La fontana de oro : 21

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La fontana de oro
Capítulo XX
Bozmediano

de Benito Pérez Galdós





Antes de dar a conocer en toda su extensión el coloquio de estos personajes, conviene dar noticias de uno de ellos, ya harto conocido por el lector. El militar que en el segundo capítulo de esta historia vimos prestando auxilio a Coletilla y después introduciéndose furtivamente en su casa, se llamaba don Claudio Bozmediano y Coello. Ya era tiempo de decir su nombre. Tenía treinta y dos años, y servía en el ejército con el grado de comandante. Su padre fue uno de los venerables legisladores de Cádiz. Hombre de talento, de notoria probidad, de elevada cuna y agradable presencia, había sido siempre muy amado de sus compatriotas. A la vuelta del Rey fue perseguido como todos, y tuvo que emigrar. Pero, restablecido el sistema constitucional, el viejo Bozmediano volvió a España y ocupó uno de los más elevados puestos en la política.

(Con el nombre de Bozmediano conoceremos en esta historia al hijo de aquel varón ilustre, cuyo verdadero nombre no podemos usar en nuestro relato por ser un personaje contemporáneo de memoria muy reciente.)

Bozmediano, padre, era liberal de corazón. Trataba al Rey, y es seguro que hizo todo cuanto cabe en fuerza humana para dirigir por camino recto la torcida voluntad de aquel soberano falaz y perverso. Era rico, y jamás le movió el interés en asuntos políticos. El amor a su hijo y el patriotismo eran dos sentimientos profundos que, enlazados y confundidos, ocupaban todo su corazón.

Bozmediano, hijo, que es el que más conocemos, era un joven de excelentes prendas; pero tenía un defecto que la edad disculpaba. Era tan aficionado a las muchachas, que el galantearlas entretenía la mayor parte de su vida, robando tal vez a la patria grandes servicios. No era un libertino: las quería con toda la buena fe que el naciente siglo XIX permitía; y aunque él aseguraba no haber encontrado la suya, entreteníase con las demás esperando. Pero al fin, o la había encontrado o había encontrado una que de fijo le entretendría más que las otras.

Después que conoció a Clara, había perdido el reposo. No sólo la joven aquella, por sus cualidades y encantos personales, le interesaba mucho, sino que en su vida había encontrado un misterio, para él interesantísimo, por ofrecerle lo que siempre buscaba con más afán: una aventura.

La aventura se presentaba singularmente dramática, excitando al mismo tiempo el amor y la curiosidad de Claudio. La soledad de aquella huérfana que vivía en compañía de un viejo excéntrico, la tristeza y necesidad de desahogo que en ella había notado, eran causas bastantes para estimular un espíritu menos impresionable y caballeresco. Su intento, su gran aspiración, era descifrar el misterio de aquella casa, y después salvar la encantadora y desdichada muchacha de la odiosa tutela de su guardián.

«Hay varios medios de entrar en la casa -decía Carrascosa tomando el brazo del militar-: pero hay uno que es excelente. Esas viejas tienen un arrendatario que ahora debe venir a pagarles sus rentas, lo poco que tienen. Lo sé por Elías. Estamos al aviso, le compramos, le hacemos escribir una carta diciendo que está enfermo y que envía a su hijo con el dinero; usted se disfrazará de labriego, entra en la casa, y una vez allí, ¡cataplum!, le ha dado un desmayo, un accidente terrible. No tienen más remedio que dejarlo en la casa... le meterán en un desván, y durante la noche, cuando ellas duerman, se apoderará de la chica, y... a la calle».

-Calla, imbécil: eso no puede ser. No sé en qué comedia he visto eso, que es muy bonito en el teatro; pero en la vida... Yo quiero entrar con mi traje habitual, con mi nombre... pero es preciso un pretexto, porque supongo que esas viejas serán la misma desconfianza.

-Armarán un escándalo y será tal el vocerío, que se oirá en Getafe. Es preciso ir con tiento.

-Pero, hombre -dijo Bozmediano, que no tenía noticia de que semejantes tipos existieran en el mundo-, ¿qué gente es esa?... ¿Cuál es su carácter, su vida, sus hábitos, qué hacen y por qué está ahí esa pobre muchacha?

-Dichoso usted que no conoce a esas diablas de Porreño. Son los pájaros más raros que hay en el mundo. Cuando tengo mal humor voy a reírme con ellas, oyéndolas disparatar. Fueron ricas, pero han venido a menos; creo que el día menos pensado se comerán unas a otras.

-¿Y en qué se ocupan?

-En nada, mejor dicho, en rezar. Una de ellas es santa, y le aseguro a usted que cuando se pone a hablar de sus santidades, es cosa de morirse de risa. ¡Y qué impertinentes son! Cuando les propuse lo de la procesión, con objeto de sacar de allí a Clarita, se pusieron hechas unos grifos. Ya me figuré yo que no consentirían; y en verdad, amigo, que el proyecto que acaba de fracasar era atrevidillo.

-¿Y cómo ha venido aquí esa Clarita?

-Yo no sé: cosas de Elías.

-Hombre, hábleme usted de ese Elías. El día en que le conocí por primera vez me parecía lo más raro del mundo. Ya había yo oído hablar de Coletilla.

-Elías es un loco rematado, es realista; pero con un fanatismo que le llevará hasta el martirio.

-¿Y quiere a esa joven?

-No sé: yo lo dudo. Coletilla no ama más que al Rey, mejor dicho, al Príncipe real.

-Pues bien: a ver cómo me introduces en esa madriguera.

-Es preciso entrar de ocultis -dijo con la más maliciosa sonrisa el abate.

-¿Y qué sacamos de eso? -contestó en el colmo de la confusión Bozmediano-. Entro, por ejemplo, de noche: si alguna me ve, me creerá ladrón, chillará, y entonces... ¡bonita aventura! Además, Clara no está prevenida, no tiene relaciones conmigo. ¿Qué voy yo a hacer allí? Yo quiero introducirme sin que se sospeche nada, entablar amistad con ella.

-Tengo una idea -exclamó Gil golpeándose la frente.

-¿A ver?

-Usted va a entrar en un momento en que Clarita esté sola.

-¿Sola? Pues esos demonios, si salen alguna vez, ¿la dejarán allí?

-Sí.

-¿Y cuándo salen?

-Yo me encargo de averiguarlo y de arreglar eso.

-Explícate mejor.

-Lo primero que usted debe hacer, señor don Claudio, es escribir una carta a la niña. Yo también me encargo de eso.

-Bien: ellas salen; probablemente la dejarán encerrada. ¿Cómo entro yo? ¿Voy a estar descerrajando puertas?

No, señor: usted entrará cómodamente y sin ruido.

-A ver cómo es eso, diablo de abate.

-¿Recuerda usted aquel vestido de abate que yo tenía allá por los años 10 y 12?

-¿Qué he de recordar yo? -dijo Claudio, picado y curioso.

-Calma, amiguito -contestó don Gil, poniéndole la mano en el pecho-: ¿recuerda usted mi gorro y mis calcetas, un primor de costura y de corte?

-¿Y qué tiene eso que ver con la...?

-Vamos allá. Pues ese traje, ese gorro, esas calcetas, me las hicieron doña Nicolasa y doña Bibiana Remolinos, personas eminentes en el arte de coser, a quienes tendré el gusto hoy mismo de presentar a usted.

-¿Pero qué jerga es esa? ¿Qué demonios tiene eso que ver con lo que te pregunto?

-Usted no cae en la cuenta -contestó el socarrón del abate- porque no sabe que esas dos señoras viven en la misma bohardilla en que hace diez años vivió la hija del herrero, Josefina Pandero, de quien anduvo tan enamorado el conde de Valdés de la Plata; es decir, en el número 6 de la calle de Belén. Yo anduve en el asunto.

-Ya recuerdo haberte oído contar algo de eso. ¿Pero qué tengo yo que ver con Josefita Pandero ni con esas señoras Remolinos...?

-Usted no comprende lo que quiero decir, porque no recuerda que el conde de Valdés de la Plata, no pudiendo sonsacarle la niña al herrero, que la guardaba como si no fuera mujer, alquiló la casa inmediata, y no paró hasta abrir una comunicación que le permitió profanar el hogar de aquel testarudo Vulcano.

-Ya...

-Pues... mis amigas las costureras viven en el numero 6, donde vivió la hija del herrero, y mis amigas las Porreños viven en el 4, donde vivió el conde de Valdés de la Plata; y en resumen, si una puerta, hábilmente hecha, permitió a un caballero pasar del 4 al 6, también abrirá paso del 6 al 4 untándoles las uñas a esas costurerillas, que, dicho sea de paso y en honor de la verdad, tienen para el pespunte unas manos que son una gloria.

-Ya comprendo. ¿Y esa puerta existe?

-¡Pues no ha de existir! Yo la he visto, yo respondo de todo: me encargo de averiguar cuándo salen las arpías, de llevar la cartita y de facilitar el paso...

-No es mala idea -dijo el militar-, y, sobre todo, mala o buena, yo la he de llevar a cabo. ¿Y qué haremos para que esa lechuza de Coletilla no nos estorbe?

-Coletilla no nos estorbará. De lo menos que él se ocupa es de la muchacha, cuyo porvenir no le importa un comino. Él no se ocupa más que de...

-¿De conspirar, eh?

-Pues ya. Amigo don Claudio, Elías es hombre fuerte y tiene amistades muy altas. Puede mucho, y así con su humildad y su melancolía es persona que maneja los títeres. Le digo a usted que se va a armar una...

-¿Con que conspiran? Si conspiran los realistas, es seguro que tú estarás con ellos, ¿no?

-Hombre, yo... -contestó Gil maliciosamente-, yo soy hombre de orden, y nada más. Si ando con Elías y me trato con los suyos, es sólo por enterarme de sus manejos, pues...

-Siempre el mismo truhán redomado: nadie como tú ha sabido navegar a todos los vientos.

-Ya sabe usted, señor don Claudio -contestó Carrascosa-, que me acusaron de realista y me quitaron mi destino. ¿Yo qué iba a hacer? ¿Iba a morirme de hambre? Las ideas no dan de comer, amigo. Usted, que es rico, puede ser liberal. Yo soy muy pobre para permitirme ese lujo.

-¡Solemne tunante!

-Lo que hago es estar al cabo de todo. ¿Quiere usted que acabe de ser franco? Usted es buen amigo y buen caballero. Voy a ser franco. Pues sepa usted que esto se lo va a llevar la trampa. Esto se viene al suelo, y no tardará mucho. Se lo digo yo y bien puede creerme. Dice usted que soy un solemne tunante. Bien: pues yo le digo a usted que es un tonto rematado. Usted es de los que creen que esto va a seguir, y que va a haber libertad, y Constitución, y todas esas majaderías. ¡Qué chasco se van a llevar! Le repito que esto se lo lleva Barrabás, y si no, acuérdese de mí.

-¿Ya empiezan las facciones, eh? Pues es cierto que les darán que hacer, porque los liberales no se maman el dedo, amigo Carrascosa.

-¡Ah! -contestó el otro, riendo como un diablillo-. ¿Que no se maman el dedo? Ya verá usted lo que va a salir de aquí. Usted, Bozmediano, arrímese a buen árbol... Mire que se lo aconseja quien sabe lo que son estas cosas... Pero volvamos al otro asunto. En lo concerniente a Clarita, voy a darle a usted un dato muy importante.

-A ver.

-Este Elías tenía un sobrino en Ateca. Clara estuvo allá hace unos meses. El sobrino es joven, decidorcillo, medio galanteador... ¿Necesito decir más?

-Vamos, ya pareció aquello -dijo Bozmediano con mucho interés-. Apuesto a que es su novio.

-Pues ganará usted. Yo estuve en Ateca en aquellos días, y supe que los dos chicos se querían. Me parece que se quieren todavía.

-¡Hola, hola!, ¿esas tenemos? -dijo Bozmediano amostazado-. ¿Y cómo hasta ahora no me habías dado esa noticia?

-Porque hasta hoy no había sabido que ese chico llegó y está en Madrid.

-¿En Madrid?

-Sí; pero se las compuso de tal modo, que llegar aquí y ser metido en la cárcel, fue todo uno.

-¿Pues qué hizo?

-Es muy aficionado a la política. Allá en Zaragoza hablaba mucho en los clubs. El chico estaba envanecido; llegó a Madrid; sus amigotes le llevaron a la Fontana; habló; a la mañana siguiente se mezcló en el tumulto de la procesión del retrato de Riego: chilló en la calle, alborotó, vino la policía, le echó mano y le llevó a la cárcel, donde está.

-¿Y su tío no procura sacarlo?

-Usted no conoce a esa fiera. Su tío, al saber que el muchacho era exaltado y que la echaba de orador, se puso hecho un veneno, fue a la cárcel, le riñó de lo lindo y ha roto con él, diciéndole que mientras tenga aquellas ideas no parezca por su casa.

-Ese hombre es lo más excéntrico...

-Sí, señor. Pero la pobre muchacha está seguramente pasando las mayores amarguras, y tendrá el corazón tamañito al ver lo que le pasa a su pobre amigo.

Bozmediano permaneció meditabundo algunos instantes. Después dijo con mucha calma:

«Ya sé lo que tengo que hacer».

-¿Qué va usted a hacer?

-Todo lo posible para que pongan en libertad a ese joven. Estoy seguro de que lo conseguiré.

-¡Hombre, pues es usted lo más raro!... No se comprende -dijo sonriendo y con asombro don Gil-. ¿Con que está usted haciendo el amor a la chica, y le va a poner en libertad al novio? Si digo yo que usted es tonto, don Claudio.

-No tengo duda alguna: le pongo en libertad. Veremos cómo ella lo toma. Haremos que sepa que yo le he puesto en libertad, yo.

-Buena la va usted a hacer. Estos entes caballerescos son incomprensibles. Ese muchacho será un estorbo más para nuestro plan, para el escalamiento y...

-No importa: allá veremos. Sobre lo demás, lo dicho, dicho... La carta, alejamiento de las arpías, la puerta del desván...

-Todo presto, todo arreglado. No hay más que hablar. Dios se la depare buena.

Después de estas palabras se separaron. El ex-abate, al partir, se reía con muy buenas ganas del joven militar, a quien quería servir llevado de miras ulteriores, esperando un ventajoso arrimo en aquella situación política. El otro se dirigió a su casa, pensando a la vez en la repugnante astucia de don Gil y en los peligros de su aventura.

El ardid amoroso que pensaba emplear Bozmediano era cosa muy común a principios del presente siglo, en que se conservaba aún la rigidez de los principios domésticos que habían hecho en tiempos anteriores una fortaleza de cada hogar.

En el siglo XVII, cuando nuestra nacionalidad vigorosa, original y profundamente característica, no había recibido influjo extranjero, los españoles se componían de otro modo: iban a su objeto por medios más violentos, más decididos, más románticos, que indicaban antes la pasión que la intriga; más bien la resuelta actitud del valor que el ingenioso intento de la astucia. Aquel fue el siglo de los raptos del convento, de las escaladas por el jardín, de las fugas, de los atropellos, de los sublimes atrevimientos. Entonces hubo un galán, según dicen (el Conde de Villamediana), que quemó su casa por el placer de sacar en brazos a una dama.

La irrupción de costumbres francesas, verificada con la venida de la dinastía nueva a principios del siglo XVIII, modificó esta como otras cosas. La sociedad que se imponía a la nuestra era menos grande, menos valerosa, menos apasionada; pero más culta, más refinada, más hipócrita. Con ella vinieron los abates, y vino la literatura clásica, fría, ceremoniosa, falsa, hipócrita también. La poesía pastoril, último grado de la hipocresía literaria, tuvo un renacimiento funesto en el siglo pasado. Al compás de los madrigales, los abates hacían el amor callandito en los salones. Los amantes, que componían versos de casto e insípido pastorileo, no podían entrar en las casas como aquellos a quienes encubría su dignidad, y entraban disfrazados o empleando los más extravagantes y rebuscados medios.

Con la sociedad nueva vino la moda nueva. Esta trajo las pelucas blancas, los peinados complicados e hiperbólicos; y con el artificio de estos peinados se creó el peluquero de las damas, hombre gracioso que entraba en todos los tocadores, y era tercero en toda intriguilla de amor.

Ningún siglo ha visto, como el decimoctavo, la astucia sirviendo al amor. Veíase a los amantes arrostrando la ridiculez de situaciones muy raras para poder hablar con sus damas. La casa era invadida; pero no como la invadían nuestros caballeros del siglo anterior, espada en mano, batiéndose con una turba de criados y dos docenas de alguaciles, sino astuta y solapadamente, engañando a las familias, abusando de la confianza o encubriéndose con un disfraz ingenioso y a veces grosero.

En 1821 estos procedimientos estaban aún en boga, y Bozmediano era maestro consumado en el asunto. Conocía el resorte de los barberos, de las terceras, de los abates, siendo muy diestro en el uso de disfraces, engaños y supercherías amables, como entonces se llamaban a estas cosas. Si no pudo emplearlos en la aventura que le vemos emprender, a causa de las singulares costumbres de las tres señoras, no fue culpa suya; y sólo a los obstáculos y dificultades que presentaba el terreno, se debió, como él decía, que empleara medios un poco más violentos.



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