La hermana de la Caridad: 16

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Capítulo XVI
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Pocos días después de esta conversación debía celebrarse el casamiento de Margarita y Eduardo. La lucha de éste con su corazón no tenía tregua. Había instantes en que se entregaba a merced de la suerte; pero otras veces, despertando su inteligencia a ideas más altas, protestaba contra aquella esclavitud en que le tenían sus alteradas pasiones. Por una de esas desgracias frecuentes en la juventud, el hombre interior, el alma, había en él muerto. Corriendo de pasión en pasión, se había ido dejando por todas partes pedazos de su ser, relámpagos de su conciencia. Así, poco a poco, había caído en el más grave mal que imaginarse pueda: en la pérdida absoluta de la voluntad. ¡Ah! La juventud, que es la edad de las grandes pasiones, la edad en que el corazón protesta contra toda tiranía, la edad en que el espíritu toma cierto aspecto caballeresco que lo engrandece, la edad del sacrificio; la juventud, cuando se revuelca en el lodo, cuando pierde su fuerza, sus aspiraciones a otro mundo mejor, a otra vida más hermosa que la triste vida real, es una vejez prematura, más triste, más desoladora, más criminal cien veces que el suicidio, porque es, en verdad, el suicidio del alma.

Así, Eduardo, que se había perdido, que sólo por un milagro, por la intervención de algún genio sobrenatural, podía prometerse salir triunfante del mal que dentro de sí llevaba, después de haber luchado por cortos instantes, falto de una voluntad acerada que le llevara de buen o mal grado a una suprema resolución, inclinó la frente, y cedió al destino, y lo aceptó contento, abrazándolo con indiferencia, como quien ya nada espera de lo por venir.

Margarita, al contrario; Margarita, para quien la vida era un drama, y gustaba de las grandes peripecias trágicas, se gozó anticipadamente en llamar la atención con su nuevo estado. ¡Ella, que tanto se había reído del matrimonio! Mujer ligera, vana, coqueta, dejándose llevar más bien de cambiantes impresiones que de la perversidad de su corazón, si extraviado, no aún corrompido; Margarita arreglaba todos sus preparativos para su nuevo estado, ni más ni menos que si fuera una fiesta. Rica, muy rica, no sabiendo qué hacer de su dinero; caprichosa, muy caprichosa, disgustándose de todo, su imaginación se posaba en aquella idea del casamiento, que un día se le ocurrió, y que al instante pensó en realizar, y no meditaba ninguna de sus consecuencias. No calculaba ella que su antes rendido amante podía, ya su esposo, tiranizarla; fiaba mucho en el poder de su genio, y aun en la debilidad de Eduardo.

Para Margarita, aquella boda era una fiesta que iba a deslumbrar la corte de Nápoles. El Rey debía asistir a su misma casa; las damas de más alta alcurnia iban a envidiarla; todo cuanto de aristocrático encerraba aquella corte, iba a postrarse ante su hermosura; nada faltaba a hermosear aquel espectáculo. Faroles de mil colores debían posarse en los árboles de su jardín, que allá en su orgullo Margarita creería estrellas destinadas a saludar su boda. Todos los artistas de Nápoles se reunirían en torno de aquella tirana de la moda. Las damas de Nápoles habían agotado su imaginación para regalarla; los jóvenes habían despoblado de flores los jardines; hasta el pueblo, sí, el pueblo mismo, que suele seguir y engrosar el torrente de las voluntariedades tornadizas de la moda, se agrupaba alrededor de aquella mujer afortunada, que era el objeto de todas las conversaciones, y objeto de que se aprovechaba, y no poco, la natural maledicencia cortesana.

Y, sin embargo, de aquella noche debía brotar el mal de toda su vida, toda su desgracia. La idea que sobre todo la preocupaba era la presencia de Ángela en aquella noche para ella tan feliz, no por el amor, sino por el aparato de que iba a rodearse, y porque iba a ser objeto de la atención de aquella corte. En verdad, a primera vista no se comprende qué atención, que no fuera liviana y pasajerísima, podía prestar la corte a la boda de Margarita. Nosotros hoy no lo comprendemos. Pero imagínese una corte puramente monárquica, donde el rey es todo, donde no puede ser controvertido ningún acto público, donde la actividad no puede consagrarse a ningún objeto elevado, corte ocupada en matar el tiempo en murmuraciones y espectáculos; imagínese una corte de esta naturaleza, aunque cueste mucho esfuerzo, y se verá que el casamiento de una joven que había sido en riqueza, en amores, en elegancia, la fábula de aquel tiempo, la maravilla de aquella sociedad, debía ser objeto preferente de la conversación de todas aquellas descansadas imaginaciones, que no podían, faltas de instrucción y sobradas de tiempo, volar por otros más dilatados y espaciosos horizontes.

Margarita, con el aturdimiento propio de su carácter, se había distraído y separado de toda atención que no fuera las fiestas de su matrimonio. Parece imposible que un paso tan delicado y decisivo de la vida pudiera tomarse de una manera tan liviana. Todo cuanto a este fin supremo atañía, era ceremonia, fiesta, nada. Hasta la presencia reclamada de Ángela en su boda probaba esto: Margarita había dicho que Ángela era su rival desairada, su rival olvidada. Quería dar así a su triunfo más apariencia dramática, a su boda más poesía. Pero la presencia de Ángela en su boda, en realidad, probaba todo lo contrario. Así lo comprendió la pobre artista, y por probar también hasta qué punto su corazón estaba templado para el sufrimiento, se decidió a presentarse en casa de Margarita en aquella terrible noche.

El casamiento se celebraba públicamente en la iglesia. Margarita quería que todo el mundo tomase parte en aquella fiesta. La manera mejor de conseguirlo, consistía en darle toda la publicidad posible. Sus mejores trenes, sus mejores coches, sus lacayos lujosamente vestidos, todo lucía en aquella mañana, atrayéndose la mirada de ese pueblo indolente napolitano, recostado en sus campos y en sus calles como un sultán en el mullido lecho de su perfumado harén.

Pero en un rincón del templo, en un rincón obscuro de aquel lugar sagrado donde iba a celebrarse aquella ceremonia, donde dos seres iban a prometerse ante Dios amor eterno, por capricho uno, y por pura indolencia el otro; en una capilla de aquel templo, envuelta en un largo velo negro, cubierto el rostro, plegadas las manos, de rodillas ante una Virgen, oraba una mujer, y oraba sollozando, y aquella mujer era Ángela, sí, Ángela, que para probar su corazón, sin que nadie lo supiera, iba a oír aquel juramento de eterno amor que ella tantas veces había escuchado de los labios de Eduardo.

El templo, la pureza del alma de Ángela, las oraciones que vagaban perdidas en los aires, el aroma del incienso, el eco del órgano que se apagaba en las bóvedas, el canto que repetían los sacerdotes, lejos de amortiguar el corazón de Ángela, lo elevaban, dándole el sello de lo infinito. La pobre Ángela se veía sola, abandonada de aquel amor que había sido el ángel que la cobijara en su vida. Desde el fondo de la capilla oyó el juramento de aquellos dos seres, y lo recogió bañada en lágrimas. Aquellas palabras se clavaron como espinas en su corazón. Hubo un instante en que la luz huyó de sus ojos y la tierra de sus plantas. Cuando instantáneamente salió de aquel letargo, notó que se había, para no caerse, abrazado a una cruz.

-¡Oh! -exclamó mirándola-. Tú eres el único refugio del corazón afligido; tú eres el único bien de la vida. ¡La cruz, la cruz! ¡Oh! Yo la llevaré con la frente erguida.

Y se secó los ojos, y clavó una mirada serena en la cruz y salió del templo.

Oyó a lo lejos el ruido, la algazara, por todas partes hablar del lujo de los arreos, del esplendor de las damas; oyó hacer votos por la felicidad de aquellos dos seres, y todas aquellas palabras taladraban su corazón desgarrado por la fuerza de tantos y tan agudos y tan penetrantes dolores, que no tenían ya número ni medida.


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