La fontana de oro : 19

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

La fontana de oro
Capítulo XVIII
Diálogo entre ayer y hoy

de Benito Pérez Galdós





Elías se paró delante de su sobrino. Este balbució algunas palabras, le saludó de un modo incoherente, y le dijo al fin, después de comenzar muchas frases, que estaba seguro de tener delante a su buen tío; pero al ver que este no le daba contestación ni desarrugaba el ceño, se calló, quedándose cabizbajo y lleno de vergüenza.

Por último, el realista habló.

«No debiera venir a verte, ni acordarme de ti. Mereces lo que te pasa. No tengo lástima de tu miseria, y vengo a conocerte, nada más que a conocerte».

-Señor, yo...

Lázaro no encontraba la fórmula de una explicación. Coletilla sabía por el abate don Gil lo que había sucedido a su sobrino.

«Sé por qué te han puesto aquí. Un amigo que siguió tus pasos esta mañana me lo ha contado todo. Has levantado la voz en medio de una turba de charlatanes, y te han cogido preso. La Justicia te ha puesto donde debieran estar todos los charlatanes».

Lázaro estaba cada vez más confuso. Aquellas palabras, dichas cuando, más que reprensiones, necesitaba consuelo, concluyeron de abatirle. Representósele el carácter de su tío como el más áspero e inflexible que existía en la Naturaleza.

«Me contaron tu hazaña -continuó el viejo con su habitual entonación cavernosa-, y cuando supe que el delincuente era hijo de mi hermana, la indignación y la vergüenza se apoderaron violentamente de mí. No creí que fueras perturbador del orden público. Si tal cosa hubiera sabido, te habrías quedado en el pueblo. Después he averiguado más. Sé que llegaste, y en vez de ir a mi casa fuiste con unos badulaques al café de la Fontana, donde te hicieron hablar y hablaste... y por cierto que lo hiciste muy mal. Todos se han reído de ti. Estuviste después alborotando toda la noche con los que apedrearon la casa de Morillo...».

-¡Ah!, no, señor; yo no.

-De cualquier manera que sea, tu conducta es imperdonable. Pero dime: ¿desde cuándo te has metido a orador? No sabía yo que en Ateca hubiera tanta elocuencia. Te habrán aplaudido los segadores en las eras, y te has creído por eso un Demóstenes.

El fanático reía con tan maligno acento de sarcasmo, que a Lázaro le parecía tener delante un grotesco demonio. Cada palabra abría en el corazón del pobre prisionero una nueva herida, y le abatía y avergonzaba más.

«Pero no extraño tus desvaríos -continuó Elías-: el desorden cunde por todas partes. ¿Qué mucho que estos pedantuelos de aldea tengan tales humos, cuando los sabios de la ciudad ofenden el sentido común con sus ridículos debates? Sin duda algún garito de Zaragoza ha sido el primer teatro de tu petulancia».

La imaginación de Lázaro midió rápidamente el abismo que en ideas y sentimientos le separaba de su tío. Pero se sentía dominado por él, y no podía contradecirle.

«Aquí -continuó el fanático con su espantosa burla-, aquí puedes hablar a tus anchas: nadie te molestará. Lo que puede ocurrir es que te crean loco y te lleven a un manicomio. Allí debiera estar media España. Pero no, ¿qué digo media España?, una pequeña parte, porque casi todos los españoles conservamos el juicio. Sólo una porción de hombres mezquinos, mezquinos de juicio, de carácter, de todo, manifiestan con su conducta todo el extravío de que es capaz nuestra naturaleza. Pero esto concluirá; yo te juro que concluirá, o es preciso creer que no hay Dios en el cielo, perder la fe y renegar del mundo y del alma. Mira, Lázaro -continuó con tono vehemente y apretándole el brazo con tanta fuerza, que le hizo retroceder inmutado y perplejo-; Lázaro, si tú eres de esos, olvida que por tus venas corre mi sangre; olvida que soy hermano de la que te dio el ser. Un abismo nos separa; no hay reconciliación posible. Es preciso que nos odiemos a muerte. Huye de mí; para mí no eres prójimo. Hay cosas que están por encima de los vínculos de la familia. La vida no se reconcilia con la muerte, ni la luz con la obscuridad. Adiós».

Iba a salir; pero Lázaro, trémulo de asombro, le detuvo, y le dijo con mucha turbación:

«Pero, señor, no me abandone usted, hábleme usted. Yo quiero que pensemos de la misma manera».

A pesar de todo, el anciano le inspiraba respeto y veneración; y al ver que reprochaba sus ideas, sintió ese impulso de subordinación tan natural en un joven de temperamento impresionable.

«Si eres de esos -continuó Elías-, vuelve a tu pueblo y no hables de mí; no digas que me has visto; no creas que existo; y es verdad: para ti he muerto».

-Pero deje usted que me explique...

-¿Qué vas a decir?

-Yo pienso... usted comprenderá que yo tengo mis ideas... he leído y tengo convicciones, sí, señor; estoy profundamente convencido...

-Tú, pobre niño, ¿qué puedes saber?... ¿qué convicciones puedes tener? No sabes otra cosa más que las falsedades leídas en cuatro libros que debieran arder en llamas alimentadas con los huesos de sus autores.

A cada palabra se hundía más Lázaro.

«¿Será posible -dijo con desconsuelo-, que usted me pueda arrancar mis creencias que yo he alimentado con tanto cariño y que me dan la vida? No, no podrá usted; y si al fin, con la fuerza de su talento, pudiera conseguirlo, yo le ruego que no lo haga y me abandone. Que nos separe ese abismo que usted dice; y si yo estoy en el error... Pero no lo estoy, yo sé que no lo estoy...».

-Iluso, fanático, vano... porque sólo vanidad es eso, vanidad de Satán -dijo Elías con severidad; y después añadió con más fuerza-: Pero yo te sacaré de esa miseria.

Estas palabras fueron pronunciadas con tan profundo acento de convicción, que el sobrino no pudo contestarlas, y se hundió más.

«¿Qué intentas hacer? ¿Qué esperas? ¿Piensas que esto va a continuar así por mucho tiempo? Te equivocas, que España está a punto de reconocer su error. Mira cómo rebulle por todas partes. El odio a la Constitución late en todos los corazones honrados. Pronto verás al Rey recobrar sus sagrados privilegios, que sólo Dios con la muerte puede quitarle».

-¡Oh señor! ¿Y lo que este pueblo ha conquistado con tanta sangre, será perdido por el orgullo de un solo hombre? Si así fuera, yo renegaría de nuestro linaje; y si España se dejara ultrajar de ese modo, sería digna de mejor suerte.

-¡Digna de mejor suerte! -dijo Elías con la más horrible expresión de que era capaz su rostro abominable-; digna de aniquilarse y desaparecer de la tierra si no lo hiciera.

-No, no lo puedo creer aunque usted me lo diga. Cuando yo no crea en la libertad, no creeré en nada, y seré el más despreciable de los hombres. Yo creo en la libertad que está en mi naturaleza, para que la manifieste en los actos particulares de mi vida. Yo, ciudadano de esta nación, tengo derecho a hacer las leyes que han de regirme; tengo derecho a reunirme con mis hermanos para elegir un legislador.

-Para darte leyes y obligarte a cumplirlas existe un hombre sagrado, ungido por Dios.

-No: yo y mis hermanos le ungimos. Es Rey porque nosotros queremos. Es sagrado para mí si cumple el pacto solemne que ha hecho con todos y cada uno. Si no, no. Pero lo cumplirá, lo ha jurado.

-Hay juramentos -contestó sombríamente Coletilla-, cuyo cumplimiento es un crimen.

Lázaro sintió frío en el corazón. El aplomo con que aquellas palabras fueron pronunciadas le anonadó más, y le hundió más.

«Y todos esos héroes -se atrevió a decir el preso después de meditar-, todos esos héroes, santificados por la Historia, que viven en el recuerdo de los buenos y serán siempre orgullo del género humano; todos esos que han vivido por la libertad, que han muerto por ella, mártires deshonrados en su último día por la mano del verdugo, pero enaltecidos después por la humanidad... ¿no quiere usted que yo los ame? Yo les venero; mi pequeñez no me permite imitarlos; pero por tener ocasión de parecerme a ellos diera toda mi vida, lo confieso. ¡Oh!, si la libertad no fuera la cosa más buena, sería la cosa más bella con la memoria de tantos héroes».

-¿Y esos son tus héroes? ¿Eso es lo que admiras? -dijo Elías.

-¿Pues a quién he de admirar?, ¿a quién he de admirar? ¿A los tiranos? ¿A Nerón, matando a Séneca; a Felipe II, asesinando a Egmont y a Lanuza; a Luis XV, descoyuntando a Damiens?

-Era preciso enseñar a los franceses que no debía haber otro Ravaillac.

-Pues la lección no hizo efecto, porque hace treinta años que un rey murió en un patíbulo.

-¡Esos son tus semidioses, esos! -exclamó Elías con furia.

-No: mis semidioses no son el exterminio, el terror ni el asesinato. Lamento los desvaríos de todos; mas no extraño que, al huir de las violencias de un extremo, se toque en las violencias de otro, pagando los crímenes de siglos enteros con el crimen de un día.

-No me hables más -dijo Coletilla con voz reposada y lúgubre-: ya sé que eres de esos, de esos a quienes no tengo palabras bastantes duras con que calificar. Tu Dios es un ciego espíritu de libertinaje; la norma de tu conducta es el escándalo. Dime, insensato, ¿cuál es tu fin? ¿Qué ves tú en ese porvenir? Supón que fueras un hombre notable entre los de tu calaña, el más ciego de los ciegos, el más loco de los locos: ¿qué harías, cuál sería tu aspiración?

-Yo no tengo aspiraciones bastardas; no quiero medrar a la sombra de un tirano que pague la adulación con dinero; yo no aspiro más que a la gratitud del género humano, a la gloria.

-¿Gloria por ese camino? La gloria no se consigue sino por el camino de la lealtad, sirviendo a Dios y al Rey. No hay más gloria que la que Dios da en su Paraíso, de la cual es simulacro e imperfecto remedo el culto que da en los altares el linaje humano a los escogidos de Dios. Además, la gloria en la tierra consiste en ser súbdito sumiso y obediente, no en vociferar por calles y plazuelas. De esa gloria que tú has soñado no pueden salir héroes, sino charlatanes y bandoleros. La gloria consiste en cumplir el deber.

-Pues yo cumplo mi deber tratando de emancipar a mis hermanos de una odiosa tiranía, diciéndoles y probándoles que son libres, iguales ante Dios y ante la ley.

-El primero de los deberes es obedecer lo que la ley te mande.

-¿Ciegamente?

-Ciegamente.

-Yo obedezco la ley que es tal ley, la que han hecho los que pueden hacerla, elegidos por mí y mis hermanos, elegidos por todos.

-A ti no te toca examinar la ley, sino obedecerla.

-¿Y si me mandan una infamia?

-No te la mandarán.

-¿Y si me la mandan?

-Te digo que no te la mandarán. Y si acaso Dios permitiera que tu Rey te mandara alguna cosa contraria a la justicia, hazla, que Dios le castigará a él y te premiará a ti en la otra vida. Serás mártir. ¿Qué mayor gloria? El martirio del deber es grande y sublime.

Lázaro se hundió más.

«Observa -continuó Elías-, el espectáculo de esta nación. Unos cuantos desalmados le dan leyes en nombre de un principio absurdo, contrario a la Naturaleza. Sólo al Rey ha dado Dios soberanía. ¡Qué desorden! ¡El Rey obligado por una turba de soldados rebeldes a jurar aquel Código abominable! Lo juró; pero en el fondo de su alma lo detesta. No podía ser de otra manera. Está prisionero, prisionero de sus vasallos que juegan con él. El Rey se ve obligado a representar la más horrible farsa. Jamás la dignidad real ha descendido tanto. Pero él se librará de esta horrible tutela, porque Europa, si es preciso, se coligará para salvar a España. Ya España ha salvado a Europa».

-No, no puedo creer -contestó Lázaro-, semejante iniquidad. Esta invasión sería más odiosa que la de 1808, y también mejor castigada.

-No lo creas: el Rey será restituido a su trono. Además, España no se levantará; y si lo hace, será en favor de la intervención. ¿No ves cómo manifiesta su voluntad? ¿No ves las facciones que aparecen por todas partes? Todas las provincias se arman para proclamar al Soberano absoluto, y aún no han aparecido las principales facciones. España se alzará contra ese absurdo sistema, y Fernando volverá a ser nuestro Rey amado.

-¿Será posible? -dijo Lázaro con desaliento; y entonces se hundió más.

-Tan posible, que no pasará mucho tiempo sin que lo veas. Ahora se va a conocer el temple de las almas. Todos esos charlatanes que te han llenado la cabeza de desatinos huirán avergonzados, yendo a esconder su ignominia en tierra extranjera. Entonces se cubrirán de gloria los hombres de corazón recto; los leales y patriotas lucharán contra una plebe desenfrenada; lucharán por el derecho, por Dios y por el Rey; vivirán eternamente en la memoria de todos, y sus nombres serán en lo venidero un emblema de justicia y de honradez. Estos son los héroes, Lázaro; estos.

Lázaro se acabó de hundir. Las palabras de su tío le impresionaban de tal modo, que no tuvo aliento más que para decir tímidamente:

«¿Esos nada más?».

-Nada más. La gloria es muy divina para que pueda coronar otra cosa que la justicia y el deber. No esperes nada fuera de esto. El torbellino de esa turba ciega te arrastra: ve con él. No te digo más. Camina a la deshonra y a la muerte. Adiós. Algún día te acordarás de mí.

-No -exclamó deteniéndole-: yo quiero que usted me aconseje y me guíe... Yo... aunque tengo bastante fuerza de convicciones...

-¿Fuerza de convicciones? -dijo el fanático, deteniéndose y mirando a su sobrino con desprecio.

Sí -contestó este-, y no puedo perderlas, no quiero perderlas.

-Bien: sigue por ese camino. Lejos de mí no esperes otra cosa que deshonra, obscuridad. Yo te abandono a tu suerte. Hágome la cuenta de que no te conozco. Te pondrán tal vez en libertad, irás con ellos, serás vencido, y entonces... o huirás con ignominia, o te entregarás a la venganza de tus enemigos, que no tendrán perdón para ti, y harán bien.

-¿Pero usted me abandona?

-Sí: ya te he conocido. Vine sólo por conocerte. Ya sé quién eres. En mi casa te espero; pero no vayas a ella sino convertido.

-¡Ah, imposible! No iré.

-Pues adiós -dijo Elías con decisión.

-Adiós -repitió Lázaro con angustia.

Coletilla salió. El joven no se atrevió a detenerle. No creyó que se marchaba hasta que le vio fuera, y sintió que el carcelero cerraba la puerta. Entonces tuvo impulsos de llamarle; gritó; no fue oído; lloró lágrimas de desesperación; golpeó violentamente con sus manos la puerta y el cerrojo, y al fin, cediendo a la fatiga y al trastorno mental, cayó de nuevo en aquel letargo extraviado y doloroso de que le sacara momentos antes la llegada de su tío.




La fontana de oro de Benito Pérez Galdós

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII - XXXVIII - XXXIX - XL - XLI - XLII - XLIII