La hermana de la Caridad: 06

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Capítulo VI
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


¡Eduardo! Sigámosle, para ver qué era de él. Perdióse el coche en largo laberinto de árboles, torció hacia Nápoles, volvió a entrar en las calles de la ciudad, y después de breve espacio de tiempo, detúvose a la puerta de un extraviado pero hermosísimo palacio. Eduardo bajó, entre confuso y triste, del coche, atravesó el jardín, y era de ver que todas las puertas se abrían a su paso, ofreciéndole franca entrada, no de otra suerte que si admitieran a un antiguo dueño.

Por fin detúvose en una hermosa estancia, que respiraba lujo oriental. Sus paredes cubiertas de riquísimas telas, su marmóreo suelo, sus afiligranados techos, las varias lunas que vistosa e indefinidamente la prolongaban, las mil gayas flores contenidas en riquísimos vasos de porcelana, dan claros indicios de ser aquella mansión de opulenta dama. Y, en efecto, abrióse la puerta, y apareció una mujer rubia, lánguida, envuelta en un riquísimo peinador blanco, que tendió la mano con desdeñosa elegancia al joven, clavando al mismo tiempo penetrante y altiva mirada en sus ojos. A esta escena muda se siguió un largo y prolongado y tempestuoso silencio. Y decimos tempestuoso, porque en la actitud de Eduardo, en la respiración de la joven, se echaba de ver que aquella entrevista tenía algo de grave, de solemne, de grande; pero al mismo tiempo algo de dolorosa. La joven, después de este silencio, se dejó caer en un diván, e hizo seña a Eduardo para que se sentara a su lado. El joven fingió no observar la seña, y, volviéndose, acercó un sillón, y se sentó a una respetuosa distancia.

-Vos lo habéis dicho, Eduardo -dijo la joven.

Éste inclinó la cabeza en señal de asentimiento, como si una gran idea le privase del habla.

-Vos lo habéis dicho -volvió a repetir la joven.

-Lo he dicho, sí. La mujer es más buena que el hombre cuando es buena; la mujer es más perversa cuando es perversa. Cuando cayó el hombre, cayó en males reparables; cuando cayó el ángel, cayó en males irreparables; si Dios pudiera caer, sería el mal supremo.

-Me placen vuestros argumentos teológicos. Me gusta a mí, no puedo remediarlo, toda esa jerga escolástica.

-Siento mucho, Margarita, que no me hayáis comprendido, a pesar de que han pasado quince días desde la vez postrera que pronuncié esta amarga frase.

-Si no decíais eso..., ¿por qué...

-Os lo decía porque me habéis hecho muy desgraciado.

-Acaso a la única persona a quien yo... No quiero pronunciar la palabra.

-Es verdad...; la única persona que habéis despreciado -dijo Eduardo acentuando la palabra con profunda amargura.

-¡Caballero! -exclamó Margarita levantándose-. Caballero, conozco toda la trascendencia de esa frase. Yo sé lo que encierra. Sois un malvado; sí, un malvado. Idos..., idos... ¡Oh! ¡Si yo no fuese mujer...

Y se cubrió el rostro con las manos.

-¡Margarita! -exclamó Eduardo lanzando un ay desgarrador y profundo-. ¿Me creéis tan vil? ¡Oh! Si esa idea que me atribuís hubiera cruzado por mi mente, ahora mismo me rasgaría con mis propias manos las entrañas, y sacaría el corazón, y os lo arrojaría para que lo pisoteaseis.

Margarita, después de haber recobrado la calma, exclamó:

-Tenéis razón. Yo tomaba vuestras palabras por mis remordimientos.

-¡Oh! Sí, Margarita; permitid que me queje, que me duela; dejad al menos a mi dolor ese único desahogo.

-¿A vuestro dolor? En verdad que no os comprendo.

-¿No comprendéis que os amo?

-Sí, sí. Estoy... En fin, Eduardo, adiós, adiós; sí, adiós.

Y Margarita se levantó, abrió la puerta con rapidez, la volvió a cerrar con estrépito, mientras Eduardo se levantaba vacilante y caía de rodillas ante la puerta cerrada.


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