La familia de León Roch (Versión para imprimir)

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Autor: Benito Pérez Galdós[editar]

Primera parte[editar]

Capítulo I - De la misma al mismo[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo I
De la misma al mismo
 de Benito Pérez Galdós

Ugoibea, 30 de Agosto.

«Querido León: No hagas caso de mi carta de ayer, que se ha cruzado con la tuya que acabo de recibir. La ira y los pícaros celos me hicieron escribir una serie de desatinos. Me avergüenzo de haber puesto en el papel tantas palabras tremebundas mezcladas con puerilidades gazmoñas... pero no me avergüenzo, me río de mí misma y de mi estilo y te pido perdón. Si yo hubiera tenido un poco de paciencia para esperar tus explicaciones... otra tontería... ¡Celos, paciencia!, ¿quién ha visto esas dos cosas en una pieza? Veo que no acaban aún mis desvaríos; y es que después de haber sido tonta, siquiera por un día, no vuelve a dos tirones una mujer a su discreción natural.

»Mientras recobro la mía, allá van paces y más paces y un propósito firme de no volver a ser irascible, ni suspicaz, ni cavilosa, ni inquisidora, como tú dices. Tus explicaciones me satisfacen completamente: no sé por qué veo en ellas una lealtad y una honradez que se imponen a mi razón, y no dan lugar a más dudas, y me llenan el alma, ¿cómo decirlo?, de un convencimiento que se parece al cariño, que es su hermano y está junto con él, abrazados los dos, en el fondo, en el fondo... no sé acabar la frase; pero ¿qué importa? Adelante. Decía que creo en tus explicaciones. Una negativa habría aumentado mis sospechas; tu confesión las disipa. Declaras que, en efecto, amaste... No, no es esta la palabra... que tuviste relaciones superficiales, de colegio, de chiquillos, con la de Fúcar; que la conoces desde la niñez, que jugabais juntos... Yo recuerdo que me contabas algo de esto en Madrid, cuando por primera vez nos conocimos. ¿No era esa la que te acompañaba a recoger azahares caídos debajo de los naranjos, la que tenía miedo de oír el chasquido de los gusanos de seda cuando están comiendo, la que tú coronabas con florecillas de Don Diego de Noche? Sí; me has referido muchas monadas de esa tu compañera de la infancia. Ella y tú os pintabais las mejillas con moras silvestres y os poníais mitras de papel. Tú gozabas cogiendo nidos y ella no tenía mayor placer que descalzarse y meter los pies en las acequias, andando por entre los juncos y plantas de agua. Un día, casi a la misma hora, tú te caíste de un árbol, y ella fue mordida por un reptil. Era la de Fúcar, ¿no es verdad? Mira qué bien me acuerdo. Si sería yo capaz de escribir tu historia.

»La verdad, yo no había puesto mucha atención en estos cuentos de bebés... pero cuando vi a esa mujer, cuando me dijeron que la amabas... Hace de esto diez días y aún se me figura que me estoy ahogando como en el momento en que me lo dijeron. Créemelo: me pareció que se acababa el mundo, que el tiempo se detenía (no lo puedo explicar) y se doblaba mostrando un ángulo horrible, un lado desconocido donde yo... otra frase sin concluir. Adelante.

»Ahora me acuerdo de otra aleluya de tu infancia, que me contaste no hace mucho. ¡Cómo se quedan presentes estas tonterías! Cuando fuiste pollo y empezaste a estudiar esa ciencia de las piedras que no sé para qué sirve; cuando ella (y sigo creyendo que sería otra vez la de Fúcar) no metía los pies en las acequias, ni te pintaba la cara con moras, ni se ponía tus mitras de papel, jugasteis a los novios con menos inocencia que antes, pero... vamos, lo concedo, siempre con inocencia. Ella estaba en un colegio donde había muchas lilas y un portero que se encargaba de traer y llevar cartitas. Asómbrate de mi memoria. Hasta me acuerdo del nombre de aquel portero: se llamaba Escóiquiz.

»Basta de historia antigua. Lo que no me dijiste nunca, lo que yo no sabía hasta hoy, cuando he leído tus explicaciones, es que... (pues repito que no me hace gracia, caballero), es que hace dos años os encontrasteis otra vez allí donde florecen los naranjos, mascan los gusanillos y corren las acequias; que hubo así como un poquillo de ilusión; que desde entonces tuviste para ella un afecto sincero, y que ese afecto fue creciendo, creciendo hasta... (aquí entro yo), hasta que me conociste... Muchas gracias, caballero, por la retahíla de galantería, de finezas, de protestas, de amorosas palabras que vienen en seguida. Esta lluvia de flores lleva una carilla. Hay carillas que parecen caras divinas y esta me hace llorar de contento. Gracias, gracias. Esto es muy hermoso; y lo que dices de mí muy exagerado. Más vales tú que yo... Vives para mí... ¡Ay!, León, lo mejor que se puede hacer con estas frases de novela es creerlas. Ábrete, corazón, y recíbelo todo. Yo soy buena católica y me he educado en el arte de creer.

»¡Si seré tonta que he vuelto a leer la bendita carilla...! ¡Oh!, está muy bien... Que un amor verdadero, elevado, profundo, borró aquel capricho, no dejando rastro de él: muy bien... Que las ilusiones infantiles rara vez persisten en la edad mayor: perfectamente... Que tus sentimientos son sinceros y tus propósitos formales; sí, sí... Que la voz que llegó a mi oído haciéndome creer en el fin del mundo fue una de tantas conjeturas que lanza la frivolidad del mundo para que las recoja la malicia y haga con ellas armas terribles; eso es, eso es... Que la de Fúcar es hoy para ti tan indiferente como otra cualquiera; divino, delicioso... En fin, que yo y sola yo... que a mí y sólo a mí... ¡Oh!, ¡qué dulce es ponerse la mano en el pecho y apretarse mucho diciendo con el pensamiento: 'a mí, a mí sola, a nadie más que a mí!'.

»¡Qué argumento tan poderoso me ocurre en favor suyo! La de Fúcar es inmensamente rica, yo soy casi pobre. Pero cuando se tiene fe no se necesitan argumentos, y yo tengo fe en ti... Cuantos te conocen dicen que eres un modelo de rectitud y de nobleza, un caso raro en estos tiempos. Estoy tan orgullosa como agradecida. ¡Qué bueno ha sido mi Dios para mí al depararme un bien que, al decir de las gentes, anda hoy tan escaso en el mundo!

»No quiero dejar de manifestarte, aunque esta carta no se acabe nunca, la impresión que me causó la de Fúcar, dejando aparte el rencorcillo que despertó en mí. Después de pasado el temporal, puedo juzgarla fríamente y con imparcialidad, y si cuando me dijeron lo que sabes pareciome tener grandes perfecciones, ahora la veo en su verdadero tamaño. No hay que hablar del lujo escandaloso de esa mujer: es un insulto a la humanidad y a la divinidad. Papá dice que con lo que ella gasta en trapos en una semana podrían vivir holgadamente muchas familias. No carece de elegancia, pero a veces es extravagantísima y parece decir: 'Señores, me pongo así para que vean todos que tengo mucho dinero'. Mamá dice que no habrá hombre alguno que se case con ese mostrador de maravillas de la industria. Los Rotchilds no abundan, y la de Fúcar causa terror a los pretendientes. Esa muchacha pródiga, voluntariosa, llena de caprichos y pésimamente educada, tendrá al fin por dueño a cualquier perdido. Así lo dice mamá, que conoce el mundo, y yo lo creo.

»No la encuentro yo tan graciosa como dicen y como a mí me pareció cuando me estaba muriendo de celos. Es demasiado alta para ser esbelta, demasiado flaca para airosa. El bonito color no puede negársele, pero es preciso un microscopio para encontrarle los ojos: ¡tan chicos son! Cuentan que habla con mucho gracejo: yo no lo sé, porque nunca la he tratado ni quiero tratarla. La vi de lejos en la playa y en el balcón de la casa de baños, y me pareció de maneras desenvueltas y libres. Creo que me miró de un modo particular. Yo la miré queriendo darle a entender que me importaba poco su persona: no sé si lo hice bien.

»Estuvo aquí tres días. Yo no salí de casa. Nunca he llorado más. Al fin, se fue esa loca. El gozo que me causó dejar de verla se anubla un poquito cuando considero que ahora está donde tú estás. He pensado ayer todo el día en que debiera haber aquí una torre muy alta, muy alta, desde la cual se viese lo que pasa en Iturburúa. Yo subiría a ella de un salto... Pero confío en tu lealtad... Y si le dices que me amas a mí sola; si ella te conserva algún afecto y al oírlo rabia... ¡Oh!, si rabia, avísamelo: quiero tener ese gusto.

»El lunes te esperamos. Papá dice que si no vienes no eres hombre de palabra. Está muy impaciente por hablar contigo de política, pues según él, aquí hay una plaga de gente ministerial que le apesta. Si al fin le hicieran senador... y francamente, temo por su razón si no consigue ese bendito escaño. Sigue con la manía de mandar sueltos a los periódicos. En los de estos días hemos encontrado algunos, y también artículos. Ya sabes que mamá los conoce en que casi invariablemente empiezan diciendo: Es de lamentar...

»Hoy entró muy orgulloso mostrándome la obra que has publicado. Él hacía elogios ardientes, y le leyó a mamá los primeros párrafos. Era cosa de risa. Ni él, ni mamá, ni yo comprendíamos una sola palabra; y, sin embargo, todos encarecíamos mucho la sabiduría del libro. Figúrate lo que entenderemos nosotros del Análisis del terreno plutónico en las islas Columbretes, ni qué interés pueden tener para mí las capas cuaternarias, los terrenos pirógenos, azoicos... Hasta el escribir estas palabrotas me cuesta trabajo y tengo que ir trazando letra por letra. Sin embargo, basta que hayas hecho tú esta monserga de sabidurías oscuras para que me cautive. He pasado algunos ratos leyendo tus páginas, como si leyera el griego, y... no lo creerás, pero es cierto que sin saber la causa, yo leía y leía, llevada de un no sé qué de admiración y respeto hacia ti. Entre tantos nombres endiablados, he encontrado algunos preciosísimos y que han despertado en mí simpatías, tales como sienita, pegmatita, variolita, anfibolita. Todas estas niñitas me parecen nombres de hadas o geniecillos que han jugado alrededor de tu cabeza cuando estudiabas la obra de Dios en las honduras de la tierra.

»Pero sin quererlo me estoy volviendo poetisa, y eso es inaguantable, señor mío. ¡Y esta pícara carta que no quiere dejarse acabar!... Mamá me está llamando para ir de paseo. Está muy aburrida. Dice que este es un lugar de baños eminentemente cursi, y que antes se quedará en Madrid que volver a él. Ni casino, ni sociedad, ni expediciones, ni tiendas de chucherías, ni gente de cierta clase. La verdad es que no hay dos Biarritz en el mundo.

»Leopoldo también está aburridísimo. Dice que este es un pueblo salvaje y que no comprende cómo hay persona decente que venga a bañarse entre cafres. Así llama a los pobres castellanos que inundan estas playas. Gustavo ha pasado a Francia para visitar al santo y angelical Luis Gonzaga, que está algo delicado. ¡Pobre hermanito mío! Hace días nos visitó de parte suya un clérigo italiano, un tal Paoletti, hombre amabilísimo, muy instruido y que cautiva con su conversación... Pero quiero darte cuenta de todo y no puede ser. El papel se acaba y mamá me llama otra vez. Adiós, adiós, adiós. Que no faltes el lunes... Hablaremos de aquello, ¿sabes?, de aquello. Anoche, cuando rezaba, le pedía a Dios por ti... No pongas esa cara de pillo. Hay en tu alma un rinconcito oscuro que no me gusta. No digo más por no parecer doctora de la Iglesia, por no anticipar una empresa gloriosa que tendrá su... quédese también esta frase sin concluir... Abur, perdido... Memorias a las sienitas, pegmatitas y anfibolitas, únicas señoritas de quienes no tiene celos la que te quiere de todo corazón, la que tiene la simpleza de creer todo lo que dices, la que te espera el lunes... cuidado con faltar. Hasta el lunes. Si no, verás quién es tu

MARÍA».


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo II - Herpetismo[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo II
Herpetismo
 de Benito Pérez Galdós

El que leyó esta carta paseaba, mientras leía, por una alameda de altísimos árboles. En uno de los extremos de ella había una construcción baja, de cuyo pórtico con pretensiones greco-romanas salían tibios vapores sulfurosos, harto desagradables, y en el otro uno de los edificios falansterianos a que concurren los españoles durante el estío para reproducir en el campo la vida estrecha, incómoda y enfermiza de las poblaciones. Escabrosas montañas, de yerba y musgo vestidas, daban con el pie al establecimiento, como para arrojarlo al río, y este, que intentaba disimular su pequeñez haciendo ruido (a semejanza de muchos hombres que son Manzanares de cuerpo y Niágara de voz), se encrespaba junto al muro de sostenimiento, jurando y perjurando que se llevaría falansterio, alameda, cantina, médico, fondista y veraneantes.

Estos cojeaban tosiendo en la alameda, o formaban desiguales grupos bajo los árboles y en los bancos de césped. Oíanse monografías de todos los males imaginables: cálculos sobre digestiones hechas o por hacer; diagnósticos ramplones; recuentos de insomnios, de acedías y de hipos; inventarios de palpitaciones cardíacas; disertaciones varias sobre las travesuras del gran simpático; sutiles hipótesis sobre los misterios del sistema nervioso, iguales a los de Isis en lo impenetrables; observaciones erigidas en aforismos por un pecho optimista; vaticinios de aprensivo que cuenta por sus toses los pasos de la muerte; esperanzas de crédulo que supone en las aguas la milagrosa virtud de resucitar difuntos; sofocados ayes del atacado de gastralgia; soliloquios del desesperado y risas del restablecido.

El que no ha vivido siquiera tres días en medio de este mundo anémico y escrofuloso, compuesto de enfermos que parecen sanos, sanos que se creen enfermos, individuos que se pudren a ojos vistos carcomidos por el vicio, y aprensivos que se sublevarían contra Dios si decretara la salud universal, no comprenderá el fastidio e insulsez de esta vida falansteriana, tan ardientemente adoptada por nuestra sociedad desde que hubo ferro-carriles, y en la cual rara vez se encuentran los encantos y el plácido sosiego del campo.

Sin embargo, no faltan atractivos en la sociedad herpética. La renovación constante de tipos; las bellezas que entran cada día, acompañadas de más mundos que un sistema planetario; el lujo, las tertulias, la delicada ambrosía de la murmuración, servida a cada instante y pasada de boca en boca sin saciar jamás a ninguna ni agotarse con el diario consumo; los improvisados o redivivos noviazgos, los rozamientos morales, ora ásperos, ora de dulce suavidad; los mil cabos que se atan o se desatan, el bailoteo, las expediciones para ver alguna gruta, panorama o golpe de ruinas, que ya se vieron el año pasado, y que se han de gozar uniendo la voz al coro de la admiración colectiva; los juegos inocentes o venialmente criminales, las bromas, los complots, las galanas intrigas con que algunos se atreven a romper la monotonía de la felicidad colectiva, de aquel esparcimiento colectivo, de aquella higiene colectiva, de aquella vida eminentemente colectiva, que tiene en medio de sus esplendores un no sé qué reglamentario y lúgubre a estilo de hospital, dan atractivos a estos sitios, al menos para ciertos caracteres, que son los que más abundan. Por eso van allá todos los españoles, unos con su dinero, otros con el ajeno, y desde que apunta Julio son puestos en prensa el administrador o el prestamista para que alleguen los caudales que reclama aquel importante fin de la vida moderna. Parece que hay cierto afán de embriagarse con aguas de azufre, y para cantar esta sed elegante se echa de menos un Anacreonte hidropático.

El que leía la carta era un joven vestido de riguroso luto. Leídos y guardados los tres pliegos, quiso seguir paseando, mas le fue preciso atender a los saludos de sus compañeros de fonda. Era la hora en que la mayor parte de los bañistas bajaban a beber el agua y a pasearla. Veíanse caras desconsoladas y escuálidas, unas de viejos verdes y otras de jóvenes achacosos; sonrisas mustias que se confundían con las contracciones de dolor; y no se oía más que un preguntar y responder constante sobre las distintas formas y maneras de estar malo.

La chismografía patológica es insoportable, y así debió comprenderlo el de la carta, que afortunadamente estaba bien con Esculapio, porque tomó el camino de la fonda para salir del establecimiento; pero fue detenido por un grupo compuesto de tres personas, dos de las cuales eran de edad madura, de aspecto grave y hasta cierto punto majestuoso.

-Buenos días, León -dijo el más joven de los tres en tono de confianza íntima-. Ya te vi desde mi ventana leyendo los tres pliegos de costumbre.

-Hola, amigo Roch; usted siempre tan madrugador -indicó el más viejo, que era también el más feo de los tres.

-Leoncillo, buena pieza... alma de cántaro, ¿no paseas hoy con nosotros? -dijo el de aspecto más imponente, que ocupaba entonces como siempre el centro del grupo, de tal modo que los otros dos parecían ir a su lado con un fin puramente decorativo para hacer resaltar más su importancia física y social.

El joven vestido de negro se excusó como pudo.

-Bajaré dentro de una hora -dijo evadiéndose con ligereza-. Hasta luego.

El grupo avanzó por la alameda adelante. ¿Será preciso describir esta trinidad ilustre, la cual es, si se nos permite decirlo así, una constelación que se ve en España a todas horas, a pesar de ser muy turbio el cielo de nuestro país?

Aquí el lector, lo mismo que el autor, dirá forzosamente: Son ellos; dejémosles que pasen. Pero esta constelación no pasa ni declina jamás; no baja nunca hacia el horizonte, ni es oscurecida por el sol, ni se nubla, ni se eclipsa. Siempre está en alto ¡ay!, siempre resplandece con inextinguible claridad pavorosa en el zenit de la vida nacional.

¿Quién no conoce al marqués de Fúcar, de quien ha dicho la adulación que es uno de los pocos oasis de riqueza situados en medio del árido desierto de la general miseria? Así como ocupa el primer lugar en la constelación citada, también es el alpha de la sociedad española.

¿Quién no conoce a D. Joaquín Onésimo, ese fanal luminoso de la Administración, que está encendido en todas las situaciones, iluminando con sus rayos a una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del Estado consumen medio presupuesto? Alguien dijo que los Onésimos no eran una familia, sino una epidemia; pero no puede dudarse ¡cielos!, que si esa luminaria se apagase quedarían a oscuras los ámbitos de la buena administración, y reducidos a revuelto caos el orden, las instituciones y la sociedad toda.

El tercer ángulo de este triángulo lo formaba un acicalado y muy bien parecido joven, en cuyo semblante pálido y linfático parecían extinguidas prematuramente la frescura y la energía propias de sus treinta y dos años. Eran sus maneras perezosas y su aspecto de fatiga y agotamiento, como es común en los que han derrochado la riqueza moral en la mala política, la intelectual en el periodismo de pandilla, y la física en el vicio. Este tipo esencialmente español y matritense, nocturno, calenturiento, extenuado, personificación de esa fiebre nacional que se manifiesta devorante y abrasadora en las redacciones trasnochantes, en los casinos que sólo apagan sus luces al salir el sol, en las tertulias crepusculares y en los mentideros que perpetuamente funcionan en pasillos de teatro, rincones de café o despachos de Ministerio, parecía muy fuera de su lugar propio en aquel ambiente puro y luminoso, a la sombra de gigantescos árboles. Se podría creer que le causaba molestia hallarse lejos de sus antros de corrupción y malevolencia, y que para las esplendentes gracias de la Naturaleza no había en su corazón un latido, ni una mirada en sus turbios ojos sin viveza, de párpados turgentes, embolsados y rojos por el hábito del insomnio.

Federico Cimarra, que era el joven, don Joaquín Onésimo (a quien se creía próximo a llamarse marqués de Onésimo) y D. Pedro Fúcar, marqués de Casa-Fúcar, luego que midieron dos o tres veces la alameda, se sentaron.


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Capítulo III - Donde el lector verá con gusto los panegíricos
que los españoles hacen de sus compatriotas y de su país
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La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo III
Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles hacen de sus compatriotas y de su país
 de Benito Pérez Galdós

-Ya es evidente que León se casa con la hija del marqués de Tellería -dijo Federico Cimarra-. No es gran partido, porque el marqués está más tronado que los cómicos en Cuaresma.

-Ya sólo le queda la casa de la calle de Hortaleza -apuntó Fúcar con indiferencia-. Es buena finca, construida en tiempos del marqués de Pontejos... Al fin se quedará también sin ella. Dicen que en esa familia todos, desde el marqués hasta Polito, tienen la cabeza a pájaros.

-¿Pero no le queda a Tellería más que la casa? -preguntó el hombre de Administración con curiosidad que parecía el afán celoso del Fisco buscando la materia imponible.

-Nada más -repitió el de Fúcar, demostrando conocer a fondo el asunto-. Las tierras de Piedrabuena han sido vendidas en subasta judicial hace dos meses. Con las casas y la fábrica de Nules se quedó mi cuñado en Febrero último. En fondos públicos no debe de tener nada. Me consta que en Junio tomó dinero al 20 por 100 con no sé qué garantía... En fin, otra torre por los suelos.

-Y esa casa fue poderosa -dijo Onésimo-. Yo le oí contar a mi padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley a toda Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las alcabalas de Badajoz.

Federico Cimarra se puso en pie frente a los otros dos, y abriendo las piernas en forma de compás, empezó a hacer el molinete con su bastón.

-Es increíble -dijo sonriendo- la calaverada que va a hacer ese pobre León... Cuidado que yo le quiero... Es mi amigo... ¿Pero quién se atreve a contradecirle? Váyase usted a argumentar con estas cabezas de piedra que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio que tenga sentido común?

-Ninguno, ninguno -exclamó el marqués de Fúcar riendo a borbotones, que era su especial manera de reír-. ¿Y es cierto lo que me han dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa a un libre-pensador de mares altos pescado con anzuelito de padrenuestros y avemarías.

-No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita -afirmó Cimarra paladeando-. Pase lo de santurrona por lo que tiene de barbiana... Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que está enamorada no piensa en santidades. La que me parece en camino de ser verdadera beata es la marquesa, que no podrá eludir la ley por la cual una juventud divertida viene a parar en vejez devota. ¡Qué desmejorada está la marquesa! La vi la semana pasada en Ugoibea y me pareció una ruina, una completa ruina. En cambio, María está hecha una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué trapío!

En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre a la fraseología usual de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.

-Eso sí -dijo el marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de sátiro-. María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.

-¡Caramba! -exclamó el hombre de administración dándose una palmada en la propia rodilla-. Todo menos hablar mal de María Sudre. La conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.

-Hombre -dijo el marqués de Fúcar descuadernando su cara en una risa homérica-. La familia es la familia de tontos más completa que conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.

-¡Ah!, no, la chica vale, vale -afirmó Onésimo-. No diré lo mismo de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la entienda; mucha teoría oscura y palabrejas ridículas; mucho aire de despreciarnos a todos los españoles como a un hatajo de ignorantes; mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías contrarías al catolicismo; yo soy católico, católico.

Se dio dos palmadas en el pecho.

-Hombre, sea usted todo lo católico que quiera -dijo Fúcar, riendo con menos estrépito, o si se quiere con cierta tendencia a la seriedad-. Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh!, la exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos a un lado las creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Lo que digo es que León es un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que ha salido de la Escuela de Minas desde que existe. Su colosal talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia Natural le son familiares, y es un astrónomo de primera fuerza.

-¡Oh!, León Roch -exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia a la sabiduría-, vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que en el colegio no se distinguía; pero después...

-No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar... -dijo Onésimo como quien se niega a tomar una pócima amarga.

-Mire usted, amigo Onésimo -indicó el marqués en tono solemne-, no hay que exagerar... La exageración es el principal mal de este país... Eso de que porque seamos católicos condenemos a todos los hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de pecho, y se desvían... Yo concedo que se desvíen un poco, mucho quizás, de las vías católicas... Pero ¿qué me importa? El mundo va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal de Leoncillo... Yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su juventud, su riqueza, su porvenir, en ese enlace con una familia desordenada y decadente que le devorará sin remedio.

-¿Es rico León?

-¡Oh!, ¡mucho! -exclamó Fúcar con grandes encarecimientos-. Conocí a su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses, después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas. La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del señor Pepe era muy estimado. Me acuerdo de ver entonces a León tamaño, así, con la cara sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... Pero si los ha vendido hasta hace quince años, y no hace treinta que trasladó su industria a Madrid... Después que tuvo capital, entrole el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh!, es incalculable el dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste, de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo comemos... El señor Pepe trabajó mucho: primero a brazo; después con aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado (el marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo): que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el 54 construyó una casa en Madrid: que se calzó los mejores bienes nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se dejará ahorcar por 8 ó 9 millones.

-Lo mejor de la biografía -dijo Cimarra, sentándose junto a sus dos amigos- se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días, viviendo sin comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más. Su chifladura consistía en que le hiciesen marqués.

-Diré a ustedes -manifestó gravemente el marqués, cortando con un gesto de hombre superior esta tendencia a las burlas-. D. José Roch era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social. Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el mundo más que un ser: su hijo León: le quería con delirio. Tenía por enemigo declarado al que no le diese a entender que León era el más guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaba en ser autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... porque tiene mucho corcho... pero él no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un título de Castilla. Es lo único que le falta». Yo me eché a reír. ¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr. D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...» pero ¿qué desea usted?, ¿ser marqués?... A las coronas les pasará lo que a las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no tenerlas. Pronto llegaremos a un tiempo en que, cuando recibamos el diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero que nos lo traiga... porque también él será marqués.

Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba esta por un hipo chillón y terminaba en un arrugamiento general de sus facciones y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver a su color primero y a su normal aspecto de seriedad majestuosa.

-Señores -dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de la administración, enojo que podría atribuirse a sus proyectos marquesiles-, por mucho que se hayan prodigado los títulos de nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros. Pues no faltaba más...

-Amigo Onésimo -objetó el marqués con flemática ironía-, yo creo que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título de marqués de Casa-Roch fue porque su hijo se opuso resueltamente a caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.

-¡Oh!, sí -exclamó el hombre administrativo, en quien las instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo-. Por lo común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo gobiernan el país cuando este ha tenido la desgracia de caer en sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada, señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.

-Aquí no salimos de paradojas.

-Es la verdad pura.

-Vivimos en el país de los vice-versas.

-No exageremos, no exageremos, señores -dijo el marqués, removiéndose y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta favorita, que era la protesta contra la exageración-. Aquí abusamos de las palabras, y calificamos a los hombres con mucha ligereza. La envidia por un lado, la ignorancia... Qué, ¿qué hay?

Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de miedo a un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.

-La señorita llama a vuecencia. Está mala otra vez.

-Vamos, mi hija está hoy de vena -dijo el marqués de mal humor, levantándose-. Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy a verla.

Sus dos amigos callaban, mirándole partir. El marqués de Fúcar andaba lentamente a causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha majestuosa de un navío o galeón antiguo, cargado de pingüe esquilmo de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la sociedad contemplaba pasmada y temerosa.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo IV - Siguen los panegíricos dando a conocer
en cierto modo el carácter nacional
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La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo IV
Siguen los panegíricos dando a conocer en cierto modo el carácter nacional
 de Benito Pérez Galdós

Frente a la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos de corregir el oidium de su naturaleza, había una glorieta. Eran las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo D. Joaquín Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una silla, caballero en ella, y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus balanceos.

-¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?

-Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.

Después de decir esto León miró atentamente al suelo.

-Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el marqués -añadió Onésimo-. Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días en Arcachón. Las hijas del conde de la Reole le regalaron tres piezas de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de sus porcelanas. Las guardaba, las sacaba sesenta y dos veces al día. Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió a la habitación más alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se hicieron treinta mil pedazos.

Federico miró a León Roch, que sólo dijo:

-Sí, ya lo oí contar.

-Ayer tarde -prosiguió Onésimo-, cuando volvíamos de la gruta (que, entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos; al fin la distinguí junto a una piedra; me abalancé a cogerla, como era natural; pero, más ligera que yo, púsole el pie encima... y la aplastó, diciendo: «¿para qué sirve eso?». Además, cuentan que ha hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en el salón? Yo juraría que está loca.

León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.

-¿Saben ustedes -añadió el fanal de la administración- que va a estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores, pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la moneda, no le ha enseñado a distinguir un billete de mil pesetas de una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y pobre padre!... Si al menos fuera bonita; pero ni eso... Ya le dará disgustos a D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado a la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce ignorancia, sus aficiones a la vida reservada y doméstica, su horror al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna. Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que, si no se ataja, obligará a los gobiernos a dar una ley de novios y una ley de casamientos, estableciendo un presidio de solteros.

-¡Graciosísimo! -exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre el hombro de León-. Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá hablarnos este, que la conoce desde que ambos eran niños.

León dijo fríamente:

-Si la enfermedad y las rarezas de Pepa consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más rico.

-Sobre este tema -indicó el fénix burocrático-, sobre la colosal riqueza del señor marqués, la frase más característica la debemos al amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.

-Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar -replicó Federico con aspavientos de honradez.

-¡Lengua de escorpión! ¿No fue usted el que en casa de Aldearrubia... yo mismo lo oí... a propósito de la escandalosa fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo aforismo económico que diga: 'La bancarrota nacional es una fuente de riqueza'»?

-¡Eso se puede decir de tantos! -manifestó León.

-De muchos, de muchísimos -dijo Cimarra prontamente-. Como Fúcar ha labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público... ¿qué tal la figura?... pues digo que, habiendo centuplicado su fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único a quien se podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...

El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:

-Yo he oído hacer a usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de los millones del marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos; ya sé que ahora es usted muy amigo de su víctima de aquel a quien supo pintar, diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo líquido y con lo gaseoso, o lo que es lo mismo, con los adoquines, con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los presidiarios las llamaban píldoras reventonas del boticario Fúcar».

-Hablar por hablar -replicó Cimarra-. Sin embargo de esto, yo aprecio mucho al marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado algún alfilerazo al prójimo.

-Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste. Somos así los españoles. Desollamos vivo a un hombre, y en seguida le apretamos la mano. No critico a nadie; reconozco que todos somos lo mismo.

El marqués de Fúcar apareció en la glorieta.

-¿Y Pepa? -le preguntó León.

-Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza a la alegría con una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento a su madre... qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí, sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país. ¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas a primeras, y cuando nos hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir a Iturburúa. Y no hubo remedio... a Iturburúa, a Iturburúa, papá... ¿Qué había yo de hacer?... Al fin, ya me había acostumbrado a esta vida ramplona, y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí, aguas como estas no creo que las haya en todo el mundo... ¿Y a dónde vamos ahora? Ni hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano a más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae encima la fonda, y también el cielo se viene abajo, y le son muy antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...

Mientras D. Pedro expresaba así, con desorden, su paterno afán, los tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de aquellas y otras no comprendidas rarezas que a la más bella porción del género humano afligen. El marqués tomó del brazo a Federico Cimarra, diciéndole:

-Querido, hágame usted el favor de entretener un rato a Pepa. Ahora está contenta, pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...». Bien comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está sola...

Adiós, señores; me llevo a este bergante, que hace más falta en otra parte que aquí.

Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.

-¿Qué piensa usted de Pepa? -preguntó el primero.

-Que ha recibido una educación perversa.

-Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es cierto que se casa usted?

-Sí, señor... Llegó mi hora -dijo León sonriendo.

-¿Con María Sudre?...

-Con María Sudre.

-¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente, amigo, es más de lo que merece un hereje.

Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.


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Capítulo V - Donde pasa algo que bien pudiera ser
una nueva manifestación del carácter nacional
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La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo V
Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del carácter nacional
 de Benito Pérez Galdós

Había avanzado la noche, y el modesto sarao de los bañistas principiaba a desanimarse. Los últimos giros de las graciosas parejas se extinguieron en los costados del salón, como los últimos círculos del agua agitada mueren en las paredes del estanque; se deshicieron aquellos abrazos convencionales que no ruborizan a las doncellas, y al fin tuvo la condescendencia de callarse el piano homicida que dirigía con su martilleante música el baile. No faltó una beldad que quisiera prolongar aún la velada sacando de las cuerdas del instrumento un soporífero Nocturno, que es la más insulsa y calamitosa música entre todas las malas; pero este alarde de ruido elegíaco duró felizmente poco, porque las madres se impacientaron y alegres tribus de señoritas empezaron a desfilar sobre el piso de madera lustrosa. Resbalaban con agrio chirrido las patas de las sillas; al pío-pío de la charla juvenil se unía un sordo trompeteo de toses. Las bufandas se arrollaban como culebras en la garganta carcomida de los hombres graves, oradores, abogados y políticos, que eran la flor y el principal lustre del establecimiento.

En la pieza inmediata, las fichas abandonadas y revueltas del tresillo y del ajedrez hacían un ruido como de falsos dientes que riñen unos contra otros fuera de la encía. Las toses y carraspera arreciaban con la salida de los últimos, que eran los más viejos, y después, aquel murmullo compuesto de chácharas juveniles y del lúgubre quejido de la decrepitud prematura, que a lo más florido de la actual generación aqueja, se fue perdiendo en el largo pasillo, luego atronó la escalera y se extinguió poco a poco, distribuyéndose en las habitaciones del edificio celular. Podía existir la ilusión de considerar a este como un gran órgano, en el cual, después de que la gran sinfonía tocada por el viento volvía cada nota, profunda o aguda, a su correspondiente tubo.

En la sala del tresillo estaba el marqués de Fúcar leyendo periódicos. Su postura natural para este patriótico ejercicio era altamente tiesa, manteniendo el papel a bastante distancia y ayudando su vista con los lentes, que colocaba casi en la punta de la nariz y le oprimían las ventanillas. Si tenía que mirar a alguien, miraba por encima y por los lados de los vidrios. Frecuentemente reía en voz alta durante la lectura, sin dejar de leer, porque era muy sensible al aguijón punzante del epigrama, sobre todo si, como es frecuente en nuestra prensa, el aguijón estaba envenenado.

A su lado leían otros dos. En el salón grande cuatro o cinco hombres charlaban, reclinados perezosamente en los divanes. Federico Cimarra, después de pasear un rato con las manos metidas en los bolsillos, entró en la sala de tresillo a punto que el marqués de Fúcar apartaba de sí el último periódico y arrancaba de su nariz los lentes para doblarlos y meterlos en el bolsillo del chaleco.

-¡Qué país, qué país! -exclamó el ilustre negociante, conservando en su fresco rostro la sonrisa producida por el último chiste leído-. ¿Sabe usted, Cimarra, lo que me ocurre? Aquí todo el mundo habla mal de los políticos, de los gobiernos, de los empleados de Madrid... pues voy creyendo que Madrid, los empleados, los gobiernos y la gavilla de políticos, como dicen, son lo mejor de la nación. Malos son los elegidos; pero creo que son más malos los electores.

-Donde todo es malo -dijo Federico, con frialdad filosófica que podría pasar por el sarcasmo de un corazón muerto y de una inteligencia atrofiada, metidos ambos dentro de un cuerpo enfermo-, donde todo es malo, no es posible escoger.

-Y la causa de todos los males es la holgazanería.

-¡La holgazanería!, es decir, la idiosincrasia nacional; mejor dicho, el genio nacional. Yo digo: holgazanería, tu nombre es España. Poseemos grande agudeza, según dicen; yo no la veo por ninguna parte. Somos todos unos genios; yo creo que lo disimulamos...

-¡Oh! Si hubiera gobiernos que impulsaran el trabajo...

Cimarra puso una cara muy seria: era su modo especial de burlarse del prójimo.

-¡El trabajo!... Ya ni siquiera sabemos tejer paño pardo. Van desapareciendo las alpargatas, los botijos son cada vez más raros, y hasta las escobas vienen ya de Inglaterra... Pero nos queda la agricultura. ¡Ah!, este es el tema de los tontos. No hay un solo imbécil que no nos hable de la agricultura. Yo quiero que me digan qué agricultura puede haber donde no hay canales, y cómo ha de haber canales donde no hay ríos, y cómo ha de haber ríos donde no hay bosques, y cómo ha de haber bosques donde no hay gente que los plante y los cuide, y cómo ha de haber gente donde no hay cosechas... ¡Horrible círculo del cual no se sale, no se sale!... Cuestión de raza, señor marqués... Esta es una de las pocas cosas que son verdad: la fatalidad de la casta. Aquí no habrá nunca sino comunismo coronado por la lotería... este es nuestro porvenir. Que el Estado administre toda la riqueza nacional y la reparta por medio de rifas... ¿Qué tal?, esto sí que tiene sombra... ¡Oh! Verá usted, verá usted... ¡Magnífico! Este es un ideal como otro cualquiera. Consúltelo usted con D. Joaquín Onésimo, que pasa por una lumbrera de la Administración, y es, a mi juicio, una de las mayores calabazas que se han criado en esta tierra.

-¿No está por ahí? -dijo Fúcar, riendo y mirando en derredor-. Que venga para que oiga su apología.

-Está hablando del orden social con D. Francisco Cucúrbitas, otra gran eminencia al uso español. Es de esos hombres que hablan mucho de administración y de trámites, es decir, de expedientes... ¡Oh!, ¿qué sería del mundo sin expedientes? Dios ha criado a estos señores para realizar el quietismo social, que después de todo, no es malo... Nada, señor marqués: mi sistemita de comunismo y rifas. Las contribuciones lo recogen todo y la lotería lo reparte. ¡Pistonudo! ¿Sabe usted, amigo, que aquí se aburre uno lindamente?

Durante la pausa que siguió a esta frase, acercose Federico a la puerta del salón para llamar a los que aún quedaban en él; después volvió junto al marqués, y sacando de su bolsillo una baraja, la arrojó sobre la mesa. Las cartas se extendieron, pegadas unas a otras y resbalando como una serpiente cuadrada.

-¡Hombre, también aquí! -dijo Fúcar con expresión de disgusto.

Cimarra volvió al salón que ya estaba apagado. Empujados por él entraron cuatro caballeros. León Roch se paseaba solo en el salón, medio a oscuras. Después de hablar en voz alta con el mozo, Cimarra tomó el brazo de su amigo y paseó con él un rato. Entre los dos se cruzaron palabras apremiantes, agrias; pero al fin León subió a su cuarto, bajando diez minutos después.

-Toma, vampiro -dijo con desprecio a su amigo dándole monedas de oro.

Después se quedó solo. Acercándose a la puerta de la sala de tresillo, pudo ver el cuadro que en el centro de esta había, formado por seis personas, algunas de las cuales tenían un nombre no desconocido para la mayoría de los españoles. Es verdad que había entre ellos quien gozaba de reputación poco envidiable; pero también había alguien que la ganara ventajosa con sus bellos discursos, en los cuales no faltaban palabrejas muy sonoras contra el desorden social, los vicios y la holgazanería. El marqués de Fúcar era, de los allí presentes, el único que parecía tomar la ocupación como un verdadero juego, y apuntaba sonriendo las cartas, acompañando de picantes observaciones cada pérdida o ganancia. Cimarra, con el sombrero en la corona, el ceño fruncido, los ojos atentos y brillantes, la expresión entre alelada y perspicua, con cierta seriedad de adivino o de estúpido, tallaba. Sus delicados labios murmuraban a cada instante sílabas oscuras, que un inocente habría tomado por fórmulas de evocación para atraer espíritus. Era el tenebroso lenguaje del jugador, el cual, con gruñidos o sólo con el ardiente resuello, mantiene un diálogo febril con las cuarenta personas de cartón que se deslizan entre sus manos, y ora le sonríen, ora se mofan de él con horripilantes visajes.

La contienda con el azar es una de las luchas más feroces a que puede entregarse el hombre inteligente. La casualidad, que es el giro libre y constante de los hechos, no ha de ser hostigada; no se la puede mirar cara a cara; jugar con ella es locura. Revuélvese con las contorsiones y la fuerza del tigre, y ataca y destroza. Sus caricias, pues también las tiene, despiertan en el hombre un hondo anhelo que le consume como llama interior. El espíritu de este se pierde y delira con sueños semejantes a los del borracho, porque el ideal indeciso de aquella misma casualidad que con él forcejea, le penetra todo y hace de él una bestia. Atleta furibundo y desesperado en las tinieblas, el jugador es víctima de pesadilla horrenda, y se siente lanzado en una órbita dolorosa, como piedra que voltea en la honda sin salir nunca de ella.

El marqués decía a cada rato:

-Señores, que es tarde; que tenemos que madrugar. Bueno es divertirse un poco; pero no exageremos...


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Capítulo VI - Pepa[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo VI
Pepa
 de Benito Pérez Galdós

León Roch no quiso ver más y salió del salón y del establecimiento. La noche tibia y calmosa convidábale a pasear por la alameda, donde no había alma viviente ni se oía otro ruido que el de los sapos. Después de dar cuatro vueltas, creyó distinguir una persona en la más próxima de las ventanas bajas. Era una forma blanca, mujer, sin duda, que apoyando su brazo derecho en el alféizar, mostraba el busto. León se acerco, y viendo que la forma no se movía se acercó más. Habría esta parecido una estatua de mármol, a no ser por el pelo oscuro y el movimiento de la mano, que jugaba con las ramas de una planta cercana.

-Pepa -dijo él.

-Sí, soy yo... Aquí me tienes hecha una romántica, mirando a las estrellas... Es verdad que no se ve ninguna; pero lo mismo da.

-Está muy negra la noche; no te había conocido -dijo León poniendo sus dedos en el antepecho de hierro-. La humedad puede hacerte daño. ¿Por qué no cierras? No esperes a tu padre. Ese ladrón de Cimarra ha puesto banca. Allí están entretenidos... Retírate.

-Hace calor en el cuarto.

León no pudo distinguir bien, por ser oscurísima la noche, las facciones de la hija de Fúcar; pero observaba la fisonomía de la voz, que suele ser de una diafanidad asombrosa. La voz de Pepa gemía. Su cabeza, echada hacia atrás, se apoyaba en la madera de la ventana. Tenía en la mano una flor (a León le pareció una rosa) de palo largo. A cada instante se lo llevaba a la boca, y arrancando un pedacito, lo escupía. León vio todo esto, y comprendiendo la necesidad de decir algo apropiado al momento, buscó en su mente, rebuscó; pero no hallando nada, nada dijo. Ambos estuvieron callados un rato, León atento e inmóvil, con ambas manos fijas en el frío antepecho, ella arrancando y escupiendo palitos.

-Se cuentan de ti estos días no pocas rarezas, Pepa -indicó él, considerando que para llegar a decir algo de provecho era preciso empezar diciendo una tontería-. Dicen que rompiste las porcelanas, que cortaste en pedazos los encajes, no sé qué encajes...

-¡Qué tipo!... -exclamó Pepa, rompiendo a reír con un desentono que hizo temblar a León-. La pobre señora no sale de las sacristías... ¿No entiendes?... parece que eres idiota. Hablo de tu futura suegra, de la marquesa de Tellería... Cuando estuve en la playa de Ugoibea tuve el gusto de verla. Me contaron las picardías que habló de mí. Lo de siempre... que soy muy mal criada; que derrocho; que tengo modales libres y hábitos chocantes... chocantes, justamente... ¡La pobre señora ha cambiado tanto desde que empezó a marchitarse su hermosura!... Ya se ve: no se puede llevar una vida mundana cuando se tiene un hijo santo... Pues qué, ¿no te has enterado?, ¿no sabes que Luis Gonzaga, el hermano gemelo de tu novia, el que está de colegial en el Sagrado Corazón de Puyoo, tiene fama de ser un ángel con sotana? Chico, vas a vivir en medio de la corte celestial. Hasta tu suegra usa cilicio. ¿No lo crees?, pues créelo, porque lo han dicho sus amantes.

Al decir esto, Pepa escupió un palito de rosa con tanta fuerza, que fue a chocar en la frente de León.

-Pepa -indicó este con enojo-. No me gusta que las personas que estimo hablen así de una familia respetable.

-Se puede hablar de mí y llamarme loca, voluntariosa... Yo no puedo hablar... es verdad. En mí todo es informalidad, desenfreno, desorden, ignorancia... Pasemos a otra cosa. León, sentí mucho no ver cara a cara a tu futura esposa, María Egipcíaca. Dicen que está muy guapa: siempre fue guapa. En Ugoibea sale poco: ella y su tontísima mamá se van solas a tomar los aires puros. Cuentan que están muy tronadas; pero tú eres rico, y el marqués... ¡Oh!, dicen que es el único mentecato que no ha logrado hacerse un puesto en la política.

-Pepa, por Dios, no digas disparates. Me lastimas en lo más delicado con tu charla imprudente.

Pepa seguía escupiendo palos. El tallo de la rosa estaba reducido a la cuarta parte.

-Sí soy yo muy mal educada -dijo con amarga ironía-. Además ahora han descubierto que tengo muy mal corazón, un corazón cruel, un carácter rebelde y caprichoso...

-Eso no es verdad; pero has de hacer lo posible para que la gente no lo crea.

-Sí, mucho cuidado me da a mí la gente. ¿Acaso yo necesito de nadie?

-¡Qué orgullosa eres!

-Dicen que no encontraré un hombre razonable que se case conmigo -exclamó, repitiendo el desentonado reír que parecía una conmoción espasmódica-. Esto como que da a entender que hay hombres razonables... Yo no soy de esas que se fingen santas y modestas para encontrar marido... Por mi parte, aseguro desde hoy que no me casaré con ningún sabio... Me repugnan los sabios. La suprema felicidad consiste en tener mucho dinero y casarse con un tonto.

-Veo que esta noche estás de humor de disparatar -le dijo León familiarmente-. Tú no crees lo que dices, y tus ideas son mejores que tu lenguaje.

Ya porque sus ojos se habituaran a la oscuridad, ya porque aclarase un poco la noche, León empezó a distinguir las facciones de Pepita Fúcar destacándose en el negro cuadrado de la ventana como la figura borrosa y pálida de un lienzo antiguo. La blancura de su tez, sus cabellos bermejos, la viveza de sus ojos pequeñuelos, en cuyas pupilas brillaba una brasa diminuta, el mohín mimoso de sus labios, la graciosa ferocidad de sus dientes partiendo palitos, y principalmente su enfado, casi la hacían aparecer bella estando algo distante de serlo.

-A otros podrías hacerles creer que tienes esas ideas extravagantes -dijo León-; pero no a mí, que te conozco desde que éramos niños, y sé que tu corazón es bueno. Una madre cariñosa habría formado en ti ciertos hábitos de que careces y corregido muchos defectos que te hacen parecer peor de lo que eres; pero has vivido en gran abandono; pasaste la niñez entre personas mercenarias y después, en la edad en que se forma el carácter y se hace, por decirlo así, la persona, tu padre te lanzó bruscamente a la vida en un torbellino de lujo, de frivolidades y riquezas. De tus caprichos hizo leyes, y no supo o no quiso poner tasa a tus genialidades dispendiosas. Tú sabes mejor que yo lo que ha sido tu palacio durante mucho tiempo, un maremágnum de desorden, la anarquía doméstica en su último grado. Confiada a ti alguna vez la dirección de tu casa, los criados se convertían en señores. Fue preciso que los extraños te llamasen la atención para que comprendieras el saqueo infame que allí reinaba, y echases de ver que te consumían en una semana los fondos de un trimestre. Tu padre, ocupado en ganar dinero, no pensó en enseñarte a conocer su valor, porque tu padre es también un delirante, un insensato que no piensa más que en los negocios, así como el jugador no piensa más que en la carta que ha de venir... ¡Pobre Pepa, tan rica y tan sola!... Ahora me explico muchas excentricidades de tu vida que el público comentaba de un modo desfavorable para ti y en las cuales yo te disculpo, sí, te disculpo... Hiciste construir una gran estufa en tu jardín, y una vez armada, la mandaste quitar de la fachada de Oriente para ponerla en la del Norte. Concluida de poner estaba, cuando la hiciste desmontar y la cambiaste por una colección de porcelanas. En un mismo año variaste tres veces todo el mueblaje y tapicería de tus habitaciones, y hoy comprabas bronces, tallas y telas carísimas, para venderlo todo mañana por la cuarta parte de precio. En tus viajes has gustado de comprar preciosidades, pero no en tanto número como las chucherías sin arte, ni elegancia, ni valor alguno. Reuniste una colección de pájaros para regalarlos después uno por uno. He oído contar que solicitada por otros deseos y antojos, estuviste dos días sin echarles de comer. Estableciste en tu casa un fotógrafo para que te sacara vistas del jardín, de la escalera y retratos de los caballos, y en tanto que así protegías las artes, no había en tu casa un solo libro, ni uno solo, como no fuera algún almanaque estúpido o alguna mala novela que pedías prestada a tus amigas. Haces limosna, amparas a los desvalidos, porque tienes un corazón excelente; pero oye cómo son tus caridades; es preciso que oigas esto, Pepa, y que luego medites. Un día se te presentó una mujer que pedía para celebrar una novena: sacaste de tu gaveta dos mil reales y se los pusiste en la mano. El mismo día se te presentó, la viuda de un albañil muerto en las obras de tu palacio, la cual se quedó con cinco hijos y sin recursos: a esa le diste un duro. No conoces el valor ni la extensión de las penas humanas, ni alcanzas la medida de las necesidades. Gran peligro es no ver jamás el fondo de esa arca de dinero en la cual metes sin cesar la mano para satisfacer tus gustos a cada instante renovados. ¡Pobre Pepilla!... No extrañes que use contigo este lenguaje, un poco duro, muy distinto de las adulaciones que oyes sin cesar, pero es sincero, leal y está inspirado en el deseo de tu bien. Es el lenguaje de un hermano que quiere verte corregida y en camino de ser feliz... porque temo por ti, Pepa, temo que han de venir para ti días muy amargos y hechos graves que te enseñarán con abrumadora prontitud y realidad lo que aún no sabes. La realidad, cuando hemos descuidado sus lecciones, viene súbitamente a sorprendernos en medio de los goces, y nos instruye a golpes... Tengo un sentimiento profundísimo al verte tan descarriada, tan sola, querida Pepa, en medio de este frío páramo de tus riquezas, y no poder conducirte fuera, porque nuestros destinos son distintos: a ti y a mí nos ha llevado Dios por sendas diferentes. Tengo un sentimiento grande, y si quieres que te lo diga claro, como deben decirse las cosas, te tengo lástima, sí, lástima... Yo te estimo, te aprecio mucho. ¿Cómo he de olvidar que hemos jugado juntos en nuestra niñez, que nos hemos tratado en todas las épocas de nuestra vida y aun... ¿por qué no decirlo?, que hemos tenido el uno para el otro estas inclinaciones superficiales, pasajeras, que nos hacen novios a los ojos del vulgo?... Esto no puede olvidarse. Siempre he sido y seré siempre para ti un buen amigo.

Pepa pilló fuertemente entre sus dientes el palo ya muy mermado de la flor, y tirando de esta la deshojó. Volaron las hojas en la ventana, y algunas fueron a posarse en la barba y cabeza del joven que hablaba. Después, Pepa se llevó su pañuelo a la boca.

-¡Sangre! -dijo León cogiéndole la mano que oprimía el pañuelo.

-Es que me he clavado una espina en el labio -dijo Pepa, con voz tan hondamente transfigurada, que León Roch se estremeció de pena.

Después de una breve pausa, la de Fúcar volvió a hablar, y con acento más seguro, dijo:

-¿Sabes que en tu nueva casa vas a estar divertido?...

-¿Por qué?

Pepa rió, oprimiendo con las dos manos su seno agitado.

-Porque cuando tu cuñado Luis Gonzaga, el que está aprendiendo para misionero, empiece a echar sermones por un lado, y tú empieces a soltar herejías por otro, no habrá quien pare en la casa. León, lo dicho dicho, eres un sabio insoportable, y tu talento da náuseas.

-Ya sé que el verdadero juicio tuyo sobre mi persona no es tan poco benévolo.

Pepa se inclinó un poco hacia afuera. León sintió próximo a su rostro un aliento abrasado que le quemaba como una lámpara cercana.

-El que no ha estudiado otra ciencia que la de las piedras -dijo Pepa con la voz más amarga que puede oírse- es un idiota.

-Tal vez eso sea verdad... Ahora, querida Pepa, amiga a quien profeso un cariño puro y fraternal, dame tu mano.

Pepa se puso bruscamente en pie.

-Dame tu mano y despídete de mí lealmente... ¿No te dice tu corazón que algún día necesitarás de mí... quizás un leal consejo, quizás esa ayuda que los desgraciados se prestan unos a otros en los inevitables naufragios de la vida?

Pepa arrojó con violencia los restos de la rosa, cuyo roído tallo fue a azotar la frente del joven. Este creyó sentir un latigazo.

-¡Yo necesitar de ti...! -exclamó-. ¡Vanidoso!... Verdaderamente me pareces un estúpido... Puede ser que si algún día veo que se me acerca un pedante dando el brazo a una simplona, le pregunte: «¿quién es usted?». ¡Despedirme de ti! Bueno: lo mismo me da que sea hasta mañana o hasta la eternidad.

-Como tú quieras -dijo León, alargando su mano-. Adiós. Te vas mañana con tu padre. Yo no voy a Madrid por ahora. Quizás no nos veamos en mucho tiempo.

Pepa le volvió la espalda con brusco movimiento, y desapareció en las tinieblas de su cuarto. León miraba hacia dentro sin ver nada. Perfume delicado y tan ligero que parecía una ilusión del olfato era lo único que de la persona de la marquesita de Fúcar había quedado en la ventana junto al sabio perplejo. Era como un hueco conservando la forma de la figura ausente.

-Pepa, Pepilla... -dijo León con acento cariñoso.

Pero no tuvo respuesta ni distinguió nada en aquel cuadro de tinieblas profundas. Después oyó un débil gemido. Largo rato estuvo en la ventana llamando a intervalos sin obtener contestación. Pero los gemidos seguían, anunciando que en el fondo de aquella oscuridad existía un dolor.

Esperó más; al fin se alejó paso a paso turbado como un pecador y tétrico como un asesino.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo VII - Dos hombres con sus respectivos planes[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo VII
Dos hombres con sus respectivos planes
 de Benito Pérez Galdós

Tropezó con un bulto, sintiendo al mismo tiempo fuerte palmetazo en el hombro, acompañado de estas palabras: «¡La bolsa o la vida!».

-Déjame en paz -dijo León apartando a su amigo y siguiendo adelante.

Pero Cimarra se pegó a su brazo y le retuvo, haciéndole girar sobre un pie. Por un instante se habría podido ver en aquel grupo el paso vacilante y el vaivén de un grupo de borrachos. Pero suposición tan fea se hubiera desvanecido al oír a Cimarra, el cual, muy serio, ceñudo y con la voz ronca y airada, dijo a su amigo:

-¡Suerte deliciosa!... Estoy luciéndome en Iturburúa.

-Déjame, tahúr -replicó León con ira, sacudiendo el brazo en que hacia presa su amigo-. No tengo humor de bromas ni intención de prestarte más dinero... ¿Se ha retirado del juego el marqués de Fúcar?

-Ahora va a su cuarto. Es hombre de una suerte abrumadora. Así está el país... ¡Infeliz España!... Solís ha ganado mucho. Desde que le han hecho gobernador de provincia tiene una suerte loca; las víctimas somos Fontán, el jefe de la Caja de X... y yo... Es temprano, León, sube a tu cuarto y trae guita.

León no dijo nada porque su espíritu estaba en gran confusión y desasosiego, muy distante de la esfera innoble en que el de su amigo se agitaba.

En vez de subir, como Federico quería, entró con él en la sala de juego. Una de las víctimas antes mencionada roncaba en un diván. La otra se disponía a salir con gesto y voz que indicaban un humor de todos los demonios, andando perezosamente y tomando precauciones contra el fresco de la noche.

Los dos amigos se quedaron solos.

-No juego -dijo León bruscamente.

Conociendo el genio poco voluble de León Roch, Cimarra pareció resignarse, y sentado junto a la mesa acariciaba con sus dedos finos y esmeradamente cuidados la baraja. El grueso anillo que ceñía su meñique, despedía pálidos reflejos a la luz ya mortecina del quinqué, y fijos los cansados ojos en las cartas, las pasaba y repasaba, mezclándolas y remezclándolas de todas las maneras posibles. Eran en sus manos como una masa blanda que aceptaba la forma que le querían dar.

-Yo no tengo la culpa, yo no tengo la culpa -dijo lúgubremente León que se había sentado en un diván, mostrando hallarse muy agitado.

-¿De qué? -preguntó Federico, mirándole con asombro-. A ti te pasa algo, bandido. ¿En dónde has estado?

-No estoy enfermo. Lo que me pasa no puedo confiártelo... Es una pena singular, un remordimiento... no, remordimiento no, porque en nada he faltado... una pena, un sentimiento... tú no comprenderías esto aunque te lo explicase: eres un libertino, un depravado, un corazón muerto, y tus emociones son de un orden profundamente egoísta y sensual.

-Gracias. Si no soy digno de recibir, la confianza de un amigo...

-Tú no eres mi amigo; no puede haber verdadera amistad entre nosotros dos. El acaso nos hizo amigos en la infancia; la Naturaleza nos ha hecho indiferentes el uno al otro. En esta región frívola, de pura fórmula cuando no de corrupción, en que tú has vivido siempre, no puedo yo respirar ni moverme. Llevome a ella la vanidad de mi pobre padre, cuyo cariño hacia mí ha tenido extravíos y alucinaciones. Mi carácter y mis gustos me inclinan a la vida oscura y estudiosa. Mi padre, que ganó una fortuna con el sudor de su frente en el rincón de una chocolatería, quiso hacer de mí un ser infinitamente distinguido y aristocrático, tal como él lo concebía en su criterio errado, y me dijo: «Sé marqués, gasta mucho, revienta caballos, guía coches, seduce casadas, ten queridas, enlázate con una familia noble, sé ministro, haz ruido, pon tu nombre sobre todos los nombres». Sus palabras no eran estas; pero su intención sí.

La agitación de su alma no permitía a León permanecer sentado por más tiempo, y se levantó. Hay situaciones en que es preciso aventar los pensamientos para que no se aglomeren demasiado y anublen el cerebro, formando en él como una negra nube de espeso, humo.

-¿Y a qué viene eso? -preguntó Federico con hastío-. No hables tonterías y echemos un...

-Dígote esto porque estoy decidido a desertar... Me son insoportables los caracteres de esta zona social a donde mi padre me hizo venir. No puedo respirar en ella; todo me entristece y fastidia, los hechos y las personas, las costumbres, el lenguaje... y las pasiones mismas, aun siendo de buena ley. Sí, me entristecen también los afectos disparatados, el sentimiento caprichoso y enfermizo que se ampara de todas aquellas almas no ocupadas por una indiferencia repugnante.

-Enérgico estás -dijo Cimarra, tomando a risa el énfasis de su amigo-. A ti te ha pasado algo grave: tú has recibido una picada repentina, León. A prima noche te vi tranquilo, razonable, cariñoso, un poco triste, con esa melancolía desabrida de un hombre que se va a casar y vive a ocho leguas de su novia... De repente, te encuentro en la alameda, alterado y trémulo, te oigo pronunciar palabras sin sentido, entramos aquí, y noto una palidez en tu cara, un no sé qué... ¿Con quién has hablado?

El jugador le observaba atentamente sin dejar de remover las cartas entre sus dedos.

-No te diré -indicó León, ya más sereno- sino que mi cansancio, va a concluir pronto. Yo labraré mi vida a mi gusto, como los pájaros hacen su nido según su instinto. He formado mi plan con la frialdad razonadora de un hombre práctico, verdaderamente práctico.

-He oído decir que los hombres prácticos son la casta de majaderos más calamitosa que hay en el mundo.

-Yo he formado mi plan -prosiguió León, sin atender a la observación del amigo-, y adelante lo llevo, adelante. No puede fallarme; he meditado mucho, y he pensado el pro y el contra con la escrupulosidad de un químico que pesa gota a gota los elementos de una combinación. Voy a mi fin, que es legítimo, noble, bueno, honrado, profundamente social y humano, conforme en todo a los destinos del hombre y al bienestar del cuerpo y del espíritu; en una palabra, me caso.

Federico le miraba y le oía con expresión de malicia socarrona.

-Me caso, y al elegir mi esposa... no está bien dicho elegir, porque no hubo elección, no; me enamoré como un bruto. Fue una cosa fatal, una inclinación irresistible, un incendio de la imaginación, un estallido de mi alma, que hizo explosión, levantando en peso las matemáticas, la mineralogía, mi seriedad de hombre estudioso y todo el fardo enorme de mis sabidurías... Pero esto no impide que antes de decidirme al matrimonio no haya hecho una crítica fría y serena de mi situación y de las cualidades de mi novia. Debo hacer lo que voy a hacer, Federico, debo hacerlo; estoy en terreno firme; este paso es acertadísimo. María me cautivó por su hermosura, es verdad; pero hay más, hay mucho más. Yo procuré dominarme, acerqueme con cautela, miré, observé científicamente, y en efecto, hallé dentro de aquella hermosura un verdadero tesoro, no menos grande que la hermosura misma que lo guardaba. La bondad de María, su sencillez, su humildad, y aquella sumisión de su inteligencia, y aquella celestial ignorancia unida a una seriedad profunda en su pensamiento y en sus gustos, me convencieron de que debía hacerla mi esposa... Te hablaré con toda franqueza: la familia de mi novia es poco simpática. ¿Pero qué me importa? Yo me divorciaré hábilmente de mis suegros... No me caso más que con mi mujer, y esta es buena; posee sentimiento y fantasía, y esa credulidad inocente, que es la propiedad dúctil en el carácter humano. Su educación ha sido muy descuidada, ignora todo lo que se puede ignorar; pero si carece de ideas, en cambio hállase, por el recogimiento en que ha vivido, libre de rutinas peligrosas y de los conocimientos frívolos y de los hábitos perniciosos que corrompen la inteligencia y el corazón de las jóvenes del día. ¿No te parece que es una situación admirable? ¿No comprendes que un ser de tales condiciones es el más a propósito para mí, porque así podré yo formar el carácter de mi esposa, en lo cual consiste la gloria más grande del hombre casado?... Porque así podré hacerla a mi imagen y semejanza, la aspiración más noble que puede tener un hombre y la garantía de una paz perpetua en el matrimonio. ¿No te parece, así?

-¿Me consultas a mí, que soy un egoísta corrompido?... -dijo Federico con ironía-. León, tú estás loco.

-Te consulto como consultaría a ese banco -dijo León volviéndole la espalda con desprecio-. Hay situaciones en que el hombre necesita decir en voz alta lo que piensa para convencerse más de ello. Haz cuenta que hablo solo. No me contestes si no quieres... Sí, lo haré a mi imagen y semejanza; no quiero una mujer formada, sino por formar. Quiérola dotada de las grandes bases de carácter, es decir, sentimiento vivo, profunda rectitud moral... Conocimientos muy extensos del mundo, y la ridícula instrucción de los colegios, lejos de favorecer mi plan, lo embarazarían; tendría que demoler para edificar sobre ruinas; tendría que ahondar mucho para buscar buena cimentación.

Entonces hubo un cambio de actitudes. Arrojó Federico la baraja sobre la mesa, levantose, y después de dar algunas vueltas alrededor de León, que permanecía sentado, le puso la mano en el hombro, y en voz baja le dijo:

-Señor sabio, también los ignorantes depravados fijan su mirada en el porvenir, también forman sus planes, no con matemáticas pero quizás con más garantías de seguridad que los hombres prácticos. Digamos, entre paréntesis, que el burro es un animal práctico... No condenan el matrimonio, al contrario, le consideran necesario para el adelantamiento de las sociedades y el perfeccionamiento de las condiciones...

Dio otras dos vueltas y después añadió:

-De las condiciones del individuo. Ya comprenderás lo que quiero decir... Por acá no somos sabios, ni después de enamorarnos como cadetes hacernos un estudio exegético de las cualidades de las dignas hembras que van a ser nuestras mujeres... no aspiramos tampoco a fabricar caracteres: esta manufactura la tomamos como está hecha por Dios o por el Demonio. Eso de casarse para ser maestro de escuela, es del peor gusto. A otra cosa más que al carácter debemos atender en estos apocalípticos tiempos que corren. La desigualdad de fortuna entre los seres creados, y el desgraciado sino con que algunos han nacido; el desequilibrio entre lo que uno vale y los medios materiales que necesita para luchar con y por la vida, ¡oh!, el pícaro struggle for life de los trasformistas es mi pesadilla... la falta de trabajo que hay en este maldito país, y la imposibilidad de ganar dinero sin tener dinero... ¿oyes lo que digo?... pues estas causas todas y otras más nos obligan a considerar antes que el mérito de nuestras futuras...

-¿Qué?...

Cimarra hizo con los dedos un signo muy común, diciendo:

-El trigo.

Como se ve, de su agraciada boca afluía el lenguaje completo de ciertos jóvenes del día, y mezclaba el idioma de los oradores con el de los tahures, las elegantes citas en habla extranjera con los vocablos blasfemantes que aquí no se pueden decir...

-La vida moderna -añadió- se hace cada vez más difícil; los ricos como tú pueden echarse a volar por el mundo de las moralidades y no poner en su corazón deseo que no sea puro, y no tener pensamiento que no sea la quinta esencia del éter más delicado. Pero no hay que exagerar, como dice Fúcar. Yo sostengo que eso que los tontos llaman el vil metal puede ser un gran elemento de moralidad. Yo por ejemplo...

-¡Tú!, ¿de qué eres ejemplo tú...?

Yo... quiero decir que hallándome en posesión de una fortuna, sería un modelo de patricios, y quizás pasaría a la posteridad con el calificativo de ilustre. ¿Pues no es ya frase de cajón, frase hecha, llamar ilustre a don Francisco Cucúrbitas?

-Aunque quieras disimularlo, en ti hay un resto de pudor -le dijo Roch-. Tu relajación no es tanta como quieres hacer creer.

-Todo es al respective, como dice, siempre que bromea, mi amigo Fontán -repuso Cimarra alzando los hombros-. No se puede juzgar así, tan a la ligera, a un hombre que vive entre ricos y es pobre. Fíjate bien en esto. A ti se te puede hablar con franqueza. Mis proyectos no son todavía más que ante-proyectos, querido... allá veremos... se me figura que he empezado bien. El tiempo lo dirá. Puede que algún día, cuando vivas olvidado de mí en medio de tu felicidad de marido pedagogo, oigas decir que este perdido de Cimarra se ha casado. A eso vamos, a eso marchamos. Este pobre tiene también sus planes y sus filosofías. Todos somos galápagos, y otros tienen más conchas que yo... No creas que me desentiendo de las prendas morales de mi mujer; y estoy seguro de que no me caso con un monstruo. Habrá honradez, señor sabio; habrá honradez, hijos y hasta nietos.

-¿Has elegido?

-He elegido... Te advierto que no doy gran valor a la belleza física. Los hombres superiores no se dejan seducir y enloquecer como tú por unos ojos más o menos grandes y una boca que luego han de afear los años... La hermosura vive poco ¡ay!, como dijo el poeta, l´espace d'un matin... Hay un conjunto agradable y simpático, maneras distinguidas, cierta discreción, cierta travesura agradable, chiste y hasta zandunga... De educación no estamos bien; pero no pensamos poner cátedra... Hay mucho bueno, algo que no lo es tanto; abundan las genialidades tontas, los caprichos, los hábitos de despilfarro...

León se puso pálido, fijando en su amigo una mirada ávida.

-A mí me importa poco que rompa platos que no valen nada, que haga pedazos un cuadro de Murillo, que haga picadillo de encajes... Hay cosas en que los maridos no deben meterse.

Roch miró con estupidez el hule verde de la mesa en que apoyaba sus codos.

-¡Hombre, cómo se va el tiempo!... -dijo bruscamente, levantándose y abriendo la ventana-. ¡Si es de día!...

La claridad de la mañana entró en la sala. Iluminados por aquella, los dos rostros parecieron melancólicos y pálidos. La luz de la lámpara brillaba aún lacrimosamente dentro del tubo y alargaba fuera una lengüeta negra delgada, hedionda.

-¡Qué vida para reparar la salud! -dijo León.

Miró luego por la ventana el cielo turbio y lloroso, cuya tristeza servía de cuadro sombrío a la tristeza de los dos trasnochadores. León empleó un rato en la contemplación vaga de que apenas se da cuenta el espíritu en horas de cansancio y que fluctúa entre el sueño y la pena, no siéndonos posible decir si dormimos o padecemos. En aquel momento Federico halló en su amigo un aspecto excesivamente triste, pues todo en él era negro, la ropa y la barba; y su hermosa fisonomía, de un moreno subido, tenía cierto tinte acardenalado, a causa del insomnio. Su ancha frente, llena de majestad, mas revelando brumosas cavilaciones, dominaba su persona como un cielo cerrado y opaco que guardaba en sí la luz y sólo muestra las nubes.

Volviéndose repentinamente hacia su amigo, León dijo:

-Pues buena suerte.

-Siento no poder dormir un poco -manifestó Federico-. Me muero de sueño; pero tengo que ponerme en camino con Fúcar.

-¿Te vas?

-¿No te lo había dicho? Se han empeñado en que les acompañe... Vamos adelante, adelante con los faroles.

Cimarra aderezó sus palabras con una sonrisa maliciosa.

-Buen viaje -dijo León, volviéndole la espalda.

Sintiose más tarde el ruido de los coches del marqués, que estaban ya dispuestos para llevar a los viajeros a la estación de Iparraicea. Subió Federico a su cuarto para arreglarse precipitadamente, y al poco rato oyose en el falansterio el estrépito que acompaña a la salida y entrada de huéspedes, arrastre de equipajes, rugido de mozos, chillar de criados. León permaneció en la sala de juego, y aunque sentía la voz del marqués y de su hija que entraban en el comedor para desayunarse, no quiso salir a despedirlos.

Media hora después partió un ómnibus cargado de mundos y de criados, seguido de la berlina que llevaba a los tres viajeros. León vio el primer coche pasar junto a su ventana; pero antes de ver el segundo, dio media vuelta y marchando de un ángulo a otro con las manos en los bolsillos, dijo para sí:

-Debo estar tranquilo: yo no tengo culpa.

Salió después al pasillo, donde empezaban a aparecer, arrebujados y claudicantes, los bañistas de más fe. Los bañeros, con sus mandiles recogidos, entraban en los calabozos donde yacen las marmóreas tinas, y con el vaho sulfuroso salía por las puertecillas ruido de los chorros de agua termal y el de las escobas fregoteando el interior de las pilas.

Después salió a la alameda, y como viese a lo lejos los dos coches que subían por el cerro de Arcaitzac, dio un suspiro y dijo para sí:

-¡Desgraciados los que no logran encadenar su imaginación!

Descansó dos horas en su cuarto y a las nueve ocupaba un asiento en el coche de Ugoibea. Su semblante había cambiado por completo y parecía el más feliz de los hombres.


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Capítulo VIII - María Egipcíaca[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo VIII
María Egipcíaca
 de Benito Pérez Galdós

Pasaron algunos meses después de aquel verano en las provincias, y León Roch se casó el día señalado, a la hora señalada y en el lugar señalado para tan gran suceso, sin que cosa alguna contrariase el plan formado a su debido tiempo y con todo rigor cumplido. Su alma gozaba de aquel contento que viene tranquilo, manso y sin ruido, como el soplo de primavera; contento que recrea la vida sin embriagarla, y que ofreciéndose al alma en dosis mesuradas, no la deja satisfacerse por entero, y así la pone a salvo del tedio. Filósofo y naturalista, León creyó que ningún estado mejor podía ni debía ambicionar.

La belleza de María Egipcíaca tomó desarrollo admirable después de la boda, y en este aumento de hermosura vio el esposo un como gallardo homenaje tributado por la Naturaleza a la idea del matrimonio, tan sabia y filosóficamente llevada de la teoría a la práctica. «Somos un doble espejo -decía-, en el cual mutuamente nos recreamos, y a veces no sabemos si la imagen contemplada es la mía o la de ella. De tal modo se confunden nuestros sentimientos».

El amor de María Egipcíaca, que era al principio tímido y frío como corresponde a un Cupido bien educado que se acaba de quitar la venda, fue bien pronto arrebatado y ardoroso. La pasión que primero había estado detrás de la cortina, presentose después con su tea incendiaria, su cáliz divino, su dogal de ansias perpetuas que producen una estrangulación deliciosa, por lo que el marido estuvo durante algún tiempo olvidado de sus planes pedagógicos, aunque su razón en los momentos lúcidos le hacía comprender la urgente necesidad de ponerlos en uso y de realizar en la práctica el mejor de los sistemas. Poco a poco fue recobrando su habitual equilibrio y los sentimientos irritados descendieron al punto subalterno que les correspondía en su alma. Hallose al fin como quien sale de un letargo. Vio su espíritu como grande y hermoso país que ha estado largo tiempo ocupado por una inundación, pero ya las aguas bajaban dejando ver primero los picachos más altos, después las lomas, al cabo la llanura. Entonces, dijo: «Esto va pasando: necesariamente tiene que pasar. Cuando pase, yo abordaré resueltamente la temida cuestión, y empezaré a modelar (empleaba con mucha frecuencia este término de escultura) el carácter de María. Es un barro exquisito, pero apenas tiene forma».

La mujer de León Roch era de gallarda estatura y de acabada gentileza en su talle y cuerpo, cuyas partes eran tan concertadas entre sí y con tan buena proporción hechas, que ningún escultor las soñara mejor. Sus cabellos eran negros y su tez blanca, linfática, con escasísimo carmín, y así se realzaba su expresión seria y apasionada en tal manera, que cuantos la veían se enamoraban y sentían envidia de su esposo. No tenía tipo español, y su perfil parecía raro en nuestras tierras, pues era el perfil de aquella Minerva ateniense que rara vez hallamos en personas vivas, si bien suele verse en España y en Madrid mismo, donde hallará el curioso un ejemplar, único, pero perfecto. Sus ojos eran rasgados, grandes, de un verde oceánico, con movible irradiación de oro, y miraban con serenidad sentimental, que podría pasar por sosa aquí donde, si se reúne mucha gente y un ejército de ojos negros, se ve un verdadero tiroteo granizado de saetazos. Pero las miradas de María no tenían fama de desabridas, sino de orgullosas. Sus labios eran tan rojos como recién abiertas heridas; su cuello airoso, su seno proporcionado y sus manos pequeñas y de dulce carne acompañadas, como las de Melibea.

Hablaba con calma y cierto dejo quejumbroso que llegaba al alma de los oyentes, y reía poco, tan poco que cada día iba creciendo su fama de orgullo, y era tan reservada en sus amistades, que en realidad no tenía amigas. Había adquirido desde su infancia tal renombre de sensatez, que sus mismos padres la diputaban como lo más selecto que la familia había dado de sí en todo el decurso de su gloriosa existencia.

Con esta belleza tan acabada que parecía sobrehumana, con esta mujer divina en cuya cara y cuerpo se reproducían, como en cifra estética, los primores de la estatuaria antigua, se casó León Roch después de diez meses de relaciones platónicas. Fue ocasión de su esclavitud un súbito enamoramiento que le sobrecogió al verla por primera vez y tratarla en una reunión de la Corte, cuando María, recién salida al mundo, se hallaba en aquel peregrino estado de pimpollo en que la belleza de la mujer se marca con un sello de inocencia y aparece matizada aún con el rocío de esa encantadora mañana que se llama infancia. Se enamoró como un pastor, vergüenza da decirlo, y él mismo se asombraba de ver que el teodolito de topógrafo y el soplete de mineralogista trocábanse en sus manos en caramillo o flauta de bucólico vagabundo.

¿Pero vio en su mujer algo más que una extraordinaria belleza? ¿Qué parte tenía su corazón en aquel delirio? Sería gracioso que se dejase arrastrar por la imaginación quien tanto se jactaba de tenerla por esclava.

Criose María en un pueblo próximo a Ávila, con su abuela materna, señora de grandísima terquedad y tiesura, que hablaba mucho de principios sin dar nunca a conocer de un modo concreto cuáles eran los suyos y en qué se distinguían de los ajenos. Al amparo de esta noble señora, que a los sesenta años tuvo la abnegación de trocar las vanidades del mundo por la estrechura de una casa rústica, el lujo y bullicio por la huraña soledad de un páramo, y la crónica escandalosa de Madrid por la chismografía de aldea, recibió María su primera instrucción. Sabía leer bien, escribir mal, y la doctrina la recitaba sin perder una coma. A excepción de algunas ideas gramaticales y geográficas que le inculcó una maestra de gran sabiduría, todo lo demás lo ignoraba. Más tarde supo María hojeando algunos libros, allegar ciertos conocimientos de esos para cuya adquisición no se necesita gran esfuerzo.

Compañero en aquel período de su vida en el páramo fue su hermano gemelo Luis Gonzaga. La abuela les quería locamente a los dos y les llamaba los ángeles de su muerte, porque decía que teniéndolos a su cabecera en la hora tremenda, le sería más fácil enderezar a Dios con devoción profunda sus últimos pensamientos. Ellos que también se amaban con toda su alma, compartían sus juegos, los trabajos de las lecciones, el pan y queso de las meriendas y los húmedos besos de su abuela. Paseaban juntos por los horribles pedregales avileses, y de noche se sentaban con la cabeza echada atrás para contar a competencia las estrellas que en aquel país se ven más claras que en ningún otro paraje del mundo. Se les oía decir:

-Cuenta tú por ese lado, que yo contaré por este... No me quites mi cielo ni te salgas del tuyo... Vaya, que lo de este lado me toca a mí... Medio cielo para cada uno.

-Todo será para entrambos -les decía una clueca voz desde la ventana alta-. Vaya, angelitos míos, venid a cenar que es tarde.

Leían a menudo vidas de santos, única lectura que en aquellas soledades era posible; y tan a pechos tomaron ambos niños las estupendas historias de padecimientos, trabajos y martirios, que sintieron deseo de que les martirizaran también a ellos, y ocurrioles la misma idea que cuenta Santa Teresa en el relato de su infancia, cuando ella y su hermanito discurrieron ir a tierra de infieles para que les cortaran la cabeza. María y Luisito salieron una mañana por aquellas áridas tierras, resueltos a no detenerse hasta que no les deparase Dios un par de moros que los descuartizaran. Quedáronse dormidos al amparo de una peña, y allí el Autor de todas las cosas, Dios omnipotente, les dio un beso y les entregó a la Guardia civil. Recogidos por la pareja, fueron llevados a la casa.

Vivían en un país casi desértico, lejos de todo humano comercio. El cura les llamaba los niños del yermo, y les sentaba sobre sus rodillas para entretenerse con ellos en el juego de los dedos, en el cual cada uno de los de la mano es un personaje figurado y entre todos representan una especie de comedia o pasillo, verbi gratia: el dedo gordo es un frailazo que llega a la puerta de un convento de monjas, llama con gruesa voz, y al punto contesta el dedo anular con voz de tiple. «Tan, tan. -¿Quién...? -El fraile que quiere entrar». Todo se reduce a que fray Pedro va en busca de unas coles, que las monjas le dan de palos y él se retira refunfuñando. Con esto se reían mucho los dos gemelos, en edad en que los chicos apetecen por lo común los muñecos más divertidos que sus propios dedos.

Crecieron, y sus juegos iban siendo menos primitivos; sus lecturas las mismas y sus caracteres muy serios y formales. Luis Gonzaga cautivaba a todos por su índole reservada y juiciosa, así como por su incapacidad para travesuras. Únicamente le reprendían su afán de vagar solo por las soledades pedregosas, aspirando el ambiente fino y helado que sin cesar bate las inmensas moles graníticas, semejantes a ruinas de una colosal arquitectura, o a osamenta de un mundo cuya carne se han llevado las aguas. Gustaba de estar solo, ambicionaba apacentar las cabras sedientas y flacas que saltan de hueso en hueso sobre aquel esqueleto de una Arcadia muerta ya y seca. Despreciaba el frío, despreciaba el calor. Un día le encontraron tendido a la sombra de un pino, único ejemplar allí existente de la familia arbórea, y que triste, pelado y vacilante, parecía decir, como el cartujo: «De morir tenemos». Luis Gonzaga escribía cosas en un papel, valiéndose de un lápiz trompudo, sin cesar mojado en saliva. Sorprendido por el cura, arrebatole este el escrito, y vio unos renglones desiguales sin rima, sin numen, sin gramática ni ortografía, que le causaron risa, porque él también entendía un poco de humanidades.

-Ni esto es verso -le dijo- ni es tampoco prosa.

No era verso ni prosa, pero era poesía; eran estrofas, renglones bíblicos, que expresaban las agitaciones de un alma contemplativa. ¡Cómo se reía el cura leyendo: «Llega el oscuro de la noche, y las ovejas del cielo se extienden por el grandísimo campo azul, guardadas por los ángeles bonitos... El Señor ha pasado ayer en un carro de truenos, del que tiraban relámpagos, que resollaban con granizo y sudaban con lluvia... Yo temblé como llama en el viento, y di mil vueltas en mi idea, como la piedrecilla arrastrada por el río... ¡Soy como el cardo seco a quien se pega fuego haciéndome humo, suelto mi ceniza y subo al cielo!».

Un día la abuelita se levantó más tarde que de costumbre, el rostro encendido, el habla torpísima, las pupilas resplandecientes como dos botones viejos, a los cuales con el roce se hubiera dado brillo. Observaron con dolor todos los de la casa que la señora decía mil disparates, y aunque esto no era en absoluto una novedad, éralo por la repetición constante de los despropósitos, sin ningún intervalo de discreción. Cuando el cura le tomaba el pulso, la señora se agarró de su brazo, después de echarse un mantón por los hombros, y riendo con estupidez delirante, gritó:

-Al baile... ¡señor cura, vamos al baile!

Hizo dar dos vueltas al reverendo y después cayó como un plomo. No le alcanzó más que la Extremaunción. Muerta y enterrada, los dos gemelos volvieron a la casa de sus padres, que estaban entonces en un período de grandísima escasez y apretura. Luis Gonzaga fue mandado a Carrión de los Condes, de donde pasó a Francia; y María, que afligió a la familia por su estado cerril, fue llevada a un establecimiento de esos que llevan el nombre de colegio. Salió de él a los dos años con el barniz que en tales casas se da, y su madre la presentó a los amigos; entonces la familia de Tellería principió a salir del abatimiento y oscuridad en que estaba, a causa de un cambio favorable en su fortuna; al fin la marquesa abandonó aquel apartamiento que tanto le repugnaba, y durante algún tiempo se vio a madre e hija discurrir por las varias esferas de la sociedad distinguida y andar en lenguas de aduladores como en plumas de revisteros, y hartarse de palco y landó, y eclipsarse en los veranos para reaparecer en los inviernos con nuevo brillo. Por último, vino un día deseado y María se casó.

Fue considerado este matrimonio como un golpe de suerte para los Tellerías, nobles de segunda fila y cuyo bienestar material no era a propósito para inspirarles grandes escrúpulos en la elección de maridos. Dígase lo que se quiera, las familias nobles del día no profesan a sus pergaminos un culto fanático, y si se exceptúan media docena de nombres que unen a su resonancia histórica un caudal sano, aquellas no vacilan en aceptar las alianzas convenientes y sustanciosas, fundiendo la nobleza con el dinero; y así vemos todos los días que las doncellas de ilustre cuna dan la mano, y la dan con gusto, a los marqueses de nuevo cuño hechos al minuto, a los condes haitianos, a los políticos afortunados, a los militares distinguidos y aun a los hijos de los industriales. La sociedad moderna tiene en su favor el don del olvido, y se borran con prontitud los orígenes oscuros o plebeyos. El mérito personal unas veces y otras la fortuna, nivelan, nivelan, nivelan con incansable ardor, y nuestra sociedad camina con pasos de gigante a la igualdad de apellidos. No hay país ninguno entre los históricos que esté más próximo a quedarse sin aristocracia. A esto contribuyen, por un lado, el negocio, haciéndoles a todos plebeyos, y por otro el gobierno, haciéndolos a todos nobles.

La felicidad de los dos esposos no tuvo en los primeros meses otras contrariedades que la sombra que proyectaban a veces sobre ellos los parientes de María. Pasado algún tiempo, León empezó a creer que se prolongaba más de lo regular la ternura apasionada, inquieta y quisquillosa de su mujer. Esto no hubiera sido alarmante si con ello no coincidiera una resistencia acerada a plegarse a ciertas ideas y sentimientos de su marido. Grandísima tristeza tuvo León cuando vio que, sin dejar de amarle arrebatadamente, María no iba en camino de someterse a sus enseñanzas, que no eran ciertamente del orden religioso, pues en esto el discreto marido respetaba la conciencia de su mujer. ¡Estupendo chasco! No era un carácter embrionario, era un carácter formado y duro; no era barro flexible, pronto a tomar la forma que quieran darle las hábiles manos, sino bronce ya fundido y frío, que lastimaba los dedos, sin ceder jamás a su presión.

Una noche, al año de casados, estaban solos en su gabinete. Habían hablado larga y cariñosamente de la conformidad de pensamientos como base inquebrantable de los matrimonios pacíficos. Agotada la conversación, el uno había tomado un libro para hojearlo junto a la chimenea, y la otra rezaba. De repente María Egipcíaca dejó el reclinatorio, y acercándose a su marido, le puso la mano en el hombro.

-Tengo una idea -le dijo clavando en él su misteriosa mirada verde, que tenía entonces, con los reflejos de esmeralda y oro, dulzura extraordinaria, sin duda porque sus ojos volvían de ver a Dios-; tengo una idea que me enorgullece, León.

León aguardó un rato, por no dejar interrumpido el párrafo, y después oyó a su mujer.

-Voy a manifestarte mi idea -añadió ella-. Yo, mujer débil, inferior a ti en muchas cosas y principalmente en saber y experiencia, lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad.

León le tomó su mano y se la besó tres veces diciéndole:

-Yo no soy superior a nadie, y menos a ti.

-Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa... Tú, con tu juicio que crees tan fuerte, aspiras a cambiar mi carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios, aspiro a conquistar el juicio tuyo, haciéndote a mi imagen y semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande!

-¿Cómo lograrás eso? -dijo León riendo y rodeando con el brazo su cintura.

-No sé si intentarlo poco a poco... ¡o así!

Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de su esposo y lo arrojó a la chimenea, que ardía con viva llama.

-¡María! -gritó León aturdido y desconcertado, alargando la mano para salvar al pobre hereje.

Ella le estrechó en sus brazos, impidiéndole todo movimiento; le besó en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso a rezar de nuevo.

¿Qué decía el libro?, ¿qué decía el rezo?


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo IX - La marquesa de Tellería[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo IX
La marquesa de Tellería
 de Benito Pérez Galdós

Los marqueses de Tellería vivían en el principal de su casa. León Roch, atento a que entre la vivienda de sus suegros y la suya hubiese la mayor extensión posible de superficie terráquea, había alquilado una hermosa casa en lo más apartado de la zona del Este. Allí le encontraremos dos años después de su boda.

-Buenos días, León... ¿Estás solo? ¿Y Mariquilla?... ¡Ah!, estará en misa: yo pensaba ir también; pero ya es tarde... Alcanzaré la de once de San Prudencio... ¿Qué tienes?... estás pálido. ¿Habéis reñido?... Pero me sentaré... Dime ¿cuánto te han costado esas estatuas? Son hermosísimas. Tienes una linda colección de bronces... Pero dime, ¿todavía vas a meter más libros en este despacho? Esto es la biblioteca de Alejandría. ¡Oh!, ¡no es como tú toda la juventud de estos tiempos!... ¡Qué chicos los de hoy! Yo no sé qué será del mundo cuando llegue a la edad madura esa multitud de jóvenes viciosos, ociosos y enfermos que hoy son el adorno principal de esta sociedad... Pues todavía hay un mal mucho peor. Pase que los muchachos sean casquivanos y sin sustancia... pero los viejos son más viciosos, más frívolos, más disipadores, más holgazanes que los chicos... He llegado al asunto delicadísimo de que quiero hablarte, querido hijo. Siéntate y atiéndeme un poco.

La marquesa azotó con su hermosa mano el brazo de la butaca más próxima, y sentado en ella León, dispúsose a oír a su madre política. Era esta una dama de gentil porte, bruscamente desmejorada después de un larguísima juventud, por repentinas dolencias que se habían presentado cual acreedores, tanto más implacables cuanto más rezagados. Y sin embargo, aún la hermosura de la dama prevalecía resplandeciendo débilmente en su cara, y descendía hacia el horizonte entre las caliginosas brumas de un blanquete no siempre aplicado con comedimiento y habilidad. Aquella puesta de sol no era de las más espléndidas. Su cuerpo airoso, y antaño lleno de majestad, se inclinaba ya como presintiendo su bajada a las frías honduras del sepulcro, si bien el férreo costillaje del corsé mantenía en aparente estado de firmeza y redondez aquella desplomada arquitectura. Sus ojos, negros y hermosos, eran lo menos muerto de aquel conjunto moribundo, y a veces se abrillantaban con gracia y embeleso semejando a un sesgo de inspiración en medio de la oda académica llena de imágenes arcaicas y manoseadas. Su cabello, que del negro andaluz había pasado al rubio veneciano en otros días, pasaba ahora del rubio veneciano a un plateado indeciso y pulverulento.

Su tez áspera ya y sin lisura desaparecía bajo una especie de vello artificial en que se confundían sutiles alquimias olorosas, dispuestas para engañar al espectador, bien así como en los teatros el pintado lienzo imita la verdura de los bosques y aun la diafanidad y pureza del cielo. Pero aquel efecto, conseguido hasta cierto punto en las acecinadas mejillas de la señora en decadencia, se perdía a veces, porque la comprada blancura del rostro hacía que amarilleasen un poco los dientes, todavía enteros, hermosos, iguales. Su sonrisa, llena de gracia y desdén, los mostraba a cada rato, por un hábito antiguo que bien pronto habría de modificarse, si aquel lindo teclado doble comenzaba a desorganizarse como un ejército que cree haber peleado bastante.

Vestía gallardamente y con elegancia. Su habla era abundante, con pretensiones, no siempre inútiles, de añadir tal cual frase ingeniosa al aluvión de palabras insustanciales que forma el fondo de la conversación corriente entre personas sin médula.

-Ya escucho, señora -dijo León.

-No me gustan rodeos -añadió la marquesa-. Además María te habrá hablado de esto. Tu padre político es un perdido.

-Creo que es un poco exagerado lo que usted dice. El marqués gusta de divertirse... Es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer.

-No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefinible... ¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo, me repugna ver al marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa; aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo empezó a frecuentar el Círculo de los muchachos; tropezó con algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo de vestir, trasnochó, jugó... ¿Pero tú no notas que hasta parece rejuvenecido? ¿No te has reído alguna vez, confiesalo con franqueza, al ver su empeño de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos que mariposean por Madrid... De veras es para reír... Siempre está de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre, porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí, en la confianza de la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fue ordenado, pero tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel, pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible... ¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay!, ¡cuánto envidio a la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida. Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy poco apegado a sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos a pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué orgullo tan grande para una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María!, aquel tan profundamente apegado a su carrera eclesiástica, que será, según me dicen los padres, una lumbrera de la religión, un santo, un verdadero santo; ésta, casada contigo, feliz contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en completa armonía. ¡Qué lástima que no tengáis hijos!

Al llegar aquí la marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dio libertad a algunas lágrimas que no llegaron a rodar por sus mejillas: tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre. Según dijo, ella había padecido mucho por el carácter ligero del marqués y la condición díscola o superficial de Gustavo y Leopoldo; había consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heroicos para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los chicoleos juveniles del marqués y los extravíos de sus hijos llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse a una vejez de estrechura y miseria, ni a vivir de la limosna de su hija, casada con un hombre rico; sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... Y si ella lo dijese todo, si ella revelase lo más negro...

-Sí, lo revelaré... a ti se te puede decir todo -añadió mirando a su yerno con cierto arrobo-. Eres mi hijo, eres el esposo de mi hija. No sólo tienes el deber, sino el derecho de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de ella... esa que llaman la Paca o la Paquira...; no vale nada, pero es graciosa y elegante. Le comió al duque de Florunda lo poco que le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está con un pie en el sepulcro... Esto, más que ira, da compasión, ¿no es verdad?

León meditaba.

-¿En qué piensas, hijo?

-En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia.

-Eso quiere decir que sufra y aguante... Pero si mi vida ha sido un martirio... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan el buen nombre de nuestra casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh! Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me prestaste y que yo debía devolverte este mes, como convinimos.

-No importa -dijo León, deseando cortar delicadamente aquel asunto-. No se ocupe usted de eso.

-Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me hacen falta otros tres mil.

-Tampoco importa; los tendrá usted.

-¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!... Será la última vez, porque estoy decidida a montar la casa con un régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales de Arriba.

-No es preciso garantía... Repito...

-¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!... ¡te quiero tanto!... ¿Cómo te pagaré?... -dijo la marquesa, visiblemente trastornada por una emoción verdadera-. No creas, también tú tienes que agradecerme. Me ocupo de ti, de tu bien, y algunas veces me apresuro a quitar de en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra a tu felicidad. Anoche reñí con tu mujer.

-¿Con María?

-Con María, sí; también ella tiene sus defectos, aunque de aquellos que, según dicen, no son otra cosa que exageración de las virtudes. Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar algunos disgustillos.

León dio un suspiro.

-Algunos -dijo- pero no graves.

-Vamos, no vengas a quitar importancia a vuestras desazones -dijo la marquesa, contrariada de que León suavizase lo que a ella le convenía endurecer-. La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está sobre todo; pero la atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que los pensamientos de mi hija son indóciles e indomesticables como las fieras del desierto.

León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta afirmativa más triste aún.

-Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos han enseñado una fe y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore y se desespere porque no vas todos los días a la iglesia como ella, ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en boberías... vamos, esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?... me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un yunque, y al fin...

-¿Y al fin?...

-La convencí, sí; la convencí de que no se puede exigir a los hombres ciertas prácticas que si en nosotras están bien, en ellos serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una cosa: María empleando su tiempo en devociones y tú gastándolo en tus estudios podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen sus ideas y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se desavenga por esto me parece el colmo de la tontería... ¿Pero no sabes su pretensión? Aspira nada menos que a convertirte, a hacerte aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la risa cuando le oí esto. ¿Sabes qué dice? Que su mayor gozo sería quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima!, ¡unas encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría a mí de que mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal que me amase mucho y no amase a ninguna más que a mí... ¡Celos de los libros!, jamás. Eso es de mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza le hablé; le dije que tú eras el hombre mejor de la Tierra... Ella convenía en esto, pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un fantasma, que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como se hablaba antes de las brujas, a pesar de no existir tales brujas. Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor que podía hacer, para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija debe imitarme?

León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y mirando a la marquesa, le dijo:

-Hoy mandaré a usted los sesenta mil reales.

-¡Ah!, ¿te ocupabas de eso? -repuso la marquesa, cuyo semblante parecía que con la irradiación del gozo, se ponía fosforescente-. Bueno, mándalo; te daré el recibo... ¡Pero cómo me estoy aquí charla que charla! Con tu buena compañía me olvido de que tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy a perder la misa!...

Levantose apresuradamente y dio la mano a su yerno.

-El padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro a San Prudencio. ¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto a casa, que estás muy solo. Abur, abur.


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Capítulo X - El marqués[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte

Capítulo X
El marqués
 de Benito Pérez Galdós

Era de cuerpo pequeño, rostro fino y afeminado, al cual daba por cálculo, trocado al fin en costumbre, una gravedad pegadiza, semejante a un cosmético que empleara diariamente metiendo el dedo en los botes de su tocador de viejo florido. Ojos, nariz y boca eran en él, como los de su hija, de una corrección admirable; mas lo que en ella cautivaba, en él hacía reír, y lo serio se mudaba en cómico, porque nada es tan horriblemente bufón como la fisonomía de una mujer hermosa colgada como de espetera en las facciones de un viejo mezquino.

Su vestir correctísimo y elegante, sus ademanes desembarazados, su cortesía refinada y desabrida, que encubría una falta absoluta de benevolencia, de caridad, de ingenio, adornaban su persona, brillando como la encuadernación lujosa de un libro sin ideas. No era un hombre perverso, no era capaz de maldad declarada, ni de bien; era un compuesto insípido de debilidad y disipación, corrompido más por contacto que por malicia propia; uno de tantos; un individuo que difícilmente podría diferenciarse de otro de su misma jerarquía, porque la falta de caracteres, salvas notabilísimas excepciones, ha hecho de ciertas clases altas, como de las bajas, una colectividad que no podrá calificarse bien hasta que los progresos del neologismo no permitan decir las masas aristocráticas.

Y aquel ser vacío y sin luz tenía palabras abundantes, no exentas de expresión, y manejaba a maravilla todos los lugares comunes de la prensa y de la tribuna, sin añadirles nada, pero tampoco sin quitarles nada. Era, pues, un propagandista diligente de ese tesoro de frases hechas que para muchas personas es compendio y cifra de la sabiduría. Era de los que constantemente desean que haya mucha administración y poca política; estaba convencido de que este país es ingobernable; deseaba que se conservasen las venerandas creencias de nuestros antepasados, para que volviéramos a ser asombro de propios y extraños; creía firmemente que aquí no puede haber nada bueno; que este es un país perdido, a pesar de la fertilidad del suelo; y al mismo tiempo sostenía con rutinaria devoción los dogmas inquebrantables de la hidalguía castellana, de la religiosidad nunca desmentida del pueblo español, de la tendencia materialista del siglo, etc. Tenía además grandísimo horror a las utopías, y para él todo lo que no entendía era una utopía. A la pandereta de su verbosidad no le faltaba, como se ve, ninguna sonaja.

-¡Siempre aquí, siempre en este bendito despacho, que parece la celda de un prior por sus buenas luces y su tamaño, y habitación de un príncipe por las obras de arte que contiene!... siempre aquí, querido León. No se te ve en ninguna parte. ¿Y María? Anoche estuvo en casa; no faltaron las lágrimas de siempre. Va a que su mamá la consuele, y Milagros y ella cuchichean... Yo creo que entre las dos te ponen como ropa de Pascuas. Allí no se piensa más que en los abonos de los teatros y en los Triduos de San Prudencio. Después de misa se reúnen todas a hablar de modas... ¿Estás enfermo? Te encuentro pálido; ¿qué tienes?

-¿Yo?... -dijo León, mirando a su suegro como quien despierta de un sueño y se encuentra delante de un desconocido-. ¿Decía usted?...

-Que si estás malo. Tienes muy mala cara. Anoche se habló de ti en casa de Fúcar... Por cierto que nunca he visto al marqués de tan mal humor. Desde que Pepa se casó con Cimarra, el pobre D. Pedro no hace más que tragar hiel... ¡Pobre Pepa! Se cuentan de Federico horribles bribonadas... ¡Y qué niña tan bonita tiene Pepa! ¿La has visto? ¿No vas por allá?... Tienes buenos cigarros, a fe mía...

El humo de los dos habanos se juntaba subiendo al techo. Por un instante reinó profundo silencio en la hermosa pieza. Oíase tan sólo el efervescente rumor del chorro de la manga de riego con que el jardinero refrescaba los macizos del jardín. En habitaciones lejanas cantaban algunos pájaros aprisionados, cuyo charlar parecía una disputa de todas las notas musicales, discutiendo sobre el mejor modo de formar una sinfonía en un cerebro wagneriano. En el despacho, un gran atlas geológico, abierto sobre ancho atril casi tan grande como un facistol, mostraba, en franjas de colores, las edades del mundo. En la mesa veíanse flores abiertas en canal, mostrando sus ovarios misteriosos; insectos rotos en estado de autopsia; ejemplares conquiliológicos aserrados por la mitad, revelando el secreto de sus graciosas bóvedas, esmaltadas de rosa y nácar; láminas representando huevos en distintos grados de incubación; modelo del ojo humano en cartón y del tamaño de un coco; y en medio de tales baratijas resplandecía el lente de un microscopio, reflejando un rayo de sol y enviándolo cual mirada curiosa sobre la cabeza del marqués, que, por lo desnuda de cabello, convidaba al estudio de la craneoscopia.

-¿Te dedicas también a la Historia Natural? -dijo este con expresión de tolerancia-. Esa parece ser la ciencia del día, la ciencia del materialismo. ¡Bonito servicio estás haciendo al género humano, arrancándole sus venerandas creencias, para darle un cambio... ¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los monos del Retiro!

Riose con pueril carcajada de su propia ocurrencia y después echó una ojeada sobre los estantes de libros.

-¿Sabes -dijo súbitamente- que soy ponente de la Comisión que ha de dar informe sobre la Ley de vagos?

-Darán ustedes un informe brillante.

-¡Oh!, es cuestión delicada -añadió el marqués, echándose atrás en la remadera, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies en el aire-; es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al presidente del Consejo: «Mientras no tengamos una buena Ley de vagos no hay que pensar en una buena política». Hay que ir al fondo de la cosa, a las causas fundamentales, ¿no te parece? De la multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto, proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te respondo del orden social.

-Muy bien pensado -dijo León-. Barrer, barrer es lo que importa.

-Ahí lo malo es que no puedo dedicar a la Comisión todo el tiempo que deseara. Estoy muy ocupado. Y a propósito, querido León, tengo que hablarte de un negocio.

Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba expertamente. No podían faltar a aquel hombre enteco emociones íntimas y donosura cortesana para velarlas.

-Ya sabes que soy consejero de administración del Banco de Agricultores. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de levantar el crédito territorial del abismo en que yace.

Esta y otras frases del suelto financiero andaban por la boca del marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después de varias cosas jamás oídas, a saber: que España es esencialmente agrícola; que la riqueza agrícola no puede desarrollarse por falta de capitales; que los capitales existen... ¿pues no han de existir?... pero que es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente para que fertilicen... para que beneficien... para que fecunden... El marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y no del repertorio, se le atascó. El Banco de Agricultores estaba íntimamente ligado a la gran compañía inglesa Spanish Phosphate Limited, destinada a hacer una trasformación en nuestro país... Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos polos del eje sobre que ha de virar la regeneración agrícola del país. (Esta también era frase de prospecto.) El marqués concluyó la arenga diciendo, con aparente indiferencia:

-¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras acciones?

-Necesito mi capital para vivir -dijo León con fingida inocencia.

-¡Hombre...!

León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el marqués perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que eclipsándose o apareciendo en su cara, expresaba los distintos afectos de su alma. Después de una pausa, durante la cual empeñose en dar a las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico de las astas de un toro, se levantó y se puso a observar los objetos de Historia Natural.

-Bien; no hay más que hablar de este asunto -murmuró.

Siguió observando, revolviendo, tocando todo, cogiendo algunos objetos para acercarlos a sus ojos, y adaptando después uno de estos al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí misma que caracteriza a la ignorancia:

-Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias... que te aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?... ¡Ya!, como no la ven, sostienen que no existe.

Y antes que su yerno le diese contestación, fuese a él, parósele delante, le miró un buen rato, y, moviendo la cabeza, le dijo:

-Estoy pensando que a mi pobre hija no le falta razón para quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero vamos a cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas; mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén por las venerandas creencias del pueblo español la ofenden, la lastiman, la afligen sobre manera. Querido -añadió poniéndole la mano en la frente con apariencias de cariño-, recuerda que el pueblo español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en Alemania, país de las locas utopías?

León dijo algo.

-No, no, no, basta que la dejes en libertad -replicole Tellería con viveza-. Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que espanta. Yo te soy franco, mas querría perder mi posición y mi nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has ganado. Comprendo las angustias de María; ella es religiosa; parece que, nacidos de un mismo vientre ella y su hermano, nacieron para ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el que menos, todos tenemos nuestra levadurilla de herejía... es decir, yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la medula; a mí no me vengan con filosofías... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes, cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto, guardamos las apariencias... consideramos que vivimos en un pueblo eminentemente religioso... recordamos que las clases populares necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. Aquí no estamos en Alemania. ¡Oh!, te juro que aborrezco las utopías. El pueblo español tendrá muchos defectos; pero jamás ultrajará lo que ha sido causa de su gloria y del respeto que infundió a propios y extraños. Por encima de nuestras miserias descollará siempre la hidalguía castellana, para...

El noble señor no pudo concluir su frase porque León le interrumpió, hablándole con viveza y energía. Oyose durante largo rato la voz de uno y otro, y allá en la pieza lejana, donde cantaban los pájaros, María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar oído al rumor parlamentario que del despacho venía.

-Estos malditos pájaros no dejan oír una palabra -dijo el mancebo-. ¿Oyes, María? Papá y tu señor disputan... ¡Qué ganas de perder el tiempo!

María puso atención, después de decir a los pájaros con acento de enojo: -Callad, tontos.

Poco después, un brusco movimiento de la cortina dio paso a los bigotes corniformes del marqués, a su cara, en la cual la gravedad se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner la Naturaleza un símbolo vivo del eterno y capital dualismo del arte.

-Ya lo sabes -dijo agridulcemente, entre serio y festivo-. Yo soy un hipócrita, un vividor... Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas palabras... Un vividor, un hipócrita... sí, eso ha querido decir.

Y dio un beso a su hija.

-Positivamente -añadió- la cabeza de León está un tanto perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos malditos pájaros no dejan hablar.

-Callad, tontos.

¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres! Entre los conceptos de la conversación acalorada o apacible, arrojan sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría.

Mucho se habló después; pero los pájaros no lo dejaban oír. El lector tendrá paciencia para esperar a que callen los pájaros.


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Capítulo XI - Leopoldo[editar]

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Primera Parte

Capítulo XI
Leopoldo
 de Benito Pérez Galdós

Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fue bruscamente interrumpido; alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo que delante de él estaba sobre la chimenea, vio una figura enjuta y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta viveza morbosa como la de los delirantes, un cuello delgado y violáceo cuya piel llena de costurones parecía recientemente remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa, pero que por su agudeza iba tornando aspecto de pico y daba al rostro cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara, en delgada faja, semejando el pañuelo que se pone a algunos muertos para que no se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa, en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante a un surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así es permitido decirlo, la descomposición o la transfiguración de una cara hermosa, o mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y también vio unas manos metidas en bolsillos, y unos pies de mujer cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de pantalones, cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin formas, sin donaires, como armadura hecha para la ropa; un traje de mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de consumar el asesinato. Y cuando esto vio, León dijo, bondadosamente:

-¡Ah!, Polito, siéntate... ¿qué traes por aquí?

El joven se dejó caer en una butaca y estiró las piernas con muestras de cansancio. Habló. Su voz, que se esperaba fuese aguda y adamada, era ronca y carraspeante, una al modo de tos o gargarismo hablado, como esas voces que en la más baja escala social se forman en el pregón público y se endurecen con el frío de la mañana y el aguardiente de la noche. Después de hablar un momento, calló para echarse en la boca un objeto medicinal.

-No puedo abandonar la brea ni un instante... -dijo gruñendo-. Desde que la abandono, me ahogo... ¿Qué te haces, León? Siempre leyendo. Envidio tu vida tranquila... No, gracias, hoy no puedo fumar. Me lo ha prohibido el médico... es preciso ver si combato los ataques epilépticos... Ahora me encuentro bien. ¿Sabes que voy a Sevilla? Los muchachos se han animado, y no puedo quedarme aquí. Vamos cuatro amigos: Manolo Grandezas, el conde-duque, Higadillos y yo. Higadillos tiene que torear los tres días de feria... ¿Por qué no te animas? A María le gustará mucho ver la feria.

-Si ella quiere ir, estoy dispuesto a llevarla.

-Ella no quiere ir, ese es el caso -añadió el de la ronca voz-. Y a propósito, mio caro Leone, por ahí dice la gente que sois muy desgraciados, que no congeniáis ni poco ni mucho, que tu descreimiento es un martirio para mi pobre hermana. Yo me río, León; me río de estas cosas... «Pero si es el hombre mejor del mundo, si es un caballero como hay pocos», les digo yo... Aquí de mis elogios. ¡Cascarones!, ya sabes que yo no digo sino lo que pienso... Anoche dijeron las de Rosafría que no comprendían, ¡mira tú qué sandez!... que no comprendían cómo mi hermana se casó contigo. «Pero, señores, sean ustedes razonables, consideren ustedes...». Nada, nada... que eres de los de cáscara amarga, pero muy amarga. A una señora que tú conoces, y yo y todos... no te digo quién es... le oí decir estas mismas palabras: «Antes quisiera ver muerta a mi hija que casada con un hombre así...». No faltó quien te defendiera, aun en el bello sexo... «¡Ah!, es hombre de grandísimo mérito...». La señora decía que no con su boca, con su mano, con su abanico... «Hay cosas que no pueden ser -decía-, que no pueden ser...». Por último, querido León, yo no me atrevía a defenderte... Lo que te aconsejo ¡cascarones!, es que no vayas a casa de ciertas personas; te expondrías quizás a recibir un gran desaire por todo lo alto, o a que te planten un par de palitos cuarteando. La de Borellano te llama la bestia negra... Sin embargo, dice que eres simpático. Pepe Fontán dijo una cosa muy chusca a propósito de la inquina que te tiene la de Borellano. «Nada, todo eso es despecho, porque de todos los hombres que conoce, León es el único que no le hace el amor». Ya sabes que ha tenido un amante por año... Por eso dice Cimarra que no puede ocultar su edad... ¡Pobre Federico! Cuentan que ha reñido con su mujer y su suegro... Parece que falsificó unas letras... Nada, que me le mandan a La Habana... Pero ¿qué hora es? ¡Las once! ¿Y tu mujer no viene de misa? Te concedo que son demasiadas misas. ¡Ah!, ya sé: ella y mamá estarán de tertulia con el padre Paoletti, un italiano berrendo en negro, retinto... ¡Casca!... Si yo fuera casado... pero no; yo no seré cornúpeto, passez moi le mot... ¡Oh!, si lo fuera, mi mujer haría mi gusto y nada más. María es buena; pero cuando se le pone una cosa en la cabeza... No creas, yo también le he dicho mis verdades por su impertinencia... Compañero, es horrible eso de tener una mujer que constantemente nos está contando el estribillo: «hombre, confiesa; hombre, comulga; hombre, ve a misa...». ¡Cascarones! Es para darse un tiro... Puesto que le das libertad, ella debiera ser prudente. Por tu parte, haces mal en tomar tan a pecho lo que vale tan poco... Mira tú, yo dejaría a mi mujer que oyese cuatrocientas veintisiete misas al día, y que tomara varas con todos los confesores. Poniéndole tasa en eso de gastarse mi dinero en Manifiestos, le llevaría el genio. ¡Bah!, siempre que ella me hablara de cosas santas, yo le diría: «Sí, hija mía; todo lo que quieras. Esto, y lo otro, y lo de más allá». En fin, que no reñiríamos nunca por un dogma más o menos; y al mismo tiempo, querido León, yo me divertiría todo lo posible. Comparito, eso de irse al Infierno sin pasar antes buena vida, es lo más tonto del mundo. Aburrirse aquí entre libros, y luego condenarse allá... porque tú te condenarás, y yo también, León... allá iremos todos.

Y soltó una risa tan estrepitosa como su aliento asmático se lo permitía. Después se levantó, y poniendo ambas manos sobre la mesa cual si su cuerpo no pudiese mantenerse derecho sin ayuda de puntales, habló así:

-¿Sabes, querido, que me vas a prestar otros cuatro mil reales?

León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero nos consta que de todos los individuos de su familia política, aquel era, por lo inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto tal vez la causa de que a veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta con gusto, por no contrariar a un ser excesivamente miserable y desvalido. O quizás León plagiaba el sistema benéfico del vicario de Wakefield, quien siempre que quería sacudirse a algún pariente importuno le prestaba dinero, ropa, o un caballo de poco valor, «y jamás, dice, se dio el caso de que volviera a mi casa para devolvérmelo».

-Gracias, querido beau frère -dijo el mancebo, no ocultando la alegría que en la raza humana acompaña siempre a la adquisición de dinero-. Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de una vez; te advierto que no podré dártelo junto... a plazos sí... ¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca...! ¡Vaya con los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron a dar mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado, el Papa debía darnos a nosotros... ¡Eh! ¡So tunanta!... ¡Lady Bull!... ¡Eh, venga usted aquí!

Estas palabras iban dirigidas a una alimaña rastrera y oscura que había entrado en el despacho con el joven, pero que hasta entonces se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era una perrita de la horrible raza King Charles, que tenía el color de ratón, la redondez del puerco espín, un hocico de mono entre abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces mudo, empezó a sonar, indicando grandes travesuras, y Polito la descubrió entre unos libros arrinconados en el suelo.

-¡Venga usted aquí, aquí pronto!

La tomó en brazos. Entonces se sintió ruido de coches y el acompasado pisoteo de uno de estos caballos españoles que parecen corceles de estatua ecuestre, trotando eternamente sin salir de su pedestal.

-¡Ah! Ya están aquí -dijo Leopoldo acercándose a la ventana-. Higadillos a caballo y el conde-duque en su break... Les dije que pasaran por aquí a recogerme. Vamos a ver el apartado... Allá voy, allá voy.

Desde su asiento vio León el coche detenido junto a la reja y el torero a caballo, un grosero mocetón de piernas ceñidas y cintura fajada, de cuerpo culebreante, no falto de belleza escultórica, rematado por zafia cabeza española de color de tabaco y el sombrero ancho. El caballo piafaba, y el conde-duque contenía los de su break, fogosos animales mestizos de sangre bearnesa y andaluza.

Poco tardó Polito en subir al coche con Lady Bull, y la alegre comparsa se puso en marcha calle abajo, presidida por Higadillos y alegrada por los cascabeles del tiro a la calesera. León miró con curiosidad aquel fragmento pequeño pero expresivo de la iconografía contemporánea de España.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo XII - Gustavo[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XII
Gustavo
 de Benito Pérez Galdós

Le miró, y una sonrisa afable, señal inequívoca de complacencia por la visita, iluminó su semblante triste. Después las miradas de uno y otro (pues se hallaban próximos a la ventana) se recrearon en la frescura aromática del jardín, sobre cuyo verdor pasaba el chorro de la manga de riego como un plumero de agua que limpia el polvo, ahuyentando los pájaros, deteniendo a las mariposillas, ahogando a los insectos, acariciando a las plantas. Hábilmente dirigida por el jardinero, penetraba en la espesura de los setos de evónimus, se desmenuzaba, para formar polvaredas líquidas, en las cuales jugaba fugaz arco-iris. El jardín era nuevo, de esos que se traen de casa del horticultor como los muebles de casa del tapicero, formando un todo completo, y se plantan con método, con su selva en miniatura, sus praderas, sus vergeles, sus peñascos bordados por la yedra, sus canastillos llenos de minutisa y de convolvuláceas. Cada conífera estaba en su sitio, y había esos corrillos simétricos en los cuales algunas filas de petunias aparentan estar de rodillas adorando la majestad de una araucaria imbricata, o la altiva insolencia de un drago que todo es púas. Diríase que todo acababa de ser desembalado, cual si más bien fuese hechura de la industria que de la Naturaleza; pero era bonito, fresco, alegre, y no se podía concebir cosa más apropiada para separar la calle, que es de todos, de la casa, que es de uno solo.

Después de que contemplaron un rato el jardín, se sentaron a tomar café.

-Antes de que se me olvide -dijo Gustavo-, quiero reprenderte una virtud que, por lo mal practicada, es dañosa: me refiero a tus liberalidades, que, indudablemente, perjudican a ti que las haces y a mi hermano que las disfruta. Sé que otra vez has dado dinero a Polito, y esto me disgusta, porque mi hermano es un vicioso de la peor casta que existe... Aquí, en el seno de la confianza, puedo decir todo lo que siento y juzgar con rectitud a los individuos de mi familia. Si su conducta me produce vergüenza, prefiero que me abrase el rostro a que me queme la sangre.

El que así hablaba era un joven formal y un poco severo, parecido a sus hermanos y a su padre, pero menos hermoso que María y muy distante de la extenuación irrisoria de Leopoldo. Su rostro, quizás demasiado duro, indicaba un carácter entero y completo, rara cosa en tal familia, convicciones arraigadas y una digna estimación de sí mismo. Era grave en el discurso, cortés en el trato, huyendo, al parecer, tanto de la arrogancia como de la llaneza, y manteniéndose en un medio de frialdad cultísima que algunos tenían por estudiada. Honrado y puntualísimo caballero en las relaciones comunes de la vida, poseía, de añadidura, instrucción no escasa y brillante talento. Ni alto ni bajo, ni grueso ni delgado, vestido de oscuro, la mirada serena detrás de sus lentes, exento de vicios, incluso el de fumar; parco en sus gastos, implacable con el desorden, Gustavo, hijo primogénito del marqués de Tellería, era según el común sentir, lo mejor de la casa, la honra de la clase en que naciera y una esperanza para la patria. Inútil es decir que era abogado. Su hermano Leopoldo lo era también, como casi todos los jóvenes españoles; pero si este no sabía ya qué forma tiene un libro, Gustavo estudiaba más cada día y aun defendía pleitos al amor del bufete de uno de los primeros jurisconsultos de Madrid. Había seguido la carrera genuinamente nacional y aventurera por excelencia, y saliendo de la Universidad sin ser nada, hallábase en camino de serlo todo. Debe añadirse que era elocuentísimo orador.

-A ti, querido León -añadió-, puedo confesarte que tengo horas de amarga tristeza por la conducta de alguna persona de mi familia, de todas ellas, mejor dicho, exceptuando a ese ángel que es tu mujer y al otro ángel, quizás más perfecto, que vive lejos de nosotros. ¿No es horrible ver a mi hermano corroído por el vicio, encenagado en la frivolidad corruptora que envilece a tantos individuos, no diré de nuestra clase, porque no es exclusiva de ella esta ignominia, sino de todas las clases? Empeñándose en hacer un papel superior a nuestros medios de fortuna, el ejemplo de otros le arrastra a una disipación absurda. Pero esos otros son ricos y mi hermano, no. Yo me indigno al ver a Leopoldo guiando coches y montando caballos que cuestan más de lo que él puede tener en un año... Además, su ignorancia me aflige y su holgazanería me desespera. ¡Oh!, tienes razón en lo que me has dicho alguna vez. Es muy exacta tu observación de que así como la plebe tiene su aristocracia, la nobleza tiene su populacho... Pero, en fin, no hablemos más de esto, que me entristece. Queda demostrado que no debes alentar el libertinaje de Polito.

León dijo algo, y Gustavo le contestó así:

-Sí, creo que mis padres tienen la culpa. Nuestra educación ha sido muy descuidada. Es tontería disimular que mi madre... gran trabajo me cuesta esta confesión... no ha sabido apartarse y apartarnos a tiempo del torbellino de la sociedad sedienta de goces; ha vivido más fuera de su casa que dentro. Hoy mismo... ¿por qué he de ocultarte lo que sabes tan bien como yo?, hoy mismo, cuando nuestra fortuna ha mermado tanto, y según creo, lo poco que resta será bien pronto de los acreedores, ¿no es monstruoso que mi madre sostenga su casa en un pie de lujo que no nos corresponde?... ¡Infame vanidad!... Créeme, León, paso horas muy angustiosas. Cuando veo los dispendiosos saraos de mi casa, lo que en vanas apariencias se gasta, allí donde escasean tantas cosas, tantas... que son necesarias; cuando veo la escandalosa variación de vestidos de mi madre, su asistencia casi diaria a los teatros, su afán de competir con quien tiene mucho más dinero que nosotros; cuando veo esto, León, siento impulsos de renunciar al porvenir que he soñado en mi patria, y correr a buscar un pedazo de pan en país extranjero.

León le interrumpió para hacer una observación, a lo que Gustavo contestó así:

-Yo de buena gana me iría, pero... qué quieres... no se puede abandonar el porvenir que ya está a medio conquistar; no se decide uno a abandonar el terreno ganado ya a fuerza de estudio. Además, por lo mismo que preveo grandes desastres en mi familia, creo que debo estar presente en el momento del naufragio... Conformémonos con esta vida odiosa y triste... Tú no conoces ciertas interioridades vergonzosas, León, tú no sabes lo que es vivir en una casa donde todo se debe, desde las alfombras hasta el pan de cada día; ni conoces los escalofríos producidos por la campanilla del terror, la campanilla de la casa, anunciando perpetuamente a los industriales afligidos o furibundos que van a reclamar su dinero; ni tienes idea de las farsas que se ven obligadas a representar cada día personas cuyo nombre solo parece debiera ser emblema de respeto y formalidad; ni conocerás nunca esa agonía profunda en que se ven personas decentísimas por carecer en un momento crítico de cantidades que no quitarían el sueño a un jornalero.

»Tú que tienes fortuna y modestia, la cual es una segunda fortuna que beneficia a la primera, no conoces las ansias de este vivir en plena comedia entre el humo de la vanidad y sobre las ascuas de la escasez. Tranquilo y dichoso, sin otra pasión que la del estudio, libre de los aguijonazos de la ambición que quitan el sueño, y de los tropiezos y reveses que amargan la vida, pareces el niño mimado de la Providencia; aquí, en esta casa, no sitiada por acreedores ni asaltada por las visitas, en la dulce compañía de tu mujer querida, que es un ángel... ¡Pobre María!».

Después de una pausa, durante la cual el sesudo joven parecía leer alguna cosa en la frente de su cuñado, dijo con amargura:

-¡Y sin embargo, León, no has sabido hacerla feliz!

Palabras vivas, una observación seca y tonante como un disparo, y por último, una afirmación categórica, provocaron la siguiente respuesta:

-Tu primer deber es evitar el escándalo y no dar al mundo el espectáculo de una unión descompuesta y perturbada por la disensión religiosa. Ya que tienes la desgracia de no creer, debiste ocultar a tu esposa esa llaga de la conciencia, debiste abstenerte de publicar ciertos escritos científicos. De todos modos es malo el ateísmo; pero cuando carece de pudor, cuando no se disimula a sí mismo, es más repugnante. Toda deformidad debe ser velada, y las de la conciencia más, para no ofender a la moral pública... No esperes que sea indulgente contigo en esta cuestión; ya sabes mi carácter, ya sabes que no puedo ocultar lo que siento. Yo te estimo, conozco tus buenas cualidades, tu bondad relativa, tu moralidad pasiva, pues no merecen otro nombre las perfecciones y méritos de los que viven fuera de la verdad revelada; confieso que eres mejor que algunos que se tienen por creyentes; que posees las virtudes frías y correctas de la filosofía pagana, y que cumples ciertos preceptos por la razón sencilla de que es cómodo ser bueno, y porque el cumplimiento de los deberes externos siempre trae ventajas al individuo; sé que obedeces a tu helada moral filosófica como obedece el buen contribuyente y ciudadano los reglamentos de policía y de higiene; te declaro de los mejores en esta baraúnda de hombres corrompidos; te tengo aprecio y aun cariño; te admiro por tu talento; pero a pesar de todo, óyelo bien: si yo... si yo, León (al decir esto se levantó, alzando el brazo en actitud harto apostólica), hubiera tenido en mi mano la mano de María, no te la habría dado jamás, ¿lo entiendes?, ¡no te la habría dado jamás!

León habló entonces con más calor y Gustavo le dijo:

-¡Oh! Yo detesto también la hipocresía. No admito más que dos caminos: o ser católico o no serlo. En nuestra fe sacratísima no caben distingos ni acomodos. Yo soy católico, y como tal procedo en toda mi vida; yo no tengo el dogma en mi boca y el ateísmo en mis actos; yo, despreciando los juicios de la frivolidad, oigo misa, confieso, comulgo, practico el ayuno. Me glorío de recibir los ultrajes de la canalla desvergonzada que aparenta dirigir la opinión, y a su cinismo opongo yo mi valor, y a su chismografía volteriana los principios santos y la autoridad de la Iglesia. Estas ideas, este rigor de mi vida llena de dignidad, yo los llevaré a la vida pública cuando entre en ella... porque entraré impulsado por una secreta vocación de soldado y de mártir, y por la mano de Dios, que no quiere quedar sin defensa en esta arena sangrienta de las pasiones humanas. Si ha habido hombres perversos que han desenjaulado a las fieras del descreimiento y del racionalismo, Dios arrojará sus domadores en medio de ellas. Al hombre que te manifiesta estas ideas con tanto tesón, no le pidas indulgencia para las disensiones de tu casa, ni le exijas que participe del criterio acomodaticio, según el cual, mi hermana y tú tendríais igual culpa de vuestra desgracia. No, mil veces no. Ella no tiene culpa ninguna, ¡tú la tienes toda, tú toda! La verdad no puede transigir con el error. En este caso, tú has de sucumbir y ella ha de permanecer siempre levantada y triunfante.

A esto, León le hubiera contestado algo, pero deseando poner a un lado aquel desagradable tema, llevó el curso de la conversación a otro que era de mucho gusto para el joven. Este abandonó el tono apocalíptico para hablar así:

-Es verdad, los votos de tus arrendatarios de Cullera me han salvado. Ya tengo por seguro el triunfo... Aquí en confianza, yo he deseado mucho ir a las Cortes... comprendo que es mi camino, mi carrera. Cuando se tienen principios fijos y el inquebrantable propósito de sostenerlos a todo trance, la vida pública es honrosa. El tiempo en que vivimos convida a la lucha, ¿no es verdad?... porque cuando los caracteres han desaparecido anegados en una riada de corrupción, ¿no es ventajoso y lúcido mostrar carácter y que se diga: «ese es un hombre»? Cuando la lógica humana y la verdad ultrajada piden que haya azotes, ¿no es hermoso y brillante tomar el látigo? La civilización cristiana es como un hermoso bosque. La religión lo ha formado en siglos; la filosofía aspira a destruirlo en días. Es preciso cortarle las manos a esa brutal leñadora. La civilización cristiana no puede perecer en manos de unos cuantos ideólogos auxiliados por una gavilla de perdidos que, por no tornarse el trabajo de tener conciencia, han suprimido a Dios.

Enarboló la mano flexible y pesada, blandiéndola como la palmeta de un maestro de escuela, y en pie dispuesto a partir, dijo:

-Amigo, casi hermano, te profeso sincero cariño; pero en tocando al punto negro, cuidado, mucho cuidado. Si la llaga de tu casa se agrava, ponte en guardia... Me verás al lado de la víctima, al lado de mi pobre hermana... Adiós.

Se fue. Viéndole salir, León sintió que un secreto pavor llenaba su alma, dejándole por algún tiempo imposibilitado de pensar nada fijo.


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Capítulo XIII - El último retrato[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XIII
El último retrato
 de Benito Pérez Galdós

El hombre a quien hemos visto en la soledad de su gabinete, turbada rara vez en el espacio de algunos meses por las escenas descritas, no consagraba todo su tiempo al estudio. Engranado en la máquina social por las afecciones, por el matrimonio, por la ciencia misma, no podía ser uno de esos sabios telarañosos que los poemas nos presentan pegados a los libros y a las retortas, y tan ignorantes del mundo real como de los misterios científicos. León Roch se presentaba en todas partes, vestía bien, y aun se confundía a los ojos de muchos con las medianías del vulgo bien vestido y correcto que constituye una de las porciones más grandes, aunque menos pintorescas, de la familia social. No se eximía de la insulsez metódica que informa la vida de los ricos en esta capital, y así se le veía con su mujer en el paseo de carruajes, cuyo encanto consiste en reunirse todos a hora fija y dar unas cuantas vueltas en orden de parada, coche tras coche, paso a paso, en perezosa y militar fila, de modo que las señoras reclinadas en el asiento posterior del landó, sienten en su cara el resuello de los caballos del coche que va detrás, y aún ha habido paquidermo que ha intentado comerse, creyéndolas vivas, las flores del sombrero de la dama que va en el carruaje delantero. También iba al teatro con su mujer, observando la deliciosa disciplina de los abonos a turno, que tiene la ventaja de administrar el aburrimiento o el regocijo a plazos marcados, sin contar para nada con el estado del espíritu. Daba de comer a pocas personas en un solo día de la semana, habiendo disputado y ganado a su mujer la elección de comensales, que eran de lo mejor entre lo poquito bueno que tenemos en discreción y formalidad. Para elegir no se acordó de categorías de escuela, y sólo obedeció a las simpatías personales. De modo que su yantar semanal (horrible frase) y sus noches, como pudiéramos decir, reunían hombres listos, católicos remachados, políticos de la más pura doctrina epicúrea, aristócratas de la edición incunable, otros de las flamantes, y hombres de escasa importancia social, pero que la aparentaban por su cualidad de crónicas vivas o por la seducción de su trato, en gran manera distinguido. También iban jóvenes de la pléyade universitaria, brillantes en el profesorado y en las ardientes disputas, cuyo estruendo se oye por todas partes. Reinaba en estas reuniones armonía completa, pues nada reconcilia tanto como el buen comer, la presencia de elegantes damas y la obligación de no olvidar un momento las leyes de la cortesía. Aunque algunos quizás se despreciaban cordialmente, había en la casa cierta atmósfera de estima general; y una conversación discreta, tolerante, instructiva, extraordinariamente amena, producto feliz de aquel conjunto de opiniones diversas, engañaba las horas. Se hablaba de artes, de letras, de costumbres, de política; se murmuraba también un poco; en algún pequeño grupo se hacía crónica personal algo escandalosa; y en otro se hablaba de las cuestiones más hondas, de religión, por ejemplo, que es un tema planteado en todas partes donde quiera que hay tres o cuatro hombres, y que tiene el D. de interesar más que otra cosa alguna. Este tema, constantemente tratado en las familias, en los corrillos de estudiantes, en las más altas cátedras, en los confesionarios, en los palacios, en las cabañas, entre amigos, entre enemigos, con la palabra casi siempre, con el cañón algunas veces, en todos los idiomas humanos, en los duelos de los partidos, con el lenguaje de la frivolidad, con el de la razón, a escondidas y a las claras, con tinta, con saliva, y también con sangre, es como un hondo murmullo que llena los aires de región a región y que jamás tiene pausa ni silencio. Basta tener un poco de oído para percibir este incesante y angustioso soliloquio del siglo.

Rasgos físicos de León Roch eran lo moreno del color, lo expresivo de la mirada, la negrura de la barba y el cabello; su rasgo moral era la rectitud y el propósito firme de no mentir jamás. La mayor parte de las personas hallaban encanto indefinible en su modo de mirar; pero de su rectitud no podía juzgarse tan fácilmente, porque la conciencia no se ve. El ponerle o no en el número de los buenos, dependía del criterio con que se le mirase. Para algunos era una persona excelente; para otros un mal sujeto. Si a la vista tenía un cuerpo airoso y seductora presencia, alguien dijo de él: «Por fuera es buen mozo, pero por dentro es un jorobado».

No tenía la gazmoñería racionalista (pues también hay gazmoñería racionalista), que consiste en escandalizarse con exceso de la credulidad de algunas personas y en ridiculizar su fervor; por el contrario, León miraba con respeto a algunos creyentes, y a otros casi con envidia. No tenía tampoco el afán de la conquista, ni quería convertir a nadie; y si el estudio le había dado grandes regocijos, también le producía horas de amargura y desaliento. No creía su estado perfecto, sino por el contrario, harto imperfecto; por lo cual no gustaba de embarcar gente en las islas frondosas de la fe para llevarlas a las solitarias estepas de la duda.

Diose primero a las ciencias naturales, hallando en su investigación los más puros goces. Después, la filosofía le produjo un mareo insoportable, y al fin volvió a los estudios experimentales, que era donde se encontraba con pie firme y en país conocido. La historia le divertía tan sólo; la fisiología le encantaba. También cultivó la astronomía, favorecido por su dominio de las matemáticas. Solía decir: «La historia nos hace enanos, la fisiología nos pone en nuestro tamaño natural, y la astronomía nos engrandece».

Había en su alma cierta aridez, ocasionada por el escaso empleo de la imaginación en su niñez y en sus estudios. Se había criado en una trastienda y allí corrió desabridamente su edad primera al lado de su madre, mujer tosca y sin delicadeza, que sentía poco y carecía de luces. Trabajaba mucho, pero no sabía leer; y tenía la vanidad de que su hijo era muy precoz, y la creencia de que llegaría a ser general, obispo o ministro. Después que murió su madre, pasó una temporada en Valencia, en la casa de un tío paterno, plebeyo enriquecido con la alfarería, y que decía: «Todo el saber es aire. Más útil es a la humanidad el hombre que hace un ladrillo que el que escribiera todos los libros que se conocen». Después vino para León una juventud sin calaveradas, sin aventuras, sin conatos de ser poeta dramático, sin proyectos de raptos y duelos, sin lágrimas, sin melancolías, sin vacilaciones en la elección de carrera, con pocos ensueños. Le metieron en un laberinto de matemáticas, diciéndole: «Sal, si puedes». Es verdad que salió; pero luego le arrojaron en un mar de guijarros, donde había que luchar con esos oleajes petrificados, testimonio palpable de las agitaciones plutónicas y neptunianas que han esculpido nuestro globo; le metieron de cabeza en las entrañas del planeta, abiertas por la inducción o representadas en los museos por las colecciones, y le dijeron: «Toda esta grava, que parece arrancada del arrecife de un camino, es un libro maravilloso: cada chinita es una letra. Es preciso que lo leas todo». Vio las aguas haciendo ruido aun antes de que hubiera orejas, y arco-iris antes de que hubiera ojos; vio la heráldica del mundo expresada en las figuras de bivalvos, de crustáceos y de ofidios que dejaron su forma impresa como el sello auténtico de las dinastías que desean hacer constar su reinado; vio plantas nacidas antes de que hubiera dientes y muelas que mascaron antes de que hubiera hombres, y al hombre mismo, huésped tardío de la creación, llegando cuando los bosques se habían resignado a ser almacenes de carbón, y cuando no había mares definitivos, y los ríos estaban nivelando hermosas llanadas, y cuando aún bufaban mil ingentes volcanes, arquitectos infatigables que daban el último golpe de cincel a la crestería de nuestras bellas montañas. Vio esto y otras muchas cosas que vienen detrás.

Más tarde, cuando terminada su carrera se vio rico, es decir, cuando comprendió que no sería esclavo de la ciencia, sino por el contrario dueño de ella, cultivó un poco la imaginación. Bien conocía que jamás sería artista, pero tomó en sus manos el fino estilete con que representan a una de las musas cuando las pintan en los techos; pero sus manos, que tan bien sopesaban la palanca de Arquímedes, eran toscas para instrumento tan delicado. «Está visto, decía, que siempre seré un bruto».

Había logrado escribir medianamente, con más claridad que elegancia; hablaba en público muy mal, atrozmente mal; pero en la conversación privada solía expresarse con elocuencia, siempre que el tema fuese alto. Había adquirido la costumbre de emplear mucho las figuras, por esa tendencia acertada que tiene hoy la ciencia a lisonjear en vez de espantar el sentido de la muchedumbre, y porque las formas parabólicas han sido siempre muy del gusto de los entendimientos superiores. Es el eterno homenaje tributado por la ciencia al arte, y al que este debe corresponder alumbrándose en su glorioso camino con la inextinguible luz de la verdad.

Aquel hombre tan preocupado de si esta piedra era más o menos siluriana que aquella, y de si otra cristalizaba en romboedros o en prismas, estaba desde su temprana juventud encariñado con un ideal para la vida, y era este una existencia sosegada, virtuosa, formada del amor y del estudio, las dos alas del espíritu, como en su jerga figurada decía. Desde que pasó la época de los afanes escolásticos, soñaba con buscar y encontrar aquel ideal en un matrimonio bien realizado, del cual nacería una familia. Esta familia soñada, la gran familia ideal, la suya, la placentera reunión de todos los suyos, ocupaba su pensamiento. ¡Cosa extraordinariamente bella y consoladora! Unirse con una mujer adorada, amante y sumisa, de clara inteligencia y corazón donde nunca se agotaran las bondades; ver después unos seres pequeñitos que irían saliendo y empezarían a hacer gracias, pedirían y a piando el pan de la educación; desarrollar en ellos con derechura el ser moral y el físico; vivir por ellos y atender a las necesidades de aquel grupo encantador, en cuyo centro la esposa y la madre parecería la imagen de la Providencia derramando sus dones, ora fecunda, ora maestra, ya cubriendo al desnudo, ya dando alimento al desfallecido, guiando el primer paso del vacilante, conteniendo el ardor del intrépido... ¡Oh!, para esto valía la pena de vivir; para lo que esto no fuera, no. Luego venían a su imaginación los encantos de la vida del rico ilustrado, que puede gustar los placeres del trabajo sin ser esclavo de él... una vida deliciosa, consagrada por mitad al estudio, por mitad a los cuidados de la familia, dividiéndola asimismo entre la ciudad y el campo, pues de este modo es más grata la Naturaleza y más grata la soledad; vida ni muy apartada ni muy pública, en un dulce retiro sin esquivez, lejos del bullicio, mas no inaccesible a los amigos discretos... Sí, era preciso realizar esto, y realizarlo pronto, antes de que se pasase la vida en un rodar incesante y vertiginoso; era preciso hallar pronto la que había de ser base de aquella felicidad soñada, pero realizable. La elección no era fácil; debía ser prudente, seria, estudiada; pero ¿acaso no estaba él en las mejores condiciones para hacerla bien?... Sí, la haría bien, porque era un sabio, tenía mucho talento, mucha serenidad, espíritu de crítica, grandes hábitos de análisis... Y sin embargo...


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo XIV - Marido y mujer[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XIV
Marido y mujer
 de Benito Pérez Galdós

-Y sin embargo... me equivoqué.

Esto decía para sí una noche en presencia de su mujer, solo con ella, en el silencio de la casa tranquila, abandonada ya por los tertulios, tibia aún por el calor de la reunión, en aquella hora en que el pensamiento cae en vagas meditaciones precursoras del sueño, después de representarse los hechos del día, que hace poco eran escenas y figuras reales y que pronto serían pesadillas.

Frente a él, dispuesta ya a acostarse, estaba la incomparable figura de la Minerva ateniense, cuyos ojos verdes, por aberración artística inconcebible, se fijaban en uno de esos vulgares libros de rezo, llenos de lugares comunes, oraciones enrevesadas y gongorinas, sutilezas hueras, páginas donde no hay piedad, ni estilo, ni espiritualismo, ni sencillez evangélica, sino un repique general de palabras. ¿Pero qué importa? Dejando que su mente se perdiera con somnolencia en semejante fárrago, María estaba soberanamente hermosa.

León había dejado caer de sus manos el periódico de la noche, otro repique general de timbres rotos, de cascabeles chillones y de ásperos cencerros, y contemplaba a su mujer, cavilando sobre la espantosa burla que había hecho él de su destino. Él, que había pasado su juventud conteniendo la imaginación, le había soltado un día las riendas sin conocerlo, y engañado, seducido por ella, se había dejado arrastrar por una ilusión impropia de hombre tan serio. ¿Cómo pudo dejar de prever que entre su esposa y él no existiría jamás comunidad de ideas, ni ese dulce parentesco del espíritu que descubren hasta los tontos? ¿Cómo se dejó llevar de la fascinación ejercida por una hermosura sorprendente? ¿Cómo no vio la pared de hielo, enorme, dura, altísima, que se levantaría eternamente entre los dos? ¿Cómo no penetró aquel entendimiento rebelde, aquel criterio inflexible, aquella estrechez de juicio, aquella falta de sentimiento expansivo, generoso, mal compensada por una exaltación áspera o mimosa? ¿Cómo no adivinó aquella sequedad y desabrimiento de su hogar, vacío de tantas cosas dulces y cariñosas, y en particular de la más cariñosa y dulce de todas, la confianza?

En un momento de profunda tristeza y desaliento, llevó su mano del corazón a la frente y asentó sobre esta la palma crispada, como echando una maldición a su sabiduría. María no advirtió aquel movimiento y siguió con los ojos fijos en el libro.

-Me enamoré como un estúpido -pensó él, volviendo a mirarla-. ¿Y cómo no si es tan hermosa...?

Después recordó sus infructuosas tentativas para formar el carácter de María. En la primera época del matrimonio, María amaba a su marido con más ardor que ternura. Bien pronto, sin dejar de amarle del mismo modo, empezó a ver en él un ser extraviado y vitando en el orden intelectual. León le había dado libertad para practicar el culto; y ella la usó con moderación al principio. Pero a medida que León trataba de influir en el carácter de ella, no para arrancarle su fe, como algunos mal intencionados dijeron entonces, sino por el deseo de establecer entre ambos la mayor armonía posible, abusaba ella de la libertad concedida a sus devociones, y estas llegaron a ser tantas que ocuparon pronto la mitad de su tiempo y casi todo su espíritu. No se crea por esto que renunció a las vanidades del mundo, pues gozaba de ellas, aunque sobria y moderadamente. Iba al teatro, con excepción del tiempo de Cuaresma, vestía muy bien, frecuentaba los paseos de moda, y dedicaba parte del verano a los esparcimientos y expediciones propias de la estación. De su persona cuidaba muchísimo, porque gustaba de agradar a su marido; de su casa, poco; de su esposo, nada, y el resto del tiempo lo consagraba al trabajo intelectual y práctico que le exigían varias congregaciones piadosas y las juntas benéficas a cuyo seno había sido llevada por sus amigas o por su madre. Militaba en la encantadora cuadrilla de la devoción elegante.

-¿Pero no soy yo el rebelde? -decía León con desaliento-. ¿De qué la acuso? ¿De que tiene fe? Si yo la tuviera, seríamos felices. ¿Por qué no la tengo?».

Hubo un tercer período, durante el cual el amor de María permanecía inalterable, siempre más vehemente que tierno, y tan poco espiritual como al principio. En dicho período, María revolviéndose contra su esposo con arrebatos de querer humano y de piedad mística, sentimientos que, lejos de excluirse, parece que se complementaban en ella, quiso atraerle al camino de la devoción elegante, perfumado con inciensos, alumbrado con cirios, embellecido con flores, amenizado con bonitos sermones y acompañado de damas hermosas. La aspiración de María era ser piadosa sin perder al hombre que tan vivamente había realizado la ilusión de su fantasía. Llevarle a la iglesia era su afanoso empeño.

-Déjame solo -le decía León inundado de pena-. Vete y ruega a Dios por mí.

-Sin ti me falta la mitad de mi vida, y parece que no soy toda buena, como deseo serlo.

Luego se abalanzaba hacia él, le estrechaba en sus brazos, y reclinando su frente sobre el pecho del hombre aburrido, decía con gemido perezoso:

-¡Te quiero tanto...!

La resistencia de León a tomar parte en las prácticas piadosas estableció al fin aquella desavenencia, o mejor dicho, completo divorcio moral en que les hallamos a los dos años de su matrimonio. Ni se comunicaban un pensamiento, ni se consultaban una idea o plan, ni partían entre los dos una alegría o un pesar, que es el comercio natural de las almas, ni se entristecían juntamente, ni mutuamente se alegraban, ni siquiera reñían. Eran como esas estrellas que a la vista están juntas y en realidad a muchos millones de leguas una de otra.

Fácil era a los amigos conocer que León sufría en silencio un gran dolor.

-Se empeña -decían- en que su mujer sea racionalista, y esto es tan ridículo como un hombre beato.

-Eso digo yo -añadía otro-. El creer o no es cuestión de sexo.

-Es que está enamorado de su mujer.

Esto último era exacto en el sentido de que León vivía aún fascinado aún por la hermosura cada día más sorprendente de María Egipcíaca, hermosura que ella, sin dar tregua a la devoción, sabía realzar con el lujo, con la elegancia del vestir y el delicadísimo cuidado de su persona.

De María podía decirse lo mismo que de León, en lo relativo al enamoramiento; ella también no cambiara por cosa alguna al hombre que le habían dado la sociedad y la Iglesia. En cuanto a él, llenaba el vacío de su corazón con aquel apasionamiento temporal producido por una pasmosa belleza. No le era indiferente, antes bien le enorgullecía, el beati possidentes con que la multitud obsequia al dueño de una mujer fiel y hermosa, y la idea de que María pudiese pertenecer a otro hombre, siquiera en intención o pensamiento, le enfurecía. En resumen: eran dos seres divorciados por la idea en la esfera de los sentimientos puros y unidos por la hermosura en el campo turbulento de la fantasía.

Sobre esto reflexionaba León en aquella hora de la noche. Últimamente hizo esta observación amarguísima:

-El mundo está gobernado por palabras, no por ideas. Véase aquí cómo el matrimonio puede también llegar a ser un concubinato.

-¿Has concluido? -dijo a su esposa, viéndola que dejaba el libro para rezar un momento en silencio y con los ojos cerrados.

-¿Has acabado tú el periódico?... Déjamelo, quiero ver una cosa. La duquesa de Ojos del Guadiana no quiso costear sola la función de mañana... A ver si se anuncia en la sección de cultos.

León leyó en voz alta toda la sección de cultos.

-¿Sermón del padre Barrios?... -interrumpió María demostrando admiración-. Si le hemos mandado retirar porque está asmático y no se le puede oír... ¡Qué abuso! San Prudencio va tomando fama de ser el refugio de los malos predicadores, y allí van los descreídos a reírse de la tartamudez del capellán y del acento italiano del padre Paoletti. Todo consiste en que hay personas que parece que dirigen las funciones y no dirigen nada. Pero no faltará quien ponga orden en aquella casa. No, no sueltes el periódico; lee los espectáculos. ¿Qué ópera nos dan mañana?

-La misma -dijo León arrojando de sí el papel, y deteniendo por el brazo a su mujer que se levantaba-. Aguarda, tengo que hablarte.

-Y de cosas serias, según parece -manifestó sonriéndose María-. ¿Estás enojado? ¡Ah!, ya sé... me vas a reñir. Sí, sí -añadió, arrojándose en un sofá próximo a la butaca en que estaba sentado él-. Me vas a reñir porque he gastado mucho dinero este mes.

-No.

-Reconozco que he sido algo pródiga; pero con la economía de otro mes te indemnizaré... Sí, queridito, he gastado más de la cuenta. ¿A ver?... Los tres vestidos, diez y siete mil, el triduo, cuatro mil; la novena que me correspondió, diez mil... La tapicería nueva de mi alcoba... de eso has tenido tú la culpa por burlarte de los angelitos blancos jugando con espigas azules... Además, tengo que poner los regalos hechos a los actores, por no haber querido cobrar nada en la función de Beneficencia... tres relojes, dos petacas, dos alfileres... Además... Mañana sacaré la cuenta.

-No es eso, te digo que no es eso. Puedes gastarme todo lo que quieras, puedes arruinarme, instituyendo herederos de mi fortuna a las modistas, a los curas y a los cómicos. De otra cosa más grave que tus gastos quiero hablarte, María; quiero preguntarte si no es tiempo ya de que cese la aridez y la tristeza de este matrimonio nuestro; si no es tiempo ya de que reconozcas que tu atención excesiva a los asuntos de iglesia es como una especie de infidelidad, y que para dar tanto a las devociones, forzosamente has de quitar algo a nuestra casa y a mí.

-Ya te he dicho -repuso María seriamente- que de mis devociones, buenas o malas, daré cuenta a Dios, no a ti, que no las entiendes. Haz por entenderlas, ten fe y hablaremos.

-¡Ten fe!... De eso sí que no entiendes tú. Yo no la tengo, no puedo tenerla según tu idea, Además, tu conducta y tu modo especial de cumplir los deberes religiosos me la arrancarían, si la tuviese como tú deseas. Te lo diré de una vez. No veo en tus actos ni en tu febril afán por las cosas santas ninguno de los preciosos atributos de la esposa cristiana. Mi casa me parece una fonda, y mi mujer, un sueño hermoso, una imagen tan seductora como fría. Te juro que ni esto es matrimonio, ni eres tú mi mujer, ni yo soy tu marido.

-¿Y quién es aquí el culpable sino tú? -replicó la dama con brío-; ¿quién sino tú? Si no hay armonía, si no hay confianza, ¿a qué se debe sino a tu descreimiento, a tu ateísmo, a tu separación de la Santa Iglesia? Yo estoy firme en el terreno del matrimonio; tú eres el que está fuera. Te llamo, te aguardo con los brazos abiertos y no quieres venir, menguado.

Y los abrió; pero León no tuvo ni siquiera la idea de arrojarse en ellos.

-Y yo iría, sí, iría con el corazón lleno de gozo, si encontrara en ti a la verdadera mujer creyente para quien la piedad es la forma más pura del amor; yo iría respetando y admirando tu fe, y aun deseando participar de ella; pero así tal cual eres, no quiero, no quiero ir.

-Pues entonces, loco, mil veces loco, ¿qué quieres? ¡Ah! ¿Quieres que yo reniegue de Dios y de la Iglesia, que me haga racionalista como tú; que lea en tus perversos libros llenos de mentiras; que crea en eso de los monos, en eso de la materia, en eso de la Naturaleza-Dios, en eso de la Nada-Dios, en esas tus herejías horribles? Felizmente he podido salvarme de caer en tales abismos. Soy piadosa, creo todo lo que debo creer y practico el culto con asiduidad, con prolijidad, porque es el medio mejor para sostener viva la fe y no dar entrada en el entendimiento a ninguna falsa doctrina. ¡Que frecuento demasiado la iglesia!... ¡que cumplo muy a menudo los preceptos más santos!... ¡que celebro funciones espléndidas! ¡que oigo todos los días la palabra de Dios!... ¡que rezo de noche y de día!... Esta es la cantilena, ¿no es verdad? Ya sé que paso por beata. Pues bien: todo tiene su razón en el mundo. ¿Crees tú que yo me abrazaría tan fuertemente a la cruz si no estuviera casada contigo, es decir, con un ateo, si no estuviera como estoy en peligro de ser contaminada de tu doctrina por el trato diario contigo y por el mucho amor que te tengo? No; si tú no fueras tan poco, yo no sería tanto. Si tú fueras católico sincero, aunque descuidado en tus deberes, yo no sería beata, cumpliría los preceptos esenciales y nada más. Ten presente una cosa, León: imagínate dos navegantes que cruzan en una pequeña barca un mar tempestuoso. Si los dos remaran con igual fuerza, llegarían sin dificultad a la orilla; pero he aquí que el uno suelta el remo y se tiende. ¿No es indispensable que el otro redoble sus fuerzas hasta morir? Fíjate bien, querido mío: uno solo rema y han de salvarse los dos.

-Esa figura no es de tu invención -dijo el esposo, que sabía muy bien hasta dónde alcanzaba el ingenio retórico de su mujer-. ¿De quién es?

-Si es mía o no, no te importa -replicó María con desabrimiento y menosprecio-. Lo principal es que contiene una verdad innegable. ¿Quieres que vaya a aprender la verdad en tus monísimos libros?

-No, no pretendo eso -dijo León, lleno de pesadumbre-. Pero por torpe que yo sea, por extraviado que me supongas, ¿lo seré tanto que no merezca de ti el favor de que aceptes una idea mía, una sola, siquiera una vez, sino que siempre has de ir a buscar tus ideas fuera y lejos de mí?

-De ti acepto tu afecto, que creo sincero; tu respeto a mis creencias siempre que sea verdad; tu apoyo material; pero tus ideas, tus consejos...

Dijo esto María, con tal vigor de expresión y tal brillo de desdén en sus deslumbradores ojos gatunos, que León sintió el frío de una espada en su corazón oprimido.

-¡Nada mío! -murmuró, dejando caer sus miradas al suelo como quien desea morir.

-Nada que venga de tu razón soberbia y extraviada; nada que pueda contaminarse de tu filosofía diabólica -añadió María, hundiendo su espada hasta la empuñadura.

Después de una pausa, León, exhalando un suspiro tan grande como su paciencia, la miró pálido y alterado.

-¿Quién te ha dicho eso? -le preguntó.

-Eso no te importa -replicó María, palideciendo también, mas sin perder su valor-. Ya te he dicho que como sincera católica no me creo obligada a dar cuenta a un ateo de los secretos de mi conciencia religiosa, en lo que se refiere a mis prácticas de piedad. Sabe que te soy fiel; que ni con hecho, ni con intención, ni con pensamiento he faltado al juramento que junto al altar te hice. Basta: con esto acaba mi sinceridad de esposa; es toda la confianza que puedes esperar de mí. Aquella parte de la conciencia que pertenece a Dios, no pretendas explorarla; es un reino sagrado en el que te está prohibido entrar... No me hagas la necia pregunta «¿quién te ha dicho eso?» porque no tienes derecho a recibir contestación.

-Ni la necesito -dijo él-. No tuve jamás la idea de alarmarme porque mi mujer se acercase al confesonario una o dos o tres veces al año para decir sus pecados y pedir perdón de ellos conforme a su creencia; pero esto tiene su corruptela, y la corruptela de esto consiste en llevar la dirección espiritual por tortuosos caminos, con cátedra diaria, consultas asiduas y constante secreteo sostenido de una parte por los escrúpulos de la candidez y de otra por la curiosidad imprudente de quien no tiene familia.

-No, tonto -dijo María irónicamente- mejor será que yo busque reglas y buenas ideas para mi conciencia en la dirección espiritual de tus tertulias ateas... Por cierto que ya causa enfado la ligereza con que algunos de tus amigos hablan aquí de asuntos religiosos. Te he dicho hace tiempo que nuestras reuniones me iban pareciendo una ostentación escandalosa de malos principios, y al fin llegará un día en que me resista resueltamente a concurrir a ellas. No niego que sean muy respetables algunos de los que vienen a casa; pero otros no lo son: conozco las ideas de algunos.

-¿Quién te las ha dicho? -preguntó León vivamente.

-No sé... Lo que digo es que me he cansado de ser complaciente, de disimular mi disgusto en presencia de hombres que han escrito ciertas cosas, de otros que las han dicho públicamente, de otros, en fin, que no las han dicho ni las han escrito... pero yo sé que las piensan, yo lo sé.

-Mucho sabes tú... Veo que ya se ha fulminado la sentencia contra nuestras tertulias. Detrás de esa sentencia vendrán otras.

Y por una aberración natural del dolor que suele quebrarse en su curso sombrío, estallando e iluminándose con el brillo engañoso de una alegría apócrifa, León rompió a reír.

-Pues sí; tus tertulias son muy cargantes -dijo María, algo turbada-. Son muy perjudiciales, porque entre una frase política, otra de música, otra sobre inventos y alguna sobre historia, ello es que nuestro salón es una cátedra de ateísmo.

-Sería una cátedra de buenas costumbres si se bailara y se murmurara. En mi salón no se ha hablado nunca de ateísmo ni cosa que lo valga. ¡Reposa en paz, oh conciencia pura, conciencia infantil! ¡Feliz criatura, que piensas cumplir tus deberes con la práctica externa llevada hasta el desenfreno y adorando con fervor supersticioso las palabras, la forma, el objeto, la rutina, mientras tu alma sola, fría, inactiva, sin dolores ni alegrías, sin lucha y sin victoria, se adormece en sí misma en medio de ese murmullo de sermones, de toques de órgano y del roce de vestidos de seda que entran y salen!... ¡Te crees perfecta y ni aun tienes el mérito de la vacilación contenida, de la duda sofocada, de la tentación vencida, del placer sacrificado! ¡Qué fácil y cómoda santidad la de estos tiempos!... Antes el lanzarse a la devoción significaba renuncia pronta y radical de todos los goces, abdicación completa de la personalidad, odio a las glorias vanas del mundo, desprecio de la riqueza, del lujo, de las comodidades, para quedarse en los puros huesos y espiritualizarse y poder pensar mejor en las cosas del Cielo; significaba el vivir absolutamente la vida del espíritu hasta el delirio, hasta la embriaguez, y el rico envidiaba al pobre y el sano pedía a Dios que le enfermase y el limpio quería cubrirse de asquerosas llagas. Esto era una aberración si se quiere, pero esto era grande y sublime, porque la abnegación y la humildad son las virtudes que menos se desvirtúan por la exageración; esto era como un suicidio, pero el único suicidio disculpable porque no era más que el delirio del sacrificio; pero ahora...

León dirigió a su mujer una mirada abrumadora de elocuencia y desdén.

-Pero ahora... las reglas de la beatitud exigen óbolos abundantes, eso sí; exigen concurrencia metódica a los templos, ceremonias ostentosas; pero se trata a las personas según su rango: al pobre como pobre, al rico como rico, es decir, permitiéndole que lo sea, siempre que no niegue su ayuda a ciertos intereses. Sí, las devotas de hoy asisten al culto, se mortifican en cómodas sillas-reclinatorios, rezan sobre cojines y limpian con sus colas el polvo de las iglesias. No se les pide más que la mañana; y las noches son libres para bailar, ir al teatro, cubrirse de piedras y de raso, asistir a las tertulias y banquetes de los ricos, aunque sean judíos o protestantes; ostentarse en los paseos, acicalar y perfeccionar con el arte su belleza para perder a los hombres... pero ¿qué importa? Satanás se ha vuelto tonto... ha transigido, está viejo ya, y no sabe lo que hace.

-¡Qué groseras burlas! -dijo María, algo confusa-. Según tú, yo estoy en pecado mortal porque visto bien, voy al teatro... Parece que hablas de lo que no entiendes. Estos ateos son la gente más tonta del mundo.

No estaba enojada; prueba de ello es que con un movimiento cariñoso pasó la mano por la barba de su marido.

-¿Creerás que me has confundido con tu charla, queridito?... Pues has de saber que si me visto bien y voy al teatro, y alguna vez al baile, es porque tengo permiso para ello, es porque puedo hacerlo sin desmentir mi piedad. Quien sabe más que tú de tales cosas me ha tranquilizado sobre este punto, haciéndome ver que como mujer casada no puedo romper los lazos que me unen a la sociedad...

-Sí, esa, esa es la consigna, ya lo sé... -dijo León riendo-. Divertíos todo lo que queráis, con tal que...

-Tus reticencias son blasfemias... Calla, idiota... ¡Si te convencerás al fin de que no sabes más que sandeces!

-¿Sandeces? -dijo León, sonriendo y tomando entre sus dedos la barbilla de su mujer, que era un prodigio de redondez de gracia, de delicadeza.

-¡Cómo me voy a reír de ti, cuando al fin, con la eficacia de mis oraciones, de mi fe, de mi piedad, consiga del Señor...! ¿Te ríes? Pues no te rías. Otros ejemplos más extraños se han visto. Sé algunos casos que si te los contara te pasmarían.

-Pues no me los cuentes -dijo León moviendo a un lado y otro la cara hechicera de su mujer, cogida siempre por la barbilla.

-Sí, hay casos que parecen increíbles, casos de hombres malvados que se han convertido... y tú no eres malvado...

-¿Todavía no he sido declarado malvado...? Descuide usted, señora, que todo se andará. Gracias por la buena opinión que allí se tiene de mí... todavía.

María se abalanzó a él, y estrechando con vigor su cabeza, le besó en la frente.

Tú vendrás al lado mío -le dijo-, y serás católico ferviente, como yo, y me acompañarás en mis dulcísimas prácticas religiosas...

-¿Yo?

-Sí, tú. Tú vendrás a mí. ¡Qué feliz seré entonces!... ¡Te quiero tanto!...

¡Y qué hermosa estaba, qué hermosa! León sentía sobre sí el efecto irresistible de belleza tan acabada en rostro y figura, de aquellos ojos en que algo se veía semejante a la inmensidad turbada y resplandeciente del mar, cuando se mira al fondo para descubrir un objeto perdido. Separose de él María, y en pie delante de un espejo, alzó las manos para desarreglarse el cabello. Las guedejas negras cayeron sobre sus hombros, que no podían compararse propiamente al frío mármol, sino a la más hermosa carne humana, pues también hay carne de Paros, a eso que el misticismo llama barro y ha servido al divino artífice para tallar ciertas estatuas mortales que parece no necesitan de un alma para tener vida y hermosura.

-¡Qué guapa! -exclamó Roch, hundido en un sillón como un estúpido-. ¡Cada vez más guapa!

Después de culebrear en derredor del espejo, María entró en su alcoba. León puso su cabeza entre las manos y estuvo meditando largo rato. Tenía fiebre. Después se levantó airado consigo mismo o contra alguien.

-¡Necio de mí! -exclamó con su voz más íntima-. Una esposa cristiana quería yo, no una odalisca mojigata.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo XV - Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi»[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XV
Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi»
 de Benito Pérez Galdós

Pasó algún tiempo. De pronto, María lanzó un grito agudo, desgarrador. León fue corriendo a la alcoba y vio a su mujer incorporada en el lecho, con los brazos tendidos, los ojos extraviados.

-León, León -dijo con espanto-. ¿Eres tú?, ¿dónde estás? ¡Ah!, ya te veo... Abrázame... ¡Qué horrible pesadilla!

León procuró tranquilizarla, y la verdad es que se tranquilizó pronto con la apreciación de la realidad, panacea de los desvaríos de la imaginación.

-¡Qué sueño!... ¡Figúrate... soñé que te habías muerto y que desde lo más hondo de un hoyo negro me estabas mirando, mirando, y tenías una cara...! Después aquello pasó... Estabas vivo; querías a otra... Yo no quiero que quieras a otra.

Encadenó con sus brazos el cuello de su marido.

-¿Qué hora es? -le preguntó.

-Tarde. Duerme otra vez, que ya no tendrás más pesadillas.

-Y tú, ¿no duermes?

-No tengo sueño.

-Entonces vas a velar toda la noche. ¿Qué haces? ¿Lees?

-Medito.

-¿Piensas en aquello que hablamos?

-En aquello y en ti.

-Eso, eso; piensa mucho en las verdades que te he dicho, y así te irás preparando sin saberlo... Me parece que oigo campanas. Tocan a fuego.

Los dos escuchaban. Oíanse ladridos de perros, que en aquella zona de Madrid, donde por cada casa hay diez solares vacíos y solitarios, suelen reunirse para buscar despojos de cocina en los vertederos. Oíase asimismo el lejano chirrido de las ruedas del último tranvía, y también el ritmo metálico, tenue, seguro, invariable del reloj que León tenía en el bolsillo de su chaleco. Todo se oía menos campanas.

-No es todavía hora de tocar a misa -dijo él-. Duérmete.

-No tengo sueño, no quiero dormir -replicó María echando atrás su cabeza-. Me parece que he de volver a verte en el fondo del hoyo, mirándome. Tú te reirás de esto. ¡Qué sandez! ¡Mirar y ver después de la muerte quien cree y afirma que con la vida se acaba todo!

-¿Te he dicho yo eso alguna vez? -manifestó León con enfado.

-No me has dicho eso; pero yo sé que eso es lo que tú piensas; yo lo sé.

-¿Por qué? ¿Por dónde lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

-Yo lo sé; yo sé lo que tienen en el fondo de su cabeza ciertos filósofos; lo sé todo; y tú eres de esos. Yo no leo tus obras porque no las entiendo; pero quien las entiende las ha leído.

León se apartó de su mujer vivamente afectado. Dio algunos pasos para salir de la alcoba; pero retrocediendo bruscamente, volvió al lado de María, le tomó una mano, y con voz severa le dijo:

-María, voy a pronunciar la última palabra, la última... He tenido en este momento una idea que me parece salvadora; idea que si es aceptada y practicada por ambos, nos sacará de este infierno...

Sobrecogida de emoción y respeto al ver la gravedad con que su esposo hablaba, María no supo decir nada.

-En dos palabras te expondré mi idea... ¡Proyecto feliz!... No sé cómo no me había ocurrido antes... Es lo siguiente: yo me comprometo a sacrificarte mis estudios y mis tertulias, te sacrifico la doble amistad de los libros y de los amigos. Mi biblioteca se tapiará, como la de D. Quijote, y en nuestra casa no se volverá a oír ni siquiera un concepto sospechoso, ni una observación mundana y ligera sobre las cosas más graves del espíritu, ni se hablará de ciencias ni de historia; en una palabra, no se hablará de nada.

-¡Qué felicidad! -dijo María, incorporándose para besar las manos de su marido-. ¿Es cierto que me lo prometes y que cumplirás lo que me prometes?

-Te lo juro por lo más sagrado. Pero no cantes victoria antes de tiempo. Ya comprenderás que no se hacen concesiones de esta clase sino a cambio de otras. Ya te he dicho mi parte; ahora falta la tuya. Yo te sacrifico lo que llamas estúpidamente mi ateísmo, cuando es cosa muy distinta, sacrifícame tú ahora lo que llamas tu piedad, muy problemática por cierto. Para que nos entendamos, has de renunciar a las devociones diarias e interminables, a confesar todas las semanas con un mismo padre, a ocuparte de los accidentes teatrales del culto. Irás a misa los domingos y fiestas, y confesarás una vez al año, sin previa elección de sacerdote.

-¡Oh!, es mucho, es mucho -dijo María, moviendo sobre la almohada su linda cabeza, cual si se compadeciera a sí misma por la deplorable mezquindad a que sus piedades quedaban reducidas.

-¡Mucho, te parece mucho, tonta! Bueno: aumentaré mi parte. Te concedo más; te concedo que si reduces tus visitas a la iglesia, iré a ella contigo.

-¡Irás conmigo! -exclamó María, saltando bruscamente en el lecho como un pez recién sacado del agua. ¿Es verdad lo que dices?... Tú me engañas.

-Iré, sí; iré... los domingos.

-¿Nada más que los domingos?

-Nada más.

-¿Y confesarás una vez siquiera cada año, como yo?

-Eso... -murmuró León.

-¿Vas a decir que no?

-Eso no... ¡Oh!, tú pides demasiado de una vez. Mi sacrificio es inmenso, mientras el tuyo es insignificante. Te desprendes de lo superfluo, quedándote con lo justo y razonable; te arrancas las feas tocas de mojigata para mostrarte con toda la belleza de mujer cristiana. Esto no es sacrificio: el mío sí que es grande, doloroso, pues poniendo a tus pies mis estudios y mis amigos te pongo delante lo mejor de mi vida para que lo pisotees.

-Pero no es bastante, no -dijo María con abandono-. ¿Qué te importa dejar de leer, si piensas, piensas y pensarás siempre lo mismo? Me acompañarás a la iglesia por fórmula; entrará tu cuerpo, y tu alma se quedará en la puerta; y cuando veas alzada la Hostia sagrada en las manos del sacerdote, soltarás dentro de ti una carcajada diabólica, si no es que estás pensando en los insectillos que ves en el microscopio, y que son, según tú, la causa del sentir y el pensar en nuestra divina alma.

-No me hacen efecto tus burlas... Conozco el origen de esos juicios ridículos. Y te prometo una asistencia respetuosa y una atención sincera... ¡Ah!, me olvidaba de otra particularidad. También has de sacrificarme... bien lo merezco... la residencia en Madrid. Nos iremos a vivir a otra parte. Elige tú.

-Mucho pides... ¡qué abuso! -exclamó la dama con entonación de un niño mimoso-. ¿Y qué me das tú? Una farsa de catolicismo, una máscara de fe puesta sobre tu cara de incrédulo. No, León, no puedo aceptar.

-No hay salvación para mí -exclamó León golpeando su cabeza con ambas manos. Después de un instante de agitación muda, miró fríamente a su mujer y con solemne acento le dijo:

-María, nuestra separación es inevitable. Yo no puedo vivir así. Dentro de unos días todo se arreglará definitivamente. Tú te quedarás en esta casa o irás a vivir con tus padres, según quieras; yo me marcharé al extranjero para no volver jamás, jamás.

Se levantó. La dama piadosa a la moda le tomó las manos, y estrechándolas contra su seno, rompió a llorar.

-¡Separarnos! -murmuró, sollozando-. Tú estás tonto... ¡Ingrato!

María Egipcíaca sentía por su marido un afecto semejante al que él sentía por ella. Podría existir un abismo, un divorcio absoluto entre sus almas; pero ¡separarse!... ¡dejar de ser marido y mujer!

-Mi resolución es irrevocable -dijo con entereza León.

-Acepto, acepto todo lo que quieras.

Y más tarde, después de algunas horas de sueño, volvió a oírse el grito de espanto y la explicación de la pesadilla.

-¡Qué horrible visión! Ahora me he visto a mí misma muerta, y mirándote desde el fondo del hoyo negro y profundo... Estabas abrazado a otra, besando a otra... ¿Pero es ya de día? Ahora sí que suenan campanas.

En efecto, oíanse chillonas y discordes las esquilas colgadas en las torres de esa multitud de barracas enyesadas que en Madrid llevan el nombre de iglesias, dando testimonio así de la religiosidad de este pueblo.

-Llaman a las primeras misas -pensó María-. Me muero de sueño... ¡a dormir!... Dan las ocho y siguen tocando, siguen llamándome... No, no puedo ir; he dado mi palabra... ¡Jesús, las nueve! Perdón, perdón, campanitas de mi alma; no puedo ir hasta el domingo.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo XVI - De Crematística[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XVI
De Crematística
 de Benito Pérez Galdós

Vinieron los días de la dispersión de las gentes. Hostigado por el calor, Madrid era un hormiguero de impaciencias buscando dinero. El oro subía como cuando hay guerra, y menudeaban en la Bolsa las pequeñas operaciones, lo mismo que si hubiera aumento de negocios. No pocas familias apretaban el dogal atado a su cuello por las dilapidaciones del pasado invierno; y otras, no teniendo ni siquiera dogal, se consolaban encareciendo las ventajas y encantos del verano de Madrid, que supera, con sus paseos y embelesadoras noches, al verano triste y eremítico de los pueblos circunvecinos. Veranear en Pinto o Getafe es como invernar en el Escudo o en Pajares.

Los Tellerías eran de esos que por nada se quedan. También ellos se iban, contra todo fuero y razón de la aritmética, y dando al traste con toda ley económica. Pero obligada a estirar hasta lo imposible la primavera, la marquesa decía que el tiempo era aún tolerable, que en el Norte llovía mucho y hacía frío. No teniendo motivos para prorrogar su viaje, sino antes bien razones poderosas para acelerarlo, León fijó día en la primera semana de Julio. Pero la víspera del día marcado un suceso trastornó los planes de todos. Ya sabían los hijos del marqués que su hermano Luis Gonzaga estaba enfermo. Gustavo y León sabían algo más; sabían que estaba atacado de un mal muy terrible, perseguidor y verdugo de la juventud contemporánea; mal que se aviene con las naturalezas débiles y extenuadas por las pasiones y el estudio. Como, según los informes de los padres de Puyoo, la enfermedad de Luis hallábase en grado incipiente, no habían dicho nada a la marquesa, esperando que esta sabría la verdad por sí misma, al hacer la visita acostumbrada al establecimiento durante la temporada de verano. Pero inopinadamente cayó sobre la casa, como rayo de la ira celeste, un aviso del rector anunciando que Luis Gonzaga había entrado de súbito en un período alarmante, y que... «deseando el joven ver a su familia, saldría al siguiente día para Madrid en el tren expreso».

Absortos y afligidos se quedaron todos, y más aún cuando al otro día vieron entrar al infeliz joven, que tan claro tenía en su persona el sello de la traidora dolencia y que semejaba un espectro en sotana. Su cara ofrecía, a pesar de estar ya como agostada por el frío beso de la muerte, gran semejanza con el rostro hermoso y vivífico de María. Ya se sabe que eran gemelos, y que se parecían todo lo que puede parecerse un hombre a una mujer, sólo que la joven, llena de aparente lozanía, aventajó siempre en vigor y representación física a su hermano, harto afeminado desde la infancia.

Barbilampiño y endeble, se creería nacido para el sacerdocio y para la contemplación de las cosas espirituales. Sus ojos, que por lo verdes y expresivos parecían espejos en que se reflejaba la propia mirada de María Egipcíaca, estaban rodeados ya de un cerco oscuro. Durante su niñez y juventud había vivido siempre abrasado por una fiebre constitucional con la cual iba tirando como si fuera un estado fisiológico. Ahora, cuando la solución se aproximaba, su fiebre era como un rescoldo interior que le consumía. La holgada sotana negra y floja marcaba, al sentarse y al andar, los duros ángulos del esqueleto; su voz parecía el eco de quien está hablando en algún rincón invisible y profundo, donde las corrientes de aire suspenden, entrecortan y apagan el sonido, haciéndolo oscilar como el chorrillo de una gotera.

Sentado en un sillón, a las demostraciones cariñosas de la familia respondía con escasas frases en que la intensidad del afecto compensaba el laconismo, con apretones de manos, con miradas ardientes y amorosas.

Desolada y suspirante, la marquesa no sabía contener la expresión de su dolor, y sus quejas concluían siempre con proyectos de administrar a su hijo aires puros, aires campesinos, aires de establo, y de llevarle a beber aguas salutíferas. Lo primero que se decidió fue celebrar junta de médicos, convocando a lo más selecto. El enfermo sonreía con expresión de incredulidad, pero sin oponer resistencia a nada, porque el hábito de la obediencia, tan arraigado en él, dábale fuerzas para dejarse zarandear en su agonía.

León no le había visto nunca. Cuando entró a verle, la marquesa le dijo: -Aquí tienes a tu hermano que no conoces.

-Le conozco -contestó Luis Gonzaga, dejándose estrechar su mano flaca, ardiente y húmeda por la de León.

Y, diciéndolo, clavó en él la mirada atenta, penetrante, por tanto tiempo que la marquesa, alarmada de aquel largo discurso de asombro mudo, dijo así:

-Ya sabes que es muy bueno.

-Ya, ya sé -repuso Luis, mirando a su hermana-. ¿Y os marcháis de Madrid?

-¿Cómo quieres que nos vayamos dejándote así? -replicó María, derramando abundantes lágrimas.

-Pero tu esposo no querrá detenerse.

-Nos quedaremos -afirmó León, sentándose en el grupo que rodeaba al joven-. Ni María quiere separarse de su hermano, a quien no ha visto en tanto tiempo, ni yo quiero que se separe.

-Ni tampoco quieres tú separarte de ella -añadió la marquesa-. Eres un modelo de maridos complacientes y bondadosos... Quizás nos vayamos todos juntos.

-Luis mejorará -dijo León-, y entonces emprenderemos nuestro viaje.

No sabemos si era aquel mismo día o el siguiente cuando León se hallaba a solas con su suegra, presenciando uno de los más fuertes accesos de tristeza que en ella había visto, y que se determinaban en suspiros, en lamentaciones de su desgraciada suerte y en protestas de poner las cosas en un pie conveniente de orden y economía. La excelente señora derramaba copiosas lágrimas, y estrechaba la mano de su yerno, prodigándole los nombres más dulces de que se vale el cariño materno.

Hallábase, según ella, la familia uno de los más grandes conflictos que podrían ocurrir a familia alguna. La enfermedad de Luis Gonzaga exigía dispendios inmediatos. La ilustre dama no tenía carácter para tratar a la junta de médicos como trataba a sus acreedores de escalera abajo el marqués, cuyos despilfarros habían llegado a un extremo escandaloso. Ella estaba fatigada, consumida de aquel género de vida aparatosa y de relumbrón en que la sostenía, mal de su grado, el orgullo de su marido y de sus hijos. Ella se consumía en el tedio de los saraos, y devoraba en silencio las ansias de aquella hambre disimulada y de aquel malestar continuo que hacía de su casa un infierno. ¡Oh!, su educación, su clase, sus principios, sus nobles sentimientos pugnaban con la farsa; mas era débil, amaba entrañablemente, aunque sin premio, a los mismos autores de aquel malestar, y no podía desprenderse de los hábitos que se le habían impuesto. Pero estaba decidida a ser enérgica, implacable; a cortar para siempre las malas costumbres introducidas en su casa; a enfrenar al marqués; a hablar claro, muy claro, a sus hijos; a establecer un orden riguroso, excesivamente, ferozmente riguroso; a vivir de sus recursos propios y naturales, renunciando al brillo engañoso y a la competencia ridícula con fortunas saneadas y enteras. Ella lloraba en silencio y pedía a Dios que apartase de la casa de su hija las calamidades que pesaban sobre el hogar paterno, favor que Dios parecía resuelto a conceder desde que adjudicó a aquella bienaventurada joven un marido ejemplar, un marido juicioso, un marido modelo, un marido de elección, un marido canonizable, dicho sea con perdón de la Iglesia.

Y no sabemos tampoco si fue aquel día o el siguiente cuando el marqués se encerró con León en su despacho, y con acento patético y desembarazado, desarrolló ante los ojos de este el panorama desconsolador de su propia situación, dando en él toques de grandísimo efecto, agrupando sabiamente las sombras y dibujando con energía la figura más convincente, que era la enfermedad del mejor, del más querido de sus hijos. Esta desgracia venía a acercar la mecha a la casa de Tellería, toda desvencijada y llena de puntales, atestada de oropeles, de guiñapos dorados, de bambolla inútil... Veíase el insigne cuanto desventurado señor enfrente de un problema terrible, y su decoro de hombre público y su dignidad de padre de familia estaban como reos de muerte a quienes ya se ha subido en el fatal tablado. Lo peor es que no tenía él la culpa, sino la marquesa, autora indirecta de las filtraciones (gustaba mucho de emplear este término, tomado por la Hacienda al arte de la fontanería) que disminuían el caudal de su casa, mostrando el horrible cauce vacío... Él, por su parte, se reconocía también algo culpable, porque había querido sostener una posición exageradamente decorosa como hombre que se debe a su nombre, a su partido, a su patria; había contado con el éxito de operaciones bien preparadas, y con las posiciones que adquirieran sus hijos. ¡Desengaño, ilusión!... Él, verdaderamente, no se reconocía impecable; él no dejaba de comprender que había sido débil, excesivamente débil, ante el desenfrenado lujo implantado en su casa por la marquesa; él no debía haber autorizado con su presencia las comilonas, los tes, los raouts, los saraos que llenaban de ruido, de murmuración, de equívocos y de humo su casa en determinados días de la semana; él debió resistirse, debió protestar, ¿quién lo duda?, pero no protestó; fue cómplice, faltó a los sanos principios conservadores y preventivos que eran norte y fanal de su conducta. Pero estaba decidido a cortar abusos, a reformar radicalmente la administración, a hacer economías, a sostener el orden doméstico, base de las virtudes privadas y públicas. Y no hablaba, ciertamente, a su yerno de este desagradable asunto con objeto de pedir su amparo para salir de los compromisos del día, no; esto no era compatible con el decoro del suegro, ni con sus ideas extremadas en materia de dignidad; hablábale sin otra mira ulterior que darle a conocer la abrumadora realidad, para que usando de su prestigio cerca de la familia, tratase de señalar a Milagros el abismo que a sus pies se abría. El pobre marqués se sacrificaba por todos, no quería nada para sí. La enfermedad de su hijo más querido le afectaba en extremo; no tenía gusto para nada, y se sentía víctima de la fatalidad, de las pésimas condiciones de este país ingobernable, pobre, a pesar de la fertilidad del suelo. ¿Cómo hacer frente a las inmensas dificultades de tal situación? ¡Ay!, el mismo marqués necesitaba urgentísimamente tomar baños alcalinos para su reuma, y no podía, no quería emprender el viaje. Su deber le retenía en Madrid al lado de su hijo enfermo; su deber le prohibía gastar en su persona lo que reclamaba la vida amenazada de Luis Gonzaga, un joven sin igual, casi un sacerdote, un santo bajado del Cielo... El marqués conocía los deberes que le imponía su situación, y estaba decidido a cumplirlos. Sí, su hidalguía, genuinamente española, se lo ordenaba así; pero necesitaba los consejos de un amigo cariñoso y desinteresado; necesitaba que alguien le animase con palabras varoniles y le alentase con ejemplos eficaces; necesitaba de un hombre recto, juicioso, franco, enemigo de farsas; necesitaba, en fin, un apoyo moral, puramente moral...

-Repito que un apoyo moral nada más -dijo terminando la frase con un suspiro y estrujando entre sus manos la de León.

Si este fuera capaz de envanecerse con las alabanzas, aun siendo merecidas, se habría hinchado de satisfacción cuando Milagros, dos o tres días después, le dijo con tono de verdad sincera:

-¡Cuán cierto es, querido hijo, que un buen corazón puede existir debajo de una cabeza vacía de ideas religiosas!

Y cuando el marqués le dijo:

-Ya te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad, que me hará creer en una utopía; ya sabes que yo no creo en utopías; pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve. ¡Sí, la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca...!

Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su familia política, comparada, no sin gracejo, por el marqués con el arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su esposa y la pena que esta sentía al ver la mala disposición de sus padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca andaban.


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Capítulo XVII - La desbandada[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XVII
La desbandada
 de Benito Pérez Galdós

El pronóstico de los médicos fue muy triste. Sin embargo, indicaron que el desenlace funesto estaba aún lejano, con lo cual hubo esperanzas y algún sosiego en la casa. Tan consolador es el tiempo que está por venir como el que ha pasado, y las desgracias aplazadas, así como las trascurridas, se pierden en ese indeterminado horizonte detrás del cual está el ancho hemisferio del olvido. En la familia de Tellería empezó a renacer la calma, y cada individuo de ella fue recobrando poco a poco su habitual fisonomía. Gustavo, era diputado y pasaba todo el día en el Congreso. La marquesa, sin dar completamente tregua a la pena real que la dominaba, había recobrado aquella dulce expresión de conformidad con el mundo terrestre, mezclada siempre de cierto pietismo quejumbroso, de lo cual resultaba una especie de resignación a gozar. Las cosas fútiles la ocupaban largas horas. Una mañana encontrola León muy indecisa enfrente de una elección de sombreros de verano, traídos de la tienda. Había allí todas las variedades creadas cada mes por la inventiva francesa. Veíanse nidos de pájaros adornados de espigas y escarabajos, esportillas hendidas con golpes de musgo, platos de paja con florecillas silvestres, casquetes abollados, pleitas informes con picos de candil, cubiletes con alas de chambergo y pechugas de colibrí, solideos rodeados de gasas, en fin, todas las formas extravagantes, atrevidas o ridículas con que la fantasía delirante de los artistas de modas emboba a las mujeres y arruina a los hombres. La marquesa los miró todos, agraciando a cada cual con una observación picante y discreta, como mujer de refinadísimo gusto. Se puso algunos, los probó ante el espejo, moviendo su cabeza para buscar mejor los efectos de línea y de color, y, al fin, los devolvió todos a la caja, diciendo:

-No compro nada... Todavía es posible que vayamos a Francia... Allí compraré, como otros años, todo lo que necesite, y lo introduciré... lo introduciré... Yo me sé entender con la Aduana. Sí, es posible que vayamos... ¿Pero no sabes, León...?

Este había presenciado con su mujer y con Luis Gonzaga la inspección de sombreros, dando su parecer cuando se le pedía. La conversación pasó de la moda al contrabando. Los dos gemelos estaban mudos y tristes, mayormente Luis, que fijaba sus ojos con insistencia en la jardinería inmediata al balcón, llena de gomeros, algún rododendron y hermosas azaleas cubiertas de flores rosadas.

-¿No sabes, León? -prosiguió Milagros-. Esa mala cabeza de Leopoldo se nos marcha esta tarde. Va a Biarritz con esos chicos, con sus amigotes. No le he podido contener... le he demostrado que, quedándonos aquí todos por acompañar a Luis, él también debe quedarse. Dice que necesita los baños de mar, y no le falta razón... Aprovecha la marcha del duque de Cerinola y del conde de Garellano, que tienen coche-salón.

Un criado a quien se preguntó por Polito, dijo que el señorito Leopoldo había dicho que almorzaba fuera; que del palacio de sus amigos partiría para la estación, sin volver a la casa de sus padres. Su equipaje estaba ya hecho y las maletas cerradas.

Tan extraordinaria manera de despedirse, demostrando a las claras el cariño filial y fraternal de aquel benemérito mancebo, afligió un tanto a la marquesa, que en medio de sus desvaríos, no carecía de afectos ni de conciencia. Leopoldo era, según ella, un chico detestablemente educado, aunque no por culpa de su madre; un calaverilla empedernido, insensible a todo dulce afecto, y que, por montar un caballo prestado, o guiar un coche ajeno, o viajar en el wagón del amigo, o estrechar la mano de Higadillos, o poner a una carta unos cuantos duros, era capaz de volver la espalda a su familia en los momentos de mayor conflicto.

El marqués, que se acababa de presentar, vistiendo elegantísimo traje claro de verano, recibió la noticia con escepticismo mundanal, que parece en ciertas bocas la fórmula más pura del buen gusto.

-Es natural -dijo- que los muchachos se diviertan... Después viene la edad madura, los achaques, las graves preocupaciones de una posición social consagrada a la vida pública, el reuma... por ejemplo; aquí estoy yo, que a todo trance necesito un poco de carena... y no puedo menos de tomarla. El médico se ha puesto furioso cuando le dije que no podía salir este verano... «¿Cómo se entiende, señor marqués?... Un jefe de familia no debe descuidar su salud. Le condeno a usted a baños. ¡Sentencia inapelable!». En resumen, queridos, he resuelto marcharme mañana.

La estupefacción de la marquesa parecía despecho y enojo. ¡Todos libres y ella esclava, amarrada al nefando potro del veraneo en Madrid, a ese potro no tan ignominioso por lo molesto como por lo cursi!

-Nuestro querido Luis -añadió D. Agustín acariciando la barba de su hijo- mejora de día en día. No hay cuidado por él. Le conviene el reposo. Un verano en Madrid, al lado de su madre... Con cuánto gusto os acompañaría; pero estoy fatal. Varios amigos me han comprometido a tomar con ellos el tren de mañana.

Al decir esto se había quedado solo con León, porque Milagros con sus dos hijos gemelos pasó al comedor.

-Yo no hago aquí falta -prosiguió el marqués, paseando en compañía de su hijo por la hermosa sala adornada de los mil preciosos cachivaches de exportación francesa en tapicería, cerámica y mueblaje que han venido a llenar en las casas aristocráticas el vacío de las verdaderas obras de arte, arrancadas de su esfera natural por las quiebras y llevadas a los museos por el dilettantismo del Estado- yo no hago falta aquí. Ya debes suponer que no me voy tranquilo. Por cierto que me enfada la ligereza de mis hijos, huyendo a la desbandada de la casa paterna, cuando la pobre Milagros necesita de su compañía para sobrellevar la enfermedad de Luis... porque Luis está grave, no nos hagamos ilusiones. Yo creo que tirará; puede ser que rebase este otoño; pero el invierno... de todos modos, los chicos han hecho mal, muy mal. Leopoldo se va esta tarde, y Gustavo, mañana. No lo hubiera creído en Gustavo; pero ya se ve... está enamorado, perdidamente enamorado. La marquesa de San Salomó parte mañana para Arcachón, París y El Havre. Gustavo sale también para el extranjero, y ya sabemos que las cartas se le han de dirigir sucesivamente a Arcachón, París y El Havre. Bonito viaje, ¿no es verdad? La marquesa de San Salomó es linda y elegante; mi hijo tiene grandes atractivos...; pero ¡quién sabe si será verdad lo que dicen! Yo no lo creo. No hay duda de que la oratoria ardiente de Gustavo, sus defensas briosas del catolicismo, hicieron estragos en las tertulias elegantes. Desde muy temprano era de ver la tribuna llena de preciosas cabezas, adornadas de los más lindos sombreros, y allí se oía un murmullo delicioso de disputas y alabanzas. Porque eso sí: tenéis que confesar que la mujer es entre nosotros salvaguardia de las venerandas creencias de nuestros padres. ¿Queréis hacer la transformación de las conciencias, señores ateos?, pues empezad por suprimir esa encantadora mitad del linaje humano... La verdad es que Gustavo habla maravillosamente: sus palabras de fuego conmueven la Cámara y alborotan las tribunas. Luego ha escogido un tema tan simpático, tan elocuente de por sí, un tema que habla al sentimiento, al alma, a la fe, a lo que hay más sagrado, de más divino en nuestra alma, y que se conforma admirablemente con la hidalguía castellana. El marqués de Fúcar me dijo ayer guiñando el ojo: «Tellería, este chico sabe el camino...». Yo también lo digo: Gustavo sabe a dónde va... y por dónde se va. Reúne tantas buenas cualidades, que es, como me decía en la tribuna del Senado D. Cayetano Polentinos, «un verdadero archivo de esperanzas». Talento, buena figura, ese ardor parlamentario... No obstante, me hubiera gustado ver en él un poco más de apego a la familia... Que emigre yo, tan necesitado de reposo y salud; pero Gustavo... Comprendo la atracción invencible de una mujer como la San Salomó... Ya, ya vamos. (Se había presentado un lacayo, diciendo que el almuerzo se enfriaba). ¿Tienes ganas de almorzar, León? A ti también te sentaría levantar el vuelo.

Al día siguiente, León despedía en el embarcadero del Norte al marqués y a Gustavo que iban en el mismo tren, pero en coche distinto, en compañía distinta, aunque ambos con billetes de favor, debido a la amistad con los consejeros de Administración.

-No he podido prescindir de este viaje -le dijo Gustavo, tomándole del brazo y llevándole a dar un paseo por la parte del andén donde había menos gente-. Si algo ocurriese en casa, me pones inmediatamente un parte telegráfico... ¿Ves?, ahí está ya esa mujer: me lo figuré desde que vi a papá preparando su viaje: ¿la ves?

-¿A quién?

-La Paca... a la Paquira... esa.

Entre la compacta muchedumbre, sobre la cual parecían sobrenadar cantidad de sombrerillos empenachados de rústicas flores contrahechas, de plumajes sutiles y de velos verdosos y azules como jirones de nubes que empañaban las caras, León vio una muchacha de gracioso rostro y elegante figura, que disputaba con el vigilante por dos asientos de berlina.

-Allá está papá con dos de sus amigos que salen también... Y yo pregunto: «¿a dónde conduce esta absurda ligereza de un hombre que debía considerar su edad, sus deberes, el estado de nuestra casa, su posición social...?». El afán de ser siempre joven mata a la sociedad presente... Si tú no sales, acompaña a mamá y a Luis todo lo que puedas. Mamá está muy afectada: esta desgracia ha sido para ella como un aviso del Cielo, como una advertencia para que deje de ver en la vida una sucesión perpetua de goces. ¿Será aprovechada la lección? Me temo que no. Su corazón es bueno; pero su carácter está lleno de debilidad. Me indigna el ver cómo la enternece el pillete de Leopoldo para sacarle dinero. Mamá es así: todo el que pide para divertirse la encuentra propicia... Pero el tren se va... Papá no ha entrado en el departamento donde va la Paca; pero está en el inmediato con sus amigos. Al menos, que evite el escándalo... Yo me entro en este salón. Nos hemos reunido varios amigos del marqués de San Salomó, que ha tenido la bondad de invitarme. Adiós. Que me escribas, que me pongas un parte si ocurre algo. Arcachón, Hotel Brisset... Más tarde, en París, poste restante.


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Capítulo XVIII - El asceta[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XVIII
El asceta
 de Benito Pérez Galdós

León observó que Luis Gonzaga estaba en la casa paterna fuera de su centro. Aquella figura rígida y macilenta, enfundada en negro sayal con faja del mismo color que amenguaba su mezquina cintura, con la cabeza descubierta, el semblante inclinado, la vista en el suelo clavada, la tez glutinosa, el cuello flaco y vacilante, cual si no pudiera resistir el peso de la cabeza; las manos largas, amarillas, trasparentes, como haces filamentosos y sin más fuerza que la necesaria para cruzarse orando, discurría como una sombra maldecida por las salas revestidas del abigarrado papel o de las chillonas tapicerías. Era una mancha oscura y triste caída sobre el mueblaje de colorines y oro, sobre los exóticos objetos de estilo japonés, cuyas aisladas figuras de pesadilla parecían armonizar con la personal del escuálido colegial.

Se le veía errante, agitado como un pájaro prisionero, que busca salida, y cuando sus ojos recorrían la varia colección de muebles y objetos bonitos, era para escoger la silla más incómoda y sentarse en ella. Buscaba los rincones oscuros para nido de sus meditaciones. A veces, los criados, al arreglar una pieza, encontraban aquel negro cuerpo fajado, y ante él detenían el plumero, pronunciando glacial fórmula de respeto. Entonces Luis huía de allí para buscar otra choza en aquella Tebaida de papel pintado y estampas profanas, de seda y cretona, de damasco y palo-santo. El pobre anacoreta moribundo, al correr de un rincón a otro, espoleado por su febril misticismo, tropezaba con un piano, con un biombo chinesco, con un velador que sostenía redoma de peces, con un blando sofá vestido de hilo gris, o con una desnuda Venus de bronce. Él no comprendía que se vistiese a los muebles y se desnudase a las estatuas.

Los criados le miraban con indiferencia, quizás porque él no les dirigía nunca la palabra ni les pedía nada; tanta era su humildad. Era hombre que resistía el hambre y la sed hasta un extremo incalculable, y no conocía las molestias, porque las trocaba en placeres su alma codiciosa de mortificación. Un lacayín con pechera estrecha de botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza trasquilada, los pies ágiles y las manos rojas llenas de verrugas, era el único que le prestaba algunos servicios, aun a despecho del mismo joven. Este solía hacerle preguntas:

-¿Cómo te llamas?

-Felipe Centeno.

-¿De dónde eres?

-De Socartes.

Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el lacayito se alejaba. Los demás servidores de aquella casa tenían todos una expresión displicente y avinagrada, como hombres que, contra su voluntad, hacen penitencia, viéndose condenados a pobreza absoluta en medio del lujo y de la pompa.

La marquesa y María acompañaban largas horas a Luis, procurando reanimarle con triviales palabras.

-Yo no temo la muerte -les decía él sinceramente-. Por el contrario, la deseo con todo el ardor de mi alma, como un cautivo sano desea la libertad. Vosotros no me comprendéis porque estáis apegados al mundo, porque no vivís la vida interior, porque no habéis roto, como yo, todos los lazos de la tierra.

La marquesa acogía con suspiros estas seráficas declaraciones, que producían tristeza y admiración, por considerar cuán lejos se hallaba ella de tales alturas. Su reclusión y el calor daban a la señora melancolía y aburrimiento.

Una noche, cuando León se retiraba a su casa, dijo a su mujer:

-Sólo por dignidad, o, mejor dicho, por miedo al qué dirán, no ha seguido tu mamá a los demás en esta deserción infame. ¡En qué horrible mundo vivimos! Pues que todos se van o se quieren ir, nosotros nos quedaremos. Tu hermano está muy grave; puede resistir todo el verano, y puede acabarse cuando menos se piense.

Al día siguiente, el médico dijo que la casa de Tellería, situada en un barrio populoso, sombrío y mal ventilado, era lugar muy impropio para el enfermo. Se acordó trasladarle al hotel de León, situado en los bordes de la villa, bañado de aires saludables y protegido por un plácido silencio que lo hacía muy agradable. El enfermo no opuso resistencia a esto, como no la ponía a cosa alguna, y fue trasladado a la morada de su hermana.

Le instalaron en el piso bajo para evitarle subir escaleras, dándole por alcoba una pieza inmediata al despacho de León, y por sala para residir constantemente, el despacho mismo, vasto, claro, alegre. Ninguna de estas ventajas llamó su atención, porque lo mismo era para él un real palacio que la mazmorra más oscura. El primer día diéronle fuertísimas congojas, y tan continuadas que madre e hija se alarmaron mucho; mas él, luego que fue serenándose, sonreía con afabilidad y dulzura, diciéndoles:

-¿Por qué os asustáis? ¿Por qué lloráis? Yo no me asusto, ni lloro, sino que estoy alegre, más alegre cuanto más acerbo es mi padecer. De veras os digo que, al considerarme tan cerca de la muerte, contengo mi alegría, no sea que el gozo de verme libre de esta hedionda vestidura carnal despierte alguna vanidad en mi alma, u otro sentimiento desagradable a los ojos del Señor. Si me envanezco demasiado de morir, queridas de mi alma, puede que Dios me castigue, condenándome a vivir algún tiempo más.

Con León hablaba poco, casi nada, pues siempre que este iba a preguntarle por su salud o a acompañarle, hallábale entregado a sus prolijas devociones, cuyo plan no alteró jamás, ni aun en los días de mayor gravedad. Le llevaban de comer lo más escogido y lo más propio para su estómago; pero él tomaba siempre lo peor.

-No como esto -decía- porque me gusta.

Rogábanle que tomase tal o cual cosa de gran provecho para su salud; pero siempre a ello se negaba.

-Puesto que tu gusto es no tomarlo -le decía su hermana con admirable lógica-, mortifícate tomándolo.

Entonces sonreía y lo tomaba.

Iban a visitarle algunos sacerdotes, principalmente franceses, de esos de melena ahuecada y gracioso sombrero de tres candiles, corteses, finos, mundanos, limpios, y platicaban acerca de la casa de Puyoo. Había en tal tertulia un barniz elegante y ese tonillo relamido de ciertas sociedades. Rara vez se veía allí a los graves curas españoles, que, cuando son buenos, son los clérigos más clérigos, digámoslo así, de la cristiandad, verdaderos ministros de Dios por la seriedad real, la mansedumbre sin afectación y la sana sabiduría. Luis Gonzaga gustaba de la tertulia, pero más de la soledad; en aquella mostraba su agudo juicio, no exento de sal y gracejo; su piedad profunda, que era la admiración de todos, y su dicción grave, tiernamente apasionada. Todas las mañanas le llevaban en coche y con grandes precauciones a la iglesia, de donde venía tarde. Al regresar, meditaba a solas y de rodillas; no tomaba alimento sino cuando ya no podía sostener su cuerpo extenuado, y en mitad de la sobria comida solían sobrevenirle las congojas, que parecían rematar su trabajada vida en un suspiro.

No permitía que nadie le ayudase a vestirse y desnudarse, ni que le acompañaran de noche. María hizo notar a su esposo que algunas mañanas estaba el lecho intacto, señal de que había dormido en el suelo. Los blandos sillones y sofás que las industrias suntuarias han puesto hoy al alcance de todas las fortunas no conocían el contacto de sus huesos. Sentábase ordinariamente en una banqueta de rejilla sin respaldo, y allí estaba horas y horas rígido, sudoroso, fatigado. Cuando su cuerpo no podía tenerse derecho, arrimaba la banqueta a la pared y apoyaba la fatigada espalda, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y cruzando las manos. Parecía un reo a quien acababan de dar garrote.

No hablaba nunca de sus hermanos, ni de su padre ausente. La persona a quien mostraba más apego y algo de confianza era María. A León ni siquiera le miraba.

Frecuentemente era mortificado por escrúpulos, algunos de los cuales solía manifestar. Si por espacio de un cuarto de hora estaba su pensamiento ausente de las meditaciones sobre la muerte, al caer en la cuenta de su distracción sentía inquietudes y un vivo enojo contra sí mismo. Quería imitar en todo o al menos en lo posible al glorioso niño de quien tomó el nombre, aquella alma angelical y purísima que voló del mundo a los veintitrés años, abrasada por el fuego de la pasión mística, y que en su breve existencia fue mártir voluntario de la mortificación, un verdugo implacable de los propios sentidos, cultivador inmenso de la vida interna y que mutiló en su pensamiento y en su sentir todo lo que no fuera el ardiente prurito de salvarse.

Como el santo niño jesuita, Luis Tellería padecía horriblemente de la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas que en Puyoo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y conmoviendo su máquina toda, cual si, convertidos en molde sus sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las serpientes de fuego, su boca se le contraía para sonreír. A aquel San Luis mandole el prelado que no pensase tanto, para evitar un mal tan penoso. A este le decían lo mismo, y, gozoso de parecerse al santo, contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada».

El médico le ordenaba diariamente calmantes y otras medicinas. Las tomaba por fórmula, cuando a ello le apremiaba su madre con ruegos y sollozos. La medicina que a él le gustaba era una correa erizada de picos de hierro que constantemente llevaba enroscada en su cintura, no más ancha que la de una niña de doce años. Su hermana se acercaba de noche a su cuarto, andando de puntillas para no ser observada, y en vez de hallarle descansando, le veía de hinojos ante el crucifijo que le habían puesto junto a la cama.

En la casa de Puyoo había hombres muy buenos, otros muy sabios, algunos listos y traviesos, y todos se hacían lenguas de la virtud de Luis y de aquel santo odio de sí mismo, que parece, a pesar de todas las declamaciones, forma algo anticuada de la religiosidad. Sin embargo, la misma tendencia de la devoción moderna a reconciliarse con el buen comer y el mejor dormir hacía más admirables las abstinencias y el voluntario martirio del hijo del marqués. Su fama era grande en toda la Congregación: se hablaba de él en Roma.

Vivía en estado de taciturna tranquilidad, y a pesar del gran cariño que tenía a sus padres, había logrado a fuerza de horribles luchas con su memoria, no pensar en ellos, para que cosa ninguna le pudiera apartar de la presencia continua de Dios, fin perpetuo de sus ansias y martirios. Al par que su santidad, descollaba su ingenio en el estudio, siendo tan peregrino y agudo, que en poco tiempo dominó la filosofía y teología, y supo defender conclusiones con tanto despejo, que los ergotistas más hábiles se quedaron pasmados. Pero esto mismo fue ocasión de gran desasosiego para su alma, porque el verse elogiado mortificaba su humildad, hasta que, temeroso de que su amor propio se despertara con las alabanzas, se fingió torpe. Su anhelo era que en la cátedra se le considerase como el último de los escolares. Sólo ante el riguroso mandato del superior renunció a hacer escrúpulos de sus talentos. Entre estos decollaba su razonar persuasivo y su elocuencia arrebatora, que arrastraba a la multitud y hacía llorar a los más empedernidos.

Obedecía a los superiores y observaba las reglas con prolijidad extremada: llegó a dominar de tal modo sus sentidos que al fin parecía no poseerlos, y su oído torpe y sus ojos, siempre fijos en el suelo, no se enteraban de nada. Pasaban las personas a su lado sin que las viera. Recorría a veces con sus compañeros un paseo, un camino cualquiera, sin darse cuenta de nada. Había hecho voto de no mirar jamás a la cara a ninguna mujer, como no fueran su madre y su hermana, y lo cumplía con todo rigor. Con tal sistema su alma debía ser de una pureza ejemplar, casi, casi, como la pureza del ser que no ha nacido.

Cuando los médicos anunciaron la terrible enfermedad, aseguró sentir una alegría inmensa, y se alegró tanto con la idea de padecer mucho y morir padeciendo, que hizo escrúpulo de aquella alegría, y preguntó al padre director si habría pecado en regocijarse tanto con la certeza de morir, y si esto sería un artificio de la vanidad. Tranquilizado sobre punto tan difícil, observaba su mal y aumentábalo a escondidas de los superiores con privaciones y una guerra oculta declarada a toda medicina.

La resolución de enviarle a su casa, cuando la muerte parecía segura, le afligió al principio; pero después tuvo una idea, un proyecto, y se dejó conducir a Madrid y enjaular en las lujosas salas abigarradas que le parecían la proyección externa de su propio mal, horrible, demoníaco, nauseabundo.

Y no obstante, él, contraviniendo las leyes naturales, cuidaba su enfermedad como se cuida una flor para que crezca; alimentaba aquella bestia inmunda que se lo comía, y gozaba al sentir chupado y mascullado su miserable cuerpo, que no era para él más que un estorbo. Solía decir: «El mundo no es más que un fétido callejón, donde la sociedad se agita con delirio carnavalesco. Estamos condenados a pasarlo vestidos con la repugnante máscara de nuestro cuerpo. Bienaventurados los que lo pasan pronto y pueden arrojar al fin la máscara para presentarse limpios ante Dios».

Este era el varón angelical, esta el alma inflamada, loca en que todo era fe y desprecio del mundo, de tal modo que ella sola bastara a dar a nuestro siglo lo que aún le falta, un santo, si el siglo no pareciese dispuesto a romper la turquesa de las canonizaciones. Verdad es que a Luis le faltaba el milagro, pero ¿quién sabe si los había hecho y los callaba, siguiendo su santa costumbre de escrupulizar su amor propio?

Alguien dijo que aquella santidad no era más que un papel bien representado; pero esto carecía de fundamento. Más cerca de lo cierto andaba quien dijo que la santidad, como la caballería, tiene sus Quijotes. En Luis todo era buena fe. Si engañaba a alguien, era a sí mismo. No puede negarse que era grande y heroico. Ninguno de los muchachos seminaristas que en todo tiempo han tratado de imitar a San Luis Gonzaga (porque esto ha sido una verdadera monomanía entre la juventud clerical) adelantó a Tellería en el esmero de la copia. Pero no se puede imitar lo inimitable y ¿de qué vale un remedo puntual de las acciones y de las palabras, descuidando quizás la asimilación de lo esencial?

Alguien dirá que este joven es una figura de otros tiempos. Pues no es de otros, sino de estos. Mas para verla es preciso ir a buscarla donde está, pues este no es un tipo de la Puerta del Sol. Existen, sí, estos niños seráficos para gloria de una ilustre congregación. El siglo XIX, el más rico de todos los siglos, el siglo enciclopédico por excelencia, tiene de esto, como tiene de todo. ¡Monstruosa síntesis de los tiempos, no se sabe a dónde irá a parar, barajando con sus propias invenciones y prodigios nuevos las reliquias y curiosidades que ha conservado de aquel atrás remoto!


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

Primera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo XIX - La marquesa se va a la música[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XIX
La marquesa se va a la música
 de Benito Pérez Galdós

La casa de León estaba al Nordeste de la Villa, mirando por un lado al Madrid flamante, poblado de casas alegres y de frescos jardines; por el otro a las vastas soledades polvorientas. La capital de España tiene límites marcados por el lápiz de sus arquitectos; no se disuelve en el campo, ni tiene la zona mitad agrícola, mitad urbana, que nos lleva insensiblemente del bullicio de una ciudad al sosiego de las aldeas. El apelmazado caserío termina en seco, bruscamente, y ninguna casa se atreve a separarse ni ir sola más allá por miedo al sol, al frío y a los ladrones. Nos ha parecido a veces el reposo de una gran caravana que, al caer de la tarde, va a levantarse y partir sin volver los ojos para ver el sitio que ocupó.

Desde la parte oriental del hotel se veía aquel triste paisaje de lomas manchegas, en invierno ligeramente teñidas de un verde vergonzante; en verano, amarillas, pardas, cenicientas, rasguñadas por arados que no aran, barridas por vientos que se revuelcan en las sinuosidades del terreno, levantando polvo y arrojándoselo a la cara unos a otros. Algo rompe la regularidad desesperante: aquí hay un tejar donde se ven masas de ladrillo que humean, allá una casa solitaria y aburrida, que si algo demuestra, es el asombro de hallarse donde se halla. Al amparo del tejar vense chozas de adobes y esteras, obras arquitectónicas de que se reirían las golondrinas, los topos y los castores, y al amparo de estas chozas de puntapié, los especuladores de la basura analizan la recolección de la mañana, hurgando en los montones de trapos, barreduras, papeles, restos mil de lo que diariamente le sobra a una gran ciudad. No lejos de allí juegan algunos chicos medio desnudos, cuyos cuerpos morenos y curtidos se confunden con el terruño. Parece que acaban de salir de una grieta, y que por ella se han de volver a escurrir, graciosos, blasfemantes, mal criados, revelando en su gracejo e inocente desvergüenza al ángel y al gitano en una misma pieza todavía.

Por allí vagan, después de hociquear en los montones arriba citados, perros leprosos que no desdeñan una pantorrilla si se les ofrece, gallinas flacas que por Abril o Mayo pasean sus manadas de pollos y les enseñan los primeros rudimentos del modus vivendi. A trechos se halla alguno que otro charco de agua verde, donde el cielo se mira estupefacto de verse de color de cieno, y las negras caravanas de hormigas cruzan el terreno en todas direcciones, cargando las vainillas de algarroba que merodean en algún campo mal sembrado.

Por las mañanas óyese en estas soledades manchegas un cencerreo delicioso: son los rebaños de ovejas que van de Vallehermoso al Abroñigal, y vuelven al caer de la tarde salpicando con notas melancólicas el dulce silencio del crepúsculo. También pasan precipitadas y saltonas las cabras y las meditabundas burras de leche, que al despuntar el sol llaman con su áspera esquila a la puerta del tísico.

Este paisaje triste, seco, huraño, esquivo, con cierto ceño adusto de encrucijada de asesinatos, con no sé qué displicente aspecto de cementerio abandonado; paisaje que en vez de llamar, detiene, y con su mirar glacial y amarillo suspende el paso del viajero e infunde cierto pavor dantesco en el corazón, es cosa muy distinta cuando llega la noche y, calmado el viento, se difunde un sosiego misterioso por toda la esfera y se levanta el indescriptible monumento de los cielos poblados de estrellas. Es tan alta aquí la bóveda azul, que el pensamiento y la mirada llegan como jadeantes hasta ella. No se puede mirar sin contener la respiración ese firmamento sin igual que se posa sobre esta gran estepa de Castilla, como la vida espiritual surgiendo sobre la aridez del ascetismo. Hay tierras que tienen su paisaje en las lindas praderas y en los bosques y ríos, graciosamente sombreados por un cielo algodonáceo. Madrid tiene su paisaje allá arriba, en los inmensos espacios empedrados de mundos. Desde la casa de León se veía al anochecer, la faja luminosa que deja el sol en el horizonte, la hermosa sencillez y unidad del suelo, que trae al pensamiento los lugares de Oriente donde han pasado las cosas más grandes que ha habido en el mundo; más tarde, la sucesiva aparición de los soles remotos, como si cada cual fuera a tomar su sitio y se encendiesen poco a poco; la inmensa redondez aparente del cielo, en cuya curva parece que algunas estrellas suben animosas y otras bajan cansadas; la extraordinaria vibración de aquellas, que crecen y menguan temblando; la atención profunda de las mayores, que con un rayo solo de su mirada abarcan toda la inmensidad; la graciosa indecisión de estas, la adusta seriedad de otras que fulguran ceñudas; la grandiosa pereza de la vía láctea tendida sin fin, y abajo las masas planas de la tierra sin accidentes, sin ruido, sin alturas, sin árboles, sin agua, imagen yacente de la humanidad, que, dormida o muerta, sueña en la oscuridad de su cerebro con los infinitos esplendores de arriba.

-María, dame tu mano; quiero salir al jardín para ver el cielo -decía Luis Gonzaga a su hermana.

Finalizaba Julio y el calor era sofocante. En el jardín había puesto León un sillón de mimbres para que el enfermo gozara del bello aspecto de la noche hasta la hora en que empezaba a soplar el viento del Guadarrama.

Los cuatro formaban un grupo. El enfermo apenas hablaba poco o nada delante de León, pero cuando se iba hablaba mucho y con ardor y elocuencia de la belleza del cielo, del gozo que experimentaba con su próxima muerte y de la bondad de Dios. En Julio había tenido la enfermedad muchas alternativas; hubo días en que creyó que Luis se moría; pero después vinieron otros y aun semanas enteras de tan visible mejoría, que la marquesa llegó a tener alguna esperanza. Los médicos, sin embargo, no permitían que la familia se forjara ilusiones y decían a León: «Si no hay milagro de Dios, se va para el caer de la hoja».

Aquella noche (nos referimos a la noche en que dijo las palabras escritas más arriba), había mejorado, y sus facciones tomaban tinte extraño de animación y alegría, correspondiendo a esto una verbosidad más rápida y ardiente que de costumbre, excepto cuando León se acercaba.

Hallándose todos en el jardín, detúvose un coche en la verja y oyéronse las voces de la marquesa de Rioponce y su hija, que venían a buscar a la de Tellería para llevarla a los Jardines del Retiro. Varias veces había recibido Milagros la misma invitación; pero se había excusado de aceptar fundándose en la enfermedad de su hijo.

Verdaderamente no tenía gusto para nada... ¿Cómo podía disfrutar de placer alguno considerando el triste espectáculo que en su casa quedaba?... ¡Oh! Sus amigas la perdonarían; sus amigas no insistirían en llevarla a fiestas y comprenderían que no debía ni podía ir... Ella había hecho el sacrificio de quedarse en este horno por estar al lado de su hijo... Había hecho el sacrificio de trasladarse a la casa de León que era un destierro, un verdadero destierro... Su corazón de madre no vacilaba ante ningún sacrificio... ¡Pero ir a espectáculos, presentarse en los jardines cuando todo el mundo sabía que el pobre Luis seguía padeciendo...! Verdad es que estaba mejor, mucho mejor; no había más que verle la cara; pero, a pesar de esta mejoría, ella, la infeliz, la atribulada marquesa, no podía pensar en diversiones ni en música... Y no es que su pobre espíritu no necesitase algún esparcimiento... Bien conocía ella que sí lo necesitaba; ¿y qué solaz más puro que un poco de buena música?... Pero no podía decidirse, no. Hallábase encadenada por su tristeza, y encariñada con ella en tal manera, que no se podía desligar de sus fatales brazos, y padeciendo como padecía, la misma pena la ataba con fuerte lazo a la persona de su querido enfermito.

A estas razones, la de Rioponce contestaba con otras; que el pensamiento humano y el lenguaje suministran infinito caudal de razones para todos los casos de la vida.

Era evidente, como la luz del día, que Luis Gonzaga estaba mejor, ¿qué mejor?, fuera de peligro... Lo anunciaban su faz animada, sus ojos llenos de serenidad y el desembarazo con que por el jardín paseaba y el tono festivo de su voz pronunciando a menudo palabras alegres... ¡Oh! Sin género de duda, la marquesa podía salir, podía ir al Retiro ¿por qué no? ¿No debía ella mirar también por su salud? ¿Era acaso prudente dejarse dominar por una tristeza infundada? Los mismos altos deberes que estaba cumpliendo heroicamente junto a su hijo exigían de ella el cuidado de su propia salud para poder continuar en su gloriosa faena de solicitud y de cariño. Dios no exigía tampoco una abnegación exagerada, anti-higiénica, y gustaba de que en la corona de espinas del sacrificio se introdujera de vez en cuando alguna florecilla.

Este razonar habilidoso y la querencia del festejo que hacía palpitar su corazón matritense, decidieron a la pobre Milagros. Pero los inconvenientes surgían a cada instante. Además de que no tenía gana, absolutamente ninguna gana de ir, érale preciso vestirse, para lo cual tendría que ir a su casa.

¡Qué tontería! ¡Si estaba bien, perfectamente bien, así! No necesitaba más. Ella tenía el singular don de estar siempre bien, de cualquier modo que estuviese, y aquella noche, fuerza era confesarlo, se había puesto elegantísima, cual si su corazón presagiara un fausto suceso.

Por último, los ruegos de su hijo la decidieron, bien a pesar suyo.

-Iré nada más que por darte gusto, hijo mío -dijo con mucho cariño.

Luis arrancó dos rosas del rosal más cercano y se las dio a su madre para que se las pusiera en el seno.

-Ya sé que te gusta esta clase de adorno, que es el más sencillo -le dijo sonriendo.

-No voy más que por no desairar a Rosa -añadió la madre- y por complacerte a ti. Yo soy de tu escuela, querido hijo; obediencia y hacer alguna vez lo que no nos agrada. Adiós.

-Adiós, mamá.

Poco después, el coche de la de Rioponce se alejaba, arrastrando a la marquesa hacia aquel resplandor de luces de gas que iluminaba la neblina formada por el polvo de los paseos y las evaporaciones caniculares.


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Capítulo XX - Un drama viejo, viejísimo[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XX
Un drama viejo, viejísimo
 de Benito Pérez Galdós

-Mi querida María, ¿estamos solos? -dijo Luis, estrechando contra su pecho las manos de su hermana.

-No -replicó ella con desasosiego, mirando una sombra oscura que avanzaba del otro lado del jardín-, allí está... Viene.

Después de observar un rato, añadió:

-Pero se ha vuelto; se pasea... Parece que no se atreve a acercarse... parece que te tiene miedo, Luis, o si no miedo, un respeto, un respeto... Su conciencia no podrá estar serena delante de ti.

-No seas tonta... ¡respeto a mí!... ¡a mí que soy una miserable criatura!... Además, los hombres como tu marido no respetan nada ni a nadie. En su interior hará burla de nosotros.

-Eso sí que no -dijo María con firmeza-. Yo te aseguro que no se burla de nosotros. León es bueno, y si creyera, si creyera. ¡Dios mío!... ¿Ves? Ahora parece que vuelve otra vez; pero se retira.

-Está triste -dijo Luis, observando la sombra que allá lejos vagaba lentamente como alma en pena-. Parece que una gran desgracia le abruma, y, sin embargo, tiene salud, es rico, posee todos los bienes del mundo. Mírame a mí, enfermo, muriéndome, desligado de todo, pobre y olvidado, y, sin embargo, estoy alegre; mi alma experimenta esta noche una calma dulce y un placer... es como si una mano suave y blanda la levantara en los aires.

Después, acercando el rostro al de su hermana y mirándole a los ojos, le dijo:

-Hermana querida, yo me voy a morir.

-Por Dios, no digas eso, hermano -repuso ella con afán-. Si estás mejor, si te curarás...

-No me gusta oír en tu boca los necios consuelos propios de los médicos y de los que no tienen verdadero espíritu cristiano. Yo me muero y estoy alegre de morirme. Esta mañana, cuando oí misa, pareciome que una voz celeste me anunciaba mi próximo fin. Desde entonces nació en mi alma este júbilo que ahora siento. Todos mis pensamientos hoy han sido de gozo y felicitación por el bien que anhelo. He entonado un Te Deum, y me he alegrado tanto, tanto, que al fin he temido que este excesivo contento escondiese algo de amor propio y ofendiese a Dios.

-No te morirás, no te morirás -dijo María, acariciándole la cabeza.

-Tu alma, contaminada del mundo, no comprende la deliciosa vida del morir. Entiendes las palabras en ese sentido estúpido que les da el Diccionario y la conversación de los pecadores. Regocíjate por mi muerte, mujer, regocíjate como yo y así aprenderás a desear la tuya. ¡Ay!, ¡hermana mía! Un solo sentimiento empaña mi alegría, un solo interés mundano me ata todavía a mi horrible envoltura. ¿Sabes cuál es? Acerca más tu silla a la mía: no puedo alzar la voz.

Los dos sillones de mimbre se tocaron.

-Mi sentimiento es considerar que tu preciosa alma, gemela de la mía, como tu cuerpo, se quedará aquí en peligro de ser contaminada, más contaminada de lo que ya está... Esta idea me perturba en mi última hora, y aunque espero alcanzar mucho del Señor pidiéndole por ti, no estoy tranquilo.

-¡Yo contaminarme!... ¿de qué? Tú no conoces bien mi carácter, ni el heroísmo y constancia con que defiendo mi fe, mi pobre fe pequeñita y humilde, que no es más que un reflejo de la tuya, grande y brillante como el sol. No temas por mí. Ya te he dicho que no hay peligro; ya te expliqué bien que, amándole como le amo, me mantengo siempre a una distancia infranqueable. Él ha querido salvar este abismo. Yo lo he querido también y lo he deseado; pero, después de lo que tú me has dicho, comprendo que es imposible sin un milagro de Dios.

-No milagro, sino un acto especial de su misericordia... y este acto debes esperarlo. Pídeselo a Dios constantemente, y al mismo tiempo no desatiendas ni un día, ni un instante, la obra querida de tu salvación. Conságrate a salvarte, María; haz de tu vida terrenal un escabel puro y simple para tu subida a los cielos; cultiva la vida interior, refuérzate con una devoción perenne, ármate de paciencia y corónate de sacrificios, porque tu situación es mala, careces de libertad, te hallas unida, por fatal error de tu juventud, a un hombre que hará esfuerzos colosales por apartarte de la única senda que lleva a la gloria eterna... De modo, hermana queridísima, que tu trabajo ha de ser doble, tus afanes inmensos, sudarás sangre, beberás hiel, sufrirás esos desgarradores martirios internos que hacen más daño que el fuego de una hoguera... ¡Pobre hermanita de mi alma!... ¡Ay!, cuando los Padres me mandaron a Madrid, tuve gran pena y dije: «¿A qué me mandan a ese lugar de pestilencia? ¿Por qué no me dejan morir en paz aquí?...». Ya me resignaba a obedecer, cuando un pensamiento súbito me iluminó, y pensé así: «De seguro el Señor me envía por ese camino con algún objeto piadoso». El objeto lo vi pronto... el objeto era que esta voz, pronta a callar para siempre, perdiendo el son vano del mundo, dijera algunas palabras importantes a una bella y candorosa alma que el Señor considera como suya. Bien sabe Dios que eres tú lo que más amo en la tierra; nos criamos juntos, y nuestras inclinaciones, como nuestras caras, se parecían; a los dos nos gustaba la vida espiritual, y en la edad en que todos los niños juegan, nosotros quisimos ser martirizados. Nuestra vida en aquel adusto pueblo de Ávila echó el cimiento en que luego cada cual debía edificar su piedad. Mi vocación sacerdotal preservome al instante del contagio del mundo. Tú caíste, tú te alejaste de la senda de luz y te metiste en la oscuridad, y en la oscuridad, cuando los ojos de tu alma estaban ciegos, te casaste... ¡Y con quién! ¡No vitupero el matrimonio, que es santo también, sino tu elección! Pero los grandes gérmenes de tu alma fructificarán a pesar de todo; sí, fructificarán, hermana mía... Yo, por especial favor de Dios, he venido a morir en tus brazos; he sido mandado para que me veas y me oigas...

-¡Bendígate Dios mil veces! -exclamó María Egipcíaca con efusión-. Yo creí que allá en tu santo retiro no sabías nada de lo que aquí pasaba; yo creí que ignorabas las ideas de mi marido...

-Allá lo sabemos todo. Yo conocía sus obras, sus ideas, su carácter, y tenía noticia de su exterior amable y de sus cualidades relativamente buenas... Sabía los vicios que devoran a nuestra desgraciada familia, vicios de los cuales tú y yo no debemos hacer un secreto. Nuestro pobre padre no vive como un prócer cristiano; nuestra mamá pone mucha atención desmedida en las vanidades del mundo. Leopoldo es un joven disoluto, enfangado en la corrupción; y Gustavo, aunque defiende con brío la causa de Dios, hácelo con cierta ostentación mundana y más bien por orgullo que por el celo religioso. Los cuatro han olvidado que la hermosura, la gloria humana, las riquezas, los honores, el aplauso no sirven al fin para otra cosa que para los gusanos, que todo se lo comen, y que cuantos afanes se pasen por lo que no sea provecho del alma, son en beneficio de los mismos feos gusanos. Sólo tú te me apareces con algún carácter de santidad y virtud que descuella entre esta podredumbre; pero aun tú, con ser tan superior a los demás, no estás exenta de gran mal y expuesta también a perder tu alma.

Al decir esto se le extinguieron súbitamente las palabras en la garganta como si una mano invisible le hubiera agarrotado.

-Me ahogo -murmuró con sordo gruñido, echando la cabeza atrás-. No puedo...

Apenas podía respirar, y su cuerpo se contrajo con dolorosas ansias en el asiento.

-León, León -gritó María llena de susto.

-No es nada... no llames -dijo con mucho trabajo Luis, empezando a recobrar el uso de sus gastados pulmones-. Creí que había llegado el momento... No tardará. Dame tu mano; no te separes de mí.

Acercose León.

-No es nada -le dijo su cuñado-. No hay que asustarse... Creí que me moría; pero no es hora, no; aún tengo algo que decir.

Los tres guardaron profundo silencio.

-Este sitio no es bueno -dijo León-. Ha estado toda la tarde abrasado por el sol, y parece un horno. ¿Quieres que te pongamos al lado del Naciente, donde está un poco más fresco?

-¡Oh! Sí... es la parte mejor porque no se siente el bullicio de la calle ni ese vaho de ciudad populosa que aturde.

Levantose y anduvo algunos pasos ágilmente con su hermana, mientras León trasportaba los dos sillones; pero antes de llegar, el enfermo se encontró súbitamente sin fuerzas, y apoyado en el brazo de María, vacilaba como un ebrio.

-¡León, León, por Dios, acude!

Sostenido entre los dos, el pobre joven ocupó su asiento en el costado oriental del jardín, y podía contemplar desde allí gran extensión de cielo estrellado, dominando la estepa.

-Esto me recuerda -dijo el colegial poeta recobrando la respiración- nuestro querido páramo de Ávila, aquella imagen admirable del destino del hombre, aquellas noches sublimes formadas de un suelo desierto y de un cielo fulgurante, como si quisiera representarnos un árbol misterioso del cual no se ven sino las raíces y las flores... lo mismo que aquí, ¿ves? Las raíces abajo; las flores arriba; las penas acá, allá las corolas eternamente abiertas, exhalando el aroma de la dicha sin fin.

Después calló. Oíase tan sólo su respiración fatigosa. Miraba al cielo, cual si estuviera contando las estrellas como hacía en su niñez. María parecía rezar en silencio. León tomó el pulso a su cuñado, le tentó la frente, observole después largo rato.

-Estoy bien -dijo Luis sin mirarle.

Poco después León se alejaba. Sus pasos hacían sonar la arena del jardín con ese rumorcillo campesino que a veces supera a la más bella música. Cuando la rápida disminución del ruido indicó que el dueño de la casa había doblado el ángulo del jardín, Luis llamó a su hermana.

-María -murmuró sin mover la cabeza.

-¿Qué?

-Pronto, muy pronto, hermana mía, atravesará mi alma por entre esos ejércitos de estrellas que parecen estar ahí para aclamar a las almas que pasan triunfantes... ¡Oh!, ¡qué puro y celestial gozo siento dentro de mi espíritu!... ¡Si yo pudiera comunicarte este gozo, si yo pudiera hacerte comprender cuán hermoso es arrojar este fardo insoportable y volar solo, libre, hacia esa inmensidad iluminada para las eternas fiestas de los justos; volar solo, libre, sin arrojar siquiera una mirada sobre este muladar del mundo!... ¿Ves esa maravillosa arquitectura de luces? Si son tan bellas éstas que ni siquiera merecen compararse al polvo que huellan los bienaventurados más arriba, ¿cómo serán las que coronan a María Inmaculada, allá dentro, en lo más alto, en lo más hondo, allí donde nuestra mirada no puede llegar?

-Por Dios, hermano querido -dijo María con afán-, no hables mucho, sosiégate... estás excitado...

-Hermana, yo te hablo como el prisionero que aguarda el instante de su liberación, y tú me respondes con el lenguaje vulgar, estúpido, de los médicos... Desgraciada ilusa, ¿qué me importa a mí la salud del cuerpo? La vida del pobre insecto que pasa y se posa en nuestra cara para picarnos me importa más que la mía. ¿Y cómo quieres que haga caso a esos inútiles cuidados tuyos, cuando sé que mañana...?, sí, hermana querida, mañana, después de oír la santa misa y de recibir al Señor, daré mi adiós a la tierra... Estoy seguro de ello, me lo dice la misma voz que tantos anuncios certeros me ha hecho en mi vida de meditaciones, y... no lo dudes... es una visión... un anuncio divino... Mañana, mañana.

María estaba absorta, espantada. El rostro de su hermano era como el de un cadáver que recobrase milagrosamente la mirada y la palabra. Ella no se atrevía a apartarse de él un momento. El padecimiento del joven la alarmaba, y al mismo tiempo seducían de tal modo sus ardientes palabras que no podía separarse de allí.

-Oye de tal modo mis palabras -le dijo Luis tomando sus manos-, que suenen en tus oídos mientras existas. Son las últimas exhortaciones de tu hermano moribundo y feliz, y si no tienen autoridad por mi persona, tiénenla por mi muerte, porque en todo moribundo hay algo de profeta. María, reconozco que hasta aquí has hecho algo para salvar tu alma; reconozco que has entrado en el buen camino, practicando, además de las devociones que a todos obligan, otras particulares, consagradas a la Santísima Virgen y a los santos; pero eso no basta, hermana mía; eso no es nada, mientras continúes consagrando parte de tu atención a las vanidades y engaños del mundo. Esas devociones que ahora se estilan y que permiten frecuentar los teatros y tertulias, vestirse con insultante lujo, pasear siempre en coche, fomentar la superchería y presunción, son verdaderas comedias de piedad. Reforma completamente tu vida: fuera mundo, fuera galas, fuera pompas, fuera lujoso vestir, fuera refinamientos de comodidades, fuera coches, fuera elegancia y anhelo de parecer bien.

Al decir esto, hacía con la derecha mano el gesto de arrojar lejos sucesivamente las cosas que iba nombrando.

-Desea parecer mal -añadió con febril elocuencia el arrebatado santo y poeta-; desea que se burlen de ti; desea hasta ser calumniada; desea que te llamen ridícula e insociable; desea el olvido, el desprecio de todo el género humano. No quieras nada de aquí, para tener todo lo de allá... Juntos nacimos: así como en el vientre de nuestra madre estuvieron unidos nuestros cuerpos, estén unidas nuestras almas en la vida inmortal. Seamos gemelos de la eternidad, hermana querida. ¿Quieres serlo, quieres estar eternamente unida a mí delante de Dios, quieres que nuestros méritos se confundan en uno y que de las alabanzas cantadas por tu boca y la mía no resulte más que un solo himno?

-Sí, sí -exclamó sollozando María.

Arrojose en brazos de su hermano, que abrasado por la fiebre parecía delirar. También el cerebro de la hermana ardía, encendido al choque de aquel cometa flamígero que pasaba por ella en lo más crítico de su vida.

-Sí, sí -añadió regando de ardientes lágrimas el pecho del enfermo-; quiero volar unida a ti eternamente, ser tu hermana gemela, y salvarme como tú, y tener el mismo grado de bienaventuranza que tú tengas.

-Pues bien -dijo Luis entre secas toses-. Tenme siempre en tu memoria. Yo me voy, pero te queda mi espíritu, te quedan mis palabras. Óyeme bien: tu esposo, corrompido por sus ideas filosóficas y por la negación de Dios, será siempre un obstáculo terrible a tu santidad. Debes vencer este obstáculo sin faltar a los deberes que te ha impuesto el sacramento. ¡Oh!, no es posible imaginar situación más difícil. Pero creo poder señalarte el verdadero camino. Entre él y tú no puede haber jamás sino la unión exterior, y vuestras almas estarán separadas por los abismos que hay entre el creer y el no creer. Amor verdadero de esposos no puede existir entre vosotros. Pero tu piedad te impide al mismo tiempo aborrecerle. Ámale, pues, con esa estimación general que merece el perjuro, según la ley de Cristo. Obedécele en todo lo que no contraríe tus hábitos de piedad. Reconociéndole dueño y señor en todo, no permitas que tu conciencia católica sea esclava de su arbitrariedad atea. No le faltes al respeto, no le injuries, y ruega a Dios por él todos los días, a todas horas, con fervor contrito, sin olvidar a nuestros padres, a nuestros hermanos, que también merecen intercedamos por ellos... El Señor no te ha concedido hijos. ¿No ves en esto una maldición echada sobre tu matrimonio? Es una maldición, sí, y al mismo tiempo, con respecto a ti, un favor especial, porque haciéndote estéril, el Señor te demuestra bien claro que te quiere para sí, te demuestra su deseo de que a él te consagres y le honres. Estos dos pobres gemelos tienen mucho que agradecer a la misericordia de Dios.

-Mucho que agradecer -exclamó María, dejándose arrastrar por el torbellino- pero tú eres un santo, yo una pecadora.

-Tú serás como yo y más que yo, porque padecerás, lucharás, y tu triunfo será por esto más meritorio... No teniendo hijos, puedes consagrarte por completo al cultivo de la vida interior. Rompiendo absolutamente con el mundo, nada puedes temer, y la absoluta disconformidad en ideas que hay entre ti y tu esposo te da la completa libertad interior. Si en cosas de la vida quiere ser tu tirano, sé su esclava; pero si en cosas del alma quiere dominarte, oye sus palabras como oirías el ruido de la lluvia. Si te castiga de obra, sufre en silencio; si te abofetea, pon la otra mejilla; pero si con palabras insidiosas o con cariños diabólicos quisiera introducir en tu mente alguna idea herética, cierra tus oídos, huye de él en espíritu. Aceptando la esclavitud que te imponga, hazte libre en espíritu. Si no te permite ir a la iglesia no vayas; suple con meditaciones constantes y oraciones internas muy fervorosas la falta de culto en la iglesia. Si te permite ir a ella, ve lo más que puedas, y aspira al estado de perfección que te permita recibir la Eucaristía todos los días. Si él no solicita tu compañía, no solicites tú la suya. Si él aspira a estar en todas tus acciones, haz que esté siempre yo presente en tus pensamientos. Interésate por su salvación, pero no olvides ni un instante la tuya. No le exhortes con palabras a convertirse, porque se irritará más su ateísmo, y porque los mejores argumentos serán tus virtudes y tu humildad. Por ningún caso consientas en tomar parte en saraos dentro ni fuera de tu casa, ni tengas amistades de ninguna especie. Ya que no puedes convertir su hogar en un santo asilo, no consientas en él el menor escándalo. Una orgía o tertulia de hombres irreligiosos te autorizará para huir de tu casa. Y si algún día Dios quisiese tocar el corazón de tu infelicísimo esposo e iluminar su inteligencia; si ese hombre confesase la religión verdadera, entonces le propondrás la separación de cuerpo, para que yendo cada cual a una casa conventual de su sexo, consagren separadamente el resto de esta vida mortal a alcanzar la eterna.

-¡Oh!, hermano mío -exclamó María con exaltación-, no puedo creer sino que Dios mismo habla por tu boca.

Luis estrechó en sus brazos la preciosa cabeza de su hermana. Después estiró el flaco cuello, y gimiendo con horrible ansia de aire, parecía que toda la vida se paraba en él. Sus ojos se revolvieron en las órbitas, cerrándose después como si los deslumbrara un resplandor insoportable. De su pecho salía un soplo ronco y seco.

-León, León -gritó María llena de pavor.

Pero todo estaba en silencio; no se sentían pasos.

-León, León... Eso no es nada -añadió la hermana, acercando su rostro al del colegial poeta y procurando reanimarle con palabras.

Después volvió a llamar a su marido. Pero este no se hallaba en el jardín. No se sentían voces de criados, ni otro rumor que el de la calle, donde jugaban los niños de la vecindad, y algunos ladridos de perros vagabundos que andaban por los tejares. Ni el más leve soplo de aire movía las hojas de los árboles: todo estaba quieto, con no sé qué expresión de ansiedad pavorosa. Hasta las estrellas le parecieron a María atentas y sin fulguración, cual ojos llenos de espanto. Revolvió sus miradas en derredor, y tuvo miedo al verse tan sola con su hermano, que, al parecer, se moría. Volvió a llamar, y al fin sintió los pasos de su marido, que tranquilamente llegaba.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo XXI - Batiéndose con el ángel[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XXI
Batiéndose con el ángel
 de Benito Pérez Galdós

El hombre a quien hemos visto casi siempre sombrío y mudo en presencia de los acontecimientos y de las personas, desempeñando con el fastidio del actor cansado, un papel pasivo hasta ahora; este hombre que no nos ha revelado aún sino parte muy poco considerable de sus pensamientos, hallábase aquella noche más metido en sí que de costumbre y muy deseoso de hablar consigo mismo. Luego que llevó el sillón del enfermo a la banda de Oriente dio la vuelta en derredor de la casa. Oyó cuchicheo de criados en la verja, y risa de fregonas y doncellas, que, sentadas tomando el fresco de la calle, recibían las galanterías de los cocheros del hotel vecino. Incomodábale aquel rumor, y siguió adelante por la calle tortuosa trazada en el césped. Sentado en un banco del costado Norte, con los ojos vueltos al cielo, permaneció largo rato, el codo en el respaldo, la nuca en la palma de la mano, el cuerpo extendido con pereza y abandono.

Era astrónomo. Buscaba algo que le distrajera de aquel dolor continuo que no dejaba respiro a su alma. ¿Qué mejor descanso que mirar al inmutable cielo, que parece un símbolo majestuoso de nuestro superior destino y es, por la constancia y orden de sus giros, un emblema de la eternidad? El espíritu entristecido se lanza a aquel mar sin orillas como a su patria natural, y goza recogiendo las incomprensibles distancias y mirando cara a cara los espantosos tamaños.

Allí enfrente y arriba, fija, sola, quieta en apariencia, no muy grande, presidiendo como en un trono el decurso eterno de las demás estrellas, vio León a la Polar, primera letra del libro del firmamento. Las dos Osas le hacen la corte; la pequeña rodando junto a ella; la grande, arrastrando su magnífica cola en grandioso círculo. Casiopea, Cefeo, el Dragón, la enorme Cruz del Cisne, atrajeron sucesivamente su mirada, y por último Vega, estrella hermosa, con no sé qué centelleo melancólico y elocuente. Es tan linda que nos dan ganas de cogerla, y la cogeríamos si tuviéramos un brazo un millón trescientas treinta veces más grande que el brazo que necesitaríamos para encender nuestro cigarro en el Sol. Más hacia Occidente vio el lindo corrillo de estrellas de la Corona Boreal, que parecen darse la mano para danzar en círculo, persiguiendo siempre al hermoso Arcturus, uno de los soles más bellos y más grandes, que fulgura sereno, claro y como sonriente, con vanidad de su propia belleza. Era tarde, y mientras Arcturus declinaba hacia el Ocaso, aparecía por la derecha el Cuadrado de Pegaso, seguido de la infeliz Andrómeda, que se alarga hasta tocar a Perseo; apareció este con la cabeza de Medusa en su mano, y después la Cabra sola en un ángulo del Cochero, sin compañía ninguna, enojada, brillando con rayos que parecen saetas, mirándonos con entrecejo resplandeciente desde la distancia de ciento setenta billones de leguas. Su atención terrorífica echa setenta y dos años de camino para llegar hasta nosotros. No lejos de allí vio el gracioso ramillete formado por las llorosas Pléyades, que parecen huir de los cuernos del rojo Aldebarán... León Roch calculaba por la hora el tiempo que tardaría en aparecer el soberbio Orión, la maravilla más grande de los cielos, seguido de Sirio, ante cuya magnificencia palidece toda hermosura sidérea; después recorrió la región zodiacal buscando la coqueta Antarés, con hermosa cabeza y garras de Escorpión; se detuvo luego a determinar los sitios de las nebulosas más notables; esparció la vista por la Vía Láctea, donde tiende sus alas el Águila y abre sus brazos la Cruz del Cisne; por un rato se anonadó ante tanta belleza, considerando lo difícil que es para los ojos profanos el considerarla como una polvareda de soles, y por fin... se cansó de mirar al cielo. Reclamado en el fondo de su alma por cuidados de la tierra y por una inquietud y presentimiento inexplicables, levantose del asiento y penetró en la casa.

Pasó de una pieza a otra y al entrar en el comedor oscuro oyó cuchicheo de voces. Eran las de su mujer y su cuñado, que hablaban en el jardín, a dos pasos de la ventana del comedor. Sentose en una silla. Algunas palabras pronunciadas entre tos y tos llegaban a él, como el silabear quejumbroso y suspirón de María cuando rezaba de retahíla. Acercándose un poco a la ventana, oyó más claramente. No era de su agrado aquella suerte de espionaje, pero una fuerza semejante a la querencia lúgubre del crimen le detuvo allí un rato. Sus aterrados ojos miraban el grupo del jardín y su rostro palidecía como el de un reo que oye su sentencia. La misma fuerza de su enojo le alejó al cabo, llevándole a vagar por la planta baja de la casa, discurriendo por las habitaciones, cuyas puertas y ventanas estaban abiertas a causa del calor. Su figura pasaba, reflejándose de un espejo a otro, y se creería que estos jugaban con ella, arrojándosela y recogiéndola. Asustáronse, al sentirle pasar, los pájaros que ya estaban dormidos, y las cortinas se movieron ceremoniosamente como a la entrada de un gran señor. Al fin dio con su cuerpo en el despacho que ahora servía de gabinete al pobre enfermo, y se arrojó en una butaca, dando descanso a su cabeza en las palmas de las manos. A ratos oíase un murmullo, como si hablara consigo mismo; a veces un apóstrofe cual si con otro hablara. Después se oyó una risilla de desprecio, de burla, o más bien de ira, que la ira, cuando es muy reconcentrada, suele tener erupciones humorísticas, y últimamente verificose en él un fenómeno cerebral bastante común en los momentos en que la ira y el dolor se encuentran actuando a sus anchas sobre el individuo, a solas, en parajes semi-oscuros y silenciosos.

Con los ojos cerrados, (y esto es lo más extraño) creyó ver la misma habitación en que estaba, y se sintió a sí mismo precisamente allí donde mismo estaba. Y vio enfrente una figura japonesa, negra, rígida, recortada y destacándose sobre el fondo de colores inundados de luz. El cuerpo mezquino se mantenía sentado tieso, cual si de sí mismo fuera inquisidor, y el rostro gelatinoso, cadavérico, contraído todo por el hábito de hacer continuamente los visajes del escrúpulo y de la aflicción mística, elevaba al techo los ojos de esmeralda o los paseaba con indiferencia estúpida por las paredes pobladas de acuarelas, mapas y estampas, y por el suelo cubierto de fino junco.

León había caído en la somnolencia dolorosa a que llega, después de los primeros paroxismos, una pena profundísima que no pudiendo salir a la superficie, corre muy honda por los cauces del alma. Alguien más estaba allí. ¿Quiénes eran los que sentados en derredor formaban como un cónclave terrible? Eran Arcturus, Aldebarán, Vega, la Cabra, Orión, la coqueta Antarés y el imponente Sirio. En su delirio vio León que él mismo se levantaba, arrebatado de coraje y violencia; que corría derecho hacia la delgada figura negra; que sin intimación la asía en sus brazos, gritando: «¡Insecto, has venido a robarme mi última esperanza! ¡Muere, pues!...».

Y el insecto acogotado le dirigía una mirada de indefinible dolor, gimiendo entre los duros brazos, y su débil armazón se quebraba, crujiendo como una cáscara de nuez que se rompe. «¿Quién te ha llamado a gobernar el hogar ajeno? -le decía León, ciego de ira y haciéndolo astillas-. ¿Quién te autoriza a quitarme lo que me pertenece?... ¿Quién eres tú?... ¿De dónde has venido con tu horrible orgullo disfrazado de virtud?... ¿De qué te vale el desollarte vivo, si no tienes verdadero espíritu de caridad?...». Y el pobre insecto expiraba con contracciones dolorosas, cerraba los ojos para siempre y parecía que sus ajados labios decían: «muero». León, poseído de una cólera delirante, le apretaba más, y la víctima menguaba entre sus brazos: ya no era más que un negro manojo de zancas secas, de manos estrujadas y un caparazón roto como el juguete de cartón en manos de un niño... Pero de pronto las estrellas prorrumpen en espantosa risa y huyen, buscando cada cual su sitio arriba; el desbaratado cuerpecillo se deshace de los brazos asesinos, se transfigura, se engrandece, se torna de humilde en poderoso, de mezquino en fuerte; vésele alzarse y elevar la frente rodeada de luz, extender de su cuerpo negro alas esplendorosas, alzar del suelo los pies blancos y desnudos sin un grano de polvo de la tierra, y levantar el brazo formidable y musculoso, cuya mano empuña una espada de fuego.

León echa mano al cinto. También él tiene su espada de fuego y la saca, blandiéndola en el aire con amenazadora presteza.

«Menguado, ¿crees que te amo?».

«¡Atrás, impío!».

Y entre los dos, iluminado su bello rostro por el resplandor de las espadas, apareció María, mundanamente hermosa, mal veladas sus gracias voluptuosas, con los ojos encendidos de amor y la boca fruncida por un mohín de mojigatería.

«¡Colegial, dejámela!, ¿no ves que es mía, no ves que la amo?».

«¡Atrás, impío!».

.....................................................................................................................................................

-¡Oh!, ¡qué necia estupidez! -exclamó León, pasándose la mano por su frente, cubierta de sudor frío y desechando la obsesión terrible.

Claramente oyó entonces la voz de su mujer, que le llamaba. Aquel León, León sonaba en su cerebro como una campana tocando a rebato. Levantose, y lentamente, sin precipitación, con una parsimonia cruel y en cierto modo vengativa, se dirigió al jardín.


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Capítulo XXII - Vencido por el ángel[editar]

La familia de León Roch
Primera Parte
Capítulo XXII
Vencido por el ángel
 de Benito Pérez Galdós

-No, no es nada -murmuró Luis Gonzaga cuando vio cerca al marido de su hermana-. Una congoja algo más fuerte que las demás. Mañana...

León le miró sin tocarle, a dos pasos de distancia, mudo, sombrío y acordándose de su pasada obsesión, tuvo miedo de sus sentimientos.

-No -dijo para sí- no es más que antipatía, que se ahogará en lástima, porque este desgraciado se muere.

Luis tomó la mano de su hermana, y con voz débil, incorrecta, desigual, entre solemne y festiva a causa del súbito calenturón fulminante que le devoraba, le dijo:

-El mayor peligro a que estarás expuesta será que te propondrán transacciones, acomodamientos... Prevente contra este lazo de la impiedad, que es una trampa cubierta de rosas, hija mía. No, entre el creer y el no creer no hay arreglo posible. ¿Concibes tú reconciliación entre el salvarse y el perderse para siempre? No hay término medio entre lo temporal y lo eterno. Huye de los arreglos, no cedas ni un ápice de tu firme y glorioso terreno. No se puede ser religioso a medias. El que deja de serlo por completo, ya no lo es. Nuestro Señor ha querido que esta obra admirable sea tal, que el que de ella quitase la más mínima parte, al punto queda fuera de ella... Cuida de evitar la pérfida trampa... Es el tema predilecto del siglo, y ha lanzado más almas al infierno que la misma impiedad... Acuérdate de mí, piensa en mí, tenme presente, no olvides que he venido a salvarte, a llamarte al camino de la verdad y a morir en tus brazos para que mi memoria sea más duradera. Dios nos envió juntos al mundo, y juntos nos quiere ver, alabándole al pie de su trono de gloria. María, María...

-Sosiégate, hermano, sosiégate -dijo María aterrada y llena de angustia.

Luis abrió los ojos con viveza, y mirando a León, dijo con desvarío:

-Me parece que aquí hay alguien. María, ¿no es un hombre lo que veo?

-Es León, es mi marido... Llamemos al instante al médico... ¿No te parece, León?... Los criados ¿dónde están?

María corrió a llamar; pero su hermano la detuvo, asiéndole fuertemente el brazo.

-No me dejes solo... -murmuró-. Has dicho que tu marido... Dios mío, Dios mío, ¿qué idea es esta que me turba?... ¿Es este escrúpulo pueril, como tantos que me han mortificado, o indicación de la conciencia? Dime tú, ¿qué es?... ¿Está aquí León?

Marido y mujer callaron.

-¡Qué idea!... ¿Le habré ofendido? No; he dado a mi hermana los consejos que me dictaba la piedad. Dios ha hablado dentro de mí. Dios, Dios... Es escrúpulo; pero aun los escrúpulos deben atenderse. ¡Ah!, ¿está aquí el buen Paoletti?

Sus ojos extraviados se fijaban en León.

-Padre Paoletti, ¿habré ofendido a mi cuñado?

Después, como si hubiera oído una respuesta, añadió:

-Es verdad, no puedo haberle ofendido; y por si le ofendí, mañana le llamaré a mi lecho de muerte y le pediré perdón. Al mismo tiempo repetiré a María las advertencias.

-Llevémosle adentro -dijo León.

-Llamemos a los criados -balbució María, balbuciente.

El enfermo apartó los brazos de su hermana cuando se dirigían a acariciarle, y con voz torpe dijo:

-Dejadme aquí... Siéntate a mi lado.

María se sentó. Sus cabezas casi se tocaban.

-Mañana, mañana, cuando haya recibido al Señor en mi humilde morada, le entregaré mi alma... ¡Pero qué frío hace! Está nevando, ¿no es verdad?

Revolvió una mirada atónita por todo el espacio.

-No brillan las estrellas -murmuró con un ronquido-. ¡Oscura noche, precursora del día claro y grande! Mañana, hermana, mañana pediré a todos perdón y me dormiré en el seno del Señor... Si vieras qué bien me encuentro ahora... qué dulce reposo siento... Pero me da pena... porque el temor de que esta mejoría alargue mi vida... Yo no quiero salud, yo no quiero estar mejor, yo no quiero sino dolores, ansiedad, ahogarme, estremecerme y morir... Este bienestar que ahora... siento...

Su cabeza se fue inclinando lentamente del lado de su hermana, hasta que cayó sobre el hombro de esta, como si le rompieran las vértebras del cuello.

Cerró los ojos; de sus labios salió leve suspiro, y se murió como un pájaro que se duerme.

-Se fue -dijo León examinándole.

María abrazó a su hermano y sostuvo el cuerpo, que pesadamente se inclinaba hacia la tierra, y cuando los criados, acudiendo a las dolorosas voces del ama, trasladaron al muerto a su lecho, María le besó ardientemente, inclinando su cabeza sobre el cuerpo rígido. León, no convencido aún del fallecimiento, acudió a tocarle las sienes, el pulso, a hacer la prueba del espejo. Entonces María se incorporó enérgicamente, y rechazando a su marido con el nervioso gesto, con los ojos llenos de terror y de lágrimas y con la voz apasionada y furibunda, exclamó:

-¡Malvado! ¡No le toques, no le toques!

Madrid. Mayo, Junio, 1878.


 
 
FIN DE LA PRIMERA PARTE
 
 


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Segunda parte[editar]

Capítulo I - Si el tiempo lo permite[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo I
Si el tiempo lo permite
 de Benito Pérez Galdós

El cielo estaba en revolución, ni limpio ni oscuro; por un lado azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él iban a dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y disputándose palmo a palmo el cielo. El sol, neutral en esta disputa, alumbraba a ratos la tierra, y a ratos se escondía dejándola en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde, como la mayor parte de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y no haciendo nada, antes que a remojar botas, atendiendo a levantar faldas y arrebatar sombreros.

La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella era sombra. Más triste que nunca era entonces el alto armazón de hierro pintado de color de plomo, cuyo elegante aspecto de arquitectura industrial no se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público el aspecto de una congregación de personas sensatas, reunidas en patriótico meeting, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira; deleite, frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra o drama está en el redondel.

Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo, algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la gran mancha oscura del público, y los abanicos animaban con su constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos de sombra y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso, con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más claros los de sol, daban cabida a los inquietos grupos de la gente jornalera, a los paletos, a un centenar de gandules cuyas maneras y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del torero, a infelices artesanos que van a buscar en aquella orgía de impresiones fuertes un descanso a la insulsez metódica del trabajo. La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnecerías, de las fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes de la Cebada hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo, unido al cascado son de un cencerro, hacía la ilusión de andar por allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la fritanga de sangre que está puesta a la lumbre y bulle y apesta, así salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca imprecación la chula, que, insolente y procaz, se abría paso entre el gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla, y el zafio ganapán a quien Naturaleza dio el empleo de lavar tripas de cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba, con el vaho del aguardiente, un chorretazo de injurias a la Presidencia, donde sin duda estaba algún edil de la capital de España, el gobernador o quizás el Presidente del Consejo.

La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente llamativa, ocupaban buena porción de la vasta fila, codeándose aquí y allí con otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada. Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante, bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para los Asilos de Beneficencia, comandante de Infantería, magistrado cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de clases pasivas, notario, profesor de piano; en fin, lo que se quiera hacer de él) y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con cierta hinchazón de matrona romana unida a la desenvoltura de la maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos, que aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo a un lado y otro miradas altivas; queriendo dar a entender que es muy señora, que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, o su carnicería o su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional, y que mientras ella viva no pasará necesidades este o el otro de aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón lleno de heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y a veces cínica, mayormente si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada estampa de Vitell, Otón o Heliogábalo; sólo que suelen perder el color al oír el morituri te salutant.

Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta, dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas, personas sencillas, feas, bonitas o insignificantes, llenaban la grada en la región de sombra. Arriba en los palcos había también mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas como mariposas, labios rosados, un morir voluble como el cabeceo de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo, charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que en los balcones de las calles, cuando hay procesión o parada, o cuando entra un Rey o sale a relucir una Constitución nueva. Veíanse caras ajadas que a la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo; otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del modo especial de ser bonita o de no serlo, y que se extendía a todos los objetos, compañeros o accesorios de semejante gente, desde la flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía temblar sobre la sien, hasta el medallón atento a las palpitaciones del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de las manecitas.

Los grupos de hombres solos también abundaban en los palcos, todos de negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado; nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos agudos y los voquibles que tienen el picor de la cantárida y la sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos atisbando arriba y abajo, a la corrida y a las damas, coincidían comentarios brutales sobre algunas de estas. Virtud y volapiés se confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las mismas palabras descabellaba a una familia.

Allí había hombres que en los días feriados se ocupaban en hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero, ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la juventud adinerada estaba abajo en las localidades de barrera, sitio predilecto del dilettantismo, donde tiene su asiento un ilustre senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia patria, de jóvenes a quienes no falta cultura ni aun talento, de periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro para escribir una especie de prosa impregnada, como la atmósfera del tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y aguardiente.

Estaba en el circo Sacristán, arrogante bestia de Aleas, berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al caballo, uniose bien pronto un susurro de descontento, y todas las miradas, ¡cosa inaudita!, se apartaron del redondel, por cuya arena ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin cuando Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano, brindaba delante de la Presidencia, viose un movimiento general, una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso, dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes suspendidas sobre la plaza, empezó a caer agua, ¡pero qué agua!... Una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba como latigazo.

Espantoso fue el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos el más fuerte se abría paso a codazos y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros, enganchándose con sus uñas de murciélago.

En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal, acobardado y huido, no estaba de humor de bromas. El agua quería lavar y no dejar huella de sangre. Los caballos moribundos aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era imposible seguir la corrida; llovían banderillas de agua; apenas se veía de un lado a otro de la plaza. Sonó de pronto el cencerro de los pacíficos cabestros, y Sacristán, siguiéndolos, se fue al corral.

El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró en los pasillos, que no podían contenerle, a pesar del gran desahogo del monumental circo. Las escaleras estaban obstruidas. Como nadie se atrevía a salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres maldecían a las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando agua, qué de estornudos y escalofríos!

Algunos jóvenes abonados a barrera trataban de abrirse calle a codazos para ganar la escalera y subir a los palcos.

-Vamos arriba -decía uno de ellos-. Creo que está León. Nos cederá su coche, y que se vaya con el ministro.

-Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?

-¡Cascarones!, aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué plancha!, ¡qué corrida!

A duras penas y molestando a muchos y oyendo quejas, lograron subir a los palcos. Arriba también era grande el jaleo, porque como la dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la plaza, la gente de estos buscaba abrigo en el corredor.

-Allí está León. ¡Eh!, ¡León! -dijo Polito, acercándose a un grupo donde había diputados y algún ministro-. ¿Nos cedes tu coche?

-Sí, tomadlo... no me hace falta.

-¡Bravísimo!, ¡chúpate esa!, ya tenemos coche... abur.

Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar a sus carretelas. Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque semejante público, si asiste con alegría a las corridas, no se enoja por una suspensión que tanto contraría a los de abajo. Lo imprevisto les seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los cambios bruscos y las situaciones raras. Además la lluvia no es cosa insoportable para quien tiene coche.

-¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos! -dijo una dama que en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco-. Tienen razón al pedir que se les devuelva el dinero. Ellos han pagado asiento para ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de Beneficencia...

Detuviéronse luego las dos damas para contestar a los saludos de tanta y tanta gente conocida.

-¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se va? Pues qué, ¿se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de miedo!... Parece que ya afloja... Pero la plaza está inundada... Yo me voy...

La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho diputado, algún ministro.

-¿Vienes a comer?

-Iré -replicó León-. ¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he quedado sin coche.

-Ven con nosotras -dijo la dama, tomando el brazo que le ofrecía León-. Yo no tengo paciencia para esperar más.

-Llueve mucho... Será preciso esperar a la puerta, y el turno de los coches será largo.

-No importa. Vámonos.

La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.

-Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la semana que entra...

-He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas en la casa.

-Cuando te vi en el palco pensé ir a saludarte y a preguntarte si has tenido noticias de Federico.

-¿Yo? -dijo la dama con sorpresa y disgusto-. A mí no me escribe ni puede escribirme. Por sus primos sé que se disponía a salir de Cuba para ir... qué sé yo adónde... ¡Oh!, no irá a buena parte.

-Y tu niña, ¿cómo está?

-No he querido traerla... la he dejado allá... ¡alma mía!, no está bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas a verla? ¡Cuánto deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo aquí esta tarde si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos a tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes tú... es para eso del empréstito nacional. D. Joaquín Onésimo te lo explicará... pero más vale que no le digas nada (aquí bajó la voz para que no la oyese el galán viejo, que dando el brazo a la otra dama, los seguía de cerca), más vale que no le digas nada, porque nos mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo. Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los cuatro solos... casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada a vivir en Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone mala.

Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud mojada que espera la conclusión del llover no gusta de abrir paso a los afortunados que van en busca de su coche.

-Permitan ustedes, señores... ¿Hace usted el favor?...

Cada súplica de estas les permitía avanzar unos cuantos pasos. Una vez en el ancho atrio mudéjar de la plaza, respiraron como el que concluye un largo y pesado viaje. Allí muchas personas impacientes veían el gotear incesante de los ladrillos del alero y alargaban la mano para ver si disminuía el temporal. Unos se arriesgaban con paraguas, otros corrían a los ómnibus. Los coches de lujo aguardaban a sus amos. El de Pepa tomó a las dos señoras y a los dos caballeros, y rodó salpicando barro por la ancha calzada que empalma con la carretera de Aragón. Poco después entraba en el jardín del palacio de Fúcar y en seguida en el vestíbulo cubierto. Era un gran recinto con columnas de escayola y dos enormes candelabros vestidos con fundas, que más que candelabros parecían frailes cartujos. Dejando a un lado la gran escalera de honor, larga y oscura, los señores entraron en las magníficas habitaciones del piso bajo, que eran las destinadas a la vida. Lo alto, es decir, lo más ventilado, lo más alegre, lo más claro, lo más suntuoso y rico, pertenecía al público de las grandes recepciones. Así lo manda la vanidad, gobernadora de la higiene.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

Primera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo II - Memorias. Tristezas[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo II
Memorias. Tristezas
 de Benito Pérez Galdós

Aquella noche sólo se sentaron a la mesa, como Pepa dijo, cuatro personas. Gozosa de verse entre amigos, que además de ser buenos eran pocos, la hija del millonario demostró graciosa y discretamente su alegría durante el curso de la comida. Más tarde las dos parejas pasaron a las hermosas salas de aquella parte del palacio donde tenían su asiento las reuniones de confianza. Allí había juntado Pepa a las raras maravillas de arte mil cachivaches de exportación francesa, aliando lo magnífico con lo bonito y lo bello con lo nuevo, tan bien dispuesto todo para mover a sorpresa o a gozo, que no lo presentara mejor el mismo palacio del capricho. La tertulia en cuarteto se prolongó hasta la hora en que la condesa de Vera se despidió para irse al Teatro Real, a donde quiso acompañarla D. Joaquín Onésimo. Los otros dos se quedaron solos.

Sentados en un diván rojo al pie de un cuadrito de género, que representaba inmundo muladar poblado de borricos y sucios gitanos (la moda ensalza hoy grandemente y compra a peso de oro esta casta de pinturas), no lejos de un tibor japonés, que tenía por escabel pesada trípode de cabezas de elefante y por corona las hojas peludas de una begonia, estaban Pepa y León Roch, ella muy comunicativa, él cabizbajo y mudo.

-Lo que yo había previsto sucedió -decía Pepa-. Federico, lejos de enmendarse en La Habana, fue de mal en peor. Bien se lo decía yo a papá. Si aquí le comprometió en negocios disparatados y de mala fe, allá, donde parece que la distancia hace peores a los hombres... Me da vergüenza decirlo: no me puedo acostumbrar a la idea de que el autor de ciertas fechorías sea mi marido. En la Habana le fue preciso esconderse y huir, porque los corresponsales de mi padre le quisieron meter en la cárcel... Cuando pienso que una locura o necedad mía, una ceguera inexplicable, una cosa que no tiene nombre ha traído a mi casa tanta ignominia... Todo el mal se deriva del infame, del maldito hábito del juego... pero ¿quién podría luchar con aquello que está en su sangre, en lo más profundo de su alma?... ¡Ay! -añadió después de una pausa, llevándose la mano a los ojos-, te aseguro que he pasado horas de angustia horrible y me he visto en grandes conflictos, porque tenía que ocultar a papá ciertas cosas y al mismo tiempo me era preciso contar con él para salir de las situaciones apremiantes en que Federico me ponía cuando sus pérdidas eran atroces... En fin, se ha padecido, se ha padecido bastante, señor de Roch. No creo que los corazones sean de fibra y carne y sangre, como dicen los médicos; creo que son de granito y bronce y que jamás pueden romperse, puesto que el mío no se ha roto. Tantas lágrimas han salido de aquí -volvió a llevar la mano a sus ojos chiquitos-, que pienso no tener más para cuando vuelva a ser desgraciada... ¿No se habían de acabar las rarezas y los antojos mimosos de aquellos tiempos? La realidad amansa... vivir es aprender... ¡Dios mío, qué cara me has hecho pagar la formalidad!... Se ha padecido, se ha sufrido mucho, León. Este palacio tan alegre para los demás, está lleno para mí de tristeza. No hay en él un objeto que no tenga en sí, como estampado, un gemido mío. No hay un sitio en que no pueda decir: «aquí lloré tal día; aquí pensé morirme de dolor». Y si fuera a contarte todo... ¡Ah!, no acabaría nunca.

Pepa indicó con lentas ondulaciones de su mano derecha la inmensidad de cosas que podría contar a su amigo, si quisiera ser indiscreta.

-Pues cuéntamelo todo. ¿No sé ya lo más negro, no sé lo verdaderamente incomprensible, que fue tu casamiento con ese bergante de Cimarra? Que tú, enferma de la imaginación y dañada de atrofia moral, aun siendo buena, cayeras en ese error inmenso, se comprende; pero que consintiera en ello tu padre... Verdad es que cuando subió al poder el partido verdinegro y me hicieron a Federico gobernador de provincia, mi hombre se corrigió y parecía regenerado. Era todo lo que se llama un hombre de importancia. Luego ocupó un alto puesto en el Ministerio de Hacienda... Nadie conocía a Federico en aquel funcionario riguroso, puntual, casi catoniano. Era tal su afán de parecer hombre sesudo y de peso, que hacía reír. Yo creo que tu padre se dejó alucinar por aquella máscara... Además, el amigo Fúcar tendría negocios en Hacienda por aquellos días... Oí hablar de un empréstito sobre la sal, de la incautación de salinas... En fin, Pepa, la verdadera incauta fuiste tú, cayendo en poder de ese bandido. Tus desgracias sucesivas no me sorprendieron. ¡Cuánto te compadecí! Cuando tú te casaste, yo era feliz todavía. Después... En resumen, yo conozco lo peor de tu triste historia. Si algo ignoro, no tengas reparo en contármelo.

Pepa se echó a reír. Dirigiéndose luego a su amigo con ademán de maestro que va a echar una reprimenda, le dijo:

-Pero me hace gracia tu frescura... Siempre estás «cuenta, cuenta, cuenta» y tú no me cuentas nada. Y no es porque falten en tu casa magníficos capítulos, y grandes dramas y hasta poemas, sino porque eres un guardador de secretos que no tiene igual. Ya sabes tú tragar, tragar amarguras sin que lo sepa nadie... pero yo estoy muy enterada de lo que pasa en tu casa: sé que María y tú no os veis más que en la mesa, y eso no todos los días. ¡Oh!, si tú eres discreto, tu suegra no lo es; responde a todo lo que le preguntan... ¿Y Polito? Ese dice lo que hay y también lo que no hay.

León dio un suspiro. Conteniendo la risa, o más propiamente dicho, ocultándola con su abanico, Pepa dijo a su amigo.

-Tienes una familia deliciosa.

Después estuvieron los dos largo rato sin decir nada, contemplando las pintadas flores de la alfombra. En el palacio solitario y sin ruido alguno, había una atmósfera de tristeza y como de somnolencia que convidaba a la meditación. Pepa se levantó, dando algunos pasos por la estancia, como quien busca la fórmula de algo muy importante que en la mente bulle y hormiguea queriendo ser dicho. Ya sabe el lector que no era guapa; ¿para qué hemos de repetir esto, que por lo desagradable cae en los protectores dominios del silencio? Pero no hay cosa mala que no tenga algo bueno, ni mujer alguna que no tenga algo bonito. Además, Pepa no carecía de encantos, y para algunos teníalos en grado eminente; sus ojos eran de buen efecto, resultando este de la pequeñez combinada con la viveza y con cierta expresión sentimental y cariñosa. Lo que más se notaba en ella era el pelo rojo y abundante y la tez blanca y clorótica, que la hacía parecer una imagen de alabastro y oro. Delgada y un poco huesuda, atenuábase este defecto con la buena proporción de miembros y con su encantadora ligereza de andares. Bajo su volubilidad de lenguaje se escondía la gravedad de su pensamiento. Parecía no tener orgullo, y sus maneras, algo rebeldes a la etiqueta, tenían no sé qué lenguaje de franqueza muy propicio a la amistad. En sus caprichos y excentricidades había variado tanto desde que la vimos en los baños de Iturburúa, que casi no parecía la misma. Ese gran domador que se llama la desgracia había blandido mucho su látigo sobre ella, y de tantas fierezas apenas quedaban pasajeros resabios.

Después volvió a su asiento, y durante algunos instantes observó con atención respetuosa la fisonomía inteligente y melancólica del hombre que había sido su amigo de la infancia. León estaba profundamente abstraído, como un matemático que busca en insondable mar de cálculos.

-¿En qué piensas? -le dijo Pepa interpelándole repentinamente.

Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel instante.

-En nada -repuso con afectada indiferencia-, en miserias y farsas del mundo.

-No puedes arrancar de la memoria a tu querida mamá política -dijo Pepa riendo-. ¿No vas a sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, que acaeció hace siete meses, si no me engaño. Tengo presentes las principales fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones.

-Ya lo creo... adquirirán fama.

-Me dijo el conde de Vera que anteanoche les dio de cenar admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya ves... hay familias que no saben qué hacer del dinero...

Los dos rompieron a reír. Pasando bruscamente de la risa a la pena, León dijo:

-Deja ese tema, que me hace daño.

-Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal -añadió Pepa inexorable-. Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto que he sabido... por los criados se saben cosas muy saladas... ellos se cuentan todo unos a otros... ¡Oh!, un detalle graciosísimo. ¿Te lo cuento?

-No, por favor.

-Vamos, que te lo cuento.

-Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer... que hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor o confitero con una cuenta de veinte o treinta duros... Todo eso me es conocido... es el entremés de todos los días.

-Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla, con mimo y secreteo, con una imprudencia, un descaro... Así lo dicen... Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!...

-¡Tanto!

-¿Y qué has oído del poeta? -añadió la de Fúcar con sagaz malicia-. ¿El marqués no te ha hablado de él? Este inspirado poeta, cuyos versos no hablan más que de cándidas palomas, de iris de paz de la familia cristiana, de la cumbre del Sinaí o de Siná, de las vírgenes del Señor, de ansias pías, de azul empíreo, del querub tartáreo, de arroyos parleros y de la... alma virtud; este egregio poeta cristiano tiene por Beatrice a tu adorada suegra.

Pepa no podía contener la risa.

-Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas, tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo dramas en tu familia, también hay sainetes.

-Por Dios, Pepa, no me martirices -dijo León mostrando deseos de marcharse-. Ya sabes que no puedo acostumbrarme a ciertas cosas que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa. No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí, yo no puedo estar más tiempo aquí. Decididamente me voy, me voy.

-¿A dónde?

-A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré -afirmó el joven con afanosa prontitud-. Ya sé que mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia... Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad...

-¿Te vas fuera de España? -preguntó Pepa, dominando su emoción.

-No sé aún...

-¿Nada te llama aquí?...

-No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme lastimado. Tengo amigos...

-Voy a proponerte un hermoso retiro -dijo Pepa con agitación-. ¿Sabes que junto a Suertebella, casi tocando a Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa?

-Junto a Suertebella... -murmuró León, gozando mentalmente con esta idea-. Lo pensaré; veré la casa.

-Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan bonito aquello... ahora que están crecidos y verdes los trigos... ¡Si vieras cuántas amapolas!... Se ve nuestro parque, el de Vista-Alegre, y después llanadas preciosas, por donde vienen a veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar a bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con números, y para clavar alfileres a los pobres insectos!... ¡Qué bien estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas, honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz...

Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la intensidad de aquel silencio, de aquella paz.

-No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día en que quieras comer bien, irás a casa. No tienes más que bajar a la corraliza, abrir una puerta... dos pasos...

-¡Dos pasos! -dijo León, algo extático con aquella acabada pintura.

-Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo donde juega Monina.

-¿Dónde juega Monina?

Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los ademanes, correspondiente a la animación del diálogo, sus manos daban a veces una con otra, como los pájaros que revolotean enamorándose.

-Monina quizás te haga algún ruido mientras estudias; pero tú la perdonarás, ¿no es verdad?

Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de los ojos una lágrima.

-Sí, se lo perdonaré... ¡Oh!, Pepa, te juro que tengo unas ganas de comérmela a besos...

-Hace quince días que no la ves, bandido.

-Mañana voy a verla -afirmó León, y de su semblante irradiaba el gozo, como antes la fúnebre tristeza.

-Mañana... ¿De modo que te espero? -dijo Pepa, dejando que se inclinara suave y maquinalmente su cuerpo a medida que su codo se hundía en el cojín.

-Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña? -preguntó León algo inquieto.

Pepa iba a contestar, cuando entró apresuradamente un criado que acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había puesto repentinamente mala, muy malita.

-¡Dios mío! -exclamó la de Fúcar, saltando de su asiento-. Y yo aquí tan sosegada... Corro al instante... el coche... Lola, mi abrigo... Lola, vamos... ¿Pero qué es?... ¿qué ha tenido?... ¿tos seca?... ¿ahogo?... ¿se ha caído?... ¿se ha enfriado?... ¿se ha mojado en el parque?... ¡Pobre alma mía! Un médico... Hay que avisar sin tardanza a Moreno.

-Yo me encargo de eso... Vete tú al instante -dijo León, no menos agitado que ella-. Será un aire, quizás el...

Y luego añadió con severidad:

-Ya he dicho una y mil veces que hay que tener mucho cuidado... los criados dan a los niños cuanto se les antoja... Quién sabe si la habrán sacado sin abrigo al jardín... Vete pronto, corre, no te detengas... yo haré que vaya en seguida Moreno Rubio. Irá en mi coche... a escape... Quizás no sea nada...

Pepa salió y León corrió a casa del médico. No conviene pasar adelante sin declarar que entraba en el palacio de Fúcar como amigo del marqués, como amigo también leal y verdadero y honesto de Pepa. No frecuentaba sólo aquella casa; frecuentaba otras muchas, llevado por su anhelo de buscar distracción en el ameno trato social y en las amistades honradas. Pero la verdad es que en aquel palacio eran más largas desde algún tiempo sus visitas. ¿Por qué? Alguien habrá que conteste torpe y soezmente a esta pregunta; pero no acertará el que tal responda. En León había nacido, sin que él le diera importancia, un sentimiento excelso, divino, de intachable pureza, cuya explicación se verá más adelante.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo III - María Egipcíaca se viste de pardo y no se lava las manos[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo III
María Egipcíaca se viste de pardo y no se lava las manos
 de Benito Pérez Galdós

Después de avisar a Moreno Rubio que vivía en el hotel inmediato al suyo, y de rogarle encarecidamente que pasara sin pérdida de tiempo a Carabanchel, para lo cual le facilitó su coche, retirose León a su casa resuelto a partir también para aquel sitio con la primera luz del día siguiente. Su casa estaba solitaria, triste, y en ella tomaban exagerado crecimiento las sombras de las figuras y el eco de los pasos. Soñoliento criado le abrió, y el ayuda de cámara siguiole medio dormido hasta su habitación.

-Déjame solo -dijo el amo al criado-. No me acuesto esta noche... Oye, ¿se ha recogido la señora?

-Hasta las once estaba en el oratorio... Voy a preguntarle a Rafaela.

-No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche?

-La señora marquesa de San Joselito y Doña Perfecta.

-La señora marquesa de San Joselito y Doña Perfecta -repitió León como un estúpido.

-Ya se han ido, luego que acabaron de rezar.

-Bueno... retírate. No necesito de ti esta noche.

El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija. Pero un criado no puede consolar a su amo, ni arrancarle sus melancolías por medio del cariño o de la persuasión, y se fue. León se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida a fantasma que a mujer, avanzó hasta llegar a él. Al sentirse tocado en el hombro, al volver el rostro y verla, dio León un grito de espanto. Es que a veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen terror los hechos más sencillos y las caras más familiares.

-Me has asustado -murmuró.

-¡Qué extraño!, ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre de carácter y de juicio!... -dijo María con el acento rutinario y quejumbroso que había adquirido desde algunos meses.

María vestía una bata de color más bien tirando a ratón que a liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro y su cuerpo carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy desgraciada forma.

Después de mirarle un rato, María dijo severamente:

-¡Me tienes miedo!

-Sí; te tengo miedo -replicó él, apartando los ojos de su mujer y fijándolos en el suelo.

-Pues qué -dijo María, sonriendo con expresión de desdén y superioridad-. ¿Tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte temblar delante de mí... Este es privilegio de la humildad, señor mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos a la soberbia.

Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo, bien porque creyera sorprenderlo, dijo así:

-¿Te enfada que venga a molestarte?, ya lo suponía. Por lo mismo me quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah!, León, tu conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar las apariencias; hoy ni siquiera eso.

-Tú -replicó León fríamente- haces todo lo posible para hacerme aborrecible mi casa. Tu enfado siempre que entran en ella los amigos que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo esté aquí lo menos posible. Esta es una casa de hielo y tristeza que oprime el corazón desde que se entra en ella.

-¡Oh!, ¡qué iniquidades dices! -exclamó María mirando al cielo con unción, juntando las manos y llevándoselas a la barba.

-Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad; tú has hecho de mi casa un antro solitario, árido y oscuro, y yo quiero luz, luz.

Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto. Después, pestañeando con gran viveza como quien va a llorar, dijo:

-No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo que me hablas como si yo fuera uno de esos que discuten contigo en los clubs, en los ateneos... qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz!, ¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡y tú empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!... Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte, hasta el último momento, hasta la hora de la muerte, te diré: «León, León, mira que...». ¿Te ríes? También me he acostumbrado a tus risas. Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate de mí. Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es padecer, padecer.

-¡Padecer! -exclamó León con amargura-. No es ciertamente ése mi deseo; pero sí mi destino. Dios ha querido que allí donde creí encontrar paz y amor, encuentre una guerra constante, hastío y tedio. Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde.

-¡Y ese madero soy yo! Gracias -dijo María, no pudiendo sofocar el mundano despecho que pugnaba por sobreponerse a su misticismo-. Ese madero es tu mujer, soy yo.

-Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo decírtelas.

-Pues arroja, arroja esa carga insoportable -exclamó la esposa con nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos-. ¡Te peso y no me tiras al suelo!... Pues mátame, mátame de una vez... Tengo la vocación del martirio.

León miró con desdén a su esposa, y le dijo solemnemente:

-Yo no mato... por eso.

-¿Pues por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo a puñaladas; se asesina también por disgustos.

-Si se matara a disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado. Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta recriminación nuestra, motivada por la radical discordancia en nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de esta, son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el hierro y el plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que dos almas ya casi soldadas se separan, tirando cada cual de su lado... porque duele, duele mucho, hija... y esto de sentir el hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la persona amada, y verse solo, solo...

León profundamente conmovido, dejó de hablar.

-De esa separación -dijo María- tienes tú la culpa, tú, por tu carácter rebelde a todo convencimiento, por tu ceguera, por tu obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino ofrecerte paz y unión?

-¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y dureza? ¿Qué ofreces tú, sino una paz parecida a la de los sepulcros, la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? Si en ti no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye el amor verdadero... No hables de paz tú, que te has revuelto contra mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un fanatismo feroz, porque me haces el efecto de una harpía que en vez de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente diabólica me has emponzoñado.

-¡Oh! -gritó María, dándose apariencia de mártir- insúltame a mí todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.

-Yo no blasfemo, yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro matrimonio un grillete de presidiario. ¡Tú, María, tú! Parece que no es nada, y, sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos, tú creías a tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías... Es tan grande mi respeto a la conciencia ajena, que no traté de arrancarte tu fe; te di libertad completa; jamás me opuse a tus devociones, ni aun cuando empezaron a ser exageradas y a enturbiar la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos, hace siete meses, ahí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer, y no sólo me martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; a veces hasta llegué a someterme un poco a tu ardiente capricho; pero tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio fanatismo, y ya sabes que me fue imposible. He luchado tenazmente contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está deplorablemente sometido a una atracción poderosa, irresistible, y vive sujeto a influencias oscuras que yo no puedo vencer. Hay en la sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atacan y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste, muy triste: no hay esperanza.

María estaba tan impaciente de hablar, que antes de que él concluyera dijo:

-También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo fui criada en la religión divina y me enseñaron a practicar mi fe sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte. Pronto empecé a comprender que al enamorarme de ti había cedido a un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus sabidurías eran muy sospechosas; que a tu lado y dejándome influir por ti y tus pestilentes ideas podría llegar a ser muy desgraciada y a perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah!, no puedes negarme que en la libertad que me dabas había cierto desprecio. Sonreías de un modo cuando yo te hablaba de mis devociones... Pero en fin, así íbamos pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por qué no he de encender luz en esa alma apagada?». ¡Oh!, entonces me diste a entender que yo era una loca, me diste a entender que éramos locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer, que cada cual se salvará como pueda». Esto me enojaba y me hacía llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay sino una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo que yo llamo la Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía de aquel serafín, a quien Dios permitió que viniese a mi lado por unos días para dirigirme por el camino del Cielo... Veo que te irrita este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos días, cuando la presencia sola de mi hermano era para ti un motivo constante de remordimientos...

León no contestó a su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su cariño.

-Yo también sentí entonces remordimientos, o mejor dicho, dolor muy vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme a aquel ángel, en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada a un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del Cielo oí, que cosas imaginé, qué apariciones vi, qué ansiedades sufrí, qué afanes de ser miserable en la Tierra para ser dichosa allá arriba! ¡Qué ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano! Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me aparecía, no sé si en sueños o despierta, lleno de dicha y hermosura; llamábame a su lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida... Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque estás ligado a la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo. ¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la Naturaleza que nada le importan a nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre! ¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien pidiese a Dios misericordia para él, para él, que no la merece!

-Gracias -dijo León secamente, y como su mujer se le acercara, apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.

El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.

-Tu ironía -exclamó la esposa- no me hará retroceder ni vacilar. Sé que tu rebeldía concluirá; me lo dice una voz secreta de mi corazón, me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado, mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo -María Egipcíaca daba a su voz el tono más acaramelado al pronunciar aquellos superlativos de sermón-, me lo dice todo lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo... Señor -añadió, elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no tenían la refinada pulcritud de otros tiempos-, sálvale, sácale de la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo a tu gloria, hazle aborrecer sus condenadas doctrinas.

Después siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:

-Has de venir a pedirme perdón; te arrojarás a mis pies; me has de rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe a rezar; te arrastrarás como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que se te ensucien las manos; te vestirás de la manera más deslucida; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo, con la penitencia... Sí, tú te has de salvar; mis santos patronos no podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te perdonará, te llamará a sí por mi conducto... ¡Oh!, ¡qué triunfo tan grande, qué victoria!

Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida, exclamó:

-¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!

León la miró salir y callaba. El largo padecer iba haciéndole estoico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que este parecía convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el piso. Parecía decir: -Ya no más, ya no más.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

Primera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo IV - El mayor monstruo el Crup[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo IV
El mayor monstruo el Crup
 de Benito Pérez Galdós

Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche a Carabanchel. Era el aire fresco a causa de la lluvia que no había cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de todas clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos de Leganés o Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en hombros hacia San Isidro o Santa María.

Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica finca, que está como vamos al segundo Carabanchel o Alto, el cual, si urbanamente considerado es tan poco bueno como el Bajo, le gana en vastos horizontes y en agradables vistas. La posesión de Suertebella es una de estas que el capital abundante y la paciencia han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias, gleditchas, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras especies exóticas; magníficas estufas llenas de fuchsias y gomeros, helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían como caballeros, con la añadidura de establos y pajarera, y sin que faltase un poco de ría para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, un juego de crocket, una gruta, un estanquillo de piscicultura, hasta algo de ruinas con su imprescindible pincelada de hiedra y musgo.

El palacio, aunque construido de prisa con ladrillo y revoco, era suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito producen las artes suntuarias de nuestros días. Era de planta baja, constituido por larga serie de grandes salones en fila, decorados primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el rutinario Luis XV. El marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera carácter, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de aquella calidad que le hacía decir: «¡Oh!, vean ustedes qué carácter».

León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios, vacíos de gente, lúgubres y vestidos de seda como príncipes amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces niquelados, que todavía olían a embalaje, y el charol de los cuadros de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reló decía su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros cubiertos de joyas. Vio retratos históricos que fruncían el ceño; figuras poussinescas de risueños colores que bailaban en los tapices con pastoril juego; Cristos muertos de exagerada amarillez cadavérica en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y que tanto gustan a los aficionados de hoy; barros graciosísimos y acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas de Rubens y flacos corceles de turf retratados con tanto esmero como se retrataría a Cavour o a lord Byron; preciosos gatitos de porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos o cosa semejante.

Vio también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación. Vio después que delante de muchos santos ardían velas primorosas, tan bonitas, que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos y llantos. Por último, llegó a donde estaba el centro de tanta tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio a oscuras. Se acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más trascendental de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte de un ser pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre grande ni mujer útil, pero que llenan de turbación y congoja a las familias. En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruinas, ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción a las madres. Parece que le es necesario recortar todos los días a la raza humana, codiciosa de crecer demasiado.

Pepa, vestida aún con el traje que llevó a los toros, estaba arrojada en una silla, con las manos cruzadas, la mirada atónita. Su desesperación silenciosa causaba vivísima pena a cuantos estaban allí, y los que no podían contenerla se salían fuera a llorar. Junto a ella estaba el lecho tan bonito, que las hadas no lo fabricaran mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas de oro destinada a ostentar las flores más delicadas, y sus cortinas blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza, que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que hundía suavemente con su peso la pequeña almohada. La almohada estaba llena de rizos dorados y de lágrimas.

León sintió calofríos de pavor y como un puñal partiéndole el corazón al ver a Monina con la cara lívida y descompuesta, los labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos, el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los ganglios, y padeció más al oír aquel gemido estertoroso, que no era tos ni habla, sino algo semejante a voz de ventrílocuo, una nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca de un demonio y parecida a la inflexión del canto de un gallo, de donde viene, según algunos, el nombre de crup (crow). La vio contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos, con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba a su garganta obstruida. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta el cuello inocente, antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa, angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba o castigo, a la vida humana.

En aquella agonía sin igual, Monina volvía sus ojos acá y allá y miraba a su madre y a los criados, como pidiéndoles que le quitasen aquella cosa apretadora, aquella pupa, más terrible y dolorosa que todas las pupas posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza!

La desolación era inmensa. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija a la madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres vivos.

El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se apartaba de allí, indicaron a León un desenlace funesto. Pepa le miró, llena de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin declamación, pudo tartamudear estas palabras:

-¡Se me muere!

León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa añadió:

-No hay esperanza... Moreno Rubio ha dicho que no hay esperanza... que ya...

No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó lágrimas sin fin.

La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había conocido a Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical travesura placeres inefables. Esto sólo no bastaba, quizás, a explicar que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no era su hija y el dolor de una madre que no era su mujer.

Para que el crup sea más cruel, tiene sus traidores descansos, precursores siempre de una crisis mayor, el infame afloja su dogal para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce la vida. Después vuelve a apretar, hasta que concluye todo. Cuando pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos llaman falsas mejorías. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina logró expulsar algo de las falsas membranas que se la habían formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus ojos. Hubo un movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió a cubrirla y arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se había desabrigado. Cuando Monina vio a León, gimió con ese lloro displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna persona al lado de su madre o de la enfermera que los cuida. Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros sentimientos de la criatura en la tierra.

-Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de aquí, bribón.

Se oyó un débil gemido, que decía:

-Bibón.

-Vete, vete... Voy a castigarle. Hija mía, escupe.

Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, con los ojos cerrados, movió los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía: -Más, más, más.

Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando les están enseñando un libro de estampas, o pintando muñecos, o haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fue que extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden. Era un ademán de gracia, que en aquel momento era un gesto trágico. Trascurrido un minuto reapareció con más fuerza la tos seca y metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre niña y el alarido agudo, semejante al canto de un gallo. El que oye aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La niña se ahogaba, se moría.

Pepa dio un grito y cayó al suelo sin sentido.

La llevaron a su habitación. León se quedó junto a la niña. ¡Cuántas cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por entero su alma, como si la pobre Monina fuese todo lo que el mundo contenía de amable e interesante. Después de la muerte de su padre no había sentido él que su espíritu se aferrase tan fuertemente a un ser querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la madre ni con el padre de Monina, y, sin embargo, sentía lo mismo que si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo, íntimamente suyo. Sin duda, la madre y la hija se confundían en aquel sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma no dejándole hueco para ningún otro sentimiento.

Pocos meses antes del ataque de crup había intimado con Monina, entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas a la Mahonesa y la casa de Schropp. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres graves sólo por ir al palacio de Fúcar a jugar con Monina. ¡Era tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente y expresiva su media lengua sin gramática!... ¡hacía observaciones tan agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad y dulzura!... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es capaz un hombre con barbas: la había paseado en sus brazos; había intentado enseñarla a hablar, a hacer limosnas, a perdonar las ofensas, a compadecer a los pobres, a no castigar a los animales, a obedecer a su mamá, a responder derechamente a las preguntas, a no llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado a verla sonreír y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces? Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por su abuela materna, la difunta marquesa de Fúcar. Poco se parecía a su madre, porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín, llena de seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado, inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el lenguaje) seducía. Y si le entraba aquella comezón de no estar quieta en ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los ojos marcados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras en sus mejillas, la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con que los niños asustan a los sabios.

¡Qué espantosa trasformación! El término de un día había bastado para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no quedaría en la tierra más que un objeto marchito, un envoltorio ajado y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea atormentaba a León de tal modo que no podía resignarse a ella. No, Monina no debía morir: a él le hacía falta aquella preciosa vida. ¿Por qué? No sabía por qué, sólo sabía que en lo más íntimo de su ser había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del cual tiraba Ramona al quererse partir para el cielo. Días antes, aquel sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin consecuencia; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces, que si se rompían ¡ay!, arrancarían un pedazo muy grande de su alma.

Pasado aquel minuto de meditación, habló con el médico. La invasión de la difteritis traqueal era tan violenta que no había esperanzas de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo. Atento a cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vio que el resultado era nulo.

-¿No hay otra cosa? -dijo León, que parecía un muerto.

-El mercurio en fricciones.

Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados, ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las últimas palpitaciones de aquella vida preciosa y previniendo la sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños, agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocían en su semblante los heroicos esfuerzos que necesitaba hacer para que su dolor de madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna, toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno, que a veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite, a veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música, como un lenguaje, como un soliloquio en sueños.

Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante. Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los corazones mugían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia habitaba el palacio, llenándolo todo. Llenábalo también el olor de la cera ardiente delante de los santos y de la Virgen. La nena de la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos a la garganta para arrancarse aquello. Iba quedando fatigada, inerte, vencida en la desesperante lucha, y su cabeza hacía un triste hoyo en la almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas no empuñaban la sábana para hacerla trizas. Si al menos el infame verdugo la dejara morir tranquila... Pero no: aún aflojo la soga para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina dijo: -Más.

-Sueña que le estás dibujando muñecos -murmuró Pepa, que oprimiendo el pañuelo contra su boca, como quien se aplica una mordaza, dejaba sus lágrimas correr a chorros por entre los dedos.

Después Monina llamó a Tachana, una niña con quien jugaba diariamente. Después nombró a Guru, hijo, como Tachana, del administrador de Suertebella.

Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador.

-¡Se muere, se muere!

Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos. Después, presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos a su propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el movimiento natural, primario, instintivo de la abnegación, queriendo apropiarse el mal del ser amado. Quisieron retirarla de allí; pero no fue posible arrancarla de la cabecera del lecho.

León se acercó León al médico, y le dijo al oído:

-¿Por qué no intenta usted la operación de la traqueotomía?

Moreno Rubio repuso con voz sepulcral:

-En esta edad es casi un asesinato.

-Conviene intentarlo todo, hasta el asesinato.

Parecían dos espectros secreteando al borde de sus tumbas.

-¿Usted lo quiere?

-Lo quiero.

-Consultemos a la madre.

-No es preciso: yo lo mando.

Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las cortinas del lecho, donde había una mesa.

-¡Hija de mi corazón! -exclamó Pepa-. ¿Por qué te mueres?... ¿por qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh!, Dios mío, Virgen de los Dolores, ¿por qué me quitáis a mi niña, lo único que tengo?... ¡Monina, Mona...!

Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el médico; no vio que tras de las cortinas brillaba un acero, una herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo.

-¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame!

Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del dolor que da a la madre las convulsiones de la euménide.

-¡Monina, paloma, niña mía! -prosiguió-. Yo me muero contigo; yo no quiero que te separes de mí.

Y al besarla parecía que quería devorarla.

-Pepa -le dijo León- vamos a intentar lo último... no te asustes.

-¡Mi hija está muerta, muerta!

Como si quisiera responderle, Monina dio un violento salto, y en un acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso.

-Si se enfría, si está helada el alma mía... -gritó Pepa-. Doctor, doctor.

Moreno acudió prontamente.

-Helada, no -dijo León, tocando a la niña-. Al contario, parece que suda.

-¡Suda! -murmuró Moreno, después de una larga pausa.

Sus manos tentaban a la moribunda, y su mirada perspicaz y acostumbrada a leer las oscilaciones de la vida, se clavaba en aquella, que después de oscilar se detenía, sin duda, para extinguirse en calma.

-Suda -volvió a decir León.

-Suda -repitió Pepa con un rugido.

Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres corazones. Pero no era posible, no.

-Abrigarla bien -dijo Moreno brusca, imperiosamente con voz de piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener, soltó un terno terrible.

Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza.

León y Pepa miraban a Moreno; pero no se atrevían a preguntarle nada. Más valía dudar, que es algo parecido a esperar. El semblante del médico no indicaba nada claramente, a no ser un vago dudar también.

-¿Sigue sudando?

-¡Oh!, sí.

-¡Sí!

-¡Sigue!

-¡Ahora más!

Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella dependiera la continuación o la ruina del universo existente.

-¿Pero esto no es un síntoma favorable? -dijo al fin León.

-Favorable es, pero aún...

-Ayudemos a la Naturaleza -dijo Pepa.

-Ella no necesita de nuestra ayuda en el caso presente...

-Pero...

-¿Será posible que...?

-¿Doctor...?

-Todavía nada, nada.

-¡Suda más!

-¡Más!

-¡Hija de mi alma!... ¡Oh! ¡Si vivieras!...

Detrás de la silla en que estaba Pepa había una imagen de la Virgen Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dio un salto, se arrodilló, se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle, Moreno acercó los labios al oído de León y le dijo:

-Si la acción detersiva sigue y llega a tomar importancia, es posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada a Pepa.

-¡Cuatro probabilidades!... -pensó Roch-. Ya es algo... El corazón me dice...

Y todo su interior se sacudía con un palpitar loco, frenético. Toda la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo, de un soplo.

Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte a otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo, un como giro total en los inmensos círculos del universo. Los dos hombres estaban ansiosos, no abatidos.

-¿Qué hay? -dijo la madre.

-Esperanza -replicó León, sin poderse contener.

-Poca -balbució Moreno.

Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente gratitud.

-No señora, no tenga usted grandes esperanzas -dijo el médico-. Esta reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa mejoría, como antes... Retírese usted a descansar un momento.

-¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salve!

-Todavía...

-Suda más -exclamó Pepa, con los ojos tan abiertos que más parecía aterrada que alegre.

-Sí, suda, y mucho.

-¡Muchísimo! -exclamó la madre, cuya imaginación sobreexcitada agrandaba el fenómeno sudorífico de tal modo que la humedad de la piel de Monina le parecía un río-. ¡Si Dios quisiera, si Dios quisiera conservarme mi tesoro...!

Y se arrodilló junto a la cama. Extendía sobre la niña sus manos sin atreverse a tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su respiración empezaba a suavizarse.

-¿Será posible?... Doctor...

-Nada, nada -declaró el inflexible Moreno-. La esperanza es muy exigua todavía. Veremos si sigue...

-¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre sola! León ¿qué opinas tú?

-¡Yo!... No sé -replicó León con ansia-. No sé... parece que me dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una corazonada... Quién sabe... quién sabe... Es posible...

Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría.

-¡Oh!, ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... y si nos engañáramos... y si nos equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía!, ¿por qué me dais esperanza, si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi vida, de mi casa, de mi alma?

Dio varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente que no sabe qué hacer.

-Recemos, recemos -dijo al fin-. La Virgen me ha oído... Le rogaré más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León, ¿por qué no rezas tú también?

-También rezo -replicó León inclinando la frente.

-¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será oído. ¿De qué modo rezas tú?

Y tomándole del brazo, le impulsó con energía hacia la imagen iluminada. Pepa tenía en aquellos momentos de frenesí una poderosa fuerza muscular.

-Como tú quieras -dijo León, que no era dueño de sí mismo.

Él no se dio cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla en tierra, de cómo alzó los ojos, exclamando con voz conmovida:

-Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!

¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae de rodillas y reza a su modo!... Voy creyendo que es tontería contar estas cosas que nada tienen de particular.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo V - La madre[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo V
La madre
 de Benito Pérez Galdós

¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, trascurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande que parecía tocada de locura: llorando, parecía reír, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes y sin sentido anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; a veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.

Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del cielo.

Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así:

-Ya es hora de poder decir algo positivo.

-¿Sí?

-Mi hija...

-Pues la niña -añadió el médico, estrechando la mano de Pepa- está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica obrando sobre la mucosa nos ha devuelto la joya que creíamos perdida.

Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.

-No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, o mejor dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.

Después de dar breves instrucciones, se retiró.

Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso a rezar y estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vio a Pepa junto a él.

-¡Qué día y qué noche has pasado! -le dijo ésta-. Horas de ansiedad, de muerte y, después, de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya...

-Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no me puedo explicar. Paréceme una aberración, una locura.

-¡Locura!... eso no... Yo quiero que ames a mi hija. Mira, León, si vivo mil años, no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidare será aquel momento, que fue el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego.

-No sé qué dices.

-Ni yo tampoco -replicó la de Fúcar inclinándose hacia León-. Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración o desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo a mi hijita?... ¿es verdad que conservo a este ángel para que me acompañe en mi soledad?

Miró a la niña, y acercándose despacio, la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, este pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.

-Tú estás muy excitada -le dijo-. Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre!, has padecido mucho desde anteanoche.

-Mucho -repitió Pepa-. He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.

-Cálmate... tienes calentura.

-Pues como te decía -indicó la dama, pasando bruscamente de una indecisión sombría a una claridad sonriente-, no olvidaré jamás aquellas palabras...: «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo». ¡Lo que más amas en el mundo!

León bajó los ojos.

-Yo agradezco mucho que quieras a mi hija de ese modo -dijo Pepa, pronta a llorar-. Al fin, no soy yo sola quien la quiere... Eres un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que...

Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. Él no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas y callaba, torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra.

Un sentimiento de dignidad o de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose, ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Qué escándalo!».

-Pepa -dijo León, estrechándole cariñosamente una mano-. Tu niña se ha salvado. Yo me retiro.

En aquel momento sorprendioles a entrambos una voz fresca, argentina, angelical, una voz del cielo, que gritaba:

-Mama, mama...

Pepa se la comió a besos. Monina resucitaba, pedía chicha (carne), melutita (merluza), bichichi (roast-beef), cayamelo (caramelos), panimiteca (pan y manteca), todo junto, todo a un tiempo, y en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más nombres, pedía cosas. Con esta palabra comprendían los niños su insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y de su gula.


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Capítulo VI - El marqués de Fúcar recibe nuevos favores del Cielo[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo VI
El marqués de Fúcar recibe nuevos favores del Cielo
 de Benito Pérez Galdós

Desde entonces la enfermedad de Ramona no ofreció cuidado, y, conocido en Madrid el buen término de ella, llenose el palacio de amigos que corrían a felicitar, como antes habían ido a compadecer. Hay gentes que viven así, felicitando y compadeciendo todo el año, y que se morirían de tedio si no hubiera muertes y bautizos, coches y tarjetas.

León partió a Madrid cuando los blasonados coches empezaban a entrar en el parque de Suertebella. A medio camino volvió para advertir que no olvidara dar a la convaleciente una medicina que ordenó el médico. Esto le preocupaba tanto, que en todo el día no cesaba de decir para sí: «Si la levantarán antes de tiempo... si no la abrigarán... si echarán demasiado cloral en el jarabe... si le darán golosinas...». Aquella tarde despachó en su casa varios asuntos, hizo luego algunas visitas indispensables y por la noche se retiró temprano. No vio a su mujer, ni su mujer hizo por verle a él. A la mañana siguiente tomó el camino de Suertebella, donde una grata sorpresa le esperaba. El marqués de Fúcar acababa de llegar acompañado de un ilustre extranjero, el barón de Soligny, que era el gran Fúcar de la nación vecina; hombre que andaba olfateando las naciones en busca de esos negocios enormes, fáciles, que nacen más espontánea y frondosamente en el seno de los pueblos desgraciados. Del mismo modo crecen ciertos árboles en los terrenos muy cargados de basura. No tardaría en venir de Madrid el Sr. D. Joaquín Onésimo, ya marqués de Onésimo, llamado por Fúcar para conferenciar sin pérdida de tiempo sobre el proyectado empréstito nacional.

León encontró al marqués muy pensativo y un sí es no es preocupado, vacilando entre la tristeza y la alegría, cosa difícil de explicar, porque los negocios más arduos no alteraban jamás la pasta dulce y blanda de aquel carácter enteramente mundano. Al hablarse de la enfermedad de Monina y de su milagrosa curación, D. Pedro, que quería muchísimo a su nieta, se mostró muy contento; después miró al suelo, frunciendo ligeramente el ceño, se sonrió un poco, volvió a ponerse serio y tomando a León por un brazo y llevándole a otro aposento, le dijo:

-Es preciso preparar a Pepilla para una mala noticia.

-¿Mala noticia?

-Sí, y digo mala por... qué se yo por qué. Realmente la noticia de una muerte, quién quiera que el difunto sea, es una noticia deplorable.

Y el marqués revolvió sus bolsillos llenos de papeles, sobres de cartas, tarjetas, todo cubierto de números trazados rápidamente con lápiz en el wagón, en el hotel, en el coche.

-Aquí está el parte... Es un acontecimiento terrible: el naufragio de un vapor americano entre Puerto Cabello y Savanilla... Los periódicos de aquí no han dicho nada todavía; pero mi corresponsal de la Habana... ¿Ves el telegrama?... vapor City of Tampico.

León palideció al leer el parte.

-De modo que Pepa... -murmuró.

-Pst... silencio... Puede oír y no está preparada. Efectivamente, mi hija se ha quedado viuda.

León Roch estaba perplejo.

-Aquí en confianza de amigos -dijo don Pedro acercando sus labios al oído del joven para hablarle secretamente-, aparte de lo lamentable de la catástrofe, es una suerte para mi hija y para mí. Si Federico vuelve a Europa, acaba con ella y conmigo. Parece que Dios ha querido resolver de un modo trágico y brusco la situación comprometida en que mi querida hija se puso y me puso a mí casándose con ese perdido, jugador, falsario. Aquí tienes un capricho de la niña que a todos nos salió muy caro. Mira, León: hazme el favor de cerrar esa puerta para que podamos hablar con libertad: me carga el secreteo.

León cerró la puerta.

-Usted -dijo este- es el más a propósito para darle la noticia.

-No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño... será más bien una sorpresa dolorosa... menos, tal vez. Aquí entre los dos (y diciendo esto bajó mucho la voz a pesar de estar la puerta cerrada), yo creo que Pepa quiere a su marido lo menos que se puede querer a un marido, ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto a nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón... Pepitinilla no derramará muchas lágrimas... ¡qué demonio!, si es muy posible que no derrame ninguna.

El marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que remataba un gran negocio. ¡Ah!, la Hacienda pública temblaba en lo profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos.

-Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para mí -repitió cual si hablara consigo mismo-. La Providencia nos ha salvado... Si ese hombre vuelve a Europa... Y habría vuelto cuando se le hubiera acabado el dinero... ¡Ah!, ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid, sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de la Habana. No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de Fergusson Brothers, sino que cuando te enviamos a Cuba aún abusaste de mi nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no consiente que los pillos...

Con un puño cerrado machacaba en la otra mano abierta. Después, como si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad humana y la caridad, dijo:

-Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón. Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios de esos buques americanos! Después de que los hacen de madera, tienen la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el incendio y naufragio del City of Tampico no se salvaron más que dos grumetes y un cuáquero loco. Federico se había embarcado en él para ir a Colón con objeto de pasar a California, tierra propicia a los aventureros; había sacado de la Habana todos los fondos que tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales pasos! Luego diréis los libre-pensadores que Dios es demasiado grande para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo que se mezcla... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios esté siempre atento a tanta cosilla como se le pide. Ya ves; mi hija llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se expidieron memoriales a todos los santos. Ya tendrían faena los de arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose o tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas...

León no quiso decir nada sobre aquella interpretación de los trabajos de la Providencia.

-En fin -añadió Fúcar-, bastante ha deshonrado mi nombre, bastante ha mortificado a la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera, séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca he podido comprender, que siempre, siempre será un misterio para mí.

-Lo adivino -indicó León prontamente-. El misterio es por qué se casó Pepa con Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, gran sensibilidad. Federico fue siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma.

-Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal a mi hija. Pepa ha variado mucho: lo que yo no supe hacer lo ha hecho la desgracia. Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... ¡Pero qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de su espíritu, rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí como el Evangelio. Mi hija, casada con un hombre de bien, discreto, agradable, a quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres...

-Lo creo -dijo León, poniéndose sombrío.

-Y al considerar esto -añadió Fúcar, cruzando los brazos sobre el pecho-, me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso...

-Seguramente.

-Pues, a pesar de eso no me explico... En Pepilla no hubo esa ilusión, esa fascinación... ¿cómo decirlo?... A mí me pareció muy mal su preferencia; pero no quise oponerme, no tuve valor para oponerme. Siempre he tenido esa debilidad... Cuando Pepa era niña, me daba latigazos, y yo me reía. Ya siendo mujer me gastaba un millón en cacharros, y yo... me reía también. Cuando Federico me pidió su mano, cuando la consulté sobre esto y me dijo que aceptaba... no tuve gana de reír; pero consentí ¡qué había de hacer! La verdad es que Pepa no me pareció muy enamorada; pero Federico le gustaba para marido... En fin, que se casaron en un día infausto. Me gasté más de cien mil duros en la boda. ¡Qué día! Por las calamidades que cayeron después sobre mí, paréceme que en aquel día negro se casó todo el género humano. Mi pobre hijita fue desgraciada desde entonces. Parecía que la infeliz estaba devorada interiormente por un mal muy agudo, un mal moral, un mal físico, un mal de no sé qué clase. Entrole un delirio espantoso por las fiestas, por el lujo... ¡qué desvarío!, ¡qué muchachas las del día! Se casan para divertirse más, para gastar más, para aturdirse más. Lo particular es que ni aun en los días de luna de miel vi a Pepa cariñosa con su marido. «Eso es casarse con un maniquí», decía yo. Pepa estaba a veces taciturna, a veces borracha... no encuentro otra palabra, borracha de fiestas, de bailes, de novedades, de vestidos. Todos los días necesitaba algo nuevo; pero ni las maravillas de Las mil y una noches hubieran vencido su tristeza. ¡Pobre niña loca!... Por supuesto, de Federico no hacía más caso que de una silla. Le trataba como se trataría a un idiota. Amigo León, este es un mundo muy raro. Deberíamos decir de él que es un valle de equivocaciones.

-Lo cual no niega, sino antes bien afirma que sea un valle de lágrimas.

-Exactamente. Pues como decía, llegué a preocuparme seriamente de la salud y aun de la razón de mi Pepilla. Felizmente, fue madre, y desde entonces data su regeneración. Desde entonces dejó de ser casquivana y gastadora... Se consagró al cuidado de su hija y adquirió aquel aplomo, aquella noble majestad... no hallo otra palabra mejor... aquella noble majestad que ves en ella. Precisamente cuando fue madre, empezó Cimarra a ser el más canalla de los hombres. Tú sabes, como lo sabe todo Madrid, sus infamias, sus estafas, sus escándalos. Ese gandul me ha quitado diez años de vida. ¡Cuántas lágrimas ha derramado mi pobre niña aquí, en este mismo despacho! Cuántas veces me ha dicho: «¡Perdón, perdón, papaíto, por haberte dado por hijo a ese bandido! Yo estaba loca, yo no sabía lo que hacía». Mi yerno me arruinaba; pero mi hija me daba besos y me pedía perdón. «Váyase lo uno por lo otro», decía yo... En fin, todo ha concluido... Dios... la Providencia... Es preciso que tú la prepares para recibir la noticia.

-¿Yo?

-Sí. Tú tienes arte... Yo no sabría sino llegar y decirle: «Pepa, tu marido se murió...». Tú vas, coges un periódico y haces que lees y dices: ¡Qué espantoso naufragio!

-Yo no, yo no. Permítame usted que no hable de naufragios. Eso corresponde a usted o a otra persona de la familia.

-Hombre, hazme el favor... Tú eres amigo antiguo.

Abriose la puerta bruscamente y entró Pepa con alborozado semblante y fresca sonrisa. León Roch tembló al verla, creyendo hallar en su persona una hermosura superior, que instantáneamente se le revelaba, causándole alegría. Era un fenómeno de júbilo y sorpresa, como los que causa el recuerdo feliz cuando viene a la memoria, o la idea inspirada cuando aparece en el entendimiento, llenándolo de claridad. La miró un rato sin hablar, y... no podía dudarlo... estaba rodeada de una aureola; no era la misma para él, y sus insignificantes facciones, sin cambio alguno visible, se acomodaban, por arte milagroso, al tipo indeciso de la mujer ideal.

-A tiempo vienes, Pepitinilla.

-Papá -dijo la marquesita-, Monina se ha despertado. Ven a verla. Buenos días, León.

-Mira, chica, León tiene que hablarte... Quiere leerte no sé qué periódico donde ha visto...

-Es broma de D. Pedro. Yo no he leído nada...

-¡Qué día tan hermoso! -dijo Pepa, acercándose a la ventana, por donde entraba un sol espléndido-. Mira, León, ¿ves allí, entre los árboles, un techo?... Es la casilla de que te hablé. No sabes, papá, este ladrón anda buscando un lugar solitario para retirarse de las vanidades del mundo. Yo le he recomendado la casa de Trompeta ¿sabes?, allí donde vivió el cura de Polvoranca.

-Es hermosa, sí... a dos pasos de casa... ¿De veras te vienes a estos barrios?... Verdaderamente, chico, si buscas un escondrijo para dedicarte a roer libros...

-No sé aún, no he decidido -dijo León, mirando con estupor el techo que allá a lo lejos, entre los árboles, se veía-. Pero vamos a ver a Mona.

-Vamos.

Pepa salió delante.

-¿Con que está mi hombre aburridito? -dijo Fúcar al joven en tono de confianza jovial, poniéndole la mano en el hombro-. Ya sé que tu mujer... ¡Deplorables resultados de la exageración! Y si no, ahí tienes: la piedad es una virtud; pero exagérala, y ¿qué resulta?, el horror de los horrores.

Y más adelante, apoyado en su brazo, le dijo al oído:

-Lo mismo que tu mujer era mi pobre Ramona... No se la podía aguantar... Pero, hijo, la infidelidad con Dios hay que tolerarla, hay que perdonarla. Yo pregunto ¿qué puede hacer un hombre en este tremendo irresoluble caso? Cuando una esposa es honrada y fiel, no hay motivo, ni siquiera pretexto razonable, en nuestra sociedad, para la separación... y sin embargo, es tal que no se la puede resistir. Te compadezco. Acuérdate de lo dicho: esto es un vallecito de equivocaciones.

Poco después salió León de la casa. Iba tan metido en sí, que no saludó a D. Joaquín Onésimo, que pasaba por el parque con el barón de Soligny, hablando del próximo empréstito con el interés que ciertas personas ponen en las calamidades públicas. En Madrid dejó su coche para andar a pie por las calles, y recorrió varias como un sonámbulo, sin ver ni oír nada más que aquella sonora voz interior que le decía: «¡Viuda!».


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo VII - Erunt duo in carne una[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo VII
Erunt duo in carne una
 de Benito Pérez Galdós

Pasaron algunos días durante los cuales no fue a Suertebella sino una sola vez, a dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando completamente de mano a los estudios, no se ocupaba de sus libros más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia a círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno, insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario. Hablaba tan sólo de su viaje, sin decir a dónde; de una ausencia larga, y si otro tema a su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y amargura, modos bien distintos de aquella su antigua manera serena y elevada, de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas.

Una noche (empezaba ya el mes de Abril) entró en su casa después de las once. Abriole la puerta el ayuda de cámara.

-¿Por qué no me abrió la puerta Felipe como de costumbre? -preguntó León.

-Felipe ya no está en casa, señor.

-¿Pues dónde está?

-La señora lo ha despedido.

-¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura?

-La señora se enfadó porque no quiso ir a confesar.

-¿Y tú has confesado?

-Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto. Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso Ventura, el cochero, tiene un amigo sacristán, que le da todas las papeletas que quiera, y así contenta a la señora, y, haciéndole creer que va al confesonario, se va por ahí a correrla... Si no fuera por el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la tarde, en vez de dejarle salir a paseo, le manden a la doctrina... Mi mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana cuando despidió a Felipillo dijo que al instante iba a dar a otro su plaza. Yo creí que colocaría a mi hermano Ramón. Pero no, la señora escribió una carta a los de San Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo, colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato y negro, una carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así como entre hombre y mujer. La señora dijo que yo pasaría a hacer el servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que el Sr. Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy portero, vigilante de los demás criados y mayordomo.

-Tú no sabes lo que te dices. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa?

-Mayordomo. La señora lo dijo así mismo, y el de los faldones largos se reía y nos miraba con sus ojos de besugo como diciéndonos: «Ya os pondremos las peras a cuarto». Después nos echó un sermoncillo, y, poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho, nos llamó hermanos, nos dijo que nos quería mucho.

-¿Está en el oratorio la señora? -preguntó León levantándose.

-Creo que está en su cuarto.

León entró en el cuarto de su mujer y la halló conversando con Doña Perfecta, amiga de confianza que solía acompañarla por las noches. Sobrecogiose esta venerable dueña al ver entrar al marido de su amiga, sin duda porque con su delicado instinto comprendió que se preparaba una escena y se despidió.

Cuando se quedaron solos, el marido habló a su mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos:

-María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe?

-Es cierto.

-Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tornado cariño a ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre porque siempre que venía aquí se quedaba extasiado delante de mis libros.

-A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada a despedirle -dijo María secamente.

-Pues qué, ¿te ha faltado al respeto?

-De un modo horrible. Hace mucho tiempo que le obligo a confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco este, y el muy tuno en vez de llorar volviose a mí y me dijo con mucho descaro: «Señora, déjeme usted en paz; yo no quiero nada con cuervos».

-¡Pobre Felipe! En cambio -añadió León sin dejar conocer su intento-, ha entrado en la casa un señor muy venerable...

-¡Ah! Sí... el señor Pomares. Estaba esperando a que llegaras esta noche para obtener tu consentimiento. Es un hombre de grandísima bondad y delicadeza, que de todo entiende...

-Lo creo.

-Que puede él solo trabajar más que dos o tres de esos desalmados bergantes. Es persona de absoluta confianza, y a quien puede confiarse sin recelo casa, intereses, asuntos delicados.

-Quiero verle. Llámale.

María llamó y no pasaron cinco minutos sin que se presentase el personaje de los ojos dulzones y la carátula arrebolada, tal y como fielmente le pintara el ayuda de cámara. Contemplole un rato León de pies a cabeza, y después le dijo reposadamente:

-Bien, señor Pomares. Voy a dar a usted mis primeras órdenes.

-¿Qué me manda el señor? -dijo el novel mayordomo con meliflua voz y arqueando las cejas.

-Que se plante inmediatamente en la calle.

-¡León! -exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su marido.

-¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y sin pérdida de tiempo se va usted de mi casa.

-La señora me ha mandado venir y estar aquí -repuso el venerable con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de la señora.

-Yo soy el amo de mi casa y le mando a usted que se vaya -dijo León en un tono que no tenía réplica-. Advirtiéndole a usted que si vuelve a poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta, sino por la ventana.

El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia y desapareció.

-¡Dios mío! -murmuró María cruzando las manos-. ¡Qué vergüenza! Tratar así a un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable...

-Desde este momento -dijo León, encarándose enérgicamente con su mujer- todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de que me es absolutamente preciso intervenir en tus actos, arrancarte de grado o por fuerza, de esta vida ridícula y oscura en que has caído, y curarte como se cura a los locos, ausentándote de todo lo que ha constituido tu locura. Mi benignidad nos ha perjudicado a los dos; ahora mi energía, que llegará quizás hasta el despotismo (y no es culpa mía), enderezará un poco esta senda torcida por donde corres.

-Resignada a padecer -dijo María con unción postiza y mimosa que había aprendido-, acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún arrancarme mi fe?

-Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero arrancar ¡ay de mí!...

Se detuvo, como si realmente no supiese lo que quería. La verdad era que María estaba serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía desasosegado y vacilante en su papel de verdugo.

-Esta noche no quiero discutir contigo -dijo-. Durante mucho tiempo hemos batallado, sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname si no te explico nada y te asusto mucho, si en vez de persuadir mando; si en vez de disputar contigo te niego toda réplica.

-¿Qué quieres? Dilo de una vez.

-Yo necesito ausentarme de Madrid.

-¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos, de tertulias ateas? ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir a un yermo, sino a París, a Londres, a Alemania.

-Tú me has abandonado exclamó León con dolor-, tú has huido de mí, arrojándome a las frivolidades de la vida, y encastillada en tu perfección chabacana, has destruido lo que debía ser el encanto y la paz de mi vida, me has hecho odiosa mi propia casa.

María se estremeció.

-Pues bien -añadió León con extraordinaria energía-, ya me he cansado de no tener casa, y estoy resuelto a tenerla.

-Pues ¿no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre -dijo María, tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase.

-¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un ser desapacible y erizado de púas. De aquí en adelante...

-Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación me da serenidad y a ti tu soberbia de tirano te hace vacilar y palidecer a cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres?

-Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible.

-¿Qué te pasa?

-Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor en mi propia casa; estoy sin familia, porque la compañera de mi vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto en un sudario helado. Ella, en los delirios de su fe extravagante, y yo, en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida; yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él.

-¿Por qué no estudias aquí?

-¿Aquí? -exclamó León, asombrado de la propuesta-. Aquí no puede ser. Ya te he dicho que necesito emigrar.

-No te comprendo.

-Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me comprenderá, quién!

Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo, no se atrevió a hacer las observaciones impertinentes que le eran propias en semejantes casos. Por último le dijo, repitiendo una idea anterior:

-Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me molestarás a mí en mis devociones, ni yo a ti en tus sabidurías. Seremos dos cenobitas, yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo.

-¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino familia, no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente, recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar cuando me casé contigo, ¿lo entiendes?

-Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas familia te sea preciso salir de Madrid.

Y salir contigo.

-¡Conmigo!

-Tu deber es seguirme.

-¡San Antonio!, si apelas a mi deber... -dijo María con resignación artificiosa-. ¿Y adónde me llevas?

-A donde tú quieras. Una vez establecidos en el sitio que elijamos para residencia, tu vida cambiará por completo.

-Veamos cómo.

-Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te prohibiré ir a la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará una nube de clérigos y santurrones como los que hasta aquí la han tomado por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de farsas ridículas.

-Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?... -dijo María Egipcíaca con sarcasmo.

-Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y la separación absoluta y radical para toda la vida.

María se puso pálida.

-Eres atroz... eres terrible... Déjame siquiera reflexionar un poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid?

-Sí; fuera. Elige tú el sitio.

-Vamos; no me vuelvas loca con tus majaderías -dijo de improviso, tomando la cosa a burla-. Yo no salgo de Madrid.

-Pues adiós -dijo León levantándose-. Desde hoy eres dueña de esta casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará a conocer la renta que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gustan la concisión y la prontitud. Todo ha concluido.

Dio algunos pasos hacia la puerta.

-Aguarda -dijo María corriendo hacia él.

Y después, arrepintiéndose de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos traicioneros.

-Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo hacer...

León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera a una inspiración él se acercó a ella y le tomó la mano con respetuoso afecto diciéndole:

-María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada? ¿No soy capaz de despertar en ti ni siquiera una idea, ni siquiera un eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en ti hasta el último y más débil sentimiento? ¿Ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿Ha apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber?

María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una visión interior.

-Respóndeme a la última pregunta. ¿Ya no me amas?

María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y, dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo con despacioso y seco tono:

-Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no.

León bajó los ojos sin decir nada y se retiró a su cuarto. Toda la noche estuvo en vela, arreglando sus asuntos y empaquetando sus libros, su ropa, sus papeles. Al día siguiente salió, después de echar sobre la casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí: era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero despiadado consigo mismo se la arrancó y la tiró lejos.


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Capítulo VIII - En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros.
Resucitan Alarico, Atila, Omar
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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo VIII
En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros. Resucitan Alarico, Atila, Omar
 de Benito Pérez Galdós


Date prisa, Facunda, que el Sr. D. León vendrá pronto de su paseo a caballo, y se incomodará si no está arreglado su gabinete... ¡Pero quia!, si él no se incomoda nunca... Hombre mejor no ha nacido de mujer. «¿Cómo va, Facunda, ha echado usted de comer a las gallinas? ¿Y el Sr. Trompeta cómo está?». «Pues vamos pasando, Sr. D. León». Esto es lo único que hablamos... ¡Bah, bah!... Y Trompeta me porfiaba ayer que aquí hay al pie de doscientos libros. Y también dos mil... El señor don León Roch (y repito que este apellido me parece mismamente un estornudo... apellido ordinario, como el nuestro...) pues sí, siempre que va a Madrid trae el coche lleno de libros, y después hace estas láminas. «Pero, señor D. León, ¿usted me quiere decir para qué sirve esto?». Pues no deja de ser bonito. Rayas encarnadas y verdes, manchas y fajas de todos colores... A bien que si yo supiera leer me enteraría de todo ello, pues se me alcanza que aquí, al borde, hay letras y hasta renglones... Pero date prisa, mujer; Facunda, ¿qué haces ahí como una boba?, date prisa a barrer y quitar el polvo; que viene, que viene el señor... Ahora, Facundita, bájate a la cocina y cómete la magra que dejaste en la sartén. Luego tomarás un poco de sol.

La que así hablaba era Facunda Trompeta, que tenía la costumbre de hablar consigo misma siempre que estaba sola, y de llamarse por su nombre y de reprenderse o adularse. Siempre empleaba el gesto y los visajes para estas auto-conversaciones, y algunas veces la palabra. Era bienaventurada esposa de un honradísimo carbonero de Madrid llamado José Trompeta, que habiendo hecho modesta fortuna en tiempos en que aún se hacían fortunas con carbón, se retiró a Carabanchel a pasar tranquilamente el resto de sus días. No hay noticia de una existencia más tranquila, más dulce y reposada que la de aquel par de viejos sin hijos. Ambos eran de natural manso y pacífico y se querían entrañablemente en su vejez, con estimación fina y delicada, no incompatible con el frío de los años. Habían comprado una casa, en cuya planta baja vivían, reservando la alta para alquilarla por buen dinero a alguna de las prolíficas familias madrileñas que van allá huyendo de la tos ferina o del sarampión. A principios de Abril la arrendó un caballero que frecuentaba el palacio de Suertebella, y parecía muy bien educado, aunque no se reía casi nunca y hablaba lo menos posible.

La habitación de León era una gran pieza que parecía la celda de un prior, espaciosa, alta, ventilada, tal como no se hallan ya sino en las casas antiguas. Por las ventanas del Naciente se veía a lo lejos la pomposa arboleda de Vista-Alegre, y más cerca, el parque de Suertebella, cuya vaquería se comunicaba por medio de un portalón, casi siempre abierto, con la corraliza de la finca de Trompeta. Por el Poniente veíase el pintoresco camino de Carabanchel Alto, con la Montija, y los términos azulados y las verdes lomas de aquellos campos, que desde Marzo hasta principios de Junio no carecen de belleza.

Junto a la gran estancia que era sala, despacho y gabinete de estudio, había una alcoba y dos cuartos pequeños. En uno de estos habitaba el criado. Pocos y cómodos muebles, traídos de Madrid, muchos libros, piedras, láminas, atlas, mesa de dibujo con aparatos de acuarela y lavado, un microscopio, algunas herramientas de geólogo y los más sencillos aparatos químicos para el análisis por la vía húmeda y por el soplete, llenaban la vasta celda.

«¡Ea!, ya tiene usted su cuarto arreglado, Sr. D. León -dijo Facunda, sentándose sin aliento en el sillón de estudio-. Ya puede usted venir cuando quiera. No se quejará de que le he revuelto estas baratijas».

Como se ve, la excelente señora, cuando estaba sola, además de hablar consigo misma, hablaba con los demás.

«Y dígame usted, Sr. D. León; ¿es cierto que antes iba usted a comer muy a menudo a Suertebella? Aunque ahora va usted muy poco por allá, me parece que le gusta más de la cuenta la señorita marquesa... Como es tan rica, no importa que no sea guapa... Ahora no va usted al palacio por aquello de respetar el luto. Conozco yo bien a mi gente...».

Y Facunda, no sólo hablaba con los demás, sino que se figuraba oír a sus interlocutores. No sólo había discursos, sino discusión.

«¿Con que digo disparates?... ¿Con que no es cierto que le gusta a usted la marquesita?... Y esos mimos a la nena ¿qué significan?... Ya; usted qué ha de decir... ¡San Blas! Si no fuera usted casado... Pero entre la gente grande no hay escrúpulos. Díganmelo a mí, que he servido veinte años a una señora condesa, y he visto unas cosas... Pero ¿qué haces aquí, Facunda, hecha una boba? Despabílate... piernas al aire... No has puesto el puchero todavía... ¡Oh! ¿Qué ruido es ese? ¿Quién viene?».

Oíanse risotadas infantiles y un delicioso traqueteo de piececitos en la escalera. Eran Monina, Tachana y Guru, que después de corretear por el parque, pasaron a la vaquería, de esta a la corraliza de Trompeta, y una vez allí, decidieron hacer una excursión en toda regla por los dominios altos de la casa. El aya de Monina les acompañaba. Sabemos quién era Monina; pero no conocemos a esos dos personajes que se nombran Tachana y Guru. La primera tenía tres años y era hija del administrador de Suertebella, Catalina de nombre, de rostro lindísimo, muy reservadita y poco traviesa. Acompañaba en sus juegos a Ramona, y aunque regañaban tres veces en cada hora, acometiéndose algunas con mujeril coraje, eran buenas amigas y cada cual lloraba siempre que se hacían demostraciones de castigar a la otra. Se comprenderá fácilmente cómo, en las trasformaciones lexicológicas que sufren los nombres en boca de los niños, pudo Catalina o Catana llegar a llamarse Tachana; lo que no se comprenderá, aunque pongan mano en ello todos los lingüistas del mundo, es cómo un chico nombrado Lorenzo llegó a llamarse Guru en boca de Monina; pero así era, y hemos visto casos más raros todavía de corrupción de vocablos. Guru, rayaba en los seis años y era hermano de Tachana, formalito como aquella, estudioso como pocos, apuesto y gallardo chico que ya tenía sus novias, su reló, gabán ruso, bastón, y llamaba a las niñas chicas.

-Señora Facunda -dijo desde abajo la voz del aya-, ahí va la langosta. Cuidado no destrocen algo.

Entraron en tropel: Monina, saltando; Tachana, pavoneándose con un pañuelo que se había puesto por cola, y el atildado Guru echándoselas de padre maestro con las otras dos y recomendándoles la compostura y formalidad.

-¡Que está aquí el lucero! -exclamó Facunda, tomando a Monina en sus brazos y besándola con estruendo.

Ramona movía colérica sus piernecitas en el aire y bramaba con esa ira infantil de que nadie hace caso, diciendo: -No, no, vieja fea.

-¡Lucero de tu madre!... Y tú Catana, no des vueltas, que te mareas... Lorenzo, no tires del brazo a Monina... ¡bribón!, ¿qué haces a la niña?, déjala... pobrecita.

Monina y Tachana dieron vueltas por la habitación, corriendo una tras otra. Ya venían algo fatigadas de tanto correr por el jardín, y tenían el rostro encendido, los ojos chispeantes. Los graciosos hoyuelos que hacía Mona junto a su boquilla cuando se reía, darían envidia a los ángeles, y a Tachana se le caían sobre la frente las guedejas negras, obligándole a alzar las manos constantemente para apartarlas. Pestañeaba sin cesar, como si la ofendiera la luz del sol. Monina, por el contrario, abría sus ojos con atención investigadora, insaciable, señal de la curiosidad y ambición pueril que quiere enterarse de todas las cosas para apropiárselas después.

Facunda les mandó que fueran juiciosas y les habría mandado algo más si no hubiera sentido la voz del aya, que en lo bajo de la escalera charlaba con Casiana, la mujer de uno de los guardas de Suertebella. Dentro de los límites de lo posible (si bien en una posibilidad casi infinitamente remota) está que nuestro planeta, desobedeciendo a la atracción del sol que lo gobierna, se salga de su órbita y perezca inflamado si con otro cuerpo choca; pero lo que no es de ningún modo posible, ni aun en teoría, es que Facunda, oyendo que el aya y Casiana hablaban, dejase de correr a enterarse de lo que decían. Así lo hizo, dirigiéndose con paso quedo y cauteloso, a la meseta de la escalera.

En tanto, Monina y Tachana se habían detenido delante de la mesa donde estaban las láminas geológicas y los dibujos concluidos y por empezar. Una sonrisa de triunfo, propia de todo mortal que descubre un mundo, se pintó en el semblante de una y otra. ¡Qué cosa tan bonita! ¡Qué colores tan vivos! ¡Qué rayas! Ellas no sabían lo que aquello era, y sin duda por lo mismo lo admiraban tanto. Se parecía verdaderamente a las obras de ellas, cuando la piedad materna les ponía un lápiz en las manos y un papel delante. Ciertamente, Guru, con su caja de colores, había hecho obras por el estilo. Allí no había nenes pintados, ni caballos, ni casas, y, sin embargo, parecíales algo como nacimiento, una obra magna, brillante, esplendorosa, sin igual.

Acontece que cuando se presenta a los niños un objeto cualquiera que les sorprende por su belleza, jamás lo dan por concluido, y quieren ellos poner algo de su propia cosecha que complete y avalore la obra. Sin duda tienen en más alto grado que los hombres el ideal de la perfección artística, y no hay para ellos obra de arte que no necesite una pincelada más. Así lo comprendió Monina que, viendo no lejos de la lámina un tintero, metió bonitamente el dedo en él y trazó una gruesa raya de tinta sobre el dibujo. Radiante de gozo y satisfacción, se echó a reír, mirando a Tachana y a Guru. Estos dos se echaron a reír también, y animada por el éxito, Monina metió en el tintero, no ya el dedo, sino toda la mano, y la extendió sobre la lámina de un ángulo a otro. El efecto era grandioso y altamente estético. Parecía que sobre las tierras pintadas allí con delicadas tintas se cernían enormes nubarrones preñados de rayos y lluvias.

Tachana era demasiado pulcra para meter su dedito en un tintero. Además, se creía maestra en el manejo del lápiz. ¡Feliz ocasión! Sobre la mesa había lápices azules, y a dos pasos, en el atril, un magnífico atlas geológico, admirable obra cromolitográfica, honor de las prensas berlinesas. Sin embargo, a aquellas hermosas hojas estampadas de vivos colores les faltaba algo, ¿quién podía dudarlo? Era evidente que las tales láminas serían más bonitas si una mano solícita las adornaba con rayas de lápiz y trazadas alrededor de todos los contornos. Así lo comprendió Tachana, que era el Rafael de las rayas, pues sabía trazarlas en todas direcciones con admirable pulso.

Guru comprendió que todo aquello iba a concluir en solfa. Dijo a sus amigas que se estuvieran quietas; pero al mismo tiempo, ¡qué ocasión para lucirse él, que tenía caja de pinturas y sabía hacer cuadros, casi casi tan buenos como los de Velázquez! Lo que Monina había hecho era una chapucería indecente. ¿Qué significaban aquellas nubes negras y aquellas cruces de tinta con que la muy puerca había ido decorando el margen de la lámina? Efecto tan deplorable se remediaría si en un ángulo del dibujo aparecía una casita campestre con sus dos ventanas como los dos ojos de una cara, su chimenea en la punta y un perro en la puerta. Manos a la obra. Cogió un lápiz rojo, y para no colaborar en las desastrosas pinturas de Monina, apoderose de otra lámina y empezó su casita. En poco más de cinco minutos, a la casita acompañaba un caballo, y en el caballo cabalgaba un hombre fumando en una pipa mayor que la casa.

No es posible que tres artistas trabajen en un mismo taller sin que estallen ruidosas tempestades de celos. Monina quiso dar un toque a la casa de Guru; este la apartó con un codazo. Monina agarró la lámina, diciendo:

-Pa mí, pa mí.

-Pa mí -replicó Tachana, que había arrojado el lápiz.

La lámina grande, de sesenta centímetros, resbaló de la mesa; Tachana y Monina la cogieron cada una por un lado, y... charrás... Al ver cómo se partía, ambas se echaron a reír, y Monina batía palmas con sus manos negras.

-Tontas, ahora sí que la habéis hecho buena -dijo Guru palideciendo.

La contestación de Monina fue coger otra lámina y sacar de ella una tira en todo lo largo. Después cogió el lápiz de Tachana, y sobre las delicadas rayas que esta había trazado con tanto esmero en el atlas, trazó ella una especie de tela de araña, tanta era la rapidez del lápiz empuñado por la mitad y movido con verdadero furor. Guru quiso al fin contener aquel vandálico desorden y amenazó a Monina; pero esta supo escaparse saltando y golpeando con sus manos llenas de tinta los muebles forrados de seda.

En uno de sus locos giros, detúvose en la mesa donde estaba el microscopio y se quedó absorta contemplándolo. Se alzaba sobre las puntas de los pies, apoyándose con las manos en el borde de la mesa, y estiraba los dos dedos índices hacia el aparato, diciendo:

-Eto.

Eto quería decir ¿qué es esto? Supongo que será para mí. Veamos lo que es.

-Miren la tonta -dijo Guru-. ¿Pues no quiere también el anteojo?

Queriendo dar pruebas de su ciencia, Guru acercó el aparato al borde de la mesa y aplicó su ojo derecho para mirar por él.

-Por este vidrio se ve a Paris.

Tachana había traído una silla para subir a la mesa; pero antes se subió Monina, y andando a gatas sobre ella arrojó al suelo el microscopio y los demás aparatos que en la mesa había...

En este momento vieron que entraba un hombre. Los tres vándalos se quedaron convertidos en estatuas: Monina sobre la mesa, erguida la frente, la cara muy seria, los ojos muy atentos; Tachana en la silla, con el dedo en la boca y los ojos bajos; Guru mirando dónde había un rincón para esconderse.

-¿Qué han hecho esos pícaros?... ¡San Blas mío, qué destrozo! -gritó Facunda entrando con León.

Este dirigió una mirada de dolor a los dibujos rotos, al atlas lleno de rayas, al microscopio en el suelo. Bastole una ojeada para conocer las formidables proporciones del desastre.

-Bribones ¿qué habéis hecho? -exclamó dirigiéndose a la mesa-. ¿Pero usted, Facunda, en qué piensa, que deja solos a estos niños?... ¿Qué hacía usted? Sin duda oyendo la conversación. Es usted más niña que estas dos...

Hirió el suelo con el pie. Después oyó gemir a Tachana. Era un gemir que partía el corazón.

-¿Has sido tú, Monina? -dijo León yendo hacia ella y mirándola con semblante adusto.

Monina contestó que no con fuertes cabezadas. Negando con la cabeza, parecía querer arrancársela de los hombros. Al mismo tiempo su conciencia debió argüirle terriblemente, y se miró las manos, como se las miraba lady Macbeth.

-Has sido tú... bien lo dicen tus manos, picarona.

Monina le miró pidiendo misericordia. Dos gruesas lágrimas salieron de sus ojos. Empezaba Ramona a hacer pucheros, cuando ya los chillidos de Tachana llenaban la casa. Era una Magdalena. No había más remedio que creer en la sinceridad de su arrepentimiento.

-Vaya, vaya -dijo León besando a las dos y tomando en brazos a Monina-. No lloréis más. ¡Qué bonitas tienes las manos! Si tu mamá te viera... Ven a lavarte, asquerosa.

-El aya las dejó subir solas, por estarse abajo charla que charla -dijo Facunda trayendo la jofaina con agua-. Yo no puedo atender a todo. El aya tiene la culpa.

Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una dama sobre cada rodilla, les dijo:

-¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru?

Lorenzo había desaparecido.

-Ese es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara a perder -dijo Facunda.

-Guru, Guru -gruñeron las dos a un tiempo, descargando sobre su ínclito amigo la espantosa responsabilidad del crimen.

-Ese pícaro Guru... Como le coja aquí...

Monina, perdido ya el miedo y sustituido por el descaro, tiraba de la barba a León.

-¡Eh, eh!... que duele, señorita.

-Lice Tachana -tartamudeó Monina-, lice Tachana.

-¿Qué dice Tachana?

-Que tú e mi papá.

-No -dijo León mirando a Tachana, que se comía una mano-. Yo no soy su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices que yo soy su papá?

Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana:

-Poque lo dició mi mamá.

Monina, cuyo carácter era en extremo jovial, y que cuando cogía un tema no lo dejaba hasta marcar con él a Cristo Padre, prorrumpió en risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco o treinta veces:

-Que tú e mi papá... que tú e mi papá.

Facunda se retiraba gruñendo:

-Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente.

-Señora Facunda -dijo León-. Al aya, que puede retirarse. Monina y Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré a Suertebella.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo IX - La crisis[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo IX
La crisis
 de Benito Pérez Galdós

Una hora después Monina y Tachana jugaban en la alfombra con cucuruchos y gallos de papel que León les había hecho, y este ponía orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vio delante de sí a su suegro, el señor marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara, más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación nerviosa, o tal vez la ausencia de algún menjurje con que acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban sus mustios ojos, revelando lágrimas o insomnio. Su vestir únicamente no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro: pero su voz, antes tan resuelta como la de todo aquel que cree decir cosas de sustancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima. Le señaló un sillón.

-Tengo calentura -dijo el marqués alargando la mano para que León le tomara el pulso-. Hace tres noches que no duermo nada, y anoche... creí morir de susto y vergüenza.

León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y del no dormir.

-Te lo contaré todo. Para ti no puede haber secretos -dijo Tellería dando un gran suspiro-. A pesar de lo que ha pasado con María y que deploro con toda mi alma... ¡Oh!, todavía espero reconciliaros... pues a pesar de eso, siempre serás para mí un hijo querido.

Tanta melifluidad puso en guardia a León.

-¡Ah!, nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando te cuente, querido hijo... ¿Pero no es verdad que tengo calentura? Mi temperamento delicado y nervioso no resiste a estas emociones. ¡Ojalá no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus padres! He venido a contártelo, y ya ves, no sé como empezar, tengo miedo, no me atrevo...

-Yo lo comprendo bien -dijo León deseando poner fin al largo preámbulo telleriano-. Ha llegado el momento en que el sistema de trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acaba en el mundo, hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los abastecedores al por menor ponen el grito en el cielo, y ya no piden, sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan.

-Sí, sí -dijo el marqués cerrando los ojos-, ese día ha llegado. No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes la catástrofe, catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo, el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo que se lleven los cachivaches que hay en la casa y que Milagros ha ido tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo. Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido a casa unas doscientas veces, armó en la escalera el jaleo de los jaleos. Yo oí desde mi despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del coche se ha negado a servirnos, y no es esto lo peor, sino que me envió una carta insolente... Te la voy a enseñar...

-No, no es preciso -dijo León deteniendo la mano trémula del marqués, que rebuscaba en los bolsillos-. Ya supongo lo que dirá ese mártir.

-Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros, alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime, ¿no tienes compasión de mí?

-Mucha -replicó León, realmente lleno de lástima.

-No me defiendo, no -dijo el marqués con voz melodramática y cerrando los ojos-. Ya se han agotado todos los recursos y se han cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las papeletas del Monte. Un prestamista a quien me dirigí ayer, el único en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias, León! No sé cómo tengo valor para hacértelas; estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que he caído y me parece mentira que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, marqués de Tellería, hijo del mejor caballero que vio Extremadura y heredero de un nombre que atravesó siglos y siglos rodeado de respeto.

-Es verdad -dijo León con severidad-, parece mentira, y más inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya arrojado de nuevo en él.

-Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa -dijo el marqués, humillado como un escolar-. Mis hijos, mi mujer, me han empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo más deshonroso... ¡Ah!, León de mi alma, necesito contártelo, aunque estas cosas son de las que sólo se dicen a la almohada sobre que dormimos y aun diciéndoselo a la almohada se ruboriza uno. A ti no se te puede ocultar nada. Pero es tan duro decir... Todo lo que hay en mí de esta hidalguía castellana heredada de mis padres se subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca.

-Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede usted callarlo.

Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo tiene relaciones con la marquesa de San Salomó, relaciones que no quiero calificar. Pues bien, Gustavo... No creo que la idea partiera de Gustavo, creo más bien en sugestiones y astucias de Milagros... No sé cómo decírtelo, no sé qué palabras emplear tratándose de personas de mi familia. En resumen, Pilar San Salomó dio a Gustavo una cantidad, no sé con qué fin; cantidad que se apropió mi bendita mujer, no sé con qué pretexto. Ellos hicieron allá sus arreglos... no sé si hubo promesa de pago, algún documentillo... Mi hijo, que es caballero y se vio comprometido, tuvo una violenta escena con su madre anoche, a propósito de ese dinero, y... no puedes figurarte la que se armó en casa. Gustavo y Polito vinieron a las manos; tuve que hacer esfuerzos locos para ponerlos en paz... Poco después Gustavo se retiró a su cuarto; corrí tras él sospechando alguna cosa lamentable y le sorprendí acercándose una pistola a la sien... Nueva escena, nuevos gritos, con la añadidura de un desmayo de la marquesa... ¡Qué noche, hijo mío, qué noche tan horrible! Para colmo de fiesta, los criados, desesperanzados de cobrar, se han ido después de insultarnos en coro llamándonos... no, no lo digo; hay palabras que se resisten a salir de mi boca.

El marqués se detuvo desfallecido y jadeante. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente, y su pecho se inflamaba y se deprimía como el de quien acaba de soltar un peso enorme. Hubo una pausa que León no quiso de modo alguno cortar. El mismo D. Agustín fue quien, evocando el resto de sus gastadas fuerzas y poniendo la cara más afligida, más dramática, más luctuosa que cabe imaginar, exclamó:

-León, hijo mío, sálvame, sálvame de este conflicto. Si tú no me salvas, moriré, moriremos todos. Salva mi honrado nombre.

-¿De qué modo? -preguntó León fríamente.

-¿No ves mi deshonra?

-Sí; pero veo difícil que yo pueda evitarla.

-Dime, ¿tendrás valor para ver a tus padres pidiendo limosna? -dijo el suegro apelando a un recurso que creía de efecto.

-Estoy dispuesto a impedir que los padres y los hermanos de mi mujer pidan limosna. Pero si pretende usted que aplaque a sus acreedores; en una palabra, si pretende usted que pague sus deudas contraídas por el despilfarro, el desorden y la vanidad, para que luego que estén libres vuelvan la vanidad y el desorden a contraer nuevas deudas y a seguir viviendo y escandalizando, me veré en el caso sensible de responder negativamente. No una, sino varias veces he sacado a usted de atolladeros como este. Mucho propósito de enmienda, muchos planes de reformas; pero al cabo la enmienda ha sido gastar más. Usted, la marquesa, Polito han consumido la cuarta parte de mi fortuna. Basta ya: no puedo más.

La energía de León abrumó al pobre marqués, que estaba anonadado. La rudeza de la negativa quitole por algún tiempo el uso de la palabra. Al fin, balbuciendo y rebuscando las frases aquí y allá, como el que recoge las cuentas de un rosario que se rompe en medio de la calle, pudo hablar así:

-No te pido limosna... No está en mi carácter... Siempre que he apelado a tu generosidad ha sido... con garantía e intereses.

-Garantía de pura fórmula, intereses ilusorios que he admitido por delicadeza, para cubrir la donación con la vestidura de un préstamo hipotecario. ¿Qué garantía ha de dar quien ya no tiene ni tierras, ni casas, ni una hilacha que no esté en manos de los acreedores? Lo que yo he hecho no es generosidad, señor marqués, es un verdadero crimen. No he amparado a menesterosos, sino que he protegido el vicio.

-¡Por Dios! -dijo el marqués tembloroso y aturdido-, recuerda... Tus larguezas con mis hijos y con mi mujer han sido la correspondencia natural del amor que te tenemos... Acabemos, León, ha llegado el momento crítico de mi vida. Se trata de salvar la honra de mi casa.

-Su casa de usted ya no tiene honra, hace tiempo que no la tiene.

El marqués irguió su afeminada cabecilla; tiñéronse de una púrpura sanguinolenta sus apergaminados carrillos, y sus ojos brillaron como si hubiera pasado rápidamente por delante de ellos una luz. Creeríase que aquel hombre, tan debilitado moral como físicamente, buscaba en el fondo de su alma un resto de dignidad, y lo tomaba y lo esgrimía como el soldado cobarde que, no habiendo hecho nada durante la batalla, quiere en el último instante de la pelea contestar con una muerte gloriosa a los denuestos de sus compañeros. Pero León tenía sobre él tan gran ascendiente, que el desgraciado prócer no halló fuerzas para alzar la voz, y sólo pudo echar de sí un gemido. Dejando caer después su abatida cabeza sobre el pecho, oyó como un estúpido. Era el árbol carcomido y seco que esperaba el último hachazo.

-Su casa de usted no tiene ya honra -repitió León-, a no ser que demos a las palabras un valor convencional y ficticio. La honra verdadera no consiste en formulillas que se dicen a cada paso para escuchar debilidades y miserias; se funda en las acciones nobles, en la conducta juiciosa y prudente, en el orden doméstico, en la veracidad de las palabras. Donde esto no existe ¿cómo ha de haber honra? Donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad ¿cómo ha de haber honra? Puesto que estamos aquí en familia, podemos pasar una revista a la conducta de Milagros, a la de Polito, a la de usted mismo.

El marqués extendió la mano, queriendo rogar a su yerno con gesto suplicante que no pasara ninguna revista. León, sin embargo, creyó necesario decir algo.

-Te ruego -repuso Tellería con afligido tono- que no me recuerdes eso que amargamente deploro. Cierto es que he tenido devaneos... ¿quién no los tiene? El mundo es así... Eso ¿qué significa?... Ahora que me ahogo, León, dame la mano o déjame morir; pero no me inculpes, no me crucifiques más de lo que estoy. Es verdad que no debo apelar tantas veces a tu generosidad; pero las circunstancias en que tú y yo nos hallamos son muy distintas. Yo tengo hijos, tú no los tienes.

-Pero... -murmuró León.

Sin duda quiso decir: «Pero puedo tenerlos». El marqués contempló un rato a las dos niñas que jugaban en medio del cuarto.

-Para concluir -dijo León Roch-. Cuente usted con una pensión suficiente para vivir con modestia y decencia. Es todo lo que puedo hacer. Ni yo tengo minas de oro, ni si las tuviera bastarían a llenar una vez y otra esos hoyos que abren ustedes cada poco tiempo.

D. Agustín palideció, y mirando al suelo movió las mandíbulas, como quien revuelve en la boca el hueso de una fruta.

-Una pensión... -murmuró.

En efecto, la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su relajación moral que no se creía rebajado implorando un préstamo con garantías ilusorias, equivalentes a una reserva mental de no pagar nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su ser al recibir una pensión que llamaba él una bofetada de pan.

Además su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes crisis de escándalo para seguir después, alta la frente, seguro el paso por el mismo camino de la dilapidación y de la insolvencia, cuyos recodos y atajos conoce a maravilla. Pero el respeto del marqués a las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle a velar su pensamiento y aun a mostrarse agradecido por aquel potaje de San Bernardino que su yerno le ofrecía.

-Una pensión... -dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de fruta-. Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es que no resolvemos nada con esto. El naufragio subsiste, y tu pensión es una playa que está a cien leguas de distancia...

No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido, instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones distintas, cual si quisieran amenazar a todo el género humano. Sus mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y cartilaginosas, y que sus sienes oprimidas y surcadas de venas verdes tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando el inflexible yerno dijo con su tono decisivo e inapelable «la pensión y nada más que la pensión», D. Agustín de Sudre marchaba con veloz descenso a la decrepitud.

Después de meditar un rato sobre su desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el espumarajo de la rabia, dijo a su yerno:

-Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho desgraciada a nuestra querida hija.

-¡Que yo la he hecho desgraciada! -exclamó León con calma.

-Sí, muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración a ti, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos paternales se despiertan vivamente en nosotros y no podemos callar viendo el dolor de ese ángel... Pues qué ¿crees tú que la pena ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?

Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder o picar cuando se sienten aplastados. El marqués, herido en su orgullo y burlado en sus locas esperanzas, sacaba su aguijoncillo.

-Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere usted, como padre, recibir explicaciones? Si es así, preciso es confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes que me separé solemnemente de María.

-Pero no por tardar dejo de hacerlo -dijo D. Agustín, reanimándose por creer que había caído en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor situación que el valiente-. Soy padre y padre amantísimo. Lo que has hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué ¿no merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que, educada en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué ¿ya no hay creencias, ya no hay fe, han de gobernarse el mundo y la familia con las utopías de los ateos?

-¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia, hombre de Dios? -dijo León, tomando a burlas la severidad de su suegro-. ¿Ni cuándo ha sabido usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni nada?

-Es verdad, yo no soy sabio, no puedo hablar de esto -replicó Tellería, reconociéndose incompetente-. No sé nada; pero hay en mí sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado a pesar de mis errores, y con esas ideas afirmo que te has portado miserablemente con María y que al separarte de ella, has conculcado las leyes morales que rigen a la sociedad, todo lo que hay de más venerando en la conciencia humana.

Este trozo de artículo de periódico exasperó a León tal vez más de lo que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:

-Buenas están vuestras leyes morales; buenas están vuestras interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras cosas venerandas. ¡Ah! Y yo he sido tan necio que he sufrido por espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una esfera social en que todo es fórmula; fórmula la moral, fórmula la religión, fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las mismas leyes, todos los días hechas, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud, de religiosidad, de hidalguía. ¡Bonito modelo de sociedad, digna de conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted, he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar por seres con alma y conciencia! ¡Y yo, que he sido un ser pasivo, yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me he opuesto a las aberraciones de mi mujer, más fanática pero menos criminal que los demás, he faltado a las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero sí, he tenido la imprudencia de adaptarme a las torpes reglas convencionales que allá se fabrican para hacerlas pasar por leyes! Es verdad que he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden, ayudando con mi dinero a los padres pródigos, a los hijos libertinos y a las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he dado alas a todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la reconozco.

Al principio enojado, después lleno de ira y al fin furioso, León daba golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano a su suegro, el cual se fue empequeñeciendo, reduciéndose a tan mínima expresión que el pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un vaso puesto sobre la mesa y consideraba que cabría muy bien dentro de aquel vaso.

Monina y Tachana, muertas de miedo al oír la voz enérgica de su amigo, recogieron sus cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse a reír ni a llorar, se retiraron a un rincón de la pieza.

-Yo hablaba como padre -dijo el marqués con voz tan tenue que parecía salir del fondo del vaso.

-Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma, como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo, y lanzado a las soledades del celibato de hecho por un fanatismo brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me hablaba me condenarán a mí, lo sé, y me condenarán por lo que llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una explicación mía, sepan que soy la víctima, no el verdugo, y que estoy decidido a no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes: no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece ningún respeto, ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de los concusionarios, de los hipócritas, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados, de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren ser personajes y sólo son simios de los que todo lo venden, hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal, siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura humana, de los hombres menguantes o cobardes o débiles, de todos los que se empeñan en constituir la base de la sociedad y no vacilan en sostener que todo el género humano sea a su imagen y semejanza!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo, dejando a mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no por la mía. Miraré desde lejos ese espectáculo edificante. Allá se entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas; reciban coronas y alabanzas de los adúlteros; fomenten el vicio; repártanse el dinero de la riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando en sus almas un desdén absoluto a la virtud, a la verdadera piedad, invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un Dios que niegan en sus actos. ¡Ateos ellos, a menos que Dios no sea un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de cieno!

El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el marqués hubiera querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se había empequeñecido tanto que ya no miraba al vaso, sino a una cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora dentro de esa caja de fósforos!».

Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería halló el modo de decir alguna palabra que le sacase de su desairada situación, sirviéndole para disimular la gran confusión en que estaba.

-No te seguiré por ese camino -dijo estirando el cuerpo y ahuecando la voz-. No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes morales y las invocaré siempre en este asunto... Te has portado mal con mi hija, con la sociedad... Así lo siento y así lo he de decir... Insisto en lo inexplicable del desaire que has hecho a María, esposa fiel y honrada; insisto en lo misterioso de tu separación... Yo no puedo ver en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo sospecho que tú...

El marqués se detuvo. Oyose la voz de Tachana llorando. Ella y Monina se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de cuyos palos contemplaban, llenas de susto, a los dos hombres que tan acerbamente discutían. Cansadas al fin de estar allí, empezaron a reñir una con otra. Ramona dio un bofetón a su compañera.

-¿Qué niñas son estas? -dijo el marqués vivamente-. ¿No es aquella rubia la nietecilla del marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...

-Sí. Monina, ven acá.

-¿No está aquí Suertebella?

-Aquí cerca.

-Ya...

El marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz extraña. ¡Oh! Sí; él, él también tenía su idea, y no la cambiara por otra alguna.

-Adiós -dijo secamente a su yerno, poniendo una cara muy seria, tan exageradamente seria que parecía cómica.

-Pues adiós -replicó León con calma.

-Nos volveremos a ver y hablaremos de las leyes morales -añadió don Agustín-. Hablaremos también de la desgracia de mi hija, del abandono de mi hija, del honor de mi hija. Esto es muy serio.

Y se crecía, se crecía de tal modo, que ya no cabía en la cajilla, ni en el vaso, ni en el sillón, y hasta el cuarto parecíale pequeño para contener su gigantesca talla.

-Hablaremos ahora.

-No... necesito calma, mucha calma. Mi hija debe ponerse al amparo de las leyes. Voy a comunicar mi pensamiento a la familia... El asunto es gravísimo. ¡Mi honor!...

-¡Ah! Su honor de usted -dijo León riendo-. Bien, le buscaremos, y cuando parezca, hablaremos de él... Adiós.

El marqués se retiró. Aunque apenadísimo por el mal éxito de su tentativa pecuniaria, se sentía orgulloso, hinchado. Algo muy grande sentía dentro de sí que, dilatándose, le hacía crecer de tal modo que ya no cabía en la escalera, ni por el portal, casi no cabía en la calle, ni en el campo, ni en el universo. Era su idea, que entró casi invisible y crecía dentro, sugiriéndole con fecundidad asombrosa otras mil ideas subordinadas, las cuales le halagaban, poniéndole a él muy alto y a los demás muy bajos. ¡Qué bueno es tener una idea, sobre todo cuando esa idea nos consuela de nuestra infamia con la infamia de los demás, haciéndonos exclamar con orgullo:

-¡Todos somos lo mismo, lo mismo!


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Capítulo X - Razón frente a pasión[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo X
Razón frente a pasión
 de Benito Pérez Galdós

Al día siguiente recibió León un anónimo; después, la visita de dos amigos que le comunicaron algo muy interesante, pero también muy penoso para él, y a consecuencia de esto pasó en gran desasosiego el día, y la noche en vela. Levantose temprano y anunció a Facunda que se marchaba: una hora después, dijo: «No, me quedo, debo quedarme». Por la tarde salió a pasear a caballo, y al regreso envió un recado a Pepa, diciéndole que deseaba hablar con ella. Desde el día en que supo la noticia de la muerte de Cimarra, León no había visto a la hija del marqués de Fúcar sino dos o tres veces. Un sentimiento de delicadeza le había impedido menudear sus visitas a Suertebella.

Recibiole Pepa poco después de anochecer en la misma habitación donde Monina había estado enferma y moribunda. La graciosa niña, medio desnuda sobre la cama, se rebelaba contra la regla que manda dormir a los chicos a prima noche, y entre las sábanas y sin hacerse de rogar como otras veces, contaba todos los medios cuentos que sabía, y decía todas sus chuscadas y agudezas; empezaba una charla que concluía en risa, y castigaba a su muñeca después de darla de mamar, y saludaba como las señoras, y con sus dedillos hacía un aro para imitar el lente monóculo del barón de Soligny. Después de mucha batahola, vacilando entre la risa y una severidad fingida, Pepa logró hacerla arrodillar, cruzar las manos y decir de muy mala gana un hechicero padrenuestro, mitad comido, mitad bostezado. Siguió a esta oración el Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, y como si esta ingenua plegaria tuviese en cada palabra virtud soporífera, Monina guiñó los ojos, cerró sus párpados con dulce tranquilidad, y murmurando las últimas sílabas, quedose dormida en los brazos del Señor.

Después que ambos la contemplaron en silencio durante largo rato, León la besó en la frente.

-Adiós, nena -dijo lleno de emoción.

-¿Y por qué adiós? -preguntó Pepa muy inquieta-. ¿Te vas?

-Sí.

-Me avisaste que querías hablarme.

-Despedirme.

-¿No estás bien aquí?

-Demasiado bien, pero no debo estar.

-No te comprendo. ¿Te has reconciliado con tu mujer?

-No.

-¿Vas al extranjero?

-Tal vez.

-¿A dónde?

-No lo sé todavía.

-Pero ¿avisarás, escribirás, dirás: «estoy en tal parte»?

-Es posible que no diga nada.

Pepa miró torvamente al suelo.

-Es necedad que tú y yo hablemos con medias palabras y con frases veladas y enigmáticas -dijo León-. Hace algunos meses que hablamos como los que ocultan una intención perversa. Si hay maldad, mejor estará dicha que hipócritamente ocultada. Es preciso decirlo todo. Desde que perdí completamente las ilusiones de mi bienestar doméstico, frecuento tu casa; quizás, o sin quizás, la he frecuentado demasiado en este tiempo; mi soledad, mi tedio, mi anhelo de saborear la vida de los afectos, hacíanme buscar ese arrimo que al alma humana es tan necesario como el equilibrio al cuerpo. Yo estaba helado, ¿qué extraño es que me detuviera allí donde encontré un poco de calor? Empecé admirando a Monina y acabé por adorarla, porque yo tenía, más que afán, rabiosa sed de afectos íntimos, de amar y ser amado. ¡Es tan fácil hacerse amar de un niño!... Yo sentía en mí afanes imperiosos de deleitarme en cosas pueriles, de poner mi corazón, vacío ya de grandes afecciones, bajo los piececillos de un chicuelo para que lo pateara. No sé cómo explicártelo... presumo que tú comprenderás esto. Se me figura que lees en mí, así como tú no me eres, no, desconocida. Me parece que hace tiempo estamos representando una comedia...

-Yo no represento jamás -dijo Pepa con aplomo.

-Pues yo tampoco. Oye lo que ha pasado en mí. Yo me sentía solo en mi casa, solo en la calle, solo en medio de la sociedad más bulliciosa, solo en todas partes, menos junto a ti. Una fatalidad... pero no demos este cómodo nombre a lo que es resultado de nuestra imprevisión y nuestros errores... digamos que la situación creada por nosotros mismos nos impedía declarar con la frente alta un afecto del corazón... Ambos éramos casados.

-Sí -dijo con serenidad y firmeza la de Fúcar, como si ella hubiera ya pensado muchas veces aquello mismo, como si lo hubiera repetido mil veces en su interior y considerádolo bajo infinitos aspectos.

-Ahora ya tú no lo eres, yo sí. La situación es casi la misma. Pero tu viudez me ha hecho más insensato... Yo no debo estar aquí, y sin embargo, estoy y cuando veo este color negro de tus vestidos y del vestido de Monina, siento en mí no sé qué horrible levadura de osadía y sacrilegio; lucho por ahogarla y callarme, pero tú misma, con una fuerza de atracción que tienes siempre en ejercicio y que me arrastra, me obligas... no puedo decirlo de otro modo, me obligas a decirte que te amo, que te amo desde hace tiempo... No tengo fuerzas ni palabras para maldecir un sentimiento que en mí ha nacido de este lúgubre destierro doméstico en que vivo, y en ti... no sé de qué.

-Creo que nació conmigo -dijo Pepa, que apenas tenía respiración-. Me has dicho una cosa que presumía mi corazón... ¡Pero oírtela decir... oír de tu misma boca, aquí, delante de mí... donde sólo Dios y yo podemos oírlo...!

Le faltó la voz. Transfigurada y sin color, como el que se va a morir, no pudo hallar para el desahogo de su alma otro lenguaje más propio que apoderarse de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.

-Hemos llegado a una situación difícil -dijo él-. Afrontémosla con dignidad.

-¿Situación difícil? -indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa, como si la situación le pareciera a ella muy fácil.

-Sí; porque a estas horas somos víctimas de la calumnia.

Pepa alzó los hombros, como diciendo: -¿Y qué me importa a mí la calumnia?

-Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir a vivir tan cerca de ti.

-¿Falta? ¿Falta venir aquí? -dijo la dama, dando a entender que si aquello era falta, también lo era la salida del sol.

-Falta ha sido. Te advierto que yo, a quien muchos tienen por hombre de entendimiento, me he equivocado siempre en las cosas prácticas.

Pepa indicó su conformidad con aquella idea.

-Mi último error ha desatado la lengua a la maledicencia. ¡Pobre amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que a los dos meses de viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos, injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un odioso trabajo retrospectivo, dando a nuestras relaciones criminales un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.

-¿Cuál?

-Que Monina es hija mía.

Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente, no sabemos de qué modo, dijo:

-Pues bien, cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no debemos afligirnos por ella.

-¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede estrellarse? -le dijo León con serenidad-. ¿Lo sabes tú? Pues es la inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, o mejor dicho, parcial. La maledicencia que nos agobia lleva en sí algo de fundado: se equivoca sólo en los hechos. Miente cuando dice que soy tu amante y que vivimos juntos; pero acierta cuando dice que te amo. Miente cuando dice que Monina es hija mía; pero...

Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de la boca para exclamar con júbilo:

-Pero acierta al decir que la adoras como si fuera tu hija: lo mismo da.

-La calumnia se equivoca en los hechos; pero a falta de hechos hay intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que somos inocentes?

-No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de justicia -dijo Pepa con acento patético-. ¡La miro con menos horror del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!... Tú eres una persona de rectitud y de conciencia, yo no lo soy. Estoy acostumbrada a acariciar, cultivándolos en el secreto y en la soledad de mi alma, sentimientos contrarios a mi deber; yo soy una mujer mala, León, yo no merezco este afecto tardío que sientes por mí; yo soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso que tú tienes a la calumnia.

-Pepa, Pepa, no hables de ese modo, -dijo León, estrechando la mano de su amiga-. No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma, cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos mis afectos.

-¡Oh! Si no te gusto así -replicó la de Fúcar en un tono de amargura y dolor que oscurecía sus palabras-, ¿por qué no viniste a tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa pasión, tan propia y tan digna de ti habrías encontrado entre aquellas ridiculeces pueriles que no eran sino signos de locura con que se manifestaban mi corazón comprimido, mi imaginación desesperada! Si hubieras venido a tiempo, dignándote agraciar con una palabra amante a la voluntariosa, a la pobre loca, a la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías descubierto, tesoro íntegramente reservado para ti y que en tus manos habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo parecía una calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos gratos sino en las manos para que se conceptuaba nacido. Fuera de mi dueño natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy escaso sentido moral. Yo he padecido mucho; he llevado una vida de incansable y espantosa lucha conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista como tú; no soy escrupulosa de conciencia; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde a sí mismo; no creo al mundo con derecho a exigirme que me atormente más, pues bastantes mordazas he puesto en mi boca, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de lo mucho que me debes, queriéndome un poco.

No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y se echó a llorar.

-Mi necio orgullo -dijo León, más bien acusándose que defendiéndose- nos hizo a entrambos desgraciados. ¡Que aquel desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los infortunios ocasionados por mi error sean para mí!

-No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fue tuya. Yo no tenía otra cualidad buena que la de quererte; yo hacía locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes a mí, después de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!

Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un gesto de terror, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó sordamente:

-¡Tu mujer vive!

León no encontró palabras para comentar ni para atenuar la terrible elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.

-¡La hermosa, la santa, la perfecta!... -añadió Pepa-. Pero ¿no es así más grande mi triunfo? Has venido a mí, la has abandonado.

Júbilo inmenso iluminó su rostro.

-No, no... -dijo León vivamente-. Yo he sido abandonado. Yo he amado a mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta ahora, hasta ahora que lo he roto.

-Bien roto está -dijo la de Fúcar con brío-. ¿Por qué temes el fallo de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?

-Pepa, amiga querida, por piedad, tu despreocupación me causa miedo.

-Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral; lo perdí, me lo quitaste tú con la última ilusión. No tener ilusión alguna ¿no equivale a ser mala? Yo fui mala desde aquella noche horrenda en que la última esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma toda, dejándome yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado a un río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice; había en mí un germen de maldad el cual yo misma quería que se agrandara. Si al menos hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era una salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios. ¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El despecho me inclinaba a entregar al menos digno lo que yo reservaba para el más digno. ¿No había podido obtener el primero?, Pues me entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar? ¿De qué servía mi pobre ser despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien! Eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer a alguien, aborrecer al más cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero! Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, a la joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad se le abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil y seré libre». ¡Pero yo no acordé de mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía abofeteada por tu honradez, y que a veces mi alma se encariñaba con la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluido. Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo que nunca había yo conocido: tranquilidad. Cuando Monina crecía a mi lado, yo adquirí por milagroso don cultura de espíritu, sensatez, amor al orden, sentido común. Fui otra, fui lo que hubiera sido desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado a la paz y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan buena como debería serlo; hay en mí un poco, quizás mucho, de falta de temor de Dios; no me hallo dispuesta a sacrificar mis sentimientos a las leyes que tanto me han martirizado; se me conoce involuntariamente que he vivido en un mundo donde todas las leyes son de fórmula, donde hay más palabras sonoras que acciones buenas, y así te digo: libre soy, libre eres...

-Yo...

-Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has sido abandonado?

-Sí.

Una vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.

-¡Oh!, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre yo -exclamó Pepa con desesperación-. Bien, bien.

-Abandonada, no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.

Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma a lo que iba a decir.

-Soy casado. No amo a mi mujer ni soy amado por ella; somos incompatibles; entre los dos existe un abismo. Nos separa una antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado a ser extraña para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino la religión. ¿De qué acuso a mi mujer? De que es santa, de que es fanática creyente en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A veces viene a mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo a llamar demencia a la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el límite entre la piedad y el fanatismo. En mi conciencia declaro que puedo tener a mi mujer por fanática; pero no me creo con derecho a declararlo a la faz del mundo.

Al expresarse así, en frases entrecortadas y preguntas y respuestas, la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.

-Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio, como lo es la fidelidad -añadió-; pero no ha escarnecido ni llenado de befa mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me declare libre?

-Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el matrimonio.

-Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro a mi conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella». Así como ella tiene un fanatismo que la impele a aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible? Ella tiene un orden de creencias que me hacen huir de ella. ¿Por ventura no seré también fanático?

-¡Tú no, ella, ella! -dijo Pepa con cierto encono.

-En el extremo a que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es más culpable? Ella es fanática, sí; pero tiene un fondo de rectitud que no puedo desconocer. María es incapaz de toda acción verdaderamente deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero es fiel. No me ama; pero no ama a otro. ¿Por ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?

Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar salida a aquel dédalo terrible.

-Y en caso de que pueda declararme libre -dijo al fin-, no puedo unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no hay ley divina ni humana, no puedo ser como esos que usan una moral en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima... hijos deshonrados y sin nombre... una atmósfera de deshonor, envolviéndonos a todos. No creas tú que al hablarte así y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco a las hablillas de Madrid, ni que me fundo para tratar de ilegitimidad, en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta cuestión tremebunda: obedezco y atiendo a mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oír siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma. Interroga tú también a tu conciencia.

Pepa se inclinó suavemente, como si fuera a caer desfallecida, y, sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:

-Mi conciencia es amar.

Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa y patética en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada a la reserva, y a desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo XI - Esperar[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XI
Esperar
 de Benito Pérez Galdós

-Represéntate -le dijo León- todo lo que hay de odioso y de disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos sin nombre... la imagen siempre presente de la que...

-No la nombres... te repito que no la nombres -dijo Pepa, procurando que su enojo no pareciera muy violento-. Su loco fanatismo la excluye, la excluye.

-¿Y si también yo soy fanático?

-No, no importa.

-Bien; contra la turbación que a tu mente y a la mía pueda traer esa idea, hay un remedio.

-¿Cuál?

-Esperar.

-Esperar -murmuró la de Fúcar, moviendo la cabeza, en cuyo centro la palabra esperar retumbaba con eco siniestro-. ¡Esperar, ese es mi destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino un tormento.

-¿Ves ese ángel? -le dijo León, señalando a Monina, que dormía, muy ajena a la tempestad que arrullaba su sueño de pureza-. Pues ahí tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas, tu despecho, aún no extinguido, tus malos recuerdos te empujen por una senda extraviada, pon en el pensamiento a tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia, parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre no sé qué reflejo de la verdad absoluta.

-Es verdad, es verdad -exclamó Pepa, rompiendo en llanto.

-Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera a tu hija ya crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el horrible trastorno que habrá en su pura conciencia cuando se le diga «tu madre no esperó a que pasaran dos meses de viudez para tomar por amante a un hombre casado, al esposo de una mujer honrada».

-¡Oh!, no, no -gritó Pepa con súbita indignación-. No le dirán eso.

-Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no habría de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.

-Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma virtud -exclamó Pepa con brío, anegada en lágrimas.

Después callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de mi vida: soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de que puedo darte a quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi pensamiento».

Después se apartaron de la cama de Monina. Pepa se sentó en un ángulo de la sala.

-Es preciso que me retire -le dijo León.

-¿Ya? -dijo Pepa con sorpresa y temor, acariciándole con su mirada.

León iba a decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido pasos.

El marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver a León manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la visita.

-Pues qué, ¿está mala Monina?

-No, papá. Está buena.

-¡Ah!... Me figuré...

El marqués besó a su nieta.

-Gracias a Dios que se te ve por aquí -dijo cariñosamente a León.

-He venido a despedirme de Pepa... y de usted.

-¿Viajas? Hombre, es lo mejor que puede hacer un cónyuge aburrido. ¿Hacia dónde vas?

-No lo sé todavía.

-¿Y sales...?

-Mañana.

-Si vas a París te daré un encargo. ¿No habrá tiempo mañana?... Pasaré por tu casa temprano... Yo me voy a mi cuarto: tengo jaqueca.

León comprendió que debía retirarse al momento.

-Adiós, adiós -dijo, estrechando las manos de la hija del marqués.

La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida.

Después León miró un momento a Monina y salió con apariencia serena. Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía extraño en ellas; pero aquella hermosa estancia de donde acababa de salir le parecía tan suya, se adhería tan fuertemente a su corazón, que casi estuvo a punto de volver para respirar un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del amor de una mujer y del sueño de un niño.

D. Pedro le dijo al retirarse a su cuarto:

-Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de Federico.

León no dijo nada a esto y salió del palacio al jardín. Tanto le llamaban de atrás sus afectos, que a cada seis pasos se detenía. Había entrado en la alameda que conducía al establo, cuando se sintió llamado por una voz, por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la respiración.

La mano de Pepa hizo presa con fuerza en la mano del matemático.

-No he podido resignarme a que te despidas así -le dijo-. Eso no está bien.

-Así debió ser... -replicó León, muy turbado-. ¿Y qué importa? Hubiera vuelto mañana un momento.

-¡Un momento! -exclamó la dama con elocuente dolor-. ¡Qué triste es haber dado años como siglos y verse pagada con momentos!

León le tomó las dos manos.

-Querida mía -le dijo-, es preciso que uno de los dos se someta al otro. He comprendido que, si me dejara arrastrar por ti, nuestra perdición sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos salvaremos.

-Pues di... Ya sé lo que vas a decir... ¡Esperar! Cada loco tiene su estribillo.

Puso la joven una cara que demostraba la más profunda lástima de sí mismo que puede tener un ser humano, y como la compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama de un modo que haría llorar a las piedras, y dijo:

-¡Esperar! ¿Y si me muero antes?

-No, no te morirás -murmuró León, cogiendo entre sus manos la cabeza de Pepa, como se cogería la de un niño, y besándola.

-Está visto que soy más tonta... -balbució Pepa, que apenas podía hablar-. Harás de mí lo que quieras, bárbaro.

-¿Me obedecerás?

-Eso no se pregunta a la que durante mucho tiempo te ha obedecido con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías a mí cuando ni siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas faltar a todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de mi alma, te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo, ¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás de ti al crimen no puede negarse a seguirte si la llevas al bien.

-¿Adonde quiera que yo te lleve? -murmuró León, pasándose la mano por la frente-. Dime: ¿y si yo te dijera...?

-¿Qué? -preguntó Pepa sin aguardar a que concluyera, mejor dicho, cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el aire antes de que caiga.

-La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?

-¡Oh!, por mi imaginación han pasado todas las ideas.

-De modo que si yo te dijera...

-«Vamos», partiría sin vacilar.

-¿Ahora?

-Ahora mismo. Tomaría en brazos a mi hija...

Pepa, encendida en amante impaciencia, miraba a su casa y a su amigo. Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior. Después hirió el suelo con el pie como los brujos antiguos cuando llamaban al genio tutelar.

-Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes -dijo al fin con resolución que tenía algo de heroísmo.

Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.

-Te lo mando así porque te quiero con el corazón; te lo mando así por egoísmo, porque no quiero destruir un hermoso sueño.

-Me someto -dijo Pepa, envolviendo su palabra en un gemido.

Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:

-Pero fija un término, un término... Si me muero antes...

La idea de un morir prematuro estaba en su mente como una luz siniestra que de ningún modo se quería apagar.

-Fijaré un término. Te lo juro.

-Y pasado ese término...

-Pasado ese término... -repitió León, cuyo pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga, ferozmente apretado por los demonios.

-Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...

-Verás como lo allanará.

-¿Y si no lo allana?

-Verás como sí lo allana.

-Pero... ¿y si no?

-Verás como sí.

-Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo -dijo Pepa, acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la acomodamos en la almohada cuando empezamos a dormir-. Ahora, si quieres que me vaya contenta a mi casa, dime que me quieres mucho.

Su pasión tomaba un tono pueril.

-¿No lo sabes?

-Que me querías hace tiempo.

-Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños, cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres... -añadió León, estrujando la cabeza de oro.

-¡Qué tiempos! -dijo Pepa, sonriendo como un bienaventurado en la gloria-. ¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo, pasando los recuerdos de memoria en memoria y las palabras de boca a boca!... ¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reír, recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir en broma, adivinarnos las ideas y los deseos!...

-Si pudiéramos eso...

-Pero no; hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida, y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú, a ese caserón; yo, a mi palacio.

-Espérame con tu hija.

-¡Oh!, ¡qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho no te va a conocer cuando vuelvas. ¡Alma mía!, te tendrá miedo.

-Se acostumbrará pronto.

-Pero ¿no vuelves mañana a casa?

-¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.

-Mandaré a Monina a tu casa mañana.

-Sí, mándala.

León tosió secamente.

-¡Hombre, por Dios! -exclamó Pepa, con amante solicitud, alzándole el cuello de la levita-. Que te constipas... hace frío... déjate cuidar... así...

-Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.

-Pero qué, ¿nos separamos ya?

-Sí -dijo el matemático-. Ahora o nunca.

Pepa tuvo ya en sus labios las palabras pues nunca; pero no se atrevió a pronunciarlas.

-¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?

-Todas las semanas.

-¿Cartas largas?

-Largas y prolijas como el pensamiento del que espera.

-¿A dónde te escribo?

-Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola. Nos separaremos allí.

-Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí entraré.

Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la mano izquierda le estrechaba ambas manos.

-Está oscura la noche -dijo Pepa, obedeciendo a esas inexplicables desviaciones del pensamiento que se verifican cuando este actúa más fijamente en un orden de ideas determinado...

-¿Estás contenta? -le preguntó León, queriendo dar al diálogo un tono ligero.

-¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo tiempo. Yo digo «¡qué dicha tan inmensa!», y digo también «¡si me muero antes!...».

-En mí sucede lo mismo -replicó León sombríamente.

Llegaron a la puertecilla del museo.

-Adiós -dijo ella devorándole con sus ojos-. Adiós... ¡Todo mío!

-Hasta luego -dijo León con voz imperceptible, dándole dos besos-. Este para Monina, este para su mamá.

La puerta del museo, abierta, mostraba una escalera oscura. León empujó suavemente a Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...

Poco después entraba en su casa, y, medio muerto de dolor, se revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente, no sabiendo si buscar en el llanto o en la desesperación honda el lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad contenía pasiones o ideas mil del género más turbulento, estallase atropellando todo lo que hallara delante de sí.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo XII - Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales,
de todo lo que hay de más venerando y de otras cosillas
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La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XII
Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando y de otras cosillas
 de Benito Pérez Galdós

La crisis porque pasaba la casa de Tellería continuaba sin resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar en ponerle remedio, y sólo quedaba el recurso de disimularlo hasta donde fuera posible. Antes de llegar a una bochornosa declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en sus soliloquios domésticos decían: «estamos sin criados; no hay tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la vanidad que se llama coche», públicamente era preciso hacer creer que todos estaban enfermos... ¡El marqués!, ¡ah!, sufría horriblemente de su reuma. La marquesa, ¡ah pobrecita!, se hallaba en un estado espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de una gran tribulación. No se recibía ni a los íntimos, no se daba de comer ni a los hambrientos, no se paseaba, no se iba ni a los estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir a escuchar la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los feligreses que la veían entrar y salir, dando con su compunción ejemplo a los más tibios, tributaban a su pena el debido homenaje, diciendo: -¡Infeliz señora, cuánto ha padecido con sus hijos!

La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era una reunión escogida, de poco bullicio, a donde iban algunos poetas, guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía L'Univers y se recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba a todo el género humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de Gustavo Sudre para que se preparase a aplaudir la alabarda (no hay otra palabra) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran cual un San Pablo, cual un San Ambrosio, bien un Tertuliano o un Orígenes, por lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de club, que es un fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones políticas han subido la escalera y rugen entre el placido aliento de las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia de que hablamos era, pues, un club de cierta clase, así como hay tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo son de la democracia.

La marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuida de miembros, aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo cuando tenían mucha melaza mística y palabreo de cándidas tórtolas, palmeras de Sión, etc., furiosa enemiga de toda la cursilería materialista y liberalesca, y delirante por los discursos contra esa basura de la civilización moderna. Elegante y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas a sus fervorosos tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba a los patriarcas, a los poetas, a los San Agustines y a los San Ambrosios. Sin duda ellos perjuraban interiormente que eso de ser cenobita es mejor para dicho que para practicado. El marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar en parrilla antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si tenía doctrinas!, era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho al teatro, al casino o a otros pasatiempos oscurísimos. De día recibía en su despacho a los toreros, caballistas, cazadores de reclamo, derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía asignada a su mujercita, a más de la partida de alfileres, otra no floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el marqués tenía abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.

Aquella noche (y todos los datos comprueban que fue la noche del día, recuérdese bien, en que el marqués visitó a León Roch), la de Tellería hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.

-No intente usted consolarme, general. Estoy abrumada de pena... Usted ha dicho, en preciosos versos, que el corazón de una madre es tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los bordes, el mío no puede resistir más, se rebosa.

-¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida? -dijo aquel Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines a quienes pintan sólo con cabeza y alas-. El Señor enviará a usted consuelos inesperados. ¿Y María, está resignada?

-¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más virtuosos y más santos se vean sujetos a mayores pruebas. Como a mi adorado Luis, a María la quiere Dios para sí: a aquel le dio padecimientos físicos, a esta se los da morales.

-Cada día -dijo el general, haciendo un movimiento de horror que daba cómica ferocidad a su cara de arcángel con bigotes blancos- vemos que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto a las leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue usted, querida Milagros, a dónde llegará una sociedad que cada día, cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese a tal!, aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted, abandonada cruelmente por su marido, a causa de su misma virtud, y precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud, repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, es una enseña, una bandera de combate.

Era ciertamente una bandera de combate. En el salón había varios grupos, y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del Cielo, esto clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón, el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los extravíos de los hombres exigen enmienda, es la de las moscas de Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja a la cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones laicas con que la gente de ciertos principios azota a la humanidad prevaricadora.

-Si la separación hubiera sido por otros móviles... -decía un poeta a un periodista-, podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que León...

Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia, más grata para ellas que el aroma de finísimas rosas.

-Hace tiempo que yo lo sospechaba -dijo la de San Salomó a un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro ultramontano-. Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre parejas con el modo de querer. Hay familias predestinadas.

-Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas -dijo el diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de la marquesa.

-Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía -indicó Pilar, saludando con una mirada de reconvención a Gustavo, que a la sazón entraba-, puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.

Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que, a pesar de estar resuelto a no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo y perplejidad.

-¡Hija de León! -murmuró.

No lejos de allí, el marqués de Tellería expresaba una idea nueva, enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él (el marqués) va perdiendo la fe en la tradicional y proverbial caballerosidad del pueblo español...

-Se ve palpablemente la ruina y acabamiento de la sociedad -declaró el general-; y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho inconcuso...

Todos miraron al general, esperando la declaración de aquel hecho que podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con que el general lo anunciaba.

-Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio a la moral cristiana, y a quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza impudente, alzar la fronte e minacciar le stelle .

Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal y un periodista trabose ligera disputa sobre si León Roch era un criminal de ligereza o criminal de perversión.

-Desengáñese usted -dijo el diputado-, la corrupción es general; pero si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas caminan a su completa ruina. Ellos han desquiciado este admirable edificio moral de la sociedad española; han derribado el templo, como Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.

La de San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no podían oírles.

-Es preciso, es indispensable -afirmaba ella- decirle la verdad a María.

-¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable, nada diré a mi hermana.

-Pues se le dirá.

-Pues no se le dirá.

Pilar mostraba un empeño maligno, una impaciencia de mujer quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.

-Aseguro que se le dirá -añadió, mostrando las ventanillas de la nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.

-En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.

-¡Oh!, también he decidido yo en asuntos de tu familia -dijo Pilar, dando al tu familia una entonación impertinente.

-No ha sido con mi aprobación -repuso Gustavo, que contenía en su pecho la ira.

Estaba pálido: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.

-Me anuncia este padre de la patria -dijo Pilar alzando la voz- que no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo veintidós.

Sonó un rumor de descontento.

-El presidente le concederá aplazar el turno.

-¡Y yo que tengo las papeletas en casa!

-¿Cuándo será?

-Este triste asunto de su hermana -dijo la de San Salomó, mirando a Gustavo con expresión de afectada pena- le ha trastornado el cerebro.

Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.

-Serénate, chico -le dijo esta con acento cariñoso-. Todos padecemos tanto como tú; pero no nos falta paciencia.

-Pues a mí me falta.

-¿Han tratado ustedes de averiguar la verdad de lo que se dice sobre el pobre león? -dijo a la de Tellería el diputado arzobispal, que en aquellos lugares asumía la autoridad de cien concilios.

-¡Oh!, sí, no nos faltan datos. Hoy estuvo allá Agustín... le vio, quiso hacerle comprender su deber...

Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber afirmado el marqués su creencia firmísima de que todos somos lo mismo. Después clareose considerablemente el grupo, porque Pilar atrajo mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo y su madre pasaron al gabinete inmediato.

-¿Es cierto que papá ha estado hoy a ver a León?

-Ya lo has oído.

-Me temo que su viaje a Carabanchel llevaría otro objeto. Será una nueva ignominia...

-¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto Quijote?

-Sí -dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira-, me temo que papá haya ido a postrarse a los pies de nuestro enemigo para pedirle...

-¡Qué cosas tan horribles dices, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...

-No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado a ver cosas muy horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo visitaré a León, yo le hablaré. Quién sabe si no es tan culpable como le suponen... Hay en el mundo equivocaciones atroces, y así como es indudable que no todos los que pasan buenos lo son, otros... Si realmente ha abandonado a mi hermana para vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle a la cara...!

-¡Por Dios, no te pongas así!... Vas a llamar la atención -dijo la marquesa, alarmada de la altivez de su hijo-. Estás ridículo.

-¡Ridículo! -exclamó Gustavo con acento de amargura-. No me importa. Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en que vivimos.

-¡Gustavo!

-Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía, ha llegado también a causarme horror. El susurro constante de la moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oír el grito de la verdad. No estoy nada satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro voluntario que me ponga a distancia de todos los que llamo míos.

-¿Quieres añadir nuevos disgustos a los que ya sufre tu pobre madre? -dijo ella con visibles muestras de enternecimiento-. ¡Emigrar tú, renunciar a tu porvenir!... No esperar siquiera a ser ministro... Ya sabes... otros...

-¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi ambición y mi vergüenza son una misma cosa y estoy pegado a ellas, como el caracol a su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado a mi familia, a mi partido, a mi clase, a mi moral.

Dio a este último vocablo amargo acento de ironía.

-Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah!, tengo que anunciar a usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, a consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes, botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...

-¿Pero han hecho daño a mi hijo? -exclamó la de Tellería con maternales ansias.

-No, una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay! -añadió dando un gran suspiro-. Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por de pronto, censuro que papá haya visitado a León con las miras que sospecho.

-Sospechas necedades.

-¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque yo pienso ver a León.

-¿Tú?

-Sí, yo; deseo saber por él mismo su culpa. Le tengo por un extraviado, mas no por un perverso. Yo le hablaré el lenguaje de la franqueza para que él me conteste del mismo modo. Si es un miserable, él mismo me lo ha de decir... Entretanto, que no se diga una palabra a María de las hablillas que corren.

-¡Oh, no! Es preciso decírselo. ¡Pobre hija de mi alma! No quiero yo que ignore las lindezas de su cara mitad. Figúrate que una persona indiscreta se las dice, exagerándolas o desfigurándolas.

-No se dirá nada a mi hermana.

-No te empeñes en eso. Esta noche misma... No, no me enseñarás mis deberes de madre amante y solícita; sé lo que debo hacer. Es preciso que María sepa todo. ¿Qué sabes tú si podremos llegar hasta la reconciliación?

Iba a contestar Gustavo cuando entró en el gabinete un poeta que no era, al decir de la gente, saco de paja para la marquesa, hombre de aspecto vulgar, casi chabacano y más viejo de lo que parecía. No revelaba en la figura ni en el rostro aquel delicado estro suyo que le hacía hablar en variedad de metros de perennales fuentes de dulzura, de los cabritillos de Galaab, del místico dulcísimo amor de las almas, ni aquella indignación evangélica con que apostrofaba a los materialistas, pidiendo a Dios que los aplastase con las ruedas de su carro y que los mandase al Báratro. Era incomprensible tanta grandeza dentro de tan menguada efigie.

-Es delicioso -dijo al entrar-, y no tiene contestación.

-¿Qué?

-El artículo de Luis Veuillot contra la sociedad moderna, contra esa sociedad materializada y corrompida que, para abolir sus remordimientos, aspira a la abolición de Dios. ¿Necesita usted, Gustavo, los números de L'Univers?

-Puede usted llevárselos, con tal de que me los devuelva mañana. Tengo que hacer un artículo sobre el mismo asunto.

La marquesa de Tellería pasó al salón.

-Está acordado que se lo cantaremos mañana -dijo a la de San Salomó.

-Sí, mañana sin falta.

Formose otro grupo de mujeres, del cual salió un zumbido como el de un enjambre:

-Mañana, mañana.

Sintiose roce de sederías, bullicio de saludos, movimientos de sillas. La tertulia se disolvía. Salieron muchos en graciosas parejas, sonriendo unos, bromeando otros. Partieron los de Tellería, el general y el diputado con ínfulas de arzobispo laico, con quien habló un poco de política religiosa Gustavo, sin dejar su expresión melancólica y sombría.

-Adiós, Pilar; nos veremos mañana en San Prudencio.

-Abur, Casilda; haré tu recomendación al Padre Paoletti.

-Adiós, adiós.

Cuando todos se fueron, la marquesa de San Salomó se retiró a rezar y a dormir.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo XIII - Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XIII
Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya
 de Benito Pérez Galdós

La señora de Roch fue muy temprano a San Prudencio. Hacía algún tiempo que madrugaba para cumplir sus deberes piadosos, tornando a casa a las nueve, con lo que evitaba hallarse entre el tumulto de fieles y de damas amigas que iban a las horas cómodas. Aquel día, que era domingo, madrugó mucho y salió muy temprano de la iglesia, cumplido el precepto que más halagaba su espíritu. Como de costumbre, pasó parte de la mañana en lecturas religiosas; pero ha de advertirse que no había buscado sus textos en nuestra rica literatura mística, fundida en el crisol del espiritualismo más puro y que arrebata el alma creyente, ya encendiendo en ella divinos fuegos, ya embelesándola con un discurrir metafísico y quintesenciado. María apacentaba su piedad, triste es decirlo, con lo peor de esta literatura religiosa contemporánea, que es, en su mayor parte, producto de explotaciones simoníacas, literatura de forma abigarrada y de fondo verdaderamente irreligioso, tirando a sensual, que, combinada con el periodismo y con las congregaciones, es uno de los negocios editoriales más considerables de la librería moderna. Mucho de esto nos viene aquí traducido del francés y tiene un sello de mercantilismo que convida a la profanación. No falta al exterior la consabida elegancia material que la industria contemporánea imprime a todas sus obras, y por dentro el verso y la prosa alternan en la expresión del pensamiento; ¡pero qué verso, qué prosa! Hay ideas que reclaman la sencillez, vestidura propia y genuina, sin la cual no pueden existir; hay sentimientos que exigen la seriedad y la majestad como su natural vehículo, y sin él degeneran en afectada declamación. Incapaz María de comprender esto, hallaba elocuencia y sublimidad en un escrito, muy predilecto suyo, en el cual, para celebrar la presencia de Cristo en la Hostia, misterio solemnísimo al cual no se debe tocar la retórica, se hablaba de armonía y silencio, de fuentes selladas, de manantial de amores, de celestial sonrisa, de flores de Jesé, de oro puro, de la mirra del arrepentimiento, del incienso de la oración, de seráficos incendios, de horno que a un tiempo refresca y reanima, de brisas suaves, de perfumes, de virginales y solitarios espíritus, de banquete fraternal de perla única y celeste rocío del nuevo Edén. Este lenguaje, que habla tan sólo a los sentidos, cautivaba a María más que cualquier otro lenguaje. Su inteligencia limitada no habría comprendido otra manera de hablar o la hubiera visto con desdén, y en cambio, dotada de imaginación y de una facultad sensoria muy afinada, su espíritu daba fácil acceso a todo lo que viniera por aquella vía y llegase a él en el vehículo de lo bien oliente, de lo tangible, de lo bonito y de lo apetitoso.

María admiraba a Santa Teresa porque le habían enseñado a admirarla; pero no comprendía sus ingeniosas metafísicas. Aquellos amores seráficos eran para ella un juego de lenguaje o no eran nada. No se recalentaba el cerebro pensando en las maneras más sutiles de amar al Señor, ni poseía tampoco un gran corazón que le permitiera prescindir de maneras sutiles. Su idiosincrasia burda y sensual, en el sentido recto, iba ciegamente al entusiasmo religioso por otros caminos. Para ella, por ejemplo, la misericordia de Dios era una idea incuestionable y firme; pero no se encariñaba profundamente con ella sino después de asociarla a alguna reliquia. Las perfecciones absolutas del Autor de todas las cosas, tampoco reinaban con fuerte imperio en su ánimo si no llegaban a este por el conducto, digámoslo así, de las perfecciones estéticas de una imagen. La Virgen María, ideal consolador que más fácilmente que otro alguno seduce el espíritu de la mujer y parece que lo informa y compenetra, subyugaba a la insigne dama; mas para que aquel ideal divino tuviera en ella una fuerza incontrastable y la hiciera gemir y llorar, érale preciso (válganos la expresión) remojarlo y desleírlo en agua de Lourdes.

No es necesario decir más para que se vea que la religiosidad de María Sudre era la religiosidad de la turbamulta, del pueblo bajo, entendiéndose aquí por bajeza la triste condición de no saber pensar, de no saber sentir, de vivir con esa vida puramente mecánica, nerviosa, circulatoria y digestiva que es el verdadero, el único materialismo de todas las edades. La verdadera plebe no es una clase: es un elemento, un componente, un terreno, digámoslo así, de la geología social; y si se hiciera un mapa de la vida, se vería marcado con tinta negra este horrible detritus en todas las latitudes de la región humana.

Así como ciertos seres privilegiados personifican en sí la aristocracia del pensar y del sentir, la mujer de León personificaba el vulgo crédulo. En otra época y en otras condiciones sociales, María, sin dejar de llamarse piadosa y de rezar seis horas y de confesar a menudo, hubiera echado las cartas para saber el porvenir, hubiera usado rosarios benditos para conjurar maleficios de brujas, hubiera incurrido en la repugnante manía de asociar a la religión las artes gitanas.

Pero los tiempos no son para esto; aunque, bien mirado, maleficios hay y arte de gitanos, si bien de otra suerte que en lo antiguo. El afán de María era pertenecer a todas las asociaciones piadosas, fueran o no de índole caritativa. Era, con preferencia a todo, lo que en la jerga mojigata se llama josefina o sea, individuo de la asociación de San José, cuyo objeto es rogar por el Papa, y que cuenta en su seno con personas muy respetables, dicho sea esto para que no se entienda como mofa, ni mucho menos, la mención hecha. A otras juntas y a muchas cofradías pertenecía también. Casi todas estas sociedades tienen hoy sus periódicos, creados con el fin de establecer sólida alianza entre los socios o cofrades y ofrecer una lectura altamente recreativa, a veces enormemente cómica, dicho sea también con el respeto debido. Para María no la había más sabrosa ni edificante, y se recreaba largas horas con las anécdotas (¡qué lástima no poder copiar algunas!), con las oraciones y, por último, con la parte que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual de todas las curaciones hechas con las obleas y las mantecas pasadas por el famoso perolito de Sevilla, prodigios que se dejan muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas pasadas por el perolito para atender a las enfermedades de sus deudos y amigos, segura del éxito siempre que estos tomasen la medicina con fe. La especulación del perolito no podría existir en ningún país donde hubiera sentido común y policía.

Estaba exenta María de aquel idealismo febril de su hermano Luis, y aunque ella se proponía imitarle en todo, era en sus ideas y en sus prácticas muy distinta. Su devoción enfermiza parecía un delirio nacido de la cortedad de inteligencia, alimentado por los sentimientos y exacerbado por la contumacia de su carácter asaz soberbio. Respecto de su consorte, las ideas y sentimientos de la señora eran muy extraños. Ya sabemos qué clase de amor le tenía, el único amor en ella posible. ¡Cuánto había trabajado en sus soledades de penitente para dominar aquel amor! ¡Cómo torturó su imaginación! ¡Qué de monstruosidades inventó para representarse feo al que era hermoso, desabrido al que era galán y seductor, repugnante al que era pulcro y lleno de atractivos! María Egipcíaca pensaba que mientras conservase en su mente la ilusión de aquel compañero de sus días y noches, no habría en ella verdadera santidad. Si tenía o no razón, ¿quién lo sabe? Sólo Dios, que con su vista infinita conocía la calidad de aquella ilusión.

«¡Si León no fuese ateo!» pensaba a cada instante. Y aquí entraba lo irreconciliable, aquí entraba la idea de no tener jamás trato moral ni doméstico con semejante hombre. Ella había consultado con el pensamiento la voluntad de su hermano, que como sombra cariñosa venía en las noches solitarias a vagar sobre su lecho santo, y la voluntad de su hermano era que no debía existir entre ella y el ateo relación de ninguna clase; que estaba manumitida de la esclavitud matrimonial, relevada de su carga de deberes, libre para no pertenecer más que a Dios.

María despertaba a veces con zozobra y agonía, bañada la frente de sudor, trémula y acongojada. «¿Y si quiere a otra?» murmuraba.

Aquí tomaban sus ideas un giro nuevo. Podía su extraviado espíritu conformarse con la idea de que muriera León, aun con la idea de no ser amada por él; ¡pero eso de que su marido viviese y amase, viviendo y amando a otra!... ¡eso de que fuera para otra lo que había sido suyo!... En esto consistía el martirio de aquella mujer, su mortificación constante, y al llegar a este delicado punto, todo su ser saltaba con un impulso, no de pura pasión, sino de apasionado egoísmo.

Durante la época en que León se iba apartando lentamente de ella, María gozaba en mortificarle, gozaba en verle entrar todas las noches, porque es cosa que halaga al verdugo la puntualidad de la víctima en ponerse bajo su azote. A veces por la fuerza de la costumbre y por el afecto verdadero que el largo trato había hecho nacer en ella, sentía mucho gusto de verle; pero disimulaba esta alegría y aquel afecto. ¡San Antonio! No convenía dar a conocer que el ateo era bien recibido. Secretamente solía interesarse por todo lo que a él atañía; dirigía mil preguntas a los criados, y si estaba enfermo, prontamente le hacía llevar medicinas, guardándose bien de mandarle el agua de Lourdes y las mantecas del perolito, por no ser estos ingredientes eficaces sino para el que cree en ellos.

Cuando hablaban tenía que hacer grandes esfuerzos para no contemplar con agrado la simpática y para ella hechicera figura de su esposo, y luego, cuando estaba sola, se arrepentía de ello, se castigaba mentalmente, se llamaba perversa, lasciva, y pedía auxilio a la memoria de su hermano y a la virtud de veneradas reliquias. ¡Si no fuera ateo!, decía, y a veces al decirlo lloraba.

Cuando León se retiró definitivamente, María, que le había expulsado diciéndole: «Mi Dios me manda que no te ame», sintió un descorazonamiento, un vacío, un inexplicable terror... ¿De qué?, ella no sabía lo que tenía. Durante una noche entera, la noche aquella que mencionamos, no pudo poner en su mente una idea devota. Estaba aturdida, y en su cerebro retumbaba un rumor de malos pensamientos, como pisadas de fantásticos corceles que vienen de lejos dando resoplidos. Necesitó largas lecturas y consultas y amonestaciones de clérigos para poder echar alguna tierra sobre el hermoso cadáver del bien perdido, rezó mucho, se mortificó mucho, puso en gran trabajo la imaginación por su método favorito, que era representarse feo lo que era hermoso, amargo lo dulce, asqueroso lo recreativo y placentero. Este horrible trabajo de limpiar el alma por medio de la fantasía, luchando por afear y cubrir de inmundicia las nobles galas del amor, las bellezas de la vida, no era nuevo en ella. Los ermitaños y cenobitas lo han hecho, completándolo con las mortificaciones exteriores. María Egipcíaca trabajó horrendamente en las tinieblas de su atormentado cerebro por representarse como nefandos y teñidos de lúgubres colores los alegres días de su luna de miel y las más pacíficas y dulces horas de su vida de casada. ¡Espantoso desorden, horrible anarquía del alma!

Como hemos dicho, María, al verle ausente para siempre, sintió un vacío, una desazón, una inquietud, una soledad... ¿A dónde había ido? Sin dar a conocer su turbación hizo varias preguntas. En sus rezos meditaba la santa sobre esta profanidad... ¡San Antonio! Indudablemente aquel hombre era suyo. Indudablemente lo suyo, lo verdaderamente suyo, no debía ser para los demás. ¡Cómo fulgura a veces la lógica en los entendimientos más turbados! Lo extraño era que, a pesar de lo que ella llamaba ateísmo de León, siempre había visto en él un fondo de honradez que le inspiraba confianza. Jamás pensó ella, ¡tan limitada era su inteligencia!, en el problema de compaginar aquel ateísmo con esta honradez. ¿Por qué creía ella en la honradez de un ateo? No podía decirlo; pero indudablemente que la confianza existía. Ahora, con la partida de su esposo, de su compañero, de su hombre, la confianza desaparecía. María experimentaba una sensación muy singular. Enorme y fea víbora se acercaba a ella, la miraba, la rozaba, se escurría resbaladiza y glacial por entre los pliegues de su ropa, ponía el expresivo hocico de ojos negros en su seno, oprimía un poco, entraba primero la cabeza, después el largo cuerpo hasta el postrer cabo de la cola delgada y flexible. Entrando, entrando la horrible alimaña se aposentaba en el pecho, se enroscaba despidiendo un calor extraordinario, y se estaba quieta como muerta en la abrigada concavidad de su nido.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

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Capítulo XIV - La revolución[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XIV
La revolución
 de Benito Pérez Galdós

Una dama hablaba con María. Era la marquesa de San Salomó.

-Queridísima -le dijo-, no quiero ser de las últimas en venir a llorar contigo.

-¿A rezar?

-A rezar y a llorar. Dios nos aflige con sus castigos. No te vi hoy en San Prudencio. El padre Paoletti me dijo que te habías retirado temprano, y lo sentí. Quería hablar contigo, consolarte como puede consolar una buena amiga.

-¡Consolarme!... -dijo María con aturdimiento-. ¡Ah!, sí, de mi abandono, de mi desaire... Hace tiempo que padezco en silencio, y el Señor, la verdad, no me ha negado dulcísimos consuelos. ¿Para qué estamos en el mundo sino para padecer? Hay que penetrarse bien de esta idea, para que cuando venga el dolor nos encuentre prevenidos.

-¡Oh! -exclamó Pilar con sincera admiración, dando un beso a su amiga-. ¡Qué buena eres!, ¡qué santa!, ¡qué excepción tan admirable eres tú en nuestra sociedad, María! Debiera venir la gente aquí a darte culto, a rezarte como si estuvieras canonizada.

-¡Qué error, Pilar, qué error tan grande! ¿Y si yo te dijera que soy muy pecadora?

-¿Tú pecadora?... ¿tú? -observó la de San Salomó, haciendo aspavientos, cual si oyera una blasfemia-. Pues si tú eres pecadora, ¿qué soy yo?, ¿quieres decírmelo? ¿Qué soy yo?

Y se contestó a sí misma, no con palabras, sino con un grande y entrecortado suspiro, queja angustiosa de su conciencia, incapaz ya de poder resistir más peso.

-No me admiró yo de que hubiera santos, cuando las ocasiones de pecar eran escasas, cuando la mitad del género humano vivía dentro de conventos o en feos desiertos, y se estaban viendo a cada instante ejemplos que imitar; lo admiro ahora, cuando la libertad ha multiplicado los vicios, cuando todo el mundo hace lo que quiere, y se ven rara vez casos ejemplares dignos de imitación. Por eso digo que tú debieras ser canonizada, porque dentro de Madrid, que es sin duda lo más perdido del universo y en este siglo que es, como dice Paoletti, la vergüenza del tiempo, has sabido despreciar el mundo tentador y has igualado a los santos penitentes, a los confesores... y también a los mártires.

Pronunció el también a los mártires con entonación fuertemente intencionada.

-¡Oh!, no me hables así -dijo la Egipcíaca, que aunque gustaba de los elogios, tenía costumbre de disimular aquel gusto.

-Yo te admiro mucho, muchísimo -añadió Pilar con arranque cariñoso-, porque estoy muy lejos de ti, porque disto mucho de parecerme a ti. ¡Ay, querida mía!, si Dios me concediera el andar un pasito sólo de ese camino de perfección en cuyo fin estás tú y que yo ni aun he podido principiar... ¿Sabes lo que pienso? Que voy a intimar más contigo, a acompañarte en tus rezos si lo permites, a leer lo que tú leas, y mirar lo que tu mires, y pensar en lo que tú pienses, por ver si de ese modo se me pega algo. Por de pronto, deseo y te pido que me des algo tuyo, un objeto cualquiera, un pañuelo, por ejemplo para tenerlo siempre aquí sobre mi pecho, como se tiene una reliquia. Yo quiero que me toque constantemente algo que te haya tocado a ti. Aunque no fuera sino porque al ver tu pañuelo me acordaría de ti y de la virtud, y podría atajar un mal pensamiento o una mala acción... ¿Te admiras? Pues no debes asombrarte, queridísima, ma petite, tú no te estimas en lo que vales. Mira, cuando te mueras, la gente ha de andar a mojicones por conseguir pedacitos de tu ropa.

-Pilar, que estás ofendiendo a Dios con tus lisonjas.

-Eres tan buena que te escandalizas de oírlo decir. Así era tu hermano Luis, que en la gloria esta. Pero tú vales más que él.

-¡Pilar, por amor de Dios! -exclamó María verdaderamente escandalizada.

-Más que él: yo sé lo que digo.

-¡San Antonio!

-Más que él... Él fue santo, tú además de santa eres mártir. Has llegado al sumo grado de la perfección cristiana. Yo no conozco criatura más alta que tú, y no sé si sentir por ti más lástima que admiración o más admiración que lástima...

María no entendía bien.

-Así es que el nombre de santa me parece poco... Y dime tú ¿qué nombre deberíamos dar al que teniendo en su casa este tesoro de virtud y de bondad, huye de ella y desprecia el tesoro y se cubre de baldón desdeñando el oro por el estaño, y poniendo en lugar del ángel que Dios le dio por mujer, a una...?

-Pilar... ¡por Dios!, ¿te refieres a mi esposo?

-¡Oh!, amiga de mi alma -dijo la de San Salomó, que había enrojecido dando muestras de gran agitación-. Perdóname si me pongo furiosa al hablar de esto. No puedo remediarlo.

-Pero León... Pilar, tú no sabes lo que dices. Mi marido es un hombre formal.

Si de María hemos dicho que era limitada de inteligencia, algo basta de sensibilidad, pues su corazón de fibras gruesas y sin finura carecía de aptitud para los afectos entrañables y delicados, con la misma lealtad se ha de manifestar lo que en ella había de bueno, y era un fondo de honradez, un cimiento de esa rectitud innata que engendra siempre cierta confianza candorosa en la rectitud de los demás. María se sublevó contra las reticencias de su amiga.

-Veo -dijo ésta- que estoy cometiendo una gran indiscreción. Sin duda no sabes nada.

-¡Que no sé nada!... ¿de qué?

-¡Oh!, no, debo callarme. Yo creí que tu mamá...

-Háblame con claridad... has nombrado a mi marido.

-Y ya me pesa.

-Mi marido es... así... de cierto modo... No cree en nada... se condenará de seguro... es ateo, rebelde... pero se porta bien, se porta bien.

Bruscamente Pilar rompió a reír. Su risa sonora, importuna que duraba más de lo regular, llevó al alma de María grandísima turbación.

-Si llamas portarse bien estar separado de su mujer, que es una santa, y tener relaciones con otra... -dijo la amiga con una entonación despiadada, agria, que tenía algo del cuchillo que corta o de la lima que raspa.

María se quedó como una difunta, pálida, los ojos fijos, la boca entreabierta.

-¡Con otra!

Esto no era nuevo en ella como idea; éralo como hecho. Habían precedido a la noticia presunciones vagas, temores; pero con todo, la triste verdad abruma aun cuando haya sido precedida por el asustadizo sueño.

-¿Has dicho que con otra?

-Con otra, sí. Lo sabe todo Madrid, menos tú.

-Has dicho... con otra... -repitió María, que estaba con el conocimiento a medio perder, alelada, padeciendo una especie de parálisis, cual si cada una de aquellas dos terribles palabras fueran enorme piedra que había caído sobre su cráneo.

-¡Sí!... ¡con otra! -dijo Pilar, rompiendo a reír por segunda vez, lo que no indicaba un gran respeto a la mujer canonizable.

-¿Y quién es? -preguntó con fulgurante viveza la penitente, que pasó del idiotismo a una especie de excitación epiléptica-. ¿Quién es, quién es?

-Yo creí que ya lo sabías... ¡Pobre mártir! Es Pepa Fúcar, la hija del marqués de Fúcar, ese que los periódicos llamaban antes el tratante en blancos y ahora le llaman egregio, porque se ha enriquecido adoquinando calles, haciendo ferro-carriles de muñecas, envenenando a España con su tabaco, que dicen es la hoja seca de los paseos, y por último, prestando dinero al Tesoro durante la guerra, al doscientos por ciento; un buen apunte, un gran señor de ahora, un dije del siglo, un noble haitiano, un engendro del parlamentarismo y del contratismo, que no me puede ver ni en pintura porque una noche, en casa de Rioponce, empezó a galantearme y le volví la espalda, y porque siempre que le veo en alguna tertulia al alcance de mi voz, me pongo a hablar del tabaco podrido, de la multiplicación de los adoquines, del gas que apesta, y del calzado con suelas de papel que dio a la tropa.

Y Pilar soltó la tercera carcajada.

María no oyó ni podía oír aquel gráfico y cruel bosquejo del marqués de Fúcar. Escuchaba un tumulto extraño que repercutía dentro de sí misma, el estruendo de una revolución, de una sublevación, así como el despertar súbito y fiero de un pueblo dormido. La sierpe que ya se enroscaba en su pecho incubó de improviso innumerables hijuelos, y estos salieron ágiles culebreando en todas direcciones, vomitando fuego y mordiendo. Eran los celos, ejército invisible y mortificante cuyo conjunto presentaba como una irradiación continua de mordidas y quemaduras, y así los pintamos porque así se los representaba ella misma, por su prurito de dar a los sentimientos como a las ideas forma de sensaciones físicas, de tal modo, que este afecto era para ella como caricia y arrullo, aquel otro como bofetada, o como pellizco, o como aguijonazo.

Nunca había sentido la pobre santa y mártir cosa semejante, ni sabía lo que era aquello. Su dolor se confundía con el pasmo, con una sorpresa terrible. El sacudimiento que experimentaba era tan vivo que no se le ocurría, como pareciera natural, pensar en Dios, ni llamar en su auxilio a la paciencia o a la resignación. ¿Qué era aquello? Lo real destruyendo el artificio. El alma y el corazón de mujer recobrando su imperio por medio de un motín sedicioso de los sentimientos verdaderos. Era la revolución fundamental del espíritu de la mujer, reivindicando sus derechos y atropellando lo falso y artificial para alzar la bandera victoriosa de la naturaleza y de la realidad, aquello que emana de su índole castiza y por lo cual es amante, es esposa, es madre, es mujer, mala o buena, pero mujer verdadera, la eterna, la inmutable esposa de Adán, siempre igual a sí misma, ya sea fiel, ya sea traidora, bien heroína, bien extraviada. Esta revolución la hace algunas veces el amor, pero no es seguro, porque el amor, en su sencillez inocente, se deja vencer por los sofismas y por la caricia traidora de su hermano el misticismo; quien la hace siempre con éxito es el mayor monstruo, la terrible ira calderoniana, los celos, la pasión brutal y atropelladora por su doble índole, perversa y seráfica, como alimaña híbrida engendrada por el amor, que es ángel, en las entrañas de la envidia, que es hija de todos los demonios.

Ya veremos que la súbita pasión que había estallado en el alma de María tenía más de la índole aviesa de su madre, la envidia, que del generoso natural de su padre, el amor. Por eso era un tormento horrible, sin mezcla de alivio alguno, un traqueteo sin descanso, un fuego que crecía a cada instante. Como alcázar minado que revienta y cae en pedazos, así cayó por el pronto resquebrajándose su mojigatería. En aquel momento verificose en ella un eclipse total de Dios. Dando un doloroso grito, se llevó las manos a la cabeza, y dijo:

-¡Infame... me las pagarás!

En aquel momento entró la marquesa de Tellería, y comprendiendo que María estaba enterada de todo, se arrojó en sus brazos. Su hija no lloraba: tenía los ojos secos y fulgurantes. La madre se condecoró el rostro con una lágrima que traía preparada, como se traen preparados los suspirillos al entrar en una visita de duelo.

-No te sofoques, hija de mi alma. Veo que ya sabes todas esas infamias. Yo no había querido decírte nada por no turbar tu corazón angelical... Cálmate. ¿Pilar te ha contado?... Es horroroso, pero quizás remediable... Hace días que he perdido el sosiego... Vamos, un poco de resignación.

La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra:

-La gravedad del delito -dijo- consiste en la tus condiciones especiales, María. Falta grande es hacer traición a una mujer cualquiera; pero hacer traición a una santa... No sé a dónde irá a parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo, ya se atreve hasta a abolir el alma. Oh!, c'est degoutant. ¡Y luego extrañan los malvados que haya un puñado de hombres de bien decididos a impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen a pelear por la sagrada causa de la religión, madre de todos los deberes! Si son vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...

Dicho esto se levantó, y dirigiéndose a un armario de luna que en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su interesantísima persona, volviendo el cuerpo a uno y otro costado para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y allí delicadamente para pulsar un pliegue, o retirar un mechón de cabellos que avanzaban mucho. Después se volvió a sentar

-¿Sabes ya que vive con ella? -dijo la de Tellería a su hija, confundiendo las palabras con un beso.

-¡Con ella! -gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto pintoresca de su madre-. ¿En dónde?

-En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una casa junto a Suertebella... Se comunican por el parque.

-Voy allá -dijo María, levantándose y tirando con mano convulsa del cordón de la campanilla.

-Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.

A la doncella que entró, dijo María:

-Mi vestido negro.

-Sí, sí, bonita vas a ir -dijo la marquesa, sonriendo- con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.

-¡Oh! -exclamó María con expresión de inmenso dolor-. No tengo ropa, he dado todos mis vestidos de lujo.

-¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es; preséntate a tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, o sin casi, gobiernan el mundo.

-Antes discutamos si debe ir -insinuó la de San Salomó.

-Sí, quiero ir allá... quiero -gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.

-Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...

-Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones a un desaire mayor, si te encuentras de manos a boca con Pepa o con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...

-¿De su papá? -dijo María-. ¿Pues no ha muerto Federico?

-No, tonta -manifestó la de San Salomó, poniendo la misma cara que se pone cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte a parte el pecho de un pobre bicho destinado a las colecciones de Historia Natural-. No, tonta; el papá es tu marido.

-¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina! -exclamó la de Roch, quedándose otra vez como idiota.

-La gente lo dice por ahí -indicó Milagros intentando atenuar la crueldad de la noticia.

-Y tú ¿qué crees?, ¿qué crees tú, mamá?, ¿será cierto? -dijo María, preguntando a las dos con febril ansiedad.

Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas; su lamentable estado psicológico, semejante a lo que los médicos llaman caquexia o empobrecimiento, provenía de la falta de sentido moral, de la depauperación moral, mejor dicho, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación llevada a tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.

-No; yo creo que eso es fábula...

-No; yo creo...

La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó la frase. Después dijo:

-La gente se funda en cierto parecido...

-¿De Monina?

-Con León... Yo, verdaderamente, no sé qué pensar. Sospecho que esas relaciones son muy antiguas.

María rebotó de su asiento. No hallamos otras palabras para expresar aquel salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse a su vestido negro para ponérselo y correr en aquel mismo instante a Suertebella.

-No te precipites, no seas tonta -dijo su madre, deteniéndola-. Ya no es hora de ir allá. ¿No ves que es de noche?

-¿Qué importa?

-No, de ninguna manera.

La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas apenas se veían.

-Luz, luz -gritó María-. Me muero en esta oscuridad.

-Yo creo que debes ir allá -afirmó Milagros-, pero no esta noche, sino mañana.

-Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso? -dijo la de San Salomó-. ¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?

-¡Oh! -exclamó la solícita y amorosa madre-. Yo confío hasta en la reconciliación.

Su confianza en ella no era grande; pero la suplía el deseo.

-¡Una reconciliación!, ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?

-No sé, no sé -repuso María mostrando su incapacidad para responder a esta pregunta como a otra cualquiera-. Yo no quiero reconciliación, sino castigo.

-¡Oh!, no estamos para melodramas -dijo la de Tellería extendiendo las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las óperas vestidos siempre con una sábana blanca-. Paz, paz... María, es preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf!, ese olor de lana teñida no se puede resistir.

Las dos marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba lejos el traje de su amiga.

María dirigió a su hábito de merino negro una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de seda y de corte elegante y a la moda?».

Por primera vez desde que renunciara al mundo, le pareció fea la sencilla hopa de su santidad que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.

-La cuestión de vestido es fácil de arreglar -dijo la de San Salomó-. Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos para que escojas.

-Y manteleta.

-Y sombrero.

-También sombrero; ¿a qué hora vas a ir?

-Yo iría ahora mismo.

-No, mañana al medio día. Es preciso no olvidar las conveniencias, las horas convenientes, las ocasiones convenientes -indicó la de Tellería.

-Voy a comer... vuelvo enseguida -dijo Pilar-. Te traeré lo mejor que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba más sino que Pepa Fúcar se fuera a reír de tu facha estrambótica. Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados... Adiós, querida... Milagros, addio.

Besándolas a entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la marquesa comió un poco; María, nada. Pero no era el almanaque quien le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas, abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de última moda y hasta medias de seda de alta novedad. La pícara propagandista clerical se cubría con aquella estameña.

Los criados y la doncella fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía que miraba y no veía.

-¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?

-Este es bonito -dijo María, fijándose con indiferencia en uno-. ¿Quién te lo hizo?

Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas cambiadas.

-¡Qué cuerpo tan estrecho! -dijo.

-Éste color perla te sentará bien.

-No, prefiero el negro.

-El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh!, admirablemente. Has tenido buen gusto.

-Aunque la estación no es avanzada, hace calor.

-¿Qué sombrero llevas?

María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido examen señaló uno, diciendo:

-Este de color negro, y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema? El colibrí también es bonito, y las rosas pálidas.

-¡Ah! -exclamó Pilar con admiración-, parece que no has abandonado el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está bien el vestido, para si no alargar un poco o encoger un poco. He traído a mi doncella, y entre todas...

María no había dado aún su consentimiento cuando su criada, su madre, Pilar y la doncella de esta empezaron a desnudarla de aquella horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu religioso y dijo afligidamente:

-Dios mío, ¿qué voy a hacer?

-Tonta, mil veces tonta -manifestó la marquesa-, déjate de escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu exagerada devoción?

María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejose caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Aquello parecía un raro ejemplo de la creación del mundo.

-¡Dios mío, San Antonio bendito! -exclamó, cruzando las manos- ¡qué flaca estoy!

-Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa -dijo la madre con orgullo.

-¡Monísima, charmante!... Juana, improvisa aquí un buen peinado -dijo Pilar a su doncella, que era una gran improvisadora de peinados-. Una cosa sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A ver si te luces.

Con gran presteza desenredó Juana los cabellos de María para empezar su obra. María, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros, parte del blanco seno, y a la vista de aquellas joyas tembló de pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás habría llegado demasiado lejos la reacción si un flechazo partido del bien templado arco de su madre no la contuviera.

-Al verte, hija mía, parece increíble que ese mamarracho de Pepilla Fúcar...

Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo: «¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!». Después María puso la cabeza en las dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores celestiales.

En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar no lo habría hecho mejor. Una exclamación de sorpresa acogió obra tan maestra y la misma María se contempló con admiración, pero sin sonreír. En seguida, pasando a la habitación donde estaba el espejo grande, se procedió a ponerle el gran traje princesa, operación no fácil, pero que al cabo fue terminada con general aplauso. El vestido estaba que ni pintado, el corte era perfecto, el efecto sorprendente.

-¡Oh!, ¡qué bien está esta pícara! -dijo la de San Salomó con cierta envidia-. Veamos la manteleta. Escogeremos esta de cachemir de la India, con riquísimo agremán y flecos. La cortó un discípulo de Worth.

María puesta en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se devoraba con sus propias miradas ansiosas, dando al cuerpo el contorno particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La criada alzaba la luz alumbrando aquel precioso cuadro.

-Ahora el sombrero.

Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro faltaba. Pilar no quiso confiar a nadie aquella obra delicada, que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en alto el sombrero y se lo puso a su amiga. ¡Efecto grandioso, sin igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipcíaca estaba elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo. Tenía expresado en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del traje, que unido al infinito de la belleza produce esas figuras de desesperación ante las cuales sucumben a veces la prudencia y la dignidad, a veces la salud y el dinero de los hombres. ¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse bien bastaba alargar la mano a una higuera!

-Vaya -dijo Pilar-, ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias... ¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que hasta mañana.

Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:

-Mañana es día de prueba para ti. Voy a mandar encender el Santísimo en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!... Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como cuantas hace la de Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel barniz general de cursilería que llevan consigo todas las cosas de Antoñita. ¡Si hubieras visto qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una fiesta cívica progresista... En fin, si llegan a tocar el himno de Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de oír aquella voz de falsete... Luego una pobreza de alumbrado... En fin, no quiero entretenerte más, que es tarde... Adiós; ahora se me ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de los Dolores.

-Sí -dijo María enérgicamente-, la Virgen de los Dolores.

-Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Voy a ver si alcanzo dos actos de Hugonotes... Conque mañana al medio día...

-Al medio día. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana, yo traeré algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.

-Adiós... adiós.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

Primera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo XV - ¿Cortesana?[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XV
¿Cortesana?
 de Benito Pérez Galdós

La marquesa rogó a su hija que se acostara, a lo cual esta accedió de buen grado, porque se sentía muy fatigada. Quitose con lentitud los ricos atavíos que habían resucitado en ella bruscamente la elegante mujer de otros tiempos y se retiró a su alcoba. Tiritaba de frío y había caído en gran tristeza. Después de un rato de silencio, durante el cual mirábala su madre con alarma y desasosiego, volvió la vista a las imágenes, láminas, estampas y reliquias que hacían de su alcoba un museo de devoción, y dijo así:

-Señor Crucificado, Virgen de los Desamparados, santos queridos, amparadme en este trance.

La marquesa de Tellería, que también en las ocasiones solemnes sabía dar muestras de acendrada piedad, besó los pies de un crucifijo.

-Alcánzame mi rosario, mamá -dijo María.

La marquesa tomó el rosario que estaba colgado a los pies del crucifijo y lo dio a su hija.

-Ahora -añadió ésta- puedes retirarte... Siento sueño. Después que rece un poco me dormiré.

La marquesa señaló la hora fija para la expedición del día siguiente. Convinieron en ir las dos, quedándose la madre en el coche, mientras la hija entraba a hablar a su marido.

-El corazón me dice que alcanzaremos algo bueno; quizás una reconciliación -dijo la mamá besando a María-. Ahora procura dormir y no pienses mucho en santurronerías. Ya ves el resultado de tu terquedad. Francamente, niña mía, yo me pongo en el caso de un marido, de cualquier marido... No es que yo condene la devoción, la verdadera devoción. ¿Por ventura no soy yo piadosa, no soy buena católica, aunque indigna?, ¿no cumplo todos los preceptos?... Eso de la santidad hay que pensarlo antes de casarse, antes de contraer ciertos deberes.

-Una cosa me ocurre -dijo María prontamente, demostrando que no pensaba en santurronerías-. Si debo llevar mañana alguna alhaja, alfiler, pulsera, pendientes, puedes traerme lo que gustes de las joyas mías que te llevaste para guardármelas.

-Bueno -replicó la madre algo contrariada-. Pero casi todas tus alhajas necesitaban compostura y las mandé al taller de Ansorena... De todos modos...

-Rafaela me ha dicho que ayer te llevaste toda la plata.

-Sí, sí, toda. Hija de mi alma, me aflige mucho que vivas sola en este caserón. Tiemblo por ti, por tu seguridad. Hay muchos ladrones...

-La plata no me hace falta... Di, ¿no te llevaste también las cortinas de seda, mis encajes, mi escritorio de ébano y marfil, el tarjetero, los vasos de Zuloaga, las dos jarras de Sévres, el abanico pintado por Zamacois, la acuarela de Fortuny y no sé qué más?

-¡Oh! Tienes más memoria de lo que parece... -dijo la Tellería, disimulando su turbación-. Todo me lo llevé. Esas preciosidades no debían estar expuestas a un golpe de mano. ¿Sabes tú cómo está Madrid de rateros...?

-Mira, mamá -prosiguió María, dando una vuelta en su lecho-, tráeme también mi reloj, porque es preciso saber la hora, la hora fija.

-Bueno... pero ¡calla! Ahora recuerdo que tu reloj no andaba: lo tiene el relojero.

-Pues entonces iré sin reloj... Vaya, buenas noches, mamá. Vete a dormir.

-Mañana a las diez estoy aquí para empezar la toilette.

-A las diez.

-Abur, paloma.

-Adiós, mamita. Pide a Dios por mí.

María no durmió nada. Por primera vez vio realizado, en parte, un antiguo antojillo de devota que pensaba realizar. Había proyectado acostarse en un lecho de zarzas piconas, con lo que, desgarrándose todo el cuerpo muy a gusto del espíritu, se parecería a los penitentes cuyas vidas había leído llena de admiración. Aquella noche su lecho fue primero de espinas, después de brasas. Se quemaba en él como San Lorenzo en sus parrillas o San Juan en la cazuela de la Puerta Latina... Otras veces se había quedado dormida rezando o recitando entre dientes letrillas de novenas y décimas josefinas. Aquella noche las oraciones las letrillas, las décimas y los pentacrósticos revoloteaban entre sus labios como las abejas en la puerta de la colmena, y entretanto, su cerebro ardía como un condenado a quien dan tizonazos los ministros de Satán en cualquier aposento del infierno. No pudiendo resistir aquel freír continuo, chisporroteante y doloroso que bajo su cráneo y detrás de sus ojos la atormentaba, saltó del lecho, encendió luz. «Ahora mismo», murmuraron sus labios, mientras se vestía.

Sin calzarse corrió hacia el reloj de su gabinete que marcaba la una. ¡Cuánto se descorazonó al verlo! ¡Era tan temprano! Mentalmente se hizo cargo del sitio donde estaría el sol a aquella hora y del tiempo que tardaría en salir. Después se encerró en su tocador. ¡Quién puede saber lo que hacía! En el silencio de la noche y en las piezas donde no hay nadie, los relojes, con su tic-tac semejante a una respiración, simulan personas. Desde las chimeneas, esos entes de bronce parece que fijan en todo su carátula de doce ojos, y que oyen y entienden con aquel mismo órgano interno que produce su palpitar rítmico e incesante. El reloj del gabinete de la Egipcíaca era el único que podía enterarse de lo que hacía su ama. Ni aun el retrato de León podía enterarse de nada, porque estaba vuelto contra la pared.

El reloj oyó que su hermosa dueña abría y cerraba cajones; oyó el ruido placentero del agua saltando en la porcelana, después en el mármol, y resbalando sobre las ebúrneas partes de una estatua humana, para caer luego en chorros sobre sí misma, bullendo y saltando como en las fuentes mitológicas, donde tritones, ninfas y caracoles de alabastro, surtidores, jirones, encajes y polvo de agua, forman conjunto bellísimo a la vista. El pícaro, que desde mucho tiempo antes tal cosa no presenciaba, reía y reía dando unos contra otros sus doscientos o trescientos dientes. Después sintió olor suavísimo y delicado de perfumes de tocador... porque los relojes tienen olfato, sí, huelen por aquellos dos agujeros por donde se les da cuerda... También eran desusados los ricos olores.

María volvió al gabinete trayendo ella misma la luz con que se alumbraba. Su primera mirada fue para la esfera numerada, y junto a esta dejó la bujía. ¡Las dos y cuarto! ¡Qué cargante es un reloj en el cual siempre es temprano! La dama estaba en ropas blanquísimas, arrebujada en ancho mantón que la preservaba del fresco y ayudaba la reacción producida por el agua fría. Algo amoratado su rostro, no por eso menos bonito, y sus manecitas blancas se crispaban agarrando el mantón para abrigarse, como la paloma que esconde el cuello entre sus pardas alas.

La reacción del agua fría es tan rápida como fuerte. María soltó el mantón, y fijando sus miradas en el lienzo vuelto contra la pared, alzó los brazos para bajarlo... ¡Estaba muy alto! Cuando se subió sobre una silla, el reloj, único testigo de aquella escena, advirtió que su ama estaba hermosísima en la casta diafanidad de su atavío, y sus doce ojos se abrieron más. Cada hora era un lucero, y siguiendo en su traqueteo, guiñaba su aguja hacia las tres.

María descolgó el cuadro, y volviéndolo del derecho, lo puso sobre una silla. Entonces apareció en la sala el busto, la enérgica cabeza, la mirada profunda y leal de León Roch. Parecía la entrada súbita de alguien en la estancia solitaria. María se quedó perpleja, y toda su sangre se le corrió al corazón, agolpándose en él y dejándole heladas y casi vacías las venas; le miraba sin respirar, sin pestañear, como cuando se presencia la aparición milagrosa de quien se ha muerto, o la encarnación estupenda de lo que se ha soñado. Y él no la miraba ceñudo, sino con expresión serena, que ponía en sus ojos la índole de su alma recta y franca... María alargó el cuello, acercando su cara al lienzo... Retrocedió después para dar tiempo a que su mano quitase un poco de polvo; y luego que esto hizo, besó la imagen de su marido, una, dos, tres veces, en distintas partes de la cara. Oyose entonces una carcajada indistinta, un reír sofocante y zumbón. Era el reloj que respiraba más fuerte echando de sí ese murmullo que precede al toque de las horas.

¡Las tres! El reloj principiaba a ser complaciente y juicioso y se iba curando de aquella inaguantable manía de ser temprano. Como el hotel de Roch estaba casi en las afueras, oíase el canto de los gallos anunciando el fin de aquella noche perezosa, pesada, eterna...

Pronto amanecerá -pensó María-. En cuanto amanezca, me voy.

Empezó a vestirse. Los trajes, los sombreros, los zapatos y demás prendas que había traído Pilar estaban arrojados sobre las sillas. Si no presidieran en la estancia tres cuadros distintos del patriarca San José, creeríase que aquel era el gabinete de una mujer de mundo, después de una noche de festín. María examinó los colores de las finas medias de seda, y, por último, segura del buen efecto, vistió sus piernas estatuarias con las azules y las sujetó con ligas del mismo color. El calzarse no era obra tan fácil. Probó zapatos, botas... ¡Oh!, felizmente, el pie de Pilar parecía hermano del suyo... pero María vacilaba en la elección de forma. ¿Bota o zapato? He aquí un problema que por su gravedad podía equipararse a este: ¿gloria o infierno?

Pero el coturno fue desechado después de una acaloradísima discusión interna. Venció el zapato alto, de cuero bronceado, de tacón Luis XV y hebilla de acero; una verdadera joya. Después de mirarlos mucho, María se calzó. Sus pies eran bonitos de cualquier modo, y desnudos más. Pero admitido el calzado como una necesidad social que no era ley en tiempos de Venus, María vio con admiración sus pies artificiales, con los cuales Dafne no hubiera podido correr, pero no por eso eran menos lindos.

Sentó con arrogancia la planta en el suelo, examinó todo desde la rodilla, giró un poco sobre el tacón, movió la delgada punta, semejante a un dedal. El pie tiene su expresión como la cara. María lo encontró admirable, y pensó en otra cosa. ¡Corsé, peinado!, dos cosas graves que no pueden hacerse a un tiempo. A veces la primera es del dominio de la fuerza; la segunda, de los augustos dominios del arte. Acudió la señora a lo más urgente, y no necesitó caballos de vapor para aprisionar su hermoso seno y talle, plegando y aplastando sobre uno y otro, como fino papel de embalaje, las blancas telas de delicado lino. El peinado era cosa más difícil. Fue al tocador, sentose, meditó un rato con los brazos alzados, como un sacerdote que reza antes de poner sus manos sobre los objetos rituales y al fin... haciendo y deshaciendo, con la sencillez que permitía la falta absoluta de ciertos artículos de tocador, María logró remedar medianamente lo que las hábiles manos de Juana habían hecho la noche anterior. Estaba bien, sobre todo sencillo, airoso, elegante, que era lo principal. Nada de cargazón ni catafalcos...

Lo demás verificose como en el ensayo de la noche precedente. El vestido princesa de gro negro con combinaciones de terciopelo y faya pajizo claro; el sombrero, que parecía haber salido de manos de las hadas... todo era bonito, todo lindísimo, todo seductor. María se contempló con asombro; se creía otra. No, no era posible que ella fuese tan guapa; allí había sortilegio; ¿cómo sortilegio? No, una católica no podía pensar esto. Lo que allí había era favor de Dios, determinación de la Providencia para ponerla en condiciones de realizar una buena obra. Dios no podía menos de ser quien había concedido aquella superior hermosura, aquel hechicero atavío. Esta superstición se pegó a su mente como un molusco a la roca, y allí se quedó adherida por succión.

-Dios permite, Dios consiente, Dios manda... pensó, formulando con energía aquella idea.

Y se volvía a mirar. De costado, de frente, de todos modos estaba bien. ¡Qué ágil y flexible su talle, qué gallardo su busto, qué contornos, qué aire de cabeza! ¡Qué graciosa neblina la del ligero velo de su sombrero, oscureciendo el rostro pálido, como la sombra de un ave que pasaba y se ha detenido revoloteando para admirar tanta hermosura! ¡Qué misterioso sentido de pasión en aquel negro del terciopelo con golpes de seda de un pajizo lívido, y qué dulce armonía la de su rostro coronando aquella noche de tinieblas, manchada de relámpagos sulfúreos! ¡Qué ojos verdes tan melancólicos, y al mismo tiempo, cómo escondían bajo la tristeza la amenaza, la venganza bajo el dolor, bajo la caricia el puñal! ¡Cómo aquellos hechizos anunciaban otros, y cómo se completaba todo allí, el color y la expresión, la vista y la ilusión, la belleza y el alma, lo humano y lo divino!

¡Ah!... ¡Guantes! Gran contrariedad fuera que Pilar no hubiera traído guantes. María los buscó, y habiéndolos hallado, probóselos muy satisfecha.

-No llevo joyas -dijo para sí-; pero no importa.

Y luego añadió con orgullo:

-Llevo la principal, mi virtud.

Después de otro rato de contemplación en el espejo, añadió:

-¡Qué guapísima voy!... Si yo supiera hablar bien y decir lo que pienso... Si encontrara las frases más propias...

Tirando de la campanilla, alborotó toda la casa. Los criados tardaron en levantarse; pero se levantaron al fin. La doncella, que entró aturdida y soñolienta en el gabinete, se quedó pasmada al ver a su ama vestida; ¡y qué bien vestida!

María mandó que al punto llamaran al señor Pomares. Este digno hombre, que había vuelto a ser admitido después de la separación, se presentó con cara hinchada y dormilona, temblando y tropezando por la embriaguez del sueño interrumpido en la más dulce.

-Haga usted que me pongan inmediatamente el coche -le dijo María sin mirarle.

Pomares se quedó tan estupefacto como si le mandaran tocar a misa a las seis de la tarde.

-Pero la señora ha olvidado una cosa...

-¿Qué?

-La señora ha olvidado que ya no tiene coche.

-¡Ah!, ¡es verdad! -dijo María-. No me acordaba. Bien, tráigame usted un coche de alquiler, un landó.

-¿A esta hora?

-¿Pues no es ya de día?

-Todavía no ha amanecido.

-¿Y qué importa?... Veo que es usted muy dificultoso... No sirve usted para nada.

Pomares se quedó como quien ve visiones. Aquel lenguaje áspero, colérico... Sin duda la señora estaba loca.

-¡No se mueve usted, hombre de Dios! -añadió María-. ¿Por qué me mira usted así? Pronto, un coche, cueste lo que cueste.

-Bien, señora; iré a ver si...

-Pronto. Quiero salir en cuanto amanezca.

Por mucho que trabajó el buen Pomares paseando su respetabilidad de cochera en cochera, no pudo traer el landó hasta muy entrado el día.

Ardiendo en impaciencia, María esperaba en su gabinete, después de tomar café puro, paseando y rezando a veces, a ratos sentada y sumida en profundas meditaciones. Cuando le anunciaron que el coche entraba en el jardín del hotel, levantose, fue derecha a un hermoso armario que en su alcoba tenía, abriolo y sacó una gran botella de agua no muy clara. Los labios de la dama se movían, articulando, sin duda, oraciones piadosas, mientras su mano derramaba parte del contenido de la botella en un vaso de plata. Alzándose cuidadosamente el velo del sombrero, bebió el contenido del vaso. Era agua de Lourdes.


La familia de León Roch de Benito Pérez Galdós

Primera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII
Segunda Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
Tercera Parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Capítulo XVI - El deshielo[editar]

La familia de León Roch
Segunda Parte
Capítulo XVI
El deshielo
 de Benito Pérez Galdós

No había andado el coche medio kilómetro, cuando a María le asaltó en el pensamiento la idea de una dificultad terrible, y era de tal naturaleza, que casi casi estuvo a punto de dar al traste con sus proyectos. Era que siendo aquel traje como elegido para salir a la una de la tarde, impropio para una excursión tan de mañana, la señora estaba ridícula y hasta cursi. ¿Cómo no había caído en ello mientras se vestía?, ¿cómo no eligió otras ropas más sencillas, más conformes, en fin, con lo que las pragmáticas del vestir ordenan para la primera hora? Gran descuido y aturdimiento fue el suyo; pero ya no tenía remedio, y aunque le amargaba mucho no ser en aquel día un modelo de buen gusto, se conformó, considerando que la hermosura superior hace las leyes de la moda y nunca es esclava de ella.

Su mente estaba solicitada por cosas más graves y pronto olvidó lo del vestido. Lo que la ocupaba era un continuo inventar de frases y discursos. Ya sabía ella todo lo que le había de decir su marido y todo lo que debía contestarle la esposa ultrajada. Los discursos sucedían a los discursos y las frases se perfeccionaban en su cerebro, como si este fuera el crisol heráldico de la Academia. Ya un adjetivo le parecía tibio y ponía otro más quemador; ya cambiaba una oración afirmativa por otra condicional, y así iba anticipando la expresión de su ira, poseyéndose tanto en aquel ensayo, que hablaba sola.

No se fijó en ningún accidente del camino ni en nada de lo que veía. Para ella, el coche rodaba por una región oscura y vacía. No obstante, como acontece cuando el pensamiento está obstruido por un orden determinado y exclusivo de ideas, María, que no observaba las cosas grandes y dignas de notarse, se hizo cargo de algunas insignificantes o pequeñísimas. Así es que vio un pájaro muerto en el camino y un letrero de taberna al que faltaba una a; no vio pasar el coche del tranvía, y vio que el cochero de él era tuerto. Esto, que parece absurdo, era la cosa más natural del mundo.

Por fin entró en aquel para ella aborrecido poblachón, que ni es ciudad ni es campo, sino un conjunto irregular de palacios y muladares. No sabiendo fijamente a dónde dirigirse, preguntó a unas mujeres, que la informaron con amabilidad. El coche siguió adelante. Ya llegaba, ya estaba cerca. El corazón de la pobre esposa se saltaba del pecho, llevándose consigo los discursos y las frases tan trabajosamente compuestas.

Al fin, dejó el coche... apenas podía andar y se sentía sin fuerzas. Vio un portalón ancho que daba a un gran patio. En aquel patio había muebles, colchones liados, gran cama de hierro empaquetada. Todo anunciaba mudanza. También vio a una mujer que hablaba con alguien. María entro, acercose a ella, y entonces advirtió, llena de asombro, que la mujer no hablaba con nadie. ¿Estaba loca?... María le hizo la pregunta que era indispensable para poder entrar.

-¿D. León Roch? -dijo Facunda con semblante amable y esperando un poco a que se le pasara el asombro-. Arriba está.

Y señalaba una puerta por donde se veía una escalera. Subió rápidamente hasta la mitad; después tuvo que detenerse porque no tenía respiración. Arriba ya, entró en una grande y clara pieza. No había nadie.

María vio libros conocidos, muebles conocidos, algún desorden, como cuando se está embalando para un viaje; pero ni un alma... ¡Ah!, de repente, como pájaro que al ruido salta y aparece saliendo de una mata, apareció una niña, saliendo de detrás de la mesa. Tenía una muñeca medio rota en la mano, mucho abrigo sobre el cuerpo y una toquilla de lana blanca, puesta poco más o menos como se la ponen las monjas. Se comía un pedazo de pan. Su cara era como la de un ángel, suponiendo que a un ángel se le pongan húmedas las naricillas a causa del fresco de la mañana.

Monina vio que aparecía en la puerta aquella señora y se quedaba mirándola de hito en hito, quieta, fija, muda. No era señora, era una muñeca grande, muy grande, vestida como las señoras. El primer sentimiento de Monina fue asombro, después miedo. Vio que la gran muñeca adelantaba lentamente, sin quitar de ella los ojos, ¡y qué ojos! Monina se iba quedando pálida y quería gritar; pero no podía. Y la enorme muñeca avanzaba hacia ella sin parecer que andaba, sino que la movían resortes debajo de la falda, y llegaba hasta ella, se inclinaba doblándose por la cintura... El terror de la pobre niña llegó a su colmo, pero no podía chillar, porque aquellos ojos la miraban de una manera que le la voz... Y la muñeca rígida y colosal alargó una mano y la puso sobre el hombro de Monina, y asiendo después el brazo de la infeliz niña, apretaba, apretaba, como aprieta el hierro de las tenazas, mientras una voz indefinible, que a Monina no le pareció voz humana, sino esa voz de fuelle que en el pecho de las muñecas dice papá y mamá, le preguntaba:

-¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

El instinto de conservación venció al miedo, y al fin la pobre Ramona dio un chillido agudísimo y prolongado, retirando su brazo oprimido. En aquel momento salía León Roch de la estancia próxima, y se quedó en el marco de la puerta como una figura en su nicho. Al contrario de Santo Tomás, veía y no creía. Pasó algún tiempo sin que volviera de su pasmo y terror, haciéndose cargo de la situación dificilísima en que estaba. Verla allí era realmente extraordinario; pero no absurdo; lo absurdo era verla guapa, vestida a la moda, con elegancia, casi con exceso de elegancia y lujo por la discrepancia entre la hora y el traje. Tal fenómeno no cabía dentro del círculo de previsiones y cálculos de León, y era, por lo tanto, un fenómeno inexplicable.

Dueño al fin de sí mismo, y resuelto a afrontar la escena que se preparaba, León, antes de decir la primera palabra a su mujer, tomó de la mano a Monina, salió a la escalera, llamó a alguien, entregó la niña, y volviendo adentro, cerró la puerta con brío, como el domador en el momento de enjaularse con sus queridas fieras, que, después de todo, no son otra cosa que su familia.

Cuando se acercó a María, esta se había sentado. Apenas podía tenerse en pie.

-¿No me esperabas? -murmuró temblando.

-No ciertamente.

-Te creías libre... ¡pobre hombre!... libre para correr sin camino... por un freno... digo, para correr sin freno por un camino de infamias. No contabas con mi... con mi...

Los discursos que María traía perfectamente ordenados en su cabeza se evaporaban palabra tras palabra.

Hizo un esfuerzo de memoria para recordar una frase que creía de efecto; pero la frase se le iba, se le escapaba. Apenas pudo atrapar al vuelo una palabra, y gritó con voz ronca:

-¡Presidiario!

León se sonrió ligeramente; María dijo:

-¡Presidiario!... yo soy la policía.

-Bien -dijo León con serenidad, apoderándose al punto de aquella idea-. Convengo en que soy presidiario, en que tú eres la policía; pero no tienes cadena para atarme, porque tú misma la has roto.

María había preparado sus frases contando siempre con que su marido le diría algo que ella se imaginaba; mas como León no dijo aquello sino otras cosas, he aquí que la aturdida esposa estaba como el histrión que ha olvidado sus papeles.

-¡La cadena! -murmuró, no comprendiendo en el primer momento-. ¿Dices que yo la he roto?

-Sí, tú la has roto. Mi libertad, ¿quién me la ha dado sino tú?

-Eres un malvado, un libertino, un ingrato -dijo la dama, cayendo en las recriminaciones vulgares de todas las esposas ofendidas-. ¿De qué libertad hablas? Tú no la tienes, tú eres mi esposo, y estás atado a mí por un lazo que nadie puede desatar sino Dios, porque Dios lo ató. Estos infames materialistas creen que así se juega con el matrimonio, una institución divina.

-Y también humana. Pero no disputemos, María. Concluyamos: ¿a qué has venido?

-¡Pues no pregunta el miserable que a qué he venido! -dijo la dama perdiendo ya el miedo y exaltándose mucho. A pedirte cuenta de tu criminal conducta, a sorprenderte en tu infame retiro, a avergonzarte y, finalmente, a despreciarte.

-Podías haberme despreciado en tu casa.

-Es que he querido ver si tenías un resto de pudor y vergüenza; si te turbabas delante de mí; si te atrevías a confesarme tu falta...

-Ya ves que me he turbado un poco -dijo León alzando los ojos-. En cuanto a faltas, si alguna he cometido, no eres tú a quien debo confesarla.

-¡Que descarada perversidad!... Pues también he venido a otra cosa -añadió María, lívida de ira-; he venido con la esperanza de encontrar aquí a esa liviana mujer, para darle el nombre que merece y...

Sus manos se engarfiaron una contra otra y apretó los párpados fuertemente.

-¿Qué mujer?

-¡Y lo pregunta el hipócrita...! ¡Oh! No la nombro, porque me parece que se me mancha la boca... ¿Te atreverías a sostener que no tienes relaciones criminales con ella?

-¿Con quién?

-Con esa -dijo señalando con energía a Suertebella.

-María -repuso León poniéndose muy pálido-. No quiero verte convertida en propagadora de hablillas miserables... Muy difícil me será dejar de respetarte; pero, si quieres que no falte jamás a la consideración que te debo, no toques esa cuestión; calla, déjame, márchate. Tú no necesitas ya de mi afecto, puesto que te basta con tu religión; vete a tus altares y déjame a mí solo con mi conciencia.

María se recogió en sí, contrayendo los brazos contra el pecho, cual una fiera que va a atacar, y viose en sus ojos verdes como un oscurecimiento vidrioso, precursor de un brillo más grande.

-¡Ladrón, infame! -exclamó-. ¿Tienes el atrevimiento de arrojarme a mí, la mujer legítima, la mujer que te posee y que no te soltará, no, no te soltará, porque Dios le ha dicho que no te suelte...? ¿Quién eres tú, miserable, para romper un sacramento, para dar una bofetada al Padre de todas las criaturas?

-¡Romper sacramentos yo!... ¿yo?

Al decir esto León, se levantaba.

-¿Yo? -repitió acercándose a su mujer-. Yo no he roto el sacramento.

-¿Pues quién?

-Tú -afirmó él, apuntando a su esposa tan enérgicamente con el dedo índice, que parecía le iba a sacar los ojos.

-¡Yo!

-Tú, tú lo hiciste pedazos, cuando, apremiada por mí para salvar nuestra mutua paz, me dijiste: «Mi Dios me manda contestarte que no te ame».

María quedose un momento lela y aturdida. Su viva cólera había cedido un poco.

-Es verdad que dije eso... sí, y en verdad, si querías mi amor, ¿por qué no te apresuraste a merecerlo, haciéndote cristiano católico? A pesar de tu horrible ateísmo, yo no puedo decir que no te amase... algo... ¿Por qué no eres como yo? ¿Por qué no me imitabas en mi piedad?

-Porque no podía -dijo León con sarcasmo-; porque hay algunas clases de piedad que están fuera del orden natural, que son locas, absurdas, ridículamente necias... Conste, pues, que el Sacramento lo rompiste tú, tú misma.

-Pero yo -dijo María, cogiendo al vuelo un argumento irresistible- he sido fiel; tú, no.

León vaciló un instante.

-Yo también lo he sido. Ante Dios, y por la memoria de mi madre y de mi padre, juro que lo he sido. Fiel, cariñoso y atento contigo por todo extremo he sido yo cuando tú, arrastrada a una santidad enfermiza por las ardientes amonestaciones de tu hermano, pusiste una muralla de hielo entre tu corazón y el mío. Me negaste hasta las palabras íntimas y dulces, que suelen suplir a los afectos cuando los afectos se han ido; me mortificaste con tus necios escrúpulos, con tus recriminaciones crueles, que tenían no sé qué semejanza con las injurias del populacho; me hiciste en mi propia casa un vacío horrible; todo me lo teñiste de un lúgubre negror frío que me oprimía el corazón, me agostaba las ideas, me inclinaba a las violencias; tuviste a gala el despojarte de las gracias, de la pulcritud, hasta del bien parecer que hace agradables a las personas, y para mortificarme más, te vestías ridícula y parecía que tu orgullo estribaba en serme repulsiva y odiosa. Toda palabra mía era para ti una blasfemia; toda disposición mía dentro de la casa, un crimen digno de la Inquisición. ¡Ah, insensata! Ya que abrazaste la carrera de la santidad con tanto brío, ¿por qué no imitaste de mí la paciencia, aquella virtud evangélica con que sufrí tu soberbia vestida de humildad, tu aspereza anti-cristiana, tu devoción, que por lo insolente y lo atormentadora y lo rebelde y lo despótica, parecía más bien la travesura de todos los demonios juntos representando una comedia de ángeles con máscaras de cartón?... ¡Y a mí, que he sufrido esto, que me he visto odiado y escarnecido por ti, siendo un modelo de tolerancia, vienes a pedirme cuentas en vez de perdón...!, perdón, María, que es la única palabra que hoy cuadra en tu boca. Después de tanta sandez mojigata y de tanta injuria contra mí, vienes a pedirme cuentas ¿de qué? Al esposo a quien se ha dicho que no se le ama, no se le piden cuentas. Demasiado prudente he sido y soy, cuando a pesar de todo, aún no me he atrevido a declarar roto nuestro matrimonio, aún te tengo por esposa, aún me siento amarrado a ti por no sé qué invisible lazo, y no pido libertad, sino paz, no pido compensación, sino descanso.

-Casi, casi podrías tener alguna queja de mí -dijo María, abrumada por el apóstrofe de su marido-, si desde aquella época me hubieras guardado la fidelidad que yo te he guardado a ti. Pero no lo has hecho, no; me has sido infiel desde hace mucho tiempo.

-Falso.

-Sí, infiel, infiel -afirmó la esposa, insistiendo en el argumento fuerte y de más efecto, y dando sobre aquel yunque con fiera energía-. En vez de defenderte de este cargo, me has acusado: es el procedimiento de todos los criminales hábiles... Yo estaba ciega, ignorante de tus perfidias. Tú me engañabas miserablemente.

-Falso.

-Desde hace mucho tiempo,

-Falso.

-Al fin lo he sabido todo, he descubierto toda la verdad. Y ahora no podrás negarlo. El presente ha revelado el pasado. Tu crimen actual descubre el crimen de ayer. Has perdido el decoro, no ocultas la antigüedad de tus relaciones, y aquí, en esta casa donde te has retirado para pecar a tus anchas, pasas todo el día jugando con esa niña, con esa mocosilla...

Las miradas de León saltaron sobre su mujer, fulgurantes, terribles, como saetas disparadas del arco con invisible presteza. María llevó todo su aliento a su laringe para decir con voz ronca:

-...¡Que es hija tuya!

Con los labios lívidos, la mirada asesina, como la fulguran los ojos del criminal en el momento del crimen, León se acercó a su mujer, y empuñándole y sacudiéndole el brazo que encontró más cerca, gritó:

-¡Calumniadora!... ¡embustera!...

Después soltó el brazo y mascó las demás palabras que iba a decir. El respeto obligábale a tragarse su ira. María Egipcíaca, devorada interiormente por sus culebras quemadoras, no halló palabras en su mente para expresar la ira de aquel momento, porque los celos y el despecho, cuando llegan a cierto grado, no se satisfacen con voces: necesitan acción. El rencor de la dama no podía tener entonces más desahogo que un destrozo cruel, trágico, sangriento, de lo que había causado su arrebato. Hacer trizas entre sus manos a Monina era su pasión del momento, y sin vacilar lo puso en práctica, arrancándole con salvaje dureza los brazos, la cabeza... No se asuste el lector: lo que María destrozaba era la muñeca que Monina se había dejado sobre una silla. Las manos trémulas de la mujer legítima luchaban sin piedad con los miembros de cartón. Arrojando los pedazos lejos de sí, exclamó con entrecortada voz:

-Así... así debe tratar la esposa legítima a la... a la...

Se ahogaba. León, recobrando algo e su serenidad, pudo decirle:

-No te creí capaz de hacerte eco de una infame calumnia. No sé de qué sirve la santidad que ignora hasta el fundamento primero de toda doctrina. Nunca tuviste entrañas.

-¡Ay!, sí las tuve -dijo María fatigada de su propia cólera-; pero me alegro de no haber llevado nunca en ellas hijos tuyos. Dios me bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido a otras haciéndolas madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos.

-¡Tus blasfemias me horrorizan! -añadió León, no pudiendo resistir más-. ¿Puede darse sacramento más quebrantado, lazo más roto? Entre tú y yo, María, hay una sima sin fondo y sin horizontes, un vacío inmenso y aterrador en el cual, por mucho que mires, no verás una sola idea, un solo sentimiento que nos una. Separémonos para siempre; no pongamos frente a frente estos dos mundos distintos, que no pueden acercarse y chocar sin que broten rayos y tempestades. Si hay algo irreconciliable somos tú y yo. Sí, también yo soy fanático; sí, tú me has enseñado a serlo con ardor y hasta con saña. Vámonos cada cual a nuestra playa, y dejemos que corra eternamente en medio este mar de olvido. Para calma de tu conciencia y de la mía, hagámoslo mar de perdón. Perdónemonos mutuamente, y adiós.

María, oyendo estas palabras, observaba que sus sentimientos de ira y despecho eran sustituidos por otros nuevos, tranquilos y por cierta idealidad contemplativa que se iba señoreando de su espíritu perturbado. Miraba a su esposo y le hallaba ¿a qué negarlo?, más digno que nunca de ser compañero amante de una mujer sensible. Veía su rostro lleno de dulce atractivo; su barba negra, que le daba melancolía y no sé qué de personaje heroico y legendario; sus ojos de fuego, su frente donde se reposaba un reflejo de la luz solar, como señalando el lugar que encerraba una gran inteligencia. Esta muda observación de la belleza varonil de su esposo actuó directamente sobre su corazón, haciéndole latir con fuerza. Acordose de sus primeros y únicos amores, de las felicidades y legítimos goces de la primera época de un matrimonio; sobre estos recuerdos volvió insistente como una manía, la idea de que aquel hombre era muy interesante, muy simpático, muy... ¿por qué no decirlo?, muy bueno, y le miró de nuevo, no se cansaba de mirarle... ¡De otra!, ¡para otra! Esta era la idea que echaba fuego en el montón de leña; esta la satánica idea que volcaba su corazón y su ser, derramando toda la piedad de él como los tesoros contenidos en un vaso. Por esta idea la frialdad se trocaba en fuego, el desdén en ansias cariñosas; por aquella idea se trasformaba ella toda y de arisca se convertía en blanda, de fea en bonita, de ridícula en elegante. Ardientemente enamorada, de celos más que de amor, María sintió una aflicción horrible cuando se vio despedida con bonitas palabras, pero despedida al fin. Ella podía aceptar la despedida, sí, y marcharse para siempre, podría quizás olvidar y perdonar que su marido no la amase... ¡pero eso de amar a otra... ser de otra!...

-¡No, mil veces no! -exclamó la dama, terminando en alto su meditación.

Diciéndolo se humedecieron sus ojos. Quiso luchar con su llanto, y secándose prontamente los ojos, dijo a su marido:

-Una noche me preguntaste...

-Sí, te pregunté...

-Y yo te respondí que Dios me mandaba que no te amase... Es verdad que me lo mandaba Dios. Yo lo sentía aquí, en mi corazón... Pero, ya ves, no debe tomarse al pie de la letra todo lo que se dice. Tú debiste preguntar otra vez.

-¡Te había hecho la pregunta tantas veces...!, ¡y de tan distintos modos!...

-Bien; ahora te pregunto yo a ti...

Se acercó a él y le puso ambas manos sobre los hombros.

-Te pregunto si me quieres todavía.

La mentira era refractaria al espíritu de León. Consultó primero a su conciencia, pensó que una falsedad galante y generosa le honraría; mas luego sintió que se revelaban contra él las falsedades galantes. Antes de que acabase de discutir consigo mismo aquel oscuro asunto, la verdad brotó de sus labios diciendo:

-No... Mi Dios, el mío, María, el mío, me manda responderte que no.

María se desplomó sobre su asiento. Parecía rugir cuando le dijo:

-¡Tu Dios es un bandido!

-No tienes derecho sino a mi respeto.

-¿Amas a otra? -preguntó María, mordiendo la punta de su pañuelo y tirando de él-. Dímelo con lealtad... reconozco tu lealtad... confiésamelo, y te dejo en paz para siempre.

-Tampoco tienes derecho a hacerme preguntas -dijo León después de vacilar.

-Niégame el derecho y contéstalas.

León iba a decir: «pues bien, sí». Pero hay casos en que la verdad es como el asesinato. Decirla es encanallarse. León dijo:

-Pues bien, no.

-Te conozco en la cara que has mentido -dijo María, incorporándose bruscamente.

-¡En mi cara!

-Tú nunca mientes... yo reconozco que nunca has mentido: pero ahora acabas de revelarme que has perdido aquella buena costumbre.

León no replicó nada. María esperó un rato y después dijo:

-Nada tengo que hacer aquí...

León no dijo tampoco nada, ni siquiera la miró.

-Nada, nada más -añadió ella-, sino avergonzarme de haber entrado en esta casa de corrupción y escándalo.

María humedecía con su lengua sus labios secos; pero la lengua y los labios estaban juntamente impregnados de un amargor en cuya comparación el acíbar es miel deliciosa. María quiso escupir algo, escupir aquel otra que le parecía el zumo de una fruta cogida en los jardines del infierno. Sus labios balbucieron algo y se dejaron morder por los dientes hasta echar sangre.

-¡Qué vergüenza! -murmuró-. Haber descendido a tanto... arrastrarme a los pies del miserable... una mujer como yo, una mujer...

La rabia no la dejaba llorar, ni aun siquiera llorar de rabia.

-¡Verme despreciada!...

-Despreciada no -dijo el marido, haciendo un movimiento generoso hacia ella.

-Despreciada como una mujer cualquiera, como una...

-Desprecio jamás...

-Ni siquiera...

-Acaba...

-Ni siquiera... merezco una atención...

-Atención, sí -dijo León, que parecía tan agitado como ella.

María Egipcíaca sentía una extraordinaria humillación, que hacía descender su alma a un infierno de tristeza.

-Para ti, yo... ni siquiera soy hermosa. Soy una mujer horrible; he perdido...

-No -dijo León-. Te juro que desde que te conozco, nunca te he visto tan hermosa como ahora.

-Y sin embargo -gritó María saltando en su asiento-, y sin embargo, no me amas...

-Tú -le dijo León en voz baja-, que has cultivado tanto la vida espiritual, debes saber que la hermosura del cuerpo y el rostro no es lo que más influye en el cautiverio de las almas.

-¡Para ti soy horrible de espíritu!...

Y al decir esto se dio un golpe en la frente, exclamando: «¡Ah!» como quien recuerda algo muy solemne, o vuelve de un tenebroso desvarío a la luz de la razón.

-¿No he de ser horrible para ti, si soy mujer cristiana y tú un desdichado ateo materialista?... Ya se ve... ¡Y yo he cometido la falta, ¿qué digo falta?, el crimen de apartar los ojos por un momento de mi Dios salvador y consolador para fijarlos en ti, hombre sin fe; de haberme despojado de mi sayal negro para vestirme de estos asquerosos trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de solicitarte...! ¡No, no, Dios no me lo puede perdonar!

Y exaltada, delirante, levantose horrorizada de sí misma; se llevó las manos a la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco arranque del sombrero deshizo su peinado, frágilmente compuesto por ella misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y desmelenada, con el rostro trágico, la mirada extraviada, marchó hacia su esposo y en voz baja le dijo:

-Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado a mi Dios, he olvidado mi deber y mi dignidad por ti, miserable. Ya no merezco que me llamen santa, porque las santas...

Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de horror, añadió:

-Las mujeres consagradas a Dios no se visten con este uniforme del vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles harapos!

Arrancó los lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil, rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran, a pesar de conservar los guantes, dos garras terribles, capaces de hacer trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos de modistas. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.

-¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo a mi Dios, a mi vida recogida e indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque te ha gustado a ti; vuelvo a la paz de mis ocupaciones religiosas, donde ningún bullicio del mundo nos mortifica ; vuelvo a la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve a los ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus festines; vuelvo a mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de olvidarte, y en su oscuridad las hermosas tinieblas de no verte a ti... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se había dignado concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré a hacer más!

Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente, escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada, aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercose a ella echándole los brazos, la levantó, sentola en la silla...

-¡María, por Dios! -le dijo-. No hagas locuras. Tú misma... Serénate...

María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar un poco el desorden de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido, que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le apretaban como cuando se va a poner un sello en seco, y después una voz sorda, un gemido que así decía:

-Te ahogo, te ahogo si quieres a otra... ¿No soy yo guapa, no soy yo más hermosa que ninguna?... A mí sola... a mí... sola.

Después el vigoroso abrazo cesó lentamente; cedió toda fuerza muscular y nerviosa. Apartó de sí León aquellos brazos ya flexibles, que cayeron al punto exánimes, y cayó también la pálida cabeza sobre el pecho, velada por su propia melena como la del tétrico y maravillosamente hermoso Cristo de Velázquez. Después distinguió una ligera contracción espasmódica que corría por el cuello y el seno de su mujer, como haciendo temblar su epidermis, y oyó un murmullo profundo que dijo: «¡Muerte... pecado!».

Después María quedó inerte. Su marido le tocó el corazón, no latía. El pulso... tampoco.

Salió fuera gritando: ¡Socorro!

Desde que abrió la puerta se presentó gente. En la escalera y en la corraliza la curiosidad había reunido a algunos vecinos, porque se habían sentido voces, porque la que gritaba era la esposa del Sr. Roch, y una esposa que grita es objeto de la general atención. Subieron, entraron. También llegó el marqués de Fúcar, que venía a enterar a León de su encargo.

Aturdidos todos no sabían qué hacer.

-Que la lleven al punto a mi casa -dijo Fúcar-. ¿Hay aquí cordiales fuertes? ¿Hay...? Lo que primero hace falta es una cama, un médico... Llevémosla a mi casa.

-Que venga aquí el médico -dijo León.

-¿No hay cama? -repitió Fúcar, mirando a todos lados.

Los colchones y camas, lo mismo que los demás muebles, habían sido llevados ya.

-¿Y mi cama? -indicó Facunda-. No la tiene mejor un rey.

-¡Quite usted allá!... A ver... parece que late el corazón.

-Sí; late, late -dijo León con esperanza.

-Esto no es nada... un síncope... Todo por una disputa... He aquí los resultados de la exageración... Pero es preciso acostarla... A ver, envolvámosla en una manta... ¡Una manta!

El marqués de Fúcar era hombre a propósito para las situaciones rápidas que exigen don de mando, energía y gran presteza en ejecutar un pensamiento salvador. Cuatro robustos brazos levantaron a María, después de abrigarla cuidadosamente con una manta, y la transportaron fuera de la casa. Parecía un cuerpo amortajado que llevaban a enterrar.

León vio hacer aquello y lo permitió como habría permitido otra cosa cualquiera, sin darse cuenta de ello. Pasó mucho tiempo antes de comprender que aquella traslación, si por un lado era conveniente, por otro no. Cuando quiso oponerse, el triste convoy estaba ya en marcha.

Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vio entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente el vestido roto, el pelo en desorden.

La entraron en la primera habitación que se encontró a propósito y la pusieron sobre la cama.

-Han olvidado lo mejor -dijo Pepa-, aflojarle el corsé.

-Es verdad, ¡qué idiotas somos!

Diciendo esto D. Pedro cortó las cuerdas del corsé con una navaja. El médico entró y todos se retiraron, menos León y los Fúcares.

El médico habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio a Madrid llamando a uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero no era simple desmayo, porque María al volver en sí deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía a nadie, ni aun a su esposo.

Después de un poco de desorden nervioso cayó en profundo sueño. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.

-Ahora -dijo-, dejadla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.

El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice a la boca, ordenó silencio. León y el marqués de Fúcar callaban, contemplando a la enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:

-Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me encargo de cuidarla; yo me encargo de todo.

-No -le dijo León prontamente-; te ruego que no aparezcas en este cuarto.

Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos de puntillas. León se sentó junto al lecho. Aún le duraba el aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. María reposaba con apariencia de sosegado sueño. El desdichado esposo miró a todos lados, observó la estancia, dio un suspiro, tuvo miedo. De pronto, vio que Pepa entraba con paso muy quedo por una puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.

Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como curiosidad. Estaba más pálida que la enferma y su semblante era cadavérico. Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un espectro. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía detenerla, y ella adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al propio tiempo más tremenda del Universo.

Tras ella entró Monina, deslizándose paso a paso, como un gatito que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose a su madre, y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba a la cama y decía: -Moña meta.

Moña meta, que quiere decir muñeca muerta.

Madrid. Octubre, 1878.


 
 
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
 
 


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Tercera parte[editar]

Capítulo I - Vuelve en sí[editar]

La familia de León Roch
Tercera Parte
Capítulo I
Vuelve en sí
 de Benito Pérez Galdós