La desdicha por la honra: 11

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La desdicha por la honra Félix Lope de Vega y Carpio




Cumpliendo voy lo que dije, cansando a vuestra merced con cosas tan fuera de propósito, ya que lo sean del mío. Pero ¿por qué no tengo yo de pensar que vuestra merced es belicosa y que si se hallara al lado de Felisardo, por haber nacido tan cerca de su patria, estar en la extranjera, enamorado y con buen talle, no se holgara de ayudarle, aunque fuera con voces? Las de la cuestión fueron tantas que, acudiendo la justicia, se libró Felisardo de aquel peligro que por el vulgo amenaza a los españoles en toda Europa; en lo demás, no salió herido, y lo quedó Alejandro y dos criados suyos. Llevole la justicia al Virrey, que no estaba acostado, porque era noche de ordinario a España; mostró indignación a Felisardo y al alguacil o capitán, como allá se llama, mucho agradecimiento de su cuidado. Mandole poner grillos y una cadena en su aposento, y en estando solos bajó a hacérselos quitar; y dándole los brazos y una cadena, de las que llaman «banda», de peso de ciento cincuenta escudos (que soy tan puntual novelador, que aun he querido que no le quede a vuestra merced este escrúpulo de lo que pesaba), le dijo que le contase todo el suceso.
Oyole el Príncipe con mucho gusto; y habiendo convalecido Alejandro, le hizo llamar y, llevándole al aposento de Felisardo, a quien para este efecto mandó poner la cadena y grillos, le dijo que mirase la pena que quería darle que, aunque fuese destierro a España, le enviaría luego. Alejandro, que entendió que el Príncipe le obligaba por aquel camino a perdonarle, y que de no hacerlo caería en la desgracia de entrambos, escogió como discreto y dio los brazos a Felisardo que, por estar herido su contrario, había visto y hablado a Silvia todas las noches, que desde la bizarría de la pendencia estaba más rendida.


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La desdicha por la honra de Lope de Vega

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