La desdicha por la honra: 30

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La desdicha por la honra Félix Lope de Vega y Carpio


 



Todos estos intercolunios han sido, señora Marcia, por aliviar a vuestra merced la tristeza que le habrán dado las lágrimas de Silvia, y excusarme yo de referir el contento y alegría de los dos amantes, habiéndose conocido. Prometo a vuestra merced que me refirió uno de los que se hallaron presentes que en su vida había visto más amorosas razones ni más tiernas lágrimas. Satisfizo Felisardo de aquella novedad a Silvia, asegurándole que no había dejado la verdadera fe y que presto vendría a Sicilia, donde hiciese al rey de España un gran servicio, sin el que recibiría la Iglesia con reducirle infinitas almas. Enloqueciole su hijo, y después de haber estado aquella noche tratando de estas cosas, la hizo volver a Mecina antes del alba, cargada de ricas telas y preciosos diamantes, fuera de diez mil cequíes de oro que llevó en dos cajas.
Iba Silvia instruida para hablar al Virrey y darle cuenta de estos sucesos, cuando él prevenía el salir a pelear con las galeras turcas. Pensó infinitas veces este gallardo príncipe si sería bien verse con Felisardo, y al fin se vino a concertar que él saliese en una barca con dos soldados cerca de la playa, y el Virrey en otra con los que fuese servido. Hízose así, y acostándose el uno al otro, saltó Felisardo en la barca del Virrey y, echándose a sus pies, le hizo fuerza para besárselos. Admirados estaban los cristianos de ver la gentileza y lengua del turco, porque no llevó el Virrey consigo hombre que le conociese. Hablaron de varias cosas, y al tiempo de despedirse le dio Felisardo una rosa de diamantes que le había dado Sultana, de precio de veinte mil escudos, que esto se decía en Constantinopla, porque no se había llegado a vender por ejecución de ningún señor ni por otra necesidad.


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La desdicha por la honra de Lope de Vega

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