La fontana de oro : 29

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La fontana de oro
Capítulo XXVIII
El ridículo

de Benito Pérez Galdós





Era don Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro, de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo como hueco. Su hermana era una dueña quintañona, gruesa y muy pequeña, con la nariz del tamaño de una almendra y del color de un tomate, abultadísimo el pecho y el talle y las caderas tan voluminosas que le daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráticas no hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos a tratarse con aquel par de personas de baja extracción (porque eran hijos de un tocinero de Almendralejo, y él cuidó cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que entró en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podían visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo tácitamente la diferencia de las antiguas jerarquías. Se habían conocido en el locutorio de las Góngoras, en cuyo convento existía una monja perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las Porreñas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro años de mutuas cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de confianzas decorosas.

Tomaron asiento las tres, y enteraron a sus amigos de quién era aquel joven que decorosamente las acompañaba. María de la Paz, en su afán de decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito había estado en el camino de la perdición a causa de las malas compañías; pero añadió que ellas le protegían, y esperaban lograr traerlo al buen camino.

«¿De dónde eres, muchacho?» dijo el padre, que era muy brusco, muy francote, y trataba de tú a todo el mundo.

-De Ateca, en Aragón.

-¿Ateca? ¡Buena tierra! ¡Buenos torreznos! ¡Buena fruta!... ¿Y no estudias, hombre, no estudias?

-Sí, señor: estudio para abogado.

-¡Bueno está eso! -dijo el clérigo con risa brutal-. ¡Abogado! ¿De qué sirve eso? ¿Por qué no estudias Teología y Cánones?

-Algo de esto estudié en Zaragoza.

-¡Zaragoza! ¡Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero no como en mi tierra, en Extremadura... porque yo soy extremeño. Dime, ¿por qué no has estudiado para cura?

-Porque no tengo vocación para esa carrera.

Doña Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobación, como si el joven hubiera dicho una gran irreverencia. Después, acumulando en su rostro todos los rasgos de desdén y acritud de su gran repertorio, dijo:

«¡Ah!, señor don Silvestre, con mucha razón le sorprenden a usted los despropósitos de este joven; pero no tiene usted en cuenta que ha vivido hasta hace poco en el más lamentable extravío. Ya se corregirá; hay una persona que ha tomado a cargo su educación, y creemos que logrará el intento».

-¡Que no tenía vocación! -exclamó Entrambasaguas con voz de trueno-: eso es una irreverencia.

El estudiante bajó los ojos aturdido e indignado. Después miró como único consuelo a la devota, por ver si, como otras veces, salía a defenderle; pero la devota, que miraba también con atención contemplativa, pensaba en otra cosa que en defenderle.

«Mi señora doña Paulita -dijo el clérigo dirigiéndose a la rosa mística-, ¿sabe usted que he leído el libro De albigensium erroribus, y estoy conforme con lo que dice el padre Paravicino, que pietas in pietate contra ecclesia nulla contemnere pios? ¿Qué le parece a usted esta opinión? Porque a dæmonio numquam salus inveniatur. Vamos, diga usted que es gran teóloga».

Paulita no contestó; y otro menos bruto que el Padre Silvestre hubiera comprendido que aquella extemporánea consulta teológica la contrariaba mucho en tal momento. El instinto femenino se sublevó allí contra toda la unción consuetudinaria de la santa. No contestó, y ¡cosa singular!, la que siempre se había ruborizado cuando en presencia de los curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizó ahora porque le hablaban de Teología.

«Yo no sé... yo no entiendo... yo no he leído ese libro» contestó al fin, viendo que el majadero de Entrambasaguas repitió su pregunta, adornada con dos o tres festones más de latín.

-¿Pues no me lo recomendó usted aquel día que hablamos en el locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra, cuando dijo usted aquello de San Dionisio Areopagita, que empieza...? ¿A ver cómo empieza? ¿No se acuerda?

-Yo no -dijo la devota muy colorada y muy inquieta por no hallar pretexto para mudar de conversación.

-¿Pero no me recomendó usted ese libro De albingensium erroribus? Si me dijo usted que era lo mejor que se había escrito... -insistió el majagranzas del clérigo.

Un rumor popular y el áspero tañido de los fagotes vinieron a sacar de apuros a nuestra amiga anunciando la procesión. Se dispuso ocupar inmediatamente los dos balcones: en uno se colocó el clérigo con María de la Paz y Salomé; en otro se colocó la gorda, doña Paulita y Lázaro. Un enorme tiesto, donde crecía con extraordinaria lozanía una adelfa, estorbaba la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en medio y era imposible acomodarse con holgura a causa de doña Petronila y de la adelfa. Pero al fin, después de mil cumplimientos, la devota se encontró en medio, teniendo a la derecha a Lázaro y a la hermana del clérigo a la izquierda.

La procesión empezó a desfilar. El clérigo hablaba por los seis, y hablaba tan fuerte que los transeúntes se quedaban mirando a los balcones. Algunos de los curiosos notaron en el rostro de doña Paulita una muy grande agitación, y el autor de este libro, que era uno de los que pasaban, notó con sorpresa (porque conocía de oídas su carácter) que entre la frente de la dama y los cabellos del joven, no había otra cosa que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcón. Lázaro no atendía al gentío ni a los santos ni a nada. El despecho por encontrarse allí mal de su grado le ocupaba todo.

En el otro balcón hacía don Silvestre detallado relato de las cofradías, pendones, estandartes, imágenes y corporaciones que iban desfilando. Salomé ostentaba en su muñeca el ridículo, que caía sobre el antepecho del balcón, ofreciendo al asombro del numeroso público los vivos colores de sus mostacillas azules y de sus lentejuelas doradas. Era el tal ridículo primorosa obra, en cuya elaboración tomaron parte las delicadas manos de su dueña; obra del siglo pasado y del año 94, en que la dama lo lució en los paseos de la Florida los días de invierno, con gran aceptación de la juventud de entonces. Salomé profesaba mucho cariño a aquella prenda, porque le parecía que al ceñirla a su muñeca llevaba consigo un amuleto de perpetua juventud.

«Se te va a caer» le dijo su tía, viendo cómo se balanceaba la prenda sobre el antepecho del balcón.

-No se cae -dijo Salomé, que gustaba mucho de lucir en las grandes solemnidades aquel mueble hereditario, y creía que desde la calle hacía un efecto magnífico.

La ordenada turba de monagos, clérigos, cofrades, archicofrades y penitentes seguía desfilando. La gorda y su hermano se hacían lenguas cada vez que pasaba un estandarte, una cruz. El codo de Lázaro tocaba el codo de la devota, y esta tenía cruzadas las manos, y la cabeza inclinada a un lado, porque sin duda le halagaba el suave roce de las adelfas. Después se pasó la mano por los ojos como si apartara un velo imaginario.

Cuando la procesión estaba en su lleno, digámoslo así, un grito resonó en el balcón inmediato. ¡Oh dolor! El ridículo de Salomé había caído a la calle.

«¡Y está en él la llave de la casa!» dijo Paz con terror.

Lázaro no necesitó oír más; su determinación fue rapidísima. Se quitó del balcón, y dijo vivamente:

«Voy a buscarlo».

El ridículo cayó sobre las cabezas de los transeúntes; pasó de mano en mano, y fue arrastrado por la multitud de tal modo, que un momento después de caído estaba a gran distancia. Lázaro, que vio esto, bajó rápidamente, llegó a la calle y atravesó, con mucho trabajo, por entre la multitud. Su determinación era decisiva.

«¡Qué feliz coincidencia! -decía para sí-. Allí está la llave: la tomo, corro a la casa, abro; el viejo debe estar arriba durmiendo la siesta: entro, la veo, la hablo, la digo... qué sé yo lo que le voy a decir... y me vuelvo a escape. Si las viejas sospechan, inventaré cualquier mentira. No hay más remedio».

Al fin llegó jadeando y con mucha fatiga al extraviado ridículo. Lo tenía una mujer que lo estaba registrando, y viendo que no contenía cosa de valor, no parecía mostrar gran empeño en conservarlo. Lázaro lo tomó. El oleaje del gentío le había llevado a gran distancia de la casa de Entrambasaguas. Desde el balcón no podían verle. No dudó más, y echó a correr por una de las calles transversales hacia la casa.

La ansiedad propia de la situación y la marcha precipitada le agitaron de tal modo, que tuvo que detenerse para respirar. Por fin la vería sin duda. Llegó a la casa, entró, subió la escalera; pero antes de resolverse a abrir se detuvo, y necesitó apoyarse en la pared, porque la agitación le había quitado las fuerzas. Pensó que ella se asustaría al verle entrar tan descompuesto, al sentir abrir la puerta. Por fin, con la mayor cautela, puso la llave en la cerradura, le dio vueltas y abrió muy quedo. Entró, volvió a cerrar y dio algunos pasos. Era ya tarde: la casa estaba obscura; no veía nada. Anduvo a tientas un rato. Al fin distinguió los objetos, y siguió por el pasillo.

Silencio sepulcral reinaba en la casa. «Sin duda don Elías duerme arriba» pensó y siguió andando hasta acercarse a la puerta del cuarto donde Clara debía estar. «Para que no se asuste -pensó Lázaro, trémulo de emoción, como quien va a cometer un crimen-, lo mejor será acercarme a la puerta y llamarla muy quedito. Así no se asustará». Avanzó más, llegó a la puerta, y tomando aliento para pronunciar las dos sílabas de aquel nombre que amaba tanto, se paró, y con voz baja y conmovida dijo: «Clara».

Pero en el instante mismo en que pronunció esta palabra, se estremeció de sorpresa y terror. Un frío intenso circuló por todo su cuerpo; toda la sangre se le agolpó al corazón, que latía con violencia desenfrenada, y quedó inmóvil como estatua junto a la puerta. En el momento de pronunciar el nombre de Clara, había sentido dentro de la habitación una voz de hombre, una voz de mujer y pasos precipitados.

Pronto veremos lo que hizo.



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