La hermana de la Caridad: 19

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Capítulo XIX
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La hermana de la Caridad Emilio Castelar


Mientras tanto pasaba el tiempo, y el Rey no venía. Los cortesanos comenzaban a impacientarse; Margarita a sentir profundísimo dolor en el corazón. Los mismos que poco antes la adulaban, iban poco a poco apartándose de ella y dejándola en el vacío. Por todo el salón se hablaba de la caída de aquel grande y colosal poder. Unos atribuían tamaña desgracia a haberse hecho ya demasiado públicas algunas de las faltas de Margarita; otros, a haber visto de mal ojo el Rey algunas ideas no muy sanas vertidas por la joven, sin gran madurez, en la corte. Mas ¿quién es capaz de averiguar los secretos del corazón de un rey absoluto? ¿Por qué Felipe II aborreció a Antonio Pérez? ¿Por qué cayó de su gracia la Princesa de Éboli? ¿Por qué fue arrojada ignominiosamente de la corte de Felipe V la omnipotente Princesa de los Ursinos? La historia da a estas peripecias razones más o menos inverosímiles, más o menos fundadas; pero el secreto, lo que pasa en el corazón de esos reyes, sólo puede saberlo Dios. No hay que decir que ésta es o aquélla la causa; la verdadera, la única, la indispensable causa, está, sin duda, en el corazón de los reyes; allí, y sólo allí, tienen su raíz todos estos acontecimientos. Margarita se sintió ya herida; echó mano al corazón, y el corazón destilaba sangre, y en sus ojos resplandecía ya el fulgor de la venganza. Desde que se convenció que su desgracia era cierta, hizo callar la gran lucha empeñada en su corazón y en su conciencia, y se decidió a romper con sus brazos las olas de los adversos sucesos.

Cuando todas estas ideas y todos estos sentimientos la agitaban como caña combatida por los huracanes y por la tempestad; cuando su ansiedad crecía; cuando un gran rumor, semejante a los preludios de esa terrible sinfonía que se llama tempestad corría por todo el salón, anunció a un gentilhombre de S. M. uno de los criados de Margarita, y ésta le salió al encuentro apoyada en Eduardo, cuando el cortesano, levantando la voz, con acento irónico y mirar altanero, dijo:

-Los grandes negocios de Estado han impedido a SS. MM. honrar vuestra casa.

Palabras tremendas, que fueron a caer como un rayo a las plantas de Margarita.

A esto siguió un profundo silencio; al silencio, un rumor terrible; al rumor, un movimiento general: todos se iban, pues parecía que aquella mansión de la hermosura, del placer, donde se anidaba todo lo más galante y aristocrático de Nápoles, aquel centro de todo lo más granado de la nobleza, se había, por un sobrenatural milagro, convertido en una casa apestada; no parecía sino que se había prendido fuego, o que estaba amenazada de un terremoto, según huían a todo huir de aquella casa los alegres convidados.

Margarita se quedó pasmada y extática. Un sacudimiento nervioso recorrió su cuerpo como si fuera un gran latigazo; sus ojos perdieron la luz, la respiración su pecho, y parecía que iba a expirar bajo el peso de su dolor y de su vergüenza. Mas este dolor y esta vergüenza pasaron fugaces por su alma, como una exhalación; se rehízo pronto, y mirando a todos aquellos seres mezquinos y despreciables que huían sin saludarla siquiera, como si su contacto quemara, tomó un continente majestuosísimo, imponentísimo, se revistió de todo su orgullo, y miró con soberano desprecio cómo se condensaba y se apiñaba aquella grande y pavorosa tormenta.

Los salones lucían esplendorosamente iluminados; la música hacía rodar sus ondas armoniosas en aquella atmósfera; los pebeteros despedían sus aromas, las flores de los jarrones su esencia; las estatuas se sonreían y mostraban su olímpica serenidad; brillaban los cuadros, y, sin embargo, en aquellos salones, antes cuajados de gentes, no había un alma; parecía un castillo cuyos dueños han muerto; un jardín hermosísimo en medio del desierto. Decimos mal: había algunos personajes. Estaba Margarita, poseída de una rabia inmensa, arrojada en un diván, con su corona de desposada a los pies, y un mar de lágrimas en los ojos; Eduardo, meditabundo, indiferente, sosteniendo con una mano la agitada cabeza de Margarita, y descomponiendo con la otra su cabello como para alejar una idea; y al pie de este grupo, consolándoles como un ángel, recogiendo las lágrimas y los suspiros de Margarita, alentándola, desvaneciendo sus temores, llevando la esperanza a su corazón, la pobre cantora, que desde el instante mismo en que vio aquella desgracia se olvidó de todo, y sólo se curó de los doloridos, mientras su madre, en un rincón de la estancia, preparaba cuidadosamente algunos líquidos preciosos para calmar la penosa ansiedad y el terrible anhelar de Margarita.

-¡Oh! Mira, Eduardo, lo que es la corte. Todos, todos nos abandonan. Desde hoy seremos blanco del odio universal. ¡Infames! ¡Infames! Creen que pueden pisar impunemente la cabeza de la víbora. Creen que yo estoy desarmada. No lo estoy, no lo estoy. En mis manos hay aún grandes corrosivos para arrojar sobre todos mis enemigos, sobre todos. No importa que levanten muy alta su frente; no importa que reúnan mucho poder; lucharemos, lucharemos a brazo partido, y triunfaré, o sabré morir en la demanda. ¡Oh! Luchar tanto, necesitar para vivir la lucha, es muy triste, sí, muy triste. Pero todos mis enemigos caerán abrasados por mi mirada de odio, por la maldición que sobre ellos arrojarán mis labios.

-Apartad de vuestra imaginación esos tristes pensamientos -la decía Ángela-. No aborrezcáis a nadie. Vale más olvidar, perdonar, que vivir siempre quemándose en el odio. No merece ningún crimen la venganza. El que falta a su deber, el que desprecia la voz de la conciencia, sólo merece compasión.

-¡Compasión, compasión! No entiendo ese lenguaje; no puedo comprenderlo. Compasión del que goza, caridad hacia el criminal... ¡Oh! No; la mala hierba se arranca, se extirpa.

-Margarita -dijo Eduardo-, con esos excesos de furor sólo alcanzarás quebrantar tu naturaleza.

-¡Oh! No, no. El odio me reanima, me da nueva vida; siento que la sangre circula por mis venas. Cortaré el crimen con el crimen, ahogaré el mal con el mal.

-No, no digáis eso, Margarita. El espectáculo que ofrece el crimen es repugnante. Nunca debéis recordar tan oportunamente como hoy, ese gran precepto evangélico: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie -dijo Ángela.

-¡Haber perdido yo mi poder, que parecía eterno, incontrastable! ¡Verme abandonada, burlada, por esa nobleza napolitana, que antes me adoraba rendida, idolátricamente! Ya no me temen, ya no me respetan. Yo les mostraré que no he perdido mi poder, ese poder que era un hermoso talismán que los seducía...

Margarita no oía razón alguna; sólo escuchaba el acento de su venganza y de su ira. Es decir, ¡pensamiento que parecía incomprensible! Margarita había pensado en vengarse; sí, en vengarse de un rey absoluto y poderoso. Era una empresa titánica impropia de una mujer; pero era digna de un alma fuerte, vigorosa y tenaz. Cuando todos los horizontes se cerraban, Margarita los veía colorear, tiñéndolos de color de sangre, con su pensamiento, con su idea. Era la leona herida, acorralada, que siente hervir su sangre, y cuyos ojos centellean de rabia a medida que se aumentan sus dolores. Así, se levantó, paseó una mirada de desprecio por aquel salón abandonado, solitario y frío, y riéndose después convulsivamente, como si llegara su ánimo al fin de una gran crisis, dijo:

-¡Oh! Sí, sí, la venganza...

-Soñáis, Margarita, soñáis -dijo Ángela- y os podéis perder.

-¡Perderme! No. Yo perderé a mis enemigos.

-Vuestro enemigo es el Rey.

-Pues bien, perderé al Rey.

-Es omnipotente.

-No hay omnipotencia que resista a la tenacidad de un gran sentimiento de venganza.

-¡Infeliz!

-¡Yo infeliz, Ángela! ¡Yo infeliz! Eso creen los miserables que me abandonan. Y no saben que yo gozo en estos momentos supremos de la vida, que yo acaricio esas grandes peripecias de la fortuna.

Ángela lloraba; se aparecían a sus ojos todas las desgracias que iban a rodar sobre la frente de Eduardo.

-¿Lloráis? -le decía Margarita-. ¿Lloráis por nosotros?

-¡Oh Ángela! -exclamó Eduardo cogiéndola las manos en un arrebato de entusiasmo.

Ángela se desasió de Eduardo, y fue a desahogar su dolor abrazándose a su madre.

-Eduardo -decía Margarita- tú no has nacido para los grandes combates.

-¡Mírala, mirala! -decía Eduardo, olvidado de todo, y señalando a Ángela-. Mira, llora por nosotros.

-No es hora de suspiros y de lágrimas. Es la hora de la venganza.

-¡Por piedad! -exclamó Ángela juntando las manos en actitud suplicante-. ¡Por piedad! Vais a ser víctimas de vuestras pasiones. Esa venganza que Margarita acaricia, puede ser el cuchillo de vuestra garganta. Huid a ser felices. Yo protegeré vuestra fuga. Huid juntos. En una isla, en otro país más venturoso, allí, amándoos mucho, podéis gustar una felicidad que aquí puede trocarse en una gran desgracia. Os lo pido por vuestro amor. ¡Huid, huid lejos de aquí! Imaginad lo que en este instante se tramará contra vosotros. Imaginad la gran desgracia que atraéis sobre vuestras jóvenes frentes. ¡Oh! ¡Sólo mirarla me horroriza!

Y Ángela se cubrió el rostro con las manos, llorando amargamente.

-Y ¿no la merecemos? -dijo Eduardo fuera de sí, arrojándose a los pies de Ángela-. ¿No la merecemos? Los que hemos faltado a todos los juramentos, los que hemos olvidado todo cuanto había de santo, de sagrado en la vida, los que hemos vertido en el lodo el sagrado licor de la felicidad que Dios nos enviaba, ofreciéndolo a los secos labios por la mano de un ángel, los malvados, los perversos que hemos hecho eso, merecemos, sí, el castigo. ¡Que vengan! ¡Que vengan! No me quejo. Aquí está pronta mi vida, mi corazón a recibirlos.

-¿Qué oigo? -dijo Margarita cogiendo del brazo fuertemente a Eduardo-. ¿Qué oigo? ¿Olvidas que soy tu esposa? ¿Olvidas que me has jurado amor eterno? ¿Qué significan esas palabras? ¡Oh! En este instante supremo todos me abandonan.

-Tenéis razón, Margarita -dijo Ángela-. Esas palabras sólo han podido ser inspiradas a Eduardo por la demencia que inspiran estos amargos y supremos trances. Eduardo no es merecedor de ese gran castigo, y Eduardo seguirá vuestra misma suerte, sí, la suerte de la mujer que ha escogido por inclinación y por amor, por libre voluntad, sin que ninguna otra idea empañase su corazón y su conciencia.

-Sí, yo acepto el castigo -dijo Eduardo mirando frente a frente a Margarita- pero yo conozco lo que conoce mi mujer; yo conozco que es merecido mi castigo.

-No digáis eso, Eduardo. ¿En qué habéis faltado? -preguntó Ángela.

-¿Y vos me lo preguntáis?

-Yo os lo pregunto porque yo nada sé ya, nada, de vuestra vida. Vámonos, madre; vámonos -dijo Ángela, volviéndose a su madre con gran anhelo.

-Sí, sí, idos, Ángela; idos -dijo Margarita, que comenzaba a sentir el torcedor de los remordimientos y de los celos.

-Me voy, sí, pero no para abandonaros. En la hora de la desgracia yo no os abandono, yo no puedo abandonaros sin saber qué va a ser de vosotros; yo no puedo consentir que os perdáis miserablemente.

-¡Mujer celestial -exclamó Eduardo-, la tierra no te merece!

-Deja que nos perdamos, Ángela. Deja a la piedra que caiga al abismo. No te precipites a detenerla, porque caerás rodando con ella -dijo Margarita.

-Prefiero correr vuestra misma triste suerte a compadeceros con estéril compasión.

-Nuestra suerte, después de todo -dijo Margarita- será la victoria.

-Entonces os abandonaré -añadió Ángela-; pero velaré por vosotros en la hora del combate.

-¡Pues bien: esa hora ha sonado ya! ¿No es verdad, Eduardo?

-Ligado con fuertes lazos que no puedo romper, te seguiré adonde me lleves, te acompañaré, si necesario fuese, hasta el infierno.

Ángela no pudo dejar de lanzar un agudo grito, un grito desgarrador, que partía desde el fondo de aquel corazón comprimido y atenaceado, de aquel corazón que daba rienda suelta a todos sus dolores.

-Habéis decidido vuestra suerte. ¡Que os proteja Dios! Pero yo velaré por vosotros. Quiero ser vuestra providencia. Sed felices, sí, felices. Yo en mis oraciones lo pediré al cielo; yo misma os seguiré cuando vea que la desgracia os amenaza. Y no descansaré, no, hasta veros tranquilos, virtuosos, felices, en el seno de vuestro hogar, rodeados de todo lo que pueda halagar la vida en la tierra.

Cada una de aquellas palabras caía como una centella sobre el alma de Eduardo, consumiéndola, abrasándola. Margarita, fría como una estatua, indiferente, sin embargo, al calor de aquella alma, al brillo de aquellos ojos, se había entusiasmado, y admiraba tan heroica abnegación, tan extraordinaria virtud. Ángela había padecido mucho; su corazón había necesitado hacer supremos esfuerzos; aquellas palabras no habían salido naturalmente de sus labios, no; había pasado por una grande, por una tremenda lucha. Así, después de esto se apercibió para dejarlos y volverse a su vivienda, llevando su pecho desgarrado por la desventura y por los celos.

En el momento de irse, Ángela se despidió de Margarita, la cual se quedó como poseída de un pensamiento que la abrumaba, sentada y distraída. Eduardo acompañó a Ángela, pudiéndola decir estas palabras:

-Aún te amo.

-Eso no debe ser.

-¡Ángela!

-¡Caballero, no os conozco!

-Ángela, ¿te has olvidado de mí?

-Sí, sí.

-¡No me has amado nunca!

-De todo cuanto ha pasado en mi vida, de todo estoy ya completamente olvidada. Todo se lo ha llevado el tiempo. Ese Eduardo de que me habláis, le he enterrado ya en mi memoria.

-¡Maldición sobre mí! -dijo Eduardo al dejarla-. Me aborrece.

-¡Dios mío! -exclamó Ángela bajando la escalera-. Tú sabes que he mentido. Tú conoces mi corazón, mi alma. Perdóname, perdóname. A los agudos golpes de estos crueles dolores perderé la vida. Pero no borres nunca esta pasión, que es el alma de mi vida.


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