La entretenida: 029

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Jornada I
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La entretenida Jornada I Miguel de Cervantes


TORRENTE

Digo
que el señor don Silvestre de Almendárez
no pudo más. El caso fue forzoso, 830
y la borrasca tal, que nos convino
alijar el navío, y echar cuanto
en su anchísimo vientre recogía
al mar, que se sorbió como dos huevos
catorce mil tejuelos de oro puro. 835
Al cielo las promesas y oraciones
volaban más espesas que las nubes,
que la cara del sol cubrían entonces;
entre las cuales oraciones, una
envió don Silvestre al sumo alcázar 840
con tan vivos y tiernos sentimientos,
que penetró los cascos de los cielos.
Conteníase en ella que de Roma
aquello que se llama Siete Iglesias
andaría descalzo peregrino, 845
si Dios de aquel peligro le sacaba.
Añadió a su promesa mi persona;
añadidura inútil, aunque buena
en parte, pues que soy su amparo y báculo.
En fin: salimos mondos y desnudos 850
a tierra, ni sé adónde, ni sé cómo,
habiéndose engullido el mar primero
hasta una catalnica que traíamos,
de habilidad tan rara, y tan discreta,
que, si no era el hablar, no le faltaba 855
otra cosa ninguna.


DON [ANTONIO]

Bien, por cierto,
la habéis encarecido; aunque yo pienso
que catalnicas mudas valen poco.


TORRENTE

Por señas nos decía todo cuanto
quería que entendiésemos.


MUÑOZ

¡Milagro! 860


TORRENTE

De perlas, ¡qué de cajas arrojamos;
tamañas como nueces, de buen tomo,
blancas como la nieve aún no pisada!;
de esmeraldas, las peñas como cubas,
digo, como toneles, y aun más grandes; 865
piedras bezares, pues dos grandes sacos;
anís y cochinilla, fue sin número.


MUÑOZ

Entre esas zarandajas, ¿por ventura
fue bayeta al mar?


TORRENTE

¡Y el sastre y todo!


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