La fontana de oro : 30

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La fontana de oro
Capítulo XXIX
Las horas fatales

de Benito Pérez Galdós





A las cuatro de aquella tarde, cuando, después de salir las tres damas, Clara se encontró sola, quiso satisfacer su curiosidad leyendo la carta que le había dado el abate; pero observó que Elías andaba por el pasillo: tuvo miedo, y la guardó. Media hora después, habiendo Coletilla salido con Carrascosa, se quedó sola, enteramente sola y encerrada. Entonces abrió la carta. Era sin duda de Lázaro, y casi sabía punto por punto lo que había de decir. Pero su sorpresa fue grande cuando miró la firma y vio: Claudio.

«¡Claudio!, ¿quién es Claudio?» exclamó con la mayor confusión.

La carta decía así:

«Ya te he devuelto, amiga mía, a ese joven prisionero a quien tanto quieres. Yo le he sacado de la cárcel donde el infeliz estaba a punto de morirse de hambre y de frío; le he sacado tan sólo porque es tu amigo. Ya sabes que tú y yo somos también verdaderos amigos. Ese joven parece que te quiere bien; pero no como yo, que te idolatro; y tan desventurado soy ausente de ti, que hoy voy a intentar verte y hablarte entrando por una casa vecina. No te llame la atención: estoy decidido. Por mí han salido esas tres viejas; por mí ha salido Elías; por mí ha salido Lázaro. Estás sola y encerrada; encerrada para todos menos para mí, que te veré esta tarde. No tengas miedo: sólo quiero verte y hablarte. Te lo asegura, te lo promete el que te adora.- Claudio».

«¡Claudio! -dijo Clara, doblando la carta-: ¿quién es este hombre? ¡Y quiere entrar aquí! ¡Jesús, qué miedo! ¿Qué debo hacer? ¿Cerrar las puertas?».

Clara empezó a temblar de miedo; no podía tomar resolución ninguna. Por fin evocó todo su valor: se dirigió a la puerta que daba al pasillo, y le echó el cerrojo; después corrió a la puerta que comunicaba con la habitación inmediata con intento de cerrarla también; pero ya era tarde, porque Bozmediano entró muy tranquilo en el cuarto.

«¡Jesús! -exclamó Clara, retrocediendo con espanto-. Váyase usted, por Dios. ¡Qué atrevimiento!».

Pero no pudo seguir, y se echó a llorar.

«Váyase usted... Si vienen... Por Dios, señor caballero (no se acordaba del nombre.) Váyase usted... Usted es muy bueno y me dejará sola. Si vienen ahora, ¿qué van a decir?».

-No vendrán: tranquilízate -dijo Bozmediano, algo contrariado por aquel recibimiento-. Somos ya verdaderamente amigos. Hoy vengo a hablarte, a verte. Ya sabes que me he declarado tu protector.

En el sistema amatorio de Bozmediano estaba el tutear a las muchachas a la tercera entrevista.

«Yo no quiero que usted me proteja. Si estoy muy bien aquí» afirmó Clara con angustia.

-¿Bien aquí? -dijo el militar, cerrando los puños-. ¿Bien aquí? Como que voy a ahorcar a esas tres arpías que te están martirizando. Cuando pienso que un viejo fanático y tres mujeres ridículas están hoy en el mundo sólo para mortificarte y asesinar lentamente a la más noble y amable criatura que ha nacido...

-Si a mí no me atormentan -dijo Clara, cuya atroz inquietud se manifestaba en un llanto entrecortado, que acobardó por un momento al galán aventurero-. Váyase usted, por Dios, yo se lo ruego, se lo pido por Dios y todos los santos.

-¿Irme sin ti? Eso no puede ser.

-Jamás consentiré yo en salir con usted -exclamó la joven con resolución-. Váyase usted, señor caballero (otra vez no se podía acordar del nombre): usted es muy bueno, yo lo sé. Pero si tarda un momento más en marcharse, le odiaré toda mi vida. Váyase usted, por piedad.

-Y si me voy, ¿qué va a ser de ti, pobrecilla? -dijo Bozmediano con melancolía-. Si yo te abandono, ¿qué va a ser de ti en poder de esos cuatro demonios? ¿Cómo he de consentir el crimen espantoso de este encierro, de esta soledad, de este marasmo, de esta tortura lenta que te aplican esas infames? No, Clara: tú me conoces muy bien en las pocas veces que me has tratado para saber que yo no puedo consentir tal cosa. Si yo te abandono pasará un día y otro día sin que nadie se atreva a hacer cosa alguna para salvarte. Este joven, a quien yo he sacado de la cárcel, tiene una imaginación disparatada; pero no resolución ni ánimo para sacarte de penas. Esta es la verdad: no esperes nada de quien nada puede ni nada sabe hacer por ti. Créeme: no tienes más esperanza que yo. Y por mi parte, seguro estoy de que no te opondrás a mi resolución, que no tiene más objeto que tu felicidad.

-Pero si yo no quiero que haga usted mi felicidad -dijo Clara más inquieta.

-Pues entonces, ¿quién la va a hacer? Huérfana, sola en el mundo, rodeada de enemigos y de malvados, sin que haya nadie que se interese por ti...

-¡Oh! -dijo la huérfana vivamente, creyendo encontrar un gran argumento-: sí, sí tengo quien se interese.

-No, no lo creas, no. Ese joven no hará nada: le conozco, conozco su carácter. La prueba es que vive aquí hace días, que sabe tus sufrimientos y nada ha hecho por aliviarlos. ¿Ha intentado algo? No: yo sé que no. No se atreve.

-¿Que no se atreve? Sí, sí... Pero váyase usted, por Dios. Si vienen... No se detenga usted un momento más; yo se lo ruego. Me va usted a perder.

-Clara, Lázaro no hará nada por ti. Su imaginación está embebida en la política. No esperes nada de él.

-Sí, sí espero: me salvará. Estoy segura de ello -dijo dolorosamente la joven.

-¿Por dónde lo sabes?

-Él mismo me lo ha dicho.

-¿Él? No puede ser. Yo dudo que haya podido verte, según me han dicho.

-Pero me verá, me salvará. Yo no necesito de usted.

-Sí necesitas de mí. Tengo esa vanagloria, única recompensa del grande amor que te tengo -dijo Bozmediano con expresión clarísima de verdad.

-Pero si yo no le quiero a usted ni le puedo querer. No le he visto más que dos veces, y eso sin mi licencia.

-Ese poco tiempo ha bastado para que te quiera yo.

-Yo se lo agradezco a usted; pero cuando se vaya -dijo la huérfana-. ¡Qué modo tan raro tiene usted de favorecerme, asustándome de esta manera y comprometiéndome! ¡Ah! Váyase usted, por Dios. Van a llegar y le van a ver aquí. ¡Jesús, qué hombre!

-No vendrán. La procesión es larga.

-¿Pero si viene él?

-¿Quién es él?

-El viejo.

-Ese primero muere que venir.

-¿Pero si le ve a usted la vecindad? Y, sobre todo, aunque no le vean... Yo no quiero que esté usted más tiempo aquí; no le quiero ver.

Clara estaba tan consternada y era tan resuelta su actitud, que Bozmediano empezó a dudar del éxito de su aventura, y estuvo un rato indeciso.

«Clara -prosiguió sentándose con familiaridad-, tú no me conoces. No sabes de lo que yo soy capaz. Yo soy capaz hasta de sofocar mis sentimientos haciendo por tu felicidad el sacrificio de la mía. Tú no me conoces, ni aciertas a juzgarme, ni ves en esta empresa que acometo otra cosa que una intención dañada y vil. Si viera junto a ti a alguna persona capaz de sacarte de esta miseria, no me opondría a que me dijeras, como has dicho, que no me quieres ver. Yo dejaría entonces a otro el orgullo de quererte y hacerte feliz; pero esto no es posible. Tu situación es tan desesperada, que quiero salvarte a pesar tuyo, arrostrando hasta tu ingratitud, que es lo que más temo. Si me ves aquí, es porque nadie existe en esta casa que pueda ampararte».

-Bien: yo lo agradezco, señor caballero; pero déjeme usted. ¡Ay! Si Lázaro sabe que ha estado usted aquí...

-Si lo sabe, nada le importa. Él no piensa más que en política; ni en aquella cabeza hay la discreción y la astucia que tú necesitas para salir de aquí. En aquel corazón no caben más que las desenfrenadas y vulgares pasiones del pueblo, capaces tal vez de un hecho notable, pero inútiles para consolar a un ser débil y delicado.

-Sí, él me salvará: yo lo sé -repitió Clara un poco menos asustada y más triste.

-No, no lo esperes.

-Sí, lo espero. ¿Por qué no lo he de esperar? ¿Por qué me dice usted eso? ¿Qué sabe usted lo que él puede hacer por mí?

-¿Pero es posible que le quieras tanto? -dijo Bozmediano, que no creía encontrar tanta firmeza.

-Sí, le quiero. Pero usted, ¿a qué me pregunta esas cosas?

-Lo pregunto por saberlo -dijo con mucha calma el militar-. Ahora repito que tú no sospechas de qué acciones soy yo capaz. ¿Creerás que es posible, si me pruebas que le quieres tanto, que yo le comprenda en esta protección generosa que te consagro, y me interese por los dos tanto como ahora me intereso por ti? Pero falta una condición para esto. Dudo mucho que él te quiera como tú mereces, y si es como yo sospecho, le creeré un hombre indigno y le apartaré de ti cuanto pueda. Le saqué de la cárcel para probarte que procedo en estas cosas, como en todo, con buena fe y caballerosidad. Cuando te vi por primera vez, y comprendí lo que era tu vida, la poca esperanza de tu porvenir y la bondad de tu corazón, me dio tanta lástima, que... no sé... casi te amé desde aquel momento como ahora. Para mí fue entonces el amor tan poco egoísta, que no entraba para nada mi persona en las cavilaciones que día y noche ocupaban mi imaginación. Después supe que existía un joven a quien tú querías mucho; supe que este joven estaba preso y le puse en libertad por ti y para ti. Nunca tuve intención de apartaros a los dos; al contrario, mi deseo era uniros si él lo merecía. Pues bien: yo me he convencido de que él no merece tal cosa y es indigno de ti.

Clara no supo qué contestar a estas palabras.

Y a la verdad que no era fácil conocer si tan elocuente expansión de bondad y afecto era verdadero o simplemente un ardid galante de los que también usan los seductores.

«Sí; pero entre tanto -dijo la muchacha-, usted me compromete; usted me pierde para siempre. Si viene alguno de la casa y lo ve, o descubre que ha entrado aquí...».

-Nadie lo puede descubrir... ¿Pero es cierto, Clara, que quieres tanto a ese muchacho? -dijo Bozmediano, queriendo imprimir a sus palabras cierto tono de jovialidad, que estaba muy lejos de tener en aquel momento.

El joven galanteador había errado el tiro; el aventurero de amor creyó que había deslumbrado a Clara con la conversación de sus dos primeras visitas. Y era que tenía muy alta idea de sus propias dotes personales para dudar de que una muchacha sencilla, educada por un fanático, y sin conocer otras pasiones que las vulgares inclinaciones de aldea, pudiera resistir a ellas. Creyó asimismo que el hecho de poner en libertad al que podía considerar como rival influiría mucho en el ánimo de la huérfana. Él había empleado otras veces con mucho éxito procedimientos parecidos. Además, Lázaro le había parecido algo brusco, poco amable, poco digno de ser amado, poco interesante.

«Sí -contestó Clara-, le quiero. Se lo juro a usted, que dice que me tiene amistad».

-¿Y le quiere usted mucho?

-Mucho. Vaya, ahora se puede usted marchar.

El militar se quedó muy pensativo. Viose un poco ridículo en aquella situación; pero siempre triunfaba de su amor propio la bondad de su corazón. En aquel momento pensaba en renunciar por completo a todo y tratar por cualquier medio de contribuir a la felicidad de los dos muchachos.

«¿Pero no se marcha usted?» dijo Clara, volviendo a su inquietud.

-Sí, me marcho ya. Pero... no -añadió con determinación-, no puedo consentir que te quedes en este sepulcro. Me parece que si te dejo aquí no he de verte más. Pero ese hombre, ese exaltado, ¿en qué piensa?, ¿qué hace?, ¿cómo tiene alma para verte en poder de esas arpías, y no pegar fuego a esta casa maldita?

-Él me quiere -dijo Clara resuelta a decir todo lo que pudiera determinarle a marcharse.

-No: te dejará morir de hastío en esta cárcel. Lo sé; conozco bien a ese loco.

-¡Oh!, se interesa por mí: estoy segura de ello.

-¿Nada más que eso? ¡Se interesa!

-Padece mucho al verme así -exclamó Clara con dolor.

-¡Oh! Las tres pécoras de esta casa me la han de pagar. ¿Pero es cierto que te mortifican?

-¡Oh!, me consumo -dijo Clara, sin poder contener una triste franqueza.

-¡Malditas! ¿Pero ese hombre, qué hace?

-Hará mucho, hará lo que pueda. Es pobre...

-¡Pobre! -dijo él muy pensativo-. ¿Y qué esperas de una persona que sólo podrá hacerte más infeliz? ¡Oh, juro que si ese joven no te corresponde, me la ha de pagar!

Bozmediano se levantó. En aquel momento la palidez de Clara aumentó súbitamente porque creyó que sentía abrir la puerta de la escalera; pero Claudio la tranquilizó diciéndole que se equivocaba.

«No temas nada -dijo prestando atención-: nadie puede venir».

-¿Pero a qué está usted aquí más tiempo? -dijo ella, repuesta del susto-. ¿No le he dicho ya lo que quería saber?

-Sí, y me voy. Ahora sí, me voy; pero es para volver.

-¿Otra vez?

-Sí: insisto en creer que no hay para ti más esperanza que yo. El marcharme ahora no quiere decir que te abandone, no. Me voy para ocuparme de ustedes; yo me enteraré de lo que vale ese muchacho. Si no es digno de ti...

En este momento una voz apagada, trémula y conmovida pronunció distintamente en el corredor la palabra «Clara».

La joven se quedó petrificada de espanto, y la mirada que dirigió a Bozmediano hizo comprender a este cuánto la había comprometido. El galán creyó que el mejor partido que podía tomar era marcharse muy quedo, seguro de que la persona que había dicho «Clara», con voz que no conoció no podía haberle sentido. Hizo señas a la huérfana de que callara, y se dirigió rápidamente, y con mucha cautela, a la puerta por donde había entrado. La joven no se movía, y sólo en sus facciones se podía conocer su gran turbación.

Bozmediano salió. La voz dijo más fuertemente: «Clara, Clara, abre». Era la voz de Lázaro. Él sintió desde fuera que había un hombre en el cuarto; sintió sus pasos al huir. Después oyó en lo más interior de la casa ruido como de un mueble que cae, y corrió allá frenético de indignación y sobresalto. Entró en el comedor, luego en un pequeño pasillo que daba a un patio, subió la escalera que conducía al piso segundo y a la buhardilla; pero al llegar arriba, ya Bozmediano había desaparecido, y sólo pudo ver un bulto que se ocultaba, cerrando vivamente una puerta desconocida. También le pareció ver la figura diabólica del abate en el momento brevísimo en que la puerta estuvo abierta.

«¡Bandidos!» gritó con voz terrible.

Nunca había sentido impresión tan fuerte. Trató de derribar aquella puerta misteriosa; pero manos muy fuertes lo impedían de la otra parte. Bajó como un loco, volvió al comedor, entró en la alcoba de la devota por donde mismo había entrado Bozmediano, y pasó al cuarto donde estaba Clara. Encontrola temblando, con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando le vio entrar, la infeliz dijo, casi sin poder articular las palabras:

«¡Ah! Lázaro, Lázaro, oye... te diré, espera».

Pero la voz se le anudó en la garganta, y no pudo hacer otra cosa que llorar como un niño.

«¿Qué me vas a decir? Calla -exclamó Lázaro con voz colérica-. Calla, y no hables más delante de gentes. ¿Aquí quién estaba...? ¡Ese militar...! ¿Pero es cierto lo que dicen...? Yo no lo había querido creer, aunque lo creían todos. Clara, Clara, ¿qué ha sido de ti, qué has hecho? ¡Yo no lo quería creer! Si todos los santos del cielo me lo hubieran jurado hace un mes, les hubiera dicho que mentían. Pero ya lo he visto, ya lo he visto».

La huérfana lloraba como si fuera culpable... Por fin pudo decir:

«Por Dios, escúchame. Yo te contaré».

-¿Qué me vas a contar? -dijo él más colérico-. Pero si voy a matar a ese hombre... ¡Oh! Clara -añadió transformando su ira en intenso dolor-. ¿Cómo has podido tú...? Yo estoy loco, sin duda. Lo que he visto es una locura.

-No... yo te explicaré -le dijo ella recobrando su valor-. Ese hombre, yo no le conozco... Un día entró en casa... me dijo...

-No me hables, no me mires... Todo lo he sabido. ¿Por qué mi tío te puso en esta casa? ¿Qué hiciste allá? ¿Por qué estas señoras te tienen encerrada y sin ver a nadie? ¿Qué has hecho? No te puedes disculpar, no. Soy un necio si hago caso de las disculpas que me vas a dar. Bastantes pruebas he tenido. ¡Y fui tan ciego que nada quise creer!... Nada más debo decirte... ¿Por qué te he conocido? Mía es la culpa; no tengo derecho para acusarte. Eres libre. Adiós.

Y salió muy a prisa sin esperar respuesta. Salió como un demente, y dio muchas vueltas por la casa sin saber a dónde iba. Si en aquel momento se le hubiera presentado su tío, reprendiéndole con su impertinencia acostumbrada, Lázaro le hubiera atropellado, le hubiera maltratado, hiriéndole tal vez. Al fin llegó a la puerta, trató de recobrar su serenidad, abrió y bajó. Una vez en la calle, sintió el corazón tan oprimido, que le fue imposible dejar de llorar.

Pero no le faltó calma hasta el punto de olvidar que las viejas le esperaban, y que su ausencia podía aumentar la gravedad de aquella aventura. Dirigiose a la calle de San Mateo, procurando por el camino dominar su agitación y disimular todo lo posible. Después de atravesar varias calles sin acertar con lo que buscaba, llegó a la casa de los Entrambasaguas. Felizmente aún duraba la procesión. Entró en la casa, subió y halló a Salomé en extremo impaciente, mientras María de la Paz se hallaba en un estado de irascibilidad terrible.

«Ha tardado usted más de una hora: ¿dónde ha ido usted?» exclamó mirando al joven con recelo.

-Señora... señora... -dijo Lázaro balbuciente-: no he podido... Se ha agolpado la gente en la calle... y me he encontrado entre la multitud sin poder volver. Después una mujer cogió el ridículo y echó a correr por esas calles. Ya se ve: tuve que seguir tras ella, y casi no la alcanzo.

-Vamos, caballerito... Si ha estado despejada la calle desde hace una hora.

Salomé se apoderó de la prenda que creía perdida y registró a ver si faltaba algo.

«Sin duda se ha ido a perorar a algún club» dijo cuando vio que nada faltaba y que le era imposible reprender a Lázaro por otro motivo.

-¡Hombre, hombre! -dijo Entrambasaguas-: ¿también tú charlas en los clubes? Eso es una iniquidad: mira que te condenas.

La devota no dijo nada: pudo su admirable instinto, que recientemente había adquirido extraordinaria fuerza, comprender que a Lázaro le había pasado algo durante su ausencia. No llegó a sospechar lo que fue, ni dónde fue; pero pensó mucho en aquello, mientras las últimas figuras de la procesión desfilaron por la calle.

«¡Ay!, vámonos que es tarde» exclamó María de la Paz.

-¿Ya se van ustedes? -dijo el clérigo, que no veía la hora de que se marcharan, porque desde la cocina llegaban a sus narices los olores de la olla de carnero que estaban preparando.

-Mi señor don Silvestre -dijo Paz-, no podemos detenernos, porque ahora no somos libres. Nos hemos echado encima una carga muy pesada: la tutela y educación de una joven que nos dará muchos disgustos.

-¿Qué es eso?

-Es una joven desamparada -continuó Paz-, que estaba en casa de un amigo nuestro, soltero grave, el cual no podía sufrir sus travesuras. Parece que ella es algo levantada de cascos; y viendo que no la podía sujetar, nos la entregó para que la corrigiéramos... Todo por amor de Dios.

-¿Y les da a ustedes disgustos? -preguntó con oficiosidad la hermana de don Silvestre Entrambasaguas.

-Todavía -contestó Paz-, la verdad sea dicha, no se ha portado mal; pero yo nunca me equivoco, y cuando a mí se me fija una persona aquí... (y señaló la frente) y aquella me parece que es una buena pieza.

Lázaro oyó esta apología de su infeliz amiga con toda la atención de que era capaz. Pero no se agitó más de lo que estaba, porque era imposible.

«¿Qué tienes, Paula?» dijo Paz a la devota, que estaba muy pálida y con muestras muy claras de no encontrarse bien.

En efecto: todos la miraron, y notaron en ella las señales de un malestar creciente. Tenía los ojos encendidos y el aliento penoso.

«Nada» dijo la devota, queriendo animarse.

-Sin duda se ha constipado en el balcón.

-Sí: corre esta tarde un airecillo, que ya, ya... -indicó el clérigo-; conque váyase usted a su casa, y abrígandose bien...

-Eso no será nada -dijo doña Petronila Entrambasaguas, que estaba muy impaciente porque ciertos olores, venidos en mensaje de la cocina, le anunciaban que el carnero se estaba quemando a toda prisa.

Las damas se dirigieron a la puerta. El clérigo se dio un golpe en la frente como quien recuerda una cosa importante, y dijo a doña Paulita:

«¡Ah!, señora mía, si tuviera usted la bondad de hacerme un favor...».

-¿Qué, señor don Silvestre?

-Que se dignara usted repasar un sermón que he escrito y voy a predicar en San Antonio el 17 de Enero. Usted que es gran teóloga y muchas veces me ha dado su opinión sobre otros grandes sermones míos, deseo que vea ahora este.

-Yo no entiendo de eso -replicó la santa con repugnancia.

-Sí entiende -dijo Paz complacida.

-¡Qué modestia! -exclamó Entrambasaguas-. La santidad unida al talento. Pero yo sé, aunque usted quiera ocultarlo, que es una gran teóloga. Si a veces la he estado oyendo con la boca abierta, como si oyera a todos los padres de la Iglesia...

-Deje usted eso -murmuró la devota con visible disgusto-. Yo no entiendo de esas cosas.

-Es sobre el tema de la tentación quinta de San Antón. Bien sabe usted aquello, cuando el demonio se le presentó en figura de... de muchacha, pues...

Y corrió presuroso a su gaveta, cogió un legajo y se lo entregó a doña Paulita, que lo tomó del peor humor del mundo. Cayósele de la mano, recogiolo con presteza el predicador, y se lo volvió a dar, diciéndole:

«¿Pero está usted mala de veras? Veo que no puede usted tenerse en pie. Le tengo dicho que es bueno hasta cierto punto el ayuno, y nada más... y usted siempre en sus trece...».

-Esta niña, con sus ayunos y sus penitencias... -dijo María de la Paz.

-¿Quiere usted una taza de caldo? -preguntó el clérigo; y se interrumpió antes de concluir, porque su hermana, con tanta presteza como disimulo, le tiró del manteo, indicándole la indiscreción de la oferta que acababa de hacer.

-Gracias, no es preciso: esto no es nada.

-Recójase usted temprano -dijo la gorda-. No le conviene a usted tomar ahora caldo ni cosa ninguna. A casa -y poniéndole la mano en la frente, continuó-: Tiene usted mucha fiebre: a casa pronto.

La comitiva salió. El clérigo cogió el velón en sus robustas manos, y alumbró la escalera. Cuando ya estaban abajo, Entrambasaguas gritó desde arriba:

«Fíjese usted, señora doña Paula, en aquel pasaje que dice: 'Cuando en diluvio de soles con corpulenta, corpórea efigie al mundo vino...'. Por aquello de corpus corporum in corpore uno... Fíjese usted bien en este pasaje, que tengo algunas dudas sobre si...».

Doña Paulita no contestó ni miró siquiera al ramplón Gerundiano. Salieron a la calle, y Lázaro estaba tan enfrascado en sus pensamientos, que empezó a andar, dejando atrás a las dos señoras.

«¡Eh, caballerito! -dijo Salomé, que estaba muy biliosa aquella tarde-, ¿qué manera de portarse es esa? ¿Nos deja solas en medio de la calle?».

-¡Oh!, qué caballero tan cumplido hemos traído -dijo Paz, cuyo temperamento sanguíneo tenía aquella tarde, sin causa conocida, una irritabilidad inusitada.

Lázaro retrocedió y moderó el paso.

«Y bien podría usted -añadió la dama- portarse mejor delante de las personas extrañas. Ni siquiera ha saludado usted a aquellas... gentes (Paz usaba esta denominación general y vaga para designar a todas las personas que por su progenie estaban un escalón más bajo que ella en la jerarquía social.) ¡Qué dirán de nosotras! ¡Ah! Paulita, no puedes andar. Vamos, don Lázaro, dé usted el brazo a mi sobrina. Apóyate en don Lázaro, Paula, que estás muy mala. ¡Ah! Triste cosa es llevar por acompañante a un caballerito como este».

El aragonés balbució algunas excusas, y dio el brazo a doña Paulita. Andando, sintió que la devota pesaba en su brazo como si fuera de plomo. Iba muy arrebujada en su mantón y caminaba con dificultad.

«Va usted muy a prisa», dijo, pesando más fuertemente en el brazo del joven.

Lázaro moderó el paso.

«Ande usted un poco más» dijo después, aligerándose de peso, hasta el punto de que él se sintió arrastrado.

Lázaro avivó el paso.

«¡Qué noche tan clara!» exclamó ella deteniéndose y mirando al cielo.

Lázaro se detuvo y miró al cielo. Las otras dos marchaban detrás a alguna distancia.

«Nunca he visto una noche así. Nunca he visto las estrellas brillar de ese modo, ni moverse así... con esa vibración que parece que están hablando».

-¡Hablando! -dijo Lázaro muy sorprendido del símil de la santa.

-¿Usted extraña eso? -dijo ella, mirándole con tal fijeza e intensidad, que el mancebo creyó que dos estrellas habían bajado a esconderse en los ojos de Paulita.

-Sí: ¿no le parece a usted...?

-Señora, yo las veo; pero...

-Pues a mí me parece que las oigo.

En esto se cayó al suelo, desprendido de las manos de la dama, el manuscrito de Silvestre Entrambasaguas.

«Señora -dijo el joven, inclinándose para recogerlo-, observe usted que se ha caído ese sermón».

-Déjelo usted -exclamó ella con mucha viveza; y tirándole del brazo para impedirle que recogiera el manuscrito, avivó después el paso.

-No hay duda -dijo Lázaro para sí-. Esta mujer tiene mucha fiebre; ya empieza a delirar.

Y entonces la mujer mística andaba tan a prisa, que bien pronto alcanzaron a las dos ruinas mayores. Mas pronto hubo de moderarse su ímpetu, y tan despacio iba, que tardó mucho para avanzar veinte pasos. Cada vez pesaba más la teóloga en el brazo del estudiante: al llegar a la casa, la enferma no podía ya dar un paso, y Lázaro le rodeó con su brazo la cintura para impedir que cayera. Érale imposible subir, porque la dama se inclinaba a uno y otro lado sin poderse tener. En tanto, el joven observaba que tenía demudado el semblante, cerrados los ojos, flojos y caídos los brazos; hizo un esfuerzo heroico, la cogió en sus brazos y la subió. La cabeza de la enferma descansó sobre sus hombros, y Lázaro notó que el contacto de su frente le quemaba el cuello.

«Tiene mucha fiebre» dijo, depositándola en el pasillo, porque Paz no le permitió que llegara a la alcoba. Entráronla en su cuarto las otras dos, bastante alarmadas con tan repentina desazón; pero pronto volvieron más tranquilas, y se fueron al comedor a cenar un salpicón que habían dejado preparado.

Reinaba en la casa profundo silencio. Lázaro subió escalera interior para irse a su cuarto; y al subir no pudo menos de detenerse, porque sintió una voz que le hería el corazón. Era la voz de Clara, que preguntaba o contestaba no sabemos qué cosa a la devota. El joven apresuró el paso para huir de aquella voz que no quería oír más.


La fontana de oro de Benito Pérez Galdós

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