La gaviota (Caballero): 12

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Capítulo X
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La gaviota (Caballero) Fernán Caballero


Marisalada estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubiera querido recompensar el acertado método curativo de Stein y el caritativo esmero de la buena tía María.

Habíase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos en una castaña, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se había encargado de su tocado.

Un día en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba al patio grande, donde a la sazón se hallaban los niños jugando con Marisalada, oyó que esta se puso a imitar el canto de diversos pájaros con tan rara perfección, que aquel suspendió su lectura para admirar una habilidad tan extraordinaria. Poco después, los muchachos entablaron uno de esos juegos tan comunes en España, en que se canta al mismo tiempo. Marisalada hacía el papel de madre; Pepa, el de un caballero que venía a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballero quiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este diálogo se compone de copias cantadas en una tonada cuya melodía es sumamente agradable.

El libro se cayó de las manos de Stein, que como buen alemán tenía gran afición a la música. Jamás había llegado a sus oídos una voz tan hermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexible como la seda. Apenas se atrevía a respirar Stein, temeroso de perder la menor nota.

-Se quisiera usted volver todo orejas -dijo la tía María, que había entrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver-. ¿No le he dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.

Y con esto se salió al patio y dijo a Marisalada que cantase una canción.

Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.

En este momento entró Momo mal engestado, precedido de Golondrina cargada de picón.

Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.

-¡El rey Melchor! -gritó al verlo Marisalada.

-¡El rey Melchor! -repitieron los niños.

-Si yo no tuviera más que hacer -respondió Momo rabioso- que cantar y brincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies a cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no me mortificarás las orejas.

La respuesta de Marisalada fue entonar a trapo tendido una canción.

El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras ya tristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda como difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el romance. La tonada del romance es monótona y no nos atrevemos a asegurar que puesta en música, pudiese satisfacer a los dilettanti, ni a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir encanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera con que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente, bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a esas gentes, y de entre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección: parécenos que los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída de la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólo podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de los postillones, cuando tan melancólicamente vibran suavemente repetidos por los ecos, entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellos deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres a hijos, como una tradición de melodía, ha sido más estable sobre sus pocas notas confiadas al oído, que las grandezas de España, apoyadas con cañones y sostenidas por las minas del Perú.

Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.

María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí con toda su sencillez y energía popular.


Estando un caballerito
En la isla de León,
se enamoró de una dama
y ella le correspondió.
Que con el aretín, que con el aretón.

-Señor, quédese una noche,
quédese una noche o dos,
que mi marido está fuera por esos montes de Dios.
Que con el aretín, que con el aretón.

Estándola enamorando,
el marido que llegó:
-Ábreme la puerta, cielo,
ábreme la puerta, sol.
Que con el aretín, que con el aretón.

Ha bajado la escalera
quebradita de color.
-¿Has tenido calentura?
¿O has tenido nuevo amor?
Que con el aretín, que con el aretón.

-Ni he tenido calentura
ni he tenido nuevo amor.
Me se ha perdido la llave
de tu rico tocador.
Que con el aretín, que con el aretón.

-Si las tuyas son de acero,
de oro las tengo yo.
¿De quién es aquel caballo
que en la cuadra relinchó?
Que con el aretín, que con el aretón.

-Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
porque vayas a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.

-Viva tu padre mil años,
que caballos tengo yo.
¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó?
Que con el aretín, que con el aretón.

-Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
para llevarte a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.

-Viva tu padre mil años,
que trabucos tengo yo.
¿Quién ha sido el atrevido
que en mi casa se acostó?
Que con el aretín, que con el aretón.

-Es una hermanita mía,
que mi padre la mandó
para llevarme a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.

La ha agarrado de la mano,
al padre se la llevó:
toma allá, padre, tu hija,
que me ha jugado traición.
Que con el aretín, que con el aretón.

-Llévatela tú, mi yerno,
que la iglesia te la dio;
la ha agarrado de la mano,
al campo se la llevó.
Que con el aretín, que con el aretón.

Le tiró tres puñaladas
y allí muerta la dejó,
la dama murió a la una,
y el galán murió a las dos.
Que con el aretín, que con el aretón.


Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomó la flauta y repitió nota por nota la canción de Marisalada. Entonces fue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todas partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco, tan exacto y tan fiel.

-No es eco -clamaron las niñas-; es don Federico que está soplando en una caña agujereada.

María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se puso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo hacia adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.

Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, con respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayor extrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Stein que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para inducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón, nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buena anciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar el genio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a señá Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que era dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra en labores de mano.

Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de Marisalada que se prestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verla todos los días y divertirla con la flauta.

Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música, despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y la habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.

Cuando llegó a noticia de Momo que Marisalada iba a ponerse bajo la tutela de Rosa Mística, para aprender allí a coser, barrer y guisar, y sobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien la había decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que don Federico le había contado de allá en su tierra, que había ciertos hombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas del pueblo, cuando se ponían a tocar un pito.

Desde la muerte de su madre, señá Rosa había establecido una escuela de niñas, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en las ciudades, el más a la moda, de academia. Asisten a ella las niñas en los pueblos, desde por la mañana hasta mediodía, y sólo se enseña la doctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer, escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no pueden crear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos de educación cual corresponde a la mujer emancipada. Pero en cambio suelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres de familia, lo cual vale algo más.

Una vez restablecida la enferma, Stein exigió de su padre que la confiase por algún tiempo a la buena mujer que debía suplir con aquella indómita criatura a la madre que había perdido y adoctrinarla en las obligaciones propias de su sexo.

Cuando se propuso a señá Rosa que admitiese en su casa a la bravía hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa, como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acabó por ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podría tener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstancias todas las personas religiosas, para las cuales la obligación no es cosa convencional, sino una línea recta trazada con mano firme.

No es ponderable lo que padeció la infeliz mujer, mientras estuvo a su cargo Marisalada. Por parte de esta no cesaron las burlas ni las rebeldías, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y las exhortaciones sin fruto.

Dos ocurrencias agotaron la paciencia de señá Rosa, con tanta más razón, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamente adquirida.

Marisalada había logrado formar una especie de conspiración en las filas del batallón que señá Rosa capitaneaba. Esta conspiración llegó por fin a estallar un día, tímida y vacilante a los principios, mas después osada y con el cuello erguido; y fue en los términos siguientes:

-No me gustan las rosas de a libra -dijo de repente Marisalada.

-¡Silencio! -mandó la maestra, cuya severa disciplina no permitía que se hablase en las horas de clase.

Se restableció el silencio.

Cinco minutos después, se oyó una voz muy aguda, y no poco insolente, que decía:

-No me gustan las rosas lunarias.

-Nadie te lo pregunta -dijo señá Rosa, creyendo que esta intempestiva declaración había sido provocada por la de Marisalada.

Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el dedal que se le había caído:

-A mí no me gustan las rosas blancas.

-¿Qué significa esto? -gritó entonces Rosa Mística, cuyo ojillo negro brillaba como un fanal-. ¿Se están ustedes burlando de mí?

-No me gustan las rosas del pitiminí -dijo una de las más chicas, ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.

-Ni a mí las rosas de Pasión.

-Ni a mí las rosas de Jericó.

-Ni a mí las rosas amarillas.

La voz clara y fuerte de Marisalada oscureció todas las otras gritando:

-A las rosas secas no las puedo ver.

-A las rosas secas -exclamaron en coro todas las muchachas- no las puedo ver.

Rosa Mística, que al principio había quedado atónita, viendo tanta insolencia, se levantó, corrió a la cocina y volvió armada de una escoba.

Al verla, todas las muchachas huyeron como una bandada de pájaros. Rosa Mística quedó sola, dejó caer la escoba y se cruzó de brazos.

-¡Paciencia, Señor! -exclamó, después de haber hecho lo posible por serenarse-. Sobrellevaba con resignación mi apodo, como tú cargaste con la cruz; pero todavía me faltaba esta corona de espinas. ¡Hágase tu santa voluntad!

Quizá se habría prestado a perdonar a Marisalada en esta ocasión, si no se hubiera presentado muy en breve otra, que la obligó por fin a tomar la resolución de despedirla de una vez. Fue el caso que el hijo del barbero, Ramón Pérez, gran tocador de guitarra, venía todas las noches a tocar y cantar coplas amorosas bajo las ventanas severamente cerradas de la beata.

-Don Modesto -dijo esta un día a su huésped-, cuando usted oiga de noche a este ave nocturna de Ramón desollarnos las orejas con su canto, hágame usted favor de salir y decirle que se vaya con la música a otra parte.

-Pero Rosita -contestó don Modesto-, ¿quiere usted que me indisponga con ese muchacho, cuando su padre (Dios se lo pague) me está afeitando de balde desde el día de mi llegada a Villamar? Y vea usted lo que es: a mí me gusta oírle, porque no puede negarse que canta y toca la guitarra con mucho primor.

-Buen provecho le haga a usted -dijo señá Rosa-. Puede ser que tenga usted los oídos a prueba de bomba. Pero si a usted le gusta, a mí no. Eso de venir a cantar a las rejas de una mujer honrada, ni le hace favor ni viene a qué.

La fisonomía de don Modesto expresó una respuesta muda, dividida en tres partes. En primer lugar, la extrañeza, que parecía decir: ¡Qué! ¡Ramón galantea a mi patrona! En segundo lugar, la duda, como si dijera: ¿será posible? En tercer lugar, la certeza, concretada en estas frases: ¡ciertos son los toros! Ramón es un atrevido.

Después de pensarlo, continuó señá Rosa:

-Usted podría resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Más vale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra, que si se quiere divertir, que compre una mona.

Al sonar las doce de la noche, se oyó el rasgueo de una guitarra y en seguida una voz que cantaba:

¡Vale más lo moreno
de mi morena,
que toda la blancura
de una azucena!


-¡Qué tonterías! -exclamó Rosa Mística, levantándose de la cama-. ¡Qué larga será la cuenta que haya de dar a Dios de tanta palabra vana!

La voz prosiguió cantando:

Niña, cuando vas a misa,
la iglesia se resplandece.
La hierba seca que pisas,
al verte, se reverdece.


-¡Dios nos asista! -exclamó Rosa Mística, poniéndose las terceras enaguas-; también saca a colación la misa en sus coplas profanas; y los que lo oigan, como saben que soy dada a las cosas de Dios, dirán que lo canta por lavarme la cara. ¿Si pensará ese barbilampiño burlarse de mí? ¡No faltara más!

Rosa llegó a la sala, y ¡cuál no se quedaría al ver a Marisalada asomada al postigo y oyendo al cantor con toda la atención de que era capaz! Entonces se persignó, exclamando:

-¡Y todavía no ha cumplido trece años! ¡Sobre que ya no hay niñas!

Tomó a Marisalada por el brazo, la apartó de la ventana, y se colocó en ella a tiempo que Ramón, dándole de firme a la guitarra, entonaba, desgañitándose, esta copla:

Asómate a esa ventana,
esos bellos ojos abre;
nos alumbrarás con ellos,
porque está oscura la calle.


Y siguió más violento y desatinado que nunca el rasgueo.

-¡Yo seré quien te alumbraré con un blandón del infierno -gritó con agria y colérica voz Rosa Mística-: libertino, profanador, cantor sempiterno e insufrible!

Ramón Pérez, vuelto en sí de la primera sorpresa, echó a correr más ligero que un gamo, sin volver la cara atrás.

Este fue el golpe decisivo. Marisalada fue despedida de una vez, a pesar del empeño que hizo tímidamente don Modesto en su favor.

-Don Modesto -respondió Rosita-, dice el refrán: cargos son cargos; y mientras esta descaradota esté al mío, tengo que dar cuenta de sus acciones a Dios y a los hombres. Pues bien, cada cual tiene bastante con responder de lo suyo, sin necesidad de cargar con pecados ajenos. Además de que, usted lo está viendo, es una criatura que no se puede meter por vereda; por más que se la inclina a la derecha, siempre ha de tirar a la izquierda.


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