La gaviota (Caballero): 30

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar
Capítulo XXVIII
Pág. 30 de 33
La gaviota (Caballero) Fernán Caballero


El día siguiente al de los sucesos referidos en el capítulo que precede, el duque estaba sentado en su librería enfrente de su carpeta. Tenía en la mano la pluma inmóvil y derecha, semejante a un soldado de ordenanza que no aguarda más que una orden para ponerse en movimiento.

Abrióse lentamente la puerta, por la que se vio aparecer la hermosa cabeza de un niño de seis años, casi sumergida en una profusión de rizos negros.

-Papá Carlos -dijo-, ¿estáis solo? ¿Puedo entrar?

-¿Desde cuándo, ángel mío -respondió el padre-, necesitas tú licencia para entrar en mi cuarto?

-Desde que no me queréis tanto como antes -respondió el niño apoyándose en las rodillas de su padre-. Y eso que soy bueno: estudio bien con don Federico, como me lo habéis mandado, y en prueba de ello voy a hablar en alemán.

-¿De veras? -dijo el duque tomando a su hijo en brazos.

-De veras; escucha, Gott segne meinen guten Vater que quiere decir: Dios bendiga a mi buen padre.

El duque estrechó entre sus brazos a la hermosa criatura, la cual poniendo sus manecitas en los hombros de su padre y echándose atrás añadió:

-Und meine liebe mutter, que quiere decir: y a mi querida madre. Ahora, dadme un beso -prosiguió el niño echándose al cuello del duque.

-Pero -dijo de repente- se me olvidaba que traigo un recado de don Federico.

-¿De don Federico? -preguntó el duque con extrañeza.

-Dice que quisiera hablaros.

-Que entre, que entre. Ve a decírselo, hijo mío. Su tiempo es precioso y no debe perderlo.

El duque guardó el papel en que había trazado algunos renglones y Stein entró.

-Señor duque -le dijo-, voy a causaros una gran sorpresa, porque vengo a tomar vuestras órdenes, a daros gracias por tantas bondades y a anunciaros mi inmediata partida.

-¡Partir! -exclamó el duque, con la expresión de la más viva sorpresa.

-Sí, señor, sin demora.

-¿Sin demora? ¿Y María?

-María no viene conmigo.

-Vamos, don Federico, os chanceáis. No puede ser.

-Lo que no puede ser, señor duque, es que yo permanezca aquí.

-¿La razón?

-¡Ah!, no me la preguntéis, porque no puedo decirla.

-No puedo concebir una sola -dijo el duque- que sea bastante a justificar semejante locura.

-Bien imperiosa debe de ser -respondió Stein- la que me pone en el caso de tomar este partido extremo.

-Pero... amigo Stein, ¿qué razón es esa?

-Debo callarla, señor.

-¿Qué debéis callarla? -exclamó el duque, cada vez más atónito.

-Así lo creo -dijo Stein-; y este deber me priva del único consuelo que me quedaba, el de poder desahogar mi corazón en el del noble y generoso mortal que me abrió su manos poderosas y se dignó llamarme su amigo.

-¿Y adónde vais?

-A América.

-Eso es imposible, Stein; lo repito, ¡es imposible! -exclamó el duque, levantándose en un estado de agitación que crecía por momentos-. Nada puede haber en el mundo que os obligue a abandonar vuestra mujer, a separaros de vuestros amigos, a desertar de vuestro empleo y a dejar plantada vuestra clientela, como podría hacerlo un tarambana. ¿Tenéis ambición? ¿Os han prometido mayores ventajas en América?

Stein sonrió amargamente.

-¡Ventajas, señor duque! ¿No ha sobrepujado la fortuna todas las esperanzas que pudo haber soñado vuestro pobre compañero de viaje?

-Me confundís -dijo el duque-. ¿Es capricho? ¿Es un rapto de locura?

Stein callaba.

-De todos modos -añadió el duque-, es una ingratitud.

Al oír esta palabra cruel y tierna al mismo tiempo, Stein se cubrió el rostro con las manos y su dolor largo rato comprimido estalló en hondos sollozos.

El duque se acercó a él, le tomó la mano y le dijo:

-No hay indiscreción en desahogar sus penas en el corazón de un amigo, ni puede existir deber alguno que prohíba a un hombre recibir los consejos de las personas que se interesan en su bienestar, particularmente en las circunstancias graves de la vida. Hablad, Stein. Abridme vuestro corazón. Estáis harto agitado para obrar a sangre fría; vuestra razón está demasiado ofuscada para poder aconsejar cuerdamente. Sentémonos en este diván. Abandonaos a mis consejos en una circunstancia que parece de trascendencia, como yo me abandonaría a los vuestros, si me hallara en el mismo caso.

Stein se dio por vencido; sentóse cerca del duque y los dos quedaron por algún tiempo en silencio. Stein parecía ocupado en buscar el modo de hacer la declaración que exigía la amistad del duque. Por fin, levantando pausadamente la cabeza.

-Señor duque -le dijo-, ¿qué haríais si la señora duquesa os prefiriese a otro hombre?..., ¿si os fuera infiel?

El duque se puso en pie de un salto, erguida la frente y mirando severamente a su interlocutor.

-Señor doctor, esa pregunta...

-Respondedme, respondedme -dijo Stein, cruzando las manos en actitud de un hombre profundamente angustiado.

-¡Por Cristo Santo! -dijo el duque-, ¡ambos morirían a mis manos!

Stein bajó la cabeza.

-Yo no los mataré -dijo-; ¡pero me dejaré morir!

El duque empezó entonces a columbrar la verdad, y un temblor que no pudo contener recorrió sus miembros.

-¡María!... -exclamó al fin.

-María -respondió Stein sin levantar la frente, como si la infamia de su mujer fuese un peso que se la oprimiera.

-¡Y la habéis sorprendido! -dijo el duque, pudiendo apenas pronunciar estas palabras, con una voz que la indignación ahogaba.

-En una verdadera orgía -respondió Stein-, tan licenciosa como grosera, en que el vino y el tabaco servían de perfume y en que el torero Pepe Vera se jactaba de ser su amante. ¡Ah María, María! -prosiguió, cubriéndose el rostro con las manos.

El duque, que como todos los hombres serenos tenía un gran imperio sobre sí mismo, dio algunas vueltas por el aposento. Parándose después delante de su pobre amigo, le dijo:

-Partid, Stein.

Stein se levantó, apretó entre sus manos las del duque; ¡quiso hablar, y no pudo!

El duque le abrió sus brazos.

-Valor, Stein -le dijo-; y hasta la vista.

-¡Adiós, y... para siempre! -murmuró Stein, arrojándose fuera del cuarto.

Cuando el duque estuvo solo, se paseó largo rato. A medida que se calmaba la agitación producida por la terrible sorpresa que se había apoderado de su alma al oír la revelación de Stein, se iba asomando a sus labios la sonrisa del desprecio. El duque no era uno de esos hombres de torpes inclinaciones, estragados y vulgares, para los cuales los desórdenes de la mujer, lejos de ser motivo de desvío y repugnancia, sirven de estimulante a sus toscos apetitos. En su temple elevado, altivo, recto y noble, no podían albergarse juntos el amor y el desprecio; los sentimientos más delicados, al lado de los más abyectos.

El desprecio iba, pues, sofocando en su corazón todo afecto, como la nieve apaga la llama del holocausto en el altar en que arde. Ya no existía para él la mujer a quien había cantado en sus versos y que en sus sueños le había seducido.

« ¡Y yo -decía-, yo que la adoraba como se adora a un ser ideal; que la honraba como se honra a la virtud; que la respetaba como debe respetarse a la mujer de un amigo!... ¡Y yo, que enteramente absorto en ella, me alejaba de la noble mujer, que fue mi primero, mi único amor!... ¡La casta, la pura madre de mis hijos! ¡Mi Leonor, que todo lo ha sobrellevado en silencio y sin quejarse!»

Por un movimiento repentino, y cediendo al influjo poderoso de sus últimas reflexiones, el duque salió de su gabinete y se encaminó a las habitaciones de su mujer. Entró en ellas por una puerta secreta. Al aproximarse a la pieza en que la duquesa solía a pasar el día, oyó hablar y pronunciar su nombre. Entonces se detuvo.

-¿Conque se ha hecho invisible el duque? -decía una voz agridulce-. Hace quince días que he llegado a Madrid y no sólo no se ha dignado venir a verme mi querido sobrino, sino que no le he visto en ninguna parte.

-Tía -respondió la duquesa-, puede ser que no sepa vuestra llegada.

-¡No saber que la marquesa de Gutibamba ha llegado a Madrid! No es posible, sobrina. Sería la única persona de la corte que lo ignorase. Además, me parece que has tenido sobrado tiempo para decírselo.

-Es verdad, tía; soy culpable de ese olvido.

-Pero no hay que extrañarlo -continuó la voz agridulce-. ¿Cómo ha de gustar de mi sociedad, ni de las personas de su clase, cuando todo el mundo dice que no trata más que con cómicas?

-Es falso -respondió con sequedad la duquesa.

-0 eres ciega -dijo la marquesa exasperada- o eres consentidora.

-Lo que no consentiré jamás -dijo la duquesa-, es que la calumnia venga a hostilizar a mi marido aquí, en su misma casa y a los oídos de su mujer.

-Mejor harías -continuó la voz- perdiendo mucho en lo dulce y ganando mucho en lo agrio, en impedir que tu marido diese lugar a lo mucho que se habla en Madrid sobre su conducta, que en defenderlo, alejando de aquí a todos tus amigos, con esas asperezas y repulsivas sentencias que sin duda tienes prevenidas por orden de tu confesor.

-Tía -respondió la duquesa-, mejor haríais en consultar al vuestro, sobre el lenguaje que ha de usarse con una mujer casada, sobrina vuestra.

-Bien está -dijo la Gutibamba-; tu carácter austero, reservado y metido en ti, te priva ya del corazón de tu marido y acabará por alejar de ti a todos tus amigos.

Y la marquesa salió muy satisfecha de su peroración.

Leonor se quedó sentada en su sofá, inclinada la cabeza y humedecido su hermoso y pálido rostro con las lágrimas que por largo tiempo había logrado contener.

De repente se volvió dando un grito. Estaba en los brazos de su marido. Entonces estallaron sus sollozos; pero sus lágrimas eran dulces. Leonor conocía que aquel hombre, siempre franco y leal, al volver a ella le restituía un corazón y un amor sincero que ya nadie le disputaba.

-¡Leonor mía! ¿Querrás y podrás perdonarme? -dijo, dejándose caer de rodillas ante su mujer.

Esta selló con sus lindas manos los labios de su marido.

-¿Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado? -le dijo.

-Quiero -dijo el duque- que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con demasiada severidad, mi justificación y mi arrepentimiento.

-Hagamos un pacto -dijo la duquesa interrumpiéndole-. No me hables nunca de tus faltas y yo no te hablaré nunca de mis penas.

En este momento entró Ángel corriendo. El duque y la duquesa se separaron por un movimiento pronto y simultáneo, porque en España, en donde el lenguaje es libre por demás, delante de los niños y los jóvenes hay una extremada reserva en las acciones.

-¿Llora mamá?, ¿llora mamá? -gritó el niño, poniéndose colorado y llenándosele los ojos de lágrimas-. ¿La habéis reñido, papá Carlos?

-No, hijo mío -respondió la duquesa-. Lloro de alegría.

-¿Y por qué? -preguntó el niño, en cuyo rostro la sonrisa había sucedido inmediatamente a las lágrimas.

-Porque mañana sin falta -respondió el duque, tomándole en brazos y acercándose a su mujer- salimos todos para nuestras posesiones de Andalucía, que tu madre desea ver, y allí seremos felices como los ángeles en el cielo.

El niño lanzó un grito de alegría, enlazó con un abrazo el cuello de su padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubriéndolas sucesivamente de besos.

En aquel instante se abrió la puerta y dio entrada al marqués de Elda.

-Papá marqués -gritó su nieto-, mañana nos vamos todos.

-¿De veras? -preguntó el marqués a su hija.

-Sí, padre -respondió la duquesa-; y una sola cosa falta a mi contento, y es que queráis acompañarnos.

-Padre -dijo el duque-, ¿podéis negar algo a vuestra hija, que sería una santa si no fuera un ángel?

El marqués miró a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo intenso; después al duque, que ostentaba la más pura satisfacción. Entonces una tierna sonrisa suavizó la austeridad natural de su semblante, y acercándose a su yerno:

-¡Venga acá esa mano -le dijo-; y cuenta conmigo!


<<<

Prólogo - Juicio crítico por el señor don Eugenio de Ochoa - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI

>>>