, hacia aborrecible entre los hombres el despotismo de los tiranos. Safo, desgraciada en amor, se precipitaba del promontorio de Leucate al mar, y repetia muriendo el nombre de su ingrato Faon; en tanto que Anacreon de Teos, coronado de pámpanos, con la copa en la mano, danzaba alegre al son de las flautas entre las Gracias y los Amores. Alli acudia la juventud de Grecia á escuchar en las Academias, el Liceo y el Pórtico, las austeras lecciones de la moral; y no muy lejos se levantaban teatros magníficos para declamar con el auxilio de la música las grandes obras de Eschilo, Sófocles y Eurípides, que alternaban con las del atrevido Aristófanes, á quien Menandro siguió despues para obscurecer la gloria de cuantos le habian precedido. En otra parte Demócrito y el divino Hipócrates reclinados junto á un sepulcro ya destruido, conversaban profundamente á la sombra de unos cipreses mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida, los acerbos males que la rodean, y los cortos y falaces medios que ofrece el arte para dilatar su fin; y mas allá Demóstenes desde la tribuna de las arengas conmovia al pueblo ateniense, le persuadia por algunos instantes á sacudir el yugo macedónico; excitaba en él estímulos de valor, recordándole las épocas gloriosas de sus triunfos, los nombres santos de Milciades, Conon, Cimon y el justo Arístides; y oponiéndose por una parte á todo el poder de Filipo, y por otra á la envidia, la calumnia atroz y la inconstancia de un vulgo corrompido é ingrato, veía á pesar de su elocuencia irresistible perecer para siempre la libertad de su pais, y perecia con ella.

En el testero del salon habia un trono riquísimo, y en él estaba Apolo: siete de las musas le acompañaban inmediatas al solio, y los mas célebres poetas españoles, segun la edad en que florecieron, asi ocupaban por su orden las sillas.

Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no menos se admiraron todos los demas al ver su figura ridícula, porque era el hombre la mas triste vision que imaginarse puede reviejuelo, arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo, algo tiñoso, chiquirritillo y contrahecho; si bien es verdad que le desfiguraban en parte las barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco y las telarañas que le cubrian el rostro. Revolvíase en unas bayetas pardas, raidas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un ribete de arambeles por las orillas á modo de randas ó cucharetero; sus movimientos eran mas vivos de lo que su edad prometia, la accion teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.

Este es, dijo Mercurio á su hermano, el que he podido agarrar entre aquella turba: él te dirá lo que deseas saber. Y acercándose á él le dijo al oido: mirad, señor, que aqui no os sufrirán disparates; decid claramente quiénes son los del portal, y á qué es su buena venida, sin andarnos en mas repulgos, porque si asi no lo hiciéreis, témome mucho que mi hermano os mande freir y echar á los perros, segun le he visto de mal humor esta tarde: y habiendo dicho esto, se fue volando á observar lo que pasaba en la escalera.

El poetastro encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías, y quedó aguardando el permiso de hablar. Diósele Apolo, y él comenzó á delirar de esta manera:

Reverberante Numen, que del Istro
Al Marañon sublimas con tu zurda,

Al que en ritmo dulcísono te urda
Elogio al son del címbalo y del sistro:
Si la aligera prole de Caistro
Blandos ministra acentos á mi burda
Harmónica pasion, ¡ay! no te aturda
Ver rompo de tu tímpano el teristro.
La nubigena Dea en alto plaustro,
Ungiendo el nervio de oloroso electro,
Me lleva en alas del Ouest y el Austro.
Y hurtando á las Memnósides el plectro,
Hoy me intromito en el fulgente claustro,
Obstupefacto, á venerar tu espectro.

Reventaba Apolo entre la indignacion y la risa las musas se tendian por los suelos dando exorbitantes carcajadas: los poetas se miraban unos á otros sin saber lo que les sucedia, y el badulaque muy satisfecho se disponia á proseguir disparatando en culto: pero Francisco de Rioja que estaba inmediato, le dijo: ved, señor enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aqui para que le declameis versos tenebrosos; lo que únicamente quiere es..... ¡Ah! dijo el de las sopalandas, ya sé lo que quiere, no hay para qué decirmelo, que ya lo he comprendido; lo que quiere es otro soneto con los mismos consonantes: pues allá va, hijo de Latona, escuchadme benevolo:

Dios rutilante, que del Ebro al Istro
Proteges, honras al que versos urda,

Rauca mi lira atiende tosca y burda,
Simi no mucho á resonante sistro.
Que si tal vez alado el de Caistro
Pájaro dulce en la ribera zurda,
Hace canoro que fugaz aturda
Su voz, rompiendo el diáfano teristro;
No ya disimil yo, si el Indio electro
Prestarme gustas, que veloz al Austro
Sones encarga de curvado plectro,
Métricos mucho al eminente claustro
Llevaré ritmos ¡oh divino espectro!
Que el zenit giras en ebúrneo plaustro.

Ola, ministros, dijo Apolo, al instante coged á ese hombre, atadle y enviádsele á Pluton con un recado mio, para que se le entregue á los genios tartáreos y le atormenten con los suplicios mas atroces. ¡Qué desvergüenza, venir á hacer burla de mí! Llevadle, digo, no quiero verle.

Esto decia el dios bermejo con tales ademanes, que manifestaban demasiado su cólera; pero las musas, compadecidas de aquel infeliz, ó sintiendo se malograse el fin á que era traido, deseosas de divertirse oyendo sus desbarros, intercedieron por él con el mayor empeño.

Costó mucha dificultad aplacar á Apolo; pero al fin se moderó algun tanto, habiéndole prometido todos en nombre del tuerto, que no volveria á decir mas versos, sino que en prosa llana y pedestre relataria cuanto era menester; y él mientras esto sucedia, estaba abocinado en el suelo hecho un ovillo, sin rebullirse ni alentar siquiera, imaginándose ya arrebatado á los infiernos, y dando hervores en las calderas de pez, alcrebite y plomo, donde se rehogan los comerciantes por menor, las viejecitas que azuzan, y los administradores que desuellan. Ya llevaba compuestas dos estancias de una cancion estigia que pensaba recitar á Tesifone luego que llegase, en que la alababa de linda, y de la mas jovencita y agraciada de todas las furias; pero á este tiempo le levantaron entre Figueroa y Don Juan de Jáuregui, los cuales volvieron á predicarle de nuevo lo que debia hacer para no incurrir en la indignacion de Apolo.

Haré cuanto me decís, respondió despues de haberse compuesto los hábitos, haré cuanto Febo ordena, y omitiré los episodios y partes de adorno, usando en mi narracion un estilo medio, ya que el sublime ha merecido tan equívoco aplauso. Soberano Delio, Titan radiante, prodigio délfico, deidad esmintea, el suceso es este.

Yo aunque indigno, y mis compañeros los del zaguan, somos alumnos vuestros: la divina Poesis fue nuestra delicia desde los años infantes: hemos elaborado opúsculos admirables, tremendos, hijos al fin de vuestra sacra inspiracion, basta esto, sufficit, para noticia preliminar; pero reflexionemos.

¿Qué es Poética? El arte de hacer coplas. ¿Qué son coplas ? Unos montoncitos de líneas desiguales, llamadas versos. ¿Qué es un verso? Un número determinado de silabas. ¿Qué dificultad ofrece su composicion? Los consonantes. ¿Cómo se adquieren estos consonantes? Comprando un Rengifo por tres pesetas. ¿Qué otra cosa es necesaria ademas de esto para hacer cualquiera obra poética digna de la luz pública? Un poco de poca práctica, y otro poco de vergüenza.

Pues ahora bien: supuesto que nosotros sabemos hacer coplas en verso aconsonantado, que tenemos cada cual nuestro Rengifo, que hemos pasado toda la vida en esta ocupacion, y que altamente persuadidos del mérito de nuestras obras, no dudaremos ofrecerlas por modelo al orbe que las admira, y á las generaciones futuras que han de anonadarse al verlas; ¿qué nos falta para llamarnos alumnos vuestros? ¿Quién nos disputará este honor? Dicite Pierides, en tanto que yo prosigo hilvanando premisas y consecuencias.

Siendo poetas, como lo somos sin remedio, ¿cuál debe ser nuestro egercicio? ¿Tejer esteras? ¿coser zapatos? ¿alquilar camas? ¿vender achicorias? Claro es que no: claro es que son indignas ocupaciones de los grandes genios aquellas que por útiles y honestas estan reservadas al ignorante vulgo asi pues, siendo poetas, debemos poetizar y no otra cosa: debemos ilustrar á la nacion, y ella debe coronar nuestras fatigas con premio digno, dándonos la mitad en aplausos, y la mitad en pesos duros.

Pero esta nacion ingrata, ni nos da de comer ni nos aplaude, mientras nosotros procurando su felicidad y su gloria la enriquezemos diariamente, semanalmente, mensualmente, continuamente de conocimientos profundos; sin los cuales la racionalidad hubiera dado en España un estallido segun la hemos visto decadente y mal parada.

Nosotros, en fin, hemos sostenido el lionor de la lira (barbitos polycordos, que dijo el griego) cantando y llorando (canentes et flentes, que hubiera dicho el latino) en todas las ocasiones en que el hado, ya favorable ya protervo, envió á la patria prosperidades ó desdichas.

en Se ajustó la paz, coplas á la paz: nacen los Gemelos, coplas á los Gemelos: nace nuestro Príncipe Fernando, coplas á D. Fernando: se hace el bombardeo de Argel, coplas á las bombas; una palabra, casamientos, nacimientos, muertes, entierros, proclamaciones, paces, guerras, todo, todo ha sido asunto digno de nuestra cítara.

¡Pero con qué novedad, con qué acierto lo hemos sabido desempeñar! ¡Qué felices invenciones las nuestras! ¡oh qué felices! ¡oh huevos de Leda, huevos benéficos y de inestimable valor!

¡Oh Jacob y Esau! ¡oh Rómulo y Remo! ¡Con qué oportunidad la Providencia os hizo nacer de una ventregada! ¡Y con qué gracia nosotros, sin reparar en frioleras, parangonizamos mellizos á mellizos, haciendo saber al mundo que nuestra Princesa habia dado á luz un Esau brutal, un Rómulo fratricida, y lo que es mas lindo (porque al fin todo iba dentro del par de huevos mitológicos), una Clitemnestra y una Helena disolutas, pérfidas y crueles, que todo esto dijimos, muy arropados con nuestra licencia poética, en elogio de los dos malogrados Infantes, infandum Regina jubes, como dijo allá el filósofo.

¿Y qué diré del sutil arbitrio que discurrimos para formar las fábulas de nuestros poemitas? Arbitrio que pareció tan cómodo, que todo poeta de bien y timorato le ha escogido para sí, y trazas llevan de no soltarle hasta la consumacion de los siglos. ¡Soberano arbitrio que ahorra mucho tiempo, y muchos polvos de tabaco, y mucha torcida al candil! Arbitrio con el cual se forma en un guiñar de ojos cualquier poema, pues á todos viene como llovido: ¿se trata por ejemplo de alabar algo, de profetizar algo, de llorar algo, de referir algo? El poeta no tiene mas que acostarse y apagar la luz. Á media noche se le aparece un trasgo, una ninfa ó cualquiera otro personage alegórico, con gran concurso de geniezuelos alrededor; y este tal personage reprende al vate su modorra y su pigricia, le manda que se levante inmediatamente y que escriba esto, y aquello, y lo de mas allá, y de este modo le informa de cuanto hay que saber en el caso; de suerte que desaparecer la fantasma, despedirse el poeta del lector pio, y acabarse el poema, todo es á un tiempo. Sobre este molde de aparicion hemos compuesto de once años á esta parte cuantas obras se han necesitado para el surtido de las esquinas; con la sola diferencia de que á un poeta le pilló la vision acostado y sin cenar, al otro paseándose á la orilla del rio, al otro cogiendo el sol en un cerro; pero siendo el fondo de la ficcion el mismo, siempre es el mérito igual, y el artificio de la fábula siempre maravilloso y sutil.

¿Y el estilo? ¿y la versificacion? ¿y el estro poético que resplandece en aquellas composiciones? ¿no es particular? ¿no es admirable? Desde el ovillejo mas diminuto y vil, á las octavas mas retumbantes y pomposas, ¿no se descubren bellezas incomparables que darán fama inmortal á las recalientes seseras que las produgeron? ¿No es cierto, señor, que con esta irrupcion de coplas, con este chorroborro perenne de versos hemos llevado al mas alto punto de perfeccion el buen gusto y la elegancia poética, dando cordelejo á los mas célebres autores de la edad vetusta, y revolviendo el Parnaso castellano patas arriba? ¿No es cierto?

Asi nos lo persuadíamos: con este fin trabajábamos, con el fin de asegurarnos un taburete en el templo de la inmortalidad, y ganar cl pan por medios honrados en esta vida transitoria. Pan curat oves, oviumque magistros, como dijo Gronovio muy á mi intento.

¿Pero qué sucedió? ¡oh iniquidad! ¡oh livor! ¡oh influjo adverso! ¿Qué sucedió? Que asi coquemo el murciélago torpe (vespertilio le llamó el doctísimo Requejo, y con él Calepino, Facciolati y otros), que asi como el murciélago torpe que busca las tinieblas pavorosas del angosto mechinal, aborreciendo la claridad diurna, si tal vez la atrevida mano pueril asiéndole una de sus aurículas, le extrajo con violencia de su lobreguez apetecida, no pudiendo con cecuciente párpado sufrir los rayos de luz iluminan al orbe, forceja, y se resiste, y bate las alas membranáceas, y se desespera, y chilla, y muerde, y araña la mano que le tiene asido; de la propia manera no pudiendo algunos zoilos malévolos resistir la esplendorosidad de nuestras obras, á la que en vano se oponia la opacidad de su insipiencia, comenzaron á gritar contra nosotros, nos desacreditaron enteramente, nos adjetivaron del modo mas cruel.

Este fue el galardon, esta la gloria que nos resultó de nuestros afanes literarios: despues de habernos recocido los sesos en amontonar erudicion gentilica, histórica y dogmática; en rehenchir versos, ajustar cadencias y cazar figuras, en cuya desastrada ocupacion ganábamos por la mano al lucero matutino, negando el tributo á Morfco que nos hallaba en vela todas las noches, Bella per Emathios plus quam civilia campos, como dijo no sé quién, en no sé qué libro.

Pero como por especial favor de la Providencia asi somos estupendos poetas como filólogos incomparables, discurrimos no ceñirnos á una sola cosa, sino abrazar todos los ramos de la literatura, dividiéndonos en pelotones y cuadrillas.

Unos á quien vuestro celeste incendio mas inmediatamente retuesta y asura, se hicieron sectarios de la exactitud, economía y correccion, que algunos invidos traducen frialdad, pobreza, languidez, y echaron á volar unos poemas tan exactos, tan ecónomos y correctos, labrados á compás, nivel y escuadra, que nada se puede en ellos quitar, mudar ni añadir. Otros se dieron á extractar, compilar, abreviar y reducir en pequeios papelitos el árido y dilatado estudio de las ciencias, para que todas ellas las pueda aprender como un papagayo cualquier curioso, mientras el peluquero le ata la bolsa. Otros se dieron á la jocosidad festiva, y regalaron á la nacion gran cantidad de epigramas, díchicos, anécdotas, chufletas, quisicosuelas y acertijos; en una palabra, aspiramos por todos medios á hacernos los dispensadores de la ilustracion pública. ¡Oh cómo regurgitamos ciencia por todas partes! ¡oh qué á traducciones hicimos tan agraciadas! traducciones que no las distinguirá de sus originales el mas pintado. Y qué comedias á la antigua! esto es, nuestro modo; quiero decir, sin esto que llaman arte', gusto y verosimilitud; ¡y qué apologías del teatro! digo de nuestro teatro, del teatro que nosotros nos hemos hecho; y en esto solo, si he de hablar en puridad, en esto solo hemos triunfado impunemente de nuestros enemigos. El teatro nos ha ofrecido un desquite, un consuelo de todos los sinsabores que padecemos continuamente; bien es verdad que segun él está arreglado, parece que se hizo exprofeso para que yo y mis compañeros le proveyéramos con nuestras obras admirables; asi lo hacemos todavía, alli retumbamos, y ¡oh nunca la suerte enemiga nos prive de su pacífica posesion!

¿Y qué diré de tantas eruditas disertaciones sobre el lujo, sobre la inoculacion, sobre hacer feliz al reino con una hipótesis, dos ilaciones y un cálculo, sobre la excelente moral de los caribes y hotentotes, sobre hacer pan de avellanas en los años malos, sobre la mejor de las repúblicas posibles, sobre aumentar prodigiosamente la agricultura á fuerza de ruedas, tubos, émbolos, piñones y cilindros, sobre la tolerancia, sobre la tortura, sobre el patriotismo, sobre las chinches.....

¡Oh Dios omnipotente y máximo, que tan hábiles y tan eximios nos hiciste! ¿Por qué asi como somos universales en la ciencia, no somos universalmente venerados? ¿Por qué siendo tan desaforadamente instruidos, nos llaman pedantes? ¡Pedantes! Anatema cruel que nos sigue por todas partes, y nos estremece y horripila.

Ya en algun modo hemos procurado oponer las artimañas á la fuerza, y viendo cuán pocos elogios hemos merecido á la ingrata patria, que paga en desprecio y pullas nuestras vigilias, hemos dado en la flor de alabarnos los unos á los otros, tratándonos mutuamente de científicos y preclaros varones, por aquello de asinus asinum frical, que quiere decir el sapiente aplaude al sapiente. Pero esto dura ocho dias, el público se desengaña, ó nosotros por un quitame allá esas pajas nos estropeamos á garrotazos en un portal, y la discordia que volvió en cenizas los soberbios muros de llion, nos conduce al hospicio, ó nos reduce á la sopa de un convento.

Pero en el hic et nunc, en que tímidos y vacilantes juzgábamos irremediable nuestra desgracia, cuando circuidos de horrores y faltos de consejo, hollábamos caliginoso pavor, y palpábamos atezadas lobreguezes, ecce Corinna venit, ecce benigna rutilante estrella que aparece á nuestra vista para serenar tan deshechas tempestades. Asturias va á tener un Príncipe, la nacion le jurará sucesor al trono de su padre, Madrid previene regocijos, y esta es precisamente la época de nuestra gloria, el feliz instante de nuestra resurreccion.

Queremos cantar, si señor, queremos cantar como si empezaramos de nuevo; queremos aplaudir la jura del Príncipe D. Fernando con la misma gracia con que desempeñamos los asuntos anteriores; queremos celebrar las felices invenciones en los adornos de la carrera; y no ha de haber espejo ni pedazo de holandilla sobre que no arrojemos décimas y octavas como el puño. Volveremos extasiarnos y á dormirnos; y cruzarán por esos aires á media noche, al son de los chirriones de la limpieza, tantas ninfas, tantas matronas alegóricas, tanta hermosa vision desprendida del Olimpo á nuestras guardillas, para mandarnos escribir cantos heróicos y romanzones, que será una confusion.

¿Y los toros? ¡Oh mi Dios! ¡Los toros! ¡Qué de conceptos hemos prevenido para la fiesta! ¡Qué ocurrencias exquisitas estamos almacenando para los caballeros que se caigan, para los que no se caigan, para los que corran, y para los que no puedan correr! ¡Y qué de cosas tenemos discurridas para las lunadas fieras, y qué lindas comparaciones en que saldrán á lucirlo los toros de Colcos, los toros de Guisando, los toros del Sol, el toro de Creta, el toro de Fálaris, el toro de san Marcos, el toro de Europa, y el toro pater!

Queremos pues, con motivo tan plausible, fatigar las prensas: no ha de haber poste, ni esquinazo, ni guardaruedas, ni registro de cañería, ni bola de puente que no engrudemos de alto abajo con cartelones inarrancables y eternos, llenos de letras gordas y provocativas; ni habrá Diario, ni Gaceta, ni Biblioteca mensual que no salga atiborrada de nuestras obras..... Pero ¡ay, cirreo Numen! ¡ay, reverendo Citarista fúlgido! ¡Cómo nos ilude con halagüeñas imposibilidades el deseo!

¿Qué haremos desamparados é inermes contra la osadía de tantos críticos que acaso estarán ya aguardando nuestras producciones, productior actu, para despedazarlas con viperino diente?

Aqui, hic jacet, aqui se necesita todo vuestro favor, ¡oh deidad crinada y arcitenente! aqui imploramos toda vuestra beneficencia para podernos llamar verdaderamente afortunados, fortunam Priami cantabo, que dijo el mitólogo.

Ni es imposible, señor, ni temeraria la pretension que nos ha conducido á vuestro portal augusto; antes en su pequeñez hemos fundado la confianza de conseguirla. Mis compañeros y yo no deseamos otra cosa sino que vuestra rubicunda celsitud nos dé una patente firmada y sellada segun estilo, en la cual se exprese que nuestras obritas, las ya publicadas, y las que vamos á publicar, de las cuales y de sus autores han dicho y dirán los envidiosos críticos tantas perrerías, son elegantes, doctisimas, incomparables, y de aqui arriba lo que pareciese conveniente añadir en su elogio. Direis ademas, que nosotros los que tales obritas hicimos y haremos, no somos poetillas hueros, trasgos ridículos, ni cuervos raucos; sino filomenas dulcisonas y sirenas machos, que con vuestro influjo y aprobacion hemos cantado, cantamos y cantaremos hasta soltar la piel. Direis, que para que la nacion acabe de iluminarse, es necesario que el ramo de literatura se estanque como los naipes y el aguardiente, siendo nosotros los administradores que podamos impunemente dar lecciones al público, ya en papelillos sueltos, ya en tomos de tres puentes, ya de viva voz en las tabernas honradas de la Corte, en sus librerías y concurrencias, ó ya remitiendo nuestros áureos dramas al gran teatro. Direis que en materias de buen gusto, de lógica, de erudicion, de racionalidad, de talento, nadie chiste contra nosotros, nadie nos inquiete; advirtiendo, que de hoy en adelante á todo crítico se le llamará envidioso, á toda prueba calumnia, á toda censura libelo, y á todo raciocinio personalidad é insulto. Y que por último, vuestra luminosidad muy resplandeciente, amonesta, y en caso necesario manda, y condena á todo erudito que sepa deletrear á que luego que los carteles, los ciegos y la trompa de la fama anuncien la irrupcion poly—metri—encomiástica que tenemos prevenida á la jura del nuevo Príncipe, acudan á las librerías acostumbradas, y cada cual se provea á lo menos de un ejemplar de cada obrita; para que por este medio, al paso que ellos se orientan y se instruyen, podamos nosotros subvenir á nuestras urgentes necesidades.

Tal es, señor, nuestra pretension: con este deseo abandonamos nuestros tugurios, y esta mafiana entre diez y once nos hallamos á la falda de ese bifronte cerro: comenzamos á gatear con harta fatiga por escabrosidades y derrumbaderos inicuos; pero apenas hubimos salido de los pasos mas peligrosos, cuando hallamos nuevas dificultades. En una floresta sombría que el abril pavimentó de colores alegres, donde batiendo lascivo el zefiro las alas sutiles ungidas en aromas índicos..... pero en vuestro ceño, radiante Numen, advierto no sé qué displicencia que me obliga á omitir la pintura de las flores, los favonios, las avecillas canoras y los arroyuelos: sigo pues adelante.

En esta, como dije, deliciosa mansion de Flora descubrimos un edificio, del cual salieron al acercarnos seis ó siete hombres no nada inermes, y mucho menos que nada tácitos y tranquilos: comenzaron con grandes ululatos á decir que nos detuviéramos. Hicímoslo asi: nos preguntaron ¿quiénes éramos, y á qué veníamos?

respondimos á todo; y sacando el que parecia gefe de los demas un volúmen membranaceo, leyó en él no sé qué índices ó apuntaciones; y al acabar nos dió por respuesta, ¡oh respuesta amarga, mas que las adelfas y el absintio póntico! nos respondió que nosotros no estábamos reconocidos por sonoros elocuentes vates, sino por copleros adocenados y misérrimos: que nuestras obras se habian examinado en el Parnaso, y que todas ellas estaban destinadas al quemadero: que Apolo nos habia maldecido solemnemente en pleno consistorio hasta unas cuatro docenas de veces; y que sería ofenderle el dar un solo paso adelante.

Esto nos dijo Luzan, que asi parece que se llamaba si fue lacrimable y acerba esta noticia para nosotros, consideradlo, reluciente farol del dia, consideradlo mientras lo restante patentizo.

Replicámosle como era razon sacamos para su desengaño nuestros manuscritos: no quiso verlos; y tapándose á toda prisa las narices, gritaba que nos fuésemos inmediatamente. Representamos humildes: negóse díscolo; y encendido en cólera fulminó dicterios y amenazas. Ya era justísima la vindicta: arremetimos intrépidos: dimos con él en tierra: acudieron gentes en su ayuda: trabóse bélica porfia, y fluctuamos en incierto Marte, hasta que el cielo declaró por nosotros el honor triunfal, io triumphe, quedando en el campo casi difunto el gefe, y los mas de sus atrevidos secuaces ó contusionados, ó vulnerados, ó mútilos.

Seguimos adelante; y si bien advertimos que nuestra victoria habia alarmado todos estos horizontes, fiados en la benevolencia vuestra, proseguimos deambulando impertérritos hasta llegar á las puertas de este eminente alcazar, que naciendo laberinto de piedra, se eleva portento, y nube desaparece.

Quisieron estorbar el ingreso cuadrupedantes turmas; pero fue vana su pretension: llegamos á los umbrales venerandos, que saludamos humildes, y al pisar los átrios magníficos vimos unidas pedestres haces que comenzaron á disputarnos el paso. Quisimos manifestar nuestra inocuidad, nuestro mérito y el motivo que nos traía; pero interrumpiendo garrulos el apologético discurso, fundibularon sobre nuestras vértices ponderosas lápides, á cuya ruptura hostil siguió el combate mas desesperado y sangriento.

Ya comenzaban por todas partes la viperina Aleto, la atroz Megera, la letífera Tesífone á esparcir terrores bélicos, á exasperar truculentos ánimos. Ululando tétricos los opuestos milites, daban al Bóreas fragoso estrépito, que en cavernas lóbregas, Eco llorosa y húmida, dolorosa y confusamente repercutia. El Numen beligero, embrazando el égida sobre cruento plaustro, vagaba iracundo fatigando los eges férvidos, y agitando flagelífero cuádriga indómita. No de otra manera fulgurando el eter, se precipita rápido.....

Calla, calla, maldita criatura, dijo Apolo, calla, y no abuses mas de mi paciencia: vete, y dí á esos hombres que huyan presto, que se oculten en donde yo jamas los vea, si no quieren que en un solo momento los aniquile. ¡Ellos creerse poetas, llamarse doctos, é insultar de esa manera á los verdaderamente sabios, á su nacion y á mí, que los he despreciado siempre por no destruirlos!

¿Qué enjambre es este de copleros y charlatanes que inunda vuestra península? ¿qué enjambre pestilencial que por todas partes se derrama y cunde? ¿Y en dónde estan aquellos pocos que deberian oponer sus doctas obras al torrente desatado de tanto papel ridículo que dictó la envidia, la demencia, ó el interes abatido y sórdido?

¿En dónde estan?

Cierto es que en todos los paises, á la sombra de los grandes ingenios, bulle un número infinito de autores pedantes, serviles imitadores, cuyas obras nacen, mueren y se olvidan en pocos momentos: este daño es inevitable, y aun conveniente en la república de las letras, si á beneficio de la general libertad, unos y otros emplean todo su esfuerzo, animados de los dos grandes estímulos que mueven al hombre, el premio decoroso y el aplauso. Entonces los talentos sublimes se levantan sobre los demas, y uno, uno solo basta para hacer gloriosa á la nacion que le produjo.

¿Pero qué especie de fatalidad domina hoy en la literatura española? ¿Por qué los que debian escribir callan, cuando los que aun no saben leer escriben? ¿Qué? ¿Tan grande será la tiranía de la ignorancia, tan comun será ya la superfluidad y el pedantismo, que no se atrevan los que lloran en silencio esta general corrupcion, á declamar altamente contra ella? ¿Se verá siempre salir de las escuelas esa juventud determinada, que habiendo recibido apenas unas ideas escasas de buen gusto y sana doctrina, no hallando proporcion para seguir una de las carreras en que el mérito se corona, y desdeñando los egercicios útiles, se abandona instigada de la necesidad á tratar materias científicas que enteramente desconoce?

¿ Vacilareis siempre entre las contradicciones inas absurdas, queriendo sostener por una parte que la cultura nacional nada necesita mendigar de los extrangeros, probándolo con sofismas y comparaciones injustas, y sacando consecuencias nacidas de la mas crasa ignorancia, ó de la mas frenética parcialidad; cuando por otra parte no hay apenas libro inútil, dañoso ó ridículo en lasTOMO IV.

otras lenguas que no traduzcais á la vuestra, dejando en su original las obras útiles que no os atreveis á tocar, porque habeis reducido todas las ciencias á una superficie engañosa, sin profundidad ni solidez?

¡Y qué traducciones! hechas casi todas sin conocimiento de la materia que en ellas se trata, sin poscer bastantemente ninguno de los dos idiomas, y en donde se ve estropeada hasta el exceso el habla castellana, enervando su robustez, y afeando con aliños que no la pertenecen su gracia y hermosura natural!

¿Llegará el dia en que se aprenda por principios? ¿en que se estudien los grandes modelos de la antigüedad? ¿en que sepais conocer los que dejaron los autores de vuestro siglo de oro? ¿aquellos que trayendo entre los despojos de las conquistas las ciencias y las artes que hallaron florecientes en la vencida Italia, las cultivaron despues en su pais, haciendo gloriosa entre las demas por su sabiduría á aquella misma nacion que dió leyes al mundo por su política y sus victorias?

Entonces no se instruian los españoles en compendios y polianteas: no era tan universal su literatura, porque era menos pedantesca, meha produnos frívola los grandes hombres que cido España, entonces los produjo: las obras de mérito que tiene la nacion, entonces se escribieron; estudiadlas.

Su lectura os dará á conocer cuales fueron los principios de la renovacion de las letras en España, cuales las causas de su esplendor y las de su decadencia: vereis tambien lo que debeis tomar necesariamente de los extrangeros, y lo que teneis en vuestro suelo digno de imitarse con incesante afan.

Sí, de imitarse: porque sería indecoroso ademas, y fuera de propósito, que el obstinado empeño de adquirir todos los conocimientos científicos en los autores de otras naciones, hiciese olvidar á los de la vuestra el estudio de los buenos originales que en algun tiempo ha producido: sería indecoroso á un escritor, á un orador ó á un poeta, carecer de las prendas de estilo, lenguage, versificacion é inteligencia del genio y costumbres dominantes en su patria, en la cual y para la cual escribe; y estas prendas (tan dificiles de poseer unidas con otras, como necesarias) ni en los escritores franceses, ni en los de Italia, ni en los de la antigua Roma, ni en los de Grecia pueden adquirirse.

Entonces se extinguirá quizás aquel espíritu de partido tan funesto á la sabiduría como á las costumbres, aquel espíritu de partido que hace creer á algunos que nada hay bueno en su nacion, admirando con vergonzosa ignorancia cuanto fuera de ella se produce; y á otros por el extremo opuesto los empeña en defensas absurdas cuando se trata de manifestar con rectitud y desinteres el mérito de estas ó aquellas obras.

Defensas que casi siempre son malas, porque todo se quiere defender en ellas, porque falta inteligencia, gusto, y sobre todo, exactitud y buena fe en los que las hacen. Defensas en que los hechos se confunden, las épocas se alteran, se arrastran ó se fingen á placer las autoridades; el mérito se abulta ó se deprime segun al autor le conviene para sus ideas; se callan ó ciegamente se disculpan unos defectos, y se exageran otros; se comparan los objetos mas discordes entre sí, y repitiendo muchas veces el nombre santo de patriotismo, la ignorancia y parcialidad hacen aparecer como excelente lo menos digno, y el vulgo de los necios aplaude.

Tal es el medio que algunos eligen para evitar los tiros de la sátira y la calumnia que siempre amenazan al que no sabe halagar los errores de su nacion; pero el verdadero patriotismo, virtud privativa de las almas grandes, no dicta á un escritor ingenuo tales artificios: la verdad, por mas que se presente desaliñada y adusta, la verdad es el lenguage de un buen ciudadano, y el que no la lleva en la boca como la concibe en el entendimiento, es indigno de vivir entre los hombres.

Por estos principios conocereis cuán despreciables han sido vuestras fatigas, y cuánto os habeis apartado de la verdad cuando mas habeis querido demostrarla: vereis tambien que no son doctos, ni jamas han merecido nombre de tales, los que uniendo ideas inconexas, especies vagas, raciocinios mal entendidos ó mal aplicados, abultan obrillas fútiles, no solo dañosas á quien las lea porque en ellas malogra su tiempo, sino tambien porque excitando en el público el prurito de saber á poco trabajo, le apartan con tedio de los buenos libros en que se debiera instruir, propagándose por este medio la falsa sabiduría, mas funesta mil veces que la total ignorancia.

Cesará entonces esta guerra continua que manteneis unos con otros sobre la observancia del arte en las obras de ingenio; porque la razon sola os enseñará que no es dado á la mas fecunda fantasía hacer nada perfecto, si las reglas, las abominadas reglas, no la señalan los debidos límites; y que igualmente yerran los que graduan el mérito de sus producciones por los defectos que evitan, y la escrupulosa nimiedad en la observancia de los preceptos, cuando falta en ellas la invencion, el talento peculiar de cada género, y aquel fuego celestial que debe animarlas.

Ilustrado el público por estas verdades irresistibles, sabrá aplaudir con mas justicia el sólido mérito, y no llamará poetas á aquellos que como vosotros, sin disposicion natural para ello, sin arte, sin estudio, sin saber persuadir, sentir ni pintar, pasan los años haciendo coplas infelices; que ni instruyen, ni deleitan, ni pueden excitar en cualquiera lector juicioso mas que el desprecio, la compasion ó el asco.

¿Y son estos, son estos los que esperan mi aprobacion para cantar con ahullido disonante las felicidades de la nacion española en la jura de su querido Príncipe? Tan grande asunto, digno de mi cítara, digno de que todo el coro de las Musas le celebre, ¿habrá de caer en manos de esa turba infeliz? No, no lo pretendan; y si es la lealtad el amor quien los estimula á hay cerlo, unan sus votos á los de toda la monarquía. Rueguen al cielo que dilate y prospere la vida de Fernando, precioso vástago del tronco ilustre de Borbon, delicias de su madre augusta, sucesor digno de tantos héroes. Rueguen al cielo que uniendo la piedad de su abuelo á la justicia, á la fortaleza, á la grande alma de su generoso padre, aprenda á su lado el arte de hacer felices á los hombres, y reconozca por los altos ejemplos que de él reciba, que ni la magestad ni el cetro son comparables á la virtud; que ella sola es el apoyo firmísimo del trono, que ella sola hace á los Reyes imágenes de la Divinidad en la tierra, que ella sola une en durables vínculos al vasallo con el Monarca, y que sin ella los estados mas poderosos se trastornan, se destruyen con ruina espantosa, y apenas dejan á la posteridad la memoria de que existieron. Rueguen al cielo que al tiempo mismo que el joven Príncipe se instruya en la escuela del valor, la paz, la amiga paz, le halague con ósculo dulce, y entorno le sigan las ciencias y las artes todas que moderan la natural ferocidad del corazon humano, para que á su vista conozca cuanto es mas dichosa una nacion por ellas que por el temido honor de sus armas, por los estragos de sus victorias: mal necesario tal vez y siempre funesto á los vencidos y á los vencedores. ¡Oh! ilustren tales máximas su ánimo real, para que el mundo goze lo que de él espera, cuando despues de largos y felices dias, pasando á sus manos el cetro español, vea dilatar el poder, la gloria, la beneficencia de tan digno Príncipe, aun mas allá de los límites de su grande imperio.

Estos son los deseos de la patria: tales son sus votos, y la dulce esperanza de que han de cumplirse es lo que hoy causa la mayor de sus alegrías, y no os pide en tal ocasion elogios insulsos ni versos ridículos y despreciables, que para ser buenos ciudadanos no es menester ser malos poetas; pues si fuera posible celebrar dignamente á los semidioses de la tierra, ingenios hay peregrinos que pudieran hacerlo, ingenios que yo conozco, que yo favorezco é inspiro; cuyas obras no bien conocidas todavía en un pais en que la frivolidad y el pedantismo insultan impunemente al verdadero mérito, triunfarán al fin de la envidia y las pequeñas pasiones que aspiran á obscurecerlas, y llevarán su nombre á la edad futura para honor inmortal de su nacion y de su siglo.

Pero vosotros, y tú mas que todos ellos odioso é insufrible, vosotros insultarme de esa manera! Vete, y di á los tuyos que todo mi enojo, que todo mi poder amenaza su vida: que se retiren, y que si es posible enmendar de algun modo los desaciertos que han cometido, solo será callando, y callando eternamente: que no menor reparacion exigen su ignorancia, su locura y su atrevimiento. Llevadle.

No bien hubo dicho llevadle, cuando entre siete ú ocho cargaron con el desventurado tuery le llevaron en volandas hasta unas barandi—, llas que daban á la escalera principal; de alli le dejaron caer sobre los de abajo, y éstos viéndole venir se previnieron de suerte, que caer y empezar á voltear como una rehilandera entre aquella turba, todo fue á un tiempo. Era de ver como iba revoloteando por el aire de fila en fila, con tanta alegría y satisfaccion de todo el concurso, que no se juzgaba feliz el que no lograba asegurarle un pellizco, darle un capon ó asestarle un gargajazo. Con este obsequio se celebró la venida del culto; hasta que cansados de divertirse le tiraron al monton enemigo, con la misma facilidad y ligereza que si arrojaran una pelota.

Pero volvamos la mal tajada peñola á referir lo que Mercurio hizo mientras duró la embajada. Parecióle conveniente no descuidarse ni fiar á la fortuna el éxito de aquella empresa: habia llegado á entender, aunque confusamente, la pretension estrafalaria de los filólogos; y conociendo que Apolo no podia concederles nada, pensó seriamente en hacer preparativos para la defensa, persuadido de que solo á garrotazos se podria concluir tan enrevesado asunto.

Llamó á consejo á los poetas que imaginó mas inteligentes y acostumbrados á tales peleonas tratose el caso con la madurez que requeria, y se acordó por último que se hiciera provision de armas ofensivas, acudiendo al repuesto de los malos libros que estaban en las inmediaciones de la cocina, destinados á socarrar pollos y envolver especias, y que ademas se recogiesen cuantos trastos semovientes hubiera en la casa y pudieran ser útiles para convertirlos en armas arrojadizas, ó en parapetos y trincheras.

Tratóse despues del órden que se debia guardar en los ataques, y resolvieron que para lograr alguna ventaja era necesario salir de la escalera, obligando á los eruditos á que dejando el portalon pasaran al patio, creyendo todos que alli se les podria combatir mas á placer, ya fuese en batalla campal, ó ya arrojando sobre ellos desde las ventanas que habia alrededor cuanto pudiera ofenderlos y destruirlos.

Aprobado este plan, se dispuso que Garcilaso de la Vega, por estar herido Cervantes, mandase el ala derecha: la izquierda don Diego de Mendoza: el centro don Alonso de Ercilla; el cuerpo de reserva, que debia acudir adonde la necesidad lo pidiese, se encargó al Conde de Rebolledo acompañado de Lope de Vega, Cristobal de Virues, y otros sugetos de acreditado valor y experiencia militar.

Despues de ventilados estos puntos, se ocuparon en conducir hácia la escalera cuanto hallaron que podia ser útil para un caso de rompimiento: acudieron luego al repuesto de los malos libros, y llevaron infinitos volúmenes antiguos y modernos que hasta entonces no habian servido de gloria á sus autores, ni de utilidad alguna al género humano, y en aquel dia se hicieron apreciables; porque no hay duda en que un mal libro por malo que sea, siempre sirve, y mas si es de buen tomo, para descalabrar con él á cualquiera cuando no hay á mano abundante provision de cachiporras ó peladillas de Torote.

Hecho pues todo lo que va referido, sucedió la bajada y volteo del culterano; y conociendo Mercurio que era ya inevitable volver á la zurra, fuese volando á decir á su hermano cuanto habia dispuesto. Hallóle que bajaba ya la escalera con ánimo de presentarse á los enemigos, creyendo que á sus razones y autoridad ni debian, ni podian oponerse. Dudó mucho Mercurio aquella cuadrilla desvergonzada guardaria respeto moderacion, hallándose obstinada en cony ya seguir por fuerza lo que pretendia; pero hubo de ceder mal de su grado á las instancias de Apolo, y dejándole en la escalera, se remontó al tepara anunciar su venidacho Á este tiempo empezó á notarse un rumor y conmocion general en el bando contrario, mal satisfecho del suceso que habia tenido la erudita oracion de su embajador; pero dando Mercurio un grande ahullido desde allá arriba, les hizo callar y atender. Díjoles que Apolo iba á presenlarse; que venerasen en él al grande hijo de Júpiter, y que pues se llamaban alumnos suyos, no le diesen enojo en cosa alguna, y adorasen humildes sus soberanos preceptos.

Apolo entonces levantado en hombros de los mas robustos, se dejó ver de aquella amotinada gente. Comenzó con semblante pacífico y agradable á persuadirlos que dejando las armas se volviesen á sus casas á cuidar de sus mugeres é hijos si los tenian. Que no creyesen que la nacion perderia nada perdiéndolos á ellos, pues no solo la harian una gran merced en quemar todos sus papeles, y no volver á escribir jamas ni aun la cuenta de la ropa, sino que por otra parte, olvidando con un verdadero arrepentimiento las travesuras pasadas, podian dedicarse á varios egercicios honestos, y adquirir por ellos una subsistencia segura, como buenos ciudadanos y gente de juicio. Díjoles tambien que los hombres habian nacido para trabajar, y muy pocos entre ellos para saber; porque ciertamente aquellos posiendo buenos, bastan para ilustrar á todos los demas con su sabiduría. Que esto de ser doctos no era cosa tan hacedera trivial y habian imaginado, pues cualquiera ciencia ó facultad necesita todo un hombre, toda una vida, y tal reunion de circunstancias, que rara vez llega á verificarse; y aun por eso siendo tantos los que siguen la carrera de las letras, son tan poque han llegado á poseerlas en grado sobresaliente, y á merecer el aprecio público por sus escritos. Que dejasen el encargo de sostener el honor de la literatura nacional á otros talenCOS, cos los como se tos muy superiores, sin comparacion, á los suyos. Que abandonasen para siempre la negra erudicion enciclopédica que tanto les habia trastornado la racionalidad, y tan ridículo papel les habia hecho hacer en estos últimos años á los ojos de la Europa culta, y que sobre todo abjurasen de buena fe el error de haberse creido poetas. Que no envidiasen esta gloria á los que realinente lo son: gloria mezclada siempre de sinsabores los mas amargos: gloria funesta, que casi nunca ha concedido el mundo á los que viviendo pudieran gozarla, porque la reserva el cruel para las cenizas de los que ya no existen.

Mas iba á decirles; pero fueron tales los berridos que resonaron en el zaguan, los gritos y amenazas, que Apolo temiendo algun insulto de parte de aquel populacho feroz, se bajó á toda prisa del trono racional en que estaba encaramado, y comenzó á echar tacos y reniegos por aquella boca, que Dios nos libre.

Seguia entretanto la gritería y tumulto de los enemigos, y el cudiablado tuerto corria de un lado á otro atizando el fuego de la discordia, ponderando el mal tratamiento que Apolo le habia hecho, y el poco aprecio que le merecian las doctas fatigas de tantos sabios: ellos que no necesitaban espuelas, se enfurecieron de tal modo, que no es posible ponderar á qué extremo llegó entonces su frenesí. No es ese, decian, no es ese Apolo á ese no le conocemos, y estos son ardides de Mercurio, que piensa burlarse de nosotros tomándolo á fiesta y tararira: que venga el hijo de Latona, que venga, él nos conocerá, y nosotros le adoraremos como hijos obedientes suyos.

Medrados estamos, dijo Mercurio, con lo que nos salen ahora estos malditos. Si es imposible que no se hayan desatado del infierno para darnos guerra. ¿Se habrá visto tal invencion? Pero yo les juro por la asquerosa Estigia que no se han de reir de mí: no, sino haceos de miel y han moscas para ellos no sirven razones; lo que no les duele no les persuade; pues que la paguen, mal haya su casta, que la paguen, y acabemos de una vez con ellospaparos Dicho esto, se metió entre los suyos: repitió las órdenes: previno los acasos, y sin que diera la señal de combatir el estruendo de trompetas ni atambores, se comenzó la batalla, poniendo en uso los de Apolo las nuevas armas de que se habian prevenido.

Llovian librotes sobre los literatos intrusos, y con unos viejos, sucios y despilfarrados, y otros nuevecitos y en pasta, y en papel de Holanda, láminas y elogios ultramontanos, y notas, y animadversiones. Esta descarga desordenó las primeras filas enemigas, no sin pérdida de sus gentes, pues aseguran algunos sugetos fidedignos, apoyados en relaciones auténticas, que pasaron de veinte los que cayeron derrengados, cinco tuertos, descalabrados nueve, y trece ó catorce contusionados ó aturdidos.

Con esta pérdida se notó algun desfallecimiento en aquellas tropas, y nuevo espíritu en los de Apolo, que no dudaban ya combatir cuerpo á cuerpo para concluir de una vez aquella empresa; bien que los gefes procuraban contenerlos conociendo cuán cerca está de ser temeridad el valor, si la prudencia y el arte no le dirigen.

Pero á este tiempo ocurrió un accidente que puso á los de la escalera en grave peligro de perderse; porque acabada que fue la primera descarga, vieron venir de retorno por el aire el tenebroso Machabeo de Silveira, que arrojado de robusta mano parecia una bala de cañon segun el ímpetu que traia: hirió de paso, aunque levemente, á Luis Barahona de Soto; y volviendo de rebote dió tal golpe en el pecho al tierno Garcilaso, que sin ser poderoso á resistirle, cayó aturdido sobre las gradas, y tuvieron que retirarle inmediatamente.

Lupercio de Argensola que se hallaba cerca, lleno de indignacion y dolor por la desgracia de su dulce Laso, agarró seis ó siete tomos que vió á sus pies, y con no vista fuerza los lanzó al enemigo. No bien llegaron allá los Comentos de Góngora, que esta era la gracia de los tales volumenes, cuando se conoció el horrible estrago que habian hecho en el cuerno izquierdo de los contrarios, lo que advertido por los de Apolo se adelantaron algunos á querer seguir hacia aquella parte la derrota; pero asi que se alejaron de los demas, se vieron rodeados de enemigos y cortado el paso á la escalera: dieron y recibieron golpes crueles, y con no poco trabajo pudieron volverse á incorporar en sus líneas, sufriendo mucho en la retirada, que tuvo todas las apariencias de fuga.

Ercilla mandó á Cristobal de Virues que pasase á gobernar el ala derecha, y remediado con prontitud el desórden, prosiguió el combate. Mercurio, sostenido en sus borceguíes, observaba desde allá arriba lo que pasaba en ambos egércitos; y vió que del contrario se retiraban muchos hácia el patio asaz dolientes y mal feridos: otros se ocupaban en conducir á algunos á quienes ya se les iba introduciendo la forma cadavérica por las narices adelante; y otros muy diligentes ejercitaban su caridad é inteligencia médica en dar alivio á los lastimados. Limpiábanles las heridas, les apretaban los chichones con cuartos segovianos, colocaban por su órden los dientes y muelas que habian perdido su primer asiento, y usaban varios remedios, ni muy costosos, ni muy eficaces, que se reducian á gran cantidad de telas de araña, pegotes de lodo y de pan mascado, yeso, tabaco, pedacitos de oblea, saliva, orines, y buenas razones.

Observado esto, partió hácia la escalera para dar aviso y ordenar lo que convenia: preguntó por su hermano, y le dijeron que habia desaparecido con las Musas y todas las demas mugeres. Esta fuga dió que sospechar á Mercurio; pero á breve rato quedó satisfecho de la inocentísima conducta de Apolo; porque uno de los poetas que habia ido á rebusca de libros, vino diciendo que en la cocina se estaba guisando una gran porcion de mixtos, y que el dios imberbe tenia recogidas tantas y tales armas, que si llegaba el caso de poder encarrilar al patio á los pedantes, era indubitable su destruccion.

Que me place, dijo Mercurio; y ahora mismo se ha de hacer el ultimo esfuerzo para conseguirlo: Mendoza que manda el ala izquierda sostenido por el Conde de Rebolledo, avanzará á viva fuerza sobre la opuesta de los enemigos á fin de amontonarlos por aquella parte, y marchará en buen órden siempre hacia el patio describiendo un cuarto de círculo, para que en llegándolos á sacar del portal, se les vuelva á presentar por frente toda la línea. Mientras esto se verifica, el centro y el ala derecha se mantendrán sobre la defensiva, y avanzarán ó se detendrán segun vieren que el ala izquierda se detiene ó avanza.

Asi se empezó á egecutar, cargando D. Diego de Mendoza y Rebolledo sobre la derecha de los enemigos, que los recibieron sin mostrar flaqueza ni temor; y como ya la refriega no era de burlillas sino muy á toca ropa, no dejaron de padecer bastante algunos de los de Apolo. Bartolomé Leonardo cayó al suelo sin sentido de un golpazo que le dieron con los Reyes nuevos del famoso Lozano: Quevedo, que aunque ya estaba herido quiso volver á hallarse en la lid, tuvo que retirarse mas que de prisa con la cabeza llena de tolondrones y un arañazo en el rostro que le hacia derramar no poca sangre; y el mismo Mendoza aunque peleaba valerosamente, no dejaba de resentirse de un latigazo que le habia sacudido en la pierna izquierda un poetilla ridículo, autor de siete Comedias góticas, todas aplaudidas en el teatro, todas detestables á no poder mas, y todas impresas por suscripcion, con dedicatoria y prólogo.

Pero á pesar de estos accidentes inevitables, vió Mercurio la ventaja que llevaban los suyos; y pareciéndole ocasion, hizo una señal, que al observarla D. Alonso de Ercilla gritó en alta voz: Hijos, ya es tiempo; descarga, y al patio.

Corrió la órden, y al repetir la línea descarga, y al patio, comenzó á caer tal granizo de libros sobre los pedantes, que desde luego los menos locos reconocieron ser inevitable su ruina.

¿Y cómo la podrian evitar, si al rumor confuso de los alaridos, al estremecimiento horrible que causaba en los postes del portalon la batería incesante de libros, parecia que el palacio y el cielo mismo se desplomaban sobre aquella gente?

Alli volaban á docenas, á cientos, enormes cuerpos de Medicina bañados en sangre: alli las Historias sacro-profanas de imágenes aparecidas: alli tomos gigantescos de filosofía, esparciendo el hedor del ya vacilante peripato, se rompian en el aire contra otros no menos disformes de sermonarios, crónicas de religiones, y disputas ridículas en las que se veia embrollada hasta el último punto la mas breve, la mas clara, la mas santa de todas las doctrinas, y unos y otros caian despues con espantoso estruendo, aplastando cuanto debajo de sí encontraban: alli entre los pesados é indigestos genealogistas cruzaban los comentadores, glosadores é intérpretes del Derecho, con sus tratados, autoridades y escolios llenos de obscuridad confusion babilónica; y y alli por último, salieron á volar las producciones del ingenio, las fatigas deliciosas de los humanistas y poetas. Las coplas del célebre Leon Marchante, dulce estudio de los barberos: las del Cura de FruiGerardo Lobo, la Madre Ceo, Boscan y Garcilaso á lo divino, Jacinto Polo, Cancer, Benegasi, Villamediana, Bocangel, Tafalla, Zabaleta, Montoro, y Salas Barbadillo, con el Arte de Gracian, y las comedias, silvas y romances de Henriquez Gomez: alli el D. Quijote de Avellaneda hizo oficio de bala, habiendo antes servido de pelota en los infiernos; y las Comedias de Cervantes revome, loteaban tambien con risa de su autor inmortal, y á pesar del erudito y agrio Nasarre. Siguieron á éstas las de D. Tomas de Añorbe y Corregel, con su miserable Paulino entre ellas: las de Bazo, Cuadrado, Guerrero, Sedano, Ibañez, y las de muchos de los que tan dignamente les han sucedido en el abasto del teatro. Pero luego cayeron sobre los enemigos con mayor violencia las dos Caroleas, Carlos famoso, la Hesperoida, las traducciones de Ariosto, el Poema de S. Rafael, la Mejicana de Gabriel Laso, la Conquista de Sevilla en cuartetas, el Cesar Africano, la Nueva Mejico de Villagran, la Argentina de Centenera, Sagunto y Cartago, el Alfonso, el Nuevo Mundo, la Hernandia, los Amantes de Teruel del insipidísimo Juan de Yagüe, y el mas que todos ellos fastidioso poema de los Inventores de las cosas; siguiendo á este turbion la espesa metralla de Miscelá Novelas, Famas póstumas, Justas poéticas, Coronaciones, Entradas, Beatificaciones, Loas, Certámenes de escuela, Autos Sacramentales, Autos al Nacimiento, Funerales, Villancicos, Motetes, Follas, y una pestilente multitud de Tonadillas modernas, bien frias, bien necias, bien escandalosas y despreciablesneas, No hubo resistencia: los eruditos huyeron al patio no hallando salida por otra parte; y Mercurio alegre en extremo de ver ya logradas sus ideas, comenzó á revolar sobre ellos como un milano hambriento encima de la miserable turba de polluelos tímidos.

Parecióle ser ya tiempo oportuno de poner en práctica una picardía que tenia consultada con Apolo, y se habia aprobado de comun acuerdo; para lo cual, dirigiendo su discurso á los pedantes, que hallándose encerrados en el patio peleaban desesperados por salir de él, les dijo de esta manera:

Señores eruditos, ya me parece que es tontería tanto chillar, tanto berrear, tanto embestirse, retirarse, dar recibir gaznatazos y mogicones, que hace dos horas largas de talle que estamos con esta misma cancion, y hasta ahora nada bueno se ha conseguido. Yo no sé ciertamente, dónde se habrá visto estarse aporreando de esa manera, sin qué ni para qué. ¡Y entre literatos! ¡entre humanistas! ¡entre poetas, gente de suyo muelle y regalona, y dada á la quietud y al regodeo! ¿Y por qué? Si fuera decir habia motivos para ello, vaya en gracia; pero si todo el caso viene á reducirse á una friolera que no vale un pito; si el asunto no es mas, segun he llegado á entender, que venir presentar un memorial en que no se piden ningunos disparates, ¿quién se persuadirá que esto haya sido causa de tan furiosa tremolina? El daño estuvo, señores pretendientes, en que no habiendo querido vuesarcedes enviar un diputado á mi hermano para que en nombre de todos le dijese vuestra solicitud, me vi en la precision de llevar el primero que me vino á las uñas; pero este, por desgracia vuestra, nos salió tan ruin criatura, tan presumido y fastidioso, que habiendo enojado á mi hermano, os le hubimos de volver de la manera que ya vísteis.

Yo, la verdad sea dicha, no gusto ni he gustado nunca de estas pélamelas, y mucho menos entre gentes de suposicion y buena crianza: he hablado á Apolo; y convencido de mis razones á favor vuestro, dice que siempre que se le pidiera una cosa justa y con el buen modito que corresponde, no es ningun vinagre que se hubiera complaceros: asi que, señores mios, lo que debeis hacer es esto, y sin tardanza, antes que mi hermano determine otra cosa. Escoged entre vosotros el mas ducho, el mas idóneo para el caso, un hombre bien nacido y de caracter, que no sea ningun chisgaravis, sino un erudito de negar de representacion, conocido ya de mi hermano por la excelencia de sus obras, que tenga en su favor el buen concepto de todos vosotros y la general estimacion del público. Este se encargará de vuestra pretension; y perderia yo una oreja y aun las dos que tengo, si escogiéndole y enviándole, y hablando él, y respondiéndole Apolo, no volviese muy presto con la noticia de haberos otorgado cuanto querais pedirle. Y esto se hace con paz y quietud como buenos hermanos, sin andarse en mas puerca es ella, ni quién es él, ni primero soy yo, ni otras niñerías que en vez de adelantar algo, pondrán de peor condicion el asunto: con que asi no hay sino hacer lo que os digo, y manos á la eleccion, que se pasa el tiempo.

Esta zalagarda surtió todo el efecto deseado, porque empezando á disputar entre ellos quién debia ser el elegido, todos querian para sí aquel honor: repetian las palabras de Mercurio en que pedia un literato de representacion, idóneo, bien nacido, estimado de los inteligentes. ¿Y quién era entre ellos el que no se juzgaba mas idóneo, mas ilustre, mas benemérito que todos los otros juntos? De esta presuncion nació su ruina. Empelasgáronse unos con otros cada cual se alababa á sí propio con admirable satisfaccion y engreimiento: oíanse pullas, y desvergüenzas, y dicterios sin número: salieron á plaza las faltas mas ocultas; y últimamente pasando la cólera de la lengua á los puños, comenzaron la mas desesperada refriega que jamas se ha visto.

Alli se manifestó cuán poco duran unidos aquellos que amontona el delito ó el error, y que solo entre los que siguen el recto camino, ya de la virtud, ya de la sabiduría, puede hallarse durable paz y amistad verdadera. Era de ver la obstinacion con que peleaban: ni pensaban en otra cosa que en destruirse enteramente, por conservar cada cual la opinion de docto y único en su línea, y esto lo probaban con golpes crueles, tirándose al degüello como gente desesperada que solo aspira á morir matando.

Mercurio se descalzaba de risa al ver lograda su maldita intencion; y advirtiendo que Apolo con toda la gente de casa ocupaba ya las ventanas y galerías del patio, trató con él que se pusieran en uso las armas prevenidas, para dar gloriosa cima y remate á aquella aventura.

Asi se dispuso, y cuando todavía proseguian los literatos en hacerse añicos, comenzaron á bajar con ruido espantable infinitos muebles y utensilios que hicieron efectos de artillería, bombas y catapultas: tiraban los de arriba á los de abajo, para ponerlos en paz, mesas, fregaderos, cofres, tajos, sillas, barreños, armarios, platos, cantarillas y todo género de vasijas: las Musas, las señoras Musas, llenas de colerilla y deseos de venganza, cran las mas diligentes en procurar la destruccion de la infeliz gavilla de los autorcillos. Ellos viendo encima de sí aquella tempestad, corrian desatinados de una á otra parte sin poder valerse; pero cayó segundo diluvio que los puso en mayor conflicto. Comenzaron á tirarles grandes ollas de agua hirviendo, espuertas de ceniza, basura, cantos, tronchos, arena de fregar, tejas, ladrillos, leños encendidos, agua fuerte, polvos de juanes, pajuelas ardiendo, aceite frito, trementina caliente, pez y rescoldo. No era facil resistir á tan horrible fuerza: dieron á huir hacia la puerta, pues la necesidad no permitia otra cosa: el egército de Apolo se abrió en dos columnas para que dejándoles la salida libre, y asegurado el palacio, se les pudiese cargar despues en la retirada y asi que los vieron fuera, salieron detras el Conde de Rebolledo y D. Diego de Mendoza con una partida ligera á seguir el alcance, y otros cuerpos pequeños se iban apostando por todos los caminos y sendas del Parnaso, que absolutamente ignoraban los enemigos.

En estas y estotras ya era de noche: la obscuridad, el cansancio, los golpes recibidos, el miedo, la prisa que llevaban, y sobre todo, el no tener conocimiento alguno del terreno por donde iban, eran todas circunstancias fatales que aumentaban la desgracia de los fugitivos.

Mercurio y los suyos les decian que se rindiesen como algunos de ellos lo habian hecho (incluso el embajador tuerto que le acababan de sacar medio descaderado de una zanja), porque si adelante seguian, perecerian todos sin remedio. Pero sí, ya estaban ellos en estado de venirse á buenas: correr que te correrás como galgos, saltar peñascos, atravancar malezas, y no dar oidos á cuanto les decian: esto fue lo que hicieron ; hasta que llegándose á encarrilar la mayor parte de ellos por unas breñas escarpadas y altísimas, á breve rato comenzaron á rodar por ellas agarrados unos á otros, dando ahullidos se precipitaron en una gran laguna que está al pie de aquellos peñascos, y se forma de las vertientes de Castalia.

Los pocos que andaban descarriados por varios andurriales, libraron mejor, porque cayeron en manos de los de Apolo: recibieron todo agasajo y buena asistencia: se les cataron las feridas, y fueron tratados con mas amor que su ignorancia y soberbia merecieron.

Apolo, Mercurio, las Musas, los poetas buenos, y todos los de casa, no se hartaban de dar gracias al cielo por tan feliz victoria: despacháronse extraordinarios á todas partes con aviso de lo ocurrido en aquel tremendo dia; y en ocho que duraron las fiestas, quedó Timbreo casi pereciendo, porque el gasto de bollos, bizcochos, conservas, bebidas heladas y chocolate, ascendió á mas de lo que puede sufrir el bolsillo de un dios que protege la buena Poesía.

Despues de pasado el turbion de visitas y enhorabuenas, se trató de lo que convendría hacer con los vencidos. Cascales, Cervantes y Luzan se encargaron de examinarlos separadamente para ver á cuantas estaban de locura; y en vista del informe que presentaron estos jueces, se mandó que algunos de ellos, despues de habérseles dado una buena reprimenda, se restituyesen á sus casas, con pasaporte para todos los registros del Parnaso, y sendas cestillas en que se les puso su racion de pan, queso y pasas; y á los mas contritos por via de ayuda de costa repartieron las caritativas Musas de propio caudal unos cuantos maravedises.

Á los restantes (incluso el tuerto), que á juicio de los examinadores eran incurables, los encerraron en las jaulas de los locos, donde hoy se hallan tan en cueros como siempre, y tan sabios como su madre los parió.


  1. Por estas señas se viene en conocimiento del tiempo en que se escribió este opúsculo, que fue á principios del año de 1789, cuando á poco de haber fallecido el Sermo. Sr. Infante D. Gabriel y su Esposa, ocurrió tambien la dolorosa muerte del señor D. Carlos III y le sucedió en el trono su hijo D. Carlos IV. En todo lo demas del opúsculo hay frecuentes alusiones á sucesos literarios y á escritores de aquella época, que reconocerán facilmente los curiosos. (Nota de la Academia.)