La hermana de la Caridad: 10

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Capítulo X
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Margarita se quedó extática. No comprendía lo que por ella pasaba; acostumbrada a ver siempre el vicio, la mentira, las pasiones engañosas, aquella virtud, aquella palabra inspirada, aquella abnegación sublime, que para ella era completamente desconocida, le robaron la luz de los ojos con sus desconocidos y maravillosos resplandores.

Cuando más agitada estaba, vino una de sus doncellas.

-Señora, ¿no os acostáis?

-Déjame, María.

-¿Qué tenéis?

-Un dolor profundo.

-¿Os ponéis mala?

-¡Oh! Sí, sí. Me siento muy mal.

-¿Queréis que llamemos a un médico?

-No, ya se pasó esta especie de desvarío.

-El cansancio de trasnochar...

-No; las profundas emociones..., di.

-¿Qué os ha sucedido?

-Tú fuiste la que me hablaste de esa hermosa cantora.

-Es verdad, yo fui.

-Pero ¡en qué mal hora, María!

-¿Por qué?

-Me ha robado la paz del corazón.

-¿Con su canto? Pues no parece sino que sea un galán.

-No, con su canto no.

-Pues entonces, no adivino...

-Con sus palabras.

-¿Por qué la habéis escuchado?

-¡Tiene un espíritu tan superior!...

-Y es una pobre.

-¡Conoce tan bien el corazón humano!

-Parece una fábula.

-¡Ah! Es, por desgracia, verdad.

-¿Si será una bruja?

-Tiene el sortilegio de la virtud.

-En poco tiempo la habéis conocido.

-En muy poco, y en ése, bien a mi despecho.

-Pues no os curéis tanto de ella.

-No puedo apartarla de mi memoria.

-¿De esa memoria, por donde todo pasa fugazmente?

-Eso mismo te hará ver cuán extraña magia ha usado conmigo esa joven.

-Pero ¿qué os ha dicho?

-Me ha mostrado cuán superior es a mí.

-¿A vos, que sois tan noble y rica?

-Ella ostenta en su frente una corona que yo no podría comprar con todos mis diamantes.

-No os preocupéis tanto.

-Es verdad; pero no puedo desasirme de esa fascinación.

-Estáis por extremo pálida. Vámonos, sí; vámonos y os acostaré.

-Sí, vámonos.

Y Margarita se iba, murmurando estas palabras:

-La virtud..., la virtud..., el amor... ¡Ah! El amor...

En vano pretendió Margarita conciliar el sueño. En su acalorada fantasía se dibujaba con todos sus colores la imagen de Ángela, su amor, su ternura, su desgracia. Y, sin embargo, estos recuerdos encendían en su ánimo una gran pasión por Eduardo. Desde el instante en que le vio amado por un ser superior, inclinóse a estimar en mucho la posesión de su cariño. Así es que, viendo que era punto menos que imposible atraer el sueño a sus párpados, levantóse, y su primer cuidado fue consultar con el espejo las gracias de su rostro. A pesar de que el amor propio suele teñir con resplandores de hermosura el espejo, y que la enfermedad mitológica de Narciso acostumbra a ser muy frecuente y vulgar en el mundo, Margarita, al verse pálida, circundados los ojos de una aureola morada, secos y descoloridos los labios, desencajado el rostro, sintió una amargura indefinible y lanzó un prolongado suspiro de sorda desconfianza.

Había olvidado que Eduardo no satisfizo su deseo de venganza; había olvidado también su antes rendido y por lo mismo despreciado amor; desde el punto en que vio cruzar pequeña nube por el horizonte, la llama de una pasión, antes calculadora, había prendido con intensidad en su alma. Atavióse cuidadosamente, ensayó todos los modales, todos los gestos de su rostro, pues no parecía sino que toda la dura fiereza de su alma se había tornado vulgar coquetería.

Eduardo tardaba de una manera desusada. Margarita no hacía más que levantarse, ir y venir a la ventana, pasearse impacientemente por sus magníficas estancias, golpear con fuerza las puertas, arrugar con rabia el pañuelo que llevaba en la mano, y a veces hasta arrojar algún adorno de china contra el suelo, con el fin de que el ruido y los fragmentos por el suelo diseminados la distrajesen un tanto de las agudas punzadas que recibía del aguijón de su deseo.

Por fin se sintió a lo lejos el ruido de un coche. Margarita abrió de par en par las ventanas para ver si era el coche de su amado, aunque se ocultó detrás de una cortina para que Eduardo no conociera su ciega impaciencia. Era, en efecto, su coche. El joven se apeo, atravesó con tardo paso el peristilo del palacio, subió la escalera, y entrando en la habitación donde comúnmente se encontraba Margarita, le tendió la mano, pero no con aquella su antigua efusión, sino con señalada indiferencia.

-¿Qué tenéis? -le preguntó Margarita-. ¿Estáis enfermo?

-No tengo nada.

-Me engañáis seguramente.

-¡Margarita!...

-Nunca os he visto tan triste.

-Es verdad.

-Y ¿no me es dado preguntaros el motivo?

-Es un sueño.

-Honda impresión ha causado en vos ese sueño.

-¡Hondísima! He visto levantarse mi vida pasada...

-Debe seros muy grato su recuerdo, según lo encarecéis y lloráis.

-Muy grato.

-Y, sin embargo, en esa vida yo no represento ningún papel; yo, a quien tantas veces habéis jurado amor.

-No pronunciéis esa palabra.

-¿Por qué?

-Porque me desgarra el corazón.

-¿Esa palabra que en vuestro lenguaje poético habéis llamado muchas veces el néctar de la vida?

-Es verdad, néctar; no, mejor dijera veneno corrosivo que se come las entrañas.

-¿Tan mal os va con vuestro amor?

-Por Dios, no abráis mi corazón más de lo que está a tristes y pavorosos remordimientos.

-Sí, debéis temerlo, porque la primer súplica de la mujer que amáis la habéis desatendido.

-Sí, infamemente.

-La primer prueba de amor que os exigía...

-La he olvidado.

-Y debéis padecer.

-En justo castigo del cielo.

-Yo, que anoche...

-No pude... -decía temblando Eduardo.

-¿Sacrificar la víctima que os había pedido?

-No; sacrificar a su amor todos mis devaneos, todos mis placeres, y seguir el eco amoroso de su voz.

-¡Qué revelación! -exclamó Margarita-. ¡Qué revelación! ¿Conque no soy yo, no es Margarita la mujer que amáis?

-¡Oh! Hay instantes en que ignoro lo que digo. Ya sabéis que os amo -dijo Eduardo con frialdad.

-Sí, no es posible que me asalte la menor duda.

-Si lo supierais...

-¿Qué voz es esa de que habláis? ¿Por qué huisteis anoche de mi presencia? Hablad, hablad. Os lo exijo.

-No puedo ser nunca franco con vos.

-¿Por qué?

-Porque no me hacéis caso.

Margarita comprendió que, si mostraba demasiado interés por Eduardo, acaso se enfriaría su pasión. Y, mujer calculadora, aun en sus más ardientes deseos, comenzó a encubrir bajo un velo de indiferencia su interés.

-Pues si no os curáis gran cosa de que yo sepa vuestros secretos, poco me importa. Ya sabéis que nada de cuanto ocultáis puede hacer gran mella en mi ánimo.

-Lo sé -dijo Eduardo animándose-. Lo sé por dolorosa experiencia.

Margarita vio los buenos efectos de sus cábalas, y continuó, fingiendo bostezar:

-Ya veis: vuestras historias me fastidian mucho antes de saberlas. Hablemos de otra cualquier cosa. Mirad: aquí tengo un ramo del baile de ayer. Ya está casi seco.

Y dirigiéndose a un velador, donde había un riquísimo jarro de porcelana, tomó un ramo, y volvió a su confidente.

-Mirad. Esta rosa es regalo del príncipe de Mantua, que al ponerla en mi mano dijo: «A vos, la rosa de mi amor.» Este jazmín es del joven poeta alemán Ludof, que al ponerlo en mis cabellos exclamó: «Así os embriague su aroma, como a mí me ha embriagado vuestro aliento.» Esta rama de albahaca es del ya machucho consejero del rey, que a vos tanto os importuna. «Ya que no me queréis amar, os regalo todo mi odio; disponed de él como queráis.» Esta violeta es de un pintor distinguido que se ha enamorado de mí platónicamente. En cambio, este clavel es la prenda de un beso.

-¡Margarita! -exclamó Eduardo, cuyo semblante se había animado al compás de aquellas malintencionadas palabras-. ¡Margarita, me estáis clavando un puñal en el pecho!

-Sois muy aficionado a huecas, vanas y pomposas frases. Me habíais prometido contar vuestra vida, y os escuchaba. Yo, como no puedo guardar memoria de tiempos muy lejanos, compenso vuestra falta contándoos la vida de esta última noche, de la cual es cada flor un símbolo.

-Es verdad. Y cada una de esas flores tiene millones de espinas que se clavan agudas en mi corazón y lo taladran.

Tal era el carácter de Eduardo. Movible y cambiante por costumbre, su alma se dejaba arrastrar del bien y del mal, como la paja del viento. La voz de Ángela le arrobó el alma. Las palabras de Margarita volvían a despertar fibras de su corazón antes dormidas. Indeciso siempre, incierto en ideas y pasiones, no merecía el gran amor que inspiraba. Un beso de Margarita le arrastró al crimen; un eco de la voz de Ángela le apartó del crimen. Un recuerdo de Ángela le extasiaba, y algunas palabras de Margarita le sacaban de su éxtasis. En el fondo de aquel corazón no había más que una pasión verdadera, de la cual le veremos más adelante dar claras muestras: la ambición, el deseo de popularidad, el afán de cosechar aplausos. Y el despreciar a Ángela se explica por la obscuridad en que yacía la joven; y el amar a Margarita se explica también por el gran nombre que la hermosa dama tenía en la alta sociedad de Nápoles.

Esto no obstaba para que la índole de estas pasiones fuera distinta, y en ellas hubiera algo de verdad, algo de entusiasmo.

-Ya os he contado mi historia. Contadme ahora la vuestra, os lo ruego.

-Ya sabéis que es imposible que a mi edad hayáis sido vos mi único amor.

-Lo sé, lo comprendo.

-Yo he amado.

-¿Ya no amáis?

-Ahora os amo a vos.

Margarita contestó a estas palabras con una sonora carcajada; pero si Eduardo la hubiera atendido, habría notado en ella una amarguísima amargura.

-Volvía yo de mis viajes a Francia; volvía deseoso de pisar el suelo de la madre

Italia. Para mí no había descanso posible. Mi alma volaba por las costas como la gaviota. Llegué, besé el suelo sagrado de la patria, y me creí feliz. Sin embargo, perdí mis aficiones marinas. Vivía en una barca en el mar, contento con verme en sus ondas dulcemente mecido. Andaba tras esas hermosas campesinas, inocentes, lindas, que resucitaban a mis ojos las pastoras de Sannázaro. En una de mis continuas excursiones encontré a una joven. ¡Oh! ¡Nunca la viera, nunca! Quedó mi alma prendida a su alma. Aquel amor era puro, dulce, tierno. Era el primer amor de dos corazones que se abrían dulcemente a la vida. Pero yo no podía persistir en aquella pasión sin grave riesgo de mi porvenir y sin grave daño de mi amada. ¿Podría yo unirme a ella? No. Ni lo consentía mi alcurnia, ni mis intereses. ¿Debía yo seducirla? Confieso que jamás tan negra idea cruzó por mi mente. Yo deseaba conservar siempre puro y transparente aquel vaso de bendición que había encerrado las primeras ilusiones de mi alma. ¿Debía continuar engañándola? De ninguna suerte. Eso era indigno de mi carácter, impropio de mi naturaleza. En tal estado, ¿qué hacer? ¿Abandonarla? Lo pensé mil veces. Pero no podía, no podía. He aquí que una tarde os aparecisteis vos a mis ojos. Entonces comprendí que había en el mundo pasiones superiores a la que yo había sentido por Ángela. Comprendí que había pasiones que enardecían la sangre, que trastornaban el seso, que enloquecían, que mataban. Desde aquel punto, el sacrificio, antes tan costoso, fue fácil, fue hacedero. Yo no volví a verla. Alguna vez el recuerdo de su amor viene a mi memoria. Pero huye, sí, huye rápidamente, dejando en mi alma ligera y vana huella. Y, sobre todo, cuando os oigo, cuando os veo, curada la herida, aquel amor se borra de mi corazón y de mi memoria.

-Pues bien, Eduardo; debo hablaros con entera confianza: no creo en vuestro amor hacia mí.

-¿El olvido de Ángela no es bastante?

-¿Quién me asegura que mañana no me olvidaréis así?

-¡Justo castigo de mi crimen!

-Y sin embargo, Eduardo..., yo no... no...

-¿Qué vais a decir?

-Tenéis razón. Lo ocultaré dentro del pecho.

-Margarita, hacedme feliz -dijo con acento febril Eduardo.

-Mi felicidad consiste...

-¿En qué? ¡Hablad, hablad! ¿En qué?

-Mi felicidad está en amarte, Eduardo.

El joven abrió los brazos, y estrechó delirante contra su corazón a Margarita. Ésta, como si un súbito arrepentimiento la sobrecogiera, se apartó de los brazos de Eduardo, y con ademán imperioso le dijo:

-No me sigáis, no me sigáis.

El joven se quedó como petrificado ante aquel imperioso ademán y aquel decidido mandato.

Y Margarita, levantando los brazos al cielo, exclamó con acento desesperante y acongojado:

-¿Por qué se lo habré dicho?

Y se perdió en las habitaciones interiores del palacio.


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