La fontana de oro : 32

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

La fontana de oro
Capítulo XXXI
La reunión misteriosa

de Benito Pérez Galdós





Al anochecer del siguiente día salió Lázaro de su casa. Había pasado toda la mañana averiguando dónde vivía Bozmediano, y en las pocas horas que permaneció en la casa de las tres nobilísimas damas oyó decir que doña Paulita estaba muy mala, y que Clara no estaba buena. Salomé se le presentó varias veces, más impertinente que de costumbre, para recordarle que la tarde anterior no había saludado a Entrambasaguas; y María de la Paz Jesús hizo todo lo posible por encontrar pretextos para reprenderle, lo que su admirable instinto de inquisidora logró repetidas veces.

Lázaro salió, y ya entrada la noche penetraba en los solitarios barrios de la Flor Baja, donde está la habitación de los Bozmedianos.

Entró en el portal y preguntó por don Claudio. El portero, que era hombre de mal genio con los humildes, le contestó con muy desagradable talante que no estaba.

Lázaro se quedó parado un buen rato, mirando al portero, como si le pareciera inverosímil la declaración de aquella sibila con gabán galonado. Este creyó que no lo había dicho bastante claro, y repitió: «No está».

Pero el joven tenía mucho interés en ver a Bozmediano aquella noche; así es que no se dio por satisfecho y preguntó:

«¿Cuándo vendrá?».

El otro creyó que esta pregunta, hecha por un joven que no parecía ser de la primera nobleza, que no había venido en coche, que no era militar ni tenía botas a la farolé, era una pregunta muy inconveniente y falta de sentido común. Se sonrió con aire de superioridad, y metiéndose las manos en los bolsillos, dijo:

«¿Cómo quiere usted que sepa yo cuándo viene? Vendrá... cuando venga».

-Es que tengo precisión de verle esta misma noche. ¿A qué hora suele venir?

-No tiene hora fija -dijo el portero volviendo la espalda y dirigiéndose a la portería.

Después volvió y dijo:

«Si usted quiere dejarle algún recado...».

-No -repitió Lázaro-; necesito verle yo mismo.

-Pues mañana temprano... -dijo el criado en un tono que era fácil de traducir por «váyase usted».

Lázaro comprendió que era imposible sacar más partido de aquel cancerbero, y salió; pero tenía vivos deseos de ver a Bozmediano aquella misma noche. Parecíale que a cada hora que pasaba después del fatal momento en que le vio desaparecer por la buhardilla, añadía nueva intensidad a su agravio. Para él era Bozmediano entonces el ser más odioso y repugnante que había nacido. Creíale inspirado tan sólo por las ideas más bajas y groseras, y veía en él un cobarde seductor incapaz de nada generoso ni bueno. Se contemplaba como superior, muy superior a aquel hombre insidioso, y creía que sólo con verle el criminal conocería toda su bajeza. A veces le daban arrebatos de súbita cólera, tan fuerte y violenta, que a tener al militar ante sí, se lanzaría sobre él dispuesto a arrancarle por cualquier medio la vida. Con esos sentimientos, el estudiante decidió no apartarse de la casa para esperar a que entrara, si estaba fuera, o cogerle al salir, si estaba dentro. Pasó a la acera de enfrente y empezó a pasearse, resuelto a no abandonar su puesto en toda la noche, esperando con la inquebrantable paciencia que da el deseo de venganza.

Las diez serían cuando Lázaro vio que salían de la casa tres personas. Acercose con disimulo, y vio que una de ellas era Claudio. Apoyado en su brazo, y andando con lentitud, iba un anciano, que juzgó sería su padre. La otra persona era un militar; los tres hablaban con calor. Lázaro les siguió a alguna distancia, comprendiendo que no era aquella la mejor ocasión para hablar a Bozmediano; pero se decidió a seguirlos hasta ver dónde paraban. Anduvieron varias calles, y al fin llegaron a la plazuela de Afligidos; se detuvieron ante una puerta enorme, de las que en aquel antiquísimo sitio dan entrada a las vetustas casas del siglo XVII, y Bozmediano, el joven, tocó. No tardaron en abrirles, y entraron. Lázaro, que los observaba desde lejos, notó que parecían recatarse, procurando no ser vistos. El militar entró el último, después de mirar a todos los rincones de la plazuela. Bien pronto se vio luz en una de las ventanas de la casa; pero una mano cerró las maderas y no se vio más claridad.

Sin saber por qué, la imaginación del estudiante no pudo menos de atribuir a la entrada de aquellas personas en tal casa cierto misterio: se acercó, miró el número, y cuando se alejaba, dispuesto ya a retirarse, vio que venían otras dos personas embozadas hasta los ojos. Pasó junto a ellas Lázaro, fingiendo que seguía su camino, y refugiándose tras la esquina de la calle de las Negras, observó que tocaron, que les abrieron sin tardanza, y que entraron. Tal vez será casualidad -pensó el joven-; pero algo tiene de extraño la reunión de aquellas personas en el mismo sitio.

No pasaron diez minutos, cuando Lázaro vio aparecer, viniendo del Portillo de San Bernardino, a otros tres personajes, igualmente embozados; observó que se detenían para ver si los miraban, y por último, después de tocar, entraron en la casa. «Ya van ocho», dijo para sí, y esperó a ver si venía otra remesa.

Poco después uno solo, que desembocó por la calle de Osuna y marchando muy a prisa. Detrás de este aparecieron dos, que no necesitaron tocar, y, por último, llegaron uno tras otro cinco más, que entraron sucesivamente y separados.

«Sin duda hay aquí algo -dijo Lázaro-. Han entrado diez y seis. Es un club secreto, una conspiración, tal vez una logia de masones». A las once se retiró viendo que hacía una hora que no entraba nadie; pero se retiró resuelto a volver la noche siguiente para observar si aquello se repetía. Era evidente para él que allí se verificaba una reunión de personas graves, sin duda con algún fin político. Odiaba de muerte a Bozmediano, y este sentimiento le llevó a sentar el principio de que lo que allí se trataba no podía ser cosa buena.

Retirose a la calle de Válgame Dios, muy pesaroso por no haber podido tener con su enemigo la terrible entrevista que él se había imaginado.

No es descriptible la ira que de María de la Paz se había apoderado con motivo de la tardanza del joven. Baste decir, para dar una idea de la irascibilidad de la dama a quien los poetas del tiempo de Cadalso compararon con Juno, que se levantó, no diremos que en paños menores, pero sí menos pomposamente vestida, cubierta y ataviada que de ordinario, para decir al caballerito que si se figuraba que aquella casa era suya (de él), y que si tenía propósito de pasar la noche, mientras ella viviera, en los clubs y en los garitos de Madrid. Añadió que estaba cerciorada de que su conducta (la de Lázaro) no cambiaría nunca, y que era preciso desistir del empeño de hacer entrar un rayo de luz en tan obscura y desorganizada cabeza. Dijo asimismo que sólo a un exceso de su caritativa bondad (de ella), debía (él) el gran favor de ser admitido en aquella santa casa, aunque presagiaba que no estaría mucho tiempo más en ella a causa de sus maldades y abominables calaveradas... que deshonraban aquella santa casa. Y siempre con la santa casa. Así se lo dijo, y siempre con voz muy alta. El joven le contestó muy quedo:

«Señora, he tenido que hacer...».

Pero ella no le dejó concluir, y dando gritos exclamó:

«No alce usted la voz, caballerito. ¿A qué grita usted de ese modo? Está mi sobrina muy mala, y viene usted a incomodarla. Si no ha venido aquí más que para incomodar...».

-¿Que está muy mala doña Paulita? -dijo con voz casi imperceptible el muchacho.

-Sí, señor; y usted, con esas voces, no la deja reposar.

-Pero si yo no he alzado la voz...

-Calle usted, señor don Lázaro, calle usted, y no me desmienta.

En esta disputa estaban cuando Salomé apareció, diciendo:

«¡Por Dios, que está Paula con el recargo, y con este ruido se va a agravar!».

-Este caballerito da unos gritos... -dijo Paz, alzando mucho la voz-. ¿Ves? Ha venido a las doce. ¿Qué te parece, Salomé? Habrá estado en algún club de gente perdida. ¡Bonita alhaja hemos metido en casa! ¿Y dice usted, caballerito, que ha tenido que hacer?

-Sí, señora: he tenido cierto negocio -contestó Lázaro un poco amostazado con las impertinencias de las dos viejas...

-¡Buenos negocios serán esos! -indicó Salomé-. Pero a ver si baja la voz, que mi prima no puede sufrir esos gritos. Apenas entró usted... yo no sé como pudo sentirle. Lo cierto es que le sintió entrar, le conoció en los pasos, despertó con mucho sobresalto, y cuando escuchó su voz se incorporó en el lecho con mucha agitación, manifestando que le molestaba mucho su voz. Con que calle usted, y procure no hacer ruido con esos taconazos... Vamos, ya puede usted retirarse...

-Señoras, buenas noches.

Aún no había dado un paso, cuando Clara apareció muy alterada, diciendo:

«Señoras, vengan ustedes, que se quiere salir de la cama... No la puedo sujetar. En cuanto sintió esta conversación, se levantó muy a prisa, diciendo que venía acá».

-¡Ah! Vamos a ver -dijo Paz, entrando en la habitación.

-Empieza a delirar -dijo Salomé, entrando también con Clara.

Lázaro subió pensando en aquel nuevo misterio de la mujer santa.


La fontana de oro de Benito Pérez Galdós

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII - XXXVIII - XXXIX - XL - XLI - XLII - XLIII