La hermana de la Caridad: 05

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Capítulo V
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


¡Nápoles! ¿Quién no conoce las riberas del mar Tirreno? Ese mar, en cuyas brisas Grecia arrojaba sus ideas para que cayeran sobre el suelo de Italia; ese mar, en cuyas ondas se bañaban los antiguos dioses italianos; ese mar, que traía a las rientes playas los ecos de la voz de los maestros y de los poetas de Alejandría; ese mar tan hermoso conserva aún su inalterable serenidad, su perpetua alegría; y aún sus costas, sembradas de laureles y de sepulcros de grandes poetas, como Virgilio, el Tasso, Petrarca, celebran las fiestas continuas del antiguo paganismo.

Abierto el golfo de Nápoles en anfiteatro, parece un templo antiguo, un gran coliseo, donde el arte y la Naturaleza celebran a porfía sus fiestas. El mar azul, sereno, meciéndose ligero entre los cabos, que parecen extenderse para formarle blando lecho, refleja en sus mansas tranquilas olas el riente cielo, inundado de perpetua alegría. Extiéndense, descendiendo de la falda del Vesubio, a coronar las playas, todos los más hermosos esfuerzos del reino vegetal: las viñas cargadas de sus dorados racimos, los naranjos y limoneros perfumando de balsámicos aromas las ligeras blandas auras, como orientales pebeteros; el sauce, el ciprés, el mirto, el olivo, todos esos árboles que recuerdan en su poética tristeza el cielo, los dolores del genio; y en medio de todas estas maravillas, rodeado de estos tesoros de la vida, como un sultán en su serrallo, el napolitano, muelle, débil, con la huella del placer en la frente y la indiferencia en los ojos, especie de inalterable dios, que, sintiéndose con fuerza creadora, se goza en su perdurable indolencia y en desperdiciar la fuente de vida que corre limpia y abundosa a sus plantas. Y en esta hermosa ciudad, en esos campos cubiertos de lavas y ruinas, regados con la sangre de tantas generaciones, campos que han oído los cánticos de los Tibulos y Propercios, que han dado flores para que todos los poetas coronasen a sus amadas; en esos felices bienaventurados campos, a la sombra de un ciprés o de un mirto, oír una canción de amor, es una dicha pura, indefinible; es como gustar la copa de la vida en que bebe su ser naturaleza. Y si esta voz es dulce como la voz de un ángel, enamorada, tierna; si sale de los labios de una mujer sobrehumana; si se levanta al cielo rociada de lágrimas, con el eco de una profunda, de una inmensa tristeza, esa voz parecerá el quejido del alma de aquella naturaleza, o el recuerdo de los tiempos en que las diosas descendían del Olimpo al mundo, enamoradas de algún dichoso mortal, como Diana besaba con sus arroyos la hermosa fuente de Endimión dormido, y anhelante, al través de los bosques, le seguía para gozarse en ver sus huellas y en protegerle en su carrera.

Pues bien: a las orillas del mar, bajo frondosos árboles, Ángela entonaba, llevando de la mano a su padre medio ciego, una canción. Los lazzaroni se agrupaban para oírla, y extasiados dejaban, al concluir la canción, caer algunas monedas en la mano del pobre ciego.

Después de haber recogido unas cuantas monedas, cayó la joven en profundísimo silencio.

-Hija mía -le dijo su anciano padre-, debemos volvernos. Nada hemos sabido. Debe haber muerto.

-No, no debemos volver. Un presentimiento ciego me dice que debe estar en Nápoles.

-¡Tan pronto olvidas nuestro pequeño y dichoso campo!

-Oídme, padre mío. Trabajáis allí mucho, y es hora de que ceséis en vuestros penosos trabajos. Así como mi madre y vos habéis buscado todos los medios de sustentar a vuestra hija, así yo debo ahora retribuiros con largueza. Mi corazón me dice que me quede en Nápoles.

-¿Crees que le vamos a encontrar aquí? Si estuviera, ¿no hubiésemos ya dado con él? Nosotros hemos estado a la puerta de todos los teatros, en todos los paseos; hemos dado sus señas a todos los lazzaroni conocidos: nadie, absolutamente nadie ha sabido darnos de él noticia. Volvamos. ¿A qué exponernos a mayores sufrimientos?

-Es verdad, es verdad. No sabemos su apellido. Es imposible saber de él nueva cierta. Si al menos perteneciese a nuestra clase, le buscaríamos en las cabañas, en las barcas de los pescadores, en la playa, y le encontraríamos; pero siendo de alta alcurnia, encerrado tal vez por algún padecimiento en un palacio, ¿cómo es posible que de él sepamos? ¡Dios mío! ¡Dios mío!

-Mira, hija mía, olvida todas esas penas; convéncete de que no vale un hombre las muchas lágrimas que derramas. Acaso es un ingrato...

-Yo no puedo pensar así. Le ofendería, y ofendiéndole me faltaría a mí misma. Yo he levantado a ese hombre un templo en mi corazón. ¿Queréis que me persuada a creer tan fácilmente que es indigno de mi amor? ¡Oh! Eso no, nunca, nunca.

Apenas había pronunciado Ángela estas palabras, que aún repetía el viento, cuando cruzó ante sus ojos como una exhalación un coche guiado por un apuesto joven, que indudablemente era Eduardo.

Ángela dio un grito; lanzóse a la carretela con los brazos abiertos; pero el joven no la echó de ver, y como si fuera conducido en las alas del viento, perdióse en una nube de polvo y desapareció.

-Era él -dijo Ángela para sí-. Y ¿me ha olvidado? ¿Cómo no va a verme? ¡Santo cielo, santo cielo! ¿Qué es de mí? Iba solo; creo que iba solo. No, iba con una mujer. No; solo, solo. ¿Por qué le habré visto? Era él. No me ha engañado el deseo. Era él; ha desaparecido. Y vive, y vive contento. No se acuerda de mí: ¡oh! no, no; me ama aún. Sí, me ama. Si no me amara, yo no viviría. Pero ¿por qué no ha ido a verme? ¡Ah! Soy egoísta, muy egoísta. Vive, vive... ¡Qué gozo! Vive. ¡Gracias, Dios mío, gracias!

Y Ángela, prorrumpiendo en un amarguísimo sollozo, dejó caer la cabeza sobre el pecho de su padre, el cual, anegado en llanto, la estrechaba fuertemente contra su pecho.

¡Alma para el amor nacida, pura como el soplo creador, esplendente como la luz increada; alma que recuerda el cielo, su patria, y viene a vivir a la tierra con su prístina pureza y con sus divinos afectos; a la tierra, a la sociedad, en cuyo lodo se apagaría la más pura estrella! Amar idealmente, sin el delirio del sentido; amar con toda la intensidad de que es capaz un alma donde se alberga lo infinito; consagrar al amor todo el fuego de una vida joven, todas las ideas, todos los sentimientos que forman el ser; tomar el corazón amado por el único nido donde puede reposar el alma en este su solitario destierro; no ver la Naturaleza sino iluminada por un pensamiento; no concebir que la pasión se apague sino al soplo de la muerte; no imaginar felicidad posible fuera del amor, es sin duda una gran dicha, porque demuestra que el alma que así sabe sentir es elegida de Dios. Pero llevar esta pasión tan grande por la tierra tan pequeña; encerrar en este frío mundo ese fuego más ardiente que el rayo del sol; sujetar bajo la cadena del tiempo, afecto que es eterno, desgracia es inmensa, y esa desgracia padecía Ángela. En su corazón había algo del cielo. Sólo un alma superior podía sentir una pasión tan pura, tan tierna, tan hermosa.

Mas ¡ay! arrastraba esa gran pasión por la tierra. Su misma grandeza debía ser su martirio. Su misma idealidad la hacía imposible. No de otra suerte el poeta sueña, finge sus ideas, y al darles vida y cuerpo, las ve descoloridas, pálidas, perder el alma que les había infundido. Somos desterrados, y el recuerdo de nuestra patria es el mayor de nuestros martirios. Pero perfeccionemos la vida, hermoseemos el alma, y así nos será fácil volver a encontrar las hermosas riberas de lo infinito, que lloramos perdidas y alejadas.


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